UNA VIDA SIN UN PERRO, ES UN ERROR

"LA GRANDEZA DE UNA NACIÓN Y SU PROGRESO MORAL PUEDE SER JUZGADO POR LA FORMA EN QUE SUS ANIMALES SON TRATADOS."
Mahatma Gandhi

NO USES PIROTECNIA

NO USES PIROTECNIA
Por favor, no usen pirotecnia. Los "cuetes" nos asustan, nos hacen mucho mal a nuestros oídos, nos desorientan y son la causa de que muchos perros y gatos se pierdan entre diciembre y febrero. Lo mismo les ocurre a otros animales, como las aves. Pensá en nosotros y en los múltiples problemas que pueden causar los fuegos artificiales. NO USES PIROTECNIA. Gracias. PD: Ah... Ponele chapita con número de teléfono a tu perro. Para esta época hay muchos perros perdidos a causa de la pirotecnia, por favor, si ves alguno no sigas de largo, ayudalo a encontrar a su familia.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Feliz Año Nuevo


Hola, diario. Sé que hoy termina una etapa y mañana comienza otra. En años perro es lo mismo. Además, me doy cuenta. Pablo preparó la mesa en casa. Creo que lo pasamos juntos. Hace unos meses no hacía más que desear estar en un hogar con un ser humano que me quiera y a quien yo pueda amar incondicionalmente. Se me cumplió. Y viví meses intensos en los que aprendí muchísimas cosas. Vivo cada día como una aventura, como un descubrimiento distinto... y me siento más sabio. No sé muy bien quién está arriba, pero parece que alguien escucha. Hoy voy a mirar hacia arriba y voy a pedir con todas mis fuerzas que esta felicidad que tengo no se termine nunca y que se propague y contagie a muchos otros. Y que cada abrazo que nos damos con Pablo sea interminable.
Estoy feliz, diario. Gracias por acompañarme. Brindo por vos también.

Pelado

Hola, diario. Vos dirás por qué no escribí en estos días. Estuve debajo de la cama avergonzado.
Es verano. No sabés cómo sufro el calor. Me la paso jadeando todo el tiempo. Por suerte, no soy un Pastor Inglés que se anda babeando por todos lados. Pero algún hilito de saliva se me escurre por la boca. Sé que a la gente le da un poco de asco, pero no saben que los perros transpiramos así. Pero la verdad es que el calor me mata. Encima, pobre Pablo, no se da cuenta y me saca a pasear por la vereda del sol. Él se cree que soy ágil y que estoy con mucha energía permanentemente. Pero corro y camino a los saltitos porque me quemo las patas. Como las personas no caminan descalzos por la calle se creen que uno anda en zapatillas. Además, viste que los humanos son casi pelados. Su pelaje está en la cabeza y en pequeñas porciones del cuerpo, pero tiene poco pelo, en general. En cambio yo voy por la vida con un tapado de piel a cuestas.
Pablo se dio cuenta de que el calor no es mi amigo y tuvo una idea horrenda. Me llevó a un peluquero de perros. Cuando el tipo se me acercó con esa maquina espantosa y ruidosa, me quise morir. Me agarraron del collar y comenzaron a quitarme todos los pelos de mi cuerpo. Sólo me dejaron la cabeza peluda. ¡¿Pero qué se creen, qué soy un ser humano?! ¿¡No ven que tengo cuatro patas y que ladro?! Ay, diario, no sabés lo horrible que quedé. En bolas. Cuando salí de ese lugar, Pablo me decía: "Qué lindo que estás". Tenía ganas de decirle: "¿Y por qué no salís vos desnudo por la calle?". No pude sacar mi rabo de entre las patas hasta que llegamos a casa. Apenas entramos, me escondí debajo de la cama y no salí por un buen rato. ¡Estaba desnudísimo! Me daba mucha vergüenza... hasta me podía ver las tetillas. Por dos o tres días, sólo salí a comer y a hacer mis necesidades. Creo que Pablo ya se dio cuenta de que nunca más me tiene que hacer eso.
Prefiero bancarme* el verano, pero con mi orgullosa pelambre encima. Nunca más voy a renegar de ella. Soy un orgulloso perro de pelo en pecho.
PD: ¿Querías ver una foto mía pelado? ¡Jamás!

*soportar.

martes, 29 de diciembre de 2009

Caniches


Hola, diario. ¡Cómo detesto a los caniches! Me caen tan mal... Te arrimás a tres metros de ellos y comienzan a ladrar; pasás debajo de sus balcones y ladran a los saltos desesperadamente; y si te animás a olerlos, te tiran un tarascón con esos dientitos de ratita que tienen... ¿Y cuando se hacen los cancheros? Se paran en dos patitas y empiezan a dar saltitos, como si fueran canguros enrulados. ¡Con ese peso pluma cualquiera puede saltar en dos patitas! ¡Payasos! Ay, les tengo bronca. Esos ladriditos agudos, que no asustan ni a un gorrión traumado, me sacan de quicio. En la manzana, es decir en un diámetro de 400 metros, hay veinticuatro caniches. ¡Sí, vein-ti-cua-tro! Algunos medianos, pero la mayoría pigmeos. Bueno, sí, ya sé... está feo discriminar. No hay que generalizar. De todos esos, hay un par que me caen bien y nos movemos un poco la cola cuando nos cruzamos. Sobre todo Dorotea. Ella es una caniche sucia, con todos los pelos pegoteados. La dueña es parecida a ella. Muy parecida. Se adoran. Corren juntas y se abrazan. A veces me las imagino revolcándose en el barro juntas. Hasta tanto no llegó nuestro amor con Pablo. A mí el barro me da asco y él es un obscesivo que se baña todos los días. ¡Todos los días! Un horror. Dorotea es macanuda. No tiene carácter de caniche. Hay otro, creo que se llama Toby. Es de la almacenera. No somos amigos, pero nos saludamos y amagamos correr un poquito. Es un caniche proletario. Con esos me llevo bien. A los demás, no los soporto.
¿Los seres humanos serán así, que se discriminan y detestan por grupos sociales o de raza? No creo, ¿no?

sábado, 26 de diciembre de 2009

Amigas de plástico


Son maravillosas. Atractivas, perfumadas, crujientes, ruidosas, prácticas, escurridizas, entretenidas, alborotadoras, llamativas, irritables, ágiles, dóciles, queridas, dulces, recreativas… Me refiero a las botellas de plástico. Un auténtico placer.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Nochebuena


