UNA VIDA SIN UN PERRO, ES UN ERROR

"LA GRANDEZA DE UNA NACIÓN Y SU PROGRESO MORAL PUEDE SER JUZGADO POR LA FORMA EN QUE SUS ANIMALES SON TRATADOS."
Mahatma Gandhi

NO USES PIROTECNIA

NO USES PIROTECNIA
Por favor, no usen pirotecnia. Los "cuetes" nos asustan, nos hacen mucho mal a nuestros oídos, nos desorientan y son la causa de que muchos perros y gatos se pierdan entre diciembre y febrero. Lo mismo les ocurre a otros animales, como las aves. Pensá en nosotros y en los múltiples problemas que pueden causar los fuegos artificiales. NO USES PIROTECNIA. Gracias. PD: Ah... Ponele chapita con número de teléfono a tu perro. Para esta época hay muchos perros perdidos a causa de la pirotecnia, por favor, si ves alguno no sigas de largo, ayudalo a encontrar a su familia.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Me pareció ver a un lindo gatito



Hola, diario. Estoy preocupado. Yo estoy casi seguro de que Néstor no sería capaz de comerse a Pérez. Pero el “casi” me preocupa mucho. Néstor se pasa horas y horas observándolo. A Pérez no le molesta, lo mira de reojo y sigue comiendo o cavando galerías en el poco espacio que tiene para vivir. Y a Néstor no le importa otra cosa que sentarse a observarlo.

Yo quisiera pensar que no convivo con un asesino, ¿no?

 

PD: Como de costumbre, Pablo se está encariñando. Lo pesqué que levantaba la tapa de la pecera y le rascaba la cabeza con el dedo a Pérez. Creo que si se encontrara una araña, se encariñaría también.


sábado, 19 de noviembre de 2011

Eramos pocos y faltaba Pérez

Hola, diario. Vos sabés muy bien cómo me irrito cuando Pablo confunde nuestra casa con un refugio en zona de riesgo. Las veces que me habrá tocado convivir con otro perro mugriento porque a él le partió el corazón. Hace poco trajo una gatita bebé. Por suerte estuvo sólo tres horas porque corría el riesgo de ser degollada por una uña de Néstor. El rubio estaba furioso. Celosísimo. Para él, con los perros todo bien, pero no le traigas otro gato porque se pudrió todo. Finalmente, se la quedó el portero del edificio y hoy observa a Néstor desde el noveno piso. Espero que no intente planear.

Anoche llegaron a casa Pablo y Nelson con otro ser vivo. No era ni un perro ni un gato ni una paloma. Era pequeñísimo y estaba adentro de una pecera de vidrio. Algo inquieto, desconcertado y te diría preocupado. Pablo me dijo que esa clase de bicho se llama “hámster”. Debe ser alguna marca importada de rata. “Este es Pérez”, me dijeron. El asunto es que Pérez se para en dos patitas y apoya sus manitos en la pecera. Me vio y no pareció sorprenderse. Según escuché, lo encontraron entre la basura del edificio donde vive Nelson. Parece que alguien se “aburrió” de contemplar a Pérez y no se le ocurrió mejor idea que abandonarlo ahí.

Me morí de la emoción cuando me avivé que adentro de la pecera había una ruedita muy simpática sobre la que Pérez se sube y comienza a correr sin parar. Está apuradísimo, pero no sé muy bien a dónde quiere llegar. Te matás de risa. Me hubiera encantado largar una carcajada, como hace Pablo cuando se divierte. Mi cola se convirtió en un ventilador de cómo se movía.

Otra cosa muy graciosa que hace es comer sin parar. Se mete mucha comida en la boca, muchísima, casi tanta como el tamaño de su cuerpo y la guarda en su buche. Se la queda un muy buen rato y luego la regurgita, para comérsela. Un bicho raroooooo... Hay formás más fáciles de tragar.

La preocupación de Pablo y Nelson era cómo poner a Pérez lejos de Néstor. Aunque no me lo cuenten me doy cuenta de que los gatos son capaces de convertir en cena a un bicho como este. Pusieron la pecera donde vive Pérez arriba de un mueble. Antes de que se relajen, sin que se den cuenta, Néstor apareció olfateando el aire con mucha curiosidad. De repente, pegó un salto y subió a una silla para observar a Pérez. No se lo quiso comer, aunque supongo que es porque no puede y está protegido por esos vidrios. Pero lo observa muchísimo y está muy preocupado por el nuevo habitante de la casa. Pablo y yo también.







viernes, 4 de noviembre de 2011

Gente


Hola, diario. Hoy estoy bajoneado. Es que estuve reflexionando mucho sobre los humanos, en general. Tantos años en esta vida en medio de las personas me han enseñado a entenderlos perfectamente. Sus palabras, sus gestos, sus tonos... La combinación de mi vista, oído y olfato son perfectas. Bueno... casi perfectas. Creo que nunca voy a entender sus actitudes. He visto casos en los que no soportan su felicidad, otros en los que pueden cruzar sentimientos casi opuestos, otros en los que se pelean los que se aman. Estuve pensando eso nomás. Me gustaría mucho poder darles a los humanos un curso en el que aprendan todas las virtudes que tenemos los perros: tolerancia, paciencia, paz, amor incondicional. Lo haría gratis y ni siquiera habría que hablar, eso los pierde a los humanos. Sólo nos miraríamos a los ojos.

martes, 1 de noviembre de 2011

Amabilidad


Hola, diario. Hoy, la chica del bulldog con pintitas me dijo que era un asqueroso cuando me acerqué a olfatearle el culo a su perro. Me quedé mirándola, desconcertado por su actitud. Levantó el dedito y me repitió una y otra vez: "Asqueroso, asqueroso, eso no se hace". Nos miramos con el bulldog comprendiéndonos, me di media vuelta y salí de su radio intolerante.
Ya sé... ya sé... Soy observador, no me lo digas. Pablo cuando se saluda con alguien no le huele la cola. Es una actitud que los humanos no tienen y aún no entiendo por qué. Se enterarían de muchas cosas sobre sus congéneres si se olieran un poco más. Pero bueno, tienen sus narices atrofiadas. Nosotros, los perros, nos saludamos así y en dos segundos de olfateada tenemos el curriculum completo del otro. Claro que yo no soy de esos perros a los que les gusta saludar a todos sus congéneres. Es que, como te dije varias veces, no estoy muy seguro de si soy un perro o un humano dentro de un perro.
Por eso, no me pinta ni ahí ir a olfatearle el culo a un rottwailer, a un pit-bull o a un pastor alemán... mucho menos a un dogo. Tu nariz puede acabar entre sus dientes. Yo respeto los gustos de todo el mundo, pero tampoco me da mucho interés averiguar el curriculum de los machos. Bueno, sí, alguno que otro puede ser... pero prefiero enterarme de la vida de las chicas del barrio. Y sólo me basta con oler un poquito sus nalgas. Y así soy capaz de mantener una conversación durante un rato. Yo la huelo, ella me huele, yo la huelo, ella me huele... y damos un poco de vueltas en círculo. Si nos caemos bien, corremos un poco alrededor de nuestros amigos humanos.
Soy Aries y a nosotros no nos gusta andar haciendo amistad con todo el planeta.
Hay muchos perros a los que les encanta ir a saludar a todos sus congéneres. Son capaces de cruzar la calle para saludar a alguno. Macho o hembra. Son los "saludadores". Sus rabos se mueven más que sus patas. Pierden mucho el tiempo. En lugar de hacer pis o tratar de encontrar un buen hueso detrás de un árbol, se ocupan de hacer sociales con todos los demás perros del planeta. Está bien, pero no me va. Ya soy un señor grande y selecciono un poco más mis amistades. Soy un perro solitario. Pablo y yo somos suficientes. Claro... a él no necesito olerlo, con sólo mirarlo a los ojos ya sé qué hizo, qué va a hacer y qué piensa.
De todos modos, cómo olvidar esas olfateadas que nos dábamos con Morenita. A veces cierro los ojos y la imagino saltando y corriendo de esquina a esquina, como lo hacíamos siempre. Señora: ¡No soy asqueroso por olerle el culo a su perro! Soy educado. Usted nunca saludó a Pablo ni con su voz, ni con su nariz.

domingo, 30 de octubre de 2011

ESTOY DE REGRESO


Hola, diario. Te preguntarás por qué estuve alejado un tiempo de las letras... Me visitó la tristeza, diario. Saúl fue un gran compañero en la vida y su partida me dejó un poco frágil. Pero luego de miles de suspiros, algún que otro dolor de panza y varias visitas al veterinario (que incluyeron homeopatía canina), aquí estoy: dispuesto a seguir contándote mi vida. A PARTIR DE MAÑANA, ME TENÉS DE REGRESO.

sábado, 6 de agosto de 2011

El gato volador



Hola, diario. Hace días que me pregunto por qué los perros no tenemos la agilidad de los gatos. A veces me da una envidia ver todo lo que logra Néstor gracias a su agilidad... Puede pasar horas a metros del piso y sólo baja cuando se le antoja. Le encanta caminar por encima de todos los muebles y tiene una habilidad tremenda para esquivar cada uno de los adornos que están sobre ellos, sin derribar ninguno. Bueno, excepto al chino de madera, como te conté. Pablo puede dejar la mesa llena de copas y botellas que Néstor, sigiloso, puede avanzar por todas ellas sin tirar ninguna. También se trepa a la reja del patio y sube al primer piso para visitar a los vecinos. Tiene suerte de que a ellos les gusten los gatos. Me da tanta envidia esa agilidad. Si yo intentara treparme a la mesa como hace él, se me iría todo a la mierda en dos segundos. No domino el cuerpo. No sé si este gato hará pilates o algo así, pero tiene un cuerpo acrobático que logra doblar todo. Uno de los juegos que le encantan es cuando Pablo arroja hacia arriba, una ratita de juguete. Él salta en forma vertical, como si tuviera resortes en los pies, para atraparla. ¡Hasta hace piruetas en el aire! Debería trabajar en un circo.

