Hola, diario. Pasan los años y sigo sin entender algunas actitudes y costumbres de los seres humanos. Algo que me preocupa de Pablo es cómo no puede disfrutar del placer de hacer pis varias veces y en distintos lugares. Siempre veo que hace pis de un saque, en el mismo lugar: el inodoro de casa. No es la forma. El pis hay que administrarlo. De ese modo se disfruta más y le hacés saber a todos los del barrio y posibles visitantes que ése es tu territorio y no estás dispuesto a cederlo tan fácilmente. Yo sé que él a veces se cansa cuando me saca a pasear, porque -modestamente- soy un perfecto administrador del contenido de mi vejiga. Tiene que durar todo el paseo, y en ese sentido, Pablo sabe respetar mi derecho adquirido y me hace pasear por lo menos dos manzanas o veinte minutos de plaza. Y por otra parte, soy muy selectivo con los árboles que voy a piyar*. Cada árbol, para un perro, es como el diario que lee Pablo todos los días. Si olfateás cada árbol te enterás de lo que les está pasando a todos los perros del barrio. Pero hay que ser cuidadoso. Así como no podés escribir encima de lo que está escrito porque no podrías seguir leyendo, no podés mear tanto en árboles que tienen demasiadas marcas. Sí, sí, sí... reconozco que soy muy obsesivo con eso. Tengo un par de árboles favoritos, que no puedo dejar de piyar. Luego, analizo. Si pasaron muchos por allí, prefiero obviarlos. Me da un poco de bronca no poder hacer pis muy seguido en el ceibo que está en la mitad de nuestro paseo habitual. Es que todo el mundo quiere mear ahí. Para qué desperdiciar un chorrito en el árbol de mayor circulación, si vas a pasar desapercibido.
martes, 6 de marzo de 2012
Pequeño tratado sobre el pis
Hola, diario. Pasan los años y sigo sin entender algunas actitudes y costumbres de los seres humanos. Algo que me preocupa de Pablo es cómo no puede disfrutar del placer de hacer pis varias veces y en distintos lugares. Siempre veo que hace pis de un saque, en el mismo lugar: el inodoro de casa. No es la forma. El pis hay que administrarlo. De ese modo se disfruta más y le hacés saber a todos los del barrio y posibles visitantes que ése es tu territorio y no estás dispuesto a cederlo tan fácilmente. Yo sé que él a veces se cansa cuando me saca a pasear, porque -modestamente- soy un perfecto administrador del contenido de mi vejiga. Tiene que durar todo el paseo, y en ese sentido, Pablo sabe respetar mi derecho adquirido y me hace pasear por lo menos dos manzanas o veinte minutos de plaza. Y por otra parte, soy muy selectivo con los árboles que voy a piyar*. Cada árbol, para un perro, es como el diario que lee Pablo todos los días. Si olfateás cada árbol te enterás de lo que les está pasando a todos los perros del barrio. Pero hay que ser cuidadoso. Así como no podés escribir encima de lo que está escrito porque no podrías seguir leyendo, no podés mear tanto en árboles que tienen demasiadas marcas. Sí, sí, sí... reconozco que soy muy obsesivo con eso. Tengo un par de árboles favoritos, que no puedo dejar de piyar. Luego, analizo. Si pasaron muchos por allí, prefiero obviarlos. Me da un poco de bronca no poder hacer pis muy seguido en el ceibo que está en la mitad de nuestro paseo habitual. Es que todo el mundo quiere mear ahí. Para qué desperdiciar un chorrito en el árbol de mayor circulación, si vas a pasar desapercibido.