¡Feliz Navidad, diario! ¡Ese era el motivo de tanto alboroto y tanto regalo comprado! Me encantó el festejo. A la noche, Pablo me colocó en el collar unas pelotitas doradas con un moñito. Al principio pensé que se trataba de un chiste de mal gusto relacionado con mi historia... pero me di cuenta de que no era por eso. Aunque a mí me gusta andar en bolas, no me importó que me haya "vestido" así, medio ridículo. Luego cargó todas sus bolsas y cajas, me puso la correa y salimos a caminar rumbo a lo de Mariela, su hermana. En el camino nos topamos con mucho idiota que se entretiene tirando cuetes* y petardos. No le encuentro la diversión a eso. ¿Qué tiene de divertido hacer ese ruido horrible, arriesgarse a quemarse las manos o la cara y, encima, asustar a los demás? La verdad, es que a mí no me asustan los ruidos de los cuetes. Pero a muchos perros y gatos los enloquece. Creo que me haré un militante anti-cuetes.
Llegamos a lo de Mariela y Pablo sacó un gorro enorme de su bolso y me lo puso en la cabeza. Te juro que no quise mirarme en el espejo por miedo a ver un monstruo. Si los muchachos de MAPA me hubieran visto todavía estarían panza arriba riéndose.
De todos modos, algo de atractivo debo haber tenido porque apenas entré a la casa, todos empezaron a exclamar: "Ah....". Lo pasé genial. Estaba toda la familia. Tina y Saúl, Mariela, su esposo Luciano, y sus tres hijos: Juan Manuel, Vanesa y Javier. Me adoran. También estaba Panchita, una gata medio desagradable que vive con ellos y que no me quiere nada. Y eso que fuimos al mismo modisto porque tenemos el mismo pelaje.
Comí de todo, cantamos, bailamos, intercambiamos regalos y descubrí que la vida social es fantástica cuando hay amor sincero. Además tuve una sensación maravillosa, al comprobar que yo ya soy parte de esa familia. ¡Feliz Navidad!.. sin cuetes, claro.
* Pirotecnia, cohetes.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Generosidad


Hola, diario. Hoy es un día raro. Salimos temprano a caminar, pero con un rumbo distinto. Llegamos a un barrio, lleno de tiendas, negocios y una plaga de personas cargados de bolsas y cajas. Me gustó el paseo, aunque resultó estresante. Imaginate a mí, un poco petiso, en medio de una muchedumbre... el mayor paisaje que tengo son decenas y decenas de piernas (no sabés los detalles que te podría contar), y siempre algún pelotudo que te pisa la patita.
Llegó un momento en el que me aburrí un poco, entonces me dejé llevar por una de mis debilidades: las medias*. En el suelo, había una señora gordita, morena y muy abrigada como para la época del año. Frente a ella, había una especie de alfombra sobre la que desplegaba medias, corpiños, bombachas, calzoncillos y todas esas cosas que la gente esconde debajo de ropa más vistosa. No puede evitarlo: le afané* un par de medias y comencé a correr y a sacudirlos con la cabeza para que la señora me alcance. Pero no quiso jugar. Por el contrario, me gritó barbaridades y me quería pegar. Pablo se empezó a cagar de risa (él sí entiende mis juegos), me atrapó, me sacó las medias, las guardó en una bolsa y se los pagó a la señora.
Volvimos a casa como todos los demás, cargados de bolsas y paquetes. Me di cuenta de que no eran para nosotros sino para otras personas. Porque me quedé esperando a abrirlos juntos, en casa, pero quedaron así, envueltos, con sus moños. Regalos. ¿Cuál sería el mío? Me puse a olfatear y lo descubrí. Tenía olor a tienda de mascotas. No podía ser ni para Tina, ni para Saúl, ni para ninguno de la familia... Y era de un tamaño grande, así que tampoco sería para Zsá-Zsá. Ay, diario, soy muy ansioso, lo reconozco. No puedo esperar ni dos segundos. Cuando la ansiedad empieza a acariciarme el lomo, no puedo evitar empezar a dar pasitos cortos en el lugar y a bufar. No me aguanté. Cuando Pablo se descuidó, arremetí contra ese "regalo" y le destrocé el papel que lo cubría. ¡Era una pelota preciosa, con una cuerda como para tirar de ella! Pablo me retó un poco pero es tan generoso que no me la quitó. La dejaba colgada de su mano, a lo alto, y decía: "¡Es mía!". Entonces yo empecé a los saltos para tratar de atraparla. Jugamos un buen rato a eso. ¡Qué vida!
Me quedó esa palabra: generosidad. No pude comprarle nada a Pablo. Los perros no tenemos esos papelitos que tienen las personas, que les permiten comprar cosas. Tampoco tengo bolsillos como los marsupiales. Mi generosidad será de otro tipo, creo que tiene más que ver con el alma. Sé que suena soberbio, pero tengo una capacidad de amar inmensa. Mi generosidad está ahí. No sé... pensé esto mientras masticaba un hueso de cuero crudo sobre el pie de Pablo.

* Calcetines.
* Robar.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Reflejo condicionado


Hola, diario. Ayer te hablé de Saúl. Hoy te voy a hablar de Tina. Ella a veces viene a cuidarme con Saúl y también es muy cariñosa. Pero debo reconocer que Tina también es, para mí, un estímulo condicionado. Cuando Pablo la nombra, instantáneamente, empiezo a relamerme el hocico. ¿Sabés por qué? Tina siempre tiene cosas ricas. Cuando viene a casa trae un "tupper" lleno de pollito cortado en trozos o de carnecita cocida, picada en pedacitos pequeños. Y cuando voy a su casa también. Siempre tiene preparado para mí un plato con comida riquísima.
A Pablo no le gusta mucho que me de esas cosas porque dice que mi nutrición es suficiente con el alimento balanceado. No es justo. Yo soy muy observador y él todos los días come cosas distintas. ¿Entonces por qué yo tengo que comer siempre lo mismo?
Admito que estuve en un dilema. No sabía si quería más a Tina o a la comida que viene con ella. Creo que la quiero más a Tina, sí. Bah... a Tina con su comida. Con las manos vacías es algo menos atractiva.
También me habla mucho y me dice piropos todo el tiempo. Por Tina es que me di cuenta de mi mirada seductora. Todo el tiempo dice: "¡Qué lindos esos ojazos negros!". Entonces le hago una caída de ojos y la observo de reojo. Es una de mis formas de seducir. Con ella resulta. Sé que le encanto.
Además, ella rasca mi cabeza como nadie. Puede quedarse muchos minutos haciendo eso y yo me quedo petrificado de placer.
Es otra de las virtudes de mi nueva vida. Ahora tengo abuelos. Abuelos humanos. Pero los abuelos son un invento maravilloso de la vida.

martes, 22 de diciembre de 2009

Compañero mayor


Hola, diario. Pablo hizo que aparezcan en mi vida dos personas fundamentales para mí. Son sus padres. Los adoro y cada vez que los veo me enloquezco. Una vez hasta me piyé* de la emoción. Saúl viene a casa varias veces a la semana. Es que hay días en los que Pablo tarda mucho en volver del trabajo, entonces él llega a casa, con la tranquilidad de siempre, me hace unos mimos y salimos a caminar. Me habla y me cuenta cosas que no entiendo bien, pero se queda varias horas conmigo. Parece que lo pasa bien porque hay días en los que no se quiere ir. Empieza a caer el día, me da una última vueltita y recién entonces se va. Y creo que no sabe que lo hace sólo unos minutos antes de que Pablo regrese.
Por otra parte, tuve que acostumbrarme a su ritmo. No es como nosotros, que vamos de un lado a otro apurados. Pablo siempre tiene cosas que hacer. Saúl se mueve mucho más lento, más calmo y aparenta no tener ningún problema, sólo un pequeño dolor en un brazo (me di cuenta). Tampoco puedo contar con él para tirarme al piso a luchar, pero nos divertimos mucho igual. Yo le hago siempre el gesto de "agarrame", con las patas delanteras y el pecho apoyados a ras del suelo, el cuarto trasero levantado y el rabo moviéndose acompasadamente. Luego empiezo a dar vueltas como loco como para que me atrape. El pobre santo no puede... ¡Y encima me lo explica! Un amor. Pero se muere de risa cuando hago eso.
Luego, mientras lee el diario, me acaricia suavemente con sus manos huesudas, pero repletas de un amor acumulado con los años. Siento que, con cada una de esas caricias y esas palabras sencillas que me dice y que trato de comprender, Saúl me regala un poco de vida. Su mirada y su sonrisa son tesoros que siempre voy a guardar en mi memoria (que es mucha).