Un día en que yo estaba un poco malhumorado y no soportaba que Néstor sea feliz, le jugué una mala pasada. Cuando el muy pillo estaba esquivando todas esas estatuillas que, tan cuidadosamente, Pablo tiene acomodadas sobre el mueble de madera más alto, junté aire en mis pulmones y lancé tres ladridos potentes. Néstor salió corriendo del susto y no quedó una sola en pie. Lo peor de todo eso es que Pablo me vio. En vez de retarlo* a él, me gritó como si fuera un mal hermano. Y sí, a veces lo soy. Soy tremendamente celoso.

*Retar, regañar.

martes, 12 de julio de 2011

Espera junto a la puerta


Si supiera que lo espero junto a la puerta.... No lo sabe. Cuando él se va algo falta. Sé exactamente el tiempo que tardará en volver. Y pienso en las contadas cosas que puedo hacer mientras sucede esa espera. No puedo hacer demasiado porque estaré ocupado esperando. Me lleva mucho tiempo quedarme ahí, echado, oliendo y parando las orejas para percibir esas sensaciones que se cruzan por mis sentidos para perturbar la espera, para distraer. Pero yo no me muevo. Hasta dejé mi marca en la pared blanca. De tanto echarme allí, quedó una mancha gris. Aunque sé muy bien que la espera es de otro color. La espera es esperanza, es amor, es ese tiempo vivo (no muerto) que se compensa con la llegada.
A mí también me esperan. Cuando me voy, Néstor se queda esperándome en la puerta. Maulla sin parar. Puede quedarse horas así, hasta que regreso. No hace lo mismo con Pablo. Nuestro corazón toma pertenencias. Pablo me pertenece, pero parece que yo le pertenezco a Néstor.
Qué lindo es esperar junto a la puerta...

jueves, 7 de julio de 2011

Malcriado



Hola, diario. Confieso que he sufrido un retroceso en mi comportamiento. Mis modales ya no son los de antes. Pablo está algo decepcionado. Pero puedo explicarte porqué. Desde que convivimos, él me explicó que no hay que pedir comida cuando las personas cenan. Siempre, cuando terminan de cenar, me dan un poquito. Me enseñó a que hay que comportarse y no molestar si están hablando. Me explicó que es extremadamente peligroso bajar del cordón de la vereda, en la calle, porque puede aplastarte uno de esos monstruos sobre ruedas, que son taxis, pero de otro color. También me dijo estrictamente que no debo ladrar en casa para evitar molestar a los vecinos. Cierro el pico. Me contó muchas normas de comportamiento básicas que son imprescindibles para una buena convivencia con el mundo.
Yo las aprendí... pero me estoy olvidando algunas, de vez en cuando.
Es que Pablo viaja mucho. Y cuando Pablo viaja, me cuida el resto de la familia. Y el aspecto más divertido de esa ausencia es que ellos me malcrían mucho. El santo de Raúl me dejaba hacer de todo, pero como era muy mayor yo le hacía más caso. Fina es lo opuesto a Pablo. Como toda mamá, me da de comer a cada momento. Cosas ricas y cosas horribles que escupo cuando no se da cuenta. Se cree que puedo comer todo lo que ella come. Es casi cierto. Los otros días me quiso dar pepinos. Pero qué horror. María Elena, la hermana de Pablo, su esposo Luis y los hijos, me dejan hacer absolutamente todo. Puedo apoyar las dos patas delanteras en la mesa para alcanzar mejor la comida, me permiten ladrarle el señor despeinado del kiosco, tomar agua del inodoro y saltar sobre sus cabezas cuando están hablando algo importante.
Claro, cuando regresa Pablo, me olvido un poco de la disciplina. Ahora, mientras como las galletitas que dejó sobre la mesa, estoy tratando de recordar normas de conducta.

miércoles, 6 de julio de 2011

Beber el agua prohibida



Hola, diario. ¿Te hago una consulta? Cuando tenés sed... ¿no te vas corriendo a tomar agua al inodoro? Creo que es de lo más normal. No sé por qué a Pablo le molesta tanto que haga eso. Es agua fresquita, en gran cantidad, a veces saborizada... Ya sé que tengo mi plato con agua, que compartimos con Néstor, pero me da fiaca ir caminando hasta la cocina cuando me agarra sed en el dormitorio, por ejemplo. Prefiero pasar por el baño y terminar con ese trámite rápido. Pero si Pablo me pesca con el cogote en el borde del inodoro y las patas delanteras colgando, dando largos sorbos de agua... ¡Pone el grito en el cielo! Yo lo miro de reojo como diciendo: "Me pescó el hincha pelotas".
Días pasados, mi hermano menor, Néstor, hizo lo mismo. Pero como tiene miedo de ahogarse en el inodoro, prefiere beber del bidet, que tiene una pequeña pérdida. Bueno, el lunes pasado ocurrió lo que tarde o temprano iba a pasar. Pablo entró al baño, con su toallita, como siempre, para bañarse (qué costumbre horrible de hacerlo todos los días) y nos pescó a los dos bebiendo. Yo me quedé perplejo, pero a Néstor -que nada le importa- siguió bebiendo como si nada. Pablo no nos retó. Se acercó sigilosamente al bidet y abrió la canillita del costado. Ahí nomás, salió un chorro enorme de agua hacia arriba que nos empapó. En dos segundos, Néstor estaba en el patio sacudiéndose. Yo seguía feliz, mojándome porque me encanta. Quedamos los tres empapados y a mí me encantó.
Pero ayer pasó algo desagradable. No voy a entrar en detalles, diario. Pero me di cuenta de por qué Pablo no quiere que beba del inodoro.

sábado, 28 de mayo de 2011

Escondidas



Hola, diario. Ayer nos pegamos un susto tremendo. Noto que a Néstor le gusta mucho esconderse y aparecer cuando a él se le antoja. A veces, Pablo descubre su ausencia y comienza a llamarlo por todos lados. El muy turro no aparece y lo tiene al pobre una hora buscándolo. Cuando él lo dispone, aparece lo más campante, desperezándose, como si nada hubiera ocurrido. Sé que Pablo lo quiere ahorcar cuando pasa eso, pero termina alzándolo y moliéndolo a besos.
Ayer volvió a hacer lo mismo. Sólo que estuvo toda la tarde buscándolo. Yo creo que se lo hace a propósito, porque los gatos tienen algo de zorro. Mi olfato lo descubre inmediatamente, pero yo no soy buchón*, así que no digo nada. Me da lástima por Pablo, pero tengo la excusa perfecta: no tengo manos ni dedos como para señalar dónde está. Pobre. Hasta revisó en los lugares más insólitos, como cacerolas y cajas de zapatos. También fue a preguntarles a los vecinos si no lo vieron por ahí. No hubo caso. Finalmente me dio lástima y decidí convertirme en un delator. Sin dedos, pero con mi hocico, le señalé a Pablo dónde estaba el muy sinvergüenza. Dormía profundamente adentro de una de sus valijas. Una vez más, pensé que Pablo le gritaría "gato desconsiderado", como mínimo. Pero no. Sonrió, lo abrazó y le llenó la panza de besos.
Hay bichos con suerte.


*Alcahuete.

martes, 24 de mayo de 2011

Regalitos



Hola, diario. Finalmente, Pablo decidió regresar. Ya estaba pensando en que se había fugado de mí. Volvió con sus valijas* repletas una vez más. También está más bronceado, por lo que supongo que estuvo de vacaciones. Cada vez que esto ocurre tengo una gran contradicción. Por un lado, tengo ganas de enojarme con él por haberme dejado tantos días, aunque no puedo contener la emoción y lloro de felicidad y no puedo parar de lamerle la cara cuando entra. Es que mientras no está no la paso mal. Parece que la ausencia definitiva de Raúl obliga a que Fina ya no pueda venir a quedarse conmigo, pero se queda a vivir conmigo esos días Verito, la sobrina de Pablo e hija de María Elena. Casi casi que se vuelve más divertido. Es más joven que Pablo y me hace jugar muchísimo. Nos re-cagamos de risa todo el tiempo. Andamos en pantuflas por la casa, vemos todas las películas que podemos y me deja lavar los platos de comida con la lengua. Y además de todo eso, me deja dormir a su lado y me abraza. Lo pasamos genial.
Pero a pesar de todo, no puedo evitar extrañar* a Pablo. Es como que me falta su olor, entonces a veces me robo alguna de sus medias* y me la llevo a alguno de mis rincones exclusivos.
Pero lo más divertido de los regresos de sus viajes, es el ritual de la valija. Sé muy bien que dentro de esa valija enorme hay un regalo para mí. Entonces, entre mi desesperación por abrazarlo se mezcla mi ansiedad por saber qué hay ahí adentro para morder, comer o jugar. Tengo ganas de morderla toda y meter el hocico lo más hondo que puedo hasta encontrar aquello que es para mí, que es la prueba del amor incondicional de mi mejor amigo.
Esta vez me trajo dos regalos. Lo primero que encontré fue una pelota cachirula con forma de perrito. Pensé: "un mal gusto incontrolable para hacer regalos". La arrojó como para que la fuera a buscar, pero la ignoré completamente, que vaya a buscarla él con sus dientes tan poco puntiagudos. Seguí buscando y encontré EL regalo. Trajo algo precioso para mí y para Néstor: dos platos de comida llenos de dibujitos. El mío, estaba decorado con perros de distintas formas y tamaños, todos sonrientes. El de Néstor, lógicamente, tenía gatos, también contentos, mostrando todos sus dientes parejos. Ahora se suma otro motivo para tener ganas de comer a cada momento. Tengo un plato especial, con dibujos especiales, comprado con un cariño especial. Soy un perro con suerte.

