UNA VIDA SIN UN PERRO, ES UN ERROR

"LA GRANDEZA DE UNA NACIÓN Y SU PROGRESO MORAL PUEDE SER JUZGADO POR LA FORMA EN QUE SUS ANIMALES SON TRATADOS."
Mahatma Gandhi

NO USES PIROTECNIA

NO USES PIROTECNIA
Por favor, no usen pirotecnia. Los "cuetes" nos asustan, nos hacen mucho mal a nuestros oídos, nos desorientan y son la causa de que muchos perros y gatos se pierdan entre diciembre y febrero. Lo mismo les ocurre a otros animales, como las aves. Pensá en nosotros y en los múltiples problemas que pueden causar los fuegos artificiales. NO USES PIROTECNIA. Gracias. PD: Ah... Ponele chapita con número de teléfono a tu perro. Para esta época hay muchos perros perdidos a causa de la pirotecnia, por favor, si ves alguno no sigas de largo, ayudalo a encontrar a su familia.

domingo, 30 de mayo de 2010

Inquilina


Hola, diario. ¿Podés creer que tenemos una perra en casa? Ayer me quise morir cuando Pablo regresó de su trabajo con una perra negra en los brazos. Me quedé perplejo y ni lo saludé. La olfatee y tuve el impulso de gruñirle, pero me contuve cuando me di cuenta de que estaba muy asustada. Es cachorra y seguramente se hará bastante más grande que yo. Estaba hecha un ovillo en los brazos de Pablo, medio dormidita y todavía temblando un poco.
Pablo me contó que la encontró al salir de su trabajo y que un ángel la salvó de haber sido aplastada por los camiones que circulan por una calle enorme. Del susto, parece que se quedó refugiada en la puerta de un bar, llorando sin parar. Pablo le compró una salchicha y los del bar le dieron un plato con agua, pero no quiso ni comer ni beber, sólo seguir llorando, sin consuelo. Sus patas, con las uñas totalmente gastadas indicaban que caminó mucho y una de sus enormes orejas tenía unos agujeros muy grandes. Vaya a saber cuántos peligros y situaciones horribles habrá tenido que transitar siendo tan chiquita.
La moral de Pablo le impidió seguir de largo, la alzó y se la llevó en un taxi directo a la veterinaria. Parece que la revisaron, le dieron algo para sacarle las lombrices de su panza y... como verás, aquí me la trajeron.
¿Qué es este? ¿Un hotel? ¿Un hospital?
De todos modos, me aguanté los celos y los deseos de ser el único porque es evidente que esta belleza sufrió mucho. Porque, además, debo confesarte que me gustó un poco. Aunque es muy joven para mí, reconozco que es una morocha esbelta y preciosa. Por eso Pablo la bautizó Mariana, el nombre de una modelo humana muy conocida.
Cuando entró le di un par de besos y ella se quedó tranquila y segura de que no la atacaría. Se acomodó en uno de nuestros sillones (por suerte no fue el mío) y se quedó profundamente dormida. Ojalá esté bien... Y ojalá que se vaya pronto.

martes, 25 de mayo de 2010

Territorio


Hola, diario. Yo me la paso meando por toda la cuadra para delinear mi territorio y resulta que me vengo a enterar de que me corresponde un territorio mucho más grande, imposible de mear completamente. Mis fronteras se marcan con pis, pero parece que los límites de las personas se marcan de otro modo. Ayer Pablo me llevó a un festejo multitudinario. No podría decirte la cantidad de personas que había porque eran millones. Para mí eran miles y miles de pies porque siempre tengo que estar abajo. Pero como soy astuto me di cuenta de que todo era de dos colores. Como Pablo sabe que le entiendo casi todo, me explicó que se trata del cumpleaños de la Argentina, nuestro territorio. Por lo que vi en la pantalla que había sobre la avenida, ese territorio tiene enormes bosques, hielos y hasta cataratas. Impresionante. ¿Cómo hago para mear todo eso?
Parece que nuestro territorio enorme hoy cumple 200 años. Anoche brindamos con Pablo y los seres más cercanos a nosotros. Pedimos deseos. Yo pedí el mío, con la mirada bien hacia arriba: Justicia para todos los seres de dos y cuatro patas que viven en este enorme territorio que no podré nunca terminar de piyar. ¡Justicia por cien años más!

viernes, 14 de mayo de 2010

Una tarde en el parque


Hola, diario. Ayer fue un día maravilloso. Ya nos amigamos con Pablo y ahora nos volvemos a hablar. Se levantó de buen humor y, no sé por qué, no fue a trabajar. Me dijo: “Hoy vas a conocer Disneylandia”. No sé a qué se refería, pero era un día precioso como para conocer Disneylandia. Tomó la mochila, guardó una botella de agua para él, otra para mí y tomamos la calle.

Lo único horroroso del camino es que pasamos por esa horrible cárcel de animales y me puso los pelos de punta el olor a esos monstruos que rugen.

De pronto, llegamos a una avenida enorme, enorme, enorme y, cuando la cruzamos, vi algo impresionante, por primera vez en mi vida. Un lugar donde todo era verde, con mucho pasto y lleno de árboles para mear hasta cansarte. Pablo me dijo: “Esto para vos será Disneylandia”. Bueno, no sé si Disneylandia será algo así como el Edén o algo donde el placer y la diversión son una sola cosa, porque este parque era eso. ¡Qué felicidad, diario! Corrí dando círculos, desesperado de la emoción. Luego busqué el palo más grueso y fuerte y se lo di a Pablo para que lo arroje lejos para ir a buscarlo. Estuvimos jugando así un buen rato. De pronto, luego de caminar por ese lugar maravilloso, sin calles ni edificios, vi algo grandioso: un lago.

¡Cuánta belleza junta! No aguanté y salí disparado corriendo a toda velocidad hacia él. Pablo se desesperó porque escuché que me gritaba. No me importó y continué la carrera evitando frenar y... ¡Plaf! ¡Qué placer! Ahí estaba yo nadando y disfrutando de esa agua en medio de la naturaleza. Hasta era mejor que la piscina de Fernando. El lago es enorme y sentís cómo unos pececitos muy pequeños te hacen cosquillas en los pies. Creo que Pablo se quedó tranquilo cuando vio que me podía mantener a flote y que estaba rebosante de felicidad. Por momentos, tragué un poco de agua y me dieron arcadas, pero supe cómo dominar la situación. Lo mejor de todo eso es que la gente que había por los alrededores se agrupó para mirarme. Y vos sabés lo que me encanta que me miren. Así que hice todas las monerías que pude en el agua. De pronto, se me ocurrió salir y sacudirme, mojándolos a todos. ¡Qué divertido! Quise saltarle a Pablo y el muy cobarde salió corriendo para que no lo moje. Lo perseguí hasta que lo atrapé y lo dejé todo empapado. Luego... ¡al agua otra vez!

Después de un buen rato, me tuve que quedar tirado al sol para secarme y descansar de tanta exitación.

Así pasamos toda la tarde, caminando entre lagos, mucho césped y árboles que ya empiezan a quedar desnudos por el otoño.

Cuando volvimos, obviamente, el obsesivo de Pablo me metió de cabeza en la bañera para sacarme el barro y la mugre acumulada.

Me eché un rato a sus pies y me puse a reflexionar. Los perros deberíamos vivir todos en un lugar así, donde poder correr hasta cansarnos y disfrutar de la naturaleza. No entiendo por qué a las personas les gusta vivir en el cemento.

Miré a Pablo a los ojos y le pedí que, por favor, volvamos muchas veces a Disneylandia, desde ahora, mi lugar favorito de placer y diversión.

martes, 11 de mayo de 2010

Enojados


Hola, diario. Me peleé con Pablo. Sí, no nos hablamos desde hace casi dos días. Se enojó mucho conmigo porque las otras noches, cuando salimos a pasear, encontré un hermoso y sabroso hueso de pollo quebrado, en una bolsa de basura rota. Lo agarré enseguida con los dientes y Pablo se puso como loco. Tiene la teoría de que los huesos de pollo me pueden matar. El insolente quiso abrirme la boca con todas sus fuerzas, pero no lo dejé. A obstinado, obstinado doble. Finalmente se salió con la suya. Me alzó del collar y me obligó a soltarlo. Ahí nomás, me dio dos chirlos* en el hocico. “¡¡¡No lo hagas nunca más!!!”, me gruñó. Como si fuera fácil. A ver si él se puede contener si le ponen una torta de crema con frutillas adelante suyo.

Odio que me quieran sacar la comida de la boca. Además, me la encontré yo. Le mostré los dientes y le tiré un tarascón. Fue advertencia... no iba a hacerle nada. Pero no lo tomó así. Se enojó mucho. Me dijo de todo. Me paseó por la plaza con la correa, volvimos a casa sin hablarnos y no me dejó dormir en la habitación. Me puse a reflexionar sobre si me había pasado de la raya. A lo mejor sí... Si el jefe no quiere que coma de la basura, habría que hacerle caso. Pero no puedo contenerme.

Ayer no me habló en todo el día. Ni siquiera me dio la golosina de siempre antes de irse al trabajo. Cuando regresó, ni me acarició. Tomó la correa, me la puso y me sacó a dar una vuelta que alcanzó lo suficiente como para que haga pis y caca. Me hizo el vacío.

Hoy nos levantamos y, por lo menos, me tocó la cabeza y me dio un pedacito de una medialuna que comía.

