UNA VIDA SIN UN PERRO, ES UN ERROR

"LA GRANDEZA DE UNA NACIÓN Y SU PROGRESO MORAL PUEDE SER JUZGADO POR LA FORMA EN QUE SUS ANIMALES SON TRATADOS."
Mahatma Gandhi

NO USES PIROTECNIA

NO USES PIROTECNIA
Por favor, no usen pirotecnia. Los "cuetes" nos asustan, nos hacen mucho mal a nuestros oídos, nos desorientan y son la causa de que muchos perros y gatos se pierdan entre diciembre y febrero. Lo mismo les ocurre a otros animales, como las aves. Pensá en nosotros y en los múltiples problemas que pueden causar los fuegos artificiales. NO USES PIROTECNIA. Gracias. PD: Ah... Ponele chapita con número de teléfono a tu perro. Para esta época hay muchos perros perdidos a causa de la pirotecnia, por favor, si ves alguno no sigas de largo, ayudalo a encontrar a su familia.

viernes, 29 de enero de 2010

Pastor


Hola, diario. Creo que soy pastor. Sí, como lo oíste. Te explico cómo me di cuenta. Ayer vinieron a visitarnos varios amigos de Pablo. Vino Margarita, una vecina que vive dos pisos más abajo, de una dulzura total; Christian, un rubiecito macanudo que se tira al piso conmigo para jugar; Laura, algo así como mi madrina, porque estuvo el día que me fueron a buscar a MAPA; y cinco más.
Tomamos unos mates en casa, charlamos, escuchamos música y, como nos estábamos muriendo de calor, salimos a la calle a pasear. En las primeras cuadras de caminata me di cuenta de que algunos seres humanos no son organizados. Caminan en grupitos. De los nueve (contando a Pablo), dos se paraban a mirar una vidriera, uno compraba una botella de agua en el camino, tres caminaban fumando (que espantoso es el olor a cigarrillo), otros tres se detenían esperando a algún otro… y así todo el tiempo. Me empecé a poner de malhumor. “No pueden ser tan desorganizados”, pensé. Entonces me puse a trabajar. Corrí hacia los dos que caminaban primero y, con el hocico, hice que se dieran cuenta de que los demás quedaron rezagados. Ahí corrí raudamente hacia los últimos, así los del medio se daban cuenta de mi trabajo. Eran Pablo, Laura y Margarita. “Chicos, apuren, así no vamos a llegar nunca”, les dije con la mirada, obviamente. Se dieron cuenta y se apuraron. Y, de ese modo, los del medio también se unieron. Caminando en círculos alrededor del grupo logré que, por unos minutos, estén reunidos. Pero cuando pasamos por un parque, ahí se me volvió a dispersar el rebaño. ¡Lo que me costó reunirlos! Me agarró una desesperación… no quería que quede ninguno solo, desprotegido, para que no le pase nada. ¡Mirá si se nos perdía Laurita, por ejemplo! Corrí hacia uno y hacia otro. Descubrí que puedo emprender carreras cortas, de dos metros, frenar y, de una vuelta rápida, volver al mismo sitio. Y luego de juntarlos a los hocicazos, tenía que dar vueltas a su alrededor. Los muy egoístas no me dejaron disfrutar del parque porque me tuvieron laburando* todo el tiempo.
Luego de caminar como dos horas, decidieron sentarse en un bar con mesitas afuera, en la vereda. Un acto de generosidad conmigo, para que pueda quedarme con ellos. Ahí juntaron tres mesas y se sentaron, casi en círculo. Yo me ubiqué en la punta, cerca de Pablo, observando el orden y orgulloso de que el rebaño por fin esté quieto y nutriéndose. Soy re-pastor, che.
No sé bien cuál es la explicación de esta nueva obsesión que descubrí en mí. Tal vez algún ancestro mío haya vivido en el campo en medio de animales artiodáctilos cornudos o lanudos. O a lo mejor se reencarnó en mí un pastor... o se reencarnaron varias ovejas en los amigos de Pablo.
*Trabajando.

