Hola, diario. Llegué a la conclusión de que los seres humanos no se mueren de moquillo. Anoche Pablo tosió y estornudó bastante, pero cada uno de esos sonidos desagradables me alegraban porque me daban una señal de que estaba vivo. Durmió sentado como una paloma pobrecito. De todas formas, no me quedé despierto toda la noche, como ayer. Pero mi sueño fue intermitente y traté de estar cerquita suyo por si me necesitaba.
Si le vieras la cara... pobre pibe. A la mañana sonó el timbre y llegó el veterinario. Obviamente le ladré cuando llegó (detesto a los veterinarios). No me gustó nada cómo toqueteó a Pablo. Le hizo sacar la remera y le puso en el pecho un coso frío que tenía colgado con unas cuerdas, desde las orejas. Un espanto. Le gruñí. Pablo me retó. Luego vino lo peor. Abrió una valijita pedorra que traía y sacó una aguja enorme, como la que usan cuando me vacunan. No quise permitirlo y me interpuse, pero Pablo me echó de la habitación. Inentendible. Yo estaría orgulloso si me defienden. Desde afuera pensé: "Ma sí... si querés que te pinchen, jodete".
El veterinario se fue y, cuando lo despedimos, aproveché para hacer una meadita en el árbol más cercano.
Parece que la vacuna le hizo bien a Pablo porque ahora tose menos. O le sacaron el moquillo o, definitivamente, en las personas no es una enfermedad que los mate.