¡Qué chinchudo*! Ya le dije (con los ojos, lógicamente) que estaba arrepentido. ¿Qué quiere? ¿Que saque una solicitada en el diario?

 

 

*Palmada.

*Malhumorado.

domingo, 9 de mayo de 2010

Pelos


Hola, diario. Tengo un problema. Alopecia. Creo que es eso. ¿Quedaré como Raúl, con la frente pelada? Pablo se queja todo el tiempo de que dejo pelos por todos lados. Hay épocas del año en que, reconozco, los pelos se me caen a millares y dejan madejas rodando por toda la casa. Es un problema. Es una porquería que te pase eso, ¿sabés? Yo me doy cuenta de que Pablo me abraza menos cuando me pasan esas cosas. Lo he visto pasando ese monstruo ruidoso que le llaman aspiradora por la colcha* de la cama. Por allí donde voy dejo pelos. Me detuve a pensar si hay ventajas en torno a eso. Pensé en las pulgas que se quedarían sin hogar y saltarían desesperadas por la casa buscando que el felpudo cobre vida. Pero no, no había ventajas aparentes... Hasta que mi nueva veterinaria le dio una explicación valedera a Pablo. No se me cae el pelo para nunca más volver... lo estoy renovando. Uff... respiramos tranquilos. Creo que cuando termine de renovarlo todo, voy a quedar precioso. Mientras tanto, Pablo me baña cada diez o quince días y cepilla día por medio.

Eso de que te cepillen el lomo es muy raro. Me provoca unos escalofríos tremendos y una mezcla importante de molestia y de placer. En cada cepillada, Pablo parece sacar un perro nuevo del cepillo. Entonces, yo empiezo a correr dando círculos, exitadísimo. Jugamos al “te atrapo, te atrapo”.

Él también se queja de que le dejo pelos pegados por toda la ropa. Es verdad, ayer mismo tenía un pantalón negro que quedó como una cebra. En uno de sus viajes compró unos rodillos muy prácticos, con papeles adhesivos, que te limpian la ropa de pelos inmediatamente. Me lo quiso pasar a mí. No se lo permití. Mirá si me deja sin un solo pelo. Ni quiero imaginarme verme como aquella vez en la que me peló.

Se caerán, se renovarán, pero mis pelos son sagrados. Me cubren del frío y sus colores me hacen único, especial. A mí me gusta andar en bolas, entonces qué mejor que tener el cuerpo peludo y que la gente diga cuan lindo lo tenés. ¿Me equivoco?

*Cobertor.

sábado, 8 de mayo de 2010

Acusaciones falsas


Hola, diario. Estoy decepcionado de la sociedad. Te cuento porqué. En el edificio donde vivimos ahora hay gente muy paqueta, pero bastante maleducada porque no saludan o te sueltan la puerta en la cara. Siempre lo comentamos con Pablo y el señor de seguridad de la entrada, que me cae simpatiquísimo. En el edificio hay pocos perros. Sólo yo, un golden y un cocker hiperquinético. Hay un viejo choto que odia a los perros. Cuando me vio por primera vez empezó a quejarse. Se llama Don Yankilevich. La esposa es otra vieja con cara de mala mala mala. Cuando me ve en el patio, desde su balcón, siempre me tira algo. Casi siempre son puñados de tierra de sus macetas. Yo me divierto esquivándolos. Nunca la emboca. Ni siquiera le ladro, porque esa gente no merece ni que le ladren. Un día, tocaron el timbre y el portero le dijo a Pablo: “El señor Yankilevich pide que tu perro salga con bozal y correa”. Diario, no puedo reproducir lo que dijo Pablo. Por suerte no me pusieron bozal y vivo con un rebelde. Un día, la esposa del viejo, que se llama Doña Sara, lo miró mal a Pablo y le dijo: “¡Usted tiene que ponerle bozal a su perro porque es peligroso y ladra todo el día!”. ¡Mentirosa! No soy ni peligroso ni ladro nunca. Pablo le dijo: “Los peligrosos son ustedes. Pónganse bozal ustedes”.

Pero el viejo malvado insistió. Otro día, vino el portero (un chupamedias que se llama Alejandro) a tocar el timbre. Cuando Pablo abrió la puerta escuché que el tipo le dijo: “Don Yankilevich insiste que tu perro no para de ladrar”. Efectivamente, se escuchaba ladrar al cocker del quinto piso. Pablo abrió la puerta de par en par para que el chupamedias me vea que estaba calladito, como un señor perro. “Como verás, no es él quien ladra”, dijo Pablo. “A menos que sea ventrílocuo”. Yo me moría de risa. Ahí el chupamedias se convenció de que los viejos malos mentían y nunca más nos molestó. Aunque Sara me sigue tirando cosas. Tendré que seguir conviviendo con estos vecinos molestos y rabiosos. Digo yo: ¿no tendrán otra cosa en qué ocuparse algunas personas en lugar de difamar a otros?

domingo, 2 de mayo de 2010

Los humanos pueden ser muy malos


Hola, diario. Estoy un poco desconcertado. Anoche me enteré de que así como hay seres humanos buenísimos, existen otros cuya maldad no tiene límites.

Pablo me llevó al cumpleaños de un amigo suyo, Antonio, que no sé si vive en un teatro, pero es ahí donde lo festejó. Me sorprendió porque Pablo no suele llevarme a sus juergas. Pero entramos a ese lugar inmenso, lleno de gente macanuda*. Muchos me abrazaron y me dieron palmadas en la cabeza. Había dos perras. Una era una gordita de mi estatura que mucha bola no me dio. Su mamá, la atendía con cuidado porque era una perra entrada en años. La otra me ladró de entrada. Era una petisita, con camiseta y saquito. Me enteré de que se llamaba Castaña y no hacía falta que me cuenten que era dueña de casa porque su olor estaba por todos lados.

Luego de ladrarme en forma poco amigable, entablamos una pequeña comunicación a través de nuestro olfato. Agradable, aunque de pocas palabras. Traté siempre de estar cerca de Pablo y de donde se cayera una papafrita o algo comestible. Cuando Pablo se puso a acariciar a Castaña no me gustó nada. La muy atrevida se puso panza arriba para que la acaricie. Pero se me fue la bronca cuando escuché su historia.

Castaña es una perrita que, hace algunos años, fue encontrada en la puerta de ese teatro. Alguien les dijo que había una perra muerta ahí. Salieron y se encontraron con Castaña, lastimada con heridas punzantes de cuchillo y su rabo hecho pedazos, envuelto en cinta adhesiva. Como todavía respiraba, pudieron llevarla al hospital veterinario. Antonio se hizo cargo de su recuperación y hoy es su compañera inseparable y está vivita y coleando. Castaña vive en ese teatro y, sigilosamente, cuando comienza cada función se desplaza hasta la primera fila y se queda en una butaca. “Cuando estuvo el Ballet Folklórico Nacional, no se perdió una sola función, pero odia las obras infantiles. Cuando hay alguna, se va a su cucha y se esconde”, contó Antonio, un gordito simpático que sopló las velitas al cantarle el “cumpleaños feliz”. Contó que cuando él está sobre el escenario tienen que dejarla en la oficina, porque si lo escucha llorar se quiere subir al escenario.

Aunque perdió su cola, Castaña vive feliz y, en las funciones de los distintos espectáculos que allá se ofrecen, se desliza sigilosamente por los laterales de la sala y se queda quietita, al pie del escenario mirando cada función sin ladrar, ni emitir sonido alguno. Me generó una admiración tremenda. Quise hacerme amigo suyo y estuvimos juntos un buen rato. Qué puedo decirte de ella... Tiene olor a amor. Y está vacía de rencor. Porque es más el amor que siente que el odio que pudiera recordar. Me puse a pensar cuando llegamos a casa y pensé en que, aunque suene soberbio, nosotros los perros somos mejores que los humanos.

No tenemos capacidad de odio. Nunca podríamos hacer nada tan dañino como eso que te conté.

Pablo y todos los seres humanos que conozco son incapaces de hacerle daño a un animal. Pero ayer descubrí que puede haber gente peligrosa. Hay que cuidarse del ser humano. Hasta los seres humanos deben cuidarse de los seres humanos.

Brindo por la perra teatrera y porque siempre haya algún Antonio que nos libre del infierno.

*Agradable.

jueves, 29 de abril de 2010

FELIZ DÍA DEL ANIMAL


¡Hola, diario! Hoy, apenas nos despertamos, Pablo me llevó a la cocina, abrió un armario y me dio tres regalos. ¡Sí, tres regalos! Dos de ellos estaban en unos paquetitos que rompí inmediatamente. Uno era una golosina riquísima en forma de "canelón" enorme. Todavía no lo terminé de comer. El otro era una pelota con dos manijas a cada lado, para que podamos luchar por ella. Divertidísima. El tercer regalo fue uno de los abrazos con besos más lindos que me dio Pablo. Me apretó tanto que me hizo pensar que me iba a sacar las tripas. Me "cachó" cariño. Me dijo: "Feliz día del animal". Y pensé enseguida en todos esos animales extraños que vi (y olí) el domingo en la cárcel; y en todos esos perros y gatos que no tienen lugar donde vivir; en aquellos que son abandonados, en los cientos de caballos maltratados por el trabajo en centros urbanos, y aquellos pobres que están encerraditos en una perrera o en un centro "asistencial" de animales. Es el día para pedir fuerte por todos ellos. ¡Feliz día a todos mis congéneres, y a todos aquellos que tengan plumas, pelos o escamas!
Me voy a jugar con la pelota.

miércoles, 28 de abril de 2010

Cárcel

Foto: Ibarak. Flickr.com

Hola, diario. El domingo viví una de las experiencias más fuertes de mi vida. Nos vino a visitar Mimí, una amiga nuestra que habla muchísimo y me hace mucha gracia. Es muy linda, pero no es como Morena, ella tiene sólo dos tetas, pero enormes. Luego de tomarnos unos mates y morirnos de risa los tres, salimos a caminar por el barrio. Nunca había salido a caminar con Mimí, entonces ella se divirtió mucho conmigo. Como a mí me encanta que me festejen todo, también le hice muchas monerías como para entretenerla. Zapateé en el piso luego de hacer caca, luché con una botella de plástico y perseguí a las palomas, entre otras cosas. A ella le fascinó eso.

