UNA VIDA SIN UN PERRO, ES UN ERROR

"LA GRANDEZA DE UNA NACIÓN Y SU PROGRESO MORAL PUEDE SER JUZGADO POR LA FORMA EN QUE SUS ANIMALES SON TRATADOS."
Mahatma Gandhi

NO USES PIROTECNIA

NO USES PIROTECNIA
Por favor, no usen pirotecnia. Los "cuetes" nos asustan, nos hacen mucho mal a nuestros oídos, nos desorientan y son la causa de que muchos perros y gatos se pierdan entre diciembre y febrero. Lo mismo les ocurre a otros animales, como las aves. Pensá en nosotros y en los múltiples problemas que pueden causar los fuegos artificiales. NO USES PIROTECNIA. Gracias. PD: Ah... Ponele chapita con número de teléfono a tu perro. Para esta época hay muchos perros perdidos a causa de la pirotecnia, por favor, si ves alguno no sigas de largo, ayudalo a encontrar a su familia.
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jueves, 7 de julio de 2011

Malcriado



Hola, diario. Confieso que he sufrido un retroceso en mi comportamiento. Mis modales ya no son los de antes. Pablo está algo decepcionado. Pero puedo explicarte porqué. Desde que convivimos, él me explicó que no hay que pedir comida cuando las personas cenan. Siempre, cuando terminan de cenar, me dan un poquito. Me enseñó a que hay que comportarse y no molestar si están hablando. Me explicó que es extremadamente peligroso bajar del cordón de la vereda, en la calle, porque puede aplastarte uno de esos monstruos sobre ruedas, que son taxis, pero de otro color. También me dijo estrictamente que no debo ladrar en casa para evitar molestar a los vecinos. Cierro el pico. Me contó muchas normas de comportamiento básicas que son imprescindibles para una buena convivencia con el mundo.
Yo las aprendí... pero me estoy olvidando algunas, de vez en cuando.
Es que Pablo viaja mucho. Y cuando Pablo viaja, me cuida el resto de la familia. Y el aspecto más divertido de esa ausencia es que ellos me malcrían mucho. El santo de Raúl me dejaba hacer de todo, pero como era muy mayor yo le hacía más caso. Fina es lo opuesto a Pablo. Como toda mamá, me da de comer a cada momento. Cosas ricas y cosas horribles que escupo cuando no se da cuenta. Se cree que puedo comer todo lo que ella come. Es casi cierto. Los otros días me quiso dar pepinos. Pero qué horror. María Elena, la hermana de Pablo, su esposo Luis y los hijos, me dejan hacer absolutamente todo. Puedo apoyar las dos patas delanteras en la mesa para alcanzar mejor la comida, me permiten ladrarle el señor despeinado del kiosco, tomar agua del inodoro y saltar sobre sus cabezas cuando están hablando algo importante.
Claro, cuando regresa Pablo, me olvido un poco de la disciplina. Ahora, mientras como las galletitas que dejó sobre la mesa, estoy tratando de recordar normas de conducta.

sábado, 23 de abril de 2011

Compartir

Hola, diario. Vos viste que a mí me cuesta mucho llevar a cabo el concepto de la palabra "compartir". Sí, soy egoísta, lo admito sin preocupación. A veces me enojo porque no entiendo cómo se puede no prestarme atención. Soy macanudo, divertido, cariñoso, carismático... algo de facha tengo. Entonces cuando vienen visitas no puedo evitar intentar llamar la atención. Del mismo modo, me desespero cuando Pablo le da un beso a alguien o le hace upa al gato.
De todos modos, debo admitir que es el gato quien me enseñó a compartir un poco el tiempo, la atención y el cariño. Ocurrió casi sin querer. Un día no me di cuenta y estábamos jugando los tres: Pablo, Néstor y yo. ¡Y cómo nos cagamos de risa! Yo tomé por asalto la cama y empecé a correr en círculos por ella. Néstor pegaba saltitos para subirse y ahí comenzó el juego de impedírselo. La idea era luchar por la supremacía de la cama. Mientras, Pablo nos cantaba cantitos tan horrorosos como incentivadores. Nos enfervorizaba y, mientras, nos daba palmadas. ¡Uy, cómo nos matamos de risa! Te juro, diario, que quedamos agotadísimos de correr y reírnos. Tuve que ir a tomarme un trago de agua al inodoro para recuperar fuerzas. Y Néstor, que nunca se cansa, quedó desparramado sobre la baldosa más fresca que encontró.
Luego de ese juego me di cuenta de lo que habíamos hecho: compartimos un rato. ¿Por qué habrá pasado eso? Me parece que le caché mucho cariño a ese gato.

jueves, 31 de marzo de 2011

Travesuras gatunas


Hoy Néstor amaneció colgado de la persiana. Parecía uno de esos muñecos que se pegan en los vidrios y no se salen más. Todo estirado, como crucificado, pero moviendo la cabeza para atrás viendo cómo bajar. Pablo se despertó por los maullidos y no entendía nada. No sabía si asustarse o largar una carcajada. La verdad es que era graciosa la posición, con los brazos en alto y las piernas colgando. Cuando lo bajó, salió corriendo del susto a esconderse. Yo te cuento cómo fue porque lo venía vigilando desde antes de que Pablo se despierte. Madrugó y estaba aburrido, entonces se puso a recorrer la casa, así haciéndose el sigiloso, como siempre. En un momento se paró frente a la persiana, que estaba baja hasta el piso porque a Pablo le molesta la luz del día cuando duerme. La observó y no vas a creer lo que empezó a hacer: puso sus patitas delanteras en cada una de las tablas de la persiana y comenzó a trepar. Como si fuera una escalera. No sé qué le pasa a este chico... se cree cucaracha que puede caminar por las paredes. Claro... llegó arriba de todo y ya no supo bajar, así que clavó sus uñas y se quedó ahí colgado.

