jueves, 7 de julio de 2011
Malcriado
sábado, 23 de abril de 2011
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jueves, 31 de marzo de 2011
Travesuras gatunas
Hoy Néstor amaneció colgado de la persiana. Parecía uno de
esos muñecos que se pegan en los vidrios y no se salen más. Todo estirado, como
crucificado, pero moviendo la cabeza para atrás viendo cómo bajar. Pablo se
despertó por los maullidos y no entendía nada. No sabía si asustarse o largar
una carcajada. La verdad es que era graciosa la posición, con los brazos en
alto y las piernas colgando. Cuando lo bajó, salió corriendo del susto a
esconderse. Yo te cuento cómo fue porque lo venía vigilando desde antes de que
Pablo se despierte. Madrugó y estaba aburrido, entonces se puso a recorrer la
casa, así haciéndose el sigiloso, como siempre. En un momento se paró frente a
la persiana, que estaba baja hasta el piso porque a Pablo le molesta la luz del
día cuando duerme. La observó y no vas a creer lo que empezó a hacer: puso sus
patitas delanteras en cada una de las tablas de la persiana y comenzó a trepar.
Como si fuera una escalera. No sé qué le pasa a este chico... se cree cucaracha
que puede caminar por las paredes. Claro... llegó arriba de todo y ya no supo
bajar, así que clavó sus uñas y se quedó ahí colgado.
Néstor es muy travieso. Hace cosas que yo no haría (como
colgarme de la persiana, por ejemplo). Como tiene esa habilidad envidiable de
saltar muy alto y treparse por todos lados, se cree que tiene derecho a la
investigación en las alturas. Todo quiere oler. Todo quiere recorrer. Camina
entre los libros de Pablo con habilidad de equilibrista. También lo hace entre
unas estatuas de adorno, que están sobre un aparador. Deambula en zigzag entre
ellas sin moverlas... hasta que llega a un chino de madera. No lo quiere. Lo
empuja con la patita y el chino queda dando vueltas sobre su base redonda.
Escuché a Pablo un día, cuando regresó del trabajo, que dijo: “Este chino está
vivo”.
Pablo le compra unas ratitas de juguete. Puede pasarse toda
la tarde corriéndolas, revoléandolas por el aire. A veces me da bronca que se
divierta tanto y se las destrozo con los dientes (odio que no me presten
atención a mí). Sino, Pablo le hace pelotitas de papel y puede pasar horas
jugando con ellas. No se cansa nunca. Tiene una energía envidiable.
Pero es tan inquieto que tengo miedo de que sus travesuras
lleguen más lejos y me echen la culpa a mí.
jueves, 3 de febrero de 2011
Remedio
lunes, 24 de enero de 2011
El sillón y los celos
Y el sillón se volvió a mover... Como te lo adelanté. Lo
odio. A gatito nuevo hay que sumarle sillón nuevo. ¡Basta de cosas nuevas en
esta casa! Pablo y yo éramos suficientes y teníamos todo lo que necesitábamos.
Ahora tenemos un piojo peludo que anda por toda la casa a los saltitos diciendo
“mau, mau, mau” y un sillón que ocupa toda mi pared favorita y obligó a que
moviéramos todos los muebles. Esperé dos días como para volver a hacer una
maniobra poltergeist. Luego, con
todas mis fuerzas, volví a correr el sillón hasta la mitad del living. Y Néstor
me ayudó un poco en mi maniobra de destrucción. Se afiló las uñas en él por lo
menos tres veces. Pablo se enfureció. Me gritó y me dijo de todo. “Pelotudo”
fue lo más suave que le escuché. Nunca me había insultado así. Como castigo, me
dejó un rato afuera, en el patio. Ya tengo dominado ese castigo. Pongo cara de
compungido, me voy a un rincón y lo miro de reojo. No lloro, ni nada. Me las
aguanto estoico. Es la conciencia de Pablo la que me rescata siempre. Le
carcome el cerebro tanto que, al cabo de un ratito, me abre la puerta y me deja
entrar.
Al día siguiente volví a repetir mi piquete, pero con un agregado.
Con los dientes pude agarrar uno de los almohadones enormes que tiene el sillón
y lo revoleé bien lejos. Lástima que le quedaron los agujeritos de mis dientes
(no puedo controlar mi fuerza brutal). Néstor miraba asombrado pero, como todo
chico, aprovechó el lío y se puso a saltar en los almohadones y a afilarse las
uñas en la parte trasera del sillón.
No medí las consecuencias. Para Pablo fue una catástrofe.
Edilicia y moral. En primer lugar, se tomaba la cabeza y no podía creer la
semidestrucción de su sillón nuevo. En segundo lugar, creo que estaba
decepcionado de mí. Se enfureció. Tomó el diario del domingo (que es
pesadísimo) y me pegó con él en la cola. Luego me echó al patio y, como no se
le iba el enojo, me ató. Confieso que me asusté un poco. ¿Sabés qué pasó
después? Vino Néstor hacia mí y comenzó a darme besitos en la cabeza. Pablo lo
llamó para acariciarlo y darme celos, pero él se quedó firme con el desvalido.
O sea, yo. Fue el fin de mis celos de Néstor. Creo que, definitivamente, le caché
cariño.
La actitud de amor de este chico gato hacia mí hizo que
Pablo se ablande más rápido de lo previsto. Luego, como siempre. No me habló
hasta que nos fuimos a dormir y, al día siguiente: “¿Olvidado? Olvidadooooo”.
En consecuencia, no volveré a tomar represalias con el
sillón... y la paz volverá a nuestro hogar.
jueves, 13 de enero de 2011
Compañero de juegos