Pero nuestro paseo no se limitó a la plaza del jardín enorme y enrejado, fuimos más allá. Atravesamos la avenida grande y llegamos a otro parque con más rejas. Algo me hizo desconfiar. Empecé a caminar más despacio con la cola entre las patas, no pude evitarlo. En un principio, el huracán de olores que provenía de allí me produjo esa sensación, tal vez por presentimiento; luego, fue temor. Descubrí qué era. ¡¡¡Una cárcel, diario, una cárcel!!! ¡¡Una cárcel de animales!! En un principio, por el olor a plumas descubrí que había muchas aves, pero también olfateé unos bichos que no vi en mi vida, pero que me imaginé enormes. Cuando avanzamos unos 200 metros, me surcó el cuerpo un gran escalofrío y una sensación de pánico. Quise irme. Pablo se dio cuenta de mi miedo porque, enseguida, me puso la correa y me sujetó fuerte. Sentí el impulso de cruzar. Sé que no hay que hacerlo, pero observé a Pablo y se lo pedí con los ojos. Tenía mucho miedo. Ya estaba seguro de lo que mi nariz había descubierto. Ahí adentro, presos, había unos gatos enormes, gigantes, con dientes asesinos y un aliento que te tumbaría. Durante unos segundos, hasta escuché cómo rugían. Si esos gatos enormes me encontraban me podrían descuartizar. Pero Pablo y Mimí son muy valientes porque no se les movió un pelo. Es más, hasta creo que les causó gracia mi temor. Me resigné y seguí caminando junto a ellos, muy pegadito a Pablo, con mucho miedo, pero con la seguridad de que esos gatos convictos estaban encerrados y no podían salir. También me dio un poco de pena pensar eso.

Seguimos caminando y el olor a esos monstruos se fue alejando, aunque comenzó otro aroma. Y desde la calle, pude ver de qué se trataba. Eran unos bichos como cinco veces más altos que yo, pero con unos cuernos enormes. Eran pacíficos y comían pasto sin parar. También había otros que parecían comer chicle muy animadamente. Tenían unos pelajes con rulos, muy abrigados para la época.

Dimos la vuelta por otro lado y, así, seguí descubriendo distintos animales. El lugar era tan grande que los tres nos cansamos en un momento y nos sentamos a comer unos panchos*. Luego de haberme devorado uno y haber intentado robarles un trozo a los de Mimí y Pablo, puse atención en un nuevo aroma. No sentí que fuera una amenaza. Me acerqué a la reja y me paré en dos patas en ella. Adentro había un puñado de gente viendo con atención algo. De pronto, divisé unas patas muy largas, con lunares enormes. Algo así como un dálmata muy alto... Comencé a seguir con la vista las patas, hacia arriba, y divisé el cuerpo, y luego un cuello larguísimo y una cabeza diminuta con dos cuernos. También mascaba chicle. ¡¡¡Guauuu!!!! Comencé a ladrar de la emoción. ¡Era un perro altísimo! En mi vida vi uno igual. Tal vez por eso estaría ahí preso. Miraba a todos desde ahí arriba, con sus pestañas enormes. La gente que estaba afuera con nosotros, comenzó a rodearme, fascinada por mis ladridos. Mimí estaba descompuesta de la risa. Me encantó eso. Pero en realidad yo no podía dejar de ladrar por mi descubrimiento.

Cuando volvimos a casa me quedé todo el día pensando en ese perro enorme, altísimo, con cuernos. Cómo se podría vivir mirando la vida desde ahí. ¿No le da vértigo? También pensé en porqué lo habrán puesto en cana*. ¿Qué habrá hecho para merecer estar encerrado? ¿No se cansará de que todo el día lo estén observando? ¿O tendrá tanto ego? Sólo creo que si lo encerraron por ser diferente, habría que ir a rescatarlo. Bueno, que se ocupe otro, en realidad. Yo no voy a arriesgarme a que me agarren los gatos gigantes.

sábado, 24 de abril de 2010

Atención


Hola, diario. No soporto que no me presten atención. Pablo está un poco enojado conmigo. Es que ayer tuvo día libre y vinieron a visitarlo sus padres y, luego, una amiga. Según él, me porté mal. Y sí... Es que no soporto no ser integrado en las conversaciones. Me encanta recibir visitas, festejarlos e intentar jugar con ellos, pero me parece espantoso ese momento en el que todos se sientan y se ponen a charlar. ¿Y yo? ¿Adónde queda mi participación? Si yo no sé hablar en castellano. Y encima, si ladro, me retan*. Entonces, todo el tiempo, trato de llamar la atención de los presentes. O con mi hocico les pido que me acaricien... O me paro en dos patas y pongo las delanteras sobre sus faldas... o trato de acomodarme en el sillón, al lado de alguno... o, cuando están muy serios, aparezco a los saltos con Osito entre los dientes... o les traigo la pelota y se las dejo a los pies, para que la arrojen. Nada de esto resulta. Todo el tiempo, Pablo me dice: "Pará, Francisco". Y sí... me pongo un poco insoportable. Es que me aburro. Por momentos me quedo quieto, observándolos y prestando atención. Pero entiendo sólo una parte, entonces vuelvo a distraerme con alguna mosca y, luego, otra vez a reclamar atención.
Es más fuerte que yo: necesito ser protagonista. No soporto que, aunque sea de a ratos, haya más protagonistas en la vida de Pablo. Sino... ¿Para qué estoy?

* Regañan.

jueves, 22 de abril de 2010

La pelirroja me odia

Foto: Flickr.com. Pwcowgigirl

Hola, diario. Te juro que Pablo es un obsesivo y me baña cada 15 días. Pero algún olor medio raro debo tener como para que la pelirroja de la vuelta me odie de esta manera. Cada vez que estamos en la plaza y me ve, aunque sea de lejos, comienza a avanzar amenazadoramente, con la panza casi a ras del piso, a paso lento, hasta que, de repente, emprende carrera veloz y se tira sobre mí para morderme. Ya se quedó con un mechón de pelos míos en la boca y, los otros días, alcanzó a morderme la cola. No me importó gritar. ¿Sabés lo que pasa, diario? Si vos tenés una discusión, o te llevás mal con alguien o hay algún motivo para las piñas, estás preparado, te ponés en guardia, sabés qué decir. Pero cuando te toman por sorpresa, sin un motivo aparente para pelearte, quedás en desventaja, desprevenido. Yo no soy belicoso. Entonces esta turra de mierda siempre me agarra sin capacidad de reacción y quedo como un cobarde.
No sé por qué me odia. No se pelea con ningún perro, sólo conmigo. Me huele a la distancia y ya me quiere agarrar del cogote. Pablo discutió con la mujer que la lleva. "¡Póngale collar, no la lleve suelta!", le dijo. Y ella, como si nada. "Es a su perro al que odia", le dijo, muy pancha*. Me gustaría sentarme a charlar con la pelirroja y preguntarle qué le hice y por qué me odia. Pero no me da tiempo. Decí que no se puede morder a las mujeres, porque sino, le arrancaba una oreja.

