UNA VIDA SIN UN PERRO, ES UN ERROR

"LA GRANDEZA DE UNA NACIÓN Y SU PROGRESO MORAL PUEDE SER JUZGADO POR LA FORMA EN QUE SUS ANIMALES SON TRATADOS."
Mahatma Gandhi

NO USES PIROTECNIA

NO USES PIROTECNIA
Por favor, no usen pirotecnia. Los "cuetes" nos asustan, nos hacen mucho mal a nuestros oídos, nos desorientan y son la causa de que muchos perros y gatos se pierdan entre diciembre y febrero. Lo mismo les ocurre a otros animales, como las aves. Pensá en nosotros y en los múltiples problemas que pueden causar los fuegos artificiales. NO USES PIROTECNIA. Gracias. PD: Ah... Ponele chapita con número de teléfono a tu perro. Para esta época hay muchos perros perdidos a causa de la pirotecnia, por favor, si ves alguno no sigas de largo, ayudalo a encontrar a su familia.
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martes, 6 de marzo de 2012

Pequeño tratado sobre el pis


Hola, diario. Pasan los años y sigo sin entender algunas actitudes y costumbres de los seres humanos. Algo que me preocupa de Pablo es cómo no puede disfrutar del placer de hacer pis varias veces y en distintos lugares. Siempre veo que hace pis de un saque, en el mismo lugar: el inodoro de casa. No es la forma. El pis hay que administrarlo. De ese modo se disfruta más y le hacés saber a todos los del barrio y posibles visitantes que ése es tu territorio y no estás dispuesto a cederlo tan fácilmente. Yo sé que él a veces se cansa cuando me saca a pasear, porque -modestamente- soy un perfecto administrador del contenido de mi vejiga. Tiene que durar todo el paseo, y en ese sentido, Pablo sabe respetar mi derecho adquirido y me hace pasear por lo menos dos manzanas o veinte minutos de plaza. Y por otra parte, soy muy selectivo con los árboles que voy a piyar*. Cada árbol, para un perro, es como el diario que lee Pablo todos los días. Si olfateás cada árbol te enterás de lo que les está pasando a todos los perros del barrio. Pero hay que ser cuidadoso. Así como no podés escribir encima de lo que está escrito porque no podrías seguir leyendo, no podés mear tanto en árboles que tienen demasiadas marcas. Sí, sí, sí... reconozco que soy muy obsesivo con eso. Tengo un par de árboles favoritos, que no puedo dejar de piyar. Luego, analizo. Si pasaron muchos por allí, prefiero obviarlos. Me da un poco de bronca no poder hacer pis muy seguido en el ceibo que está en la mitad de nuestro paseo habitual. Es que todo el mundo quiere mear ahí. Para qué desperdiciar un chorrito en el árbol de mayor circulación, si vas a pasar desapercibido.
Pablo también se cree que yo no hago pis en casa por educado. Bueno sí, en parte es así, pero no es sólo por eso. ¡Hay que hacer pis en todos lados del barrio! Que todos se enteren de que vos vivís ahí y en qué estado estás. Es una cuestión de respeto y sociabilidad.
Por eso, repito, no entiendo porqué los seres humanos gastan tanta tinta y no se dedican más a hacer pis por todos lados y a agudizar su atrofiado olfato. He dicho.

* Orinar.

sábado, 28 de enero de 2012

Uf... al veterinario


Hola, diario. Qué fastidio me da ir al veterinario. Te juro que detesto a ese melenudo que se hace el bueno y te tortura mientras vos temblás como un lavarropas. Hace unos días que siento algo raro en la pancita. Pablo no se daba cuenta, pero tenía unos retorcijones impresionantes. No sé qué me habrá caído mal. Temo que puede haber sido ese festín que me di cuando abrí con los dientes las bolsas de basura de la puerta del supermercado chino, mientras Pablo hacía las compras. Era tan rico que, con pensarlo, se me va el dolor de panza. La cosa es que, me molestaba tanto la pancita que comencé a hacer pis en casa. Una o dos meaditas. No podía aguantarme. Los primeros días, Pablo me retó y me puso en penitencia. Pero como yo tengo una paciencia sin límites, esperé a que se de cuenta de lo que verdaderamente me pasaba. Es que los seres humanos son muy lerdos, diario.
Sumado a mi incontinencia, empecé a sentir decaimiento y me quedé horas en un rinconcito tranquilo de la casa. Ahí sí. Pablo se dio cuenta enseguida y se preocupó. Inmediatamente me llevó al veterinario. Horror. Con sólo pensarlo, el rabo se me mete entre las patas.
Al principio me tranquilicé cuando me di cuenta de que le explicó que piyaba en casa porque algo no andaba bien en mi organismo. Al fin alguien le explica que no soy un psicópata a quien le encanta verlo de rodillas limpiando el piso todos los días.
Pero acto seguido, el melenudo ese me subió a esa horrible, espantosa y tétrica camilla helada y comenzó a toquetearme por todos lados. Pero no me acariciaba, sino que me clavaba los dedos en la panza. No me gustó nada, pero me porté bien... unos segundos. Luego me metió un palito finito en el culo. Y después lo observó detenidamente, como si se moviera algo en él. No es la primera vez que me lo hace. Luego empezó a palparme en los costados del cuerpo. Ahí no me gustó nada y me puse a patalear. Me tuvieron que tener entre Pablo y Nelson para que pueda quedarme quieto. Ah... y no contento con eso, el muy turro del veterinario me cortó las uñas.
Igual, debo admitir que para algo deben servir los veterinarios porque pasás esa situación traumática, volvés a tu casa, te dan una pastillita espantosa, pero después todo en tu cuerpo parece comenzar a reacomodarse. Por eso, siempre que me llevan al veterinario, aunque asustado, furioso y traumado, acepto ir igual.
¿De la pancita? Mucho mejor. Ya casi ni me molesta y puedo hacer pis en la calle normalmente. Gracias.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Festejos



¡Feliz Navidad, diario! ¡Qué manera de comer estos días! Amo las fiestas de fin de año. Por varias razones. En primer lugar, te permite estar con tooooooda la familia y recibir muchísimos mimos casi en forma constante. En segundo lugar, ligás todo tipo de sabores y texturas de comida.