miércoles, 5 de enero de 2011
Como perro y gato

viernes, 31 de diciembre de 2010
Néstor

domingo, 27 de junio de 2010
Perro sociable

martes, 11 de mayo de 2010
Enojados

Hola, diario. Me peleé con Pablo. Sí, no nos hablamos desde
hace casi dos días. Se enojó mucho conmigo porque las otras noches, cuando
salimos a pasear, encontré un hermoso y sabroso hueso de pollo quebrado, en una
bolsa de basura rota. Lo agarré enseguida con los dientes y Pablo se puso como
loco. Tiene la teoría de que los huesos de pollo me pueden matar. El insolente
quiso abrirme la boca con todas sus fuerzas, pero no lo dejé. A obstinado,
obstinado doble. Finalmente se salió con la suya. Me alzó del collar y me
obligó a soltarlo. Ahí nomás, me dio dos chirlos* en el hocico. “¡¡¡No lo hagas
nunca más!!!”, me gruñó. Como si fuera fácil. A ver si él se puede contener si
le ponen una torta de crema con frutillas adelante suyo.
Odio que me quieran sacar la comida de la boca. Además, me
la encontré yo. Le mostré los dientes y le tiré un tarascón. Fue advertencia...
no iba a hacerle nada. Pero no lo tomó así. Se enojó mucho. Me dijo de todo. Me
paseó por la plaza con la correa, volvimos a casa sin hablarnos y no me dejó
dormir en la habitación. Me puse a reflexionar sobre si me había pasado de la
raya. A lo mejor sí... Si el jefe no quiere que coma de la basura, habría que
hacerle caso. Pero no puedo contenerme.
Ayer no me habló en todo el día. Ni siquiera me dio la
golosina de siempre antes de irse al trabajo. Cuando regresó, ni me acarició.
Tomó la correa, me la puso y me sacó a dar una vuelta que alcanzó lo suficiente
como para que haga pis y caca. Me hizo el vacío.
Hoy nos levantamos y, por lo menos, me tocó la cabeza y me
dio un pedacito de una medialuna que comía.
¡Qué chinchudo*! Ya le dije (con los ojos, lógicamente) que
estaba arrepentido. ¿Qué quiere? ¿Que saque una solicitada en el diario?
*Palmada.
*Malhumorado.
sábado, 24 de abril de 2010
Atención
jueves, 22 de abril de 2010
La pelirroja me odia
Foto: Flickr.com. PwcowgigirlHola, diario. Te juro que Pablo es un obsesivo y me baña cada 15 días. Pero algún olor medio raro debo tener como para que la pelirroja de la vuelta me odie de esta manera. Cada vez que estamos en la plaza y me ve, aunque sea de lejos, comienza a avanzar amenazadoramente, con la panza casi a ras del piso, a paso lento, hasta que, de repente, emprende carrera veloz y se tira sobre mí para morderme. Ya se quedó con un mechón de pelos míos en la boca y, los otros días, alcanzó a morderme la cola. No me importó gritar. ¿Sabés lo que pasa, diario? Si vos tenés una discusión, o te llevás mal con alguien o hay algún motivo para las piñas, estás preparado, te ponés en guardia, sabés qué decir. Pero cuando te toman por sorpresa, sin un motivo aparente para pelearte, quedás en desventaja, desprevenido. Yo no soy belicoso. Entonces esta turra de mierda siempre me agarra sin capacidad de reacción y quedo como un cobarde.
No sé por qué me odia. No se pelea con ningún perro, sólo conmigo. Me huele a la distancia y ya me quiere agarrar del cogote. Pablo discutió con la mujer que la lleva. "¡Póngale collar, no la lleve suelta!", le dijo. Y ella, como si nada. "Es a su perro al que odia", le dijo, muy pancha*. Me gustaría sentarme a charlar con la pelirroja y preguntarle qué le hice y por qué me odia. Pero no me da tiempo. Decí que no se puede morder a las mujeres, porque sino, le arrancaba una oreja.
*Muy tranquila.
domingo, 18 de abril de 2010
Vocabulario