lunes, 25 de enero de 2010

La alegría de ser un buen recuerdo


Hola, diario. Ayer estuve muy confundido. Estábamos con Pablo en el balcón, disfrutando del solcito de la media tarde y sonó el timbre. Pude reconocer un olor familiar. Cuando bajamos a abrir no podía creer lo que estaba viendo. Afuera, con una sonrisa gigantesca, esperaba Andrés.
Empecé a chillar, a lloriquear de la emoción y a dar saltos como un canguro. Andrés es una de las personas más buenas que conocí en mi vida.
Cuando mi primera adoptante no pudo tenerme más, al año y medio, él me llevó a su casa. Allí viví hasta cumplir los dos años y lo amé con toda mi alma. Vivíamos también con su esposa y sus suegros, en una casa muy cómoda, con un patio precioso para poder jugar con la pelotita de tenis y correr en círculos. Pero había un problema. Cuando Andrés y su esposa se iban a trabajar, me quedaba solo con sus suegros. Ella era indiferente conmigo, pero él se irritaba cada vez que le pedía ir a jugar o salir a hacer pis. Varias veces me pegó un par de escobazos. No sufrí mucho porque aprendí a esquivar esos escobazos. Pero todavía me queda un pequeño reflejo cuando alguien levanta un palo o algo parecido. Me quedó un pequeño susto.
Cuando Andrés se enteró de eso se peleó a los gritos con su suegro. Esa noche supe que pasaría algo. Siempre me dejaba dormir a un costadito suyo, sobre la cama. Ahí aprendí a dormir entre los humanos. Al día siguiente, Andrés me llevó a MAPA y me dejó ahí, con lágrimas en los ojos y múltiples abrazos. Pensé que nunca más lo vería, pero venía todos los días y se quedaba a mi lado toda la noche. Aceptó ser voluntario nocturno sólo para estar conmigo hasta que me adopten. Allí estuve con él durante casi tres meses, hasta el día en que llegó Pablo.
En aquél momento supe que nunca más volvería a ver a Andrés. Por eso me sorprendió tanto su visita. Por algunas frases sueltas que interpreté en la conversación de ambos, me parece que llamó a Pablo para preguntarle cómo estaba yo, y lo invitó a casa.
Estuvimos jugando un buen rato y me di cuenta de que toda la charla giraba sobre mí porque todo el tiempo me observaban con cariño o me palmeaban la cabeza. Me generó una confusión enorme. Los miraba mirarme y no podía discernir entre el amor que sentía por ambos. Un solo amor, gigante como el universo, para dos personas. Entonces me inundaron la cabeza una cantidad considerable de interrogantes. ¿Para qué vino Andrés? ¿Sólo para visitarme o para llevarme otra vez con él? ¿Si fuera para llevarme, qué hago? Lo quiero muchísimo, pero ahora vivo con Pablo. ¡Qué ansiedad!
Las dudas se disiparon al cabo de unas dos horas. Andrés se levantó de su silla, avanzó hacia mí y me habló con una ternura que nunca voy a olvidar. De pronto, Pablo dijo: "¿Vamos?". Por reflejo, di dos largos saltos. Andrés se sorprendió. En las épocas que vivía con él, no hacía esa morisqueta. Los tiempos habían cambiado un poco.
Bajamos hasta la calle y caminamos los tres hasta la esquina. Allí, Pablo y Andrés se despidieron y me miraron. ¡Qué confusión! ¿Qué tenía que hacer? ¿Volver con Andrés o quedarme con Pablo? Hasta ese momento, estaba seguro de que Pablo era ya mi referente y Andrés formaba parte de uno de los mejores recuerdos de mi pasado. Pero en ese momento, me encontraba confundido. Andrés se agachó, me acarició muy fuerte y se despidió de mí. Avanzó hacia la derecha, y Pablo hacia la izquierda, hacia nuestra casa. No supe a quién seguir. Me quedé en el medio observándolos a ambos. Lo miré a Pablo unos segundos y emprendí una carrera rápida hacia Andrés. Pegué un salto hasta poder lamerle la cara, le dije adiós con la mirada y volví en rauda carrera hacia Pablo. El pobre estaba pálido. Creo que pensó que me iría con Andrés, porque me dio un abrazo fuerte y un beso enorme en la cabecita.
En esos segundos de discernimiento me di cuenta de que los quería a ambos, pero que había decidido qué vida quería para mí y con quién. Y no tengo dudas.
Estoy feliz por la visita de Andrés. Es fantástico saber que no te olvidan y que te siguen queriendo. ¡Qué invento fundamental la memoria!

