
¡Feliz
Navidad, diario! ¡Qué manera de comer estos días! Amo las fiestas de fin
de año. Por varias razones. En primer lugar, te permite estar con tooooooda la
familia y recibir muchísimos mimos casi en forma constante. En segundo lugar,
ligás todo tipo de sabores y texturas de comida.
Pasamos la Nochebuena en la casa de María Elena, la hermana
de Pablo, a quien adoro aunque siempre me abrace y me apriete como si fuera un
dentífrico. Pablo me vistió con un ridículo adorno navideño en mi collar. Te
juro que me daba muchísima vergüenza e hice todo lo posible por quitármelo.
Pero no pude. Lo miré a los ojos diciéndole: “¿Por qué no te colgás vos esta
pelotudez en el cuello?”. Bueno, me lo tuve que bancar... aunque después me
gustó. Todo el mundo, por la calle, hacía comentarios sobre mi collar navideño.
Me sentí importante y vistoso.
Bueno, una vez ataviado así, Pablo se acomodó los rulos y
comenzó a guardar muchos paquetes dentro de distintas bolsas. También vi que
sacó cosas de la cocina con unos riquísimos olores y las guardó en otras
bolsas. En conclusión, salimos a la calle llenos de bolsas que rodeaban a Pablo
como si fueran apéndices de su cuerpo y me impedían un paso normal porque se
enredaban en la correa. Diario: estuvimos por lo menos media hora parados como
idiotas en la esquina de casa esperando un taxi. Ninguno nos quiso parar. No
creo que haya sido por mí ya que estaba bañado y lindo. Debe haber sido porque
les dio miedo el hombre de las bolsas. En definitiva, tuvimos que emprender el
camino a pie. Yo no tengo problemas, aunque tanto paquete molestaba un poco.
Pablo sudaba como nunca lo vi en mi vida. Caminamos 3 kilómetros hasta llegar a
la casa de María Elena. Más que para festejar, Pablo estaba como para irse a
dormir. Y yo más o menos... Ya en la puerta de nuestro destino, sufrí mi primer
disgusto de la noche. El edificio de la casa de mi tía humana y su familia
tiene rejas oblicuas antes de la puerta de entrada, en el pórtico. La última
vez que los visité, pude escabullirme entre las rejas para saludarlos antes que
pudieran abrirlas. Esta vez no pude pasar. Mi propio cuerpo no me lo permitió.
¡No entraba, diario, no entraba! Tuve la misma sensación de frustración que
sintió Pablo hace unos meses cuando se probó un pantalón y no podía abrocharse
el botón. ¡¡Engordé mucho, diario!! Bueno, tuve que anular ese primer
sentimiento frustrante y esperar a que nos abran. Luego de eso, todo fue
diversión. Todos hicieron comentarios sobre mi atuendo navideño, me palmearon y
jugaron conmigo. Yo fui directo al cuarto de los chicos y me afané un osito de
Vero, unas medias de Juan que estaban debajo de la cama y unos calzoncillos de
Gaby. Obviamente, Pablo se escandalizó, pero no me importó. Comimos todos a la
mesa, nos pusimos tristes cuando recordamos a Raúl y revivimos inmediatamente
por la presencia de los nuevos bebés en la casa.
De lo que comí, reconocí carnes de cinco sabores
diferentes, zanahorias, un par de panes que se les cayeron al piso y atrapé, y
unas gotas de cafecito que pude tomar gracias a Fina, ante un descuido de
Pablo. Sí, ya sabía que al día siguiente me iba a doler la panza, pero la
ansiedad por el morfi es más fuerte que yo. Además, pensé en que luego
podríamos bajar todos los kilos de más con la caminata de regreso a casa.
El segundo disgusto de la noche fueron esos ruidos
estruendosos que se escuchan en un momento determinado. Pensé en el pobre
Néstor, que estaría en casa debajo de la cama. Panchita, la gata de María Elena,
se refugió en la bañera, y yo lo hice debajo de la mesa, entre todas las
piernas de la familia. Un espanto esos ruidos. Te enloquecen, te dejan medio
sordo y te desconciertan. ¿Qué placer les causará a los seres humanos hacer ese
simulacro de guerra en plena ciudad? Por suerte, en la familia preferimos
disfrutar riendo, bebiendo y comiendo a lo pavote. Terminé panza arriba, con
una mano que me acariciaba la cabeza, otra que me rascaba el mentón y un pie
que me amasaba la pancita. Dar y recibir amor. Esto es vida.
Brindo por los que me siguen siempre.