UNA VIDA SIN UN PERRO, ES UN ERROR

"LA GRANDEZA DE UNA NACIÓN Y SU PROGRESO MORAL PUEDE SER JUZGADO POR LA FORMA EN QUE SUS ANIMALES SON TRATADOS."
Mahatma Gandhi

NO USES PIROTECNIA

NO USES PIROTECNIA
Por favor, no usen pirotecnia. Los "cuetes" nos asustan, nos hacen mucho mal a nuestros oídos, nos desorientan y son la causa de que muchos perros y gatos se pierdan entre diciembre y febrero. Lo mismo les ocurre a otros animales, como las aves. Pensá en nosotros y en los múltiples problemas que pueden causar los fuegos artificiales. NO USES PIROTECNIA. Gracias. PD: Ah... Ponele chapita con número de teléfono a tu perro. Para esta época hay muchos perros perdidos a causa de la pirotecnia, por favor, si ves alguno no sigas de largo, ayudalo a encontrar a su familia.
Mostrando entradas con la etiqueta Pablo. Mostrar todas las entradas
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sábado, 23 de abril de 2011

Restos

Hola, diario. Si supieras lo difícil que es, a veces, poder afanarte* un pedazo de comida te sacarías de la cabeza esa idea de haber deseado ser perro (porque después de leerme a mí, seguramente te habrá pasado eso). Puede resultar indignante. Yo soy capaz de entregar el alma por un bocadito de comida humana. Para qué negarlo. Por un pan soy capaz de traerte las pantuflas cuando las necesites y por un pedacito de hamburguesa, me agarro la correa con los dientes y me paseo solo. El dictador en ese aspecto es Pablo. No le gusta nada que coma lo que sobra de la mesa. Por eso me gusta tanto cuando vamos a visitar a Fina o al resto de la familia. Cuando Pablo no mira, ellos comparten pedacitos de su comida durante la cena, o me permiten robar lo que sea. No siempre es fácil, pero ese trabajo de estirar el pescuezo lo máximo posible para alcanzar lo inalcanzable, tiene un resultado maravilloso. Y lo ves en tu paladar.

*Robarte

Compartir

Hola, diario. Vos viste que a mí me cuesta mucho llevar a cabo el concepto de la palabra "compartir". Sí, soy egoísta, lo admito sin preocupación. A veces me enojo porque no entiendo cómo se puede no prestarme atención. Soy macanudo, divertido, cariñoso, carismático... algo de facha tengo. Entonces cuando vienen visitas no puedo evitar intentar llamar la atención. Del mismo modo, me desespero cuando Pablo le da un beso a alguien o le hace upa al gato.
De todos modos, debo admitir que es el gato quien me enseñó a compartir un poco el tiempo, la atención y el cariño. Ocurrió casi sin querer. Un día no me di cuenta y estábamos jugando los tres: Pablo, Néstor y yo. ¡Y cómo nos cagamos de risa! Yo tomé por asalto la cama y empecé a correr en círculos por ella. Néstor pegaba saltitos para subirse y ahí comenzó el juego de impedírselo. La idea era luchar por la supremacía de la cama. Mientras, Pablo nos cantaba cantitos tan horrorosos como incentivadores. Nos enfervorizaba y, mientras, nos daba palmadas. ¡Uy, cómo nos matamos de risa! Te juro, diario, que quedamos agotadísimos de correr y reírnos. Tuve que ir a tomarme un trago de agua al inodoro para recuperar fuerzas. Y Néstor, que nunca se cansa, quedó desparramado sobre la baldosa más fresca que encontró.
Luego de ese juego me di cuenta de lo que habíamos hecho: compartimos un rato. ¿Por qué habrá pasado eso? Me parece que le caché mucho cariño a ese gato.

jueves, 31 de marzo de 2011

Travesuras gatunas


Hoy Néstor amaneció colgado de la persiana. Parecía uno de esos muñecos que se pegan en los vidrios y no se salen más. Todo estirado, como crucificado, pero moviendo la cabeza para atrás viendo cómo bajar. Pablo se despertó por los maullidos y no entendía nada. No sabía si asustarse o largar una carcajada. La verdad es que era graciosa la posición, con los brazos en alto y las piernas colgando. Cuando lo bajó, salió corriendo del susto a esconderse. Yo te cuento cómo fue porque lo venía vigilando desde antes de que Pablo se despierte. Madrugó y estaba aburrido, entonces se puso a recorrer la casa, así haciéndose el sigiloso, como siempre. En un momento se paró frente a la persiana, que estaba baja hasta el piso porque a Pablo le molesta la luz del día cuando duerme. La observó y no vas a creer lo que empezó a hacer: puso sus patitas delanteras en cada una de las tablas de la persiana y comenzó a trepar. Como si fuera una escalera. No sé qué le pasa a este chico... se cree cucaracha que puede caminar por las paredes. Claro... llegó arriba de todo y ya no supo bajar, así que clavó sus uñas y se quedó ahí colgado.

Néstor es muy travieso. Hace cosas que yo no haría (como colgarme de la persiana, por ejemplo). Como tiene esa habilidad envidiable de saltar muy alto y treparse por todos lados, se cree que tiene derecho a la investigación en las alturas. Todo quiere oler. Todo quiere recorrer. Camina entre los libros de Pablo con habilidad de equilibrista. También lo hace entre unas estatuas de adorno, que están sobre un aparador. Deambula en zigzag entre ellas sin moverlas... hasta que llega a un chino de madera. No lo quiere. Lo empuja con la patita y el chino queda dando vueltas sobre su base redonda. Escuché a Pablo un día, cuando regresó del trabajo, que dijo: “Este chino está vivo”.

Pablo le compra unas ratitas de juguete. Puede pasarse toda la tarde corriéndolas, revoléandolas por el aire. A veces me da bronca que se divierta tanto y se las destrozo con los dientes (odio que no me presten atención a mí). Sino, Pablo le hace pelotitas de papel y puede pasar horas jugando con ellas. No se cansa nunca. Tiene una energía envidiable.

