sábado, 23 de abril de 2011
Restos
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jueves, 31 de marzo de 2011
Travesuras gatunas
Hoy Néstor amaneció colgado de la persiana. Parecía uno de
esos muñecos que se pegan en los vidrios y no se salen más. Todo estirado, como
crucificado, pero moviendo la cabeza para atrás viendo cómo bajar. Pablo se
despertó por los maullidos y no entendía nada. No sabía si asustarse o largar
una carcajada. La verdad es que era graciosa la posición, con los brazos en
alto y las piernas colgando. Cuando lo bajó, salió corriendo del susto a
esconderse. Yo te cuento cómo fue porque lo venía vigilando desde antes de que
Pablo se despierte. Madrugó y estaba aburrido, entonces se puso a recorrer la
casa, así haciéndose el sigiloso, como siempre. En un momento se paró frente a
la persiana, que estaba baja hasta el piso porque a Pablo le molesta la luz del
día cuando duerme. La observó y no vas a creer lo que empezó a hacer: puso sus
patitas delanteras en cada una de las tablas de la persiana y comenzó a trepar.
Como si fuera una escalera. No sé qué le pasa a este chico... se cree cucaracha
que puede caminar por las paredes. Claro... llegó arriba de todo y ya no supo
bajar, así que clavó sus uñas y se quedó ahí colgado.
Néstor es muy travieso. Hace cosas que yo no haría (como
colgarme de la persiana, por ejemplo). Como tiene esa habilidad envidiable de
saltar muy alto y treparse por todos lados, se cree que tiene derecho a la
investigación en las alturas. Todo quiere oler. Todo quiere recorrer. Camina
entre los libros de Pablo con habilidad de equilibrista. También lo hace entre
unas estatuas de adorno, que están sobre un aparador. Deambula en zigzag entre
ellas sin moverlas... hasta que llega a un chino de madera. No lo quiere. Lo
empuja con la patita y el chino queda dando vueltas sobre su base redonda.
Escuché a Pablo un día, cuando regresó del trabajo, que dijo: “Este chino está
vivo”.
Pablo le compra unas ratitas de juguete. Puede pasarse toda
la tarde corriéndolas, revoléandolas por el aire. A veces me da bronca que se
divierta tanto y se las destrozo con los dientes (odio que no me presten
atención a mí). Sino, Pablo le hace pelotitas de papel y puede pasar horas
jugando con ellas. No se cansa nunca. Tiene una energía envidiable.
Pero es tan inquieto que tengo miedo de que sus travesuras
lleguen más lejos y me echen la culpa a mí.
jueves, 3 de febrero de 2011
Remedio
lunes, 24 de enero de 2011
El sillón y los celos
Y el sillón se volvió a mover... Como te lo adelanté. Lo
odio. A gatito nuevo hay que sumarle sillón nuevo. ¡Basta de cosas nuevas en
esta casa! Pablo y yo éramos suficientes y teníamos todo lo que necesitábamos.
Ahora tenemos un piojo peludo que anda por toda la casa a los saltitos diciendo
“mau, mau, mau” y un sillón que ocupa toda mi pared favorita y obligó a que
moviéramos todos los muebles. Esperé dos días como para volver a hacer una
maniobra poltergeist. Luego, con
todas mis fuerzas, volví a correr el sillón hasta la mitad del living. Y Néstor
me ayudó un poco en mi maniobra de destrucción. Se afiló las uñas en él por lo
menos tres veces. Pablo se enfureció. Me gritó y me dijo de todo. “Pelotudo”
fue lo más suave que le escuché. Nunca me había insultado así. Como castigo, me
dejó un rato afuera, en el patio. Ya tengo dominado ese castigo. Pongo cara de
compungido, me voy a un rincón y lo miro de reojo. No lloro, ni nada. Me las
aguanto estoico. Es la conciencia de Pablo la que me rescata siempre. Le
carcome el cerebro tanto que, al cabo de un ratito, me abre la puerta y me deja
entrar.
Al día siguiente volví a repetir mi piquete, pero con un agregado.
Con los dientes pude agarrar uno de los almohadones enormes que tiene el sillón
y lo revoleé bien lejos. Lástima que le quedaron los agujeritos de mis dientes
(no puedo controlar mi fuerza brutal). Néstor miraba asombrado pero, como todo
chico, aprovechó el lío y se puso a saltar en los almohadones y a afilarse las
uñas en la parte trasera del sillón.