*Muy tranquila.

domingo, 18 de abril de 2010

Vocabulario


Hola, diario. Me estoy dando cuenta del vocabulario que estoy acumulando. Según los hechos y mi teoría de que soy casi humano, creo que me largo a hablar en cualquier momento. Ya entenderás que con Pablo podemos mantener largas conversaciones a través de la mirada. Bah... él a veces habla como un loro, pero yo le contesto con los ojos. A veces le observo los labios, para ver si yo puedo articularlos así. Pero no, no me sale. Tengo muchos dientes, creo. De lo que me cuenta, entiendo un 50 por ciento. Pero más que las palabras tiene que ver con la intención y esa conexión energética que, te conté, tenemos.
Hay palabras y frases que identifico mucho más que otras. Sobre todo las órdenes... o indicaciones, como él prefiere llamarlo. Hay que tenerlas bien claras como para evitar problemas. A la que más le temo es a la palabra "no". Cuando manda un "no" enérgico y grave. Sé que todo se vuelve prohibido. Otra frase intimidante es: "¿Qué hiciste?" o "¿hiciste lío?". Ahí sé que me descubrió, meto la cola entre las patas y me escondo debajo de la mesa. La palabra que más adoro es "vamos". Cuando la pronuncia, enseguida paro las orejas y doy unos saltos increíbles. Significa que vamos a la calle. Pero hay una diferencia cuando dice "¿vamos a pasear?". Cuando dice eso, ya sé que no será sólo ir a la plaza, a hacer compras o a dar la vuelta manzana. Es mucho más que eso. Un paseo es algo más duradero.
Cuando dice "vení acá" puede significar dos cosas: o que te va a hacer muchos mimos o te vas a ligar un buen reto. Así que siempre avanzo con cautela. Pero el "vamos" y el "vení" tienen significados distintos cuando estamos por cruzar la calle. Medio metro antes de llegar a la esquina, Pablo dice: "vení". Entonces yo me tengo que parar a su lado y quedarme quieto, con él, hasta que pasen los coches, que son peligrosísimos. Cuando el peligro pasó, él dice: "vamos". Y ahí podemos cruzar lo más tranquilos. También el vamos se usa para cosas concretas. El "¿vamos a lo de Fina?" o el "¿vamos a lo de María Elena?" me ponen feliz y me entusiasman. Me encanta ir a lo de mis abuelos humanos y a lo de mi tía humana.
Cuando pregunta: "¿tenés hambre?" ya sé que voy a comer enseguida. Lo mismo cuando dice: "¿querés?". Son frases fantásticas. También distingo entre "agua", "pollo", "palito", "bombón", "banana" y "zanahoria".
La frase que me amedrenta es: "¡A bañarse!". Me tiro panza arriba y Pablo me arrastra del collar hasta la bañera. Ahí me resigno y me encanta cuando me dice "te mojo".
Una palabra que me resulta molesta es cuando dice "quietito". Significa que le estoy rompiendo las pelotas*. Porque el "quieto" es más normal. Pero el "quietito" me molesta. Del mismo modo, odio cuando me dice "boludo". A veces, cuando me porto mal, o meto la pata él me grita: "¡¿Vos sos boludo?!". Horrible. Prefiero cuando dice: "¡A jugar!".
Otras palabras que reconozco son: "gato" (ahí me pongo alerta y tengo cuidado); "mosca" (no paro hasta atraparla); "perro" (algún congénere cerca); "llueve" (nos mojaremos); "besito" (tengo que darle lengüetazos); "amigo" (sé que es alguien en quien confiar) y "a dormir" (de un salto, estoy en la cama). Además, Pablo finalmente logró que distinga entre "Osito" y "pelota". Ahora sé perfectamente qué es cada cosa y se la traigo cuando me lo pide.
Una vez, Pablo me dijo "estoy triste, Francisco". Y me quedé a su lado mucho rato. Me di cuenta de que la palabra "triste" es espantosa. Prefiero a todas las demás.

* Molestando.

martes, 13 de abril de 2010

Domingos


Hola, diario. Desde que nos mudamos a este barrio mis viajes en taxi son cada vez más frecuentes. Casi todos los domingos vamos a la casa de Fina y Raúl, para almorzar con ellos y, luego, tomar mate. Apenas nos despertamos me empieza a agarrar una ansiedad incontrolable. En los domingos, mis mañanas no son tranquilas y a paso lento como las demás. Voy de un lado a otro, quiero que Pablo desayune rápido, que hagamos un paseo corto y rajemos* de una vez. Todo el tiempo él me grita: "¡Pará, Francisco!". Pero no puedo controlarme. Es como si tuviera adentro mío a un demonio movedizo.
Cuando empieza a llenar la mochila con cosas para llevarles a sus padres, empiezo a los saltos. De a una, le voy señalando las prendas de vestir para que se las ponga rápido. Un día que daba muchas vueltas, hasta le tuve que llevar la remera* con el hocico. Apenas salimos del departamento, emprendo carrera veloz por el pasillo que conduce a la calle. El señor de seguridad del edificio me saluda siempre y me abre la puerta porque sabe que no me escapo. Ahí me quedo sentadito en la vereda, cerca del cordón, esperando que llegue el taxi. Me confundí muchas veces. Algunos se detienen para otras personas y yo corro desesperado para subirme. Pablo, todo colorado, me saca de prepo, tomándome del collar. Una vez que llega el taxi, empieza la fiesta. Pablo pone unas sábanas viejas, yo me paro ahí y saco la cabeza por la ventanilla para tragar mucho aire que, después, convierto en peditos para martirizar a la gente.
El domingo pasado, cuando llegamos a lo de Fina y Raúl escuché que él dijo: "Yo no sé cómo Francisco sabe cuándo es domingo". A veces los seres humanos me sorprenden. ¿Y si él sabe porqué no voy a saber yo? ¿¡Cómo no voy a saber cuándo es domingo?!.. Tsss... En realidad, me puse a pensar y no sé cómo sé que es domingo. Creo que es intuición. Siempre hay seis días antes, de los cuales Pablo trabaja cinco. Pero el domingo tiene una energía especial. Más allá de que nos levantamos de la cama un poco más tarde de lo habitual, es un día con una vibración distinta. Yo no sé exactamente cómo me doy cuenta. Pero sé perfectamente que el domingo es domingo, que tenemos que levantarnos más tarde y, luego, tomar un taxi para ir a lo de Fina y Raúl. Insisto: ¿Me estaré volviendo persona?

* Salir apurados.
* Camiseta.

sábado, 10 de abril de 2010

Telepatía



Al final, mi presentimiento no era irreal. Llegó justo cuando me disponía a destripar a Bob Esponja. Como siempre, pensaba recibirlo con indiferencia, como lo haría Zsá Zsá, pero soy un idiota, no pude. No me puedo contener. Lo siento cerca de la puerta y ya mi cola se vuelve incontrolable. Apenas escucho el ruidito de las llaves, me yergo y mis orejas se convierten en radares. Y ni te cuento cuando entra a casa. Primero avanzo sumiso, con la cola entre las patas, poniéndole la mirada más lastimosa que me sale, para golpearle el corazón. Pero de inmediato, me convierto en canguro y no paro de saltar y darle besitos. Después lo huelo exhaustivamente para asegurarme de que no haya intentado cambiarme por otro perro. Y luego, me vuelvo obsesivo e interesado. Siempre me trae regalos cuando regresa, así que no puedo contenerme y, por todos los medios, trato de abrir esa enorme valija* que trae. Es complicado y tengo que esperar a que él decida cuándo la abrirá. Cuando eso sucede, meto mi hocico hasta el fondo, hasta poder encontrar “mi” regalo. Esta vez me trajo un pingüino. Me encantó. No sé adónde habrá ido que me trajo un animal tan extraño. Me vino bien porque Chanchito ya está muerto (lo rompimos jugando) y Osito 2 está medio cachuzo. Jugamos un rato y, cuando estuve exhausto, me quedé contemplando a Pablo, con mi pingüino abrazado.

También pensé en esa sensación fuerte que tengo cuando está por venir. Nunca me equivoco. Creo que con mi mejor amigo ya logramos telepatía. Puedo sentir su energía cuando está por venir. Y su presencia se hace cada vez más fuerte en mi alma y mi cabeza cuando está cerca. Y te aseguro, diario, que no es mi superolfato. No logro oler tan lejos. Sino, los perros no nos perderíamos tan fácilmente. Es energía, magnetismo, telepatía... No sé cómo llamarle. Voy a investigar sobre el tema. Me apasiona saber cómo he logrado una conexión tan fuerte con un ser tan primitivo y adorable a la vez, como el ser humano. Nunca los perros podremos emanciparnos de ellos. Inevitable amarlos. Es nuestra naturaleza.


* Maleta.

jueves, 8 de abril de 2010

Dueños


Hola, diario. Es duro cuando el ser que más querés no está por un tiempo a tu lado. Tengo que confesarte que estoy más tiempo acompañado que cuando está él. Fina y Raúl pasan casi todo el día conmigo, me hablan, me hacen jugar, me dan cosas ricas y me sacan a pasear varias veces. A menudo me hago como el que me estoy meando, como para que se apuren en llevarme a la plaza otra vez. Es una mentirita piadosa. Cuando veo que Raúl está cansado lo miro y comienzo a caminar solito hacia la dirección de nuestra casa, para volver.
Pero de todos modos, extraño mucho a Pablo. Hay días en que se pasa trabajando... pero me encanta saber que lo estoy esperando y que regresará. Y que, aunque esté cansado de su jornada de trabajo, apenas entre a casa me hará unos mimos y me sacará a pasear sin chistar. "Es tu derecho adquirido", me dijo una vez. Y lo respeta siempre. Otras veces se lo pasa sentado a la computadora escribiendo. Pero aunque no me preste demasiada atención, me gusta echarme a sus pies y acompañarlo. Sé que se siente bien si yo estoy ahí, con mi hocico o mis patas delanteras sobre alguno de sus pies. Nos acompañamos mutuamente. Por eso lo extraño tanto. Me acostumbré a ser parte suya y a que él sea parte mía. Él dice: "Mi perro". Yo digo: "Mi amigo". El "mi" es posesión. Pero no me importa. Y sí... soy de él. Será mi dueño. Pero él también es mío, aunque tenga que compartirlo a veces con Zsá Zsá o, más adelante, con algún otro cuadrúpedo.
Hoy tengo un presentimiento fuerte. Creo que falta poco para que llegue. Lo siento más próximo que ayer. Pero cuando uno extraña, el mañana se hace eterno.

jueves, 1 de abril de 2010

Sábanas


Hola, diario. Todavía sigo mirando con cariño al peluche de Bob Esponja. Pero me contengo. Aún no le he hecho nada. Pablo no vuelve y los días están tan lindos como para ir a pasear por el barrio. Como sigo con esta teoría de que soy casi persona (salvo por esa minucia de que no puedo hablar ni sonreír) decidí dormir como Dios manda. Cuando Fina y Raúl se van, me voy a la cama y, en lugar de dormir a los pies, como hago siempre, levanto las sábanas con los dientes y me acuesto adentro. Lógicamente no me tapo porque hace calor. Pero dormir sobre las sábanas tiene otro sabor. Algo me hace pensar que a Pablo no le va a gustar la idea. Pero a mí me encanta.

miércoles, 31 de marzo de 2010

¿Seré una persona?