sábado, 28 de enero de 2012
Uf... al veterinario

Hola, diario. Qué fastidio me da ir al veterinario. Te juro que detesto a ese melenudo que se hace el bueno y te tortura mientras vos temblás como un lavarropas. Hace unos días que siento algo raro en la pancita. Pablo no se daba cuenta, pero tenía unos retorcijones impresionantes. No sé qué me habrá caído mal. Temo que puede haber sido ese festín que me di cuando abrí con los dientes las bolsas de basura de la puerta del supermercado chino, mientras Pablo hacía las compras. Era tan rico que, con pensarlo, se me va el dolor de panza. La cosa es que, me molestaba tanto la pancita que comencé a hacer pis en casa. Una o dos meaditas. No podía aguantarme. Los primeros días, Pablo me retó y me puso en penitencia. Pero como yo tengo una paciencia sin límites, esperé a que se de cuenta de lo que verdaderamente me pasaba. Es que los seres humanos son muy lerdos, diario.
lunes, 26 de diciembre de 2011
Festejos

¡Feliz
Navidad, diario! ¡Qué manera de comer estos días! Amo las fiestas de fin
de año. Por varias razones. En primer lugar, te permite estar con tooooooda la
familia y recibir muchísimos mimos casi en forma constante. En segundo lugar,
ligás todo tipo de sabores y texturas de comida.
Pasamos la Nochebuena en la casa de María Elena, la hermana
de Pablo, a quien adoro aunque siempre me abrace y me apriete como si fuera un
dentífrico. Pablo me vistió con un ridículo adorno navideño en mi collar. Te
juro que me daba muchísima vergüenza e hice todo lo posible por quitármelo.
Pero no pude. Lo miré a los ojos diciéndole: “¿Por qué no te colgás vos esta
pelotudez en el cuello?”. Bueno, me lo tuve que bancar... aunque después me
gustó. Todo el mundo, por la calle, hacía comentarios sobre mi collar navideño.
Me sentí importante y vistoso.
Bueno, una vez ataviado así, Pablo se acomodó los rulos y
comenzó a guardar muchos paquetes dentro de distintas bolsas. También vi que
sacó cosas de la cocina con unos riquísimos olores y las guardó en otras
bolsas. En conclusión, salimos a la calle llenos de bolsas que rodeaban a Pablo
como si fueran apéndices de su cuerpo y me impedían un paso normal porque se
enredaban en la correa. Diario: estuvimos por lo menos media hora parados como
idiotas en la esquina de casa esperando un taxi. Ninguno nos quiso parar. No
creo que haya sido por mí ya que estaba bañado y lindo. Debe haber sido porque
les dio miedo el hombre de las bolsas. En definitiva, tuvimos que emprender el
camino a pie. Yo no tengo problemas, aunque tanto paquete molestaba un poco.
Pablo sudaba como nunca lo vi en mi vida. Caminamos 3 kilómetros hasta llegar a
la casa de María Elena. Más que para festejar, Pablo estaba como para irse a
dormir. Y yo más o menos... Ya en la puerta de nuestro destino, sufrí mi primer
disgusto de la noche. El edificio de la casa de mi tía humana y su familia
tiene rejas oblicuas antes de la puerta de entrada, en el pórtico. La última
vez que los visité, pude escabullirme entre las rejas para saludarlos antes que
pudieran abrirlas. Esta vez no pude pasar. Mi propio cuerpo no me lo permitió.
¡No entraba, diario, no entraba! Tuve la misma sensación de frustración que
sintió Pablo hace unos meses cuando se probó un pantalón y no podía abrocharse
el botón. ¡¡Engordé mucho, diario!! Bueno, tuve que anular ese primer
sentimiento frustrante y esperar a que nos abran. Luego de eso, todo fue
diversión. Todos hicieron comentarios sobre mi atuendo navideño, me palmearon y
jugaron conmigo. Yo fui directo al cuarto de los chicos y me afané un osito de
Vero, unas medias de Juan que estaban debajo de la cama y unos calzoncillos de
Gaby. Obviamente, Pablo se escandalizó, pero no me importó. Comimos todos a la
mesa, nos pusimos tristes cuando recordamos a Raúl y revivimos inmediatamente
por la presencia de los nuevos bebés en la casa.