Néstor es muy travieso. Hace cosas que yo no haría (como colgarme de la persiana, por ejemplo). Como tiene esa habilidad envidiable de saltar muy alto y treparse por todos lados, se cree que tiene derecho a la investigación en las alturas. Todo quiere oler. Todo quiere recorrer. Camina entre los libros de Pablo con habilidad de equilibrista. También lo hace entre unas estatuas de adorno, que están sobre un aparador. Deambula en zigzag entre ellas sin moverlas... hasta que llega a un chino de madera. No lo quiere. Lo empuja con la patita y el chino queda dando vueltas sobre su base redonda. Escuché a Pablo un día, cuando regresó del trabajo, que dijo: “Este chino está vivo”.

Pablo le compra unas ratitas de juguete. Puede pasarse toda la tarde corriéndolas, revoléandolas por el aire. A veces me da bronca que se divierta tanto y se las destrozo con los dientes (odio que no me presten atención a mí). Sino, Pablo le hace pelotitas de papel y puede pasar horas jugando con ellas. No se cansa nunca. Tiene una energía envidiable.

Pero es tan inquieto que tengo miedo de que sus travesuras lleguen más lejos y me echen la culpa a mí.

jueves, 3 de febrero de 2011

Remedio


Hola, diario. A veces me doy cuenta de que Néstor y yo podemos ser un remedio para Pablo. Los seres humanos son raros. Todo lo que viven es extremo. Suelen traspasar lo natural de sus emociones. Bueno, o lo natural que pueden ser las emociones para un perro. Pueden regresar a tu casa con un cansancio que tiene el efecto de un huracán. Quedan devastados, rotos. Aunque no es para siempre, luego se reconstruyen. O pueden volver también en situación de angustia y tristeza superlativas y te da la sensación de que van a derretirse hasta quedar hechos sólo partículas. Y también el clima interno de ellos puede entrar en ebullición y volverlos una furia personificada. Los seres humanos se enojan mucho, nosotros con un mordisco lo arreglamos todo. Dura segundos. Lo de ellos puede prolongarse.
Pablo sabe de eso, de esa tremenda falla de la naturaleza humana. Entonces me doy cuenta de que, cuando su cansancio lo consume, su tristeza lo empapa o su enojo lo quema, recurre a mí o al gato. Comienza a acariciarnos lentamente y, luego nos abraza fuerte. Pone su cara sobre mi cabeza o sobre la cara de Néstor y no nos suelta. Nos aprieta un poco, pero sabemos que lo estamos curando. Puede quedarse así un buen rato, y si le damos besitos se le escapan todos los suspiros al mismo tiempo. Ese abrazo caluroso y sincero entre amigos-hermanos cura. Yo me di cuenta de que, luego, vuelve a ser de a poco ese Pablo animal que tanto quiero.
Hay que ser muy observador y darse cuenta de cuándo una persona necesita abrazar o dejarse abrazar. Por eso me di cuenta de la utilidad que tenemos los perros y gatos. Somos fantásticos para eso. Siempre vamos a estar dispuestos al abrazo y la caricia porque nos alimentamos de eso. A veces Pablo nos abraza fuerte al mismo tiempo a los dos y eso nos hace feliz.
Mi deseo de esta semana hacia arriba es que todos los seres humanos puedan tener un amigo perro o gato para consumir amor a montones.

lunes, 24 de enero de 2011

El sillón y los celos

Y el sillón se volvió a mover... Como te lo adelanté. Lo odio. A gatito nuevo hay que sumarle sillón nuevo. ¡Basta de cosas nuevas en esta casa! Pablo y yo éramos suficientes y teníamos todo lo que necesitábamos. Ahora tenemos un piojo peludo que anda por toda la casa a los saltitos diciendo “mau, mau, mau” y un sillón que ocupa toda mi pared favorita y obligó a que moviéramos todos los muebles. Esperé dos días como para volver a hacer una maniobra poltergeist. Luego, con todas mis fuerzas, volví a correr el sillón hasta la mitad del living. Y Néstor me ayudó un poco en mi maniobra de destrucción. Se afiló las uñas en él por lo menos tres veces. Pablo se enfureció. Me gritó y me dijo de todo. “Pelotudo” fue lo más suave que le escuché. Nunca me había insultado así. Como castigo, me dejó un rato afuera, en el patio. Ya tengo dominado ese castigo. Pongo cara de compungido, me voy a un rincón y lo miro de reojo. No lloro, ni nada. Me las aguanto estoico. Es la conciencia de Pablo la que me rescata siempre. Le carcome el cerebro tanto que, al cabo de un ratito, me abre la puerta y me deja entrar.

Al día siguiente volví a repetir mi piquete, pero con un agregado. Con los dientes pude agarrar uno de los almohadones enormes que tiene el sillón y lo revoleé bien lejos. Lástima que le quedaron los agujeritos de mis dientes (no puedo controlar mi fuerza brutal). Néstor miraba asombrado pero, como todo chico, aprovechó el lío y se puso a saltar en los almohadones y a afilarse las uñas en la parte trasera del sillón.

No medí las consecuencias. Para Pablo fue una catástrofe. Edilicia y moral. En primer lugar, se tomaba la cabeza y no podía creer la semidestrucción de su sillón nuevo. En segundo lugar, creo que estaba decepcionado de mí. Se enfureció. Tomó el diario del domingo (que es pesadísimo) y me pegó con él en la cola. Luego me echó al patio y, como no se le iba el enojo, me ató. Confieso que me asusté un poco. ¿Sabés qué pasó después? Vino Néstor hacia mí y comenzó a darme besitos en la cabeza. Pablo lo llamó para acariciarlo y darme celos, pero él se quedó firme con el desvalido. O sea, yo. Fue el fin de mis celos de Néstor. Creo que, definitivamente, le caché cariño.

La actitud de amor de este chico gato hacia mí hizo que Pablo se ablande más rápido de lo previsto. Luego, como siempre. No me habló hasta que nos fuimos a dormir y, al día siguiente: “¿Olvidado? Olvidadooooo”.

