
Hola, diario. ¡Feliz Día del Amigo! Con esa frase se despertó hoy Pablo y me dio un abrazo más fuerte que de costumbre. Hicimos la rutina de siempre, pero con mejor humor. Fuimos a la cocina, tomamos unos mates y no sólo me convidó de sus galletitas con queso untable, sino que me hizo dos para mí. Lo mejor vino después. Me agarró del cuello con fuerza, me apretó, me dio muchos besos y, de un armario, sacó un hueso enorme para mí. ¡Qué lindo festejar así el Día del Amigo!
Lástima no haberlo sabido, así le regalaba algo. Me sentí en deuda. Comencé a dar vueltas por todos lados, pero no sabía qué darle... Encontré a Osito 4, lo miré con cariño a los ojos, lo tomé con los dientes y se lo regalé a Pablo. Creo que se puso contento. Le di el mejor de mis juguetes. Está un poco babeado, lo sé, pero le dediqué muchas horas de juego y amor.
Está bueno esto de tener un "mejor amigo". Mientras saboreaba el hueso, me puse a mirarlo a los ojos y a observar todo lo que hacía. Quise decirle que podía contar conmigo para lo que quisiera, que yo nunca me voy a mover de su lado. Cuando es la hora de cagarnos de risa, nos cagamos de risa. Cuando es tiempo de tristeza, le daré mi patita y lameré sus lágrimas para que no se sienta solo. Pero siempre, siempre, siempre, caminaré a su lado. Me puse a pensar otra vez en eso del acantilado. Qué pasa si un día le agarra moquillo, enloquece, y se tira por un acantilado... y bueno, tendré que ir detrás de él.
Lo quiero tanto.