De lo que comí, reconocí carnes de cinco sabores
diferentes, zanahorias, un par de panes que se les cayeron al piso y atrapé, y
unas gotas de cafecito que pude tomar gracias a Fina, ante un descuido de
Pablo. Sí, ya sabía que al día siguiente me iba a doler la panza, pero la
ansiedad por el morfi es más fuerte que yo. Además, pensé en que luego
podríamos bajar todos los kilos de más con la caminata de regreso a casa.
El segundo disgusto de la noche fueron esos ruidos
estruendosos que se escuchan en un momento determinado. Pensé en el pobre
Néstor, que estaría en casa debajo de la cama. Panchita, la gata de María Elena,
se refugió en la bañera, y yo lo hice debajo de la mesa, entre todas las
piernas de la familia. Un espanto esos ruidos. Te enloquecen, te dejan medio
sordo y te desconciertan. ¿Qué placer les causará a los seres humanos hacer ese
simulacro de guerra en plena ciudad? Por suerte, en la familia preferimos
disfrutar riendo, bebiendo y comiendo a lo pavote. Terminé panza arriba, con
una mano que me acariciaba la cabeza, otra que me rascaba el mentón y un pie
que me amasaba la pancita. Dar y recibir amor. Esto es vida.
Brindo por los que me siguen siempre.
viernes, 4 de noviembre de 2011
Gente
Hola, diario. Hoy estoy bajoneado. Es que estuve reflexionando mucho sobre los humanos, en general. Tantos años en esta vida en medio de las personas me han enseñado a entenderlos perfectamente. Sus palabras, sus gestos, sus tonos... La combinación de mi vista, oído y olfato son perfectas. Bueno... casi perfectas. Creo que nunca voy a entender sus actitudes. He visto casos en los que no soportan su felicidad, otros en los que pueden cruzar sentimientos casi opuestos, otros en los que se pelean los que se aman. Estuve pensando eso nomás. Me gustaría mucho poder darles a los humanos un curso en el que aprendan todas las virtudes que tenemos los perros: tolerancia, paciencia, paz, amor incondicional. Lo haría gratis y ni siquiera habría que hablar, eso los pierde a los humanos. Sólo nos miraríamos a los ojos.
martes, 1 de noviembre de 2011
Amabilidad

Hola, diario. Hoy, la chica del bulldog con pintitas me dijo que era un asqueroso cuando me acerqué a olfatearle el culo a su perro. Me quedé mirándola, desconcertado por su actitud. Levantó el dedito y me repitió una y otra vez: "Asqueroso, asqueroso, eso no se hace". Nos miramos con el bulldog comprendiéndonos, me di media vuelta y salí de su radio intolerante.
jueves, 7 de julio de 2011
Malcriado
sábado, 28 de mayo de 2011
Escondidas

sábado, 23 de abril de 2011
Restos
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miércoles, 16 de febrero de 2011
Un chau no es un adiós
Hola, diario. Hoy es un día triste. Tal vez más triste que
el día que se murió Zsá Zsá o que aquel día en que Pablo volvió a casa y tuve
que consolarlo durante unas cuantas horas.
Hace tiempo que Raúl no estaba bien. Ya no me venía a sacar
a pasear como siempre. Quien venía a casa a mimarme cuando Pablo no estaba eran
sus sobrinos o Fina.
Un día, fui a la casa de Fina y Raúl y lo encontré a él en
la cama. No se movía mucho, pero me dejaron acostarme con él y darle muchos
besitos en la pelada. Supe que no estaba bien, por eso, me molestaba mucho cada
vez que alguien se le quería acercar a él.
Eso pasó durante varias semanas. Un día, vino el
veterinario a querer tocarlo y le gruñí. Tanto que tuvieron que sacarme de la
habitación. Nadie iba a meterse con mi abuelo humano. Raúl no tenía moquillo,
sólo tenía mucha edad. Tal vez 18 años… o 20… ¿o hasta 25? Eran muchos años y
creo que le cayeron todos encima y lo estaban aplastando. Entonces, ¿para qué
un veterinario? En cada visita me ponía muy nervioso porque tenía mucho miedo
de que quisieran sacrificarlo.