Pasamos la Nochebuena en la casa de María Elena, la hermana de Pablo, a quien adoro aunque siempre me abrace y me apriete como si fuera un dentífrico. Pablo me vistió con un ridículo adorno navideño en mi collar. Te juro que me daba muchísima vergüenza e hice todo lo posible por quitármelo. Pero no pude. Lo miré a los ojos diciéndole: “¿Por qué no te colgás vos esta pelotudez en el cuello?”. Bueno, me lo tuve que bancar... aunque después me gustó. Todo el mundo, por la calle, hacía comentarios sobre mi collar navideño. Me sentí importante y vistoso.

Bueno, una vez ataviado así, Pablo se acomodó los rulos y comenzó a guardar muchos paquetes dentro de distintas bolsas. También vi que sacó cosas de la cocina con unos riquísimos olores y las guardó en otras bolsas. En conclusión, salimos a la calle llenos de bolsas que rodeaban a Pablo como si fueran apéndices de su cuerpo y me impedían un paso normal porque se enredaban en la correa. Diario: estuvimos por lo menos media hora parados como idiotas en la esquina de casa esperando un taxi. Ninguno nos quiso parar. No creo que haya sido por mí ya que estaba bañado y lindo. Debe haber sido porque les dio miedo el hombre de las bolsas. En definitiva, tuvimos que emprender el camino a pie. Yo no tengo problemas, aunque tanto paquete molestaba un poco. Pablo sudaba como nunca lo vi en mi vida. Caminamos 3 kilómetros hasta llegar a la casa de María Elena. Más que para festejar, Pablo estaba como para irse a dormir. Y yo más o menos... Ya en la puerta de nuestro destino, sufrí mi primer disgusto de la noche. El edificio de la casa de mi tía humana y su familia tiene rejas oblicuas antes de la puerta de entrada, en el pórtico. La última vez que los visité, pude escabullirme entre las rejas para saludarlos antes que pudieran abrirlas. Esta vez no pude pasar. Mi propio cuerpo no me lo permitió. ¡No entraba, diario, no entraba! Tuve la misma sensación de frustración que sintió Pablo hace unos meses cuando se probó un pantalón y no podía abrocharse el botón. ¡¡Engordé mucho, diario!! Bueno, tuve que anular ese primer sentimiento frustrante y esperar a que nos abran. Luego de eso, todo fue diversión. Todos hicieron comentarios sobre mi atuendo navideño, me palmearon y jugaron conmigo. Yo fui directo al cuarto de los chicos y me afané un osito de Vero, unas medias de Juan que estaban debajo de la cama y unos calzoncillos de Gaby. Obviamente, Pablo se escandalizó, pero no me importó. Comimos todos a la mesa, nos pusimos tristes cuando recordamos a Raúl y revivimos inmediatamente por la presencia de los nuevos bebés en la casa.

De lo que comí, reconocí carnes de cinco sabores diferentes, zanahorias, un par de panes que se les cayeron al piso y atrapé, y unas gotas de cafecito que pude tomar gracias a Fina, ante un descuido de Pablo. Sí, ya sabía que al día siguiente me iba a doler la panza, pero la ansiedad por el morfi es más fuerte que yo. Además, pensé en que luego podríamos bajar todos los kilos de más con la caminata de regreso a casa.

El segundo disgusto de la noche fueron esos ruidos estruendosos que se escuchan en un momento determinado. Pensé en el pobre Néstor, que estaría en casa debajo de la cama. Panchita, la gata de María Elena, se refugió en la bañera, y yo lo hice debajo de la mesa, entre todas las piernas de la familia. Un espanto esos ruidos. Te enloquecen, te dejan medio sordo y te desconciertan. ¿Qué placer les causará a los seres humanos hacer ese simulacro de guerra en plena ciudad? Por suerte, en la familia preferimos disfrutar riendo, bebiendo y comiendo a lo pavote. Terminé panza arriba, con una mano que me acariciaba la cabeza, otra que me rascaba el mentón y un pie que me amasaba la pancita. Dar y recibir amor. Esto es vida.

Brindo por los que me siguen siempre.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Gente


Hola, diario. Hoy estoy bajoneado. Es que estuve reflexionando mucho sobre los humanos, en general. Tantos años en esta vida en medio de las personas me han enseñado a entenderlos perfectamente. Sus palabras, sus gestos, sus tonos... La combinación de mi vista, oído y olfato son perfectas. Bueno... casi perfectas. Creo que nunca voy a entender sus actitudes. He visto casos en los que no soportan su felicidad, otros en los que pueden cruzar sentimientos casi opuestos, otros en los que se pelean los que se aman. Estuve pensando eso nomás. Me gustaría mucho poder darles a los humanos un curso en el que aprendan todas las virtudes que tenemos los perros: tolerancia, paciencia, paz, amor incondicional. Lo haría gratis y ni siquiera habría que hablar, eso los pierde a los humanos. Sólo nos miraríamos a los ojos.