Pero es tan inquieto que tengo miedo de que sus travesuras lleguen más lejos y me echen la culpa a mí.

jueves, 3 de febrero de 2011

Remedio


Hola, diario. A veces me doy cuenta de que Néstor y yo podemos ser un remedio para Pablo. Los seres humanos son raros. Todo lo que viven es extremo. Suelen traspasar lo natural de sus emociones. Bueno, o lo natural que pueden ser las emociones para un perro. Pueden regresar a tu casa con un cansancio que tiene el efecto de un huracán. Quedan devastados, rotos. Aunque no es para siempre, luego se reconstruyen. O pueden volver también en situación de angustia y tristeza superlativas y te da la sensación de que van a derretirse hasta quedar hechos sólo partículas. Y también el clima interno de ellos puede entrar en ebullición y volverlos una furia personificada. Los seres humanos se enojan mucho, nosotros con un mordisco lo arreglamos todo. Dura segundos. Lo de ellos puede prolongarse.
Pablo sabe de eso, de esa tremenda falla de la naturaleza humana. Entonces me doy cuenta de que, cuando su cansancio lo consume, su tristeza lo empapa o su enojo lo quema, recurre a mí o al gato. Comienza a acariciarnos lentamente y, luego nos abraza fuerte. Pone su cara sobre mi cabeza o sobre la cara de Néstor y no nos suelta. Nos aprieta un poco, pero sabemos que lo estamos curando. Puede quedarse así un buen rato, y si le damos besitos se le escapan todos los suspiros al mismo tiempo. Ese abrazo caluroso y sincero entre amigos-hermanos cura. Yo me di cuenta de que, luego, vuelve a ser de a poco ese Pablo animal que tanto quiero.
Hay que ser muy observador y darse cuenta de cuándo una persona necesita abrazar o dejarse abrazar. Por eso me di cuenta de la utilidad que tenemos los perros y gatos. Somos fantásticos para eso. Siempre vamos a estar dispuestos al abrazo y la caricia porque nos alimentamos de eso. A veces Pablo nos abraza fuerte al mismo tiempo a los dos y eso nos hace feliz.
Mi deseo de esta semana hacia arriba es que todos los seres humanos puedan tener un amigo perro o gato para consumir amor a montones.

lunes, 24 de enero de 2011

El sillón y los celos

Y el sillón se volvió a mover... Como te lo adelanté. Lo odio. A gatito nuevo hay que sumarle sillón nuevo. ¡Basta de cosas nuevas en esta casa! Pablo y yo éramos suficientes y teníamos todo lo que necesitábamos. Ahora tenemos un piojo peludo que anda por toda la casa a los saltitos diciendo “mau, mau, mau” y un sillón que ocupa toda mi pared favorita y obligó a que moviéramos todos los muebles. Esperé dos días como para volver a hacer una maniobra poltergeist. Luego, con todas mis fuerzas, volví a correr el sillón hasta la mitad del living. Y Néstor me ayudó un poco en mi maniobra de destrucción. Se afiló las uñas en él por lo menos tres veces. Pablo se enfureció. Me gritó y me dijo de todo. “Pelotudo” fue lo más suave que le escuché. Nunca me había insultado así. Como castigo, me dejó un rato afuera, en el patio. Ya tengo dominado ese castigo. Pongo cara de compungido, me voy a un rincón y lo miro de reojo. No lloro, ni nada. Me las aguanto estoico. Es la conciencia de Pablo la que me rescata siempre. Le carcome el cerebro tanto que, al cabo de un ratito, me abre la puerta y me deja entrar.

Al día siguiente volví a repetir mi piquete, pero con un agregado. Con los dientes pude agarrar uno de los almohadones enormes que tiene el sillón y lo revoleé bien lejos. Lástima que le quedaron los agujeritos de mis dientes (no puedo controlar mi fuerza brutal). Néstor miraba asombrado pero, como todo chico, aprovechó el lío y se puso a saltar en los almohadones y a afilarse las uñas en la parte trasera del sillón.

No medí las consecuencias. Para Pablo fue una catástrofe. Edilicia y moral. En primer lugar, se tomaba la cabeza y no podía creer la semidestrucción de su sillón nuevo. En segundo lugar, creo que estaba decepcionado de mí. Se enfureció. Tomó el diario del domingo (que es pesadísimo) y me pegó con él en la cola. Luego me echó al patio y, como no se le iba el enojo, me ató. Confieso que me asusté un poco. ¿Sabés qué pasó después? Vino Néstor hacia mí y comenzó a darme besitos en la cabeza. Pablo lo llamó para acariciarlo y darme celos, pero él se quedó firme con el desvalido. O sea, yo. Fue el fin de mis celos de Néstor. Creo que, definitivamente, le caché cariño.

La actitud de amor de este chico gato hacia mí hizo que Pablo se ablande más rápido de lo previsto. Luego, como siempre. No me habló hasta que nos fuimos a dormir y, al día siguiente: “¿Olvidado? Olvidadooooo”.

En consecuencia, no volveré a tomar represalias con el sillón... y la paz volverá a nuestro hogar.


miércoles, 19 de enero de 2011

Sillón nuevo


Hola, diario. Ayer, Pablo y un amigo suyo trajeron un nuevo sillón. Grande, de un color que no puedo definir (me suele ocurrir eso). Apenas los vi llegar, me dije a mí mismo: "No me gusta". No sé porqué... Viste que a la estética no le doy mucha importancia, pero este sillón no me gustó. Bueno, te lo tengo que admitir. Creo que deposité mi malhumor de los últimos días en este sillón nuevo. Vengo chinchudo*. Es que soy celoso, qué le voy a hacer. Noto que las gracias que hace este chico Néstor desarman de ternura a Pablo. Entonces se la pasa jugando con él o, como es muy chiquito, lo levanta permanentemente. Hasta ven televisión juntos. Bah... el chiquitito se enrosca y se hace una pelotita peluda sobre su pecho, donde se queda dormido. Yo mismo veo cómo a Pablo le caen las gotas de transpiración y, así y todo, soporta al gatito sim-pá-ti-co. Ya ese grado de confianza no me gusta. No le hablo más a Néstor. Lo ignoro desde hace dos días. Me busca y revoleo la mirada hacia todos lados, como haciéndome el distraído. A él no le preocupa demasiado, se pega media vuelta y sigue dando saltitos por ahí (tiene una habilidad impresionante para cazar moscas).
Creo que por eso le tomé odio al sillón. Ayer, cuando Pablo se fue a trabajar, me agarró un ataque de furia en contra de ese maldito sillón. No pude morderlo, así que con mi hocico, junté fuerzas y lo empujé. Lo corrí tanto que quedó justo en el medio del living. Cuando llegó, Pablo no lo podía creer. Se quedó tieso. Debe haber pensado que había poltergeist. Miraba el sillón y me miraba a mí (yo revoleaba la mirada para todos lados, haciéndome el desentendido). Me retó, pero contenido. Creo que se fue a dormir sin entender.
Mañana, el sillón se va a mover otra vez.