*maletas.
*echar de menos.
*calcetines.

viernes, 29 de abril de 2011

Feliz Día del Animal


Hola, diario. Ayer estuve tratando de descifrar un poco una conversación que tenían unos amigos de Pablo y eso me llevó a pensamientos filosóficos. Parece que hablaban de alguien que no era buena persona, porque la nombraban y arrugaban la nariz y el ceño. Luego noté que uno de ellos exclamó: "¡Es una perra!". Miré para todos lados y no había ninguna por ahí... Luego los demás repitieron cosas como: "¡Sí, es una terrible perra!". Y me di cuenta de que no hablaban de ningún animal, sino de una persona a la que le decían perra a modo de insulto. Me sentí muy ofendido. Me pegué media vuelta y me fui a descansar y a recapacitar en mi sillón favorito.
¿Cómo puede ser que para insultar a alguien mencionen el sagrado apelativo "perra"? Yo nací de una perra. Y estoy orgulloso de ser un hijo de perra. Yo no le grito "¡persona!" para insultar al pitbull altanero de la otra cuadra. Digo yo... ¿Las personas se darán cuenta de lo que hacen siempre?.. Yo no conozco perros malos, ni animales malos, en general. El pitbull de la otra cuadra es un jodido con sus congéneres porque sus dueños le enseñaron a odiar a los demás perros. Pero no es su culpa. ¿Por qué no dirán "es leal como una perra"? ¿O por qué no dirán "es trabajador como un burro"? ¿O "es inteligente como un caballo"? ¿O "es tan libre como un gato"? ¿O "más cariñoso que un perro"? ¿O "más dulce que un conejo"? ¿O "tan abnegado como una hormiga"?
No entiendo, diario. Estoy ofendido. Por eso, levanto el hueso de caracú que me regaló Fina para brindar por los perros, gatos, caballos, burros, pájaros y todos los animales del mundo. Brindo con el deseo de que los humanos, que tienen el poder sobre todo, puedan observar más de nuestro interior... para aprender. Para ser mejores.

sábado, 23 de abril de 2011

Restos

Hola, diario. Si supieras lo difícil que es, a veces, poder afanarte* un pedazo de comida te sacarías de la cabeza esa idea de haber deseado ser perro (porque después de leerme a mí, seguramente te habrá pasado eso). Puede resultar indignante. Yo soy capaz de entregar el alma por un bocadito de comida humana. Para qué negarlo. Por un pan soy capaz de traerte las pantuflas cuando las necesites y por un pedacito de hamburguesa, me agarro la correa con los dientes y me paseo solo. El dictador en ese aspecto es Pablo. No le gusta nada que coma lo que sobra de la mesa. Por eso me gusta tanto cuando vamos a visitar a Fina o al resto de la familia. Cuando Pablo no mira, ellos comparten pedacitos de su comida durante la cena, o me permiten robar lo que sea. No siempre es fácil, pero ese trabajo de estirar el pescuezo lo máximo posible para alcanzar lo inalcanzable, tiene un resultado maravilloso. Y lo ves en tu paladar.

*Robarte

Compartir

Hola, diario. Vos viste que a mí me cuesta mucho llevar a cabo el concepto de la palabra "compartir". Sí, soy egoísta, lo admito sin preocupación. A veces me enojo porque no entiendo cómo se puede no prestarme atención. Soy macanudo, divertido, cariñoso, carismático... algo de facha tengo. Entonces cuando vienen visitas no puedo evitar intentar llamar la atención. Del mismo modo, me desespero cuando Pablo le da un beso a alguien o le hace upa al gato.
De todos modos, debo admitir que es el gato quien me enseñó a compartir un poco el tiempo, la atención y el cariño. Ocurrió casi sin querer. Un día no me di cuenta y estábamos jugando los tres: Pablo, Néstor y yo. ¡Y cómo nos cagamos de risa! Yo tomé por asalto la cama y empecé a correr en círculos por ella. Néstor pegaba saltitos para subirse y ahí comenzó el juego de impedírselo. La idea era luchar por la supremacía de la cama. Mientras, Pablo nos cantaba cantitos tan horrorosos como incentivadores. Nos enfervorizaba y, mientras, nos daba palmadas. ¡Uy, cómo nos matamos de risa! Te juro, diario, que quedamos agotadísimos de correr y reírnos. Tuve que ir a tomarme un trago de agua al inodoro para recuperar fuerzas. Y Néstor, que nunca se cansa, quedó desparramado sobre la baldosa más fresca que encontró.
Luego de ese juego me di cuenta de lo que habíamos hecho: compartimos un rato. ¿Por qué habrá pasado eso? Me parece que le caché mucho cariño a ese gato.

jueves, 31 de marzo de 2011

Travesuras gatunas


Hoy Néstor amaneció colgado de la persiana. Parecía uno de esos muñecos que se pegan en los vidrios y no se salen más. Todo estirado, como crucificado, pero moviendo la cabeza para atrás viendo cómo bajar. Pablo se despertó por los maullidos y no entendía nada. No sabía si asustarse o largar una carcajada. La verdad es que era graciosa la posición, con los brazos en alto y las piernas colgando. Cuando lo bajó, salió corriendo del susto a esconderse. Yo te cuento cómo fue porque lo venía vigilando desde antes de que Pablo se despierte. Madrugó y estaba aburrido, entonces se puso a recorrer la casa, así haciéndose el sigiloso, como siempre. En un momento se paró frente a la persiana, que estaba baja hasta el piso porque a Pablo le molesta la luz del día cuando duerme. La observó y no vas a creer lo que empezó a hacer: puso sus patitas delanteras en cada una de las tablas de la persiana y comenzó a trepar. Como si fuera una escalera. No sé qué le pasa a este chico... se cree cucaracha que puede caminar por las paredes. Claro... llegó arriba de todo y ya no supo bajar, así que clavó sus uñas y se quedó ahí colgado.

Néstor es muy travieso. Hace cosas que yo no haría (como colgarme de la persiana, por ejemplo). Como tiene esa habilidad envidiable de saltar muy alto y treparse por todos lados, se cree que tiene derecho a la investigación en las alturas. Todo quiere oler. Todo quiere recorrer. Camina entre los libros de Pablo con habilidad de equilibrista. También lo hace entre unas estatuas de adorno, que están sobre un aparador. Deambula en zigzag entre ellas sin moverlas... hasta que llega a un chino de madera. No lo quiere. Lo empuja con la patita y el chino queda dando vueltas sobre su base redonda. Escuché a Pablo un día, cuando regresó del trabajo, que dijo: “Este chino está vivo”.

Pablo le compra unas ratitas de juguete. Puede pasarse toda la tarde corriéndolas, revoléandolas por el aire. A veces me da bronca que se divierta tanto y se las destrozo con los dientes (odio que no me presten atención a mí). Sino, Pablo le hace pelotitas de papel y puede pasar horas jugando con ellas. No se cansa nunca. Tiene una energía envidiable.

Pero es tan inquieto que tengo miedo de que sus travesuras lleguen más lejos y me echen la culpa a mí.

miércoles, 23 de marzo de 2011

Pequeño manual para que no te pisen



Lo de andar en el piso tiene ventajas y desventajas. Por un lado te sentís libre y desparramarte donde querés, con la tierra bien cerca de tu esencia. ¡No sabés las cosas que escuchás y sentís en el suelo!
Pero también corrés riesgos. Los humanos tienen la costumbre de caminar en dos patas, lo que los hace mucho más grandes que uno. Y como miran hacia la altura de sus narices, muchas veces no te ven. Entonces, sin querer, te patean, te pisan la cola o las patas o, incluso, pueden tropezarse con vos y caerse. Si eso ocurre, sin dudas, vos tendrás la culpa. Por lo tanto, hay que tomar ciertos recaudos como para no largar un chillido agudo de dolor y que, encima, te reten. Es que cada vez que gritás porque te pisan, se asustan y, en lugar de hacerte "sana-sana", te cagan a pedos*. Te aconsejo lo siguiente: tratá de no comer atravesado o podés convertirte en un felpudo; cuando estás feliz, no des saltitos alrededor de sus piernas, te van a pisar la pata; no camines demasiado cerca de ellos, son torpes y aplastan; si te quedás dormido de cansancio, no lo hagas bajo el marco de alguna puerta o en alguna curva de la casa; y lo más importante: si les hacés el honor de dormirte a los pies de sus camas, tratá de despertarte antes que ellos, sino, cuando se levanten, pueden confundirte con una pantufla.


*Regañar.

martes, 15 de marzo de 2011

Pichín


Hola, diario. Hoy batí mi récord. Pude mear en el radio de tres manzanas sin que se me termine el pis. Es un arte que el perro va adquiriendo con el paso del tiempo. Estaba muy preocupado porque somos muchos perros en este barrio y si no te hacés respetar estás listo. Para eso, es necesario dejar tu marca de orin en cada rincón. Todo un arte. Respeto las meadas de las hembras, pero hay que tapar las de los machos. Para eso, hay que administrar muy bien el pis. Aunque no te hayan sacado a pasear en horas, hay que contenerse de largar todo en la primera meada. A su vez, hay que tratar de no agotar los riñones y que te resistan por lo menos entre 12 y 15 años. Es un trabajo minucioso. Casi una sinfonía renal. Pero es irrefrenable. A cada aroma a nuevo perro, una meada cortita. A cada olor a perro bravo y machote, un chorro con más fuerza. Si hay una señal de perra bonita, una meada más suave y artística. Ay... ¡cómo me gusta hacer pis! El piyar es la esencia del perro. Y nuestros mejores amigos en este menester son los árboles. Nos toleran todo tipo de descarga. Eso sí, tenés que tener mucho cuidado de los porteros y porteras. Odian que les piyes los árboles de sus casas. Los cuidan más que a sus nalgas. El peor enemigo del perro es el portero. Lo tengo muy claro. Peores que los chinos.
Desde hace tiempo me entretengo pensando en cuántas cuadras y esquinas soy capaz de dejar mi marca. Creo que ya tengo un territorio bastante amplio como para hacerme el guapo. Bueno, de todos modos, es un trabajo que no se termina nunca. La competencia es feroz. Pero mi pis también lo es.

