Hola, diario. Ayer descubrí adónde se va Pablo a veces los domingos. A un lugar que se llama cancha, adonde un montón de tipos se divierten corriendo una pelota. Yo no sé porqué se toma todo ese trabajo de ir hasta la cancha si yo también sé jugar con la pelota y corro muchísimo detrás de ella. Es facilísimo. ¿Vos te preguntarás cómo sé todo esto? Lo vi por la televisión. Vinieron a casa Madelaine y Gabriel, dos amigos de Pablo, y vieron el partido con nosotros. Fue divertidísimo porque nos pusimos gorros, banderas e hicimos sonar cornetas. Nuestro equipo es Argentina. Estuvimos gritando: ¡Argentina, Argentina, Argentina!... Bueno, a mi me sale, pero con ladridos. Lo pasé tan bien que me di cuenta de que está bueno compartir una pasión con mi mejor amigo. De todos modos, es tal el fanatismo que les agarra que tenía mucho miedo de que pierdan y empiecen a morderse de bronca. Por suerte, Argentina ganó.
El juego con la pelota no me interesa tanto. Lo que realmente me divierte, creo, es eso de andar saltando, gritando y festejando. Que siga la fiesta.