* Hacer pis.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Osito


Ayer estuve muy triste: se murió Osito. Creo que lo tironeé tanto que, primero le saqué los ojos, y luego, terminó todo reventado. Reconozco que me entretuve sacándole todo el relleno y dejé la casa hecha un desastre, con el pobre Osito abierto y convertido en un trapo. Estuve unas horas triste y lo extrañé mucho. Hoy por la mañana, Pablo me trajo a Osito 2. Estoy feliz. Algunos afectos se olvidan fácilmente.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Comodidad vs alboroto


Hola, diario. No sé por qué, pero en esta época del año toda la gente anda apurada, como queriendo hacer todo lo que no pudo hacer antes en su vida. Nosotros, los animales, no. Todavía no descubrí bien cuál es el motivo del alboroto, pero me incomoda ir por algunas calles. Por momentos tengo miedo de que me pisen. Algunos andan caminando con paquetes enormes con moños y llevan bolsas colgadas por donde sus cuerpos se lo permitan. También hay muchos chicos y son problemáticos. Si no te conocen te estrujan todo y si te acercás a ellos y te quieren tocar con cariño, sus padres le dicen: “¡¡¡¡No, te puede morder!!!!”. ¡Y los autos! Ni hablar. A los bocinazos limpios, que te dejan los oídos aturdidos.
Igual te darás cuenta de que todo esto lo conozco porque Pablo me lleva con él a pasear a todos lados. El único lugar donde parece que no dejan ir con perros es a su trabajo. Pero vamos a comprar cosas, lo acompaño a un lugar que se llama banco, a que le corten el pelo y a visitar otras personas. Y como soy muy observador, me di cuenta de que se acercan días especiales. Parece que la cosa es así. Vos comprás algo lindo para otro y ese otro te compra algo para vos.
Ayer Pablo llegó con algo que le regalaron. Me asusté porque era enorme. Quise saludarlo, pero al ver una cosa redonda, grande, que no podía pasar por la puerta, retrocedí. Y, por las dudas, le ladré. Pero no tuvo miedo, pasó por la puerta. Era como un gran bola blanca. Yo ni me acerqué, pero vi que Pablo se desplomó sobre ella y, automáticamente, se convirtió en un sillón. Esa cosa se hunde en el medio y quedás cómodo, cómodo, cómodo. Me animé. Me en-can-tó. Nadie me mueve nunca más de ese lugar. Ahora decidí que ese también será mi sillón. Creo que Pablo no se opuso porque, apenas me subí a él, me sacó una foto. Me gusta esto de los regalos.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Veterinario


Hola, diario. Tengo que hacerte una confesión: ¡Có-mo o-dio al ve-te-ri-na-rio! Hoy fuimos a verlo. Queda en un shopping. Entramos y el imbécil que estaba en la puerta le dijo a Pablo que no estaba permitida la entrada a los perros. Pablo le preguntó, con muy buen tino: "¿Entonces, cómo hacemos para entrar a la veterinaria?". El tipo dijo: "Ah... no sé... en el shopping no se permite el acceso a los animales". ¿Pero en la veterinaria sí?, le preguntó otra vez Pablo. El infradotado le respondió afirmativamente. ¡¿Y cómo quería que entremos?! ¿Con un teletransportador?
Pablo, que es un retovado como yo, entró igual.
En el negocio, además de muchas cosas ricas, había muchos olores: a remedios, a aserrín, a ratas de laboratorio, a sofás para gatos... Me quedé mirando una pecera con unos hámsters inmundos que entraron en pánico cuando yo asomé mi cabeza sólo para observarlos. Tontos. Tienen poco cerebro.
Lo peor fue cuando me agarró el tipo con trajecito celeste. Es el veterinario. Usa anteojos y unos bigotes inmensos. Pablo le preguntó si era normal que a mí me doliera la panza. ¿Podés creer que el tipo se puso unos guantes y me metió un dedo en el culo? Lo quería matar. Un guarango. Sin siquiera invitarme a tomar un café. Me hizo tirar panza arriba y me toqueteó todo el abdomen, la zona del hígado y los riñones. Puso cara de que algo no estaba bien y Pablo se llevó una cajita con medicamentos. Escuché que me los tenían que dar cada seis meses.
Cuando llegamos a casa, sin que casi me diera cuenta, me abrió la boca y me metió una pastilla enorme, con el dedo, hasta la garganta. Me la tuve que tragar. Parece que tengo bichitos en la panza. Me dijeron que con esa pastilla se mueren todos. También me pincharon con algo a lo que le llaman "vacuna".
Aunque a Pablo lo curaron una vez, no me importa. Yo a los veterinarios les tengo fastidio. Sé que te pueden curar, pero también te estropean. A mí me agarraron desprevenido, me durmieron y me afanaron* los huevitos. También me usaron para transfusiones de sangre y hasta me han metido un termómetro o un dedo en el culito. ¡Cómo para no odiarlos!
De todos modos, esto lo aprendí por olores: tenemos que ir periódicamente a visitarlos. Te cuidan, te observan y tratan de que no te enfermes de nada.
Cada vez que llego al veterinario, me agarra pánico y no quiero entrar. Se me mete la cola entre las patas y siento que mis pies se entierran. No me muevo. Pablo me tiene que arrastrar hasta ahí. Decidí que no voy a enfermarme seguido. Trataré de cuidarme, sólo para no visitar al veterinario.

Todos los perros van al cielo


Hoy tuve un acercamiento profundo con la tristeza. Pero con la tristeza ajena. Estuvimos pocas horas con el perro linyera en casa. Creo que Pablo tenía miedo de que me contagie de algo porque no me dejaba olfatearlo. Es que tenía muchos bichos habitando en él. Me di cuenta de que ese petiso no estaba nada bien. Me lo dijo con sus ojos todos lagañosos. Me porté bien y dejé que lo atiendan. Pablo lo envolvió en una toalla, me acarició la cabeza, y se lo llevó. Tardó muchas horas en volver y llegó muy triste. A la noche casi ni nos hablamos. Nos fuimos a dormir, se levantó muy temprano, dimos un paseo rápido y volvió a salir.
Luego de unas horas volvió destrozado. Con los ojos rojos y unas ojeras como para corpiño. Todavía pude percibir el olor del perro petiso en su ropa. Traté de contener un poco la euforia al recibirlo, pero cuando puse mis patas delanteras en sus hombros, a modo de abrazo, se puso a llorar. No quiero ser melodramático, pero la angustia de un hombre es un golpe duro para un perro. Supe de inmediato que no me había equivocado. El pobre petiso llegó grave a casa y, probablemente, ya esté en el cielo de los perros. Pobre Pablo. Siente que no pudo hacer nada por él. Y me angustié yo. Pero por no poder explicarle que había hecho mucho por ese petiso medio linyera. En su último día durmió calentito, con alguien muy preocupado por él. Y dejó en esta vida a una persona que lo está llorando desconsoladamente. Creo que ese sentimiento tan profundo reivindica las desgracias que el pobre vivió en los últimos tiempos. Ojalá Pablo pudiese cambiar su frustración. Hizo que ese pobre perro no se haya ido solo, se fue con una luz en su alma. Y claro, él no sabe de mitología perruna, pero se ganó un ángel que lo protegerá siempre. No sigo. Siempre hay nuevos amaneceres.