Cada vez que nos íbamos de la casa de Fina y Raúl, Pablo me
decía: “Saludá a Raúl”. Y yo pegaba un salto sobre la cama y le lamía la
pelada. Eso se convirtió en un ritual. Y él me devolvía el saludo con esa
sonrisa enorme que te acariciaba el alma.
Pero con el tiempo noté que Pablo ya no me llevaba a la
casa de sus padres con frecuencia y, cada domingo (viste que yo sé identificar
los domingos), él regresaba invadido por la tristeza.
Ayer ocurrió algo extraño. Inolvidable para mí. Tuve un presentimiento.
Algo que me envolvió el cuerpo en una especie de capa helada. Pablo estuvo
ausente todo el día y tuve que aguantarme las ganas de hacer pis durante largas
horas. Pero supe que algo muy malo estaba pasando para que ocurriera eso. Pablo
regresó a la madrugada. Me abrazo y comenzó a sacar agua de sus ojos casi sin
parar. Le lamí las lágrimas, pero éstas parecían no tener fin. Imaginé lo que
había ocurrido. Salimos a pasear en silencio. Sigilosos. Con el alma acorralada
por nuestro corazón.
Luego se bañó y, al poco tiempo, volvió a salir. Triste.
Pasaron las horas, la preocupación, las teorías... hasta
que sentí las llaves en la puerta. Era Carolina, una de las mejores amigas de
Pablo. Me saludó muy afectuosamente, tomó la correa y me sacó a pasear. Pero
luego de pasear, me hizo subir a su auto. No tenía los colores del taxi. Era un
auto propio. Tenía el olor a dos perras de distintos tamaños y prácticamente la
misma edad. Viajamos unos 30 minutos y llegamos a un lugar. Un lugar especial.
Supe qué sitio era. Sentí los olores, las presencias, las energías… sentí el
umbral de la vida.
Subimos las escaleras y allí estaba reunida toda la gente
que conocí durante mi convivencia con Pablo. Si no fuera porque una pulga hacía
un orificio asesino en una de mis nalgas, hubiera pensado que estaba en una
especie de limbo donde todos vinieron a saludarme. Pero no, no era yo el
protagonista. Avancé sigilosamente entre todos ellos, saludé a los que pude,
hasta que vi a Pablo. Lo abracé, como siempre, y estuvimos un largo rato así. A
él le brotaba el agua por los ojos. Igual que a algunos de los demás. Mi olfato
sabía que Fina estaba por allí. La encontré y me abalancé sobre ella. También
lloraba mucho. Giré sobre mí mismo en el piso para permitirle que me rasque la panza,
algo que a ambos nos fascina. Es nuestro código. Luego la seguí hacia donde
iba. Allí un aroma me resultó conocido. Era familiar, pero extraño. Un olor que
fue cotidiano pero que había mutado y aún podía reconocerlo. Hasta que lo
descubrí. En una especie de caja larga, enorme, estaba descansando el cuerpo de
Raúl. Pude olerlo. Me erguí en mis dos patas traseras, apoyé mis patas
delanteras en la caja y vi que allí estaba, tieso, inerte, sin vida. Era la
carne donde había habitado Raúl, que ya no estaba ahí.
Me visitó la tristeza. Me dio un gran escalofrío y una
mezcla de alivio de saber que su agonía había terminado. Por eso me quedé,
vigilante, tieso, cumpliendo mi labor de “amigo para siempre”, debajo de esa
caja alargada. Allí estuve un largo rato, en silencio, percibiendo, recordando,
intercambiando mi energía con esa que rondaba, que se alejaba y no terminaba de
hacerlo.
Pasé largas horas en ese lugar, recibiendo con cordura a la
gente que llegaba y sin despegarme de Fina, de Pablo y de lo que había sido mi
viejo Raúl.