Hola, diario. Estoy cada vez más cerca de la teoría de que soy una persona con traje de perro. Tengo varios motivos para pensarlo. Por empezar, tengo casa: un departamento de tres ambientes con patio para mi solo. Pablo se fue de viaje, así que puedo considerar que, por ahora, es mío. Vivo aquí y cuando viene gente a cuidarme se quedan durante el día y se regresan a sus casas para dormir, a la noche. Es decir, segunda confirmación: están a mi disposición. Te tiro otra. Ayer vinieron Fina y Raúl y me invitaron a sentarme a la mesa con ellos. Además, ella me convidó café. "Te va a despejar un poco", me volvió a señalar. ¿Dónde viste un perro que tome café? Por lo tanto, no soy perro. Con esa teoría en mi cabeza salí a la calle con ellos, suelto, muy dueño de la vereda. Estuvimos un buen rato en la plaza. Ignoré a cuanto perro se me cruzó por el camino. Un cochino se me acercó para olerme el culo y lo saqué cagando. Pri-mi-ti-vos... Tsss...
Me pasé toda la tarde así, solo, haciendo de cuenta que cualquiera de esos perros podía ser mi mascota. ¿Soberbio? Y bueno... sí. Creo que he evolucionado en persona.
Estuve un buen rato parado frente al espejo de la habitación observándome. Ensayé sonrisas, pero no me salieron. Y cuando escuché que el portero tocó el timbre del departamento, comencé a dar ladridos de advertencia.
Me frustré. Ladro y no puedo sonreír. Ahí entré en dudas.

domingo, 28 de marzo de 2010

Viajero

Hola, diario. ¿Podés creer que Pablo volvió a irse? Yo no sé qué se piensa... A veces tengo miedo de que se esté convirtiendo en nómade. No sería vida para mí... aunque obviamente, lo seguiría adonde sea... Pero yo prefiero estar acá calentito, con morfi* asegurado y caricias al por mayor. Anoche otra vez tomó la valija y comenzó a llenarla de ropa. Hasta el cepillo de dientes se guardó. Quise meterme en ella, pero no me dejó. Hoy a la mañana se despidió con muchas caricias, besitos en la frente y promesas de que "enseguida" vuelve. Ya sé que por lo menos se tomará entre cinco días y una semana. Tal vez mi vida sea así siempre... que, de tanto en tanto, él se vaya de viaje y me deje al cuidado de algún otro integrante de la familia. Mientras no me deje al cuidado de Zsá Zsá no tengo problemas.
Cuando me hizo mimitos en la cara, no me aguanté y me puse a llorar. Ahí me abrazó. Como me di cuenta de que funcionó, comencé a llorar más fuerte, para ver si se arrepentía y se quedaba. Pero no fue así. Nos quedamos los dos mirándonos con mucha tristeza, me dio una golosina y cerró la puerta.
Ahora estoy observando un almohadón y un peluche de Bob Esponja. A ver qué agarro primero en señal de protesta.

* Comida.

sábado, 27 de marzo de 2010

Manos




Las manos de las personas son bendiciones para los perros. No puedo evitar arrimarme a la gente y, de prepo*, ponerle mi frente en sus manos quietas. De pronto, cuando empiezan a moverse, bajo mi presión sutil, encuentro uno de los mayores placeres de la vida. Que te acaricien o te rasquen la cabeza... ¡Qué maravilla! Siento un escalofrío tan estremecedor. Cierro un poco los ojos, luego los vuelvo a abrir, observo de reojo que la persona no se canse de acariciarme, y si eso sucede, arremeto de nuevo, con mi frente en la palma de su mano. El que te acaricia la cara es porque, realmente, es un tierno total. Lo hacen varios en la familia. Raúl es uno de ellos. Me acaricia la mejilla, luego la zona de mis bigotes y, a veces, en el mentón. Cuando hace eso, de a poco, me voy derrumbando, siento como que me desarmo. Muy lentamente, me voy deshaciendo en el piso hasta quedar echado totalmente. Cuando ocurre eso, Raúl deja de acariciarme porque no puede agacharse más. Pero si ocurre lo mismo con otros, es como estar en el paraíso. Podría pasar horas dejando que me rasquen la panza y el pecho. Pero los seres humanos no resisten mucho estar agachados, a la altura de los animales. Entonces tengo que erguirme nuevamente y comenzar con lo mismo... mi frente en sus manos. Muchos son expansivos e, inmediatamente, comienzan a acariciarme el lomo. Uy... siento como que me corre una gota de agua fría desde la cruz hasta la cola. Me encanta que me peinen con sus manos. Y lo mejor, es en el cuarto trasero. Me encanta que me rasquen el cuarto trasero. Me quedo quieto, quieto, quieto... tieso, enjuto, sin otra sensación que el placer. No me muevo por miedo a perder esa dicha.
Lo que los seres humanos no toman en cuenta es el cariño y el amor que permanentemente ofrecen con sus manos. Yo les pido afecto por placer, lo reconozco. Pero también para ayudarlos a que, por lo menos un momento en el día, estén descargando cariño casi sin darse cuenta. Me siento más útil.
Creo que si muchas personas supieran que eso es así, habría menos perros y gatos sin hogar, y un gran porcentaje de la humanidad sería más buena. Brindo por las manos.
*obligar

martes, 23 de marzo de 2010

Labios


Hola, diario. ¿Viste que a alguna gente le da un poco de asco cuando los perros besamos? No entiendo por qué. Yo los he visto también haciendo cosas con sus lenguas. Y cuando hacen eso van mucho más allá del afecto. Cuando llega alguien a casa, siempre pego un salto para darles un beso. No tengo trompa como ellos como para saludarlos igual. Pero confieso que tengo una obsesión: los labios.
No sé porqué, desde cachorro, siempre me gustó darles besitos a las personas en sus bocas. Cuando sos cachorro es fácil porque te alzan, te arriman a sus rostros y ahí les das besos. Pero de adulto es más complicado. Yo adquirí una técnica. Hay que hacerlo rapidísimo. Apenas se acercan, pego un salto, como si fuera un delfín amaestrado, y les doy un lengüetazo en los labios. Algunos ponen cara de asquete, pero a otros les resulta simpático y hasta adorable.
Es que los labios de las personas son húmedos, como nuestras lenguas, o nuestras narices. Y es a través de sus labios como grafican el amor. Como yo creo que me estoy convirtiendo en una persona, estoy convencido de que es así cómo debo besar. Les doy amor con cada salto y cada beso en esos contornos carnosos que dibujan lo que a mí nunca me sale: la sonrisa. Es lo más lindo de las personas. Cuando sonríen, todo se ilumina y yo siento que unen la alegría con el cariño. Precioso. Estuve practicando pero no me sale. El día que pueda sonreír, se caen de culo.

lunes, 22 de marzo de 2010

Comadrejas

Foto de Adriana de Palermo. Flickr.com

Hola, diario. Este nuevo barrio es muy curioso. Te conté de ese jardín inmenso al que no dejan pasar perros, pero que está lleno de plantas y árboles de todo tipo con una partitura de olores que te fascina. Allí está lleno de gatos. Algunos son amigables y otros te hacen “fsss”. Pero con Zsá Zsá ya me acostumbré a ellos. Anoche estábamos paseando por la plaza y Pablo se sorprendió tanto como yo por un perro extrañísimo que había ahí dentro. Bah... yo no sabía si era un perro o un gato de una marca rara. Tenía un olor espantoso y caminaba muy lento. Estaba así como despeinado, con pocos pelos, con distintas tonalidades de grises en el lomo y un antifaz blanco. Lo más impresionante era su cola. Larga y pelada... un asco. Se la habrán mordido o tendría un problema dermatológico. Primero nos ignoró, pero después nos observó con unos rosados ojos diabólicos. Nos quedamos observándolo un buen rato, pero viste que a mí la curiosidad me mata... Vi que algo raro tenía en el lomo. Eran como verrugas peludas que se movían. No lograba darme cuenta de qué era... ¡Hasta que me avivé de que eran sus hijos! Tan extraños como él, pero mucho más chiquitos. Quise acercarme para olfatearlos, pero se enojó mucho. Se le pararon todos los pelos, irguió su cola pelada y me mostró los dientes. Pensé que nos iba a atacar, pero no... Muy pancho (o pancha)* se dio media vuelta y se alejó caminando despacio, con esas patas cortas y extrañas.

Pablo también quedó fascinado con ese inesperado encuentro y se lo contó a todos. Escuché que esos perros se llaman comadrejas* y que en ese lugar hay muchas.

Por precaución, creo que no deberíamos acercarnos nuevamente a ellos. Sobre todo cuando tienen familia numerosa.