No medí las consecuencias. Para Pablo fue una catástrofe.
Edilicia y moral. En primer lugar, se tomaba la cabeza y no podía creer la
semidestrucción de su sillón nuevo. En segundo lugar, creo que estaba
decepcionado de mí. Se enfureció. Tomó el diario del domingo (que es
pesadísimo) y me pegó con él en la cola. Luego me echó al patio y, como no se
le iba el enojo, me ató. Confieso que me asusté un poco. ¿Sabés qué pasó
después? Vino Néstor hacia mí y comenzó a darme besitos en la cabeza. Pablo lo
llamó para acariciarlo y darme celos, pero él se quedó firme con el desvalido.
O sea, yo. Fue el fin de mis celos de Néstor. Creo que, definitivamente, le caché
cariño.
La actitud de amor de este chico gato hacia mí hizo que
Pablo se ablande más rápido de lo previsto. Luego, como siempre. No me habló
hasta que nos fuimos a dormir y, al día siguiente: “¿Olvidado? Olvidadooooo”.
En consecuencia, no volveré a tomar represalias con el
sillón... y la paz volverá a nuestro hogar.
miércoles, 19 de enero de 2011
Sillón nuevo
jueves, 13 de enero de 2011
Compañero de juegos

miércoles, 5 de enero de 2011
Como perro y gato

viernes, 31 de diciembre de 2010
Néstor

sábado, 25 de diciembre de 2010
Hermano

martes, 21 de diciembre de 2010
Regresos festivos
Sí, ya sé, soy un capo.
No habían pasado más de diez horas de haber comenzado a tener esa sensación cuando escucho su silbido característico, a lo lejos. Luego, sus pasos, suficientes como para que me tire panza arriba cerca de la puerta. Y, finalmente, las llaves... y él, cuerpo presente. Volvió Pablo.
No sé cómo explicártelo, diario. Es una fiesta. Cada regreso de él ser me hará inolvidable. Y creo que para él también. Yo le hago toda una escena de cariño extremo, como esas películas melancólicas con perritos que ve a veces por la televisión. Lo cago a besos. No paro de darle besos, pero entre lamida y lamida, no puedo dejar de prestarle atención a su valija. Allí sé muy bien que guarda mi regalo. No puedo contener la ansiedad y quiero abrir ese puto cierre dificilísimo de romper. Cuando lo abre, meto el hocico adentro hasta que encuentro mi regalo. ¿Sabés qué me trajo esta vez? ¡¡¡A Pingüino!!! Parece un osito, pero no lo es. Es Pingüino. Tiene pico y es precioso. Estoy tan feliz de que haya vuelto. Lástima que por un tiempo me voy a sacar ese placer dulce y melancólico de extrañar. Todo no se puede.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Extrañar
Llegó el momento y, muy impune, con su valija en mano, se agachó para abrazarme. Ahí me quebré, diario, me quebré. No puedo superar este tipo de situaciones que se repiten más de una vez al año. Pensé en hablar con él al respecto a su regreso. Al principio le gruñí y le dije: "No, no me toques". Pero enseguida, empecé a lloriquear (juro que no me pude contener) y dejé que me abrace fuerte y me diga: "Ya vuelvo", como si no supiera que va a tardar unos días.
Lloré un buen rato cuando se fue.
Ahora me ocupo de extrañarlo. Es una sensación tan triste como hermosa. Tu espera tiene una respuesta, que es el regreso. Y no importa cuánto se demore ese regreso, tu espera será un aquelarre de sensaciones. Vas a sentir una cosquilla permanente en el alma que te recordará tu rol de "esperador". También vas a sentir bocanadas de suspiros que, sin saber cómo, se escurrirán de tu corazón con intensidad, decisión y desparpajo. Sentirás que no tenés ganas de ocuparte demasiado en jugar o andar saltando por la casa porque tu trabajo es esperar. Y eso hace que en tu mente esté un solo rostro: el del ser humano que te tocó en esta vida. Y creo que si me hubieran dado la opción de elegir, entre muchísimas muchísimas personas, seguramente habría elegido a Pablo. Pero con soberbia de perro te voy a decir algo, diario: Pablo me escogió a mí entre muchísimos perros. Y creo que está feliz. Y que también me extraña. Aunque intuyo que no es un "esperador" como yo, sé que es un gran extrañador. Prontito llegará, abrirá sus brazos, me abrazará, me rascará la panza y sacará de su valija una pelota o un Osito 8. Y yo volveré a ser feliz plenamente.