Cuando sentí el agotamiento, me volví a recostar debajo de
la caja larga y me puse a pensar en él, en su sonrisa eterna, en sus
palmadas (siempre que me acariciaba me palmeaba el lomo), en sus silbidos… Raúl
cantaba o silbaba cada vez que me sacaba a pasear. La gente lo miraba, pero a
él no le importaba. Cantaba en voz alta, orgulloso, divertido. También me
hablaba mucho. Cosas muy rápidas, en una jerga de humano adulto que no lograba
entender del todo pero que veneraba. Sus confidencias me hacían sentir
importante. Me sentía su amigo íntimo. Luego, cuando se cansaba, encendía el
televisor, se quedaba dormido y yo hacía lo mismo, tendido a su lado. Así
podíamos pasar horas.
Con Raúl compartíamos una intimidad tan alegre, tan simple,
que me hizo entender que la vida puede ser placentera y feliz incluso cuando la
persona que más amás no está a tu lado.
Físicamente sé que mi abuelo humano se fue para siempre y
me da muchísima pena. Pero sé muy bien que puedo visitarlo cuando quiera. Como
lo estuve haciendo todo ese rato. Sólo cerrando los ojos y dejando que mi
corazón lo piense tal como había sido. Así lo hice y me encontré con su sonrisa
enorme, su mano bruta para darme palmadas, y comencé a correr, de felicidad, a
su alrededor. Lo visité con el alma. Nos despedimos y, con esos ojitos llenos
de años, me aseguró que podría visitarlo de ese modo, cada vez que quisiera.
Estoy triste, sí. Pero Raúl vive adentro mío. Chau, diario,
no puedo escribir más.
jueves, 3 de febrero de 2011
Remedio
lunes, 24 de enero de 2011
El sillón y los celos
Y el sillón se volvió a mover... Como te lo adelanté. Lo
odio. A gatito nuevo hay que sumarle sillón nuevo. ¡Basta de cosas nuevas en
esta casa! Pablo y yo éramos suficientes y teníamos todo lo que necesitábamos.
Ahora tenemos un piojo peludo que anda por toda la casa a los saltitos diciendo
“mau, mau, mau” y un sillón que ocupa toda mi pared favorita y obligó a que
moviéramos todos los muebles. Esperé dos días como para volver a hacer una
maniobra poltergeist. Luego, con
todas mis fuerzas, volví a correr el sillón hasta la mitad del living. Y Néstor
me ayudó un poco en mi maniobra de destrucción. Se afiló las uñas en él por lo
menos tres veces. Pablo se enfureció. Me gritó y me dijo de todo. “Pelotudo”
fue lo más suave que le escuché. Nunca me había insultado así. Como castigo, me
dejó un rato afuera, en el patio. Ya tengo dominado ese castigo. Pongo cara de
compungido, me voy a un rincón y lo miro de reojo. No lloro, ni nada. Me las
aguanto estoico. Es la conciencia de Pablo la que me rescata siempre. Le
carcome el cerebro tanto que, al cabo de un ratito, me abre la puerta y me deja
entrar.
Al día siguiente volví a repetir mi piquete, pero con un agregado.
Con los dientes pude agarrar uno de los almohadones enormes que tiene el sillón
y lo revoleé bien lejos. Lástima que le quedaron los agujeritos de mis dientes
(no puedo controlar mi fuerza brutal). Néstor miraba asombrado pero, como todo
chico, aprovechó el lío y se puso a saltar en los almohadones y a afilarse las
uñas en la parte trasera del sillón.
No medí las consecuencias. Para Pablo fue una catástrofe.
Edilicia y moral. En primer lugar, se tomaba la cabeza y no podía creer la
semidestrucción de su sillón nuevo. En segundo lugar, creo que estaba
decepcionado de mí. Se enfureció. Tomó el diario del domingo (que es
pesadísimo) y me pegó con él en la cola. Luego me echó al patio y, como no se
le iba el enojo, me ató. Confieso que me asusté un poco. ¿Sabés qué pasó
después? Vino Néstor hacia mí y comenzó a darme besitos en la cabeza. Pablo lo
llamó para acariciarlo y darme celos, pero él se quedó firme con el desvalido.