martes, 8 de marzo de 2011

Niñez



Hola, diario. No sé cómo hacer para explicarle a este chico Néstor que mi abrigo de invierno no es su mamá. Desde que llegó está obsesionado con transformar en su mamá a todo lo que tiene pelos. Demás está decirte que lo quiso hacer conmigo, pero lo saqué cagando. Le tengo cariño y me provoca ternura, pero de ahí a dormir con un gato... a sufrir ese bochorno, de ninguna manera. Un día estaba yo acostado pensando en la nada, y se me acerca Néstor con rostro entre voraz y dulce. ¡Podés creer que, con sus patitas delanteras, empezó a rascarme la panza, así como si estuviera haciendo un paso de hiphop! ¡Me pinchó! ¡Tiene las uñas muy afiladas!
Luego hizo lo mismo con Osito 8, hasta que se acostó encima y comenzó a mamar la leche que Osito no tenía. Ahí me di cuenta de lo que le pasaba. Extraña la teta de su mamá. Pobre pibe. Otro huérfano más en este mundo. Y bueno... bienvenido al club. Ahora Pablo, que es medio huerfanito, Néstor y yo.
Como Osito 8 le resulta un poco incómodo, ahora tomó a mi abrigo de lana como su madre. Hace la misma ceremonia. Apoya sus manitos, y comienza a amasar la lana, hasta que se acuesta sobre ella y comienza a chupar. Pobre pibe. Me da una ternura... Me paro a su lado y trato de explicarle con la mirada que eso es inútil, que no es su mamá y que no va a sacar nada más que pelusas, pero bueno, no entiende.
Yo no recuerdo cuándo dejé de tener mamá. Ni tampoco cuándo dejé de ser chico. Trato de hacer memoria y recordar, pero es inútil. Algún día, mi mamá no estuvo más. Ahora que lo veo así a Néstor me dan ganas de volver a verla. Y también me dan ganas de recordar cuándo fue que crecí. No sé si fue un día que me desperté y ya estaba así de grandote o fue la sobrealimentación que me dio Fina. Creo que fue sin querer que crecí. Así sin darme cuenta.
Uno no debería perder la memoria de estas cosas. Uno debería prestar atención al crecimiento, para poder conservar un poco de inocencia, de frescura. Voy a tratar de que Néstor crezca muy de a poco. Ya está. Lo voy a educar yo. Quiero que, dentro de unos años, sea un gato de pelo en pecho, pero que conserve esa capacidad de sorpresa permanente que tiene. Espero no olvidarme.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Un chau no es un adiós


Hola, diario. Hoy es un día triste. Tal vez más triste que el día que se murió Zsá Zsá o que aquel día en que Pablo volvió a casa y tuve que consolarlo durante unas cuantas horas.

Hace tiempo que Raúl no estaba bien. Ya no me venía a sacar a pasear como siempre. Quien venía a casa a mimarme cuando Pablo no estaba eran sus sobrinos o Fina.

Un día, fui a la casa de Fina y Raúl y lo encontré a él en la cama. No se movía mucho, pero me dejaron acostarme con él y darle muchos besitos en la pelada. Supe que no estaba bien, por eso, me molestaba mucho cada vez que alguien se le quería acercar a él.

Eso pasó durante varias semanas. Un día, vino el veterinario a querer tocarlo y le gruñí. Tanto que tuvieron que sacarme de la habitación. Nadie iba a meterse con mi abuelo humano. Raúl no tenía moquillo, sólo tenía mucha edad. Tal vez 18 años… o 20… ¿o hasta 25? Eran muchos años y creo que le cayeron todos encima y lo estaban aplastando. Entonces, ¿para qué un veterinario? En cada visita me ponía muy nervioso porque tenía mucho miedo de que quisieran sacrificarlo.

Cada vez que nos íbamos de la casa de Fina y Raúl, Pablo me decía: “Saludá a Raúl”. Y yo pegaba un salto sobre la cama y le lamía la pelada. Eso se convirtió en un ritual. Y él me devolvía el saludo con esa sonrisa enorme que te acariciaba el alma.

Pero con el tiempo noté que Pablo ya no me llevaba a la casa de sus padres con frecuencia y, cada domingo (viste que yo sé identificar los domingos), él regresaba invadido por la tristeza.

Ayer ocurrió algo extraño. Inolvidable para mí. Tuve un presentimiento. Algo que me envolvió el cuerpo en una especie de capa helada. Pablo estuvo ausente todo el día y tuve que aguantarme las ganas de hacer pis durante largas horas. Pero supe que algo muy malo estaba pasando para que ocurriera eso. Pablo regresó a la madrugada. Me abrazo y comenzó a sacar agua de sus ojos casi sin parar. Le lamí las lágrimas, pero éstas parecían no tener fin. Imaginé lo que había ocurrido. Salimos a pasear en silencio. Sigilosos. Con el alma acorralada por nuestro corazón.

Luego se bañó y, al poco tiempo, volvió a salir. Triste.

Pasaron las horas, la preocupación, las teorías... hasta que sentí las llaves en la puerta. Era Carolina, una de las mejores amigas de Pablo. Me saludó muy afectuosamente, tomó la correa y me sacó a pasear. Pero luego de pasear, me hizo subir a su auto. No tenía los colores del taxi. Era un auto propio. Tenía el olor a dos perras de distintos tamaños y prácticamente la misma edad. Viajamos unos 30 minutos y llegamos a un lugar. Un lugar especial. Supe qué sitio era. Sentí los olores, las presencias, las energías… sentí el umbral de la vida.

Subimos las escaleras y allí estaba reunida toda la gente que conocí durante mi convivencia con Pablo. Si no fuera porque una pulga hacía un orificio asesino en una de mis nalgas, hubiera pensado que estaba en una especie de limbo donde todos vinieron a saludarme. Pero no, no era yo el protagonista. Avancé sigilosamente entre todos ellos, saludé a los que pude, hasta que vi a Pablo. Lo abracé, como siempre, y estuvimos un largo rato así. A él le brotaba el agua por los ojos. Igual que a algunos de los demás. Mi olfato sabía que Fina estaba por allí. La encontré y me abalancé sobre ella. También lloraba mucho. Giré sobre mí mismo en el piso para permitirle que me rasque la panza, algo que a ambos nos fascina. Es nuestro código. Luego la seguí hacia donde iba. Allí un aroma me resultó conocido. Era familiar, pero extraño. Un olor que fue cotidiano pero que había mutado y aún podía reconocerlo. Hasta que lo descubrí. En una especie de caja larga, enorme, estaba descansando el cuerpo de Raúl. Pude olerlo. Me erguí en mis dos patas traseras, apoyé mis patas delanteras en la caja y vi que allí estaba, tieso, inerte, sin vida. Era la carne donde había habitado Raúl, que ya no estaba ahí.

Me visitó la tristeza. Me dio un gran escalofrío y una mezcla de alivio de saber que su agonía había terminado. Por eso me quedé, vigilante, tieso, cumpliendo mi labor de “amigo para siempre”, debajo de esa caja alargada. Allí estuve un largo rato, en silencio, percibiendo, recordando, intercambiando mi energía con esa que rondaba, que se alejaba y no terminaba de hacerlo.

Pasé largas horas en ese lugar, recibiendo con cordura a la gente que llegaba y sin despegarme de Fina, de Pablo y de lo que había sido mi viejo Raúl.

Cuando sentí el agotamiento, me volví a recostar debajo de la caja larga y me puse a pensar en él, en su sonrisa eterna, en sus palmadas (siempre que me acariciaba me palmeaba el lomo), en sus silbidos… Raúl cantaba o silbaba cada vez que me sacaba a pasear. La gente lo miraba, pero a él no le importaba. Cantaba en voz alta, orgulloso, divertido. También me hablaba mucho. Cosas muy rápidas, en una jerga de humano adulto que no lograba entender del todo pero que veneraba. Sus confidencias me hacían sentir importante. Me sentía su amigo íntimo. Luego, cuando se cansaba, encendía el televisor, se quedaba dormido y yo hacía lo mismo, tendido a su lado. Así podíamos pasar horas.

Con Raúl compartíamos una intimidad tan alegre, tan simple, que me hizo entender que la vida puede ser placentera y feliz incluso cuando la persona que más amás no está a tu lado.

Físicamente sé que mi abuelo humano se fue para siempre y me da muchísima pena. Pero sé muy bien que puedo visitarlo cuando quiera. Como lo estuve haciendo todo ese rato. Sólo cerrando los ojos y dejando que mi corazón lo piense tal como había sido. Así lo hice y me encontré con su sonrisa enorme, su mano bruta para darme palmadas, y comencé a correr, de felicidad, a su alrededor. Lo visité con el alma. Nos despedimos y, con esos ojitos llenos de años, me aseguró que podría visitarlo de ese modo, cada vez que quisiera.