sábado, 23 de enero de 2010

Hijos


Hola, diario. Anoche salimos a pasear con Pablo y me encontré con Morena. Hace mucho que no nos veíamos, aunque cuando pasaba por la puerta de su casa, sabía más o menos qué estaba haciendo y cómo estaba debido a su olor. La vi, ahí paradita, con su amiga humana y me quedé atónito. Aunque sólo por la presencia de su olfato hubiera sabido de lo avanzado de su embarazo, fue un shock emocional haberla visto. Ahí quietita, con su panza enorme que debía tener por lo menos ocho cachorros dentro. Corrí hacia ella pero me detuve a un metro. Con mi cola que no podía parar de moverse de un lado a otro, mi cabeza erguida y mis orejas atentas. Nos miramos serios. No supe bien qué hacer. Tenía ganas de volver a invitarla a correr sin parar a lo largo de la cuadra, de saltar y revolcarnos en la vereda hasta descomponernos de risa. Pero supe muy bien que no se podía. Entonces me acerqué, sólo con la intención de darle un beso. Pero me gruñó.
El pecho se me sacudió. No podía ser un cambio tan abrupto en su personalidad. ¿Cómo se puede pasar de un "te quiero" pasional a un "mantenete alejado"?
Tanto Pablo como Marcela, su amiga humana, le hablaron. Creo que la hicieron recapacitar. Pablo, como buen hermano, me abrazó fuerte. Pero de pronto, Morena se acercó a mí. Lentamente, cansada y resignada. Y me dio un besito tenue, pero sincero y melancólico, en mi hocico. Me volvió el alma al cuerpo. Le devolví el cariño y dejó que la huela por todos lados. Tenía curiosidad por saber cuántos chicos tenía dentro y de qué sexo eran. Me di cuenta de que sólo faltaban días... horas... para que nazcan.
Nos quedamos un rato largo hablando con nuestra mirada y le ofrecí todo mi corazón para lo que necesitase. Es una madre soltera (porque el muy turro que hizo eso nunca más apareció) y no podrá con todos esos críos. Creo que está resignada. No me dijo ni que sí, ni que no. Nos despedimos con mucho cariño. Con un amor transformado. Y me quedé pensando y meditando toda la noche en eso de engendrar. Nunca podré hacerlo. Ya lo sé. ¿Será justo? ¿Por qué habrá tenido que ser así? Me abracé a Osito y a Chanchito y me dormí. Soñé cómo serían mis cachorritos. Seguramente parecidos a los que tendrá Morena.

miércoles, 20 de enero de 2010

Los regresos son hermosos


Hola, diario. Estoy contentísimo y no puedo evitar dejar de dar saltos de alegría. Quiero llegar alto hasta poder volar como esas palomas pelotudas. ¡Ayer llegó Pablo! Iupiiiiiiiiii... Por un momento pensé que no volvería más.
Hoy vinieron Tina y Saúl más temprano que nunca, me dieron de comer, dimos un paseo rápido y volvimos a tratar de disimular el colchón roto con las sábanas. Algo extraño estaba ocurriendo. Supe que algo pasaría. De pronto, estaba echado a los pies de Saúl, mientras veía ese espantoso noticiero al que le dicen TN, y olfateé algo. Enseguida me di cuenta de que la felicidad ya estaba en la esquina. "Si no me equivoco, Pablo está cerca", pensé. Corrí sin dudar hacia la puerta y me quedé ahí parado, atento, con la mirada clavada en esa madera pintada. Calculé más o menos los pasos que él daría entre la esquina y la puerta del edificio. Su aroma estaba más cerca. Ahora estaba seguro. Comencé a chillar. No lo pude evitar. Y con mis patitas hice gestos como de zapatear. "Ay... cuándo viene... cuándo viene...", pensaba impacientemente (la paciencia es una virtud que tardo en adquirir). Escuché el ascensor y la atmósfera "amigo del alma" se acercaba cada vez más. Llegó el momento y no pude contener el llanto y un par de ladridos. Él estaba en la puerta intentando entrar. Cuando la abrió me abalancé sobre él y lo hice perder el equilibrio y fue a parar de culo en el piso, pero muerto de risa. No dejé que se incorpore y creo que le di como mil lengüetazos. Le dejé la cara empapada. Le daba un beso, pegaba media vueltita y daba un medio salto con mis patas. No podía parar. Me sentí poseído por un caniche toy porque no podía quedarme quieto.
De pronto, advertí que traía una valija* enorme y una mochila. Me dio curiosidad y quise ver qué había ahí dentro. Abrió la valija, sacó una bolsa y me la dio. Cuando la abrí con los dientes, descubrí un osito rosado con una pelota adentro. ¡Era precioso! Me dijo que no se llamaba Osito, sino Chanchito. Adoro a Chanchito. Corrí por todos lados con él entre los dientes, y dejé que lo arroje lejos para ir a buscarlo. ¡Cómo nos cagamos de risa!
Bueno... hasta que descubrió el colchón roto. Ahí se puso serio. Muy serio. Me retó un poco, pero sin elevar la voz. Yo me hice el boludo y miré para otro lado varias veces, como quien ve pasar a una mosca. Creo que el hecho del regreso hizo que mi berrinche pase más desapercibido. Creo que se resignó a tener que dormir un tiempo con un pedazo de colchón menos.
Me di cuenta de que, en mi vida, los viajes siempre serán sinónimo de espera; pero los regresos volverán a ser deseo, sueño. Me voy a jugar con Chanchito.

