
domingo, 30 de mayo de 2010
Inquilina

martes, 25 de mayo de 2010
Territorio
viernes, 14 de mayo de 2010
Una tarde en el parque
Hola, diario. Ayer fue un día maravilloso. Ya nos amigamos
con Pablo y ahora nos volvemos a hablar. Se levantó de buen humor y, no sé por
qué, no fue a trabajar. Me dijo: “Hoy vas a conocer Disneylandia”. No sé a qué
se refería, pero era un día precioso como para conocer Disneylandia. Tomó la
mochila, guardó una botella de agua para él, otra para mí y tomamos la calle.
Lo único horroroso del camino es que pasamos por esa
horrible cárcel de animales y me puso los pelos de punta el olor a esos
monstruos que rugen.
De pronto, llegamos a una avenida enorme, enorme, enorme y,
cuando la cruzamos, vi algo impresionante, por primera vez en mi vida. Un lugar
donde todo era verde, con mucho pasto y lleno de árboles para mear hasta
cansarte. Pablo me dijo: “Esto para vos será Disneylandia”. Bueno, no sé si
Disneylandia será algo así como el Edén o algo donde el placer y la diversión
son una sola cosa, porque este parque era eso. ¡Qué felicidad, diario! Corrí
dando círculos, desesperado de la emoción. Luego busqué el palo más grueso y
fuerte y se lo di a Pablo para que lo arroje lejos para ir a buscarlo.
Estuvimos jugando así un buen rato. De pronto, luego de caminar por ese lugar
maravilloso, sin calles ni edificios, vi algo grandioso: un lago.
¡Cuánta belleza junta! No aguanté y salí disparado
corriendo a toda velocidad hacia él. Pablo se desesperó porque escuché que me
gritaba. No me importó y continué la carrera evitando frenar y... ¡Plaf! ¡Qué
placer! Ahí estaba yo nadando y disfrutando de esa agua en medio de la
naturaleza. Hasta era mejor que la piscina de Fernando. El lago es enorme y
sentís cómo unos pececitos muy pequeños te hacen cosquillas en los pies. Creo
que Pablo se quedó tranquilo cuando vio que me podía mantener a flote y que
estaba rebosante de felicidad. Por momentos, tragué un poco de agua y me dieron
arcadas, pero supe cómo dominar la situación. Lo mejor de todo eso es que la
gente que había por los alrededores se agrupó para mirarme. Y vos sabés lo que
me encanta que me miren. Así que hice todas las monerías que pude en el agua.
De pronto, se me ocurrió salir y sacudirme, mojándolos a todos. ¡Qué divertido!
Quise saltarle a Pablo y el muy cobarde salió corriendo para que no lo moje. Lo
perseguí hasta que lo atrapé y lo dejé todo empapado. Luego... ¡al agua otra
vez!
Después de un buen rato, me tuve que quedar tirado al sol
para secarme y descansar de tanta exitación.
Así pasamos toda la tarde, caminando entre lagos, mucho
césped y árboles que ya empiezan a quedar desnudos por el otoño.
Cuando volvimos, obviamente, el obsesivo de Pablo me metió
de cabeza en la bañera para sacarme el barro y la mugre acumulada.
Me eché un rato a sus pies y me puse a reflexionar. Los
perros deberíamos vivir todos en un lugar así, donde poder correr hasta
cansarnos y disfrutar de la naturaleza. No entiendo por qué a las personas les
gusta vivir en el cemento.
Miré a Pablo a los ojos y le pedí que, por favor, volvamos
muchas veces a Disneylandia, desde ahora, mi lugar favorito de placer y
diversión.
martes, 11 de mayo de 2010
Enojados

Hola, diario. Me peleé con Pablo. Sí, no nos hablamos desde
hace casi dos días. Se enojó mucho conmigo porque las otras noches, cuando
salimos a pasear, encontré un hermoso y sabroso hueso de pollo quebrado, en una
bolsa de basura rota. Lo agarré enseguida con los dientes y Pablo se puso como
loco. Tiene la teoría de que los huesos de pollo me pueden matar. El insolente
quiso abrirme la boca con todas sus fuerzas, pero no lo dejé. A obstinado,
obstinado doble. Finalmente se salió con la suya. Me alzó del collar y me
obligó a soltarlo. Ahí nomás, me dio dos chirlos* en el hocico. “¡¡¡No lo hagas
nunca más!!!”, me gruñó. Como si fuera fácil. A ver si él se puede contener si
le ponen una torta de crema con frutillas adelante suyo.
Odio que me quieran sacar la comida de la boca. Además, me
la encontré yo. Le mostré los dientes y le tiré un tarascón. Fue advertencia...
no iba a hacerle nada. Pero no lo tomó así. Se enojó mucho. Me dijo de todo. Me
paseó por la plaza con la correa, volvimos a casa sin hablarnos y no me dejó
dormir en la habitación. Me puse a reflexionar sobre si me había pasado de la
raya. A lo mejor sí... Si el jefe no quiere que coma de la basura, habría que
hacerle caso. Pero no puedo contenerme.
Ayer no me habló en todo el día. Ni siquiera me dio la
golosina de siempre antes de irse al trabajo. Cuando regresó, ni me acarició.
Tomó la correa, me la puso y me sacó a dar una vuelta que alcanzó lo suficiente
como para que haga pis y caca. Me hizo el vacío.
Hoy nos levantamos y, por lo menos, me tocó la cabeza y me
dio un pedacito de una medialuna que comía.
¡Qué chinchudo*! Ya le dije (con los ojos, lógicamente) que
estaba arrepentido. ¿Qué quiere? ¿Que saque una solicitada en el diario?
*Palmada.
*Malhumorado.
domingo, 9 de mayo de 2010
Pelos
Hola, diario. Tengo un problema. Alopecia. Creo que es eso.
¿Quedaré como Raúl, con la frente pelada? Pablo se queja todo el tiempo de que
dejo pelos por todos lados. Hay épocas del año en que, reconozco, los pelos se
me caen a millares y dejan madejas rodando por toda la casa. Es un problema. Es
una porquería que te pase eso, ¿sabés? Yo me doy cuenta de que Pablo me abraza
menos cuando me pasan esas cosas. Lo he visto pasando ese monstruo ruidoso que
le llaman aspiradora por la colcha* de la cama. Por allí donde voy dejo pelos.
Me detuve a pensar si hay ventajas en torno a eso. Pensé en las pulgas que se
quedarían sin hogar y saltarían desesperadas por la casa buscando que el
felpudo cobre vida. Pero no, no había ventajas aparentes... Hasta que mi nueva
veterinaria le dio una explicación valedera a Pablo. No se me cae el pelo para
nunca más volver... lo estoy renovando. Uff... respiramos tranquilos. Creo que
cuando termine de renovarlo todo, voy a quedar precioso. Mientras tanto, Pablo
me baña cada diez o quince días y cepilla día por medio.
Eso de que te cepillen el lomo es muy raro. Me provoca unos
escalofríos tremendos y una mezcla importante de molestia y de placer. En cada
cepillada, Pablo parece sacar un perro nuevo del cepillo. Entonces, yo empiezo
a correr dando círculos, exitadísimo. Jugamos al “te atrapo, te atrapo”.
Él también se queja de que le dejo pelos pegados por toda
la ropa. Es verdad, ayer mismo tenía un pantalón negro que quedó como una
cebra. En uno de sus viajes compró unos rodillos muy prácticos, con papeles
adhesivos, que te limpian la ropa de pelos inmediatamente. Me lo quiso pasar a
mí. No se lo permití. Mirá si me deja sin un solo pelo. Ni quiero imaginarme
verme como aquella vez en la que me peló.
Se caerán, se renovarán, pero mis pelos son sagrados. Me
cubren del frío y sus colores me hacen único, especial. A mí me gusta andar en
bolas, entonces qué mejor que tener el cuerpo peludo y que la gente diga cuan
lindo lo tenés. ¿Me equivoco?
sábado, 8 de mayo de 2010
Acusaciones falsas