*Enojado

jueves, 13 de enero de 2011

Compañero de juegos


Hola, diario. Quiero contarte algo de este chico Néstor. Tras haber conocido a Zsá Zsá nunca hubiera pensado que me podría divertir tanto con un gato. Yo tengo la sospecha de que Néstor se cree perro. Noto que me observa mucho... y me copia. Pablo hace pelotitas de papel y se las arroja bien lejos. Él pega un salto y corre como una flecha a buscarlas... ¡Y se las trae en la boca! Y hace como yo: se queda paradito, esperando a que se las vuelva a arrojar.
Luego, a pesar de su edad y de su tamaño, le encanta jugar a lo bruto, como hacemos los perros. De pronto, yo estoy plácidamente acostado en el piso y esa pulga peluda se me acerca y me pone mirada de asesino serial. Ahí nomás, empieza a dar saltitos alrededor mío, como si tuviera resortes en las patas, con el lomo arqueado y los pelos erizados. Se hace el cocorito. Yo no le saco mi mirada de encima porque, al menor descuido, me pega un salto encima y dispara como una flecha para que salga corriendo detrás de él. Yo sé muy bien que se caga de risa cuando hace eso. Puedo oír sus carcajadas mudas dentro suyo. Corremos alrededor de toda la casa y no nos importa si atropellamos a Pablo y lo dejamos sentado de culo en el piso. Terminamos utilizando la cama como si fuera un ring. Ahí Néstor se me tira encima y, aunque no lo creas, me boxea. Con esas patitas diminutas, sin sacar las uñas, me boxea. Es como si te golpearan con un algodón, pero yo le hago creer que es un tigre feroz y me defiendo. Lo agarro con los dientes, sin apretar, y lo revoleo un poco. ¡¡Le encanta!! Todo empapado por mi saliva, vuelve a arremeter y ahí me subo encima suyo y, con los dientes, le mordisqueo suavemente la nuca y el lomo. Le fascina. Creo que le hace cosquillas.
Al principio, Pablo se asustaba mucho cuando hacíamos eso. Me decía: ¡Francisco, lo vas a aplastar! Qué va... ¡Es de goma este pibe! Al final de nuestras luchas, me encanta tirarme panza arriba en la cama y rodar... pero rodar arriba de él. ¡Pablo se desesperaba! ¡A Néstor le encanta! Cuando terminamos estos juegos, quedamos extenuados, tirados en el piso. A veces, él se acerca despacito, cierra los ojos y comienza a darme besitos en la frente. Creo que me quiere.
Espero que ahora no tenga intenciones de salir a pasear con correa.

miércoles, 5 de enero de 2011

Como perro y gato


Hola, diario. Vos viste que a mí la palabra "amo" no me gusta mucho. Pero bueno... cuando yo soy el sujeto la acepto un poco más. Creo que soy el amo de este chico Néstor. Te explico porqué. Cuando Pablo se va a trabajar comienza mi trabajo de extrañar y de esperar. Pero al gatito no le preocupa tanto. Él sigue explorando la casa, se trepa por todos lados (qué envidia me da eso) y su vida es un constante descubrir. De todos modos, le gusta dormir más de día que de noche. Es adorable cuando duerme. Me puedo quedar horas contemplándolo y pensando en qué estará soñando.
Pero cuando Pablo regresa y nos vamos a pasear juntos, sé muy bien que Néstor se queda sentadito en la puerta, llorando y esperando a que YO regrese. Cuando volvemos del paseo, a Pablo no le da bolilla, pero a mí viene a lamerme y a olfatear todos los olores que traigo de la plaza. Sé que es mucha responsabilidad cuidar a un chico de otra especie, pero este me cae bien. Sólo me molesta sobremanera cuando Pablo lo alza en sus brazos, le da besitos y le dice cosas lindas. Ahí me dan ganas de regresarlo adonde lo encontramos. Pero no, vamos a quedarnos con él, con mi mascota-hermano.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Néstor


Hola, diario. Qué decirte de este chico... Es un primor. La verdad que me cae fantástico. Es un atorrante. Al principio lloraba todo el tiempo, pero le duró poco. Ahora hace lo que quiere. Es muy independiente para la edad que tiene. Por eso se debe haber fugado de su hogar tan joven. Pablo le sacó las pulguitas y esos bichos horribles que tenía en su panza, pero hasta lleno de bichos era feliz y seguro de sí mismo. No le tiene miedo a nada. Me da un poco de envidia. Abro la boca y mete su cabeza con intenciones de ver vaya a saber qué. Me quedo perplejo, con la boca abierta y lo dejo, pero no lo comprendo. Luego me mira fijo, se le erizan los pelos y empieza a saltar alrededor mío con el lomo arqueado. Cuando le resoplo sale corriendo. Ay... es un bebé. Cada tanto lo limpio un poco porque aparece con todos esos pelos amarillos medio mugrientos. Con un solo lengüetazo lo dejo limpito.
Pero te voy a contar algo. También tiene sus contras. Por empezar, está obstinado en dormir conmigo, pegadito a mi cuerpo. No lo permito. No lo dejo. Sé que es huérfano, que necesita calor peludo, pero que vaya a buscarlo en Osito 6. A mí me gusta dormir tranquilo, sin demasiado contacto físico, menos de un chico inexperto. Por otro lado, Pablo pretende que comamos juntos. Y bueno, accedí en eso. Donde manda capitán, no manda marinero. Cada uno tiene su plato de comida, pero tenemos que compartir el del agua. Me adoptó de hermano mayor porque hace todo lo esencial mirándome de reojo. Come, hace sus necesidades y se pasea mirándome de reojo. Hasta lo descubrí que llora cuando nos vamos a pasear con Pablo.
Bueno, demás está decirte lo que decidimos. Se quedará en casa. Será nuestro hermano menor. Pablo le puso un nombre raro: Néstor. Creo que le da personalidad. Es un regalo de Navidad.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Hermano