martes, 1 de noviembre de 2011

Amabilidad


Hola, diario. Hoy, la chica del bulldog con pintitas me dijo que era un asqueroso cuando me acerqué a olfatearle el culo a su perro. Me quedé mirándola, desconcertado por su actitud. Levantó el dedito y me repitió una y otra vez: "Asqueroso, asqueroso, eso no se hace". Nos miramos con el bulldog comprendiéndonos, me di media vuelta y salí de su radio intolerante.
Ya sé... ya sé... Soy observador, no me lo digas. Pablo cuando se saluda con alguien no le huele la cola. Es una actitud que los humanos no tienen y aún no entiendo por qué. Se enterarían de muchas cosas sobre sus congéneres si se olieran un poco más. Pero bueno, tienen sus narices atrofiadas. Nosotros, los perros, nos saludamos así y en dos segundos de olfateada tenemos el curriculum completo del otro. Claro que yo no soy de esos perros a los que les gusta saludar a todos sus congéneres. Es que, como te dije varias veces, no estoy muy seguro de si soy un perro o un humano dentro de un perro.
Por eso, no me pinta ni ahí ir a olfatearle el culo a un rottwailer, a un pit-bull o a un pastor alemán... mucho menos a un dogo. Tu nariz puede acabar entre sus dientes. Yo respeto los gustos de todo el mundo, pero tampoco me da mucho interés averiguar el curriculum de los machos. Bueno, sí, alguno que otro puede ser... pero prefiero enterarme de la vida de las chicas del barrio. Y sólo me basta con oler un poquito sus nalgas. Y así soy capaz de mantener una conversación durante un rato. Yo la huelo, ella me huele, yo la huelo, ella me huele... y damos un poco de vueltas en círculo. Si nos caemos bien, corremos un poco alrededor de nuestros amigos humanos.
Soy Aries y a nosotros no nos gusta andar haciendo amistad con todo el planeta.
Hay muchos perros a los que les encanta ir a saludar a todos sus congéneres. Son capaces de cruzar la calle para saludar a alguno. Macho o hembra. Son los "saludadores". Sus rabos se mueven más que sus patas. Pierden mucho el tiempo. En lugar de hacer pis o tratar de encontrar un buen hueso detrás de un árbol, se ocupan de hacer sociales con todos los demás perros del planeta. Está bien, pero no me va. Ya soy un señor grande y selecciono un poco más mis amistades. Soy un perro solitario. Pablo y yo somos suficientes. Claro... a él no necesito olerlo, con sólo mirarlo a los ojos ya sé qué hizo, qué va a hacer y qué piensa.
De todos modos, cómo olvidar esas olfateadas que nos dábamos con Morenita. A veces cierro los ojos y la imagino saltando y corriendo de esquina a esquina, como lo hacíamos siempre. Señora: ¡No soy asqueroso por olerle el culo a su perro! Soy educado. Usted nunca saludó a Pablo ni con su voz, ni con su nariz.

jueves, 7 de julio de 2011

Malcriado



Hola, diario. Confieso que he sufrido un retroceso en mi comportamiento. Mis modales ya no son los de antes. Pablo está algo decepcionado. Pero puedo explicarte porqué. Desde que convivimos, él me explicó que no hay que pedir comida cuando las personas cenan. Siempre, cuando terminan de cenar, me dan un poquito. Me enseñó a que hay que comportarse y no molestar si están hablando. Me explicó que es extremadamente peligroso bajar del cordón de la vereda, en la calle, porque puede aplastarte uno de esos monstruos sobre ruedas, que son taxis, pero de otro color. También me dijo estrictamente que no debo ladrar en casa para evitar molestar a los vecinos. Cierro el pico. Me contó muchas normas de comportamiento básicas que son imprescindibles para una buena convivencia con el mundo.
Yo las aprendí... pero me estoy olvidando algunas, de vez en cuando.
Es que Pablo viaja mucho. Y cuando Pablo viaja, me cuida el resto de la familia. Y el aspecto más divertido de esa ausencia es que ellos me malcrían mucho. El santo de Raúl me dejaba hacer de todo, pero como era muy mayor yo le hacía más caso. Fina es lo opuesto a Pablo. Como toda mamá, me da de comer a cada momento. Cosas ricas y cosas horribles que escupo cuando no se da cuenta. Se cree que puedo comer todo lo que ella come. Es casi cierto. Los otros días me quiso dar pepinos. Pero qué horror. María Elena, la hermana de Pablo, su esposo Luis y los hijos, me dejan hacer absolutamente todo. Puedo apoyar las dos patas delanteras en la mesa para alcanzar mejor la comida, me permiten ladrarle el señor despeinado del kiosco, tomar agua del inodoro y saltar sobre sus cabezas cuando están hablando algo importante.
Claro, cuando regresa Pablo, me olvido un poco de la disciplina. Ahora, mientras como las galletitas que dejó sobre la mesa, estoy tratando de recordar normas de conducta.

sábado, 28 de mayo de 2011

Escondidas



Hola, diario. Ayer nos pegamos un susto tremendo. Noto que a Néstor le gusta mucho esconderse y aparecer cuando a él se le antoja. A veces, Pablo descubre su ausencia y comienza a llamarlo por todos lados. El muy turro no aparece y lo tiene al pobre una hora buscándolo. Cuando él lo dispone, aparece lo más campante, desperezándose, como si nada hubiera ocurrido. Sé que Pablo lo quiere ahorcar cuando pasa eso, pero termina alzándolo y moliéndolo a besos.
Ayer volvió a hacer lo mismo. Sólo que estuvo toda la tarde buscándolo. Yo creo que se lo hace a propósito, porque los gatos tienen algo de zorro. Mi olfato lo descubre inmediatamente, pero yo no soy buchón*, así que no digo nada. Me da lástima por Pablo, pero tengo la excusa perfecta: no tengo manos ni dedos como para señalar dónde está. Pobre. Hasta revisó en los lugares más insólitos, como cacerolas y cajas de zapatos. También fue a preguntarles a los vecinos si no lo vieron por ahí. No hubo caso. Finalmente me dio lástima y decidí convertirme en un delator. Sin dedos, pero con mi hocico, le señalé a Pablo dónde estaba el muy sinvergüenza. Dormía profundamente adentro de una de sus valijas. Una vez más, pensé que Pablo le gritaría "gato desconsiderado", como mínimo. Pero no. Sonrió, lo abrazó y le llenó la panza de besos.
Hay bichos con suerte.