Hola, diario. Estoy decepcionado de la sociedad. Te cuento
porqué. En el edificio donde vivimos ahora hay gente muy paqueta, pero bastante
maleducada porque no saludan o te sueltan la puerta en la cara. Siempre lo
comentamos con Pablo y el señor de seguridad de la entrada, que me cae
simpatiquísimo. En el edificio hay pocos perros. Sólo yo, un golden y un cocker
hiperquinético. Hay un viejo choto que odia a los perros. Cuando me vio por
primera vez empezó a quejarse. Se llama Don Yankilevich. La esposa es otra vieja
con cara de mala mala mala. Cuando me ve en el patio, desde su balcón, siempre
me tira algo. Casi siempre son puñados de tierra de sus macetas. Yo me divierto
esquivándolos. Nunca la emboca. Ni siquiera le ladro, porque esa gente no
merece ni que le ladren. Un día, tocaron el timbre y el portero le dijo a
Pablo: “El señor Yankilevich pide que tu perro salga con bozal y correa”.
Diario, no puedo reproducir lo que dijo Pablo. Por suerte no me pusieron bozal
y vivo con un rebelde. Un día, la esposa del viejo, que se llama Doña Sara, lo
miró mal a Pablo y le dijo: “¡Usted tiene que ponerle bozal a su perro porque
es peligroso y ladra todo el día!”. ¡Mentirosa! No soy ni peligroso ni ladro
nunca. Pablo le dijo: “Los peligrosos son ustedes. Pónganse bozal ustedes”.
Pero el viejo malvado insistió. Otro día, vino el portero
(un chupamedias que se llama Alejandro) a tocar el timbre. Cuando Pablo abrió
la puerta escuché que el tipo le dijo: “Don Yankilevich insiste que tu perro no
para de ladrar”. Efectivamente, se escuchaba ladrar al cocker del quinto piso.
Pablo abrió la puerta de par en par para que el chupamedias me vea que estaba
calladito, como un señor perro. “Como verás, no es él quien ladra”, dijo Pablo.
“A menos que sea ventrílocuo”. Yo me moría de risa. Ahí el chupamedias se
convenció de que los viejos malos mentían y nunca más nos molestó. Aunque Sara
me sigue tirando cosas. Tendré que seguir conviviendo con estos vecinos
molestos y rabiosos. Digo yo: ¿no tendrán otra cosa en qué ocuparse algunas personas en lugar de difamar a otros?
domingo, 2 de mayo de 2010
Los humanos pueden ser muy malos