* Maleta.

lunes, 18 de enero de 2010

Bronca


Hola, diario. ¡Hice un quilombo*! Te tiro el titular: "Rompí el colchón". Y sí... dejame de hinchar... ¡Hace como quince días que Pablo se fue! Yo lo estoy pasando bien, Tina y Saúl me dan todo lo que necesito y más, pero los perros no nacimos para vivir solos en un departamento de dos ambientes. Ayer extrañé a Pablo más que nunca. Pensé en sus olores, en el sonido de su voz, en el cronograma de actividades que diariamente teníamos... Y no resistí. Como no puedo gritar, ni dar puñetazos en la pared, se me ocurrió hacer pomada el colchón. Me subí a la cama y, con toda la furia, le saqué las sábanas y comencé a hacer trizas toda una de las esquinas del colchón. Después me arrepentí, pero ya era tarde. Toda la habitación estaba alfombrada de los restos del lugar donde dormíamos todas las noches.
Cuando llegaron Tina y Saúl para hacerme compañía se armó la podrida*. Nunca me habían gritado los abuelos. Me retaron muchísimo. Tanto que me asusté y me quedé en un rincón observando cómo limpiaban toda la habitación y trataban de disimular con las sábanas el pedazo de colchón que faltaba. Luego, me quedé escondido un buen rato en el baño, hasta que se les pasara el enojo.
Pero bueno... ¡tanto espamento! Si todavía sirve... Yo dormí en el medio de la cama y no notás que le falta una parte.
Yo también tengo derecho a expresarme. Y si el otro se va quince días a estar tirado panza arriba bajo el sol y me deja a merced del verano porteño, se lo tengo que hacer notar. Así no lo vuelve a hacer. He dicho.

* Lío.

viernes, 15 de enero de 2010

Mi hermana gata


Hola, diario. Ya le agarré la onda a Zsá Zsá. Directamente no nos damos bola*. Ahora se acostumbró a verme y me observa a la distancia. O desde arriba de un mueble o escondida debajo de otro. Eso sí, cuando ella pasa del living a la cocina, me tengo que hacer a un lado porque, si no, me hace: “fsssssss”. Uy… cómo la odio cuando hace eso. Decí que soy educado. Yo ni siquiera le ladro. Bueno, en realidad, me intimida un poco, para qué negarlo. Así que, cuando pasa, me hago a un lado, como un señorito, y la dejo que haga su vida.
Ya no me cae tan mal. Simplemente es una cabrona, una antipática. Pero en la familia la quieren. Sé que algunos no quieren a los gatos. Pero, ¿sabés por qué? Porque no los conocen y porque los ven muy parecidos a las personas. Son independientes, arrogantes, individualistas, te ofrecen cariño sólo cuando ellos quieren, son avaros y se creen libres pero, en el fondo, siempre van a depender de otro.
Por eso, lo pienso bien, y los gatos no me disgustan.

* Nos ignoramos.

jueves, 14 de enero de 2010

Un cafecito


Hola, diario. Ayer estuve intranquilo. Tuve ganas de destrozar algo. Me indigna que ya hayan pasado dos semanas y Pablo no regrese. ¿Qué se piensa? ¿Que uno puede abandonar a un ser querido así nomás... por ir a tomar sol? Me contuve, pero no rompí nada, aunque ya le di un ultimatum al colchón. Si no viene en un par de días, lo sacrifico.
Tina y Saúl me malcrian bastante. Me parece que, cuando vuelva, Pablo se va a asustar cuando me vea. Estoy gordo. Me dan de comer muchas cosas ricas y, aunque estoy bien alimentado, tengo hambre todo el tiempo.
Creo que, de a poco, dejo un poco de ser perro. Es que, sobre todo, Tina me sumerge en lujos que sólo los seres humanos se pueden dar. Por ejemplo: el café. Luego de comer, siempre ella y Saúl se toman un cafecito. Los otros días, estuvo Mariela, la hermana de Pablo, de visita. Cuando vio que Tina, al finalizar el café, me puso un poquitito en el platito para que yo lo tome, preguntó por qué lo hacía. "Le va a hacer mal", dijo. Tina le respondió: "Noooo... Lo despeja un poco". Y me siguió dando café, lo más pancha*. Así que el café despeja. No sé cómo se prepara, sino, en estas últimas noches de insomnio que tengo, por extrañar a Pablo, me tomaría unas cuantas tacitas de café, para que me despejen un poco la mente.