En consecuencia, no volveré a tomar represalias con el sillón... y la paz volverá a nuestro hogar.


jueves, 13 de enero de 2011

Compañero de juegos


Hola, diario. Quiero contarte algo de este chico Néstor. Tras haber conocido a Zsá Zsá nunca hubiera pensado que me podría divertir tanto con un gato. Yo tengo la sospecha de que Néstor se cree perro. Noto que me observa mucho... y me copia. Pablo hace pelotitas de papel y se las arroja bien lejos. Él pega un salto y corre como una flecha a buscarlas... ¡Y se las trae en la boca! Y hace como yo: se queda paradito, esperando a que se las vuelva a arrojar.
Luego, a pesar de su edad y de su tamaño, le encanta jugar a lo bruto, como hacemos los perros. De pronto, yo estoy plácidamente acostado en el piso y esa pulga peluda se me acerca y me pone mirada de asesino serial. Ahí nomás, empieza a dar saltitos alrededor mío, como si tuviera resortes en las patas, con el lomo arqueado y los pelos erizados. Se hace el cocorito. Yo no le saco mi mirada de encima porque, al menor descuido, me pega un salto encima y dispara como una flecha para que salga corriendo detrás de él. Yo sé muy bien que se caga de risa cuando hace eso. Puedo oír sus carcajadas mudas dentro suyo. Corremos alrededor de toda la casa y no nos importa si atropellamos a Pablo y lo dejamos sentado de culo en el piso. Terminamos utilizando la cama como si fuera un ring. Ahí Néstor se me tira encima y, aunque no lo creas, me boxea. Con esas patitas diminutas, sin sacar las uñas, me boxea. Es como si te golpearan con un algodón, pero yo le hago creer que es un tigre feroz y me defiendo. Lo agarro con los dientes, sin apretar, y lo revoleo un poco. ¡¡Le encanta!! Todo empapado por mi saliva, vuelve a arremeter y ahí me subo encima suyo y, con los dientes, le mordisqueo suavemente la nuca y el lomo. Le fascina. Creo que le hace cosquillas.
Al principio, Pablo se asustaba mucho cuando hacíamos eso. Me decía: ¡Francisco, lo vas a aplastar! Qué va... ¡Es de goma este pibe! Al final de nuestras luchas, me encanta tirarme panza arriba en la cama y rodar... pero rodar arriba de él. ¡Pablo se desesperaba! ¡A Néstor le encanta! Cuando terminamos estos juegos, quedamos extenuados, tirados en el piso. A veces, él se acerca despacito, cierra los ojos y comienza a darme besitos en la frente. Creo que me quiere.
Espero que ahora no tenga intenciones de salir a pasear con correa.

miércoles, 5 de enero de 2011

Como perro y gato


Hola, diario. Vos viste que a mí la palabra "amo" no me gusta mucho. Pero bueno... cuando yo soy el sujeto la acepto un poco más. Creo que soy el amo de este chico Néstor. Te explico porqué. Cuando Pablo se va a trabajar comienza mi trabajo de extrañar y de esperar. Pero al gatito no le preocupa tanto. Él sigue explorando la casa, se trepa por todos lados (qué envidia me da eso) y su vida es un constante descubrir. De todos modos, le gusta dormir más de día que de noche. Es adorable cuando duerme. Me puedo quedar horas contemplándolo y pensando en qué estará soñando.
Pero cuando Pablo regresa y nos vamos a pasear juntos, sé muy bien que Néstor se queda sentadito en la puerta, llorando y esperando a que YO regrese. Cuando volvemos del paseo, a Pablo no le da bolilla, pero a mí viene a lamerme y a olfatear todos los olores que traigo de la plaza. Sé que es mucha responsabilidad cuidar a un chico de otra especie, pero este me cae bien. Sólo me molesta sobremanera cuando Pablo lo alza en sus brazos, le da besitos y le dice cosas lindas. Ahí me dan ganas de regresarlo adonde lo encontramos. Pero no, vamos a quedarnos con él, con mi mascota-hermano.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Néstor


Hola, diario. Qué decirte de este chico... Es un primor. La verdad que me cae fantástico. Es un atorrante. Al principio lloraba todo el tiempo, pero le duró poco. Ahora hace lo que quiere. Es muy independiente para la edad que tiene. Por eso se debe haber fugado de su hogar tan joven. Pablo le sacó las pulguitas y esos bichos horribles que tenía en su panza, pero hasta lleno de bichos era feliz y seguro de sí mismo. No le tiene miedo a nada. Me da un poco de envidia. Abro la boca y mete su cabeza con intenciones de ver vaya a saber qué. Me quedo perplejo, con la boca abierta y lo dejo, pero no lo comprendo. Luego me mira fijo, se le erizan los pelos y empieza a saltar alrededor mío con el lomo arqueado. Cuando le resoplo sale corriendo. Ay... es un bebé. Cada tanto lo limpio un poco porque aparece con todos esos pelos amarillos medio mugrientos. Con un solo lengüetazo lo dejo limpito.
Pero te voy a contar algo. También tiene sus contras. Por empezar, está obstinado en dormir conmigo, pegadito a mi cuerpo. No lo permito. No lo dejo. Sé que es huérfano, que necesita calor peludo, pero que vaya a buscarlo en Osito 6. A mí me gusta dormir tranquilo, sin demasiado contacto físico, menos de un chico inexperto. Por otro lado, Pablo pretende que comamos juntos. Y bueno, accedí en eso. Donde manda capitán, no manda marinero. Cada uno tiene su plato de comida, pero tenemos que compartir el del agua. Me adoptó de hermano mayor porque hace todo lo esencial mirándome de reojo. Come, hace sus necesidades y se pasea mirándome de reojo. Hasta lo descubrí que llora cuando nos vamos a pasear con Pablo.
Bueno, demás está decirte lo que decidimos. Se quedará en casa. Será nuestro hermano menor. Pablo le puso un nombre raro: Néstor. Creo que le da personalidad. Es un regalo de Navidad.