* Maleta.
viernes, 16 de julio de 2010
Se murió Zsá Zsá

Hola, diario. Estamos tristes. Zsá Zsá, finalmente, atravesó el umbral que te lleva a ese otro lugar. Estaba muy enferma y la familia prefirió que todo ocurra naturalmente.
Ayer a la mañana, muy tempranito, sonó el teléfono. Pablo atendió y el diálogo fue muy corto, duró segundos. Cortó la comunicación, se mojó el pelo y se vistió rápidamente. Me puso la correa y salimos a la calle rapidísimo. Apenas me dio tiempo para hacer pis. Dentro del taxi intui que había algo que no estaba bien. No hablamos en todo el camino. Ni siquiera saqué la cabeza por la ventanilla, como me gusta. Me limité a sentarme a su lado y a observarlo de reojo. Y sin que se diera cuenta, apoyé parte de mi lomo sobre su cuerpo, para compartir un poco de mi energía.
Cuando llegamos, Fina era un mar de lágrimas. Y Raúl estaba sentadito en un sillón, cabizbajo. Cuando me vieron, pude robarles una sonrisa a cada uno. Me sentí útil.
En la habitación, en la cama, estaba Zsá Zsá, sin moverse. A su lado, María Elena la acariciaba. "¿Estás segura de que está viva?", preguntó Pablo. Yo sabía muy bien que sí. Pablo comenzó a quebrarse y le empezó a decir cosas muy lindas a Zsá Zsá. Ella estaba tiesa, dura, con su pelaje prácticamente pegado al cuerpo, muy flaca y con la boca semiabierta. Creo que será la imagen más triste y fuerte que haya visto en mi vida.
Estoy seguro de que ella no se dio cuenta de que estaba yo. Pero sabía muy bien que estaba Pablo. De pronto, entró Fina a la habitación y le dijo a Pablo, entre sollozos: "Te está esperando". Él la miró incrédulo, pero yo supe muy bien que ella decía la verdad. A los pocos minutos, mientras Pablo le hablaba y la acariciaba, Zsá Zsá esbozó un maullido rasgado, estiró una de sus patas delanteras y la apoyó en el brazo de Pablo. Con sus manitos, apenas sacando sus uñas, se aferró a él. A los pocos segundos, se hizo pis y su cuerpo se vació de Zsá Zsá. Supe muy bien que ella seguía allí, pero en el aire. Me eché al piso y traté de cerrar los ojos y verla. No pude, pero sabía perfectamente que nos estaba observando y que, ahora, estaba bien. Por fin, Zsá Zsá podía volver a correr y a pelear a los demás animales por sus celos.
Todos lloraban. Menos yo. Pablo la envolvió en una manta, se la dio a Fina y la meció un buen rato, mientras le hablaba. Pero Zsá Zsá ya no estaba ahí. Eso fue Zsá Zsá. Al rato Pablo y Raúl se la llevaron envuelta, pero yo me quedé con Fina y María Elena.
Traté de consolarlas, como pude. Mi mente estaba muy ocupada tratando de analizar qué había pasado. ¿Adónde se fue Zsá Zsá? Se murió, sí. Pero adónde estaba ahora. Mariela dijo que "en el cielo de los gatos". Yo sabía muy bien que no era tan así. Estaba en un lugar mejor. Por siempre, Zsá Zsá estará acompañando a Fina y a Raúl. Y algún día se encontrarán, cuando ellos también pasen ese umbral y puedan moverse como cuando eran jóvenes. El pensamiento me originó ganas de sonreír.
Zsá Zsá no fue muy buena conmigo, pero le dio amor a aquellos que la querían. Esperó a mi Pablo hasta que pudo, se despidió y luchó por su vida. Ella está en el cielo de los buenos.
Quisiera poder decirle a Fina y a Raúl que pueden visitar a Zsá Zsá cuando quieran. Con sólo recordarla desde lo más profundo, podrán estar con ella, acariciarla y consentirla como siempre. Sé que será así y ellos lo harán. Sólo con el olvido se muere.