Estoy triste, sí. Pero Raúl vive adentro mío. Chau, diario, no puedo escribir más.

jueves, 3 de febrero de 2011

Remedio


Hola, diario. A veces me doy cuenta de que Néstor y yo podemos ser un remedio para Pablo. Los seres humanos son raros. Todo lo que viven es extremo. Suelen traspasar lo natural de sus emociones. Bueno, o lo natural que pueden ser las emociones para un perro. Pueden regresar a tu casa con un cansancio que tiene el efecto de un huracán. Quedan devastados, rotos. Aunque no es para siempre, luego se reconstruyen. O pueden volver también en situación de angustia y tristeza superlativas y te da la sensación de que van a derretirse hasta quedar hechos sólo partículas. Y también el clima interno de ellos puede entrar en ebullición y volverlos una furia personificada. Los seres humanos se enojan mucho, nosotros con un mordisco lo arreglamos todo. Dura segundos. Lo de ellos puede prolongarse.
Pablo sabe de eso, de esa tremenda falla de la naturaleza humana. Entonces me doy cuenta de que, cuando su cansancio lo consume, su tristeza lo empapa o su enojo lo quema, recurre a mí o al gato. Comienza a acariciarnos lentamente y, luego nos abraza fuerte. Pone su cara sobre mi cabeza o sobre la cara de Néstor y no nos suelta. Nos aprieta un poco, pero sabemos que lo estamos curando. Puede quedarse así un buen rato, y si le damos besitos se le escapan todos los suspiros al mismo tiempo. Ese abrazo caluroso y sincero entre amigos-hermanos cura. Yo me di cuenta de que, luego, vuelve a ser de a poco ese Pablo animal que tanto quiero.
Hay que ser muy observador y darse cuenta de cuándo una persona necesita abrazar o dejarse abrazar. Por eso me di cuenta de la utilidad que tenemos los perros y gatos. Somos fantásticos para eso. Siempre vamos a estar dispuestos al abrazo y la caricia porque nos alimentamos de eso. A veces Pablo nos abraza fuerte al mismo tiempo a los dos y eso nos hace feliz.
Mi deseo de esta semana hacia arriba es que todos los seres humanos puedan tener un amigo perro o gato para consumir amor a montones.

lunes, 24 de enero de 2011

El sillón y los celos

Y el sillón se volvió a mover... Como te lo adelanté. Lo odio. A gatito nuevo hay que sumarle sillón nuevo. ¡Basta de cosas nuevas en esta casa! Pablo y yo éramos suficientes y teníamos todo lo que necesitábamos. Ahora tenemos un piojo peludo que anda por toda la casa a los saltitos diciendo “mau, mau, mau” y un sillón que ocupa toda mi pared favorita y obligó a que moviéramos todos los muebles. Esperé dos días como para volver a hacer una maniobra poltergeist. Luego, con todas mis fuerzas, volví a correr el sillón hasta la mitad del living. Y Néstor me ayudó un poco en mi maniobra de destrucción. Se afiló las uñas en él por lo menos tres veces. Pablo se enfureció. Me gritó y me dijo de todo. “Pelotudo” fue lo más suave que le escuché. Nunca me había insultado así. Como castigo, me dejó un rato afuera, en el patio. Ya tengo dominado ese castigo. Pongo cara de compungido, me voy a un rincón y lo miro de reojo. No lloro, ni nada. Me las aguanto estoico. Es la conciencia de Pablo la que me rescata siempre. Le carcome el cerebro tanto que, al cabo de un ratito, me abre la puerta y me deja entrar.

Al día siguiente volví a repetir mi piquete, pero con un agregado. Con los dientes pude agarrar uno de los almohadones enormes que tiene el sillón y lo revoleé bien lejos. Lástima que le quedaron los agujeritos de mis dientes (no puedo controlar mi fuerza brutal). Néstor miraba asombrado pero, como todo chico, aprovechó el lío y se puso a saltar en los almohadones y a afilarse las uñas en la parte trasera del sillón.

No medí las consecuencias. Para Pablo fue una catástrofe. Edilicia y moral. En primer lugar, se tomaba la cabeza y no podía creer la semidestrucción de su sillón nuevo. En segundo lugar, creo que estaba decepcionado de mí. Se enfureció. Tomó el diario del domingo (que es pesadísimo) y me pegó con él en la cola. Luego me echó al patio y, como no se le iba el enojo, me ató. Confieso que me asusté un poco. ¿Sabés qué pasó después? Vino Néstor hacia mí y comenzó a darme besitos en la cabeza. Pablo lo llamó para acariciarlo y darme celos, pero él se quedó firme con el desvalido. O sea, yo. Fue el fin de mis celos de Néstor. Creo que, definitivamente, le caché cariño.

La actitud de amor de este chico gato hacia mí hizo que Pablo se ablande más rápido de lo previsto. Luego, como siempre. No me habló hasta que nos fuimos a dormir y, al día siguiente: “¿Olvidado? Olvidadooooo”.

En consecuencia, no volveré a tomar represalias con el sillón... y la paz volverá a nuestro hogar.


miércoles, 19 de enero de 2011

Sillón nuevo


Hola, diario. Ayer, Pablo y un amigo suyo trajeron un nuevo sillón. Grande, de un color que no puedo definir (me suele ocurrir eso). Apenas los vi llegar, me dije a mí mismo: "No me gusta". No sé porqué... Viste que a la estética no le doy mucha importancia, pero este sillón no me gustó. Bueno, te lo tengo que admitir. Creo que deposité mi malhumor de los últimos días en este sillón nuevo. Vengo chinchudo*. Es que soy celoso, qué le voy a hacer. Noto que las gracias que hace este chico Néstor desarman de ternura a Pablo. Entonces se la pasa jugando con él o, como es muy chiquito, lo levanta permanentemente. Hasta ven televisión juntos. Bah... el chiquitito se enrosca y se hace una pelotita peluda sobre su pecho, donde se queda dormido. Yo mismo veo cómo a Pablo le caen las gotas de transpiración y, así y todo, soporta al gatito sim-pá-ti-co. Ya ese grado de confianza no me gusta. No le hablo más a Néstor. Lo ignoro desde hace dos días. Me busca y revoleo la mirada hacia todos lados, como haciéndome el distraído. A él no le preocupa demasiado, se pega media vuelta y sigue dando saltitos por ahí (tiene una habilidad impresionante para cazar moscas).
Creo que por eso le tomé odio al sillón. Ayer, cuando Pablo se fue a trabajar, me agarró un ataque de furia en contra de ese maldito sillón. No pude morderlo, así que con mi hocico, junté fuerzas y lo empujé. Lo corrí tanto que quedó justo en el medio del living. Cuando llegó, Pablo no lo podía creer. Se quedó tieso. Debe haber pensado que había poltergeist. Miraba el sillón y me miraba a mí (yo revoleaba la mirada para todos lados, haciéndome el desentendido). Me retó, pero contenido. Creo que se fue a dormir sin entender.
Mañana, el sillón se va a mover otra vez.

*Enojado

jueves, 13 de enero de 2011

Compañero de juegos


Hola, diario. Quiero contarte algo de este chico Néstor. Tras haber conocido a Zsá Zsá nunca hubiera pensado que me podría divertir tanto con un gato. Yo tengo la sospecha de que Néstor se cree perro. Noto que me observa mucho... y me copia. Pablo hace pelotitas de papel y se las arroja bien lejos. Él pega un salto y corre como una flecha a buscarlas... ¡Y se las trae en la boca! Y hace como yo: se queda paradito, esperando a que se las vuelva a arrojar.
Luego, a pesar de su edad y de su tamaño, le encanta jugar a lo bruto, como hacemos los perros. De pronto, yo estoy plácidamente acostado en el piso y esa pulga peluda se me acerca y me pone mirada de asesino serial. Ahí nomás, empieza a dar saltitos alrededor mío, como si tuviera resortes en las patas, con el lomo arqueado y los pelos erizados. Se hace el cocorito. Yo no le saco mi mirada de encima porque, al menor descuido, me pega un salto encima y dispara como una flecha para que salga corriendo detrás de él. Yo sé muy bien que se caga de risa cuando hace eso. Puedo oír sus carcajadas mudas dentro suyo. Corremos alrededor de toda la casa y no nos importa si atropellamos a Pablo y lo dejamos sentado de culo en el piso. Terminamos utilizando la cama como si fuera un ring. Ahí Néstor se me tira encima y, aunque no lo creas, me boxea. Con esas patitas diminutas, sin sacar las uñas, me boxea. Es como si te golpearan con un algodón, pero yo le hago creer que es un tigre feroz y me defiendo. Lo agarro con los dientes, sin apretar, y lo revoleo un poco. ¡¡Le encanta!! Todo empapado por mi saliva, vuelve a arremeter y ahí me subo encima suyo y, con los dientes, le mordisqueo suavemente la nuca y el lomo. Le fascina. Creo que le hace cosquillas.
Al principio, Pablo se asustaba mucho cuando hacíamos eso. Me decía: ¡Francisco, lo vas a aplastar! Qué va... ¡Es de goma este pibe! Al final de nuestras luchas, me encanta tirarme panza arriba en la cama y rodar... pero rodar arriba de él. ¡Pablo se desesperaba! ¡A Néstor le encanta! Cuando terminamos estos juegos, quedamos extenuados, tirados en el piso. A veces, él se acerca despacito, cierra los ojos y comienza a darme besitos en la frente. Creo que me quiere.
Espero que ahora no tenga intenciones de salir a pasear con correa.

jueves, 6 de enero de 2011

TOC

Hola, diario. No dejo de sorprenderme con el pibe Néstor. Es tan diferente a Zsá Zsá... Me da besitos todo el tiempo y tiene un trastorno obsesivo-compulsivo por la limpieza. Cuando se pone a jugar y a explorar el mundo se ensucia como cualquier chico. Bueno, él no se hace problema. Pero cuando pone pausa a su hiperquinético temperamento juvenil, se sienta y comienza su laaaaaaarga tarea de aseo corporal. Puede pasar muchos minutos limpiando cada milímetro de su cuerpito con su áspera lengua. No soporta la suciedad. Hasta no quedar completamente bañado, no para. Quise ayudarlo y le di un solo lengüetazo como para limpiarlo. Me miró indignado y comenzó otra vez la tarea, pero ahora para limpiarse mi saliva. También me di cuenta de que cuando Pablo lo agarra y lo mimosea un rato, él permite todo pero luego, con su lengüita, se limpia todas las partes de su cuerpo donde Pablo lo tocó. Dejame de hinchar... es un obsesivo. ¿Serán así todos los gatos?