Nota: Gracias, Sociedad Protectora de Animales Sarmiento

jueves, 17 de diciembre de 2009

Tengo un linyera en casa


Hola, diario. Hoy estoy chinchudo. ¿Podés creer que te estoy contando esto con otro perro en la casa? Sí, aunque no lo creas. Yo también pensé que la idea era ser siempre el único. Anoche, bajo la lluvia, nos encontramos un perro petiso acurrucado en la calle... un linyera*. La verdad que me dio mucha lástima porque no parecía estar bien. Estaba lleno de bichos, de garrapatas y pulgas. Por eso no me acerqué a él. De todos modos, tengo la "pipeta" contra las pulgas puesta.
Pablo se quedó un buen rato acariciándolo y, finalmente, lo envolvió en su remera y lo llevamos a casa. No quiero que haya otro en casa. Pero este me da un poco de pena. Es evidente que no tiene dueño. Y parece macanudo, aunque está tan mal que ni siquiera me habla.
Tengo una contradicción: quiero que se mejore y se cure, pero de ningún modo quisiera que se quede en casa. ¿Compartir? Jamás.

* Vagabundo.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Sueños y pesadillas


Hola, diario. Creo que necesito terapia. Estoy teniendo unas pesadillas de perro. No estoy seguro del todo, pero tengo la sensación de que, cuando estoy dormido, debo patalear y aullar bastante. Porque viste que en el primer segundo que te despertás del sueño te diste cuenta de que cabeceaste o pegaste una patada. Bueno, eso me pasa. Y siempre abro los ojos y está Pablo mirándome, acariciándome y diciéndome: “¿Qué te pasa, Francis? Bueno, no fue nada, bebé…”. Y ahí tomo conciencia de que estuve soñando cosas terribles. ¿Tendrán que ver algunos episodios horribles de mi pasado? Tengo casi dos años, pero siento que viví diez. Es que el viejo que me amenazaba con la escoba y que más de una vez dio en el blanco; ese pavor que me causaba, durante mi asilo, que los veterinarios me suban a esa camilla de metal, fría, para hacerme tranfusiones o cortarme los huevitos; sumados a los dos abandonos que sufrí, supongo que no son intrascendentes. Cualquier ser humano que haya vivido sólo esos cuatro hechos traumáticos requeriría una década de atención psicológica.
Bueno, yo me la banco solito, pero lo admito, tengo pesadillas. No recuerdo bien los sueños, pero las otras noches soñé que vagaba solo por las calles, corriendo, sin rumbo, como un pobre diablo que no tiene adonde ir pero siempre está apurado por llegar a la nada. Y tenía mucho frío. Y de pronto, me daba cuenta de que caminaba en el aire, en el vacío, tratando de hacer equilibrio para no caerme o no deshacerme. Pero no era el único, había otros perros… y cachorros de persona… y personas con rostros tristes… Pero ninguno podíamos tocarnos o hablarnos. Sólo sabíamos que el otro existía y que estaba ahí, solitario y sin rumbo, como uno. Buscaba desesperadamente a Pablo y no lo encontraba… entonces pensé en Andrés y traté de recordar su olfato para hallarlo a él… pero era imposible. Tuve ganas de aullar y chillar. Y de pronto, abrí los ojos y me encontré con Pablo que estaba asustado al lado mío, calmándome.
Y eso que no tomo nada raro. De todos modos, ese sueño me hizo reflexionar. Soy muy reflexivo, no sé si sabés. Pensé en que aquella pesadilla no era tan ficticia. Hay una realidad en la que muchos seres humanos, perros y gatos no tienen dónde ir y, siempre, irremediablemente, transitan la ruta del riesgo, que a menudo conduce al maltrato, al derrumbe. Están fuera de juego. Qué desesperación pensar que te pueda pasar eso. Pensé en quién habrá creado este mundo… Pero ya era mucho, no soy chimpancé, no me da para tanto la cabeza. A quien haya sido, le agradezco tanto tener casa.
De todos modos no todos mis sueños son pesadillas. He tenido sueños tan lindos que no me dan ganas de despertarme. Pero bueno o malo, tengo un sueño liviano. El menor ruidito me despierta, así que todos duran poco.
¿Tendré que ir a algún especialista?

lunes, 14 de diciembre de 2009

Chiches


Hola, diario. Hoy Pablo fue a trabajar, como siempre, pero tardó más de la cuenta. Creo que se piensa que yo no sé calcular el tiempo. Me tiene podrido. Igual, como te dije, cuando llega, no puedo evitar derretirme a sus pies. Es un error genético. Algún cromosoma fallado.
Hoy se apareció con una pelota nueva. Con una cuerda. Fingí no darle importancia, pero a los dos minutos, estaba tironeando de la pelota con él. Ya tengo varios juguetes. Un Osito (que lo adoro), una pelota de tenis, esta pelota con cuerda, un hueso gigante que no logro terminarme, y una cuerda con nudos. Me siento un concheto. En MAPA nadie tenía juguetes. También me tomé prestado un almohadón. Consejo: si dejás a tu perro solo varias horas, por lo menos aportá un chiche para que se entretenga en tu ausencia. Osito, aunque ya no tenga ojos, es parte de mí. Hasta mañana.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Domingo al aire libre


¡Qué domingo, mi Dios! ¡Esto sí que es vida! ¿Viste qué lindo día ayer? El cielo era puro sol y cuando los días se presentan así, uno se predispone mejor para encarar al mundo. Con Pablo pensamos muy parecido y tenemos casi los mismos gustos. Por eso, decidió que tomemos un domingo como se debe: al aire libre. Se puso unos pantalones cortos, una camiseta sin mangas y guardó unas frutas en nuestra mochilita. Salimos y caminamos recto por una avenida, unas veinte cuadras. No me cansé, me gustó mucho sentir nuevos olores y pasar por tres barrios distintos. Incluso, cruzamos una avenida gigantesca, donde pasaban autos por todos lados. Pero Pablo la tiene clara, enroscó bien mi correa contra sí mismo y caminamos bien pegaditos y seguros. Al cabo de un rato llegamos a un lugar con menos autos y más aire puro. Había mucha agua y un puentecito. Yo me volví loco. Me encantó y quise tirarme al agua. Pablo se asustó mucho. Después me di cuenta porqué. Hubiera sido difícil rescatarme porque había muchas lanchas y botes alrededor... y a lo lejos, hasta vi un enorme barco. Luego llegamos a una zona donde todo era verde y había una calle por la que todos caminaban felices. Los perros como yo iban contentos, corriendo o jugando con alguna botella; algunas personas tenían rueditas en sus pies y se desplazaban rapidísimo; otros andaban en unos vehículos que se llaman bicicletas; y casi todos andaban con poca ropa, dejando que el sol los vuelva rojos. A mí me encanta andar en bolas*, sólo que tengo tanto pelo que no me puedo broncear.
Caminamos mucho, jugamos a ese juego tan divertido de tirar un palito e ir a buscarlo, y hasta estuvimos un buen rato tirados sobre el pasto, panza arriba. Pablo se quedó dormido y yo aproveché para revolcarme sobre un sector del césped donde, por el olor que percibí, hubo un gato muerto durante mucho tiempo. Hacía tanto calor que era una buena oportunidad como para perfumarme. Así que me revolqué bien, para que todo mi lomo quede cubierto de ese perfume notorio y riquísimo. Bueno... Pablo no pensó lo mismo. Apenas me acerqué a él, comenzó a dar arcadas y me retó muchísimo. Tiene actitudes que nunca comprenderé.
Confieso que, cada día, me siento más persona. No soporto a esos perros machos que vienen a olerte el culo y, cuando se dan cuenta de que sos varón, te gruñen o se hacen los malevos. Opté por sacar cagando a cada uno de los perros que se me acerquen y no me caigan bien. Otra cosa que a Pablo le fastidia. "Antisociable", me dice. Igual se queda tranquilo porque sabe que no los muerdo.
Emprendimos el regreso por otro camino. Y me sentí en un paraíso de diversión. Apenas salimos de la zona verde, pasamos por un sector... como una plaza sin plantas, que tenía una fuente que salía directamente del suelo. Lanzaba unos chorros como acompasados. De repente, desaparecían... y de pronto, salían despedidos formando círculos. Ni siquiera miré a Pablo para consultarle. Salí corriendo y jugué entre los chorros de agua sin cansarme. También ladré de felicidad. La gente comenzó a detenerse frente a las fuentes sólo para ver cómo yo saltaba y me revolcaba en el agua. Me gustó la situación y les hice un show exclusivo. Jugué a que atrapaba el agua y, cuando desaparecía, la buscaba, hasta que salía y.... ¡¡¡Plafff!!! ¡¡Perro empapado!! ¡¡¡Qué placer!!! Pablo también se divirtió mucho, así que fue un placer doble. Así estuve un buen rato, hasta que me cansé y se me metió un poco de agua en las orejas. Me entretuve sacudiéndome el agua entre la gente. ¡Los mojé a todos!
Los 3 kilómetros de caminata sirvieron para que me seque bajo el sol. Llegamos, Pablo se sirvió unas bebidas, sentado en su sillón, yo me tiré a su lado y nos quedamos dormidos.
Nuestro mejor amigo no es sólo el hombre, también la naturaleza.
* Desnudo