Hola, diario. Estoy un poco desconcertado. Anoche me enteré
de que así como hay seres humanos buenísimos, existen otros cuya maldad no
tiene límites.
Pablo me llevó al cumpleaños de un amigo suyo, Antonio, que
no sé si vive en un teatro, pero es ahí donde lo festejó. Me sorprendió porque
Pablo no suele llevarme a sus juergas. Pero entramos a ese lugar inmenso, lleno
de gente macanuda*. Muchos me abrazaron y me dieron palmadas en la cabeza.
Había dos perras. Una era una gordita de mi estatura que mucha bola no me dio.
Su mamá, la atendía con cuidado porque era una perra entrada en años. La otra
me ladró de entrada. Era una petisita, con camiseta y saquito. Me enteré de que
se llamaba Castaña y no hacía falta que me cuenten que era dueña de casa porque
su olor estaba por todos lados.
Luego de ladrarme en forma poco amigable, entablamos una
pequeña comunicación a través de nuestro olfato. Agradable, aunque de pocas
palabras. Traté siempre de estar cerca de Pablo y de donde se cayera una
papafrita o algo comestible. Cuando Pablo se puso a acariciar a Castaña no me
gustó nada. La muy atrevida se puso panza arriba para que la acaricie. Pero se
me fue la bronca cuando escuché su historia.
Castaña es una perrita que, hace algunos años, fue
encontrada en la puerta de ese teatro. Alguien les dijo que había una perra
muerta ahí. Salieron y se encontraron con Castaña, lastimada con heridas
punzantes de cuchillo y su rabo hecho pedazos, envuelto en cinta adhesiva. Como
todavía respiraba, pudieron llevarla al hospital veterinario. Antonio se hizo
cargo de su recuperación y hoy es su compañera inseparable y está vivita y
coleando. Castaña vive en ese teatro y, sigilosamente, cuando comienza cada
función se desplaza hasta la primera fila y se queda en una butaca. “Cuando
estuvo el Ballet Folklórico Nacional, no se perdió una sola función, pero odia
las obras infantiles. Cuando hay alguna, se va a su cucha y se esconde”, contó
Antonio, un gordito simpático que sopló las velitas al cantarle el “cumpleaños
feliz”. Contó que cuando él está sobre el escenario tienen que dejarla en la
oficina, porque si lo escucha llorar se quiere subir al escenario.
Aunque perdió su cola, Castaña vive feliz y, en las
funciones de los distintos espectáculos que allá se ofrecen, se desliza
sigilosamente por los laterales de la sala y se queda quietita, al pie del
escenario mirando cada función sin ladrar, ni emitir sonido alguno. Me generó una
admiración tremenda. Quise hacerme amigo suyo y estuvimos juntos un buen rato.
Qué puedo decirte de ella... Tiene olor a amor. Y está vacía de rencor. Porque
es más el amor que siente que el odio que pudiera recordar. Me puse a pensar
cuando llegamos a casa y pensé en que, aunque suene soberbio, nosotros los
perros somos mejores que los humanos.
No tenemos capacidad de odio. Nunca podríamos hacer nada
tan dañino como eso que te conté.
Pablo y todos los seres humanos que conozco son incapaces
de hacerle daño a un animal. Pero ayer descubrí que puede haber gente peligrosa.
Hay que cuidarse del ser humano. Hasta los seres humanos deben cuidarse de los
seres humanos.
Brindo por la perra teatrera y porque siempre haya algún
Antonio que nos libre del infierno.
*Agradable.
jueves, 29 de abril de 2010
FELIZ DÍA DEL ANIMAL

miércoles, 28 de abril de 2010
Cárcel
Foto: Ibarak. Flickr.comHola, diario. El domingo viví una de las experiencias más
fuertes de mi vida. Nos vino a visitar Mimí, una amiga nuestra que habla
muchísimo y me hace mucha gracia. Es muy linda, pero no es como Morena, ella
tiene sólo dos tetas, pero enormes. Luego de tomarnos unos mates y morirnos de
risa los tres, salimos a caminar por el barrio. Nunca había salido a caminar
con Mimí, entonces ella se divirtió mucho conmigo. Como a mí me encanta que me
festejen todo, también le hice muchas monerías como para entretenerla. Zapateé
en el piso luego de hacer caca, luché con una botella de plástico y perseguí a
las palomas, entre otras cosas. A ella le fascinó eso.
Pero nuestro paseo no se limitó a la plaza del jardín
enorme y enrejado, fuimos más allá. Atravesamos la avenida grande y llegamos a
otro parque con más rejas. Algo me hizo desconfiar. Empecé a caminar más
despacio con la cola entre las patas, no pude evitarlo. En un principio, el
huracán de olores que provenía de allí me produjo esa sensación, tal vez por
presentimiento; luego, fue temor. Descubrí qué era. ¡¡¡Una cárcel, diario, una
cárcel!!! ¡¡Una cárcel de animales!! En un principio, por el olor a plumas
descubrí que había muchas aves, pero también olfateé unos bichos que no vi en
mi vida, pero que me imaginé enormes. Cuando avanzamos unos 200 metros, me surcó
el cuerpo un gran escalofrío y una sensación de pánico. Quise irme. Pablo se
dio cuenta de mi miedo porque, enseguida, me puso la correa y me sujetó fuerte.
Sentí el impulso de cruzar. Sé que no hay que hacerlo, pero observé a Pablo y
se lo pedí con los ojos. Tenía mucho miedo. Ya estaba seguro de lo que mi nariz
había descubierto. Ahí adentro, presos, había unos gatos enormes, gigantes, con
dientes asesinos y un aliento que te tumbaría. Durante unos segundos, hasta
escuché cómo rugían. Si esos gatos enormes me encontraban me podrían
descuartizar. Pero Pablo y Mimí son muy valientes porque no se les movió un
pelo. Es más, hasta creo que les causó gracia mi temor. Me resigné y seguí caminando
junto a ellos, muy pegadito a Pablo, con mucho miedo, pero con la seguridad de
que esos gatos convictos estaban encerrados y no podían salir. También me dio
un poco de pena pensar eso.
Seguimos caminando y el olor a esos monstruos se fue
alejando, aunque comenzó otro aroma. Y desde la calle, pude ver de qué se
trataba. Eran unos bichos como cinco veces más altos que yo, pero con unos
cuernos enormes. Eran pacíficos y comían pasto sin parar. También había otros
que parecían comer chicle muy animadamente. Tenían unos pelajes con rulos, muy abrigados para la época.
Dimos la vuelta por otro lado y, así, seguí descubriendo
distintos animales. El lugar era tan grande que los tres nos cansamos en un
momento y nos sentamos a comer unos panchos*. Luego de haberme devorado uno y
haber intentado robarles un trozo a los de Mimí y Pablo, puse atención en un
nuevo aroma. No sentí que fuera una amenaza. Me acerqué a la reja y me paré en
dos patas en ella. Adentro había un puñado de gente viendo con atención algo.
De pronto, divisé unas patas muy largas, con lunares enormes. Algo así como un
dálmata muy alto... Comencé a seguir con la vista las patas, hacia arriba, y
divisé el cuerpo, y luego un cuello larguísimo y una cabeza diminuta con dos
cuernos. También mascaba chicle. ¡¡¡Guauuu!!!! Comencé a ladrar de la emoción.
¡Era un perro altísimo! En mi vida vi uno igual. Tal vez por eso estaría ahí
preso. Miraba a todos desde ahí arriba, con sus pestañas enormes. La gente que
estaba afuera con nosotros, comenzó a rodearme, fascinada por mis ladridos.
Mimí estaba descompuesta de la risa. Me encantó eso. Pero en realidad yo no
podía dejar de ladrar por mi descubrimiento.
Cuando volvimos a casa me quedé todo el día pensando en ese
perro enorme, altísimo, con cuernos. Cómo se podría vivir mirando la vida desde
ahí. ¿No le da vértigo? También pensé en porqué lo habrán puesto en cana*. ¿Qué
habrá hecho para merecer estar encerrado? ¿No se cansará de que todo el día lo
estén observando? ¿O tendrá tanto ego? Sólo creo que si lo encerraron por ser
diferente, habría que ir a rescatarlo. Bueno, que se ocupe otro, en realidad.
Yo no voy a arriesgarme a que me agarren los gatos gigantes.
sábado, 24 de abril de 2010
Atención
jueves, 22 de abril de 2010
La pelirroja me odia
Foto: Flickr.com. PwcowgigirlHola, diario. Te juro que Pablo es un obsesivo y me baña cada 15 días. Pero algún olor medio raro debo tener como para que la pelirroja de la vuelta me odie de esta manera. Cada vez que estamos en la plaza y me ve, aunque sea de lejos, comienza a avanzar amenazadoramente, con la panza casi a ras del piso, a paso lento, hasta que, de repente, emprende carrera veloz y se tira sobre mí para morderme. Ya se quedó con un mechón de pelos míos en la boca y, los otros días, alcanzó a morderme la cola. No me importó gritar. ¿Sabés lo que pasa, diario? Si vos tenés una discusión, o te llevás mal con alguien o hay algún motivo para las piñas, estás preparado, te ponés en guardia, sabés qué decir. Pero cuando te toman por sorpresa, sin un motivo aparente para pelearte, quedás en desventaja, desprevenido. Yo no soy belicoso. Entonces esta turra de mierda siempre me agarra sin capacidad de reacción y quedo como un cobarde.
No sé por qué me odia. No se pelea con ningún perro, sólo conmigo. Me huele a la distancia y ya me quiere agarrar del cogote. Pablo discutió con la mujer que la lleva. "¡Póngale collar, no la lleve suelta!", le dijo. Y ella, como si nada. "Es a su perro al que odia", le dijo, muy pancha*. Me gustaría sentarme a charlar con la pelirroja y preguntarle qué le hice y por qué me odia. Pero no me da tiempo. Decí que no se puede morder a las mujeres, porque sino, le arrancaba una oreja.
*Muy tranquila.
domingo, 18 de abril de 2010
Vocabulario

