Hola, diario. Me encanta cuando Pablo guiña el ojo. Está ocupado o haciendo algo y, de pronto, gira la cabeza, me mira y cierra un ojo. Cuando recién lo conocí no entendía bien qué le pasaba. Por momentos pensaba que se le iba a caer el ojo o que se le había metido una pulga. También pensé en que se le podía haber muerto la mitad de la cara. Pero no, cada vez que cerraba un ojo, el rostro se le ponía más vivaz. Lo observaba muy bien cuando hacía eso hasta que me di cuenta de que se trataba de complicidad. Cuando me guiña el ojo me está saludando, me dice "¿entendés?" o me hace cómplice de algo que está comiendo o que está por hacer. Qué maravilla la capacidad de movimientos en la cara que tienen los humanos. Me encantaría guiñar el ojo o sonreír. Pablo dice que no me hace falta, pero me gustaría. A veces, cuando me guiña el ojo, trato de hacer lo mismo, pero no me sale. Cierro los dos. Igual, a Pablo le emociona todo lo que hago. Así que, cuando él cierra un ojo, yo cierro los dos. Y esa es nuestra señal de complicidad. Con esa cerradita de ojos, nos decimos muchísimas cosas que llevarían mucho tiempo en palabras.
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jueves, 21 de octubre de 2010
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