* Tranquila.

martes, 12 de enero de 2010

Palomas

Foto: http://www.flickr.com/photos/mat_oasis/

Hola, diario. Ayer me cagó una paloma. No me enojé. Es una justa venganza. Sólo que el pobre Saúl estuvo un buen rato fregándome el lomo con agua para sacarme de encima esa asquerosidad que me daba una nueva mancha al lomo.
Te cuento: cada vez que salimos a dar una vuelta, en el mismo lugar -al lado de un barcito- hay una bandada de unas veinte palomas que se juntan a comer restos de comida. Casi siempre están en la vereda picoteando. Yo las veo desde la esquina y, sin preparativos, emprendo una carrera veloz sobre ellas, seguida de cuatro ladridos secos. No las quiero cazar, ni hacerles daño. Sólo me gusta muchísimo cómo levantan vuelo vertical por el susto. Me causa mucha gracia porque a las más gordas les cuesta tener ese reflejo rápido. Cuando queda alguna rezagada, doy una media vuelta y les vuelvo a ladrar hasta que no queda ninguna en tierra. Luego se quedan puteándome en el árbol o en el cable del teléfono. Y yo las miro con picardía, me paro derechito y me voy caminando como si nada hubiera pasado.
Sé que lo mío es de bravucón... o también de cancherito barato. Pero es un juego diario que me divierte mucho. Y, en el fondo, creo que a ellas también les pongo un momento de aventura en su monótona vida.
Esta situación ocurre desde que vivo con Pablo, casi todos los días. Ultimamente, las guachas ya me tienen junado* y vuelan apenas llego a la esquina. Cuando paso les hago: "Pfffff". ¿Y sabés lo que hicieron un par de veces? Llegué al lugar y estaban todas formaditas sobre el cable, mirando hacia abajo como burlándose de mí. La primera vez las miré fijo como insultándolas y sentí como me decían: "Subí, si podés". Ayer pasó lo peor. Me paré debajo del cable, observándolas por unos segundos y una de ellas hizo sus necesidades, desde las alturas, sobre mí. Rompí mi relación con esas palomas. Aunque acepto que es una buena venganza a tantos sustos que les di.
De todos modos, diario, envidio esas alas que tienen. Debe ser divertido volar sobre toda la ciudad y echar un vistazo de todo lo que ocurre. Ellas no tienen nariz. ¡Sabés qué bueno sería poder olfatear todo desde ahí arriba! Sería como leer el resumen de las noticias. Como saber los titulares. Pero bueno, me tocó tener las patas siempre sobre la tierra... pero la cabeza, muchas veces, en las alturas.

*Ya me conocen.