Cuando dice "vení acá" puede significar dos cosas: o que te va a hacer muchos mimos o te vas a ligar un buen reto. Así que siempre avanzo con cautela. Pero el "vamos" y el "vení" tienen significados distintos cuando estamos por cruzar la calle. Medio metro antes de llegar a la esquina, Pablo dice: "vení". Entonces yo me tengo que parar a su lado y quedarme quieto, con él, hasta que pasen los coches, que son peligrosísimos. Cuando el peligro pasó, él dice: "vamos". Y ahí podemos cruzar lo más tranquilos. También el vamos se usa para cosas concretas. El "¿vamos a lo de Fina?" o el "¿vamos a lo de María Elena?" me ponen feliz y me entusiasman. Me encanta ir a lo de mis abuelos humanos y a lo de mi tía humana.
martes, 13 de abril de 2010
Domingos

sábado, 10 de abril de 2010
Telepatía

Al final, mi presentimiento no era irreal. Llegó justo
cuando me disponía a destripar a Bob Esponja. Como siempre, pensaba recibirlo
con indiferencia, como lo haría Zsá Zsá, pero soy un idiota, no pude. No me
puedo contener. Lo siento cerca de la puerta y ya mi cola se vuelve
incontrolable. Apenas escucho el ruidito de las llaves, me yergo y mis orejas
se convierten en radares. Y ni te cuento cuando entra a casa. Primero avanzo
sumiso, con la cola entre las patas, poniéndole la mirada más lastimosa que me
sale, para golpearle el corazón. Pero de inmediato, me convierto en canguro y
no paro de saltar y darle besitos. Después lo huelo exhaustivamente para
asegurarme de que no haya intentado cambiarme por otro perro. Y luego, me
vuelvo obsesivo e interesado. Siempre me trae regalos cuando regresa, así que
no puedo contenerme y, por todos los medios, trato de abrir esa enorme valija*
que trae. Es complicado y tengo que esperar a que él decida cuándo la abrirá.
Cuando eso sucede, meto mi hocico hasta el fondo, hasta poder encontrar “mi”
regalo. Esta vez me trajo un pingüino. Me encantó. No sé adónde habrá ido que
me trajo un animal tan extraño. Me vino bien porque Chanchito ya está muerto
(lo rompimos jugando) y Osito 2 está medio cachuzo. Jugamos un rato y, cuando
estuve exhausto, me quedé contemplando a Pablo, con mi pingüino abrazado.
También pensé en esa sensación fuerte que tengo cuando está
por venir. Nunca me equivoco. Creo que con mi mejor amigo ya logramos
telepatía. Puedo sentir su energía cuando está por venir. Y su presencia se
hace cada vez más fuerte en mi alma y mi cabeza cuando está cerca. Y te
aseguro, diario, que no es mi superolfato. No logro oler tan lejos. Sino, los
perros no nos perderíamos tan fácilmente. Es energía, magnetismo, telepatía...
No sé cómo llamarle. Voy a investigar sobre el tema. Me apasiona saber cómo he
logrado una conexión tan fuerte con un ser tan primitivo y adorable a la vez,
como el ser humano. Nunca los perros podremos emanciparnos de ellos. Inevitable
amarlos. Es nuestra naturaleza.
jueves, 8 de abril de 2010
Dueños

jueves, 1 de abril de 2010
Sábanas

miércoles, 31 de marzo de 2010
¿Seré una persona?
domingo, 28 de marzo de 2010
Viajero
Cuando me hizo mimitos en la cara, no me aguanté y me puse a llorar. Ahí me abrazó. Como me di cuenta de que funcionó, comencé a llorar más fuerte, para ver si se arrepentía y se quedaba. Pero no fue así. Nos quedamos los dos mirándonos con mucha tristeza, me dio una golosina y cerró la puerta.
Ahora estoy observando un almohadón y un peluche de Bob Esponja. A ver qué agarro primero en señal de protesta.
* Comida.
sábado, 27 de marzo de 2010
Manos