O sea, yo. Fue el fin de mis celos de Néstor. Creo que, definitivamente, le caché
cariño.
La actitud de amor de este chico gato hacia mí hizo que
Pablo se ablande más rápido de lo previsto. Luego, como siempre. No me habló
hasta que nos fuimos a dormir y, al día siguiente: “¿Olvidado? Olvidadooooo”.
En consecuencia, no volveré a tomar represalias con el
sillón... y la paz volverá a nuestro hogar.
miércoles, 19 de enero de 2011
Sillón nuevo
jueves, 13 de enero de 2011
Compañero de juegos

viernes, 31 de diciembre de 2010
Feliz Año

Néstor

sábado, 25 de diciembre de 2010
Hermano

martes, 21 de diciembre de 2010
Regresos festivos
Sí, ya sé, soy un capo.
No habían pasado más de diez horas de haber comenzado a tener esa sensación cuando escucho su silbido característico, a lo lejos. Luego, sus pasos, suficientes como para que me tire panza arriba cerca de la puerta. Y, finalmente, las llaves... y él, cuerpo presente. Volvió Pablo.
No sé cómo explicártelo, diario. Es una fiesta. Cada regreso de él ser me hará inolvidable. Y creo que para él también. Yo le hago toda una escena de cariño extremo, como esas películas melancólicas con perritos que ve a veces por la televisión. Lo cago a besos. No paro de darle besos, pero entre lamida y lamida, no puedo dejar de prestarle atención a su valija. Allí sé muy bien que guarda mi regalo. No puedo contener la ansiedad y quiero abrir ese puto cierre dificilísimo de romper. Cuando lo abre, meto el hocico adentro hasta que encuentro mi regalo. ¿Sabés qué me trajo esta vez? ¡¡¡A Pingüino!!! Parece un osito, pero no lo es. Es Pingüino. Tiene pico y es precioso. Estoy tan feliz de que haya vuelto. Lástima que por un tiempo me voy a sacar ese placer dulce y melancólico de extrañar. Todo no se puede.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Extrañar
Llegó el momento y, muy impune, con su valija en mano, se agachó para abrazarme. Ahí me quebré, diario, me quebré. No puedo superar este tipo de situaciones que se repiten más de una vez al año. Pensé en hablar con él al respecto a su regreso. Al principio le gruñí y le dije: "No, no me toques". Pero enseguida, empecé a lloriquear (juro que no me pude contener) y dejé que me abrace fuerte y me diga: "Ya vuelvo", como si no supiera que va a tardar unos días.
Lloré un buen rato cuando se fue.
Ahora me ocupo de extrañarlo. Es una sensación tan triste como hermosa. Tu espera tiene una respuesta, que es el regreso. Y no importa cuánto se demore ese regreso, tu espera será un aquelarre de sensaciones. Vas a sentir una cosquilla permanente en el alma que te recordará tu rol de "esperador". También vas a sentir bocanadas de suspiros que, sin saber cómo, se escurrirán de tu corazón con intensidad, decisión y desparpajo. Sentirás que no tenés ganas de ocuparte demasiado en jugar o andar saltando por la casa porque tu trabajo es esperar. Y eso hace que en tu mente esté un solo rostro: el del ser humano que te tocó en esta vida. Y creo que si me hubieran dado la opción de elegir, entre muchísimas muchísimas personas, seguramente habría elegido a Pablo. Pero con soberbia de perro te voy a decir algo, diario: Pablo me escogió a mí entre muchísimos perros. Y creo que está feliz. Y que también me extraña. Aunque intuyo que no es un "esperador" como yo, sé que es un gran extrañador. Prontito llegará, abrirá sus brazos, me abrazará, me rascará la panza y sacará de su valija una pelota o un Osito 8. Y yo volveré a ser feliz plenamente.
* Maleta.
jueves, 2 de diciembre de 2010
Intuición