Hola, diario. Parece que hoy es un día especial. Muy especial. Anoche fuimos a cenar con toda la familia (caminando, lógicamente, porque no conseguimos taxi) y lo pasamos genial. Por ese motivo, nos levantamos tarde. Como siempre, medio dormidos, salimos con Pablo a pasear a la plaza de la esquina. Estiré un poco las patas, me purgué con un poquito de pasto, piyé* uno a uno mis árboles favoritos y, cuando estaba oliendo unos arbustos que siempre tienen meadas fabulosas, me encontré con algo que me tomó por sorpresa. Había un pichón de gato explorando las ramas. Enseguida vino a olfatearme y no hizo "fssssss" como casi todos los gatos. Era muy chiquitito. Nunca vi uno igual. Le di un par de besos y me lo agarré con los dientes. Lo hice suavemente, para no lastimarlo; y él, chocho*. Así seguí mi camino con el gatito, lo más pancho*, en mi boca. Pablo no se dio cuenta por un rato, hasta que se lo mostré. ¿Podés creer que me retó? Me parece que creyó que lo había matado. ¿Cómo voy a matar a un gato bebé? ¿Qué soy yo? ¿Una bestia salvaje? Pero bueno, me obligó a que lo suelte y lo solté. El chico, todo empapado por mi saliva, maulló dos o tres veces y comenzó a seguirme. Me di vuelta, lo miré y le dije: "Pibe, seguí tu camino, estoy ocupado". Pero no hubo caso. Le caí bien y, aunque aceleré el paso, me siguió tropezándose, como hacen los chicos al caminar ligero. Creo que esa actitud hizo que Pablo se derrita de ternura. Esta vez lo agarró él. Pero no con los dientes, como lo hice yo (los humanos no saben) sino con sus manos. Era tan chiquito que entraba en la palma de su mano. Lo que hizo Pablo fue buscar a su mamá por todos lados. Lo acompañé porque lo único que faltaba es que se lo quiera llevar a casa. No encontramos a su mamá. ¿Qué pasó? Lo que te imaginás. Lo trajo a casa.
En principio me cae muy bien. Es rubio, aunque medio desteñido y unos enormes ojos dispuestos a descubrir el mundo. Maulla todo el tiempo porque la casa es un lugar desconocido para él. Recorre todos los rincones y no sabe en cuál quedarse. Le gustó especialmente mi sillón favorito. Ya lo reconoció a Pablo, pero tiene un especial cariño por mí. ¿Te acordás que tuve una intuición? Creo que era este regalo de Navidad.

*Hacer pis.
*Feliz.
*Tranquilo

martes, 21 de diciembre de 2010

Regresos festivos

Una vez más me sacudió ese presentimiento a la distancia. Lo supe. Podía palpar su energía en el espacio... Sentía su presencia en cada bocanada de aire, en cada segundo... Podía percibir su olor... No estoy seguro si por memoria emotiva o porque estaba ya realmente cerca. Podía escuchar su corazón.
Sí, ya sé, soy un capo.
No habían pasado más de diez horas de haber comenzado a tener esa sensación cuando escucho su silbido característico, a lo lejos. Luego, sus pasos, suficientes como para que me tire panza arriba cerca de la puerta. Y, finalmente, las llaves... y él, cuerpo presente. Volvió Pablo.
No sé cómo explicártelo, diario. Es una fiesta. Cada regreso de él ser me hará inolvidable. Y creo que para él también. Yo le hago toda una escena de cariño extremo, como esas películas melancólicas con perritos que ve a veces por la televisión. Lo cago a besos. No paro de darle besos, pero entre lamida y lamida, no puedo dejar de prestarle atención a su valija. Allí sé muy bien que guarda mi regalo. No puedo contener la ansiedad y quiero abrir ese puto cierre dificilísimo de romper. Cuando lo abre, meto el hocico adentro hasta que encuentro mi regalo. ¿Sabés qué me trajo esta vez? ¡¡¡A Pingüino!!! Parece un osito, pero no lo es. Es Pingüino. Tiene pico y es precioso. Estoy tan feliz de que haya vuelto. Lástima que por un tiempo me voy a sacar ese placer dulce y melancólico de extrañar. Todo no se puede.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Extrañar


