

Hola, diario. Ayer me puse contentísimo porque Pablo me dijo que iríamos a visitar a sus padres. Yo ya te conté que su madre me cae fenomenal. Me dolía un poco la panza, pero nada grave. Cuando salimos a la calle, caminé 30 metros e hice caca. Ahí me di cuenta por qué me dolía la panza. Salió el tal Robin que me comí hace unos días. Con su mano en alto y su cara masticada. A Pablo le vinieron horrorosos recuerdos y se le transfiguró la cara, pero le bajé las orejas para que se apiade y me regaló una sonrisa. ¿Olvidado? Olvidado.
Ya me sé el camino y, cuando estamos a sólo dos calles, me empiezo a excitar y me dan ganas de llegar corriendo. Y cuando llego me pongo a revisar toda la casa, a olfatearla por todos lados para saber qué pasó en los últimos días. Pero qué tonto que fui. Me olvidé que allí también vivía Zsá Zsá. Cuando asomé el hocico debajo del sillón, ahí me dio un manotazo con esas uñas ganchudas que nunca se corta. Me dolió. Te juro que me dolió. Por eso pegué un chillido. Entonces, tanto los padres de Pablo como él, retaron fuerte a la gata antipática, que salió corriendo y se fue a esconder a una habitación.
Estuvo buena la visita porque me dieron pedacitos de pan, un par de fideos y una zanahoria (me encantan y dicen que hacen bien a la vista). Pero a medida que iba pasando el tiempo, Zsá Zsá volvía a ganar territorio y se metía entre nosotros como si no existiera. Y si se me ocurría asomar el hocico me hacía: "Fssssssss". Una conchuda... disculpame el léxico, pero me cae terriblemente mal. Lo peor de todo es que la quieren. Me dieron unos celos tremendos verla en las rodillas de Fina y Raúl. Creo que si hay algo que nunca voy a aprender es a compartir el cariño. No hay derecho. Yo me encontré a estos seres humanos, andá vos a buscarte los tuyos. ¿O está mal? De todos modos me di cuenta de algo importante: Zsá Zsá llegó primero. Tengo que aceptarlo. Es así. Dejé que la mimen un poco pero, de bronca, fui a la cocina y le comí todo el paté.
Ya me sé el camino y, cuando estamos a sólo dos calles, me empiezo a excitar y me dan ganas de llegar corriendo. Y cuando llego me pongo a revisar toda la casa, a olfatearla por todos lados para saber qué pasó en los últimos días. Pero qué tonto que fui. Me olvidé que allí también vivía Zsá Zsá. Cuando asomé el hocico debajo del sillón, ahí me dio un manotazo con esas uñas ganchudas que nunca se corta. Me dolió. Te juro que me dolió. Por eso pegué un chillido. Entonces, tanto los padres de Pablo como él, retaron fuerte a la gata antipática, que salió corriendo y se fue a esconder a una habitación.
Estuvo buena la visita porque me dieron pedacitos de pan, un par de fideos y una zanahoria (me encantan y dicen que hacen bien a la vista). Pero a medida que iba pasando el tiempo, Zsá Zsá volvía a ganar territorio y se metía entre nosotros como si no existiera. Y si se me ocurría asomar el hocico me hacía: "Fssssssss". Una conchuda... disculpame el léxico, pero me cae terriblemente mal. Lo peor de todo es que la quieren. Me dieron unos celos tremendos verla en las rodillas de Fina y Raúl. Creo que si hay algo que nunca voy a aprender es a compartir el cariño. No hay derecho. Yo me encontré a estos seres humanos, andá vos a buscarte los tuyos. ¿O está mal? De todos modos me di cuenta de algo importante: Zsá Zsá llegó primero. Tengo que aceptarlo. Es así. Dejé que la mimen un poco pero, de bronca, fui a la cocina y le comí todo el paté.