Lo que los seres humanos no toman en cuenta es el cariño y el amor que permanentemente ofrecen con sus manos. Yo les pido afecto por placer, lo reconozco. Pero también para ayudarlos a que, por lo menos un momento en el día, estén descargando cariño casi sin darse cuenta. Me siento más útil.
Creo que si muchas personas supieran que eso es así, habría menos perros y gatos sin hogar, y un gran porcentaje de la humanidad sería más buena. Brindo por las manos.
*obligar
martes, 23 de marzo de 2010
Labios

No sé porqué, desde cachorro, siempre me gustó darles besitos a las personas en sus bocas. Cuando sos cachorro es fácil porque te alzan, te arriman a sus rostros y ahí les das besos. Pero de adulto es más complicado. Yo adquirí una técnica. Hay que hacerlo rapidísimo. Apenas se acercan, pego un salto, como si fuera un delfín amaestrado, y les doy un lengüetazo en los labios. Algunos ponen cara de asquete, pero a otros les resulta simpático y hasta adorable.
Es que los labios de las personas son húmedos, como nuestras lenguas, o nuestras narices. Y es a través de sus labios como grafican el amor. Como yo creo que me estoy convirtiendo en una persona, estoy convencido de que es así cómo debo besar. Les doy amor con cada salto y cada beso en esos contornos carnosos que dibujan lo que a mí nunca me sale: la sonrisa. Es lo más lindo de las personas. Cuando sonríen, todo se ilumina y yo siento que unen la alegría con el cariño. Precioso. Estuve practicando pero no me sale. El día que pueda sonreír, se caen de culo.
lunes, 22 de marzo de 2010
Comadrejas
Foto de Adriana de Palermo. Flickr.comHola, diario. Este nuevo barrio es muy curioso. Te conté de
ese jardín inmenso al que no dejan pasar perros, pero que está lleno de plantas
y árboles de todo tipo con una partitura de olores que te fascina. Allí está
lleno de gatos. Algunos son amigables y otros te hacen “fsss”. Pero con Zsá Zsá
ya me acostumbré a ellos. Anoche estábamos paseando por la plaza y Pablo se
sorprendió tanto como yo por un perro extrañísimo que había ahí dentro. Bah... yo
no sabía si era un perro o un gato de una marca rara. Tenía un olor espantoso y
caminaba muy lento. Estaba así como despeinado, con pocos pelos, con distintas
tonalidades de grises en el lomo y un antifaz blanco. Lo más impresionante era
su cola. Larga y pelada... un asco. Se la habrán mordido o tendría un problema
dermatológico. Primero nos ignoró, pero después nos observó con unos rosados
ojos diabólicos. Nos quedamos observándolo un buen rato, pero viste que a mí la
curiosidad me mata... Vi que algo raro tenía en el lomo. Eran como verrugas
peludas que se movían. No lograba darme cuenta de qué era... ¡Hasta que me
avivé de que eran sus hijos! Tan extraños como él, pero mucho más chiquitos.
Quise acercarme para olfatearlos, pero se enojó mucho. Se le pararon todos los
pelos, irguió su cola pelada y me mostró los dientes. Pensé que nos iba a
atacar, pero no... Muy pancho (o pancha)* se dio media vuelta y se alejó
caminando despacio, con esas patas cortas y extrañas.
Pablo también quedó fascinado con ese inesperado encuentro
y se lo contó a todos. Escuché que esos perros se llaman comadrejas* y que en
ese lugar hay muchas.
Por precaución, creo que no deberíamos acercarnos
nuevamente a ellos. Sobre todo cuando tienen familia numerosa.
*Tranquilo
* En Argentina se llama comadrejas a las zarigüeyas u
opossum.
jueves, 18 de marzo de 2010
Un chistoso
miércoles, 17 de marzo de 2010
Lanús Sheperd
Viví engañado estos tres años de mi vida. Siempre creí que
era un perro cualunque, común y corriente, un atorrante. Soy de raza, diario.
Escuché claramente cuando una señora, en la calle, le preguntó a Pablo de qué
raza era y él respondió: “Lanus Sheperd”. No sabés la emoción que me dio. No
porque me hubiera sentido menos ya que siempre miré con cierta sorna a los perros
de raza, ya que todos se parecen entre sí. Pero supongo que para los humanos
debe ser como siempre mirar de reojo a los ricos por sentirlos frívolos o
egocéntricos; y de repente, tener un golpe de suerte y ser ricos como aquellos
a los que se miró de soslayo antes. ¿Está mal querer “pertenecer”? Tal vez,
para que la vida se nos haga un poco más fácil. Es más sencillo para un “Lanus
Sheperd” que para un perro común, supongo. Lo único que no me gusta de esto es
que, seguramente, me voy a topar con muchos “Lanus Sheperd” como yo. Me gustaba
ser casi único. Todo no se puede en la vida.
lunes, 15 de marzo de 2010
Adioses
Hola, diario. Si te tengo que definir mi fin de semana, es
con la palabra “adiós”.
Ya estamos instalados en la nueva casa. Te cuento que me
llevo por delante todos los muebles y paredes. La costumbre hace que quiera
tomar el mismo camino que en el otro departamento para ir de la habitación a la
cocina, o del living a la habitación. Pero la distribución es distinta, así que
me he golpeado la nariz un par de veces.
El sábado nos despertamos como siempre, fuimos a desayunar
y los dos nos “tragamos” la columna que hay en la entrada de la cocina. Luego,
paseamos un poco en la plaza y me sorprendí un poco al regresar. A los dos
minutos, Pablo tomó un bolso enorme y me volvió a decir: “Vamos”. Obviamente,
pegué un salto a lo delfín amaestrado y me acomodé el collar para salir.
Nos tomamos un taxi. Ya te conté el placer que es viajar en
taxi con la cabeza afuera, tragando viento.
Para sorpresa mía, llegamos a nuestro viejo hogar. Me
desconcerté. Saludamos a algunos vecinos y entramos a nuestro (¿antiguo?)
departamento. Estaba vacío, el pobrecito... me dio una lástima. Sólo pelusas y
polvo. Habían quedado nada menos que las cacerolas donde cocinamos y algunas
cositas más que Pablo guardó en el bolso. Luego, nos quedamos sentados en el
piso, esperando nosequé. Y nosequé llegó de inmediato. Lancé un ladrido cuando
escuché que se abría la puerta. Era una señora. La había visto una vez ya.
Observó el departamento por todos lados, con detenimiento, y conversó
amablemente con Pablo. Me cayó bien. De pronto, vi como Pablo le entregó las
llaves. Ahí me cerró todo. Vinimos a decirle adiós a ese hogar donde pasamos
tantos momentos lindos. Fiestas con los amigos, banquetes con Fina y Raúl,
despertares casi melódicos y metódicamente iguales, reencuentros con la vida.
Porque ahí es donde yo volví a reinsertarme en este mundo privilegiado.
Como hizo esa señora, yo también lo recorrí por cada rincón
una vez más. Y, sin que ella se diera cuenta, hice pis en el balcón, por si
llegase a ir a vivir ahí otro perro, para que se entere de que esa fue la casa
de Francisco. Antes de salir, lo miré y le agradecí. Las casas tienen entidad.
Lo sé.
Nos despedimos de la señora y también de los vecinos de la
inmobiliaria de abajo. Me caían bárbaro. Le dijeron a Pablo que prometa que me
iba a llevar de vez en cuando. Él asintió, pero ambos sabíamos que eso nunca
iba a ocurrir. También les dije adiós. Cuando íbamos caminando rumbo a lo de
Fina y Raúl, para visitarlos, me quedé paralizado. Ahí la vi, esbelta como al
principio, con sus pelos marrones tan enmarañados como bellos, y esa mirada
entre pícara y dulce. Nos miramos fijamente y corrimos desesperados el uno
hacia el otro. No paramos de dar saltos, revolcarnos en el piso y hacer esas
carreras repentinas, cortas, en círculo y de hasta diez metros, para
convertirnos en ráfagas de felicidad. Pablo es inteligente y me dejó un largo
rato. Sabía muy bien que, probablemente, nunca más pueda ver a Morena. Nos
olfateamos mucho. Supe que sus cachorros ya no estaban más con ella y, vaya a
saber hasta cuándo, seguiría siendo la misma Morena de siempre, la que yo
adoraba. En un momento nos cansamos de tanto correr y nos sentamos, bajo el
sol, extenuados, una pata contra la otra. Nos miramos, con alegría, amor y
tristeza. Todos esos sentimientos juntos que, seguramente, los humanos ni se
imaginan que podemos sentir los perros.
No quise que Morena supiera que yo me iba del barrio. No le
dije nada. El adiós lo dejé en mi interior y, simplemente, puse mi frente sobre
la suya. Nos dimos muchos lengüetazos, como siempre, y nos despedimos. Ella
salió a los saltos, con su amiga persona, ingenua y feliz. Yo me quedé
observándola, y lo seguí a Pablo. Con el adiós atragantado y pensando en esas
cosas que uno tiene que resignar para obtener otras. Aunque la reflexión me