Hola, diario. Disculpame la ausencia, pero estoy ocupado extrañando a Pablo. Hace unos días me levanté medio bajoneado, pero noté que Pablo estaba contento. Me cantó esas canciones tan bobas pero tan mías, me hizo bailar en dos patas y me bañó. Cuando terminó de hacer todo eso, sacó desde arriba del placard, la valija* más grande. Ahí supe qué pasaría en las siguientes horas. Se iría de viaje. Observé con cierta tristeza cómo iba introduciendo en la valija, una a una, varias prendas de vestir y cosas de utilidad cotidiana como el cepillo de dientes o la afeitadora.
Llegó el momento y, muy impune, con su valija en mano, se agachó para abrazarme. Ahí me quebré, diario, me quebré. No puedo superar este tipo de situaciones que se repiten más de una vez al año. Pensé en hablar con él al respecto a su regreso. Al principio le gruñí y le dije: "No, no me toques". Pero enseguida, empecé a lloriquear (juro que no me pude contener) y dejé que me abrace fuerte y me diga: "Ya vuelvo", como si no supiera que va a tardar unos días.
Lloré un buen rato cuando se fue.
Ahora me ocupo de extrañarlo. Es una sensación tan triste como hermosa. Tu espera tiene una respuesta, que es el regreso. Y no importa cuánto se demore ese regreso, tu espera será un aquelarre de sensaciones. Vas a sentir una cosquilla permanente en el alma que te recordará tu rol de "esperador". También vas a sentir bocanadas de suspiros que, sin saber cómo, se escurrirán de tu corazón con intensidad, decisión y desparpajo. Sentirás que no tenés ganas de ocuparte demasiado en jugar o andar saltando por la casa porque tu trabajo es esperar. Y eso hace que en tu mente esté un solo rostro: el del ser humano que te tocó en esta vida. Y creo que si me hubieran dado la opción de elegir, entre muchísimas muchísimas personas, seguramente habría elegido a Pablo. Pero con soberbia de perro te voy a decir algo, diario: Pablo me escogió a mí entre muchísimos perros. Y creo que está feliz. Y que también me extraña. Aunque intuyo que no es un "esperador" como yo, sé que es un gran extrañador. Prontito llegará, abrirá sus brazos, me abrazará, me rascará la panza y sacará de su valija una pelota o un Osito 8. Y yo volveré a ser feliz plenamente.


* Maleta.

viernes, 16 de julio de 2010

Se murió Zsá Zsá


Hola, diario. Estamos tristes. Zsá Zsá, finalmente, atravesó el umbral que te lleva a ese otro lugar. Estaba muy enferma y la familia prefirió que todo ocurra naturalmente.
Ayer a la mañana, muy tempranito, sonó el teléfono. Pablo atendió y el diálogo fue muy corto, duró segundos. Cortó la comunicación, se mojó el pelo y se vistió rápidamente. Me puso la correa y salimos a la calle rapidísimo. Apenas me dio tiempo para hacer pis. Dentro del taxi intui que había algo que no estaba bien. No hablamos en todo el camino. Ni siquiera saqué la cabeza por la ventanilla, como me gusta. Me limité a sentarme a su lado y a observarlo de reojo. Y sin que se diera cuenta, apoyé parte de mi lomo sobre su cuerpo, para compartir un poco de mi energía.
Cuando llegamos, Fina era un mar de lágrimas. Y Raúl estaba sentadito en un sillón, cabizbajo. Cuando me vieron, pude robarles una sonrisa a cada uno. Me sentí útil.
En la habitación, en la cama, estaba Zsá Zsá, sin moverse. A su lado, María Elena la acariciaba. "¿Estás segura de que está viva?", preguntó Pablo. Yo sabía muy bien que sí. Pablo comenzó a quebrarse y le empezó a decir cosas muy lindas a Zsá Zsá. Ella estaba tiesa, dura, con su pelaje prácticamente pegado al cuerpo, muy flaca y con la boca semiabierta. Creo que será la imagen más triste y fuerte que haya visto en mi vida.
Estoy seguro de que ella no se dio cuenta de que estaba yo. Pero sabía muy bien que estaba Pablo. De pronto, entró Fina a la habitación y le dijo a Pablo, entre sollozos: "Te está esperando". Él la miró incrédulo, pero yo supe muy bien que ella decía la verdad. A los pocos minutos, mientras Pablo le hablaba y la acariciaba, Zsá Zsá esbozó un maullido rasgado, estiró una de sus patas delanteras y la apoyó en el brazo de Pablo. Con sus manitos, apenas sacando sus uñas, se aferró a él. A los pocos segundos, se hizo pis y su cuerpo se vació de Zsá Zsá. Supe muy bien que ella seguía allí, pero en el aire. Me eché al piso y traté de cerrar los ojos y verla. No pude, pero sabía perfectamente que nos estaba observando y que, ahora, estaba bien. Por fin, Zsá Zsá podía volver a correr y a pelear a los demás animales por sus celos.
Todos lloraban. Menos yo. Pablo la envolvió en una manta, se la dio a Fina y la meció un buen rato, mientras le hablaba. Pero Zsá Zsá ya no estaba ahí. Eso fue Zsá Zsá. Al rato Pablo y Raúl se la llevaron envuelta, pero yo me quedé con Fina y María Elena.
Traté de consolarlas, como pude. Mi mente estaba muy ocupada tratando de analizar qué había pasado. ¿Adónde se fue Zsá Zsá? Se murió, sí. Pero adónde estaba ahora. Mariela dijo que "en el cielo de los gatos". Yo sabía muy bien que no era tan así. Estaba en un lugar mejor. Por siempre, Zsá Zsá estará acompañando a Fina y a Raúl. Y algún día se encontrarán, cuando ellos también pasen ese umbral y puedan moverse como cuando eran jóvenes. El pensamiento me originó ganas de sonreír.
Zsá Zsá no fue muy buena conmigo, pero le dio amor a aquellos que la querían. Esperó a mi Pablo hasta que pudo, se despidió y luchó por su vida. Ella está en el cielo de los buenos.
Quisiera poder decirle a Fina y a Raúl que pueden visitar a Zsá Zsá cuando quieran. Con sólo recordarla desde lo más profundo, podrán estar con ella, acariciarla y consentirla como siempre. Sé que será así y ellos lo harán. Sólo con el olvido se muere.
Estoy orgulloso de mi familia.