domingo, 27 de junio de 2010

Perro sociable


Hola, diario. Anoche estuvimos de joda*. Pablo organizó en casa una de sus típicas reuniones con su jauría de amigos. Desde el comienzo lo pasé bien. Viste que a mí me encanta recibir gente en casa. Estuvo mi amigo Christian, que me dice Pancho y me da pedacitos de lo que come; Gabriel, que siempre me abraza; Laurita, que me habla cosas de filosofía y se pone feliz porque cree que la entiendo; Margarita, nuestra ex vecina de la otra casa que ahora es nuestra amiga; Marcelita, la chica con la que Pablo vino por primera vez a MAPA a verme, que está de novia con un muchacho altísimo que habla en otro idioma; y muchos otros a los que nunca había visto, pero saludé correctamente, con un salto y un lengüetazo sorpresivo y certero en sus labios.
¡Cómo nos divertimos! Viste que yo en las fiestas participo activamente. Nos cagamos de risa, escuchamos música, cantamos y, por primera vez, bailé con otra gente. Ligué algunos comestibles que si Pablo se hubiese enterado se habría enojado mucho. También comí algunas cosas que él me prohibe, como papas fritas, chizitos y pizza (de todos modos hoy se dio cuenta cuando, por la mañana, salimos a pasear e hice mis cosas).
También intenté beber algo de lo que ellos bebían. A mí siempre me dejan un tacho con agua y ellos toman bebidas de todos los aromas y sabores. Ya me di cuenta de que en las fiestas dejan vasos en el piso. ¿Recordás que te conté que en otra fiesta encontré uno con un líquido rojo que me encantó, pero me hacía pensar que algunos tenían hermanos gemelos? Nunca me olvidé del sabor exquisito de eso. Pablo a veces lo toma también. Pero lamentablemente, no encontré ninguno.
Vinieron como treinta personas y no paramos de charlar con cada uno de ellos. Aunque uno no quería que me acerque. Me miraba feo y me espantaba con la mano. Intenté acercarme varias veces y me rechazó. Diario, yo te digo algo: No me banco* el rechazo. Me dije a mí mismo: "hagamos un último intento". Fui a buscar a Osito 3 y se lo alcancé entre mis dientes con mis pupilas hacia arriba y la orejas erguidas. ¿Sabés, diario? Estoy convencido de mi carisma. El tipo esbozó una sonrisa, me acarició la cabeza, tomó a Osito 3 y lo arrojó para que lo vaya a buscar. Así estuvimos unos minutos. ¡Esa es una conquista!
Todos en esta jauría sin líder eran macanudos*. Bah... excepto una chica de anteojos y vestido verde. Hubo un momento en que no paraba de llegar gente. Y uno tampoco puede recibir a todos. Soy perro, no soy liebre. Entonces, mientras unos entraban y yo les hacía fiesta, otros tocaban el timbre. Así que Pablo fue solo a abrir la puerta. Entró con dos chicas y yo los intercepté en el pasillo. Una de ellas entró en pánico. "¡No!.. ¡Le tengo miedo a los perros!", exclamó. Yo la miré sin comprender y me acerqué para decirle: "Tranquila, piba, no te hago nada, soy macanudo". Pero siguió diciendo: "¡Le tengo miedo a los perros!.. ¡Encerralo, por favor!". Me di cuenta de que Pablo no la conocía, venía acompañando a su amiga. Lógicamente, mi mejor amigo le dijo: "No, no puedo encerrarlo. Esta es su casa". Ella se tomó la cabeza desesperada y amagó irse. Su amiga no sabía qué hacer y Pablo las miró con decisión. "Me voy a tener que ir", dijo ella. Pablo le respondió con un gesto cordial, pero determinante. Luego le dijo: "Francisco es buenísimo y no le hace daño a nadie. No te va a molestar. Si querés, probá". Nosotros entramos y la chica se quedó con su amiga pensando en el pasillo. Finalmente entraron. Traté de no prestarle atención en toda la noche y ni siquiera rozarla. Pero ella no paraba de observarme con atención y curiosidad. Estaba más atenta a todo lo que yo hacía que a sus congéneres. Entonces me dije: "este es mi segundo acto". Salté, bailé, me tiré panza arriba, traté de morderme la cola, jugué con Osito 3... le arranqué varias sonrisas y, finalmente... Me llamó con la mano y se quedó acariciándome la cabeza un buen rato. Diario, te cuento esto y me emociono. ¿Sabés lo que le dijo a Pablo? "Te agradezco. Es la primera vez en mi vida que toco a un perro". ¡¡¡¡Iupiiiii!!!!! ¡Debutó conmigo! Me sentí galán de televisión solidario. Cómo estuvo tantos años de su vida (creo que tendría por lo menos ocho) sin tocar a un animal, no lo entiendo. Pero la traba que haya tenido, ya no existía más.
No hay dudas. Mi naturaleza es sociable.

*Fiesta.
*Soporto.
*Simpáticos.

martes, 11 de mayo de 2010

Enojados


Hola, diario. Me peleé con Pablo. Sí, no nos hablamos desde hace casi dos días. Se enojó mucho conmigo porque las otras noches, cuando salimos a pasear, encontré un hermoso y sabroso hueso de pollo quebrado, en una bolsa de basura rota. Lo agarré enseguida con los dientes y Pablo se puso como loco. Tiene la teoría de que los huesos de pollo me pueden matar. El insolente quiso abrirme la boca con todas sus fuerzas, pero no lo dejé. A obstinado, obstinado doble. Finalmente se salió con la suya. Me alzó del collar y me obligó a soltarlo. Ahí nomás, me dio dos chirlos* en el hocico. “¡¡¡No lo hagas nunca más!!!”, me gruñó. Como si fuera fácil. A ver si él se puede contener si le ponen una torta de crema con frutillas adelante suyo.

Odio que me quieran sacar la comida de la boca. Además, me la encontré yo. Le mostré los dientes y le tiré un tarascón. Fue advertencia... no iba a hacerle nada. Pero no lo tomó así. Se enojó mucho. Me dijo de todo. Me paseó por la plaza con la correa, volvimos a casa sin hablarnos y no me dejó dormir en la habitación. Me puse a reflexionar sobre si me había pasado de la raya. A lo mejor sí... Si el jefe no quiere que coma de la basura, habría que hacerle caso. Pero no puedo contenerme.