*Alcahuete.

sábado, 23 de abril de 2011

Restos

Hola, diario. Si supieras lo difícil que es, a veces, poder afanarte* un pedazo de comida te sacarías de la cabeza esa idea de haber deseado ser perro (porque después de leerme a mí, seguramente te habrá pasado eso). Puede resultar indignante. Yo soy capaz de entregar el alma por un bocadito de comida humana. Para qué negarlo. Por un pan soy capaz de traerte las pantuflas cuando las necesites y por un pedacito de hamburguesa, me agarro la correa con los dientes y me paseo solo. El dictador en ese aspecto es Pablo. No le gusta nada que coma lo que sobra de la mesa. Por eso me gusta tanto cuando vamos a visitar a Fina o al resto de la familia. Cuando Pablo no mira, ellos comparten pedacitos de su comida durante la cena, o me permiten robar lo que sea. No siempre es fácil, pero ese trabajo de estirar el pescuezo lo máximo posible para alcanzar lo inalcanzable, tiene un resultado maravilloso. Y lo ves en tu paladar.

*Robarte

Compartir

Hola, diario. Vos viste que a mí me cuesta mucho llevar a cabo el concepto de la palabra "compartir". Sí, soy egoísta, lo admito sin preocupación. A veces me enojo porque no entiendo cómo se puede no prestarme atención. Soy macanudo, divertido, cariñoso, carismático... algo de facha tengo. Entonces cuando vienen visitas no puedo evitar intentar llamar la atención. Del mismo modo, me desespero cuando Pablo le da un beso a alguien o le hace upa al gato.
De todos modos, debo admitir que es el gato quien me enseñó a compartir un poco el tiempo, la atención y el cariño. Ocurrió casi sin querer. Un día no me di cuenta y estábamos jugando los tres: Pablo, Néstor y yo. ¡Y cómo nos cagamos de risa! Yo tomé por asalto la cama y empecé a correr en círculos por ella. Néstor pegaba saltitos para subirse y ahí comenzó el juego de impedírselo. La idea era luchar por la supremacía de la cama. Mientras, Pablo nos cantaba cantitos tan horrorosos como incentivadores. Nos enfervorizaba y, mientras, nos daba palmadas. ¡Uy, cómo nos matamos de risa! Te juro, diario, que quedamos agotadísimos de correr y reírnos. Tuve que ir a tomarme un trago de agua al inodoro para recuperar fuerzas. Y Néstor, que nunca se cansa, quedó desparramado sobre la baldosa más fresca que encontró.
Luego de ese juego me di cuenta de lo que habíamos hecho: compartimos un rato. ¿Por qué habrá pasado eso? Me parece que le caché mucho cariño a ese gato.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Un chau no es un adiós


Hola, diario. Hoy es un día triste. Tal vez más triste que el día que se murió Zsá Zsá o que aquel día en que Pablo volvió a casa y tuve que consolarlo durante unas cuantas horas.

Hace tiempo que Raúl no estaba bien. Ya no me venía a sacar a pasear como siempre. Quien venía a casa a mimarme cuando Pablo no estaba eran sus sobrinos o Fina.

Un día, fui a la casa de Fina y Raúl y lo encontré a él en la cama. No se movía mucho, pero me dejaron acostarme con él y darle muchos besitos en la pelada. Supe que no estaba bien, por eso, me molestaba mucho cada vez que alguien se le quería acercar a él.

Eso pasó durante varias semanas. Un día, vino el veterinario a querer tocarlo y le gruñí. Tanto que tuvieron que sacarme de la habitación. Nadie iba a meterse con mi abuelo humano. Raúl no tenía moquillo, sólo tenía mucha edad. Tal vez 18 años… o 20… ¿o hasta 25? Eran muchos años y creo que le cayeron todos encima y lo estaban aplastando. Entonces, ¿para qué un veterinario? En cada visita me ponía muy nervioso porque tenía mucho miedo de que quisieran sacrificarlo.

Cada vez que nos íbamos de la casa de Fina y Raúl, Pablo me decía: “Saludá a Raúl”. Y yo pegaba un salto sobre la cama y le lamía la pelada. Eso se convirtió en un ritual. Y él me devolvía el saludo con esa sonrisa enorme que te acariciaba el alma.

Pero con el tiempo noté que Pablo ya no me llevaba a la casa de sus padres con frecuencia y, cada domingo (viste que yo sé identificar los domingos), él regresaba invadido por la tristeza.

Ayer ocurrió algo extraño. Inolvidable para mí. Tuve un presentimiento. Algo que me envolvió el cuerpo en una especie de capa helada. Pablo estuvo ausente todo el día y tuve que aguantarme las ganas de hacer pis durante largas horas. Pero supe que algo muy malo estaba pasando para que ocurriera eso. Pablo regresó a la madrugada. Me abrazo y comenzó a sacar agua de sus ojos casi sin parar. Le lamí las lágrimas, pero éstas parecían no tener fin. Imaginé lo que había ocurrido. Salimos a pasear en silencio. Sigilosos. Con el alma acorralada por nuestro corazón.

Luego se bañó y, al poco tiempo, volvió a salir. Triste.

Pasaron las horas, la preocupación, las teorías... hasta que sentí las llaves en la puerta. Era Carolina, una de las mejores amigas de Pablo. Me saludó muy afectuosamente, tomó la correa y me sacó a pasear. Pero luego de pasear, me hizo subir a su auto. No tenía los colores del taxi. Era un auto propio. Tenía el olor a dos perras de distintos tamaños y prácticamente la misma edad. Viajamos unos 30 minutos y llegamos a un lugar. Un lugar especial. Supe qué sitio era. Sentí los olores, las presencias, las energías… sentí el umbral de la vida.

