Pablo se ríe de la forma en que como. Es que me recuesto en el piso para comer. No entiendo por qué le causa gracia. Si podés comer acostado o sentado, por qué comer parado. Entonces, yo como semiacostado, con la panza en el suelo. Además, no tolero comer solo. Siempre lo llamo y lo obligo a que vaya a la cocina y espere un poquito a que termine. Mientras mastico, lo observo de reojo porque me siento seguro de ese modo. El problema está en que, a veces, Pablo tiene cosas que hacer y va y viene permanentemente de la cocina a la computadora. Sobre todo cuando se le da por tomar mate. Qué ceremonia tan cansadora: ir y venir llenando un recipiente de agua caliente. Cuando hace esas cosas, aprovecho para comer un bocado y luego, lo sigo adonde vaya, masticando lo que me queda en la boca. Así, voy y vengo, comiendo pequeñas porciones. Es que, en realidad, no me quiero perder nada. Entonces quisiera estar en todos lados al mismo tiempo. Acompañarlo a él en su escritura, pero sin moverme de mi plato de comida. Es más o menos lo que hace él. Muchas veces lo vi comiendo una milanesa o un sándwich, mientras va de un lado a otro. Se corta un pedazo enorme de milanesa, se lo mete en la boca y sigue haciendo sus cosas, ahí de aquí para allá. Mientras, yo lo sigo por todos lados, babeando. Porque el muy egoísta, me da un bocado recién cuando está a punto de terminar.
Y bueno… comemos raro. Qué va’cé.