miércoles, 5 de enero de 2011

Como perro y gato


Hola, diario. Vos viste que a mí la palabra "amo" no me gusta mucho. Pero bueno... cuando yo soy el sujeto la acepto un poco más. Creo que soy el amo de este chico Néstor. Te explico porqué. Cuando Pablo se va a trabajar comienza mi trabajo de extrañar y de esperar. Pero al gatito no le preocupa tanto. Él sigue explorando la casa, se trepa por todos lados (qué envidia me da eso) y su vida es un constante descubrir. De todos modos, le gusta dormir más de día que de noche. Es adorable cuando duerme. Me puedo quedar horas contemplándolo y pensando en qué estará soñando.
Pero cuando Pablo regresa y nos vamos a pasear juntos, sé muy bien que Néstor se queda sentadito en la puerta, llorando y esperando a que YO regrese. Cuando volvemos del paseo, a Pablo no le da bolilla, pero a mí viene a lamerme y a olfatear todos los olores que traigo de la plaza. Sé que es mucha responsabilidad cuidar a un chico de otra especie, pero este me cae bien. Sólo me molesta sobremanera cuando Pablo lo alza en sus brazos, le da besitos y le dice cosas lindas. Ahí me dan ganas de regresarlo adonde lo encontramos. Pero no, vamos a quedarnos con él, con mi mascota-hermano.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Feliz Año


Hola, diario. Sé que hoy es un día especial porque todo el mundo anda apurado, corriendo con bolsas y paquetes enormes que contienen unos manjares indescriptibles. Estamos a punto de llegar a esa ceremonia en la que todos golpean sus copas y se quedan como estúpidos pensando algo. Bueno, voy a pensar algo por vos: deseo un sitio con un árbol por metro cuadrado para hacer pis en cualquier lado; deseo un churrasco en cada esquina; deseo mimos permanentes y que me rasquen por el resto de mi vida en la pancita y la base de mi oreja. Sí, es verdad, son pensamientos egoístas. Voy a desear fuertemente que los seres humanos se cansen de tirar esos cohetes inmundos y ruidosos que tanto mal hacen a mis oídos, a los de Néstor y a los de otros perros y gatos. Si supieran cuánto nos aturden y tuvieran un dejo de bondad no lo harían nunca más. Ese será mi gran deseo. Basta de cohetes. Te digo esto antes de meterme en la bañera para no escucharlos. Feliz año.

Néstor


Hola, diario. Qué decirte de este chico... Es un primor. La verdad que me cae fantástico. Es un atorrante. Al principio lloraba todo el tiempo, pero le duró poco. Ahora hace lo que quiere. Es muy independiente para la edad que tiene. Por eso se debe haber fugado de su hogar tan joven. Pablo le sacó las pulguitas y esos bichos horribles que tenía en su panza, pero hasta lleno de bichos era feliz y seguro de sí mismo. No le tiene miedo a nada. Me da un poco de envidia. Abro la boca y mete su cabeza con intenciones de ver vaya a saber qué. Me quedo perplejo, con la boca abierta y lo dejo, pero no lo comprendo. Luego me mira fijo, se le erizan los pelos y empieza a saltar alrededor mío con el lomo arqueado. Cuando le resoplo sale corriendo. Ay... es un bebé. Cada tanto lo limpio un poco porque aparece con todos esos pelos amarillos medio mugrientos. Con un solo lengüetazo lo dejo limpito.
Pero te voy a contar algo. También tiene sus contras. Por empezar, está obstinado en dormir conmigo, pegadito a mi cuerpo. No lo permito. No lo dejo. Sé que es huérfano, que necesita calor peludo, pero que vaya a buscarlo en Osito 6. A mí me gusta dormir tranquilo, sin demasiado contacto físico, menos de un chico inexperto. Por otro lado, Pablo pretende que comamos juntos. Y bueno, accedí en eso. Donde manda capitán, no manda marinero. Cada uno tiene su plato de comida, pero tenemos que compartir el del agua. Me adoptó de hermano mayor porque hace todo lo esencial mirándome de reojo. Come, hace sus necesidades y se pasea mirándome de reojo. Hasta lo descubrí que llora cuando nos vamos a pasear con Pablo.
Bueno, demás está decirte lo que decidimos. Se quedará en casa. Será nuestro hermano menor. Pablo le puso un nombre raro: Néstor. Creo que le da personalidad. Es un regalo de Navidad.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Hermano


Hola, diario. Parece que hoy es un día especial. Muy especial. Anoche fuimos a cenar con toda la familia (caminando, lógicamente, porque no conseguimos taxi) y lo pasamos genial. Por ese motivo, nos levantamos tarde. Como siempre, medio dormidos, salimos con Pablo a pasear a la plaza de la esquina. Estiré un poco las patas, me purgué con un poquito de pasto, piyé* uno a uno mis árboles favoritos y, cuando estaba oliendo unos arbustos que siempre tienen meadas fabulosas, me encontré con algo que me tomó por sorpresa. Había un pichón de gato explorando las ramas. Enseguida vino a olfatearme y no hizo "fssssss" como casi todos los gatos. Era muy chiquitito. Nunca vi uno igual. Le di un par de besos y me lo agarré con los dientes. Lo hice suavemente, para no lastimarlo; y él, chocho*. Así seguí mi camino con el gatito, lo más pancho*, en mi boca. Pablo no se dio cuenta por un rato, hasta que se lo mostré. ¿Podés creer que me retó? Me parece que creyó que lo había matado. ¿Cómo voy a matar a un gato bebé? ¿Qué soy yo? ¿Una bestia salvaje? Pero bueno, me obligó a que lo suelte y lo solté. El chico, todo empapado por mi saliva, maulló dos o tres veces y comenzó a seguirme. Me di vuelta, lo miré y le dije: "Pibe, seguí tu camino, estoy ocupado". Pero no hubo caso. Le caí bien y, aunque aceleré el paso, me siguió tropezándose, como hacen los chicos al caminar ligero. Creo que esa actitud hizo que Pablo se derrita de ternura. Esta vez lo agarró él. Pero no con los dientes, como lo hice yo (los humanos no saben) sino con sus manos. Era tan chiquito que entraba en la palma de su mano. Lo que hizo Pablo fue buscar a su mamá por todos lados. Lo acompañé porque lo único que faltaba es que se lo quiera llevar a casa. No encontramos a su mamá. ¿Qué pasó? Lo que te imaginás. Lo trajo a casa.
En principio me cae muy bien. Es rubio, aunque medio desteñido y unos enormes ojos dispuestos a descubrir el mundo. Maulla todo el tiempo porque la casa es un lugar desconocido para él. Recorre todos los rincones y no sabe en cuál quedarse. Le gustó especialmente mi sillón favorito. Ya lo reconoció a Pablo, pero tiene un especial cariño por mí. ¿Te acordás que tuve una intuición? Creo que era este regalo de Navidad.

*Hacer pis.
*Feliz.
*Tranquilo

viernes, 24 de diciembre de 2010

Monumento a la comida


Hola, diario. Hoy quiero hablarte de ese monumento a la comida que hay en la cocina de casa. Es un armario enorme sobre el que a Pablo le encanta pegarle papelitos, imanes y otras boludeces. Cuando lo abre, me inunda el rostro una bocanada de aire helado que contiene los aromas más sabrosos y variados. Es un concierto de aromas y, en segundos, me detengo a intentar identificar cada uno de ellos. Aunque reconozco que mi ansiedad suele jugarme una mala pasada. Ese momento intelectual de querer decodificar cada olor se yuxtapone con mi irrefrenable deseo de comerme todo lo que se cruza en mi camino. Cuando Pablo mantiene la puerta de ese artefacto abierta, pienso dos veces en tomar algo con los dientes y salir corriendo. Lo observo de reojo, pero me contengo. Quiero que convivamos en armonía.

¿Sabés qué hace Pablo en estos días de calor extremo? Saca unos pedacitos de agua congelados y los vuelca en mi bebedero. Me encanta jugar lamiéndolos hasta que se desarman y dejan mi agua fresquita fresquita.

Creo que hoy salimos de paseo a la noche e intuyo que vamos a llevar cosas ricas de nuestro artefacto helado. De nuestro monumento a la comida.

martes, 21 de diciembre de 2010

Regresos festivos

Una vez más me sacudió ese presentimiento a la distancia. Lo supe. Podía palpar su energía en el espacio... Sentía su presencia en cada bocanada de aire, en cada segundo... Podía percibir su olor... No estoy seguro si por memoria emotiva o porque estaba ya realmente cerca. Podía escuchar su corazón.
Sí, ya sé, soy un capo.
No habían pasado más de diez horas de haber comenzado a tener esa sensación cuando escucho su silbido característico, a lo lejos. Luego, sus pasos, suficientes como para que me tire panza arriba cerca de la puerta. Y, finalmente, las llaves... y él, cuerpo presente. Volvió Pablo.
No sé cómo explicártelo, diario. Es una fiesta. Cada regreso de él ser me hará inolvidable. Y creo que para él también. Yo le hago toda una escena de cariño extremo, como esas películas melancólicas con perritos que ve a veces por la televisión. Lo cago a besos. No paro de darle besos, pero entre lamida y lamida, no puedo dejar de prestarle atención a su valija. Allí sé muy bien que guarda mi regalo. No puedo contener la ansiedad y quiero abrir ese puto cierre dificilísimo de romper. Cuando lo abre, meto el hocico adentro hasta que encuentro mi regalo. ¿Sabés qué me trajo esta vez? ¡¡¡A Pingüino!!! Parece un osito, pero no lo es. Es Pingüino. Tiene pico y es precioso. Estoy tan feliz de que haya vuelto. Lástima que por un tiempo me voy a sacar ese placer dulce y melancólico de extrañar. Todo no se puede.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Extrañar


