Hola, diario. Yo sé que cuando me pongo panza arriba
intimido. Es que no me puedo contener. Seguramente vos tomás agua y te
alimentás para sobrevivir. Bueno... yo también lo hago. Pero, además, yo
necesito que me mimen. Creo que si no me muero de tristeza. Tengo dos tácticas
para recibir caricias constantes. La primera es acosarte con mi hocico. Busco
tu mano y le doy un sacudón brusco para arriba con mi hocico de manera tal que
caiga de canto sobre mi cabeza. Así, sin que te des cuenta, te obligo a que me
rasques la cabeza. Uy qué placer... Vi que los humanos se acarician en la cara.
Cuando me acarician la cara me siento persona y me encanta. Puedo quedarme
horas así. Y si se te ocurre deslizar un poco tus dedos y rascarme la base de
la oreja o detrás de ella, puedo quedarme inmóvil durante horas. Algunos se
ríen porque ese comienzo de caricias, a veces, hace que me vaya derritiendo de
a poco. Me flaquean las patas y termino en el piso. Claro que eso puede generar
el final de las caricias porque algunos vagos no se quieren agachar. Ese
sistema da resultado la mayoría de las veces. Pero siempre hay alguno al que le
parece prepotente mi pedido de cariño. Cuando eso ocurre, recurro a la táctica
número dos: me tiro al piso panza arriba. Imposible no sacarle una sonrisa al
más amargo. Hasta aquellos que tienen entre diez y quince años y ya no se
pueden agachar por el dolor de cintura, lo hacen para rascarme la panza. Qué
placer. Eso sí que es vida. Pablo dice que parezco un pollo muerto cuando me
tiro así. ¡Qué delicia cuando me rascan la panza y el pechito! A veces hago el
truco de tirarme panza arriba cuando hay más de uno. ¡Te rascan a cuatro manos!
¡Mejor que el Shiatzu ese que hace Pablo! Eso sí, no me rasques en la base de
mis costillas porque empiezo a hacer guitarrita. Me da unas cosquillas
impresionantes.
O sea, diario... si te dan ganas de que te acaricien sin
parar, tirate panza arriba en el piso y siempre aparecerá alguien para
hacerlo.... o por lo menos, para preguntar qué te pasó.
