UNA VIDA SIN UN PERRO, ES UN ERROR

"LA GRANDEZA DE UNA NACIÓN Y SU PROGRESO MORAL PUEDE SER JUZGADO POR LA FORMA EN QUE SUS ANIMALES SON TRATADOS."
Mahatma Gandhi

NO USES PIROTECNIA

NO USES PIROTECNIA
Por favor, no usen pirotecnia. Los "cuetes" nos asustan, nos hacen mucho mal a nuestros oídos, nos desorientan y son la causa de que muchos perros y gatos se pierdan entre diciembre y febrero. Lo mismo les ocurre a otros animales, como las aves. Pensá en nosotros y en los múltiples problemas que pueden causar los fuegos artificiales. NO USES PIROTECNIA. Gracias. PD: Ah... Ponele chapita con número de teléfono a tu perro. Para esta época hay muchos perros perdidos a causa de la pirotecnia, por favor, si ves alguno no sigas de largo, ayudalo a encontrar a su familia.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Aventuras en el supermercado


Hola, diario. Ayer me pasó de todo. Pablo salió muy temprano y, cerca del mediodía, me vino a hacer compañía Saúl, su papá. Yo lo paso genial con él. Porque no para de hablar. Me cuenta cosas, me hace preguntas (que obviamente no le puedo contestar porque le daría un infarto) y hasta me canta. Es decir, nos cagamos de risa juntos. No se tira al piso ni corre como Pablo, pero es un buen compañero. Cuando salimos a la calle hay que caminar un poco más lento porque es un hombre grande. Calculo que tendrá unos 18 años, seguramente (aunque tengo la sospecha de que las personas viven más que nosotros, no lo sé aún). Pero aunque lento, hoy caminamos muchísimo y hasta nos encontramos con Morena.
Cuando estaba empezando a oscurecer, llegó Pablo. Obviamente, lo recibí a los saltos y a lengüetazo limpio. Y salimos los tres. Fuimos al supermercado, un lugar gigantesco del que la gente sale llena de bolsas repletas de cosas ricas y con ráfagas de olores que te embriagan. Ya habíamos ido una vez con Pablo. Me dejó atado, junto a las bicicletas para que lo espere. No me gustó nada. Pero salió enseguida. Esta vez, me volvió a dejar atado en el mismo lugar, y entró con Saúl. “Esperá”, me dijo. No me quedaba otra. Pero pasaron los minutos y no salía ninguno de los dos. Esperé un poco impaciente, hasta que no pude más. Como no salían, hice un escándalo. Comencé a ladrar como un loco, sin parar, diciendo los peores improperios en idioma perruno. Fue una actitud desconsiderada. Seguramente ellos dos estarían ahí adentro comiendo de todo, llenándose las panzas con toda la comida más rica y variada. Me los imaginaba así, revolcándose en el piso sobre los churrascos y los pollos hasta no dejar ni un hueso. Y yo, el pobre Francisco, acá afuera, viendo cómo todos los demás, salen con sus bolsitas llenas. Seguí ladrando sin parar. Hasta que vi cómo asomaban sus cabezas. Parece que mucho no les gustó. ¡Alcancé a ver que tenían un carrito lleno de comida y otras cosas! Saúl vino hacia la puerta y salió para hacerme callar. Lo miré como diciendo: “ya era hora, che”. Me desató la correa del poste y me sostuvo. Entonces éramos dos los que estábamos esperando a Pablo. Y pasaron los minutos y seguía adentro. Y volví a pensar lo mismo: es un desconsiderado, debe estar comiéndose todo él solo. Empecé a ladrar y tironeé tanto la correa que me escapé. Las puertas se abrieron apenas me acerqué y me metí rápido entre la gente buscándolo a Pablo. Escuché que, a lo lejos, Saúl me llamaba. Pero no me importó nada. No soportaba la visión de que Pablo esté comiéndose todo… ¡¡O lo que era peor: que se haya ido por otra puerta, abandonándonos!! La gente me miraba sorprendida como si nunca hubiera visto a un perro y un tipo y una mujer vestidos iguales me perseguían por todos lados. Sin querer, con la cola, tiré unos paquetes de galletitas. Y, de pronto, me di cuenta de que todo el supermercado estaba alborotado porque yo corría por todos lados. Por momentos me pareció divertido y jugué a esquivarlos. Hasta que de pronto escuché la música que esperaba: “¡Francisco!”. Era la voz de Pablo, con su carrito intacto, lleno de comida, que venía hacia mí. Salté hacia él y lo saludé como siempre. Se empezó a reír, pero me dijo que me tenía que ir. Comprobé que no se hubiera comido nada. Y así fue. Entonces dejé que me saquen de ahí tranquilo y volví con Saúl. Debo haber presionado un poco porque no tardó mucho en salir. Y fue como yo esperaba: cargado de bolsas. No le alcanzaban las manos para llevar todo. Me hubiera gustado ayudarlo, pero si le presto mis patas, después no puedo caminar. Así que los guié, para que no se pierdan.
Llegamos a casa, Pablo cocinó una rica carne y, como siempre, me dejaron un rico pedacito para el final. La vida no sería vida sin aventuras.

1 comentario:

  1. Estuviste perfecto!!
    ¿Como es eso que entraron los dos y te dejaron un rato largo haciendo agua tu boca,imaginando cosas ?.
    Al menos que te dejen con algún hueso de esos grandototes para que te entretengas.
    Jjajaj me imagino la cara y el calor que le hiciste pasar a tu papi Pablo al verte corretear por el super con las caras de esas personas estiradas mirando como si nunca hubieran visto a un perro,menos mal que con tu cola solo tiraste el paquete de galletitas,(al menos las hubieses mordisquedo)Te imaginás si pasabas por una de esas torres de latas? Fuu...Sin palabras Fransisco,es cierto la vida sin aventuras no sería nada divertida.
    Me llevo a mi blog el texto de "El pedido de fin de año"...Muy bueno,por que sé cuanto sufren ustedes,mi perro Iván se ponía muy nervioso,sus ojitos de tanto ladrar se le ponían rojos en derrame,hasta que descubrí que dando leche tibiecita con té de tilo ,lo relajaba un rato por esas horas de euforia al "cuote".
    Veré como lo pasa mi Zule este año.
    Un hueso Fransisco,y la próxima manoteate algo del super.

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