Subimos las escaleras y allí estaba reunida toda la gente que conocí durante mi convivencia con Pablo. Si no fuera porque una pulga hacía un orificio asesino en una de mis nalgas, hubiera pensado que estaba en una especie de limbo donde todos vinieron a saludarme. Pero no, no era yo el protagonista. Avancé sigilosamente entre todos ellos, saludé a los que pude, hasta que vi a Pablo. Lo abracé, como siempre, y estuvimos un largo rato así. A él le brotaba el agua por los ojos. Igual que a algunos de los demás. Mi olfato sabía que Fina estaba por allí. La encontré y me abalancé sobre ella. También lloraba mucho. Giré sobre mí mismo en el piso para permitirle que me rasque la panza, algo que a ambos nos fascina. Es nuestro código. Luego la seguí hacia donde iba. Allí un aroma me resultó conocido. Era familiar, pero extraño. Un olor que fue cotidiano pero que había mutado y aún podía reconocerlo. Hasta que lo descubrí. En una especie de caja larga, enorme, estaba descansando el cuerpo de Raúl. Pude olerlo. Me erguí en mis dos patas traseras, apoyé mis patas delanteras en la caja y vi que allí estaba, tieso, inerte, sin vida. Era la carne donde había habitado Raúl, que ya no estaba ahí.

Me visitó la tristeza. Me dio un gran escalofrío y una mezcla de alivio de saber que su agonía había terminado. Por eso me quedé, vigilante, tieso, cumpliendo mi labor de “amigo para siempre”, debajo de esa caja alargada. Allí estuve un largo rato, en silencio, percibiendo, recordando, intercambiando mi energía con esa que rondaba, que se alejaba y no terminaba de hacerlo.

Pasé largas horas en ese lugar, recibiendo con cordura a la gente que llegaba y sin despegarme de Fina, de Pablo y de lo que había sido mi viejo Raúl.

Cuando sentí el agotamiento, me volví a recostar debajo de la caja larga y me puse a pensar en él, en su sonrisa eterna, en sus palmadas (siempre que me acariciaba me palmeaba el lomo), en sus silbidos… Raúl cantaba o silbaba cada vez que me sacaba a pasear. La gente lo miraba, pero a él no le importaba. Cantaba en voz alta, orgulloso, divertido. También me hablaba mucho. Cosas muy rápidas, en una jerga de humano adulto que no lograba entender del todo pero que veneraba. Sus confidencias me hacían sentir importante. Me sentía su amigo íntimo. Luego, cuando se cansaba, encendía el televisor, se quedaba dormido y yo hacía lo mismo, tendido a su lado. Así podíamos pasar horas.

Con Raúl compartíamos una intimidad tan alegre, tan simple, que me hizo entender que la vida puede ser placentera y feliz incluso cuando la persona que más amás no está a tu lado.

Físicamente sé que mi abuelo humano se fue para siempre y me da muchísima pena. Pero sé muy bien que puedo visitarlo cuando quiera. Como lo estuve haciendo todo ese rato. Sólo cerrando los ojos y dejando que mi corazón lo piense tal como había sido. Así lo hice y me encontré con su sonrisa enorme, su mano bruta para darme palmadas, y comencé a correr, de felicidad, a su alrededor. Lo visité con el alma. Nos despedimos y, con esos ojitos llenos de años, me aseguró que podría visitarlo de ese modo, cada vez que quisiera.

Estoy triste, sí. Pero Raúl vive adentro mío. Chau, diario, no puedo escribir más.

jueves, 3 de febrero de 2011

Remedio


Hola, diario. A veces me doy cuenta de que Néstor y yo podemos ser un remedio para Pablo. Los seres humanos son raros. Todo lo que viven es extremo. Suelen traspasar lo natural de sus emociones. Bueno, o lo natural que pueden ser las emociones para un perro. Pueden regresar a tu casa con un cansancio que tiene el efecto de un huracán. Quedan devastados, rotos. Aunque no es para siempre, luego se reconstruyen. O pueden volver también en situación de angustia y tristeza superlativas y te da la sensación de que van a derretirse hasta quedar hechos sólo partículas. Y también el clima interno de ellos puede entrar en ebullición y volverlos una furia personificada. Los seres humanos se enojan mucho, nosotros con un mordisco lo arreglamos todo. Dura segundos. Lo de ellos puede prolongarse.
Pablo sabe de eso, de esa tremenda falla de la naturaleza humana. Entonces me doy cuenta de que, cuando su cansancio lo consume, su tristeza lo empapa o su enojo lo quema, recurre a mí o al gato. Comienza a acariciarnos lentamente y, luego nos abraza fuerte. Pone su cara sobre mi cabeza o sobre la cara de Néstor y no nos suelta. Nos aprieta un poco, pero sabemos que lo estamos curando. Puede quedarse así un buen rato, y si le damos besitos se le escapan todos los suspiros al mismo tiempo. Ese abrazo caluroso y sincero entre amigos-hermanos cura. Yo me di cuenta de que, luego, vuelve a ser de a poco ese Pablo animal que tanto quiero.
Hay que ser muy observador y darse cuenta de cuándo una persona necesita abrazar o dejarse abrazar. Por eso me di cuenta de la utilidad que tenemos los perros y gatos. Somos fantásticos para eso. Siempre vamos a estar dispuestos al abrazo y la caricia porque nos alimentamos de eso. A veces Pablo nos abraza fuerte al mismo tiempo a los dos y eso nos hace feliz.
Mi deseo de esta semana hacia arriba es que todos los seres humanos puedan tener un amigo perro o gato para consumir amor a montones.

lunes, 24 de enero de 2011

El sillón y los celos

Y el sillón se volvió a mover... Como te lo adelanté. Lo odio. A gatito nuevo hay que sumarle sillón nuevo. ¡Basta de cosas nuevas en esta casa! Pablo y yo éramos suficientes y teníamos todo lo que necesitábamos. Ahora tenemos un piojo peludo que anda por toda la casa a los saltitos diciendo “mau, mau, mau” y un sillón que ocupa toda mi pared favorita y obligó a que moviéramos todos los muebles. Esperé dos días como para volver a hacer una maniobra poltergeist. Luego, con todas mis fuerzas, volví a correr el sillón hasta la mitad del living. Y Néstor me ayudó un poco en mi maniobra de destrucción. Se afiló las uñas en él por lo menos tres veces. Pablo se enfureció. Me gritó y me dijo de todo. “Pelotudo” fue lo más suave que le escuché. Nunca me había insultado así. Como castigo, me dejó un rato afuera, en el patio. Ya tengo dominado ese castigo. Pongo cara de compungido, me voy a un rincón y lo miro de reojo. No lloro, ni nada. Me las aguanto estoico. Es la conciencia de Pablo la que me rescata siempre. Le carcome el cerebro tanto que, al cabo de un ratito, me abre la puerta y me deja entrar.