*Tranquilo

* En Argentina se llama comadrejas a las zarigüeyas u opossum.

jueves, 18 de marzo de 2010

Un chistoso


La alegría de ser un perro de raza me duró un día. ¿Vos podés creer que era un chiste de Pablo? ¡Me tocó un chistoso como compañero de departamento! Ayer le volvieron a preguntar de qué raza era y volvió a responder lo mismo: "Lanus Sheperd". Pero esta vez la inquisidora era más curiosa y le preguntó qué quería decir. "Pastor de Lanús", respondió. Y ella se echó a reír y me abrazó. Luego dijo: "Holando-Argentino". Mirá, diario, no te sigo contando porque me da bronca. No le hablé en todo el día. Raza pelotudo es él.
Preguntame de qué raza soy... dale... COMÚN Y CORRIENTE... y con mucha honra.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Lanús Sheperd


Viví engañado estos tres años de mi vida. Siempre creí que era un perro cualunque, común y corriente, un atorrante. Soy de raza, diario. Escuché claramente cuando una señora, en la calle, le preguntó a Pablo de qué raza era y él respondió: “Lanus Sheperd”. No sabés la emoción que me dio. No porque me hubiera sentido menos ya que siempre miré con cierta sorna a los perros de raza, ya que todos se parecen entre sí. Pero supongo que para los humanos debe ser como siempre mirar de reojo a los ricos por sentirlos frívolos o egocéntricos; y de repente, tener un golpe de suerte y ser ricos como aquellos a los que se miró de soslayo antes. ¿Está mal querer “pertenecer”? Tal vez, para que la vida se nos haga un poco más fácil. Es más sencillo para un “Lanus Sheperd” que para un perro común, supongo. Lo único que no me gusta de esto es que, seguramente, me voy a topar con muchos “Lanus Sheperd” como yo. Me gustaba ser casi único. Todo no se puede en la vida.

lunes, 15 de marzo de 2010

Adioses

Hola, diario. Si te tengo que definir mi fin de semana, es con la palabra “adiós”.

Ya estamos instalados en la nueva casa. Te cuento que me llevo por delante todos los muebles y paredes. La costumbre hace que quiera tomar el mismo camino que en el otro departamento para ir de la habitación a la cocina, o del living a la habitación. Pero la distribución es distinta, así que me he golpeado la nariz un par de veces.

El sábado nos despertamos como siempre, fuimos a desayunar y los dos nos “tragamos” la columna que hay en la entrada de la cocina. Luego, paseamos un poco en la plaza y me sorprendí un poco al regresar. A los dos minutos, Pablo tomó un bolso enorme y me volvió a decir: “Vamos”. Obviamente, pegué un salto a lo delfín amaestrado y me acomodé el collar para salir.

Nos tomamos un taxi. Ya te conté el placer que es viajar en taxi con la cabeza afuera, tragando viento.

Para sorpresa mía, llegamos a nuestro viejo hogar. Me desconcerté. Saludamos a algunos vecinos y entramos a nuestro (¿antiguo?) departamento. Estaba vacío, el pobrecito... me dio una lástima. Sólo pelusas y polvo. Habían quedado nada menos que las cacerolas donde cocinamos y algunas cositas más que Pablo guardó en el bolso. Luego, nos quedamos sentados en el piso, esperando nosequé. Y nosequé llegó de inmediato. Lancé un ladrido cuando escuché que se abría la puerta. Era una señora. La había visto una vez ya. Observó el departamento por todos lados, con detenimiento, y conversó amablemente con Pablo. Me cayó bien. De pronto, vi como Pablo le entregó las llaves. Ahí me cerró todo. Vinimos a decirle adiós a ese hogar donde pasamos tantos momentos lindos. Fiestas con los amigos, banquetes con Fina y Raúl, despertares casi melódicos y metódicamente iguales, reencuentros con la vida. Porque ahí es donde yo volví a reinsertarme en este mundo privilegiado.

Como hizo esa señora, yo también lo recorrí por cada rincón una vez más. Y, sin que ella se diera cuenta, hice pis en el balcón, por si llegase a ir a vivir ahí otro perro, para que se entere de que esa fue la casa de Francisco. Antes de salir, lo miré y le agradecí. Las casas tienen entidad. Lo sé.

Nos despedimos de la señora y también de los vecinos de la inmobiliaria de abajo. Me caían bárbaro. Le dijeron a Pablo que prometa que me iba a llevar de vez en cuando. Él asintió, pero ambos sabíamos que eso nunca iba a ocurrir. También les dije adiós. Cuando íbamos caminando rumbo a lo de Fina y Raúl, para visitarlos, me quedé paralizado. Ahí la vi, esbelta como al principio, con sus pelos marrones tan enmarañados como bellos, y esa mirada entre pícara y dulce. Nos miramos fijamente y corrimos desesperados el uno hacia el otro. No paramos de dar saltos, revolcarnos en el piso y hacer esas carreras repentinas, cortas, en círculo y de hasta diez metros, para convertirnos en ráfagas de felicidad. Pablo es inteligente y me dejó un largo rato. Sabía muy bien que, probablemente, nunca más pueda ver a Morena. Nos olfateamos mucho. Supe que sus cachorros ya no estaban más con ella y, vaya a saber hasta cuándo, seguiría siendo la misma Morena de siempre, la que yo adoraba. En un momento nos cansamos de tanto correr y nos sentamos, bajo el sol, extenuados, una pata contra la otra. Nos miramos, con alegría, amor y tristeza. Todos esos sentimientos juntos que, seguramente, los humanos ni se imaginan que podemos sentir los perros.

No quise que Morena supiera que yo me iba del barrio. No le dije nada. El adiós lo dejé en mi interior y, simplemente, puse mi frente sobre la suya. Nos dimos muchos lengüetazos, como siempre, y nos despedimos. Ella salió a los saltos, con su amiga persona, ingenua y feliz. Yo me quedé observándola, y lo seguí a Pablo. Con el adiós atragantado y pensando en esas cosas que uno tiene que resignar para obtener otras. Aunque la reflexión me duró sólo unos metros. Demasiado dilema para un perro. Pero me quedé triste. Probablemente nunca más vea a Morena.

viernes, 12 de marzo de 2010

Botánico

Foto de Steven Miller - Flickr.com

Hola, diario. ¡Qué agotamiento! Estuvimos todo el día desembalando cajas y bolsas hasta dejar todo más o menos en orden. Bah... en realidad, fue Pablo, con la ayuda de su hermana y sus padres. Pero yo los seguí a todos de cerca. Quería controlar que todo esté en orden, así que corría hacia uno y, luego, hacia otro. Les quise cebar mate, pero creo que nunca voy a aprender.
Quedó todo más o menos bien. Estoy contento. Hoy a la mañana salimos a explorar el barrio. Casi me desmayo de la alegría cuando descubrí que en la esquina tenemos una plaza. Una maravillosa plaza con un olor a verde y a plantas que no te podés imaginar. Hay un árbol enorme que se llama jacarandá. Se le caen las flores y quedan todas como una alfombra violeta sobre el césped. Me entretuve olfateando cada árbol y descubrí que la mayoría de los perros que hay por ahí son de raza. A mí no me importa. Enseguida me hice dos amigos. Una pequinesa recién bañada que me vio y empezó a dar saltitos de un lado para el otro. Cuando la olí me di cuenta de que era una criatura. Tendría no más de un año. La miré y le dije: "Piba, puedo ser tu papá". Quedamos amigos. También me cayó bárbaro Pechín. Es un perro flaco, blanco, con manchas grises. No lo benefició mucho la naturaleza. Es el perro de un tipo que vive ahí en la plaza. O sea... es un perro linyera. Pero me cayó bien. Tal vez podamos compartir las pulgas.
Pero lo más fascinante fue cuando salimos de la plaza y avanzamos unos metros. ¡¡¡Con razón había tanto olor a naturaleza!!! La plaza está pegada a un lugar gigantesco, lleno de plantas, árboles y muchísimos gatos. Pero una lástima... no te dejan entrar. Está enrejado. Bah... las personas sí, pueden pasar... y los gatos. Pero no los perros. De todos modos, me encantó poder observar y oler todo eso. Es una sinfonía de olores. Uno más agradable que el otro. Noté que Pablo también parecía hacer uso del poco olfato que tienen los humanos.
Es evidente que hay una vida mejor, pero es un poco más cara.

jueves, 11 de marzo de 2010

Nos mudamos

Hola, diario. No te das una idea de las situaciones movilizadoras que viví durante las últimas 48 horas. Obviamente no pude escribir antes porque estaba todo guardado por “el guardador”. Después de esa situación traumática e inentendible en la que Pablo se puso a guardar todo, absolutamente todo, compulsivamente en cajas y bolsas, ocurrió lo más desconcertante. El timbre sonó muy temprano y nos habíamos quedado dormidos. Bajamos rápidamente y no sabés lo que había en la puerta... Un camión con dos forzudos que nos miraban amenazantes. Me preparé por si fuese necesario utilizar mis dientes, pero en un segundo me olvidé de mi intención defensiva y les salté para darles un beso a cada uno (no lo puedo evitar). Fueron amables, no nos pegaron. Me acariciaron la cabeza y le estrecharon la mano a Pablo. Pensé: “amigos nuevos”. Subimos con ellos y... ¡horror! Como si hubieran estado viviendo ahí con nosotros, comenzaron a tomar las cajas y bolsas y se las fueron llevando, de a una, al camión. Mientras, Pablo metió lo poco que quedaba en una bolsa: las sábanas, las almohadas, el cepillo de dientes y otras cositas sueltas. ¡¡Se llevaron hasta la cama!! ¿Adónde pensaba esta gente que íbamos a dormir a partir de ahora? ¡Qué situación desconcertante! ¡Y Pablo tranquilo, como si nada estuviera ocurriendo! En lo único que pensaba era en tener listos sus rulitos para no parecer un caniche cuando saliéramos a la calle. Yo no gano para sustos...