Ayer no me habló en todo el día. Ni siquiera me dio la golosina de siempre antes de irse al trabajo. Cuando regresó, ni me acarició. Tomó la correa, me la puso y me sacó a dar una vuelta que alcanzó lo suficiente como para que haga pis y caca. Me hizo el vacío.

Hoy nos levantamos y, por lo menos, me tocó la cabeza y me dio un pedacito de una medialuna que comía.

¡Qué chinchudo*! Ya le dije (con los ojos, lógicamente) que estaba arrepentido. ¿Qué quiere? ¿Que saque una solicitada en el diario?

 

 

*Palmada.

*Malhumorado.

sábado, 24 de abril de 2010

Atención


Hola, diario. No soporto que no me presten atención. Pablo está un poco enojado conmigo. Es que ayer tuvo día libre y vinieron a visitarlo sus padres y, luego, una amiga. Según él, me porté mal. Y sí... Es que no soporto no ser integrado en las conversaciones. Me encanta recibir visitas, festejarlos e intentar jugar con ellos, pero me parece espantoso ese momento en el que todos se sientan y se ponen a charlar. ¿Y yo? ¿Adónde queda mi participación? Si yo no sé hablar en castellano. Y encima, si ladro, me retan*. Entonces, todo el tiempo, trato de llamar la atención de los presentes. O con mi hocico les pido que me acaricien... O me paro en dos patas y pongo las delanteras sobre sus faldas... o trato de acomodarme en el sillón, al lado de alguno... o, cuando están muy serios, aparezco a los saltos con Osito entre los dientes... o les traigo la pelota y se las dejo a los pies, para que la arrojen. Nada de esto resulta. Todo el tiempo, Pablo me dice: "Pará, Francisco". Y sí... me pongo un poco insoportable. Es que me aburro. Por momentos me quedo quieto, observándolos y prestando atención. Pero entiendo sólo una parte, entonces vuelvo a distraerme con alguna mosca y, luego, otra vez a reclamar atención.
Es más fuerte que yo: necesito ser protagonista. No soporto que, aunque sea de a ratos, haya más protagonistas en la vida de Pablo. Sino... ¿Para qué estoy?

* Regañan.

jueves, 22 de abril de 2010

La pelirroja me odia

Foto: Flickr.com. Pwcowgigirl

Hola, diario. Te juro que Pablo es un obsesivo y me baña cada 15 días. Pero algún olor medio raro debo tener como para que la pelirroja de la vuelta me odie de esta manera. Cada vez que estamos en la plaza y me ve, aunque sea de lejos, comienza a avanzar amenazadoramente, con la panza casi a ras del piso, a paso lento, hasta que, de repente, emprende carrera veloz y se tira sobre mí para morderme. Ya se quedó con un mechón de pelos míos en la boca y, los otros días, alcanzó a morderme la cola. No me importó gritar. ¿Sabés lo que pasa, diario? Si vos tenés una discusión, o te llevás mal con alguien o hay algún motivo para las piñas, estás preparado, te ponés en guardia, sabés qué decir. Pero cuando te toman por sorpresa, sin un motivo aparente para pelearte, quedás en desventaja, desprevenido. Yo no soy belicoso. Entonces esta turra de mierda siempre me agarra sin capacidad de reacción y quedo como un cobarde.
No sé por qué me odia. No se pelea con ningún perro, sólo conmigo. Me huele a la distancia y ya me quiere agarrar del cogote. Pablo discutió con la mujer que la lleva. "¡Póngale collar, no la lleve suelta!", le dijo. Y ella, como si nada. "Es a su perro al que odia", le dijo, muy pancha*. Me gustaría sentarme a charlar con la pelirroja y preguntarle qué le hice y por qué me odia. Pero no me da tiempo. Decí que no se puede morder a las mujeres, porque sino, le arrancaba una oreja.

*Muy tranquila.