Al día siguiente volví a repetir mi piquete, pero con un agregado. Con los dientes pude agarrar uno de los almohadones enormes que tiene el sillón y lo revoleé bien lejos. Lástima que le quedaron los agujeritos de mis dientes (no puedo controlar mi fuerza brutal). Néstor miraba asombrado pero, como todo chico, aprovechó el lío y se puso a saltar en los almohadones y a afilarse las uñas en la parte trasera del sillón.

No medí las consecuencias. Para Pablo fue una catástrofe. Edilicia y moral. En primer lugar, se tomaba la cabeza y no podía creer la semidestrucción de su sillón nuevo. En segundo lugar, creo que estaba decepcionado de mí. Se enfureció. Tomó el diario del domingo (que es pesadísimo) y me pegó con él en la cola. Luego me echó al patio y, como no se le iba el enojo, me ató. Confieso que me asusté un poco. ¿Sabés qué pasó después? Vino Néstor hacia mí y comenzó a darme besitos en la cabeza. Pablo lo llamó para acariciarlo y darme celos, pero él se quedó firme con el desvalido. O sea, yo. Fue el fin de mis celos de Néstor. Creo que, definitivamente, le caché cariño.

La actitud de amor de este chico gato hacia mí hizo que Pablo se ablande más rápido de lo previsto. Luego, como siempre. No me habló hasta que nos fuimos a dormir y, al día siguiente: “¿Olvidado? Olvidadooooo”.

En consecuencia, no volveré a tomar represalias con el sillón... y la paz volverá a nuestro hogar.


miércoles, 19 de enero de 2011

Sillón nuevo


Hola, diario. Ayer, Pablo y un amigo suyo trajeron un nuevo sillón. Grande, de un color que no puedo definir (me suele ocurrir eso). Apenas los vi llegar, me dije a mí mismo: "No me gusta". No sé porqué... Viste que a la estética no le doy mucha importancia, pero este sillón no me gustó. Bueno, te lo tengo que admitir. Creo que deposité mi malhumor de los últimos días en este sillón nuevo. Vengo chinchudo*. Es que soy celoso, qué le voy a hacer. Noto que las gracias que hace este chico Néstor desarman de ternura a Pablo. Entonces se la pasa jugando con él o, como es muy chiquito, lo levanta permanentemente. Hasta ven televisión juntos. Bah... el chiquitito se enrosca y se hace una pelotita peluda sobre su pecho, donde se queda dormido. Yo mismo veo cómo a Pablo le caen las gotas de transpiración y, así y todo, soporta al gatito sim-pá-ti-co. Ya ese grado de confianza no me gusta. No le hablo más a Néstor. Lo ignoro desde hace dos días. Me busca y revoleo la mirada hacia todos lados, como haciéndome el distraído. A él no le preocupa demasiado, se pega media vuelta y sigue dando saltitos por ahí (tiene una habilidad impresionante para cazar moscas).
Creo que por eso le tomé odio al sillón. Ayer, cuando Pablo se fue a trabajar, me agarró un ataque de furia en contra de ese maldito sillón. No pude morderlo, así que con mi hocico, junté fuerzas y lo empujé. Lo corrí tanto que quedó justo en el medio del living. Cuando llegó, Pablo no lo podía creer. Se quedó tieso. Debe haber pensado que había poltergeist. Miraba el sillón y me miraba a mí (yo revoleaba la mirada para todos lados, haciéndome el desentendido). Me retó, pero contenido. Creo que se fue a dormir sin entender.
Mañana, el sillón se va a mover otra vez.

*Enojado

jueves, 13 de enero de 2011

Compañero de juegos


Hola, diario. Quiero contarte algo de este chico Néstor. Tras haber conocido a Zsá Zsá nunca hubiera pensado que me podría divertir tanto con un gato. Yo tengo la sospecha de que Néstor se cree perro. Noto que me observa mucho... y me copia. Pablo hace pelotitas de papel y se las arroja bien lejos. Él pega un salto y corre como una flecha a buscarlas... ¡Y se las trae en la boca! Y hace como yo: se queda paradito, esperando a que se las vuelva a arrojar.
Luego, a pesar de su edad y de su tamaño, le encanta jugar a lo bruto, como hacemos los perros. De pronto, yo estoy plácidamente acostado en el piso y esa pulga peluda se me acerca y me pone mirada de asesino serial. Ahí nomás, empieza a dar saltitos alrededor mío, como si tuviera resortes en las patas, con el lomo arqueado y los pelos erizados. Se hace el cocorito. Yo no le saco mi mirada de encima porque, al menor descuido, me pega un salto encima y dispara como una flecha para que salga corriendo detrás de él. Yo sé muy bien que se caga de risa cuando hace eso. Puedo oír sus carcajadas mudas dentro suyo. Corremos alrededor de toda la casa y no nos importa si atropellamos a Pablo y lo dejamos sentado de culo en el piso. Terminamos utilizando la cama como si fuera un ring. Ahí Néstor se me tira encima y, aunque no lo creas, me boxea. Con esas patitas diminutas, sin sacar las uñas, me boxea. Es como si te golpearan con un algodón, pero yo le hago creer que es un tigre feroz y me defiendo. Lo agarro con los dientes, sin apretar, y lo revoleo un poco. ¡¡Le encanta!! Todo empapado por mi saliva, vuelve a arremeter y ahí me subo encima suyo y, con los dientes, le mordisqueo suavemente la nuca y el lomo. Le fascina. Creo que le hace cosquillas.
Al principio, Pablo se asustaba mucho cuando hacíamos eso. Me decía: ¡Francisco, lo vas a aplastar! Qué va... ¡Es de goma este pibe! Al final de nuestras luchas, me encanta tirarme panza arriba en la cama y rodar... pero rodar arriba de él. ¡Pablo se desesperaba! ¡A Néstor le encanta! Cuando terminamos estos juegos, quedamos extenuados, tirados en el piso. A veces, él se acerca despacito, cierra los ojos y comienza a darme besitos en la frente. Creo que me quiere.
Espero que ahora no tenga intenciones de salir a pasear con correa.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Feliz Año