Cuando dice "vení acá" puede significar dos cosas: o que te va a hacer muchos mimos o te vas a ligar un buen reto. Así que siempre avanzo con cautela. Pero el "vamos" y el "vení" tienen significados distintos cuando estamos por cruzar la calle. Medio metro antes de llegar a la esquina, Pablo dice: "vení". Entonces yo me tengo que parar a su lado y quedarme quieto, con él, hasta que pasen los coches, que son peligrosísimos. Cuando el peligro pasó, él dice: "vamos". Y ahí podemos cruzar lo más tranquilos. También el vamos se usa para cosas concretas. El "¿vamos a lo de Fina?" o el "¿vamos a lo de María Elena?" me ponen feliz y me entusiasman. Me encanta ir a lo de mis abuelos humanos y a lo de mi tía humana.
martes, 13 de abril de 2010
Domingos

sábado, 10 de abril de 2010
Telepatía

Al final, mi presentimiento no era irreal. Llegó justo
cuando me disponía a destripar a Bob Esponja. Como siempre, pensaba recibirlo
con indiferencia, como lo haría Zsá Zsá, pero soy un idiota, no pude. No me
puedo contener. Lo siento cerca de la puerta y ya mi cola se vuelve
incontrolable. Apenas escucho el ruidito de las llaves, me yergo y mis orejas
se convierten en radares. Y ni te cuento cuando entra a casa. Primero avanzo
sumiso, con la cola entre las patas, poniéndole la mirada más lastimosa que me
sale, para golpearle el corazón. Pero de inmediato, me convierto en canguro y
no paro de saltar y darle besitos. Después lo huelo exhaustivamente para
asegurarme de que no haya intentado cambiarme por otro perro. Y luego, me
vuelvo obsesivo e interesado. Siempre me trae regalos cuando regresa, así que
no puedo contenerme y, por todos los medios, trato de abrir esa enorme valija*
que trae. Es complicado y tengo que esperar a que él decida cuándo la abrirá.
Cuando eso sucede, meto mi hocico hasta el fondo, hasta poder encontrar “mi”
regalo. Esta vez me trajo un pingüino. Me encantó. No sé adónde habrá ido que
me trajo un animal tan extraño. Me vino bien porque Chanchito ya está muerto
(lo rompimos jugando) y Osito 2 está medio cachuzo. Jugamos un rato y, cuando
estuve exhausto, me quedé contemplando a Pablo, con mi pingüino abrazado.
También pensé en esa sensación fuerte que tengo cuando está
por venir. Nunca me equivoco. Creo que con mi mejor amigo ya logramos
telepatía. Puedo sentir su energía cuando está por venir. Y su presencia se
hace cada vez más fuerte en mi alma y mi cabeza cuando está cerca. Y te
aseguro, diario, que no es mi superolfato. No logro oler tan lejos. Sino, los
perros no nos perderíamos tan fácilmente. Es energía, magnetismo, telepatía...
No sé cómo llamarle. Voy a investigar sobre el tema. Me apasiona saber cómo he
logrado una conexión tan fuerte con un ser tan primitivo y adorable a la vez,
como el ser humano. Nunca los perros podremos emanciparnos de ellos. Inevitable
amarlos. Es nuestra naturaleza.
jueves, 8 de abril de 2010
Dueños

