
Hola, diario. Pablo hizo que aparezcan en mi vida dos personas fundamentales para mí. Son sus padres. Los adoro y cada vez que los veo me enloquezco. Una vez hasta me piyé* de la emoción. Es que hay días en los que Pablo tarda mucho en volver del trabajo, por eso Raúl viene a casa varias veces a la semana. Él llega a casa, con la tranquilidad de siempre, me hace unos mimos y salimos a caminar. Me habla y me cuenta cosas que no entiendo bien, pero se queda varias horas conmigo. Parece que lo pasa bien porque hay días en los que no se quiere ir. Empieza a caer el día, me da una última vueltita y recién entonces se va. Y creo que no sabe que lo hace sólo unos minutos antes de que Pablo regrese.
Por otra parte, tuve que acostumbrarme a su ritmo. No es como nosotros, que vamos de un lado a otro apurados. Pablo siempre tiene cosas que hacer. Raúl se mueve mucho más lento, más calmo y aparenta no tener ningún problema, sólo un pequeño dolor en un brazo (me di cuenta). Tampoco puedo contar con él para tirarme al piso a luchar, pero igual nos divertimos mucho. Yo le hago siempre el gesto de "agarrame", con las patas delanteras y el pecho apoyados a ras del suelo, el cuarto trasero levantado y el rabo moviéndose acompasadamente. Luego empiezo a dar vueltas como loco como para que me atrape. El pobre santo no puede... ¡Y encima me lo explica! Un amor. Pero se muere de risa cuando hago eso.
Luego, mientras lee el diario, me acaricia suavemente con sus manos huesudas, pero repletas de un amor acumulado con los años. Siento que, con cada una de esas caricias y esas palabras sencillas que me dice y que trato de comprender, Raúl me regala un poco de vida. Su mirada y su sonrisa son tesoros que siempre voy a guardar en mi memoria (que es mucha).
* Hacer pis.
No hay comentarios:
Publicar un comentario