Diario, la casa quedó vacía. Va-cí-a. Sólo nosotros dos y montones y montones de pelusas, y bolas de pelos míos. Habrán tardado unos cuarenta minutos. Cuando se llevaron la última caja, me asusté. Pensé: “Ahora nos llevan a nosotros”. Yo no estaba dispuesto a que ninguno de esos patovicas* me cargara sobre sus hombros como hacen a veces con esos lechones muertos. Bueno, no nos cargaron a nosotros pero nos invitaron a seguirlos. Amablemente.

No lo pensé ni un segundo. Solo ahí, en medio de la nada no iba a quedarme. Creo que Pablo tampoco. Así que los seguimos.

Tenían un poco de olor. Creo que las cajas eran muy pesadas. Le lamí el brazo a uno de ellos y tenía gusto salado. Hubiera seguido, pero Pablo me retó.

Ya en la calle, subimos al camión. E-mo-cio-nan-te. Me costó subir, lo confieso. Pero dejé que me ayuden. Luego, puse mis patas sobre la guantera y miré al mundo desde ahí arriba. Autos, personas, perros y todo lo que habitualmente se mueve por la calle, fue observado por mí desde ahí, con mis dos patas traseras sobre la falda de Pablo y las otras sobre la guantera. Les caí simpático a los forzudos porque me dieron galletitas. Sentí el impulso de aprender a manejar. Me gustaría comandar uno de esos camiones enormes y sentir de a ratos, ahí arriba, que uno es fuerte y poderoso y no corre el riesgo de que le pisen la cola porque no lo ven o que lo pateen porque no les agradás. Pero no tengo manos como para aprender a manejar, ni tampoco camión, así que aborté la idea inmediatamente.

No viajamos demasiado... Bah... tampoco fue nada. Llegamos a unos 4 kilómetros, en otro sector de la ciudad. Un sector paquetísimo. Era temprano, así que mucha gente en la calle no había. Pero te puedo asegurar de que las veredas estaban mucho más limpias y el movimiento era mayor. Advertí que muchas de las personas que por ahí caminaban tenían algo de perro. Te preguntarás cómo me di cuenta... Porque caminaban erguidos y como oliendo para arriba. Sin dudas, eso indica que tienen un muy buen olfato. Me gustó.

Estacionamos en una avenida bastante ancha, como donde vivíamos, pero con menos negocios y más edificios. Me quisieron ayudar a bajar del camión, pero yo supuse que podría hacerlo solo. Me equivoqué. Me di un tremendo porrazo. Pero como soy valiente, me lo aguanté estoicamente. De pronto, me di cuenta de que Pablo sacó unas llaves y abrió la puerta de un edificio. Un señor lo saludó, dejaron la entrada abierta y los forzudos comenzaron a bajar nuestras cosas del camión.

¡Pero qué tonto había sido! ¡Ahí me di cuenta de lo que pasaba! Nos estábamos mudando a otra casa. En un breve instante metí la cola entre las piernas porque me enojé. ¿Cómo Pablo tomó esa resolución sin consultarme? Si vivimos juntos. Somos compañeros… Y no me dejó despedirme de Morena, ni de nuestros vecinos, ni de nuestra propia casa. Pero bueno, viste cómo soy, se me pasó enseguida.

Me paré frente a la puerta del ascensor, pero Pablo siguió de largo, por un extenso pasillo, hasta el fondo. Me gustó eso y corrí a toda velocidad, pero el piso estaba tan lustroso que resbalé.

No hubo que subir por ningún ascensor. Nuestro hogar estaba en la planta baja. Abrió la puerta y quise entrar primero yo. “¡Guauuu!”, dije. Era un sitio mucho mayor que el anterior. Con una habitación más, un baño enorme y un patio que tenía entradas al living y a la habitación. Te imaginarás que, mientras los grandotes dejaban nuestras cosas amontonadas, yo no dejé un solo rincón sin olfatear. Lo supe enseguida. Ahí vivió una pareja joven, pero mucho antes, una señora mayor que se murió en ese mismísimo lugar. De todos modos, no había peligro de fantasmas, ni malas ondas. El sitio se veía espléndido. Pablo me hablaba, pero yo no lo escuchaba. Estaba fascinado descubriendo esos nuevos olores que se mezclarían con los nuestros.

Cuando los tipos terminaron, Pablo cerró la puerta y corrió hacia el patio. Allí lo seguí. Tenía en su mano una de las pelotas con las que jugamos siempre. La arrojó de una punta a la otra y corrí a toda velocidad. Así estuvimos un buen rato hasta que quedamos extenuados, cagándonos de risa, en el piso, todos sucios. Creo que un nuevo capítulo comienza en nuestras vidas.

*Musculosos.

martes, 9 de marzo de 2010

El guardador

Hola, diario. Algo raro está pasando. Creo que Pablo enloqueció. Se levantó tempranísimo y nuestra ceremonia matutina fue fugaz. Apenas desayunamos. Estábamos muertos de calor y ni siquiera se bañó para salir. Se puso esas ojotas que a mí tanto me gusta morder y comenzó a guardar toda la ropa en bolsos y valijas*. Ahí lancé un suspiro. “Otra vez se va de viaje”, pensé. Lo observé resignado. Pero de inmediato me di cuenta de que la energía no era la misma. No, no se iba de viaje. Estaba enloqueciendo. ¡No sólo guardaba la ropa, también todo lo que estaba sobre el escritorio… y las cosas de la cocina… y hasta las del baño! Armó unas cajas de cartón en las que comenzó a guardar todo. En una caja más chiquita guardó a Osito 2, a Chanchito, y los demás chiches míos. Me preocupa. No entiendo qué pretende. Después de hacer todo eso, que llevó unas cuantas horas, se dignó a ponerse una remera, a tomar la correa y a salir a pasear conmigo. Fue un alivio porque todo ese juego de guardar cosas es cansador. Estábamos extenuados. Es agotador mirar durante varias horas cómo tu mejor amigo enloquece y le agarra el síndrome “guardador”. El suceso tuvo una ventaja. No fue a trabajar. Se quedó todo el día en casa. Jugamos un ratito. Pero continuó acumulando pequeñas cosas que todavía quedaban en algunos rincones o cajones. Como no había música, porque guardó los equipos, se puso a cantar las canciones que nos gustan y bailamos un poco. Eso me dejó más tranquilo. Era un dejo de normalidad. Pero de todos modos, traté de no molestar mucho y no le quité la vista de encima. A ver si se le ocurría guardarme a mí en alguna de esas cajas. Yo lo quiero mucho así que tendría que resignarme y dejar que me guarde. No sé cómo va a seguir esto, no sé cómo va a seguir esto… * Maletas

domingo, 7 de marzo de 2010

Simulacros

Hola, diario. A veces reconozco que soy un jodido. Cuando no estoy de muy buen humor desbarato todos los planes de Pablo. Tiene una cámara de fotos nueva. Y se vuelve tonto con ella. Se le da por sacarme fotos todo el tiempo. A veces poso y me pongo así en seductor como para que quede un buen recuerdo mío (vi que puso varias fotos mías en unos cuadritos). Pero otras tantas le arruino los planes. Sobre todo cuando quiere filmar algo. Se lo hago a propósito. Él tiene que darse cuenta de que nuestros códigos son sólo nuestros, no para la posteridad. Resulta que quiere que haga todas mis muecas habituales para la cámara. Yo, a propósito, pongo mi mejor cara de idiota y no le doy bola. "¿Vamos, Francisco?" Y se queda parado esperando que salte de alegría. ¿No se da cuenta de que ya me avivé que es sólo para la cámara, no para ir a pasear en serio? O me dice: "A ver, la patita". ¡Mongo, la patita! Siempre me dieron mucha lástima todos esos perritos amaestrados, a los que les ponen pollerita o los visten de murciélago. No, no, no, no... Igual, a veces me da lástima, y le hago la muequita, luego de hacerme el indiferente. Después de todo, creo que ya se resignó.
Hace poco se nos rompió la computadora. Cuando llegó el muchacho que las arregla, le contó todo lo que no funcionaba. Pero el chico se sentó a la máquina, se puso a revisarla y no hacía nada de lo que Pablo había dicho. "¡Es como mi perro!", exclamó.
Compararme con una máquina, che...