Hola, diario. Sé que hoy es un día especial porque todo el mundo anda apurado, corriendo con bolsas y paquetes enormes que contienen unos manjares indescriptibles. Estamos a punto de llegar a esa ceremonia en la que todos golpean sus copas y se quedan como estúpidos pensando algo. Bueno, voy a pensar algo por vos: deseo un sitio con un árbol por metro cuadrado para hacer pis en cualquier lado; deseo un churrasco en cada esquina; deseo mimos permanentes y que me rasquen por el resto de mi vida en la pancita y la base de mi oreja. Sí, es verdad, son pensamientos egoístas. Voy a desear fuertemente que los seres humanos se cansen de tirar esos cohetes inmundos y ruidosos que tanto mal hacen a mis oídos, a los de Néstor y a los de otros perros y gatos. Si supieran cuánto nos aturden y tuvieran un dejo de bondad no lo harían nunca más. Ese será mi gran deseo. Basta de cohetes. Te digo esto antes de meterme en la bañera para no escucharlos. Feliz año.

Néstor


Hola, diario. Qué decirte de este chico... Es un primor. La verdad que me cae fantástico. Es un atorrante. Al principio lloraba todo el tiempo, pero le duró poco. Ahora hace lo que quiere. Es muy independiente para la edad que tiene. Por eso se debe haber fugado de su hogar tan joven. Pablo le sacó las pulguitas y esos bichos horribles que tenía en su panza, pero hasta lleno de bichos era feliz y seguro de sí mismo. No le tiene miedo a nada. Me da un poco de envidia. Abro la boca y mete su cabeza con intenciones de ver vaya a saber qué. Me quedo perplejo, con la boca abierta y lo dejo, pero no lo comprendo. Luego me mira fijo, se le erizan los pelos y empieza a saltar alrededor mío con el lomo arqueado. Cuando le resoplo sale corriendo. Ay... es un bebé. Cada tanto lo limpio un poco porque aparece con todos esos pelos amarillos medio mugrientos. Con un solo lengüetazo lo dejo limpito.
Pero te voy a contar algo. También tiene sus contras. Por empezar, está obstinado en dormir conmigo, pegadito a mi cuerpo. No lo permito. No lo dejo. Sé que es huérfano, que necesita calor peludo, pero que vaya a buscarlo en Osito 6. A mí me gusta dormir tranquilo, sin demasiado contacto físico, menos de un chico inexperto. Por otro lado, Pablo pretende que comamos juntos. Y bueno, accedí en eso. Donde manda capitán, no manda marinero. Cada uno tiene su plato de comida, pero tenemos que compartir el del agua. Me adoptó de hermano mayor porque hace todo lo esencial mirándome de reojo. Come, hace sus necesidades y se pasea mirándome de reojo. Hasta lo descubrí que llora cuando nos vamos a pasear con Pablo.
Bueno, demás está decirte lo que decidimos. Se quedará en casa. Será nuestro hermano menor. Pablo le puso un nombre raro: Néstor. Creo que le da personalidad. Es un regalo de Navidad.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Hermano


Hola, diario. Parece que hoy es un día especial. Muy especial. Anoche fuimos a cenar con toda la familia (caminando, lógicamente, porque no conseguimos taxi) y lo pasamos genial. Por ese motivo, nos levantamos tarde. Como siempre, medio dormidos, salimos con Pablo a pasear a la plaza de la esquina. Estiré un poco las patas, me purgué con un poquito de pasto, piyé* uno a uno mis árboles favoritos y, cuando estaba oliendo unos arbustos que siempre tienen meadas fabulosas, me encontré con algo que me tomó por sorpresa. Había un pichón de gato explorando las ramas. Enseguida vino a olfatearme y no hizo "fssssss" como casi todos los gatos. Era muy chiquitito. Nunca vi uno igual. Le di un par de besos y me lo agarré con los dientes. Lo hice suavemente, para no lastimarlo; y él, chocho*. Así seguí mi camino con el gatito, lo más pancho*, en mi boca. Pablo no se dio cuenta por un rato, hasta que se lo mostré. ¿Podés creer que me retó? Me parece que creyó que lo había matado. ¿Cómo voy a matar a un gato bebé? ¿Qué soy yo? ¿Una bestia salvaje? Pero bueno, me obligó a que lo suelte y lo solté. El chico, todo empapado por mi saliva, maulló dos o tres veces y comenzó a seguirme. Me di vuelta, lo miré y le dije: "Pibe, seguí tu camino, estoy ocupado". Pero no hubo caso. Le caí bien y, aunque aceleré el paso, me siguió tropezándose, como hacen los chicos al caminar ligero. Creo que esa actitud hizo que Pablo se derrita de ternura. Esta vez lo agarró él. Pero no con los dientes, como lo hice yo (los humanos no saben) sino con sus manos. Era tan chiquito que entraba en la palma de su mano. Lo que hizo Pablo fue buscar a su mamá por todos lados. Lo acompañé porque lo único que faltaba es que se lo quiera llevar a casa. No encontramos a su mamá. ¿Qué pasó? Lo que te imaginás. Lo trajo a casa.
En principio me cae muy bien. Es rubio, aunque medio desteñido y unos enormes ojos dispuestos a descubrir el mundo. Maulla todo el tiempo porque la casa es un lugar desconocido para él. Recorre todos los rincones y no sabe en cuál quedarse. Le gustó especialmente mi sillón favorito. Ya lo reconoció a Pablo, pero tiene un especial cariño por mí. ¿Te acordás que tuve una intuición? Creo que era este regalo de Navidad.