Estoy orgulloso de mi familia.
domingo, 27 de junio de 2010
Perro sociable

martes, 22 de junio de 2010
Protección
Hola, diario. Anoche tuve que defender a Pablo. Resulta que
el muy atorrante se fue de joda* y regresó bastante tarde. Tenía aromas varios,
pero omitamos esa parte de la historia. Lo miré con fastidio, pero viste que me
desarmo fácil y, de inmediato, lo besuquié todo. Salimos a caminar y no había nadie
en la calle, sólo nosotros. No fuimos a la plaza, dimos la vuelta manzana. Casi
siempre camino adelante de Pablo y me doy vuelta cada 30 segundos para
cerciorarme de que esté allí. Tuve una mala sensación, un presentimiento
extraño y, como los perros actuamos por instinto, me quedé en la retaguardia en
lugar de ir adelante suyo. De pronto, veo que, desde la otra cuadra, un tipo
cruza caminando despacio. Tenía la estatura de Pablo, usaba gorrita, una
campera* de jean y las manos en los bolsillos. Observaba fijamente a Pablo. Él
no se dio cuenta de lo que ocurría y seguía caminando. Pero yo me quedé parado,
muy quieto, observando también fijamente al tipo. No le tenía confianza y
estaba resuelto a no dejarlo pasar. Seguí mirándolo fijamente, con mis dientes
apretados y mi cola sacudiéndose rápidamente. De pronto, supe que Pablo se dio
cuenta de que yo no seguía caminando con él y giró. Eso lo supe, pero no lo vi,
porque no quise dejar de mirar fijamente a ese tipo. Estaba seguro de que no
tenía buenas intenciones. Pablo me llamó, pero yo me quedé en la misma
posición. Luego no me llamó más, creo que se quedó tieso. El tipo se detuvo, se
quedó mirándome unos segundos, esbozó una media sonrisa tan falsa como su vida,
dio mediavuelta y volvió hacia el lugar de donde venía. Una vez que se alejó y
cruzó la calle, yo dejé mi postura y seguí caminando tranquilo, esta vez,
adelante de Pablo. Creo que él no lo podía creer. Me acarició la cabeza, pero
cuando llegamos a casa me abrazó y me dio las gracias.
No sé qué hubiera pasado. Tal vez el tipo nos hubiera hecho
daño a ambos. Pero si de algo estoy seguro es que, así como Pablo me protege a
mí, yo nunca permitiría que alguien le haga daño a él.
miércoles, 2 de junio de 2010
Mariana

Hola, diario. Finalmente me encariñé con Mariana. Hace dos
días que está en casa y es una dulce. De todos modos, podría decirte que me
molesta un poco que quiera ser el centro de atención permanentemente. ¡Y el
centro de atención soy yo!
Cuando estoy con Pablo, así conversando con nuestros ojos,
como solemos hacer, se viene a meter entre nosotros. Pero lo que es más
atrevido es que, como es más chica, se sube a la falda de Pablo, se hace un
rollito y se queda allí con mirada de: “a mí me abandonaron”.
De todas formas, por momentos lo pasamos muy lindo jugando
a las luchas en el patio.
Sabés, diario... La convivencia es difícil. Nosotros
siempre queremos convivir con un humano... pero con otro perro... hummm...
Supongo que para Pablo la convivencia tampoco será fácil porque a todo el que
entra le hace un par de mimos y, luego, adiós. ¿Seremos unos solterones
ermitaños? La cosa es que, con Mariana, me di cuenta de que soy capaz de
convivir con una perra. Con un perro no. Son competitivos.
Mariana tiene el peso de haber vivido cosas horribles en la
calle, pero todo el amor acumulado para dar. Creo que por eso nos “compró” a
Pablo y a mí. Tiene tanta inocencia que, en dos días, transformó su dolor en
agradecimiento. Hasta accedí a compartir mi plato de comida con ella.
Creo que se quedará con nosotros. Si no me quita la cama
-cosa que hasta ahora no hizo-, la acepto.
viernes, 14 de mayo de 2010
Una tarde en el parque
Hola, diario. Ayer fue un día maravilloso. Ya nos amigamos
con Pablo y ahora nos volvemos a hablar. Se levantó de buen humor y, no sé por
qué, no fue a trabajar. Me dijo: “Hoy vas a conocer Disneylandia”. No sé a qué
se refería, pero era un día precioso como para conocer Disneylandia. Tomó la
mochila, guardó una botella de agua para él, otra para mí y tomamos la calle.