Hola, diario. Disculpame la ausencia, pero estoy ocupado extrañando a Pablo. Hace unos días me levanté medio bajoneado, pero noté que Pablo estaba contento. Me cantó esas canciones tan bobas pero tan mías, me hizo bailar en dos patas y me bañó. Cuando terminó de hacer todo eso, sacó desde arriba del placard, la valija* más grande. Ahí supe qué pasaría en las siguientes horas. Se iría de viaje. Observé con cierta tristeza cómo iba introduciendo en la valija, una a una, varias prendas de vestir y cosas de utilidad cotidiana como el cepillo de dientes o la afeitadora.
Llegó el momento y, muy impune, con su valija en mano, se agachó para abrazarme. Ahí me quebré, diario, me quebré. No puedo superar este tipo de situaciones que se repiten más de una vez al año. Pensé en hablar con él al respecto a su regreso. Al principio le gruñí y le dije: "No, no me toques". Pero enseguida, empecé a lloriquear (juro que no me pude contener) y dejé que me abrace fuerte y me diga: "Ya vuelvo", como si no supiera que va a tardar unos días.
Lloré un buen rato cuando se fue.
Ahora me ocupo de extrañarlo. Es una sensación tan triste como hermosa. Tu espera tiene una respuesta, que es el regreso. Y no importa cuánto se demore ese regreso, tu espera será un aquelarre de sensaciones. Vas a sentir una cosquilla permanente en el alma que te recordará tu rol de "esperador". También vas a sentir bocanadas de suspiros que, sin saber cómo, se escurrirán de tu corazón con intensidad, decisión y desparpajo. Sentirás que no tenés ganas de ocuparte demasiado en jugar o andar saltando por la casa porque tu trabajo es esperar. Y eso hace que en tu mente esté un solo rostro: el del ser humano que te tocó en esta vida. Y creo que si me hubieran dado la opción de elegir, entre muchísimas muchísimas personas, seguramente habría elegido a Pablo. Pero con soberbia de perro te voy a decir algo, diario: Pablo me escogió a mí entre muchísimos perros. Y creo que está feliz. Y que también me extraña. Aunque intuyo que no es un "esperador" como yo, sé que es un gran extrañador. Prontito llegará, abrirá sus brazos, me abrazará, me rascará la panza y sacará de su valija una pelota o un Osito 8. Y yo volveré a ser feliz plenamente.


* Maleta.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Intuición


Hola, diario. Tengo una intuición muy fuerte en el pecho. Cuando Pablo está trabajando y me deja solo un buen rato no gasto el tiempo, lo ocupo en pensar. Y me ocurre algo últimamente. Tengo la sensación de que algo va a pasar. En este año nos sucedieron cosas lindas y otras no tanto. Pero una corazonada muy fuerte me dice que algo va a pasar. Trato de decodificar esa sensación, pero no encuentro una respuesta muy clara. Ahí me sobreviene el pánico. Lo peor sería que Pablo se fuera a vivir con otro perro y que me deje solo aquí. Pero no es traidor y sabe que ni siquiera tengo manos para abrir la puerta, así que me tendría que ir. ¿Estará por comprarse todo ese lugar lleno de comida al que va una vez por mes y vuelve lleno de bolsas? Sería fantástico. ¿Nos mudaremos a algún lugar lleno de árboles donde mear a destajo y retozar panza arriba mientras las nubes cambian de forma? No creo. No hace mucho que vinimos a este lugar. Y no está nada mal. ¿Vendrán a vivir con nosotros Fina y Raúl? Estaría buenísimo. Acompañado todo el día y comida extra asegurada. Pero creo que Pablo es un poco salvaje, no creo que eso sea posible. ¿O será que vendrá con otro perro una vez más? Ahí me enojaría mucho. Basta de ser la pensión del minusválido. El único que tiene derecho a vivir aquí tranquilo sin compartir a su mejor amigo soy yo. Hay dos cosas que no se comparten: la comida y tu mejor amigo. (Como estoy castrado, te podés quedar con todas mis posibles novias.)

viernes, 26 de noviembre de 2010

Pasillos


Hola, diario. No te das una idea de cuánto me gustan los pasillos. Qué gran invento los pasillos. Cuando vivíamos en la casa anterior teníamos un pasillo corto que nos conducía desde la calle hasta el ascensor. Pero ahora no necesitamos ascensor porque estamos abajo de todo. En la tierra, como deben estar los seres con patas. Y desde nuestra casa hasta la calle hay un pasillo muy largo. Me fascina correr a toda velocidad por él. Claro, tiene sus riesgos. Los escuetos escaloncitos que hay por la mitad no son problema porque ya los tengo junados* y pego un salto antes de que aparezcan. El problema surge cuando el turro del portero ese que me cae muy mal, el tal Alejandro, lustra el piso. Ahí sí, cuando ocurre eso, me pego unas patinadas impresionantes. Las otras noches pasó algo de lo que me avergoncé muchísimo. El piso estaba muy patinoso y la velocidad me jugó una mala treta. Seguí de largo y me "tragué" la puerta de entrada. ¿Podés creer que en lugar de asustarse, Pablo y el vigilante se mataron de risa? Bueno, reconozco que debe haber sido gracioso. Yo pegué un pequeño chillido, pero después me incorporé y puse cara de "acá no ha pasado nada".
No me amedrentó eso. Cada vez que entro a algún lugar con un pasillo, tomo carrera y lo invado velozmente. Para eso están los pasillos.

*conocidos.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Matanza de pulgas


Hola, diario. Hoy vino Pablo con refuerzos para sacarme a los invasores de encima. Te confieso que es torturante. Te ponen una pipeta con un líquido espantoso, ácido, en distintos puntos del lomo. Justo allí donde no te lo podés sacar. A medida que ese líquido empieza a penetrar tu piel, sentís como una mezcla de ardor y picazón que te hace ir inquieto de un lado a otro de la casa, sin rumbo, propósito o destino. En unas 24 horas se hace efectivo y todas esas desgraciadas empiezan a morir de a poco. Siento cómo se van cayendo y van dejando de existir. Las imagino gritando, revolcando y sin fuerzas como para salir corriendo a invadir a otro perro.

Ya te conté alguna vez. Apenas Pablo menciona la palabra "pulguitas", así como en un tono muy infantil... yo me desespero. Pero porque me dan ganas de decirle: "¡Sí, pulguitas, tengo pulguitas! ¿Por qué te pensás que me rasco todo el tiempo?". Y cuando aparece con la pipeta salvadora, me dice: "¿Vamos a matar a las pulguitas?". Y ahí entro en desesperación porque, felizmente, sé que esas guachas van a morir pronto, pero también porque el proceso te genera un cosquilleo para nada placentero.

Como recuerdo, hoy me quedaron dos enormes ronchas en mi pancita y otra en mi pata. Un disgusto con final más o menos feliz.

sábado, 20 de noviembre de 2010

Estoy habitado


Hola, diario. Hay seres que caminan por mi cuerpo. Todo el tiempo. No solamente puedo sentirlos, puedo oírlos. Son seres vivos, muy vivos. Tan vivos que, cuando comienzo a rascarme, se mueven hacia otro flanco donde no puedo llegar con mi pata. Confieso que hay momentos en los que la desesperación me sorprende e intento acabar con ellos a los mordiscos. Pero termino mordiéndome a mí mismo y embadurnando mi pelaje con mi propia saliva.
Quiero identificar por donde vienen, adónde se instalan. Pero no lo logro. Sólo los siento. Hasta tengo la sensación de que juegan, hablan, hacen el amor, sobre mí, en mí, entre mi siempre ponderado pelaje. Pero sobre todo, comen. ¿Y sabés qué, diario? Creo que me comen a mí. Ya me di cuenta de que tengo picaduras. Esos seres te chupan la sangre.
Estoy precupado, diario. Tengo miedo de quedar consumido a un felpudo sin tripas si esto sigue así. Porque viste que los depredadores comienzan por la sangre y siguen por las tripas. Y, mientras tanto, hacen que te olvides de tu corazón. Por lo tanto, no te das cuenta y estás subordinado a ellos, sos una víctima, se volvieron ocupas de vos. Es difícil zafar de ellos, pero pienso que se puede. Lo que pasa es que a veces no te llegan las patas para rascatarte justo en el lugar donde te lastiman. Pero debe haber alguna fórmula. Alguien tiene que aparecer para ayudarte y liberarte de esos seres que intentan construir ciudades en vos mismo. ¡¡¡Me colonizaron, diario!!! ¡¡Soy multitudes, diario!! Estoy frito.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Pequeño manual instructivo para recibir caricias

Hola, diario. Yo sé que cuando me pongo panza arriba intimido. Es que no me puedo contener. Seguramente vos tomás agua y te alimentás para sobrevivir. Bueno... yo también lo hago. Pero, además, yo necesito que me mimen. Creo que si no me muero de tristeza. Tengo dos tácticas para recibir caricias constantes. La primera es acosarte con mi hocico. Busco tu mano y le doy un sacudón brusco para arriba con mi hocico de manera tal que caiga de canto sobre mi cabeza. Así, sin que te des cuenta, te obligo a que me rasques la cabeza. Uy qué placer... Vi que los humanos se acarician en la cara. Cuando me acarician la cara me siento persona y me encanta. Puedo quedarme horas así. Y si se te ocurre deslizar un poco tus dedos y rascarme la base de la oreja o detrás de ella, puedo quedarme inmóvil durante horas. Algunos se ríen porque ese comienzo de caricias, a veces, hace que me vaya derritiendo de a poco. Me flaquean las patas y termino en el piso. Claro que eso puede generar el final de las caricias porque algunos vagos no se quieren agachar. Ese sistema da resultado la mayoría de las veces. Pero siempre hay alguno al que le parece prepotente mi pedido de cariño. Cuando eso ocurre, recurro a la táctica número dos: me tiro al piso panza arriba. Imposible no sacarle una sonrisa al más amargo. Hasta aquellos que tienen entre diez y quince años y ya no se pueden agachar por el dolor de cintura, lo hacen para rascarme la panza. Qué placer. Eso sí que es vida. Pablo dice que parezco un pollo muerto cuando me tiro así. ¡Qué delicia cuando me rascan la panza y el pechito! A veces hago el truco de tirarme panza arriba cuando hay más de uno. ¡Te rascan a cuatro manos! ¡Mejor que el Shiatzu ese que hace Pablo! Eso sí, no me rasques en la base de mis costillas porque empiezo a hacer guitarrita. Me da unas cosquillas impresionantes.