Respeto


Hola, diarioooo… Me acostumbré a la joda, che. Anoche otra vez tuvimos festejo en casa. Nadie sopló velitas, pero habrán venido unas diez personas (más o menos eso es lo que bajé a abrirle la puerta a alguien). Estuvo muy divertido. Ligué muchos pedacitos de comida porque viste que la gente cuando come siempre se le cae algo. Aunque esta vez, nadie se olvidó el vaso lleno en ningún rincón. Una lástima porque eso que toman huele muy bien, pero no te convidan, che.
De todos modos, quiero contarte un episodio que viví en esa fiesta. Tocaron el timbre y, con Pablo, bajamos a abrir la puerta. Eran dos chicas y, como siempre, yo di muchos saltos para darles besos. No puedo evitar ser amable con la gente, cuando llega a casa. Y salto porque nadie se agacha para que la pueda besar. ¡Tengo una puntería! Siempre les doy un beso en la boca a todos. Me encanta. Bueno, pero a una de las chicas no le “encantó” precisamente. Empezó a los gritos y se escondió detrás de la puerta. Nunca la había visto antes y parece que Pablo tampoco porque se presentaron en ese momento. Era petisa, elegante y tenía anteojos. Logré entender que le pidió a Pablo que me encierre por tener pánico a los perros. Mi amigo me tenía agarrado del collar, a su lado, y ahí me quedé observando la situación. La otra chica no sabía qué hacer y daba explicaciones, mientras me acariciaba la cabeza y le decía a su amiga que yo soy mansito. “Encerralo”, volvió a decir la que ahora me pareció una enana desagradable y anteojuda. Y después agregó: “Sino, atalo”. Pablo me abrazó y le dijo: “De ninguna manera. Él vive conmigo y esta es su casa. Él te está dando la bienvenida y no te va a hacer nada. Si querés, entrá con nosotros y si no lo siento mucho. ¡Ay, me agarró una emoción! Por primera vez en mi vida entendí tan claramente lo que era el respeto. Eso me aclaraba mucho las cosas. En esta vida no se trata de quién manda más en la casa, sino de compartir y respetar. Miré a mi “room-mate”, me paré en dos patas y con mis dos manitos le tomé su brazo, como a él (y a todo el mundo) le gusta.
La chica creo que prefirió soportarme a verse sola un sábado a la noche, sin rumbo. Así que entró. Yo varias veces pasé a su lado, para molestarla un poco. Primero me miraba con odio; después me di cuenta de que me empezó a estudiar; y finalmente, para sorpresa de todos, me acarició. La petisa de anteojos elegante confesó públicamente: “Es la primera vez que toco a un perro”. Y, cuando se fue, auguró: “Gracias por todo porque, además, creo que le perdí el miedo a los perros”. Otra emoción más. ¿Vos decís que sirvo para zooterapia?

viernes, 11 de diciembre de 2009

Desengaño


Hola, diario. Hoy estoy bajoneado... casi al borde de la depresión te diría. Anoche salimos a dar nuestro último paseo del día y nos encontramos en la cuadra con Morena. Vos sabés cómo me mata esa perra. Cada vez que la veo, desespero. Me yergo, dejo mi cola bien levantada sacudiéndose rítmicamente de un lado a otro, estiro mi cuello y pongo mis orejitas hacia adelante. Corrimos y jugamos un poco, pero ella tenía un poco menos energía que de costumbre. Se lo pregunté en nuestro idioma y bajó la vista. Yo que soy de esos que te escuchan si te pasa algo, fui enseguida a olfatearle el culo. Las personas se horrorizan y ponen una expresión como si se fueran a razgar las vestiduras. Pero ahí te enterás de todo. Con una sola olfateada, ya te contaron quién es, qué le pasa, cómo anda, dónde vive... La cuestión que haber olido el culo de Morena fue fatal para mí. Me di cuenta de lo que pasaba inmediatamente y me quedé tieso. Morena está embarazada. Loco, me quiero matar... Me traicionó. Yo sé muy bien que sin mis pelotitas no puedo ser papá, así que yo no fui... Estuvo con otro la muy perra. Me ofendí. Me ofendí así nomás. Erguí el cuerpo, la miré de soslayo y me alejé con Pablo. Ella se quedó ahí paradita, observándome como diciéndome que la vida es así. Un bombón.
No pegué un ojo a la noche. Me abracé a Osito y me puse a meditar. Pablo no se dio cuenta de lo que pasó y creo que la mejor amiga de Morena tampoco lo sabe aún. Ojalá se hubieran dado cuenta así entenderían la pena que tengo hoy. Cada día bebo un poco más de sabiduría. Ahora aprendí que, entre mis congéneres, nadie es de nadie. ¿Será por eso que tendemos a vivir con los humanos y no en jauría, como nuestros ancestros? Ay... es mucho para hoy. Me va a explotar la cabeza. Chau.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Pelos