domingo, 27 de junio de 2010

Perro sociable


Hola, diario. Anoche estuvimos de joda*. Pablo organizó en casa una de sus típicas reuniones con su jauría de amigos. Desde el comienzo lo pasé bien. Viste que a mí me encanta recibir gente en casa. Estuvo mi amigo Christian, que me dice Pancho y me da pedacitos de lo que come; Gabriel, que siempre me abraza; Laurita, que me habla cosas de filosofía y se pone feliz porque cree que la entiendo; Margarita, nuestra ex vecina de la otra casa que ahora es nuestra amiga; Marcelita, la chica con la que Pablo vino por primera vez a MAPA a verme, que está de novia con un muchacho altísimo que habla en otro idioma; y muchos otros a los que nunca había visto, pero saludé correctamente, con un salto y un lengüetazo sorpresivo y certero en sus labios.
¡Cómo nos divertimos! Viste que yo en las fiestas participo activamente. Nos cagamos de risa, escuchamos música, cantamos y, por primera vez, bailé con otra gente. Ligué algunos comestibles que si Pablo se hubiese enterado se habría enojado mucho. También comí algunas cosas que él me prohibe, como papas fritas, chizitos y pizza (de todos modos hoy se dio cuenta cuando, por la mañana, salimos a pasear e hice mis cosas).
También intenté beber algo de lo que ellos bebían. A mí siempre me dejan un tacho con agua y ellos toman bebidas de todos los aromas y sabores. Ya me di cuenta de que en las fiestas dejan vasos en el piso. ¿Recordás que te conté que en otra fiesta encontré uno con un líquido rojo que me encantó, pero me hacía pensar que algunos tenían hermanos gemelos? Nunca me olvidé del sabor exquisito de eso. Pablo a veces lo toma también. Pero lamentablemente, no encontré ninguno.
Vinieron como treinta personas y no paramos de charlar con cada uno de ellos. Aunque uno no quería que me acerque. Me miraba feo y me espantaba con la mano. Intenté acercarme varias veces y me rechazó. Diario, yo te digo algo: No me banco* el rechazo. Me dije a mí mismo: "hagamos un último intento". Fui a buscar a Osito 3 y se lo alcancé entre mis dientes con mis pupilas hacia arriba y la orejas erguidas. ¿Sabés, diario? Estoy convencido de mi carisma. El tipo esbozó una sonrisa, me acarició la cabeza, tomó a Osito 3 y lo arrojó para que lo vaya a buscar. Así estuvimos unos minutos. ¡Esa es una conquista!
Todos en esta jauría sin líder eran macanudos*. Bah... excepto una chica de anteojos y vestido verde. Hubo un momento en que no paraba de llegar gente. Y uno tampoco puede recibir a todos. Soy perro, no soy liebre. Entonces, mientras unos entraban y yo les hacía fiesta, otros tocaban el timbre. Así que Pablo fue solo a abrir la puerta. Entró con dos chicas y yo los intercepté en el pasillo. Una de ellas entró en pánico. "¡No!.. ¡Le tengo miedo a los perros!", exclamó. Yo la miré sin comprender y me acerqué para decirle: "Tranquila, piba, no te hago nada, soy macanudo". Pero siguió diciendo: "¡Le tengo miedo a los perros!.. ¡Encerralo, por favor!". Me di cuenta de que Pablo no la conocía, venía acompañando a su amiga. Lógicamente, mi mejor amigo le dijo: "No, no puedo encerrarlo. Esta es su casa". Ella se tomó la cabeza desesperada y amagó irse. Su amiga no sabía qué hacer y Pablo las miró con decisión. "Me voy a tener que ir", dijo ella. Pablo le respondió con un gesto cordial, pero determinante. Luego le dijo: "Francisco es buenísimo y no le hace daño a nadie. No te va a molestar. Si querés, probá". Nosotros entramos y la chica se quedó con su amiga pensando en el pasillo. Finalmente entraron. Traté de no prestarle atención en toda la noche y ni siquiera rozarla. Pero ella no paraba de observarme con atención y curiosidad. Estaba más atenta a todo lo que yo hacía que a sus congéneres. Entonces me dije: "este es mi segundo acto". Salté, bailé, me tiré panza arriba, traté de morderme la cola, jugué con Osito 3... le arranqué varias sonrisas y, finalmente... Me llamó con la mano y se quedó acariciándome la cabeza un buen rato. Diario, te cuento esto y me emociono. ¿Sabés lo que le dijo a Pablo? "Te agradezco. Es la primera vez en mi vida que toco a un perro". ¡¡¡¡Iupiiiii!!!!! ¡Debutó conmigo! Me sentí galán de televisión solidario. Cómo estuvo tantos años de su vida (creo que tendría por lo menos ocho) sin tocar a un animal, no lo entiendo. Pero la traba que haya tenido, ya no existía más.
No hay dudas. Mi naturaleza es sociable.

*Fiesta.
*Soporto.
*Simpáticos.

martes, 22 de junio de 2010

Protección

Hola, diario. Anoche tuve que defender a Pablo. Resulta que el muy atorrante se fue de joda* y regresó bastante tarde. Tenía aromas varios, pero omitamos esa parte de la historia. Lo miré con fastidio, pero viste que me desarmo fácil y, de inmediato, lo besuquié todo. Salimos a caminar y no había nadie en la calle, sólo nosotros. No fuimos a la plaza, dimos la vuelta manzana. Casi siempre camino adelante de Pablo y me doy vuelta cada 30 segundos para cerciorarme de que esté allí. Tuve una mala sensación, un presentimiento extraño y, como los perros actuamos por instinto, me quedé en la retaguardia en lugar de ir adelante suyo. De pronto, veo que, desde la otra cuadra, un tipo cruza caminando despacio. Tenía la estatura de Pablo, usaba gorrita, una campera* de jean y las manos en los bolsillos. Observaba fijamente a Pablo. Él no se dio cuenta de lo que ocurría y seguía caminando. Pero yo me quedé parado, muy quieto, observando también fijamente al tipo. No le tenía confianza y estaba resuelto a no dejarlo pasar. Seguí mirándolo fijamente, con mis dientes apretados y mi cola sacudiéndose rápidamente. De pronto, supe que Pablo se dio cuenta de que yo no seguía caminando con él y giró. Eso lo supe, pero no lo vi, porque no quise dejar de mirar fijamente a ese tipo. Estaba seguro de que no tenía buenas intenciones. Pablo me llamó, pero yo me quedé en la misma posición. Luego no me llamó más, creo que se quedó tieso. El tipo se detuvo, se quedó mirándome unos segundos, esbozó una media sonrisa tan falsa como su vida, dio mediavuelta y volvió hacia el lugar de donde venía. Una vez que se alejó y cruzó la calle, yo dejé mi postura y seguí caminando tranquilo, esta vez, adelante de Pablo. Creo que él no lo podía creer. Me acarició la cabeza, pero cuando llegamos a casa me abrazó y me dio las gracias.