Lo único horroroso del camino es que pasamos por esa
horrible cárcel de animales y me puso los pelos de punta el olor a esos
monstruos que rugen.
De pronto, llegamos a una avenida enorme, enorme, enorme y,
cuando la cruzamos, vi algo impresionante, por primera vez en mi vida. Un lugar
donde todo era verde, con mucho pasto y lleno de árboles para mear hasta
cansarte. Pablo me dijo: “Esto para vos será Disneylandia”. Bueno, no sé si
Disneylandia será algo así como el Edén o algo donde el placer y la diversión
son una sola cosa, porque este parque era eso. ¡Qué felicidad, diario! Corrí
dando círculos, desesperado de la emoción. Luego busqué el palo más grueso y
fuerte y se lo di a Pablo para que lo arroje lejos para ir a buscarlo.
Estuvimos jugando así un buen rato. De pronto, luego de caminar por ese lugar
maravilloso, sin calles ni edificios, vi algo grandioso: un lago.
¡Cuánta belleza junta! No aguanté y salí disparado
corriendo a toda velocidad hacia él. Pablo se desesperó porque escuché que me
gritaba. No me importó y continué la carrera evitando frenar y... ¡Plaf! ¡Qué
placer! Ahí estaba yo nadando y disfrutando de esa agua en medio de la
naturaleza. Hasta era mejor que la piscina de Fernando. El lago es enorme y
sentís cómo unos pececitos muy pequeños te hacen cosquillas en los pies. Creo
que Pablo se quedó tranquilo cuando vio que me podía mantener a flote y que
estaba rebosante de felicidad. Por momentos, tragué un poco de agua y me dieron
arcadas, pero supe cómo dominar la situación. Lo mejor de todo eso es que la
gente que había por los alrededores se agrupó para mirarme. Y vos sabés lo que
me encanta que me miren. Así que hice todas las monerías que pude en el agua.
De pronto, se me ocurrió salir y sacudirme, mojándolos a todos. ¡Qué divertido!
Quise saltarle a Pablo y el muy cobarde salió corriendo para que no lo moje. Lo
perseguí hasta que lo atrapé y lo dejé todo empapado. Luego... ¡al agua otra
vez!
Después de un buen rato, me tuve que quedar tirado al sol
para secarme y descansar de tanta exitación.
Así pasamos toda la tarde, caminando entre lagos, mucho
césped y árboles que ya empiezan a quedar desnudos por el otoño.
Cuando volvimos, obviamente, el obsesivo de Pablo me metió
de cabeza en la bañera para sacarme el barro y la mugre acumulada.
Me eché un rato a sus pies y me puse a reflexionar. Los
perros deberíamos vivir todos en un lugar así, donde poder correr hasta
cansarnos y disfrutar de la naturaleza. No entiendo por qué a las personas les
gusta vivir en el cemento.
Miré a Pablo a los ojos y le pedí que, por favor, volvamos
muchas veces a Disneylandia, desde ahora, mi lugar favorito de placer y
diversión.
martes, 11 de mayo de 2010
Enojados

Hola, diario. Me peleé con Pablo. Sí, no nos hablamos desde
hace casi dos días. Se enojó mucho conmigo porque las otras noches, cuando
salimos a pasear, encontré un hermoso y sabroso hueso de pollo quebrado, en una
bolsa de basura rota. Lo agarré enseguida con los dientes y Pablo se puso como
loco. Tiene la teoría de que los huesos de pollo me pueden matar. El insolente
quiso abrirme la boca con todas sus fuerzas, pero no lo dejé. A obstinado,
obstinado doble. Finalmente se salió con la suya. Me alzó del collar y me
obligó a soltarlo. Ahí nomás, me dio dos chirlos* en el hocico. “¡¡¡No lo hagas
nunca más!!!”, me gruñó. Como si fuera fácil. A ver si él se puede contener si
le ponen una torta de crema con frutillas adelante suyo.
Odio que me quieran sacar la comida de la boca. Además, me
la encontré yo. Le mostré los dientes y le tiré un tarascón. Fue advertencia...
no iba a hacerle nada. Pero no lo tomó así. Se enojó mucho. Me dijo de todo. Me
paseó por la plaza con la correa, volvimos a casa sin hablarnos y no me dejó
dormir en la habitación. Me puse a reflexionar sobre si me había pasado de la
raya. A lo mejor sí... Si el jefe no quiere que coma de la basura, habría que
hacerle caso. Pero no puedo contenerme.