Hola, diario. Estoy preocupado. Dejo pelos por toda la casa. Allí por donde ande, mis pelos se bajan de mí y se depositan en cualquier sitio. Y no vuelven a mí.
Noto que Pablo se siente molesto por eso y está todo el día estornudando. Hasta ayer barría dos o tres veces por día y, en cada limpieza, sacaba casi otro perro entero de la cantidad de pelos que juntaba. Ayer fuimos al supermercado y volvimos con una caja enorme. Cuando la abrió sacó un monstruo horroroso que hace un ruido infernal y, si te descuidás, te chupa hasta las entrañas. Tiene nombre. Se llama aspiradora. La odio porque me da un poco de miedo. Ahora no barre, sino que utiliza a la aspiradora para juntar todos los pelos y la tierra que se junta en la casa. Yo ni siquiera le ladro, me voy hasta el lado opuesto de la casa y observo. Quiero estar atento porque si ese bicho se chupa a Pablo, tendré que juntar coraje y rescatarlo. También pasa la aspiradora sobre la colcha de la cama, donde me acuesto yo y en los pantalones negros que usa.
Yo no sé qué hacer porque siempre que me abraza o juega conmigo le queda la ropa llena de mis pelos. Cada vez se me caen más. ¿Estaré sufriendo de alopecia? ¿Tendrán que hacerme implantes? ¿Y si me compran una loción? Hoy tempranito, Pablo me volvió a bañar y salieron muchísimos pelos. Y después de dejarme revolcar por hojas de diario, me cepilló. ¡Cómo me encanta que me cepillen el lomo! Escuché que Pablo me dijo que es la época. Parece que en primavera se te caen todos los pelos.
Tengo miedo de quedarme como un pollo muerto, listo para el horno. Espero que eso no ocurra. De todos modos, pelado o peludo, estoy seguro de que me van a seguir queriendo.

martes, 8 de diciembre de 2009

Qué difícil enojarme con él


Hola, diario. Llegué a la conclusión de que no sirvo para estar enojado. Soy un tipo alegre, un tipo macanudo, un ser agradable… Ayer Pablo se fue muy temprano. Yo pensé que vendrían Tina o Saúl a hacerme compañía un rato, pero no fue así. Algo pasó porque tardó muchísimo. Y mientras estaba solo en casa, aburrido y con bastantes ganas de hacer pis, me puse a pensar y a elucubrar numerosas teorías. En mi delirio solitario me lo imaginé por ahí, suelto por la vida y el mundo, haciendo pis en cada árbol del planeta, feliz, respirando aire fresco. También pensé lo peor: Tina y Saúl también se olvidaron de mí. Toda la familia se entretuvo haciendo pis por los árboles del mundo y yo aquí solo, haciéndome un nudo en la vejiga para que no me explote. Y empecé a planear la forma en la que recibiría a Pablo cuando abra la puerta de casa. Porque en algún momento iba a volver... Está aquí su computadora y, sin ella, no es nada. Pensé en no hablarle por un largo rato. Aunque él me mire, yo me haré el distraído y miraré de reojo para otro lado. Aunque me clave la mirada, no me daré por advertido y focalizaré la nada, para que la transmisión mental sea nula. Lo decidí así: le voy a hacer el vacío por un largo rato. Para que aprenda.
Llegó tarde. Ya hacía unas cuantas horas que el sol se había escondido. Abrió la puerta y yo fijé la vista en la ventana, duro, tieso, frío. Pero, de pronto, pasó lo peor. Me dijo, con voz más aflautada y culposa: “¡Hola, Francisquín!”… y extendió los brazos, con su mirada fija, invasora, sobre mí. Y no pude… Sentí que mi cuerpo se volvía líquido y se deshacía en el parquet. Se me cayeron las orejas, se me aflojaron las patas, la cola se me metió hasta la panza y comenzaron a salir de mi garganta chillidos… lloriqueos de emoción. Y en dos segundos, salté sobre él, lo abracé con mis patas delanteras sobre sus hombros y le di incontables besos. A eso sumale que metió la mano en su bolsillo y sacó un huesito de cuero seco que se lo arranqué de un mordisco. Y, enseguida, salimos a pasear y a mear todos los árboles.
Este tipo me puede. No me puedo ofender con él, che. Siempre el extrañarlo estará por encima del resentimiento. No me puedo enojar fácilmente.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Miguitas


Hola, diario. Hoy voy a hablar de unos elementos habituales y sabrosos que siempre se encuentran en la casa: las miguitas. Cada vez que alguien come pan o galletitas, quedan esas pequeñas partículas en escaso número en el suelo y en gran cantidad sobre la mesa. Yo sé que no te llenás la panza con eso, ni que te vas a convertir en un perro saludable y ágil por ingerirlas. ¡Pero có-mo-me-gus-tan-las-mi-gui-tas! Cada vez que se cae alguna al piso, me abalanzo desesperadamente. Y cuando Pablo no me ve, me yergo un poco en dos patas, apoyo mi cara sobre la mesa y, con mi lengua, paso el lampazo a la multitud de miguitas que me están ahí esperando. Las veces que me pescaron haciendo eso ni siquiera me retaron… creo que Pablo no puede creer que, con tanta avidez, me desespere por las miguitas.
Así en un rapto de reflexión… podría decirte… emmm… que las miguitas son el símbolo del “resto”. Y el “resto” le corresponde al perro… obviamente, cuando uno se refiere a la comida humana. La nuestra es un derecho adquirido. Pero las miguitas son el “resto” representado en su estado más ínfimo. Y es ley del perro “no desperdiciar el resto”. Por lo tanto… ¡¡¡¡Aguante la’ miguita’!!!!