domingo, 18 de abril de 2010

Vocabulario


Hola, diario. Me estoy dando cuenta del vocabulario que estoy acumulando. Según los hechos y mi teoría de que soy casi humano, creo que me largo a hablar en cualquier momento. Ya entenderás que con Pablo podemos mantener largas conversaciones a través de la mirada. Bah... él a veces habla como un loro, pero yo le contesto con los ojos. A veces le observo los labios, para ver si yo puedo articularlos así. Pero no, no me sale. Tengo muchos dientes, creo. De lo que me cuenta, entiendo un 50 por ciento. Pero más que las palabras tiene que ver con la intención y esa conexión energética que, te conté, tenemos.
Hay palabras y frases que identifico mucho más que otras. Sobre todo las órdenes... o indicaciones, como él prefiere llamarlo. Hay que tenerlas bien claras como para evitar problemas. A la que más le temo es a la palabra "no". Cuando manda un "no" enérgico y grave. Sé que todo se vuelve prohibido. Otra frase intimidante es: "¿Qué hiciste?" o "¿hiciste lío?". Ahí sé que me descubrió, meto la cola entre las patas y me escondo debajo de la mesa. La palabra que más adoro es "vamos". Cuando la pronuncia, enseguida paro las orejas y doy unos saltos increíbles. Significa que vamos a la calle. Pero hay una diferencia cuando dice "¿vamos a pasear?". Cuando dice eso, ya sé que no será sólo ir a la plaza, a hacer compras o a dar la vuelta manzana. Es mucho más que eso. Un paseo es algo más duradero.
Cuando dice "vení acá" puede significar dos cosas: o que te va a hacer muchos mimos o te vas a ligar un buen reto. Así que siempre avanzo con cautela. Pero el "vamos" y el "vení" tienen significados distintos cuando estamos por cruzar la calle. Medio metro antes de llegar a la esquina, Pablo dice: "vení". Entonces yo me tengo que parar a su lado y quedarme quieto, con él, hasta que pasen los coches, que son peligrosísimos. Cuando el peligro pasó, él dice: "vamos". Y ahí podemos cruzar lo más tranquilos. También el vamos se usa para cosas concretas. El "¿vamos a lo de Fina?" o el "¿vamos a lo de María Elena?" me ponen feliz y me entusiasman. Me encanta ir a lo de mis abuelos humanos y a lo de mi tía humana.
Cuando pregunta: "¿tenés hambre?" ya sé que voy a comer enseguida. Lo mismo cuando dice: "¿querés?". Son frases fantásticas. También distingo entre "agua", "pollo", "palito", "bombón", "banana" y "zanahoria".
La frase que me amedrenta es: "¡A bañarse!". Me tiro panza arriba y Pablo me arrastra del collar hasta la bañera. Ahí me resigno y me encanta cuando me dice "te mojo".
Una palabra que me resulta molesta es cuando dice "quietito". Significa que le estoy rompiendo las pelotas*. Porque el "quieto" es más normal. Pero el "quietito" me molesta. Del mismo modo, odio cuando me dice "boludo". A veces, cuando me porto mal, o meto la pata él me grita: "¡¿Vos sos boludo?!". Horrible. Prefiero cuando dice: "¡A jugar!".
Otras palabras que reconozco son: "gato" (ahí me pongo alerta y tengo cuidado); "mosca" (no paro hasta atraparla); "perro" (algún congénere cerca); "llueve" (nos mojaremos); "besito" (tengo que darle lengüetazos); "amigo" (sé que es alguien en quien confiar) y "a dormir" (de un salto, estoy en la cama). Además, Pablo finalmente logró que distinga entre "Osito" y "pelota". Ahora sé perfectamente qué es cada cosa y se la traigo cuando me lo pide.
Una vez, Pablo me dijo "estoy triste, Francisco". Y me quedé a su lado mucho rato. Me di cuenta de que la palabra "triste" es espantosa. Prefiero a todas las demás.

* Molestando.

martes, 13 de abril de 2010

Domingos


Hola, diario. Desde que nos mudamos a este barrio mis viajes en taxi son cada vez más frecuentes. Casi todos los domingos vamos a la casa de Fina y Raúl, para almorzar con ellos y, luego, tomar mate. Apenas nos despertamos me empieza a agarrar una ansiedad incontrolable. En los domingos, mis mañanas no son tranquilas y a paso lento como las demás. Voy de un lado a otro, quiero que Pablo desayune rápido, que hagamos un paseo corto y rajemos* de una vez. Todo el tiempo él me grita: "¡Pará, Francisco!". Pero no puedo controlarme. Es como si tuviera adentro mío a un demonio movedizo.
Cuando empieza a llenar la mochila con cosas para llevarles a sus padres, empiezo a los saltos. De a una, le voy señalando las prendas de vestir para que se las ponga rápido. Un día que daba muchas vueltas, hasta le tuve que llevar la remera* con el hocico. Apenas salimos del departamento, emprendo carrera veloz por el pasillo que conduce a la calle. El señor de seguridad del edificio me saluda siempre y me abre la puerta porque sabe que no me escapo. Ahí me quedo sentadito en la vereda, cerca del cordón, esperando que llegue el taxi. Me confundí muchas veces. Algunos se detienen para otras personas y yo corro desesperado para subirme. Pablo, todo colorado, me saca de prepo, tomándome del collar. Una vez que llega el taxi, empieza la fiesta. Pablo pone unas sábanas viejas, yo me paro ahí y saco la cabeza por la ventanilla para tragar mucho aire que, después, convierto en peditos para martirizar a la gente.
El domingo pasado, cuando llegamos a lo de Fina y Raúl escuché que él dijo: "Yo no sé cómo Francisco sabe cuándo es domingo". A veces los seres humanos me sorprenden. ¿Y si él sabe porqué no voy a saber yo? ¿¡Cómo no voy a saber cuándo es domingo?!.. Tsss... En realidad, me puse a pensar y no sé cómo sé que es domingo. Creo que es intuición. Siempre hay seis días antes, de los cuales Pablo trabaja cinco. Pero el domingo tiene una energía especial. Más allá de que nos levantamos de la cama un poco más tarde de lo habitual, es un día con una vibración distinta. Yo no sé exactamente cómo me doy cuenta. Pero sé perfectamente que el domingo es domingo, que tenemos que levantarnos más tarde y, luego, tomar un taxi para ir a lo de Fina y Raúl. Insisto: ¿Me estaré volviendo persona?

* Salir apurados.
* Camiseta.

sábado, 10 de abril de 2010

Telepatía



Al final, mi presentimiento no era irreal. Llegó justo cuando me disponía a destripar a Bob Esponja. Como siempre, pensaba recibirlo con indiferencia, como lo haría Zsá Zsá, pero soy un idiota, no pude. No me puedo contener. Lo siento cerca de la puerta y ya mi cola se vuelve incontrolable. Apenas escucho el ruidito de las llaves, me yergo y mis orejas se convierten en radares. Y ni te cuento cuando entra a casa. Primero avanzo sumiso, con la cola entre las patas, poniéndole la mirada más lastimosa que me sale, para golpearle el corazón. Pero de inmediato, me convierto en canguro y no paro de saltar y darle besitos. Después lo huelo exhaustivamente para asegurarme de que no haya intentado cambiarme por otro perro. Y luego, me vuelvo obsesivo e interesado. Siempre me trae regalos cuando regresa, así que no puedo contenerme y, por todos los medios, trato de abrir esa enorme valija* que trae. Es complicado y tengo que esperar a que él decida cuándo la abrirá. Cuando eso sucede, meto mi hocico hasta el fondo, hasta poder encontrar “mi” regalo. Esta vez me trajo un pingüino. Me encantó. No sé adónde habrá ido que me trajo un animal tan extraño. Me vino bien porque Chanchito ya está muerto (lo rompimos jugando) y Osito 2 está medio cachuzo. Jugamos un rato y, cuando estuve exhausto, me quedé contemplando a Pablo, con mi pingüino abrazado.