sábado, 9 de enero de 2010

Ego herido


Hola, diario. Me duelen las costillas. Hoy me cagué a piñas* con un soberbio en la plaza.
Tina y Saúl me están llevando casi todos los días a la plaza y eso me encanta. Hay olores de todo tipo y te podés enterar de todo lo que aconteció en el barrio si sos detallista con cada aroma. Descubrís humores, sucesos, estados físicos, edades... El olfato es una maravilla que nos dio la naturaleza. A su vez, me divierto espantando a las palomas o jugueteando con algún que otro perro. Ya te conté que cada vez me vuelvo un poco más arisco al contacto con mis congéneres. Sobre todo con los machos. Yo soy muy abierto y estoy de acuerdo con eso de que cada uno ame a quien quiera, diario, pero definitivamente no me gustan los machos. Y viste que algunos se te acercan sin siquiera invitarte a hacer pis en un árbol y, en dos segundos, se te quieren montar porque no encontraron a ninguna hembrita a mano. Uy... cómo me enoja eso. Los saco cagando. Lo mismo esas hembras regalonas que, sin darte tiempo a que las cortejes y les digas lo lindas que están, se te tiran panza arriba delante tuyo con sus partes al viento. No sé, diario, seré un poco conservador todavía y tendré que adecuarme a estos tiempos, pero por ahora prefiero estar así.
La cosa es que me puse a jugar con una petisa hermosa... rubia, delicada y de pelos muy largos. Estaba recién bañada y olía a flores. Le hablé un poquito, corrimos dando círculos hasta caernos sobre el césped y nos reímos muchísimo. Pero de pronto, apareció el bravucón de la película. Un estúpido alto y peludo. Avanzó hacia nosotros erguido, con su cola hacia arriba meciéndose como un péndulo, y se interpuso entre ambos. La petisa metió su rabo entre las patas. Era obvio que no le gustaba. Y yo le hice saber que estaba de más. ¿Podés creer que ni se movió? Me clavó la mirada varios segundos y comenzó a elevar la comisura de sus labios para mostrarme sus dientes llenos de sarro. Y de inmediato, sin darme tiempo, se me tiró encima. Nos mordimos un poco y rodamos en el césped, pero no como con la petisa. Como un pequeño ciclón de pulgas y pelos. Tina y Saúl estaban desesperados y el acompañante del grandote pelotudo también. La cosa es que estaba claramente en inferioridad de condiciones y... me rendí. Me puse panza arriba, quieto, con mis patas delanteras en mi esternón. Él se dio cuenta, resopló y se fue. Para ese entonces, la petisa ya estaba en brazos de su amiga y me miraba triste mientras se alejaba. ¿Pero qué iba a hacer? Ese idiota analfabeto podía haberme quebrado la garganta. Sólo me lastimó una pata, me hizo un pequeño corte en el hocico y me dejó un golpe en mi costado derecho. Fue un golpe al ego. La primera vez que me rendía en mi vida. Definitivamente, no soy un macho alfa. Sino me la hubiera bancado. ¿O sí? ¿Será que tendré muchos golpes en la vida para darme cuenta? ¿Más victorias y rendiciones? Ay, no... yo soy un perro civilizado, che. De ahora en más, mi relación con este tipo de gentuza será limitada. ¡Volvé, Pablo!



* Me peleé.

viernes, 8 de enero de 2010

Guardián


¡Me puse como loco! ¡Me puse como loco! ¡No sabés lo que me pasó ayer, diario! Íbamos caminando por la calle con Saúl (yo te conté que camina despacito) y, desde lejos, olí a un mechudo que no me gustaba nada. Con exactitud podría decirte que, por lo menos, hacía una semana que no se bañaba. Llevaba la camisa toda desvencijada y los pantalones raídos. Vi que lo observaba a Saúl, así que me puse alerta. Cuando estuvimos muy cerca, lo miró fijo y le dijo algo. ¡Me puse como loco! ¡Lo empecé a putear* en mi idioma sin parar! No amagué morderlo porque tenía miedo de pescarme una infección. Saúl me calmó, me acarició y escuché que le dijo al tipo: "Las tres y veinte". Luego, el roñoso siguió su camino.
Y bueno... me equivoqué. Pero guay... descubrí que soy re-guardián. Mirá si ese atorrante le hacía algo a Saulito, que es tan frágil. No lo hubiera permitido. Tomé una decisión de por vida: Nadie, ni humano o perro, le hará nada a ninguno de mi familia.
Los gatos no sé... lo voy a pensar. Les tengo algo de miedo.


*Insultar

miércoles, 6 de enero de 2010

Abuelos


Hola, diario. Estoy haciendo vida de soltero. Como era de suponer, Pablo no volvió. Se fue de viaje. Ahora vivo solo en un dos ambientes con balcón a la calle. Te cuento cuál es mi nueva rutina: Muy temprano, viene Saúl, se toma unos mates conmigo y salimos a pasear. Luego de dar unas cuantas vueltas, nos vamos a su casa, con Tina y la diplomada en relaciones públicas Zsá Zsá. Allí nos pasamos to-do el día. Ellos no se revuelcan en el piso para jugar, como hacen Pablo y sus amigos, pero me dan de comer mucho. Y cosas riquísimas. Tina cocina todo tipo de carnes y pollo y yo siempre ligo un buen plato de lo que ellos comen. A su vez, me dejan hacer algo que me encanta: asomar la cabeza en la mesa y lamer lo que queda en los platos de las personas. Un placer... una partitura de sabores.
También descubrí el café. Ambos toman un cafecito al finalizar el almuerzo y, como me dio curiosidad su aroma, Tina me hizo probar un poquito. ¡Me encantó! Ahora nos tomamos un cafecito, cada tanto, y charlamos de la vida. Porque con ellos -con Tina sobre todo-, tenemos una comunicación impresionante. Ella dice que tengo unos ojos preciosos. Qué se yo... Si lo dice. Sé que soy un poco fachero*.
Cuando cae la tarde, caminamos las ocho cuadras que nos separan de nuestras casa, y me quedo solo y libre de actos en el departamento. No está tan mal lo del viaje.
Pero... ¿cuándo volverá?