duró sólo unos metros. Demasiado dilema para un perro. Pero me quedé triste.
Probablemente nunca más vea a Morena.
viernes, 12 de marzo de 2010
Botánico
Foto de Steven Miller - Flickr.comHola, diario. ¡Qué agotamiento! Estuvimos todo el día desembalando cajas y bolsas hasta dejar todo más o menos en orden. Bah... en realidad, fue Pablo, con la ayuda de su hermana y sus padres. Pero yo los seguí a todos de cerca. Quería controlar que todo esté en orden, así que corría hacia uno y, luego, hacia otro. Les quise cebar mate, pero creo que nunca voy a aprender.
Quedó todo más o menos bien. Estoy contento. Hoy a la mañana salimos a explorar el barrio. Casi me desmayo de la alegría cuando descubrí que en la esquina tenemos una plaza. Una maravillosa plaza con un olor a verde y a plantas que no te podés imaginar. Hay un árbol enorme que se llama jacarandá. Se le caen las flores y quedan todas como una alfombra violeta sobre el césped. Me entretuve olfateando cada árbol y descubrí que la mayoría de los perros que hay por ahí son de raza. A mí no me importa. Enseguida me hice dos amigos. Una pequinesa recién bañada que me vio y empezó a dar saltitos de un lado para el otro. Cuando la olí me di cuenta de que era una criatura. Tendría no más de un año. La miré y le dije: "Piba, puedo ser tu papá". Quedamos amigos. También me cayó bárbaro Pechín. Es un perro flaco, blanco, con manchas grises. No lo benefició mucho la naturaleza. Es el perro de un tipo que vive ahí en la plaza. O sea... es un perro linyera. Pero me cayó bien. Tal vez podamos compartir las pulgas.
Pero lo más fascinante fue cuando salimos de la plaza y avanzamos unos metros. ¡¡¡Con razón había tanto olor a naturaleza!!! La plaza está pegada a un lugar gigantesco, lleno de plantas, árboles y muchísimos gatos. Pero una lástima... no te dejan entrar. Está enrejado. Bah... las personas sí, pueden pasar... y los gatos. Pero no los perros. De todos modos, me encantó poder observar y oler todo eso. Es una sinfonía de olores. Uno más agradable que el otro. Noté que Pablo también parecía hacer uso del poco olfato que tienen los humanos.
Es evidente que hay una vida mejor, pero es un poco más cara.
jueves, 11 de marzo de 2010
Nos mudamos
Hola, diario. No te das una idea de las situaciones
movilizadoras que viví durante las últimas 48 horas. Obviamente no pude
escribir antes porque estaba todo guardado por “el guardador”. Después de esa
situación traumática e inentendible en la que Pablo se puso a guardar todo,
absolutamente todo, compulsivamente en cajas y bolsas, ocurrió lo más
desconcertante. El timbre sonó muy temprano y nos habíamos quedado dormidos.
Bajamos rápidamente y no sabés lo que había en la puerta... Un camión con dos
forzudos que nos miraban amenazantes. Me preparé por si fuese necesario
utilizar mis dientes, pero en un segundo me olvidé de mi intención defensiva y
les salté para darles un beso a cada uno (no lo puedo evitar). Fueron amables,
no nos pegaron. Me acariciaron la cabeza y le estrecharon la mano a Pablo.
Pensé: “amigos nuevos”. Subimos con ellos y... ¡horror! Como si hubieran estado
viviendo ahí con nosotros, comenzaron a tomar las cajas y bolsas y se las
fueron llevando, de a una, al camión. Mientras, Pablo metió lo poco que quedaba
en una bolsa: las sábanas, las almohadas, el cepillo de dientes y otras cositas
sueltas. ¡¡Se llevaron hasta la cama!! ¿Adónde pensaba esta gente que íbamos a
dormir a partir de ahora? ¡Qué situación desconcertante! ¡Y Pablo tranquilo,
como si nada estuviera ocurriendo! En lo único que pensaba era en tener listos
sus rulitos para no parecer un caniche cuando saliéramos a la calle. Yo no gano
para sustos...
Diario, la casa quedó vacía. Va-cí-a. Sólo nosotros dos y
montones y montones de pelusas, y bolas de pelos míos. Habrán tardado unos
cuarenta minutos. Cuando se llevaron la última caja, me asusté. Pensé: “Ahora
nos llevan a nosotros”. Yo no estaba dispuesto a que ninguno de esos patovicas*
me cargara sobre sus hombros como hacen a veces con esos lechones muertos.
Bueno, no nos cargaron a nosotros pero nos invitaron a seguirlos. Amablemente.
No lo pensé ni un segundo. Solo ahí, en medio de la nada no
iba a quedarme. Creo que Pablo tampoco. Así que los seguimos.
Tenían un poco de olor. Creo que las cajas eran muy
pesadas. Le lamí el brazo a uno de ellos y tenía gusto salado. Hubiera seguido,
pero Pablo me retó.
Ya en la calle, subimos al camión. E-mo-cio-nan-te. Me
costó subir, lo confieso. Pero dejé que me ayuden. Luego, puse mis patas sobre
la guantera y miré al mundo desde ahí arriba. Autos, personas, perros y todo lo
que habitualmente se mueve por la calle, fue observado por mí desde ahí, con
mis dos patas traseras sobre la falda de Pablo y las otras sobre la guantera.
Les caí simpático a los forzudos porque me dieron galletitas. Sentí el impulso
de aprender a manejar. Me gustaría comandar uno de esos camiones enormes y
sentir de a ratos, ahí arriba, que uno es fuerte y poderoso y no corre el
riesgo de que le pisen la cola porque no lo ven o que lo pateen porque no les
agradás. Pero no tengo manos como para aprender a manejar, ni tampoco camión,
así que aborté la idea inmediatamente.
No viajamos demasiado... Bah... tampoco fue nada. Llegamos
a unos 4 kilómetros, en otro sector de la ciudad. Un sector paquetísimo. Era
temprano, así que mucha gente en la calle no había. Pero te puedo asegurar de
que las veredas estaban mucho más limpias y el movimiento era mayor. Advertí
que muchas de las personas que por ahí caminaban tenían algo de perro. Te
preguntarás cómo me di cuenta... Porque caminaban erguidos y como oliendo para
arriba. Sin dudas, eso indica que tienen un muy buen olfato. Me gustó.
Estacionamos en una avenida bastante ancha, como donde
vivíamos, pero con menos negocios y más edificios. Me quisieron ayudar a bajar
del camión, pero yo supuse que podría hacerlo solo. Me equivoqué. Me di un
tremendo porrazo. Pero como soy valiente, me lo aguanté estoicamente. De
pronto, me di cuenta de que Pablo sacó unas llaves y abrió la puerta de un
edificio. Un señor lo saludó, dejaron la entrada abierta y los forzudos
comenzaron a bajar nuestras cosas del camión.
¡Pero qué tonto había sido! ¡Ahí me di cuenta de lo que
pasaba! Nos estábamos mudando a otra casa. En un breve instante metí la cola
entre las piernas porque me enojé. ¿Cómo Pablo tomó esa resolución sin
consultarme? Si vivimos juntos. Somos compañeros… Y no me dejó despedirme de
Morena, ni de nuestros vecinos, ni de nuestra propia casa. Pero bueno, viste
cómo soy, se me pasó enseguida.
Me paré frente a la puerta del ascensor, pero Pablo siguió de
largo, por un extenso pasillo, hasta el fondo. Me gustó eso y corrí a toda
velocidad, pero el piso estaba tan lustroso que resbalé.
No hubo que subir por ningún ascensor. Nuestro hogar estaba
en la planta baja. Abrió la puerta y quise entrar primero yo. “¡Guauuu!”, dije.
Era un sitio mucho mayor que el anterior. Con una habitación más, un baño
enorme y un patio que tenía entradas al living y a la habitación. Te imaginarás
que, mientras los grandotes dejaban nuestras cosas amontonadas, yo no dejé un
solo rincón sin olfatear. Lo supe enseguida. Ahí vivió una pareja joven, pero
mucho antes, una señora mayor que se murió en ese mismísimo lugar. De todos
modos, no había peligro de fantasmas, ni malas ondas. El sitio se veía
espléndido. Pablo me hablaba, pero yo no lo escuchaba. Estaba fascinado
descubriendo esos nuevos olores que se mezclarían con los nuestros.
Cuando los tipos terminaron, Pablo cerró la puerta y corrió
hacia el patio. Allí lo seguí. Tenía en su mano una de las pelotas con las que
jugamos siempre. La arrojó de una punta a la otra y corrí a toda velocidad. Así
estuvimos un buen rato hasta que quedamos extenuados, cagándonos de risa, en el
piso, todos sucios. Creo que un nuevo capítulo comienza en nuestras vidas.
martes, 9 de marzo de 2010
El guardador
domingo, 7 de marzo de 2010
Simulacros
Hace poco se nos rompió la computadora. Cuando llegó el muchacho que las arregla, le contó todo lo que no funcionaba. Pero el chico se sentó a la máquina, se puso a revisarla y no hacía nada de lo que Pablo había dicho. "¡Es como mi perro!", exclamó.
Compararme con una máquina, che...
Televisión