También pensé en esa sensación fuerte que tengo cuando está por venir. Nunca me equivoco. Creo que con mi mejor amigo ya logramos telepatía. Puedo sentir su energía cuando está por venir. Y su presencia se hace cada vez más fuerte en mi alma y mi cabeza cuando está cerca. Y te aseguro, diario, que no es mi superolfato. No logro oler tan lejos. Sino, los perros no nos perderíamos tan fácilmente. Es energía, magnetismo, telepatía... No sé cómo llamarle. Voy a investigar sobre el tema. Me apasiona saber cómo he logrado una conexión tan fuerte con un ser tan primitivo y adorable a la vez, como el ser humano. Nunca los perros podremos emanciparnos de ellos. Inevitable amarlos. Es nuestra naturaleza.


* Maleta.

jueves, 8 de abril de 2010

Dueños


Hola, diario. Es duro cuando el ser que más querés no está por un tiempo a tu lado. Tengo que confesarte que estoy más tiempo acompañado que cuando está él. Fina y Raúl pasan casi todo el día conmigo, me hablan, me hacen jugar, me dan cosas ricas y me sacan a pasear varias veces. A menudo me hago como el que me estoy meando, como para que se apuren en llevarme a la plaza otra vez. Es una mentirita piadosa. Cuando veo que Raúl está cansado lo miro y comienzo a caminar solito hacia la dirección de nuestra casa, para volver.
Pero de todos modos, extraño mucho a Pablo. Hay días en que se pasa trabajando... pero me encanta saber que lo estoy esperando y que regresará. Y que, aunque esté cansado de su jornada de trabajo, apenas entre a casa me hará unos mimos y me sacará a pasear sin chistar. "Es tu derecho adquirido", me dijo una vez. Y lo respeta siempre. Otras veces se lo pasa sentado a la computadora escribiendo. Pero aunque no me preste demasiada atención, me gusta echarme a sus pies y acompañarlo. Sé que se siente bien si yo estoy ahí, con mi hocico o mis patas delanteras sobre alguno de sus pies. Nos acompañamos mutuamente. Por eso lo extraño tanto. Me acostumbré a ser parte suya y a que él sea parte mía. Él dice: "Mi perro". Yo digo: "Mi amigo". El "mi" es posesión. Pero no me importa. Y sí... soy de él. Será mi dueño. Pero él también es mío, aunque tenga que compartirlo a veces con Zsá Zsá o, más adelante, con algún otro cuadrúpedo.
Hoy tengo un presentimiento fuerte. Creo que falta poco para que llegue. Lo siento más próximo que ayer. Pero cuando uno extraña, el mañana se hace eterno.

domingo, 28 de marzo de 2010

Viajero

Hola, diario. ¿Podés creer que Pablo volvió a irse? Yo no sé qué se piensa... A veces tengo miedo de que se esté convirtiendo en nómade. No sería vida para mí... aunque obviamente, lo seguiría adonde sea... Pero yo prefiero estar acá calentito, con morfi* asegurado y caricias al por mayor. Anoche otra vez tomó la valija y comenzó a llenarla de ropa. Hasta el cepillo de dientes se guardó. Quise meterme en ella, pero no me dejó. Hoy a la mañana se despidió con muchas caricias, besitos en la frente y promesas de que "enseguida" vuelve. Ya sé que por lo menos se tomará entre cinco días y una semana. Tal vez mi vida sea así siempre... que, de tanto en tanto, él se vaya de viaje y me deje al cuidado de algún otro integrante de la familia. Mientras no me deje al cuidado de Zsá Zsá no tengo problemas.
Cuando me hizo mimitos en la cara, no me aguanté y me puse a llorar. Ahí me abrazó. Como me di cuenta de que funcionó, comencé a llorar más fuerte, para ver si se arrepentía y se quedaba. Pero no fue así. Nos quedamos los dos mirándonos con mucha tristeza, me dio una golosina y cerró la puerta.
Ahora estoy observando un almohadón y un peluche de Bob Esponja. A ver qué agarro primero en señal de protesta.

* Comida.

martes, 23 de marzo de 2010

Labios


Hola, diario. ¿Viste que a alguna gente le da un poco de asco cuando los perros besamos? No entiendo por qué. Yo los he visto también haciendo cosas con sus lenguas. Y cuando hacen eso van mucho más allá del afecto. Cuando llega alguien a casa, siempre pego un salto para darles un beso. No tengo trompa como ellos como para saludarlos igual. Pero confieso que tengo una obsesión: los labios.
No sé porqué, desde cachorro, siempre me gustó darles besitos a las personas en sus bocas. Cuando sos cachorro es fácil porque te alzan, te arriman a sus rostros y ahí les das besos. Pero de adulto es más complicado. Yo adquirí una técnica. Hay que hacerlo rapidísimo. Apenas se acercan, pego un salto, como si fuera un delfín amaestrado, y les doy un lengüetazo en los labios. Algunos ponen cara de asquete, pero a otros les resulta simpático y hasta adorable.
Es que los labios de las personas son húmedos, como nuestras lenguas, o nuestras narices. Y es a través de sus labios como grafican el amor. Como yo creo que me estoy convirtiendo en una persona, estoy convencido de que es así cómo debo besar. Les doy amor con cada salto y cada beso en esos contornos carnosos que dibujan lo que a mí nunca me sale: la sonrisa. Es lo más lindo de las personas. Cuando sonríen, todo se ilumina y yo siento que unen la alegría con el cariño. Precioso. Estuve practicando pero no me sale. El día que pueda sonreír, se caen de culo.