domingo, 28 de marzo de 2010
Viajero
Cuando me hizo mimitos en la cara, no me aguanté y me puse a llorar. Ahí me abrazó. Como me di cuenta de que funcionó, comencé a llorar más fuerte, para ver si se arrepentía y se quedaba. Pero no fue así. Nos quedamos los dos mirándonos con mucha tristeza, me dio una golosina y cerró la puerta.
Ahora estoy observando un almohadón y un peluche de Bob Esponja. A ver qué agarro primero en señal de protesta.
* Comida.
martes, 23 de marzo de 2010
Labios

No sé porqué, desde cachorro, siempre me gustó darles besitos a las personas en sus bocas. Cuando sos cachorro es fácil porque te alzan, te arriman a sus rostros y ahí les das besos. Pero de adulto es más complicado. Yo adquirí una técnica. Hay que hacerlo rapidísimo. Apenas se acercan, pego un salto, como si fuera un delfín amaestrado, y les doy un lengüetazo en los labios. Algunos ponen cara de asquete, pero a otros les resulta simpático y hasta adorable.
Es que los labios de las personas son húmedos, como nuestras lenguas, o nuestras narices. Y es a través de sus labios como grafican el amor. Como yo creo que me estoy convirtiendo en una persona, estoy convencido de que es así cómo debo besar. Les doy amor con cada salto y cada beso en esos contornos carnosos que dibujan lo que a mí nunca me sale: la sonrisa. Es lo más lindo de las personas. Cuando sonríen, todo se ilumina y yo siento que unen la alegría con el cariño. Precioso. Estuve practicando pero no me sale. El día que pueda sonreír, se caen de culo.
lunes, 22 de marzo de 2010
Comadrejas
Foto de Adriana de Palermo. Flickr.comHola, diario. Este nuevo barrio es muy curioso. Te conté de
ese jardín inmenso al que no dejan pasar perros, pero que está lleno de plantas
y árboles de todo tipo con una partitura de olores que te fascina. Allí está
lleno de gatos. Algunos son amigables y otros te hacen “fsss”. Pero con Zsá Zsá
ya me acostumbré a ellos. Anoche estábamos paseando por la plaza y Pablo se
sorprendió tanto como yo por un perro extrañísimo que había ahí dentro. Bah... yo
no sabía si era un perro o un gato de una marca rara. Tenía un olor espantoso y
caminaba muy lento. Estaba así como despeinado, con pocos pelos, con distintas
tonalidades de grises en el lomo y un antifaz blanco. Lo más impresionante era
su cola. Larga y pelada... un asco. Se la habrán mordido o tendría un problema
dermatológico. Primero nos ignoró, pero después nos observó con unos rosados
ojos diabólicos. Nos quedamos observándolo un buen rato, pero viste que a mí la
curiosidad me mata... Vi que algo raro tenía en el lomo. Eran como verrugas
peludas que se movían. No lograba darme cuenta de qué era... ¡Hasta que me
avivé de que eran sus hijos! Tan extraños como él, pero mucho más chiquitos.
Quise acercarme para olfatearlos, pero se enojó mucho. Se le pararon todos los
pelos, irguió su cola pelada y me mostró los dientes. Pensé que nos iba a
atacar, pero no... Muy pancho (o pancha)* se dio media vuelta y se alejó
caminando despacio, con esas patas cortas y extrañas.
Pablo también quedó fascinado con ese inesperado encuentro
y se lo contó a todos. Escuché que esos perros se llaman comadrejas* y que en
ese lugar hay muchas.
Por precaución, creo que no deberíamos acercarnos
nuevamente a ellos. Sobre todo cuando tienen familia numerosa.
*Tranquilo
* En Argentina se llama comadrejas a las zarigüeyas u
opossum.
lunes, 15 de marzo de 2010
Adioses
Hola, diario. Si te tengo que definir mi fin de semana, es
con la palabra “adiós”.
Ya estamos instalados en la nueva casa. Te cuento que me
llevo por delante todos los muebles y paredes. La costumbre hace que quiera
tomar el mismo camino que en el otro departamento para ir de la habitación a la