Pensé: "si no puedes ganarle, únete a él". Me senté a su lado para ver qué tan interesante era eso como para preferirlo antes que a su amigo fiel. Observé. Me costó focalizar. La pantalla tiene como unos puntitos que te dificultan un poco la visión. Pero hice foco al cabo de un rato. Creo que fue porque me llamó mucho la atención un ladrido. ¡¡¡Adentro del televisor había un perro!!! ¡Lo vi perfectamente! ¿Cómo hizo para entrar ahí? Intenté olfatearlo, pero no sentí nada. ¡Fue abducido!
No había forma de averiguarlo, así que me dediqué a observarlo. Era un labrador. Medio tonto. Su mejor amigo era un negrito muy simpático. Estaban en una playa, con otra gente que se veía un poco sucia. Escuché que el negrito lo llamó: "¡Vincent!". Un extranjero, obvio. Te puedo asegurar que me gustó eso de la televisión durante un rato. Pero viste que yo tengo la capacidad de concentración de un bambi, así que de inmediato, cuando el perro salió de escena, seguí molestando a Pablo.
Ahora, cada vez que Raúl viene a casa, se pasa todo el tiempo viendo la televisión. Aunque no entiendo qué pasa y no logro darme cuenta cómo entra toda esa gente ahí adentro, me siento a su lado y observo. Sólo para hacerle compañía. Es mi laburo.
jueves, 18 de febrero de 2010
Confirmación

