
Hola, diario. ¡Cómo detesto a los caniches! Me caen tan mal... Te arrimás a tres metros de ellos y comienzan a ladrar; pasás debajo de sus balcones y ladran a los saltos desesperadamente; y si te animás a olerlos, te tiran un tarascón con esos dientitos de ratita que tienen... ¿Y cuando se hacen los cancheros? Se paran en dos patitas y empiezan a dar saltitos, como si fueran canguros enrulados. ¡Con ese peso pluma cualquiera puede saltar en dos patitas! ¡Payasos! Ay, les tengo bronca. Esos ladriditos agudos, que no asustan ni a un gorrión traumado, me sacan de quicio. En la manzana, es decir en un diámetro de 400 metros, hay veinticuatro caniches. ¡Sí, vein-ti-cua-tro! Algunos medianos, pero la mayoría pigmeos. Bueno, sí, ya sé... está feo discriminar. No hay que generalizar. De todos esos, hay un par que me caen bien y nos movemos un poco la cola cuando nos cruzamos. Sobre todo Dorotea. Ella es una caniche sucia, con todos los pelos pegoteados. La dueña es parecida a ella. Muy parecida. Se adoran. Corren juntas y se abrazan. A veces me las imagino revolcándose en el barro juntas. Hasta tanto no llegó nuestro amor con Pablo. A mí el barro me da asco y él es un obsesivo que se baña todos los días. ¡Todos los días! Un horror. Dorotea es macanuda. No tiene carácter de caniche. Hay otro, creo que se llama Toby. Es de la almacenera. No somos amigos, pero nos saludamos y amagamos correr un poquito. Es un caniche proletario. Con esos me llevo bien. A los demás, no los soporto.
¿Los seres humanos serán así, que se discriminan y detestan por grupos sociales o de raza? No creo, ¿no?