*Guapo.

martes, 5 de enero de 2010

Viaje


Hola, diario. Ayer no te escribí porque estuve todo el día medio bajoneado*. La noche anterior estuve con la intuición a pleno. Sabía que algo iba a pasar y tenía algo así como un sentimiento de tristeza. Me pasé mucho tiempo con mi hocico sobre los pies de Pablo, mientras él escribía y no me cansé de observarlo. Luego, pasó algo que me inquietó muchísimo. Tomó una valija* enorme y comenzó a guardar allí muchas de sus pertenencias. Sabía que no se iría al gimnasio porque siempre lleva menos cosas. ¡Hasta guardó zapatos y dos libros! No pude contenerme y chillé un poco. Él se dio cuenta de que intuía algo tremendo.
Dormimos como siempre, pero más juntitos. Yo quería sentir su calorcito más que nunca. No me quería dormir. Tenía la necesidad de sentir su respiración, de ver sus ojos cerrados e imaginar qué estaría soñando. Así me quedé observándolo durante varias horas, hasta el me atrapó el sueño.
El reloj despertador sonó muy temprano. Mucho más que de costumbre. Él se despertó de un salto, se dio una ducha y me hizo jugar un poco. Ya todo estaba confirmadísimo. Había guardado su cepillo de dientes y sus ojotas.
Lloré un poco y él supo que yo ya me había dado cuenta de que se iría de viaje.
Me sacó a pasear y, cuando volvimos, me abrazó y me dio muchos besitos. Lloré y yo también lo abracé. No sabía dónde poner mi cabeza y puse mi frente sobre la suya. Estaba viviendo una nueva sensación. Por un momento, tuve el impulso de meterme en su valija, pero estaba tan llena que no entraba.
Sonó el timbre. Eran Tina y Saúl. Por un lado me quedé más tranquilo porque no estaría solo vaya a saber cuántos días. Bajamos a despedir a Pablo, a quien lo esperaba un coche en la puerta, donde guardó su valija y una pequeña mochila. Nos abrazamos por última vez y lloré mucho. No quise que se suba al auto y, pobre Saúl, tenía que tirar fuerte de mi correa porque yo estaba desesperado. Cuando el auto arrancó lo vi a Pablo en la ventanilla, saludándome y con un par de lágrimas en los ojos. No aguanté más, junté fuerzas de donde pude, y me solté. Corrí, corrí y corrí detrás del auto hasta que las fuerzas no me dieron más. Creo que Pablo nunca me vio. Quedé observándolo mientras se alejaba y tuve un sentimiento de abandono muy grande. En ese momento es cuando confirmé cuánto lo quería. Estaba dispuesto a seguirlo adonde sea.
Despacito, emprendí la vuelta y, a lo lejos, sentí la voz desesperada de Tina y de Saúl. Me di cuenta de lo que había hecho y corrí muy rápido nuevamente, pero hacia ellos. Pobre Tina, estaba llorando. Ahora me ajustaron un poco más el collar, para que no se me suelte.
Estuve todo el día con ellos, pero un poco triste. Lo extraño. Qué lindo sentimiento de amor es extrañar y saber que el otro va a volver.
*Apesadumbrado.
*Maleta.

domingo, 3 de enero de 2010

Ego


Hola, diario. Estoy orgulloso porque mucha gente nos está siguiendo. Anoche dejé que Tina y Pablo lo lean desde la computadora. Quedó registrado.