lunes, 22 de marzo de 2010

Comadrejas

Foto de Adriana de Palermo. Flickr.com

Hola, diario. Este nuevo barrio es muy curioso. Te conté de ese jardín inmenso al que no dejan pasar perros, pero que está lleno de plantas y árboles de todo tipo con una partitura de olores que te fascina. Allí está lleno de gatos. Algunos son amigables y otros te hacen “fsss”. Pero con Zsá Zsá ya me acostumbré a ellos. Anoche estábamos paseando por la plaza y Pablo se sorprendió tanto como yo por un perro extrañísimo que había ahí dentro. Bah... yo no sabía si era un perro o un gato de una marca rara. Tenía un olor espantoso y caminaba muy lento. Estaba así como despeinado, con pocos pelos, con distintas tonalidades de grises en el lomo y un antifaz blanco. Lo más impresionante era su cola. Larga y pelada... un asco. Se la habrán mordido o tendría un problema dermatológico. Primero nos ignoró, pero después nos observó con unos rosados ojos diabólicos. Nos quedamos observándolo un buen rato, pero viste que a mí la curiosidad me mata... Vi que algo raro tenía en el lomo. Eran como verrugas peludas que se movían. No lograba darme cuenta de qué era... ¡Hasta que me avivé de que eran sus hijos! Tan extraños como él, pero mucho más chiquitos. Quise acercarme para olfatearlos, pero se enojó mucho. Se le pararon todos los pelos, irguió su cola pelada y me mostró los dientes. Pensé que nos iba a atacar, pero no... Muy pancho (o pancha)* se dio media vuelta y se alejó caminando despacio, con esas patas cortas y extrañas.

Pablo también quedó fascinado con ese inesperado encuentro y se lo contó a todos. Escuché que esos perros se llaman comadrejas* y que en ese lugar hay muchas.

Por precaución, creo que no deberíamos acercarnos nuevamente a ellos. Sobre todo cuando tienen familia numerosa.

*Tranquilo

* En Argentina se llama comadrejas a las zarigüeyas u opossum.

lunes, 15 de marzo de 2010

Adioses

Hola, diario. Si te tengo que definir mi fin de semana, es con la palabra “adiós”.

Ya estamos instalados en la nueva casa. Te cuento que me llevo por delante todos los muebles y paredes. La costumbre hace que quiera tomar el mismo camino que en el otro departamento para ir de la habitación a la cocina, o del living a la habitación. Pero la distribución es distinta, así que me he golpeado la nariz un par de veces.

El sábado nos despertamos como siempre, fuimos a desayunar y los dos nos “tragamos” la columna que hay en la entrada de la cocina. Luego, paseamos un poco en la plaza y me sorprendí un poco al regresar. A los dos minutos, Pablo tomó un bolso enorme y me volvió a decir: “Vamos”. Obviamente, pegué un salto a lo delfín amaestrado y me acomodé el collar para salir.

Nos tomamos un taxi. Ya te conté el placer que es viajar en taxi con la cabeza afuera, tragando viento.

Para sorpresa mía, llegamos a nuestro viejo hogar. Me desconcerté. Saludamos a algunos vecinos y entramos a nuestro (¿antiguo?) departamento. Estaba vacío, el pobrecito... me dio una lástima. Sólo pelusas y polvo. Habían quedado nada menos que las cacerolas donde cocinamos y algunas cositas más que Pablo guardó en el bolso. Luego, nos quedamos sentados en el piso, esperando nosequé. Y nosequé llegó de inmediato. Lancé un ladrido cuando escuché que se abría la puerta. Era una señora. La había visto una vez ya. Observó el departamento por todos lados, con detenimiento, y conversó amablemente con Pablo. Me cayó bien. De pronto, vi como Pablo le entregó las llaves. Ahí me cerró todo. Vinimos a decirle adiós a ese hogar donde pasamos tantos momentos lindos. Fiestas con los amigos, banquetes con Fina y Raúl, despertares casi melódicos y metódicamente iguales, reencuentros con la vida. Porque ahí es donde yo volví a reinsertarme en este mundo privilegiado.

Como hizo esa señora, yo también lo recorrí por cada rincón una vez más. Y, sin que ella se diera cuenta, hice pis en el balcón, por si llegase a ir a vivir ahí otro perro, para que se entere de que esa fue la casa de Francisco. Antes de salir, lo miré y le agradecí. Las casas tienen entidad. Lo sé.

Nos despedimos de la señora y también de los vecinos de la inmobiliaria de abajo. Me caían bárbaro. Le dijeron a Pablo que prometa que me iba a llevar de vez en cuando. Él asintió, pero ambos sabíamos que eso nunca iba a ocurrir. También les dije adiós. Cuando íbamos caminando rumbo a lo de Fina y Raúl, para visitarlos, me quedé paralizado. Ahí la vi, esbelta como al principio, con sus pelos marrones tan enmarañados como bellos, y esa mirada entre pícara y dulce. Nos miramos fijamente y corrimos desesperados el uno hacia el otro. No paramos de dar saltos, revolcarnos en el piso y hacer esas carreras repentinas, cortas, en círculo y de hasta diez metros, para convertirnos en ráfagas de felicidad. Pablo es inteligente y me dejó un largo rato. Sabía muy bien que, probablemente, nunca más pueda ver a Morena. Nos olfateamos mucho. Supe que sus cachorros ya no estaban más con ella y, vaya a saber hasta cuándo, seguiría siendo la misma Morena de siempre, la que yo adoraba. En un momento nos cansamos de tanto correr y nos sentamos, bajo el sol, extenuados, una pata contra la otra. Nos miramos, con alegría, amor y tristeza. Todos esos sentimientos juntos que, seguramente, los humanos ni se imaginan que podemos sentir los perros.

No quise que Morena supiera que yo me iba del barrio. No le dije nada. El adiós lo dejé en mi interior y, simplemente, puse mi frente sobre la suya. Nos dimos muchos lengüetazos, como siempre, y nos despedimos. Ella salió a los saltos, con su amiga persona, ingenua y feliz. Yo me quedé observándola, y lo seguí a Pablo. Con el adiós atragantado y pensando en esas cosas que uno tiene que resignar para obtener otras. Aunque la reflexión me duró sólo unos metros. Demasiado dilema para un perro. Pero me quedé triste. Probablemente nunca más vea a Morena.