cocina, o del living a la habitación. Pero la distribución es distinta, así que
me he golpeado la nariz un par de veces.
El sábado nos despertamos como siempre, fuimos a desayunar
y los dos nos “tragamos” la columna que hay en la entrada de la cocina. Luego,
paseamos un poco en la plaza y me sorprendí un poco al regresar. A los dos
minutos, Pablo tomó un bolso enorme y me volvió a decir: “Vamos”. Obviamente,
pegué un salto a lo delfín amaestrado y me acomodé el collar para salir.
Nos tomamos un taxi. Ya te conté el placer que es viajar en
taxi con la cabeza afuera, tragando viento.
Para sorpresa mía, llegamos a nuestro viejo hogar. Me
desconcerté. Saludamos a algunos vecinos y entramos a nuestro (¿antiguo?)
departamento. Estaba vacío, el pobrecito... me dio una lástima. Sólo pelusas y
polvo. Habían quedado nada menos que las cacerolas donde cocinamos y algunas
cositas más que Pablo guardó en el bolso. Luego, nos quedamos sentados en el
piso, esperando nosequé. Y nosequé llegó de inmediato. Lancé un ladrido cuando
escuché que se abría la puerta. Era una señora. La había visto una vez ya.
Observó el departamento por todos lados, con detenimiento, y conversó
amablemente con Pablo. Me cayó bien. De pronto, vi como Pablo le entregó las
llaves. Ahí me cerró todo. Vinimos a decirle adiós a ese hogar donde pasamos
tantos momentos lindos. Fiestas con los amigos, banquetes con Fina y Raúl,
despertares casi melódicos y metódicamente iguales, reencuentros con la vida.
Porque ahí es donde yo volví a reinsertarme en este mundo privilegiado.
Como hizo esa señora, yo también lo recorrí por cada rincón
una vez más. Y, sin que ella se diera cuenta, hice pis en el balcón, por si
llegase a ir a vivir ahí otro perro, para que se entere de que esa fue la casa
de Francisco. Antes de salir, lo miré y le agradecí. Las casas tienen entidad.
Lo sé.
Nos despedimos de la señora y también de los vecinos de la
inmobiliaria de abajo. Me caían bárbaro. Le dijeron a Pablo que prometa que me
iba a llevar de vez en cuando. Él asintió, pero ambos sabíamos que eso nunca
iba a ocurrir. También les dije adiós. Cuando íbamos caminando rumbo a lo de
Fina y Raúl, para visitarlos, me quedé paralizado. Ahí la vi, esbelta como al
principio, con sus pelos marrones tan enmarañados como bellos, y esa mirada
entre pícara y dulce. Nos miramos fijamente y corrimos desesperados el uno
hacia el otro. No paramos de dar saltos, revolcarnos en el piso y hacer esas
carreras repentinas, cortas, en círculo y de hasta diez metros, para
convertirnos en ráfagas de felicidad. Pablo es inteligente y me dejó un largo
rato. Sabía muy bien que, probablemente, nunca más pueda ver a Morena. Nos
olfateamos mucho. Supe que sus cachorros ya no estaban más con ella y, vaya a
saber hasta cuándo, seguiría siendo la misma Morena de siempre, la que yo
adoraba. En un momento nos cansamos de tanto correr y nos sentamos, bajo el
sol, extenuados, una pata contra la otra. Nos miramos, con alegría, amor y
tristeza. Todos esos sentimientos juntos que, seguramente, los humanos ni se
imaginan que podemos sentir los perros.
No quise que Morena supiera que yo me iba del barrio. No le
dije nada. El adiós lo dejé en mi interior y, simplemente, puse mi frente sobre
la suya. Nos dimos muchos lengüetazos, como siempre, y nos despedimos. Ella
salió a los saltos, con su amiga persona, ingenua y feliz. Yo me quedé
observándola, y lo seguí a Pablo. Con el adiós atragantado y pensando en esas
cosas que uno tiene que resignar para obtener otras. Aunque la reflexión me
duró sólo unos metros. Demasiado dilema para un perro. Pero me quedé triste.
Probablemente nunca más vea a Morena.