sábado, 2 de enero de 2010

Piscina


Hola, diario. Ayer viví uno de los días más divertidos de mi vida. Anteanoche estuvimos en casa charlando hasta tarde con dos amigos de Pablo: Fernando y Marita. Nos divertimos mucho. Sobre todo Fernando, me hace divertir bastante. Tiene la habilidad de comer o beber y, al mismo tiempo, arrojarme la pelota para que la busque. Llegado el momento, Pablo empezó a llenar su mochila con un poco de ropa suya y vi que también guardó mi correa y una pelota. Zas. "Nos vamos de viaje", pensé. Casi.
Los cuatro nos subimos al coche de Fernando y viajamos durante casi una hora. Nunca viajé tanto tiempo en auto y fue fantástico sacar la cabeza por la ventanilla y sentir el aire en la cara. Hasta jugué a atraparlo... la macana es que después me llené de peditos.
Bueno, parece que este chico Fernando vive lejos, así que llegamos a su casa, finalmente. Pre-cio-sa. Me encantaría vivir en una casa así. No tiene ascensor. Es sólo para él. Con un parque enorme, plantas, árboles y un pozo enorme, rectangular, lleno de agua, al que le llaman piscina.
Recorrí un poco el lugar y, por las dudas, dejé mi marca en varios sectores del parque. Del otro lado de la valla que separa la casa de Fernando con otra, advertí que había dos rottwailers. Los odio. No les tengo confianza. Son unos bravucones peligrosos. Uno de ellos se acercó, me vio y empezó a gruñirme. ¡Me dio una bronca! El colmo de la malaeducación. ¿Sabés qué hice? Lo meé. El urso no lo podía creer y yo me fui moviendo la cola, contento y muerto de risa.
Enseguida vi los preparativos para irnos a dormir. Me intranquilicé. De inmediato advertí que había una sola cama. ¿Adónde iba a dormir yo? No me gustó lo que idearon. Marita y Fernando dormirían en la cama grande y Pablo y yo en un colchón, en el suelo, al lado suyo. Pablo estuvo de acuerdo, pero yo no y se los hice saber. Quise subirme a la cama varias veces, pero no me dejaron. En un momento, Pablo me abrazó y se quedó dormido. Yo pensé: "Si querés dormir en el suelo, dormí vos, yo no". Así que, despacito, me subí a la cama sin que se den cuenta, y me escurrí entre Marita y Fernando. Me quedé dormido como ellos y sé que les provocaba calor, porque me creció el pelo y estoy peludo nuevamente. Como se movían bastante pensé que éramos muchos en una cama. Así que puse mis cuatro patas sobre la espalda de Fernando e hice palanca sobre el cuerpo de Marita, para sacarla de la cama. Pero no me salió bien. Cuando ya estaba a punto de caerse, pegó un grito: "¡¡¡Francisco!!!". Bueno, conclusión: me echaron de la cama y volví al piso, con Pablo. Pero creo que les causó gracia mi treta porque se rieron bastante. De todos modos, estuve como dos horas durmiendo con ellos y no se dieron cuenta.
Por la mañana, Pablo se despertó temprano. Los otros dos seguían apoliyando*. Se levantó y, como es debido, lo seguí. Fue directo al parque y me encantó la idea, pero, de pronto, noté que comenzó a tomar carrera hacia la piscina. ¡Dios! ¡No podía permitir que se suicide! ¡Tenía que ir detrás suyo a salvarlo! ¡Qué desesperación! Fue casi al mismo tiempo. Se zambulló en el agua y yo me tiré unos segundos después. Me asusté porque él llegó hasta el fondo de la piscina y yo quedé pataleando sobre la superficie. Pero no se murió. En pocos segundos, salió a la superficie conmigo y se descostilló de risa cuando me vio. Ahí me di cuenta de que no era peligroso ese lugar. Por el contrario, era super divertido. Nos quedamos chapoteando en el agua y cagándonos de risa. Creo que pensó que Fernando se iba a enojar, entonces salimos de la piscina y nos tiramos panza arriba, bajo el sol, a secarnos.
Pero cuando nuestros amigos se despertaron y me vieron todo empapado, me invitaron nuevamente a tirarme al agua. Diario, no sabés cómo me divertí. Adoro el agua. Me encanta. Por momentos, dudé y pensé si no sería una foca. Pero creo que no, el pescado no me gusta mucho. No quería salir del agua. Nadé de una punta a la otra de la piscina, una y mil veces. Ellos se cansaban y salían a tomar sol, pero yo me volvía a zambullir. Y, cada tanto, me sacudía el agua del cuerpo, cerca de la valla para salpicar a los rottwailers, que me miraban fastidiados y envidiosos.
Luego llegó más gente y, por suerte, a todos les caí simpático y jugaron conmigo. Así estuvimos todo el día, hasta que nos llevaron en el coche, de vuelta a nuestro departamento.
¡Cómo adoré la casa de Fernando! Creo que cada vez que lo vea, se reflejará en mi mente la palabra "piscina". En mi vida habrá un antes y un después de la piscina. Bueno, sí, soy un exagerado.
*Durmiendo.