martes, 16 de febrero de 2010
Musculoso

Hoy, por la mañana, me crucé con el pittbull de enfrente, un pobre infeliz al que pasean con correa y bozal y le operaron las orejas y la cola. Lo miré de reojo y, dentro mío, le dije: “No te hagás el malo que soy musculoso y te puedo cagar a golpes”. No sé si me entendió ese forajido, pero por lo menos, no me desafió.
Soy musculoso… Faaaaa…. Un perro patovica*.
* Galletitas.
* Fisiculturista
¿Gordo yo?

El problema es que mi estómago se acostumbró a aquellos manjares, entonces vivo muerto de hambre. Ahora Pablo me dice: “Mi gordito”. No sé si me gusta mucho ese calificativo. De todas formas, creo que puede tener algo de razón. Me cuesta un poco más pegar saltos a lo delfín y, cuando me siento en dos patas, veo que una panza un poco más grande asoma. Disimulo sacando pecho.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Vejez

martes, 9 de febrero de 2010
Zsá Zsá enferma

Lo confieso, tuve un segundo de egoísmo y sentí el deseo de ser el único cuadrúpedo de la familia. Pero no, no puedo pensar así de alguien del grupo. Quiero que Zsá Zsá se mejore. Por ella y porque no soportaría que Fina, Raúl, Pablo, María Elena y el resto de la familia estén todos tristes al unísono. Cierro los ojos y pido muy fuerte que se mejore.
lunes, 8 de febrero de 2010
Materialismo
domingo, 7 de febrero de 2010
Beagle alcahuete
Por suerte no siempre me lo cruzo. Pero cada vez que paso por su casa, esté o no esté en el porche de entrada, me encanta emprender carrera y ladrarle sin parar. Lo imagino adentro, desesperado por contestarme. A veces, cuando está en el porche, nos puteamos casi cara a cara, pero como hay una reja de por medio, no nos podemos hacer nada. A esta altura, creo que ya es es un juego que hacemos. Es hasta divertido. ¿Será que en el fondo nos estaremos haciendo amigos?
*Sabiondo que alardea.
*Pijo.
sábado, 6 de febrero de 2010
Moscas

Foto: Sonia Furtado http://www.flickr.com/photos/sonia_furtado/3914234508/
Te las cazo al vuelo. Es una de mis mayores diversiones. Adoro las moscas. Y si son moscones, mejor aún. Sin verlas, percibo su vuelo cuando aparecen. Ahí me pongo atento, paro las orejas y observo hacia todos lados. Es fantástico porque empleo los cinco sentidos casi al mismo tiempo: oído, vista y olfato.... sobre el final, tacto... y zas: gusto. Es que tienen un sabor a caca riquísimo. Supongo que será lo mismo que significa comer un caramelo para las personas. Siento a las moscas como una golosina exquisita. Además, te brindan ese plus físico y de astucia que significa buscarlas, correrlas de un lado a otro, medir su vuelo, imaginar su rumbo y ver cómo las idiotas siempre se llevan un vidrio por delante, donde las podés atrapar más fácilmente. Para qué tienen tantos ojos si no les sirven.
Al principio, a Pablo le repugnaba un poco que me coma a las moscas. Ahora se divierte viendo cómo intento atraparlas. También se convirtió en un vigía de moscas. A menudo estoy distraído y escucho que él dice: "¡Mosca!". Entonces doy un salto y empiezo la cacería.
Los otros días me ensarté. Me pareció que entró una mosca medio boluda, mucho más gorda y musculosa, que volaba más despacio. La atrapé enseguida, sin demasiado trabajo. ¡¡¡¡Puajjj!!!! La tuve que escupir. Era una asquerosa polilla. ¡Qué horribles que son las polillas! Tienen como polvo encima, es como comerte una bola de pelusas. Además, te queda un sabor espantoso en la boca.
A mí me encantan las moscas. Aunque no creo que yo les encante a ellas.