No sé qué hubiera pasado. Tal vez el tipo nos hubiera hecho daño a ambos. Pero si de algo estoy seguro es que, así como Pablo me protege a mí, yo nunca permitiría que alguien le haga daño a él.

*Juerga.
*Chaqueta.

miércoles, 2 de junio de 2010

Mariana


Hola, diario. Finalmente me encariñé con Mariana. Hace dos días que está en casa y es una dulce. De todos modos, podría decirte que me molesta un poco que quiera ser el centro de atención permanentemente. ¡Y el centro de atención soy yo!

Cuando estoy con Pablo, así conversando con nuestros ojos, como solemos hacer, se viene a meter entre nosotros. Pero lo que es más atrevido es que, como es más chica, se sube a la falda de Pablo, se hace un rollito y se queda allí con mirada de: “a mí me abandonaron”.

De todas formas, por momentos lo pasamos muy lindo jugando a las luchas en el patio.

Sabés, diario... La convivencia es difícil. Nosotros siempre queremos convivir con un humano... pero con otro perro... hummm... Supongo que para Pablo la convivencia tampoco será fácil porque a todo el que entra le hace un par de mimos y, luego, adiós. ¿Seremos unos solterones ermitaños? La cosa es que, con Mariana, me di cuenta de que soy capaz de convivir con una perra. Con un perro no. Son competitivos.

Mariana tiene el peso de haber vivido cosas horribles en la calle, pero todo el amor acumulado para dar. Creo que por eso nos “compró” a Pablo y a mí. Tiene tanta inocencia que, en dos días, transformó su dolor en agradecimiento. Hasta accedí a compartir mi plato de comida con ella.

Creo que se quedará con nosotros. Si no me quita la cama -cosa que hasta ahora no hizo-, la acepto.

viernes, 14 de mayo de 2010

Una tarde en el parque


Hola, diario. Ayer fue un día maravilloso. Ya nos amigamos con Pablo y ahora nos volvemos a hablar. Se levantó de buen humor y, no sé por qué, no fue a trabajar. Me dijo: “Hoy vas a conocer Disneylandia”. No sé a qué se refería, pero era un día precioso como para conocer Disneylandia. Tomó la mochila, guardó una botella de agua para él, otra para mí y tomamos la calle.

Lo único horroroso del camino es que pasamos por esa horrible cárcel de animales y me puso los pelos de punta el olor a esos monstruos que rugen.

De pronto, llegamos a una avenida enorme, enorme, enorme y, cuando la cruzamos, vi algo impresionante, por primera vez en mi vida. Un lugar donde todo era verde, con mucho pasto y lleno de árboles para mear hasta cansarte. Pablo me dijo: “Esto para vos será Disneylandia”. Bueno, no sé si Disneylandia será algo así como el Edén o algo donde el placer y la diversión son una sola cosa, porque este parque era eso. ¡Qué felicidad, diario! Corrí dando círculos, desesperado de la emoción. Luego busqué el palo más grueso y fuerte y se lo di a Pablo para que lo arroje lejos para ir a buscarlo. Estuvimos jugando así un buen rato. De pronto, luego de caminar por ese lugar maravilloso, sin calles ni edificios, vi algo grandioso: un lago.

¡Cuánta belleza junta! No aguanté y salí disparado corriendo a toda velocidad hacia él. Pablo se desesperó porque escuché que me gritaba. No me importó y continué la carrera evitando frenar y... ¡Plaf! ¡Qué placer! Ahí estaba yo nadando y disfrutando de esa agua en medio de la naturaleza. Hasta era mejor que la piscina de Fernando. El lago es enorme y sentís cómo unos pececitos muy pequeños te hacen cosquillas en los pies. Creo que Pablo se quedó tranquilo cuando vio que me podía mantener a flote y que estaba rebosante de felicidad. Por momentos, tragué un poco de agua y me dieron arcadas, pero supe cómo dominar la situación. Lo mejor de todo eso es que la gente que había por los alrededores se agrupó para mirarme. Y vos sabés lo que me encanta que me miren. Así que hice todas las monerías que pude en el agua. De pronto, se me ocurrió salir y sacudirme, mojándolos a todos. ¡Qué divertido! Quise saltarle a Pablo y el muy cobarde salió corriendo para que no lo moje. Lo perseguí hasta que lo atrapé y lo dejé todo empapado. Luego... ¡al agua otra vez!

Después de un buen rato, me tuve que quedar tirado al sol para secarme y descansar de tanta exitación.

Así pasamos toda la tarde, caminando entre lagos, mucho césped y árboles que ya empiezan a quedar desnudos por el otoño.

Cuando volvimos, obviamente, el obsesivo de Pablo me metió de cabeza en la bañera para sacarme el barro y la mugre acumulada.

Me eché un rato a sus pies y me puse a reflexionar. Los perros deberíamos vivir todos en un lugar así, donde poder correr hasta cansarnos y disfrutar de la naturaleza. No entiendo por qué a las personas les gusta vivir en el cemento.

Miré a Pablo a los ojos y le pedí que, por favor, volvamos muchas veces a Disneylandia, desde ahora, mi lugar favorito de placer y diversión.

martes, 11 de mayo de 2010

Enojados


Hola, diario. Me peleé con Pablo. Sí, no nos hablamos desde hace casi dos días. Se enojó mucho conmigo porque las otras noches, cuando salimos a pasear, encontré un hermoso y sabroso hueso de pollo quebrado, en una bolsa de basura rota. Lo agarré enseguida con los dientes y Pablo se puso como loco. Tiene la teoría de que los huesos de pollo me pueden matar. El insolente quiso abrirme la boca con todas sus fuerzas, pero no lo dejé. A obstinado, obstinado doble. Finalmente se salió con la suya. Me alzó del collar y me obligó a soltarlo. Ahí nomás, me dio dos chirlos* en el hocico. “¡¡¡No lo hagas nunca más!!!”, me gruñó. Como si fuera fácil. A ver si él se puede contener si le ponen una torta de crema con frutillas adelante suyo.