Resaca


Hola, diario. Ayer no escribí porque dormí todo el día. La nochecita del sábado fue de pura joda. Pablo estuvo todo el día muy contento. Lo acompañé a hacer las compras y, aunque tardó bastante, salió sin nada en las manos. Obviamente me dejó atado afuera y yo armé un escándalo tremendo, pero a él no le importó. Al rato de haber vuelto a casa, tocaron el timbre. Era un muchacho con muuuuuchas bolsas llenas de comida y bebidas. Era tanto lo que Pablo eligió en el supermercado que se lo hizo traer por otro.
Pablo se puso a limpiar la casa y a mí me encanta caminar por arriba de toda la tierra y las pelusas que junta con la escoba. Él odia que haga eso, pero a mí me fascina.
Te la hago corta. Se hizo de noche y el timbre empezó a sonar, a veces, con intervalos de dos minutos nomás. ¿Sabés las veces que bajé con Pablo a abrirle la puerta a alguien? ¡¡27 veces!! No paraba de llegar gente. Y a mí me encanta recibir gente en casa. Cada vez que entraba alguno, yo le saltaba bien alto hasta embocarle un lengüetazo justo en la boca. No sé por qué, pero me encanta besar a las personas en sus hocicos. Reconocí a las dos chicas que lo acompañaron a buscarme a MAPA, Marcela y Laura; a otro que un día nos vino a visitar en bicicleta; a una mujer que siempre canta; a un pelado macanudo al que le dicen Pelado, que siempre se tira al piso a jugar conmigo; a Fernando, uno que viene siempre y me rasca la cabeza… y a muchos otros a los que no había visto nunca. Había una chica a la que me encantaba olfatearla, pero no sé por qué, cada vez que lo hacía, se ponía colorada y Pablo me retaba. Otra me cayó bien porqué, al olerla, me di cuenta de que tiene una perrita Yorkshire en la casa de mejor humor que los pitucos de la peluquería. De todas formas, no todos eran maravillosos seres humanos. También descubrí a un petiso y gordito al que no le gustan nada los perros, y a una chica muy bien vestida que odiaba que le toque el brazo con mi nariz mojada. ¿Qué quería, que me la seque? Y bueno… no puedo caerle bien a todo el mundo.
De todos modos, me pasé toda la noche dando la bienvenida a todos y saludando a uno por uno. Por la manera en que lo hacían, me avivé que la fiesta era en mi honor. ¡Claro, no me había dado cuenta! ¡Pablo me hizo una fiesta para presentarme en sociedad con su jauría de amigos! Muy amable. Me quedé muy cerca de un rubiecito muy simpático que se llama Christian porque siempre me convidaba pedacitos de salchichas, de sándwiches o de hamburguesas.
Pero la sorpresa me la llevé cuando una de las chicas salió de la cocina con una torta enorme con velas encendidas. De pronto, todos comenzaron a cantarle algo a Pablo, a coro. Cuando terminaron, él sopló todas las velas. No sé el motivo, pero la fiesta no era para mí sino para él. Y bueno… hasta los seres humanos más buenos tienen algo de egoísmo. Se hizo una fiesta para él mismo. ¿Vos lo podés creer? Bueno, pero de todos modos, la compartió conmigo y con sus amigos. Todos le daban besos y abrazos al mismo tiempo, así que me puse nervioso y empecé a ladrar como loco. Es mi compañero de departamento y yo tengo la exclusividad. Así que despejé el área a ladrido limpio y me lo quedé para mí solo, hasta casi reventarlo a lengüetazos.
Durante toda la noche cantaron, tocaron la guitarra, bailaron y yo me prendí en todas. Creo que algo tuvo que ver un líquido que tomé. Alguien dejó en el piso un vasito con un líquido medio rojo que tenía un olor muy tentador. Lo probé y me gustó, así que me terminé todo el vaso. Lástima que nadie volvió a descuidar ningún otro vasito como para vaciarlo nuevamente. En algún momento se me hicieron un nudo las patas, pero no fue nada alarmante. También más tarde quise saludar a Laurita y a su hermana gemela, pero nunca pude tocar a la hermana gemela. Creo que no hice bien en beber eso.
¡Cómo nos divertimos y nos cagamos de risa! Para hacer enojar al petiso que me miraba feo, lo agarré de la rodilla varias veces en esa actitud que las personas odian tanto. Divertidísimo.
De a poco se empezaron a ir y yo bajé a despedir a cada uno. Cuando la fiesta terminó ya era de día. Salimos a pasear con Pablo y lo hicimos a paso lento. El solcito nos pegaba en la cabeza y nos daba cierto placer y sueño, al mismo tiempo. Al subir al departamento, nos fuimos a la cama y yo me acosté panza arriba. Pablo me rascó un poquito el costado derecho de la panza y me hizo reír mucho. El domingo dormimos como chanchos todo el día. Fue la primera fiesta de mi vida. Pensé en cómo nos hubiéramos divertido si también hubiesen estado todos los muchachos de MAPA. Todos: perros, gatos y personas. Y, de pronto, arrojé un deseo al cielo: que todos ellos, mis viejos compañeros, puedan tener alguna vez su fiesta, para divertirse y después dormir como chancho con alguien que te quiere. ¡Atajen mi deseo, che!

viernes, 4 de diciembre de 2009

Mis hits


Hola, diario. Pablo ya está mejor. Un alivio. Pensé que tenía moquillo. Eso es fatal. No quiero que se muera. Debe estar vacunado como yo.
Desayunamos juntos; fuimos a la computadora, como siempre; y después, puso música. Me hizo esa tontera del bailecito, que tanta vergüenza me da, pero nos reímos un rato. Y después me empezó a cantar unas cositas. Porque me inventa canciones. Ya tengo como tres hits. Cuando me canta una que dice algo así como “Miiiiiii Francisco, miiiiiii perrito…”, automáticamente me pongo panza arriba. ¡Me da como una vergüenzaaaaa! Me debo poner colorado, pero como soy peludo no se me nota. Y si me canta “Tengo un perro, muy hermo-so, muy pelu-do…”. Ahí empiezo a correr para todos lados, como enloquecido. Y hay otra: "Franci-Franciscoooo... no nos lastimes, sos como un pancho... Frank-Furteeeeer"... A él le encanta, aunque se vea ridículo, y para mí es como un regalo de la vida.

Resfrío


Hola, diario. Ayer pasé un día de suma preocupación. Resulta que Pablo no durmió bien. Se lo pasó estornudando toda la noche. Al principio me fastidié porque no me dejaba dormir tranquilo. Cada vez que estornudaba, la cama temblaba. Sin levantar la cabeza, pensé muy dentro mío: “Ahora no me vengas con eso de que tenés alergia a mis pelos porque ya me pasó una vez”. Soy un mal-pensado. Tenía un resfrío tremendo y la garganta le hacía “aggrrrrrrrrrr”. Me dio una penaaaaaa… Todo ojeroso, pálido, con los pelos parados, sin poder pegar un ojo y casi abrazado a una pila de pañuelitos de papel. “Este muchacho no puede estar así”, pensé inmediatamente. Así que me acosté a su lado, le di muchos besitos en la cara, le limpié la nariz a lengüetazos, puse mi cabeza en su pecho y me quedé muy pegadito a él para darle calor y prestarle mi energía.
Al día siguiente estaba hirviendo. Tenía fiebre. A mí una vez me pasó y no es muy agradable. Es una macana que los perros no sepamos usar el teléfono. Lloriqueé un poco, pero nadie me escuchó.
Cuando tuvo un poco de fuerzas, se levantó de la cama, tomó el teléfono y llamó a alguien. En una hora alguien estaba tocando el timbre. Empecé a ladrar porque… ¿Quién iría a abrir la puerta, si vivimos en un sexto piso? Pablo fue más astuto. Tiró las llaves por la ventana.
Llegó un tipo vestido de blanco con un coso raro colgando del cuello. No le tuve confianza porque imaginé que era el veterinario. Yo les tengo un poco de fastidio a los veterinarios. Así que cuando se acercó para tocarlo, le mostré los dientes y me pegué a su lado, tieso, sin moverme. El tipo se asustó y se quedó inmóvil. Pero Pablo me dio unos besitos en la cabeza y me dijo que no me preocupe, que era un amigo. Yo ya aprendí que cuando dice “amigo”, no hay problema. Me hice a un lado, pero con cierta desconfianza. No me gusta mucho que otro lo toque. Entonces el veterinario le levantó la remera y le puso ese coso frío que tenía en el cuello, conectado a sus orejas, sobre el pecho. No sé qué quería escuchar. Le dio unos remedios, anotó algo y se fue. Un alivio.
Así que me dediqué a cuidarlo. No me moví de su lado y, como sé que los animales tenemos una energía que cura, me quedé muy pegadito a él.
Anoche ya pudo dormir un poco mejor. Estornudaba cada tanto, pero ya sin fiebre y con un sueño corrido. Me sentí tan feliz. Creo que lo curé. Me sentí útil. Lo miré, fui a beber un trago al inodoro, le di un par de besos y me dormí a su lado.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Aventuras en el supermercado