Ayer no me habló en todo el día. Ni siquiera me dio la
golosina de siempre antes de irse al trabajo. Cuando regresó, ni me acarició.
Tomó la correa, me la puso y me sacó a dar una vuelta que alcanzó lo suficiente
como para que haga pis y caca. Me hizo el vacío.
Hoy nos levantamos y, por lo menos, me tocó la cabeza y me
dio un pedacito de una medialuna que comía.
¡Qué chinchudo*! Ya le dije (con los ojos, lógicamente) que
estaba arrepentido. ¿Qué quiere? ¿Que saque una solicitada en el diario?
*Palmada.
*Malhumorado.
domingo, 2 de mayo de 2010
Los humanos pueden ser muy malos

Hola, diario. Estoy un poco desconcertado. Anoche me enteré
de que así como hay seres humanos buenísimos, existen otros cuya maldad no
tiene límites.
Pablo me llevó al cumpleaños de un amigo suyo, Antonio, que
no sé si vive en un teatro, pero es ahí donde lo festejó. Me sorprendió porque
Pablo no suele llevarme a sus juergas. Pero entramos a ese lugar inmenso, lleno
de gente macanuda*. Muchos me abrazaron y me dieron palmadas en la cabeza.
Había dos perras. Una era una gordita de mi estatura que mucha bola no me dio.
Su mamá, la atendía con cuidado porque era una perra entrada en años. La otra
me ladró de entrada. Era una petisita, con camiseta y saquito. Me enteré de que
se llamaba Castaña y no hacía falta que me cuenten que era dueña de casa porque
su olor estaba por todos lados.
Luego de ladrarme en forma poco amigable, entablamos una
pequeña comunicación a través de nuestro olfato. Agradable, aunque de pocas
palabras. Traté siempre de estar cerca de Pablo y de donde se cayera una
papafrita o algo comestible. Cuando Pablo se puso a acariciar a Castaña no me
gustó nada. La muy atrevida se puso panza arriba para que la acaricie. Pero se
me fue la bronca cuando escuché su historia.
Castaña es una perrita que, hace algunos años, fue
encontrada en la puerta de ese teatro. Alguien les dijo que había una perra
muerta ahí. Salieron y se encontraron con Castaña, lastimada con heridas
punzantes de cuchillo y su rabo hecho pedazos, envuelto en cinta adhesiva. Como
todavía respiraba, pudieron llevarla al hospital veterinario. Antonio se hizo
cargo de su recuperación y hoy es su compañera inseparable y está vivita y
coleando. Castaña vive en ese teatro y, sigilosamente, cuando comienza cada
función se desplaza hasta la primera fila y se queda en una butaca. “Cuando
estuvo el Ballet Folklórico Nacional, no se perdió una sola función, pero odia
las obras infantiles. Cuando hay alguna, se va a su cucha y se esconde”, contó
Antonio, un gordito simpático que sopló las velitas al cantarle el “cumpleaños
feliz”. Contó que cuando él está sobre el escenario tienen que dejarla en la
oficina, porque si lo escucha llorar se quiere subir al escenario.
Aunque perdió su cola, Castaña vive feliz y, en las
funciones de los distintos espectáculos que allá se ofrecen, se desliza
sigilosamente por los laterales de la sala y se queda quietita, al pie del
escenario mirando cada función sin ladrar, ni emitir sonido alguno. Me generó una
admiración tremenda. Quise hacerme amigo suyo y estuvimos juntos un buen rato.
Qué puedo decirte de ella... Tiene olor a amor. Y está vacía de rencor. Porque
es más el amor que siente que el odio que pudiera recordar. Me puse a pensar
cuando llegamos a casa y pensé en que, aunque suene soberbio, nosotros los
perros somos mejores que los humanos.
No tenemos capacidad de odio. Nunca podríamos hacer nada
tan dañino como eso que te conté.
Pablo y todos los seres humanos que conozco son incapaces
de hacerle daño a un animal. Pero ayer descubrí que puede haber gente peligrosa.
Hay que cuidarse del ser humano. Hasta los seres humanos deben cuidarse de los
seres humanos.
Brindo por la perra teatrera y porque siempre haya algún
Antonio que nos libre del infierno.
*Agradable.