O sea, diario... si te dan ganas de que te acaricien sin parar, tirate panza arriba en el piso y siempre aparecerá alguien para hacerlo.... o por lo menos, para preguntar qué te pasó.


jueves, 4 de noviembre de 2010

Molina ahora es Morgan


Hola, diario. Ayer vino a visitarnos nuestro amigo Alejandro con Molina. ¿Te acordás? El pibe ese que Pablo encontró y que estuvo pensionado en casa por unos días... Ahora tiene familia. Está muy feliz. Parece que le encanta estar panza arriba y que se la rasquen. Lo aprendió de mí. Parece que le encanta jugar con ositos de peluche. Lo aprendió de mí. Parece que le encanta subirse a la cama y dormir con las personas. Lo aprendió de mí. Parece que no tira con la correa cuando camina. Lo aprendió de mí. Pero parece que ya rompió tres pares de zapatillas. Eso no lo aprendió de mí.
Qué gracioso. Lo recuerdo cuando salíamos a hacer pis por el barrio. No sabía levantar la pata y meaba sentado. El pibe me comenzó a observar y a copiarme. Aprendió despacito. Al principio se caía y no podía mantener el equilibrio. El día en que pudo mear bien con la pata levantada tuve el impulso de aplaudirlo. Pero no soy foca y me mantuve indiferente. No vaya a ser cosa de que se creyera que éramos hermanos.
Alejandro nos mostró algunas fotos de Molina con sus hijos. Ahora no se llama más Molina. Le pusieron Morgan. Confieso que tiene un nombre con más personalidad.
Yo le tenía un poco de antipatía, pero la verdad es que me puso muy contento saber que con un poco de esfuerzo, sin mirar al costado, uno puede hacer feliz a alguien. Sólo hay que estar atentos.

lunes, 1 de noviembre de 2010

En las buenas y en las malas



Hola, diario. Hace cinco días que Pablo está muy triste. Creo que si tuviera rabo, lo tendría todo el tiempo entre las patas. Sus orejas siguen en el mismo lugar, pero no sabés lo que es su cara... me parte el alma. Al principio no sabía qué hacer. Fui a buscar a Osito 4 y se lo dejé en los pies para que juguemos, pero no había forma. Como si nada. Comencé a darle vueltas desesperado para correr y jugar al "te atrapo, te atrapo", pero tampoco. Estaba inapetente de juegos.
También me paré frente a él y lo miré fijo para preguntarle qué le pasaba, pero su pena era tan grande que no pudo transmitirme nada más que esa impresión, sin explicaciones. Sentí que no eran necesarias, así que me limité a darle mi mano.
Me desespero porque no quiero que sufra. Es mi mejor amigo, mi hermano pelado de dos patas. Si me pidieran que entregue mi olfato por él, lo haría sin dudarlo. A veces despide agua de sus ojos y lanza unos suspiros que me hacen temer que se le escape el alma por los poros. trato de estar atento y le limpio el agua de la cara cada vez que sale. Pero a veces parece que le estuvieran bañando la cabeza de adentro para afuera de la cantidad de agua que larga. Me desespero y no paro de lamerle la cara hasta limpiarle esa catarata de lágrimas. Yo le tengo paciencia. Él se sienta en el sillón grande a mirar la tele y yo hago lo mismo, a su lado, para competir con esa pena que lo abraza y se empeña en quedarse ahí. Yo me quedo sentadito, lo más tranquilo posible (sabés que me cuesta), pego mi cuerpo al de él, le doy mi mano y pongo mi cabeza sobre su brazo. Así lo convenzo de que deje a la pena un rato o, por lo menos, que la comparta conmigo. Lo logro porque cuando ocurre eso me abraza y nos quedamos los dos así un buen rato. Sólo interrumpo nuestra tristeza para limpiarle la cara. Quiero que tenga confianza en mí y no me separo un instante. Comprobé que, cuanto más cerca suyo estoy, más se recupera. Es como que cada abrazo mío lo cura un poco (¿seré algo así como un veterinario del afecto?). A medida que pasan los días, la pena se aleja y, de a poco, vuelve a ser el Pablo de siempre. Algo ocurre con la tele. A veces la enciende y vuelve a visitarlo la tristeza. Pero ahí estoy yo para rescatarlo. Comprobé algo que sospechaba desde hace mucho tiempo: el cariño sana. Eso lo sospeché una vez que la pelirroja de la plaza me mordió. Me dolió mucho el costado de mi lomo, donde me hincó los dientes, pero Pablo no sólo me curaba sino que ponía su mano sobre mi herida y me hablaba. Esa actitud de amor hizo que el dolor y el susto desaparezcan rápido.
Yo puedo hacer lo mismo. Y más. Creo que los perros podemos curar las penas del alma. Es una teoría que acabo de comprobar. Estoy feliz de que así sea.

jueves, 21 de octubre de 2010

Ojos


Hola, diario. Me encanta cuando Pablo guiña el ojo. Está ocupado o haciendo algo y, de pronto, gira la cabeza, me mira y cierra un ojo. Cuando recién lo conocí no entendía bien qué le pasaba. Por momentos pensaba que se le iba a caer el ojo o que se le había metido una pulga. También pensé en que se le podía haber muerto la mitad de la cara. Pero no, cada vez que cerraba un ojo, el rostro se le ponía más vivaz. Lo observaba muy bien cuando hacía eso hasta que me di cuenta de que se trataba de complicidad. Cuando me guiña el ojo me está saludando, me dice "¿entendés?" o me hace cómplice de algo que está comiendo o que está por hacer. Qué maravilla la capacidad de movimientos en la cara que tienen los humanos. Me encantaría guiñar el ojo o sonreír. Pablo dice que no me hace falta, pero me gustaría. A veces, cuando me guiña el ojo, trato de hacer lo mismo, pero no me sale. Cierro los dos. Igual, a Pablo le emociona todo lo que hago. Así que, cuando él cierra un ojo, yo cierro los dos. Y esa es nuestra señal de complicidad. Con esa cerradita de ojos, nos decimos muchísimas cosas que llevarían mucho tiempo en palabras.

sábado, 2 de octubre de 2010

Cruzar


Hola, diario. Ayer una señora me felicitó en la calle. Le resultó simpático que espere a que pasen los coches para cruzar la calle. La miré con autosuficiencia. Pero lo cierto es que no nací sabiendo que si un coche te pasa por encima cruzás el umbral ese que te convierte en angelito.
Cuando llegué a la casa de Pablo y comenzamos a salir a pasear, no sabía de ese peligro y, cada vez que llegábamos a la esquina, me lanzaba a lo lo loco para cruzar corriendo. Pero quedaba ahorcado porque Pablo se plantaba en la esquina y enroscaba la correa para que me quede con él. Yo no comprendía porqué hacía eso de quedarse parado en lugar de correr y ganarle a esos monstruos con ruedas. Yo estaba seguro que, por velocidad, les podía ganar. Pero no, no me dejaba. Un día, quise hacer lo mismo y tiré de la correa... y me solté. No llegué a cruzar. De pronto, vi cómo una camioneta enorme venía hacia mí y el miedo me paralizó. Me planté en medio de la calle, hecho un ovillo. En ese segundo escuché cómo gritaba Pablo. En ese instante pensé que no lo vería nunca más. Pensé que podría encontrarme con Zsá Zsá y con el linyera que estuvo un día asilado en casa. Todo en un segundo del mayor pánico que sentí en mi vida. La camioneta frenó a sólo centrímetros de mí. Sentí el calor que irradiaba ese monstruo gigante que me había tapado con su sombra. Largué unas gotas de pis. Giré un poco la vista y vi que Pablo estaba pálido y cruzaba la calle desesperado, sin mirar, como yo. El tipo de la camioneta lo insultó, pero él ni siquiera lo miró. Me tomó del collar y me llevó casi arrastrando hacia la otra vereda. Creo que sentía más pánico que yo. Me retó muchísimo y hasta me pegó un chirlo en la cabeza. Podía sentir cómo su energía estaba desbordada. Sentía mi cuerpo como de cera, derritiéndose ante ese fuego de bronca, miedo e indignación que tenía mi mejor amigo. No pude escuchar todo lo que me decía, pero me asusté. Luego, en unos segundos, se calmó y me abrazó muy fuerte. Me apretó. Ahí me tranquilicé y sentí que estaba en la tierra otra vez, con la seguridad de todos los días.
Bueno, te cuento esta "casi tragedia" para explicarte porqué aprendí a cruzar la calle. A partir de ese momento, Pablo también entendió que yo era un "sacado", así que decidió enseñarme la regla fundamental de tránsito urbano: parar en la esquina cuando pasan los coches.
Cuando estamos por llegar a la esquina comienza a enroscar la correa, para que me quede bien cerquita a él. Se detiene medio metro del cordón y me dice: "Vení". Lo observo de reojo y me quedo paradito junto a él, hasta que ese aparato que cambia luces nos indique que tenemos permitido avanzar. Cuando eso ocurre, Pablo dice: "Vamos", y afloja la correa. Es una fórmula perfecta. Vos podés cruzar muy orondo la calle y ver cómo esos monstruos con ruedas se quedan detenidos observándote, con sus narices calientes y reprimiendo ese deseo de pasarte por encima y dejarte hecho jirones.
A partir de ahí, el "vení" y el "vamos" se convirtieron en ley para mí en la calle.
Así que te lo recomiendo, diario. Si tu mejor amigo enrosca tu correa y te dice "vení" en la esquina, confiá en él. Nadie te va a pasar por encima.