Hola, diario. Ayer me pasó de todo. Pablo salió muy temprano y, cerca del mediodía, me vino a hacer compañía Saúl, su papá. Yo lo paso genial con él. Porque no para de hablar. Me cuenta cosas, me hace preguntas (que obviamente no le puedo contestar porque le daría un infarto) y hasta me canta. Es decir, nos cagamos de risa juntos. No se tira al piso ni corre como Pablo, pero es un buen compañero. Cuando salimos a la calle hay que caminar un poco más lento porque es un hombre grande. Calculo que tendrá unos 18 años, seguramente (aunque tengo la sospecha de que las personas viven más que nosotros, no lo sé aún). Pero aunque lento, hoy caminamos muchísimo y hasta nos encontramos con Morena.
Cuando estaba empezando a oscurecer, llegó Pablo. Obviamente, lo recibí a los saltos y a lengüetazo limpio. Y salimos los tres. Fuimos al supermercado, un lugar gigantesco del que la gente sale llena de bolsas repletas de cosas ricas y con ráfagas de olores que te embriagan. Ya habíamos ido una vez con Pablo. Me dejó atado, junto a las bicicletas para que lo espere. No me gustó nada. Pero salió enseguida. Esta vez, me volvió a dejar atado en el mismo lugar, y entró con Saúl. “Esperá”, me dijo. No me quedaba otra. Pero pasaron los minutos y no salía ninguno de los dos. Esperé un poco impaciente, hasta que no pude más. Como no salían, hice un escándalo. Comencé a ladrar como un loco, sin parar, diciendo los peores improperios en idioma perruno. Fue una actitud desconsiderada. Seguramente ellos dos estarían ahí adentro comiendo de todo, llenándose las panzas con toda la comida más rica y variada. Me los imaginaba así, revolcándose en el piso sobre los churrascos y los pollos hasta no dejar ni un hueso. Y yo, el pobre Francisco, acá afuera, viendo cómo todos los demás, salen con sus bolsitas llenas. Seguí ladrando sin parar. Hasta que vi cómo asomaban sus cabezas. Parece que mucho no les gustó. ¡Alcancé a ver que tenían un carrito lleno de comida y otras cosas! Saúl vino hacia la puerta y salió para hacerme callar. Lo miré como diciendo: “ya era hora, che”. Me desató la correa del poste y me sostuvo. Entonces éramos dos los que estábamos esperando a Pablo. Y pasaron los minutos y seguía adentro. Y volví a pensar lo mismo: es un desconsiderado, debe estar comiéndose todo él solo. Empecé a ladrar y tironeé tanto la correa que me escapé. Las puertas se abrieron apenas me acerqué y me metí rápido entre la gente buscándolo a Pablo. Escuché que, a lo lejos, Saúl me llamaba. Pero no me importó nada. No soportaba la visión de que Pablo esté comiéndose todo… ¡¡O lo que era peor: que se haya ido por otra puerta, abandonándonos!! La gente me miraba sorprendida como si nunca hubiera visto a un perro y un tipo y una mujer vestidos iguales me perseguían por todos lados. Sin querer, con la cola, tiré unos paquetes de galletitas. Y, de pronto, me di cuenta de que todo el supermercado estaba alborotado porque yo corría por todos lados. Por momentos me pareció divertido y jugué a esquivarlos. Hasta que de pronto escuché la música que esperaba: “¡Francisco!”. Era la voz de Pablo, con su carrito intacto, lleno de comida, que venía hacia mí. Salté hacia él y lo saludé como siempre. Se empezó a reír, pero me dijo que me tenía que ir. Comprobé que no se hubiera comido nada. Y así fue. Entonces dejé que me saquen de ahí tranquilo y volví con Saúl. Debo haber presionado un poco porque no tardó mucho en salir. Y fue como yo esperaba: cargado de bolsas. No le alcanzaban las manos para llevar todo. Me hubiera gustado ayudarlo, pero si le presto mis patas, después no puedo caminar. Así que los guié, para que no se pierdan.
Llegamos a casa, Pablo cocinó una rica carne y, como siempre, me dejaron un rico pedacito para el final. La vida no sería vida sin aventuras.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Ladridos


Hola, diario. Ayer iba por la calle lo más tranquilo con Pablo y escucho que un hombre… un tarado… me mira y me grita: “Guau, Guau, Guau”. Un-ta-ra-dooooo… Lo miré con ojos de nada y seguí mi marcha. Pablo también. Algunas personas se piensan que el idioma del perro es decir simplemente “guau”. Yo no digo “guau”. Es otro sonido. Ni ellos pueden reproducir los nuestros ni yo puedo hablar su idioma. ¡¡¡¿¿¿Entonces por qué nos imitan???!!! Me fastidia que me imiten.
De todos modos, tengo que contarte que las personas le tienen pavor a los ladridos. Se piensan que uno los va a morder. Te cuento algo: yo tengo un berretín*, lo admito. Vivimos sobre una avenida que está llena de mueblerías. Y gran parte de esas tiendas de muebles (no me preguntes por qué) tienen espejos en los techos de sus marquesinas. Un día íbamos caminando lo más panchos por ahí y Pablo me hace mirar para arriba. Ahí me descubrí a mi mismo. Entonces me encanta mirarme así, desde abajo. Y cuando descubro alguno de esos espejos corro desesperado de un lado a otro ladrando a mi propio reflejo. Ya sé, es una pelotudez, pero me encanta. Casi tanto como correr a las palomas. Pero cada vez que me pongo a ladrar así, la persona que pasa eventualmente cerca se asusta o dice alguna frase en mi contra. Entonces, Pablo, que es re-conciliador y que me adora, sale a defenderme y a dar explicaciones.
Otra vez ladré en el edificio. Fue de alegría porque llegó a visitarnos Saúl, el papá de Pablo. Una señora que bajaba del ascensor nos dijo de todo. Se asustó y se puso contra la pared como si yo hubiera tenido la intención de morderla.
Las personas no entienden que nuestro ladrido es todo. Es alegría, es enojo, es tristeza, es desesperación, es deseo, es juego, es amor… Nuestro ladrido es palabra, es grito, es risa… ¿Y los seres humanos no hablan, no gritan, no se ríen? ¿Por qué se asustan y se ofenden con los ladridos, si nosotros no podemos gritar o hablar como ellos? No sé… te la dejo picando…

*Obsesión.

martes, 1 de diciembre de 2009

Y sí... me creo persona


Hola, diario. Tengo miedo de ser bipolar. Mirá lo que me pasó: ayer salimos, como siempre, a pasear un poco para hacer mis necesidades -qué diferencia con las personas, que se encierran en un lugar, hacen y punto... aburridos- y me encontré con Morena. Cómo me vuelve loco esa perra. Me pone de la nuca. La veo y no puedo parar de saltar. A veces quiero disimular, me doy media vuelta y, como silbando, me echo una meadita. Pero a los dos segundos, ahí estoy saltando a su alrededor y tratando de pararme encima suyo. Corremos, corremos, corremos y nos cagamos de risa. Después, fuimos por la calle de la vuelta y estaban esos yorkshire pitucos arrogantes de la peluquería que siempre putean como en inglés cuando uno pasa. Les tengo un desprecio...
Y fuimos a la plaza. Ahí surgió mi interrogante. Estaba lleno de perros. Algunos como yo, y otros de raza. A mí los de raza me dan pena. Son todos iguales. En cambio yo me siento único. El problema surgió cuando uno de rulos, alto, se me acercó para olerme mis partes más pudorosas. ¡Me dio una bronca! Lo saqué cagando. Pablo se asustó porque mostré mis dientes y le ladré muchísimo hasta que se fue. Después se acercaron tres más. Una perrita linda, bien peinada y macanuda, pero petisa; un morocho con manchas con las patas sucias de barro; y un rubio que tenía una cicatriz en la frente. Querían jugar conmigo y correr. Primero jugué un rato. Pero en un momento me pareció una invasión. Los sentí tan perros... Uno de ellos no sabía dar la patita... eran básicos... Entonces me harté, les empecé a gruñir y lo obligué a Pablo a que me saque de ese lugar. Escuché que uno de ellos dijo algo así como: "Dejalo, se cree humano".
¿Será verdad? ¿Tendré el síndrome Jekyll & Hyde? Voy a reflexionar más sobre el asunto.