Odio que me quieran sacar la comida de la boca. Además, me la encontré yo. Le mostré los dientes y le tiré un tarascón. Fue advertencia... no iba a hacerle nada. Pero no lo tomó así. Se enojó mucho. Me dijo de todo. Me paseó por la plaza con la correa, volvimos a casa sin hablarnos y no me dejó dormir en la habitación. Me puse a reflexionar sobre si me había pasado de la raya. A lo mejor sí... Si el jefe no quiere que coma de la basura, habría que hacerle caso. Pero no puedo contenerme.

Ayer no me habló en todo el día. Ni siquiera me dio la golosina de siempre antes de irse al trabajo. Cuando regresó, ni me acarició. Tomó la correa, me la puso y me sacó a dar una vuelta que alcanzó lo suficiente como para que haga pis y caca. Me hizo el vacío.

Hoy nos levantamos y, por lo menos, me tocó la cabeza y me dio un pedacito de una medialuna que comía.

¡Qué chinchudo*! Ya le dije (con los ojos, lógicamente) que estaba arrepentido. ¿Qué quiere? ¿Que saque una solicitada en el diario?

 

 

*Palmada.

*Malhumorado.

domingo, 2 de mayo de 2010

Los humanos pueden ser muy malos


Hola, diario. Estoy un poco desconcertado. Anoche me enteré de que así como hay seres humanos buenísimos, existen otros cuya maldad no tiene límites.

Pablo me llevó al cumpleaños de un amigo suyo, Antonio, que no sé si vive en un teatro, pero es ahí donde lo festejó. Me sorprendió porque Pablo no suele llevarme a sus juergas. Pero entramos a ese lugar inmenso, lleno de gente macanuda*. Muchos me abrazaron y me dieron palmadas en la cabeza. Había dos perras. Una era una gordita de mi estatura que mucha bola no me dio. Su mamá, la atendía con cuidado porque era una perra entrada en años. La otra me ladró de entrada. Era una petisita, con camiseta y saquito. Me enteré de que se llamaba Castaña y no hacía falta que me cuenten que era dueña de casa porque su olor estaba por todos lados.

Luego de ladrarme en forma poco amigable, entablamos una pequeña comunicación a través de nuestro olfato. Agradable, aunque de pocas palabras. Traté siempre de estar cerca de Pablo y de donde se cayera una papafrita o algo comestible. Cuando Pablo se puso a acariciar a Castaña no me gustó nada. La muy atrevida se puso panza arriba para que la acaricie. Pero se me fue la bronca cuando escuché su historia.

Castaña es una perrita que, hace algunos años, fue encontrada en la puerta de ese teatro. Alguien les dijo que había una perra muerta ahí. Salieron y se encontraron con Castaña, lastimada con heridas punzantes de cuchillo y su rabo hecho pedazos, envuelto en cinta adhesiva. Como todavía respiraba, pudieron llevarla al hospital veterinario. Antonio se hizo cargo de su recuperación y hoy es su compañera inseparable y está vivita y coleando. Castaña vive en ese teatro y, sigilosamente, cuando comienza cada función se desplaza hasta la primera fila y se queda en una butaca. “Cuando estuvo el Ballet Folklórico Nacional, no se perdió una sola función, pero odia las obras infantiles. Cuando hay alguna, se va a su cucha y se esconde”, contó Antonio, un gordito simpático que sopló las velitas al cantarle el “cumpleaños feliz”. Contó que cuando él está sobre el escenario tienen que dejarla en la oficina, porque si lo escucha llorar se quiere subir al escenario.

Aunque perdió su cola, Castaña vive feliz y, en las funciones de los distintos espectáculos que allá se ofrecen, se desliza sigilosamente por los laterales de la sala y se queda quietita, al pie del escenario mirando cada función sin ladrar, ni emitir sonido alguno. Me generó una admiración tremenda. Quise hacerme amigo suyo y estuvimos juntos un buen rato. Qué puedo decirte de ella... Tiene olor a amor. Y está vacía de rencor. Porque es más el amor que siente que el odio que pudiera recordar. Me puse a pensar cuando llegamos a casa y pensé en que, aunque suene soberbio, nosotros los perros somos mejores que los humanos.

No tenemos capacidad de odio. Nunca podríamos hacer nada tan dañino como eso que te conté.

Pablo y todos los seres humanos que conozco son incapaces de hacerle daño a un animal. Pero ayer descubrí que puede haber gente peligrosa. Hay que cuidarse del ser humano. Hasta los seres humanos deben cuidarse de los seres humanos.

Brindo por la perra teatrera y porque siempre haya algún Antonio que nos libre del infierno.

*Agradable.

sábado, 24 de abril de 2010

Atención


Hola, diario. No soporto que no me presten atención. Pablo está un poco enojado conmigo. Es que ayer tuvo día libre y vinieron a visitarlo sus padres y, luego, una amiga. Según él, me porté mal. Y sí... Es que no soporto no ser integrado en las conversaciones. Me encanta recibir visitas, festejarlos e intentar jugar con ellos, pero me parece espantoso ese momento en el que todos se sientan y se ponen a charlar. ¿Y yo? ¿Adónde queda mi participación? Si yo no sé hablar en castellano. Y encima, si ladro, me retan*. Entonces, todo el tiempo, trato de llamar la atención de los presentes. O con mi hocico les pido que me acaricien... O me paro en dos patas y pongo las delanteras sobre sus faldas... o trato de acomodarme en el sillón, al lado de alguno... o, cuando están muy serios, aparezco a los saltos con Osito entre los dientes... o les traigo la pelota y se las dejo a los pies, para que la arrojen. Nada de esto resulta. Todo el tiempo, Pablo me dice: "Pará, Francisco". Y sí... me pongo un poco insoportable. Es que me aburro. Por momentos me quedo quieto, observándolos y prestando atención. Pero entiendo sólo una parte, entonces vuelvo a distraerme con alguna mosca y, luego, otra vez a reclamar atención.
Es más fuerte que yo: necesito ser protagonista. No soporto que, aunque sea de a ratos, haya más protagonistas en la vida de Pablo. Sino... ¿Para qué estoy?

* Regañan.