*Hacer pis.
*Feliz.
*Tranquilo

martes, 21 de diciembre de 2010

Regresos festivos

Una vez más me sacudió ese presentimiento a la distancia. Lo supe. Podía palpar su energía en el espacio... Sentía su presencia en cada bocanada de aire, en cada segundo... Podía percibir su olor... No estoy seguro si por memoria emotiva o porque estaba ya realmente cerca. Podía escuchar su corazón.
Sí, ya sé, soy un capo.
No habían pasado más de diez horas de haber comenzado a tener esa sensación cuando escucho su silbido característico, a lo lejos. Luego, sus pasos, suficientes como para que me tire panza arriba cerca de la puerta. Y, finalmente, las llaves... y él, cuerpo presente. Volvió Pablo.
No sé cómo explicártelo, diario. Es una fiesta. Cada regreso de él ser me hará inolvidable. Y creo que para él también. Yo le hago toda una escena de cariño extremo, como esas películas melancólicas con perritos que ve a veces por la televisión. Lo cago a besos. No paro de darle besos, pero entre lamida y lamida, no puedo dejar de prestarle atención a su valija. Allí sé muy bien que guarda mi regalo. No puedo contener la ansiedad y quiero abrir ese puto cierre dificilísimo de romper. Cuando lo abre, meto el hocico adentro hasta que encuentro mi regalo. ¿Sabés qué me trajo esta vez? ¡¡¡A Pingüino!!! Parece un osito, pero no lo es. Es Pingüino. Tiene pico y es precioso. Estoy tan feliz de que haya vuelto. Lástima que por un tiempo me voy a sacar ese placer dulce y melancólico de extrañar. Todo no se puede.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Extrañar


Hola, diario. Disculpame la ausencia, pero estoy ocupado extrañando a Pablo. Hace unos días me levanté medio bajoneado, pero noté que Pablo estaba contento. Me cantó esas canciones tan bobas pero tan mías, me hizo bailar en dos patas y me bañó. Cuando terminó de hacer todo eso, sacó desde arriba del placard, la valija* más grande. Ahí supe qué pasaría en las siguientes horas. Se iría de viaje. Observé con cierta tristeza cómo iba introduciendo en la valija, una a una, varias prendas de vestir y cosas de utilidad cotidiana como el cepillo de dientes o la afeitadora.
Llegó el momento y, muy impune, con su valija en mano, se agachó para abrazarme. Ahí me quebré, diario, me quebré. No puedo superar este tipo de situaciones que se repiten más de una vez al año. Pensé en hablar con él al respecto a su regreso. Al principio le gruñí y le dije: "No, no me toques". Pero enseguida, empecé a lloriquear (juro que no me pude contener) y dejé que me abrace fuerte y me diga: "Ya vuelvo", como si no supiera que va a tardar unos días.
Lloré un buen rato cuando se fue.
Ahora me ocupo de extrañarlo. Es una sensación tan triste como hermosa. Tu espera tiene una respuesta, que es el regreso. Y no importa cuánto se demore ese regreso, tu espera será un aquelarre de sensaciones. Vas a sentir una cosquilla permanente en el alma que te recordará tu rol de "esperador". También vas a sentir bocanadas de suspiros que, sin saber cómo, se escurrirán de tu corazón con intensidad, decisión y desparpajo. Sentirás que no tenés ganas de ocuparte demasiado en jugar o andar saltando por la casa porque tu trabajo es esperar. Y eso hace que en tu mente esté un solo rostro: el del ser humano que te tocó en esta vida. Y creo que si me hubieran dado la opción de elegir, entre muchísimas muchísimas personas, seguramente habría elegido a Pablo. Pero con soberbia de perro te voy a decir algo, diario: Pablo me escogió a mí entre muchísimos perros. Y creo que está feliz. Y que también me extraña. Aunque intuyo que no es un "esperador" como yo, sé que es un gran extrañador. Prontito llegará, abrirá sus brazos, me abrazará, me rascará la panza y sacará de su valija una pelota o un Osito 8. Y yo volveré a ser feliz plenamente.


* Maleta.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Intuición


Hola, diario. Tengo una intuición muy fuerte en el pecho. Cuando Pablo está trabajando y me deja solo un buen rato no gasto el tiempo, lo ocupo en pensar. Y me ocurre algo últimamente. Tengo la sensación de que algo va a pasar. En este año nos sucedieron cosas lindas y otras no tanto. Pero una corazonada muy fuerte me dice que algo va a pasar. Trato de decodificar esa sensación, pero no encuentro una respuesta muy clara. Ahí me sobreviene el pánico. Lo peor sería que Pablo se fuera a vivir con otro perro y que me deje solo aquí. Pero no es traidor y sabe que ni siquiera tengo manos para abrir la puerta, así que me tendría que ir. ¿Estará por comprarse todo ese lugar lleno de comida al que va una vez por mes y vuelve lleno de bolsas? Sería fantástico. ¿Nos mudaremos a algún lugar lleno de árboles donde mear a destajo y retozar panza arriba mientras las nubes cambian de forma? No creo. No hace mucho que vinimos a este lugar. Y no está nada mal. ¿Vendrán a vivir con nosotros Fina y Raúl? Estaría buenísimo. Acompañado todo el día y comida extra asegurada. Pero creo que Pablo es un poco salvaje, no creo que eso sea posible. ¿O será que vendrá con otro perro una vez más? Ahí me enojaría mucho. Basta de ser la pensión del minusválido. El único que tiene derecho a vivir aquí tranquilo sin compartir a su mejor amigo soy yo. Hay dos cosas que no se comparten: la comida y tu mejor amigo. (Como estoy castrado, te podés quedar con todas mis posibles novias.)