Televisión


Hola, diario. Descubrí un aparato interesantísimo que se llama televisión. En casa hay dos. Nunca le presté demasiada atención porque Pablo no lo enciende muy seguido y, cuando funciona, se planta frente a él y no repara en nada más que eso. Le tengo unos celos increíbles. ¿Cómo puede ser que prefiera observar ese aparato que habla solo a morir de risa jugando con la pelotita? Últimamente se sienta siempre en su sillón, a la misma hora y el mismo día, a ver un programa que adora. Cuando eso ocurre, trato de llamar su atención de distintas formas. Me subo al sillón y le jadeo al lado de su oreja. Sé que odia eso. Sino me hago el romántico y le doy la patita y apoyo mi cabeza en su hombro. Cuando ve ese programa, no hay truco que valga, siempre me pide que no lo moleste. Llegué a saltarle encima, para que lo deje, pero tampoco. Estuve a punto de robarle ese aparatito que tiene siempre en la mano para hacer que el televisor hable más bajo o más fuerte. Pero no me animé. Temí represalias.
Pensé: "si no puedes ganarle, únete a él". Me senté a su lado para ver qué tan interesante era eso como para preferirlo antes que a su amigo fiel. Observé. Me costó focalizar. La pantalla tiene como unos puntitos que te dificultan un poco la visión. Pero hice foco al cabo de un rato. Creo que fue porque me llamó mucho la atención un ladrido. ¡¡¡Adentro del televisor había un perro!!! ¡Lo vi perfectamente! ¿Cómo hizo para entrar ahí? Intenté olfatearlo, pero no sentí nada. ¡Fue abducido!
No había forma de averiguarlo, así que me dediqué a observarlo. Era un labrador. Medio tonto. Su mejor amigo era un negrito muy simpático. Estaban en una playa, con otra gente que se veía un poco sucia. Escuché que el negrito lo llamó: "¡Vincent!". Un extranjero, obvio. Te puedo asegurar que me gustó eso de la televisión durante un rato. Pero viste que yo tengo la capacidad de concentración de un bambi, así que de inmediato, cuando el perro salió de escena, seguí molestando a Pablo.
Ahora, cada vez que Raúl viene a casa, se pasa todo el tiempo viendo la televisión. Aunque no entiendo qué pasa y no logro darme cuenta cómo entra toda esa gente ahí adentro, me siento a su lado y observo. Sólo para hacerle compañía. Es mi laburo.

jueves, 18 de febrero de 2010

Confirmación



Y sí... parece que estoy gordo nomás. Había que ser necio para no admitirlo. Todo el mundo me lo decía. Menos Pablo, que insiste con que soy musculoso. Es evidente que la comida que me dio Fina y la vida sedentaria hicieron que mi cuerpo se ensanche notablemente. Pablo me llevó al veterinario, a ese odioso bigotudo que se piensa que me va a conformar con una golosina. Se hace el cancherito*, como que me juega y me recibe con los brazos abiertos. Y yo que no puedo evitar esconder la cola entre las patas cuando llego. ¿Te imaginás lo primero que dijo cuando entré? Sí, exacto: "¡Estás gordo, Francisco!". Viste que del idioma humano puedo pescar bastantes palabras que, unidas a miradas, gestos y tonos de voz, me indican qué está pasando. Bueno, me di cuenta de que el tordo* ese le decía a Pablo que una de las causas de mi gordura es que me operaron las bolitas. Parece que tengo que comer muuuuuucho menos y hacer más ejercicio. Pablo se lo tomó en serio y volvimos a casa corriendo. No lo podía creer. No estoy en forma como para correr seis cuadras sin parar.
Es que la estadía de 15 días con Fina y Raúl fue un vicio del que no creo poder volver a salir. No hacer nada todo el día más que comer y comer. Creo que me hice adicto a las criollitas* con queso, al paté, a las alitas de pollo y a la carne picada cocida. Ahora estoy desesperado porque Pablo no me da nada de eso. Me van a tener que atar la boca porque, ante el menor descuido suyo, en la calle, voy a comerme lo que encuentre.
¿La dieta? Total, así gordo como estoy, me quiere. ¿Está mal?

*Que alardea, conocedor de todo.
*Doctor.
*Galletas.

martes, 16 de febrero de 2010

Musculoso


Son músculos, diario. El portero del edificio, cada vez que me ve, dice: “Qué gordo que está Francisco”. Y Pablo responde: “No es gordo, es musculoso”. Ayer vino a visitarlo nuestra vecina Margarita y también preguntó, con suavidad y casi disimulo: “¿No está más gordo Francisco?”. Pablo respondió lo mismo: “No, es musculoso”. Y lo mismo responde cada vez que algún desubicado dice que estoy gordo. ¡Ya está, no me preocupo más! Sigo con los postres y las criollitas* en el desayuno. Parece que es tanta la actividad física que hago que me saca músculos.
Hoy, por la mañana, me crucé con el pittbull de enfrente, un pobre infeliz al que pasean con correa y bozal y le operaron las orejas y la cola. Lo miré de reojo y, dentro mío, le dije: “No te hagás el malo que soy musculoso y te puedo cagar a golpes”. No sé si me entendió ese forajido, pero por lo menos, no me desafió.
Puede ser que esté musculoso. No sé... noté que hay un par de perritas del barrio que me miran un poco más. No seré como Julio, el doberman de la lavandería, que cuando salta la verja de la plaza se le marcan todos los músculos, pero parece que tengo lo mío.
"Francisco no está gordo", repite Pablo. Sí él lo dice tendrá razón.
Soy musculoso… Faaaaa…. Un perro patovica*.

* Galletitas.
* Fisiculturista

¿Gordo yo?


Hola, diario. ¿Vos me ves gordo? La verdad que no me doy cuenta. Pero desde que volvió de viaje, Pablo se queja de que estoy gordo. Puede ser… qué se yo… Fina me dio mucha comida cuando él no estaba. Comida que él no me da ahora. Además de mi alimento habitual, ella me daba carne picadita, algún que otro churrasquito y compraba especialmente alitas de pollo, que cortaba minuciosamente, sacándole los huesos y la piel, para que me las devore. Pablo es un poco más mezquino en ese aspecto. Me da sólo mi alimento y alguna otra cosa que compartimos cuando él come.
El problema es que mi estómago se acostumbró a aquellos manjares, entonces vivo muerto de hambre. Ahora Pablo me dice: “Mi gordito”. No sé si me gusta mucho ese calificativo. De todas formas, creo que puede tener algo de razón. Me cuesta un poco más pegar saltos a lo delfín y, cuando me siento en dos patas, veo que una panza un poco más grande asoma. Disimulo sacando pecho.
¿Tendré que hacer dieta?

miércoles, 10 de febrero de 2010

Vejez


Hola, diario. Ayer supuse que Pablo tardaría en regresar porque Raúl vino temprano a hacerme compañía. Lo quiero mucho a Raúl. Tenemos una relación muy especial. No es de hablar mucho, pero cuando abre la boca, además de bostezar como un hipopótamo, charla. Porque una cosa es hablar y otra cosa es conversar. Raúl conversa conmigo. Te confieso que más de la mitad de lo que me dice no lo entiendo. Pero yo lo observo fijo e inclino un poco mi cabeza para poder escuchar atentamente con mi oído izquierdo. Eso le hace creer que entiendo absolutamente todo. Es interesante su reacción porque no me considera un perro, sino una persona. Y ya te comenté que cada vez me lo creo más eso. Raúl es especial. Ayer me dediqué mucho a observarlo y a pensar en él, a imaginar cómo fue su vida. Debe tener unos 18 años más o menos porque se le cayeron los pelos y los que conserva, son blancos. Me llama mucho la atención de que todavía tenga la boca llena de dientes, algo raro ahí debe haber. Me puse a pensar en cuando yo sea viejo como él y me abrumaron todas las imágenes.
Siempre invito a Raúl a que nos tiremos al piso a luchar, como hacemos con Pablo. Pero nunca quiso. Él sólo te acaricia la cabeza. Me di cuenta de que no se tira al piso porque apenas se puede agachar. Creo que le duelen un poco los huesos. Ayer le señalé con el hocico mi alimento balanceado, para que coma un poco. Sé que eso hace bien a los huesos y supongo que también debe ayudarte a que no te quedes pelado. Pero no quiso. Prefiere comer pan.
Cuando salimos a pasear, también lo invito a correr un poco, pero no puede. Me dice: "¡Dejate de joder, Francisco!". Creo que significa que no puede. Es que tiene un andar pesado. Ya me acostumbré a su ritmo.
Pero te digo una cosa, diario: Raúl es más debilucho porque tiene mucha vida encima. Yo me quedaría muchas horas al día charlando con él porque han pasado demasiados episodios por sus narices. Es mucho lo que puede contar. Es muchísimo lo que debe haber aprendido y supongo que habrá cumplido incontables sueños. Tiempo tuvo.
A veces miramos televisión con Raúl. Pero me doy cuenta de que no presta atención. E imagino que, tal vez, esté viajando en el tiempo y barajando edades con la habilidad del que cree haber aprendido todas las jugadas. Ojalá Raúl viva, por lo menos, hasta los 25. No quisiera que se vaya de este mundo. Voy a insistir con mi idea de que coma alimento balanceado conmigo.
En el reino animal, como en el humano, no se suele respetar a los viejos. En nuestras jaurías, manadas, bandadas... el viejo queda rezagado, a merced del peligro. Es el que se sacrifica, es la presa. ¡Qué injusticia! Si todos vivimos gracias a ellos. Si son ellos los que nos forman y nos hacen. Qué soberbios somos los más jóvenes, a veces. Y no sabemos que en nuestro apuro permanente, en algún momento nos hace una zancadilla la edad.
La vejez es fea porque te quita fuerzas y resquebraja tu salud, pero debe ser tan lindo tener tantas respuestas... Creo que se necesitan años para responder a todas las preguntas que uno se hace sin cesar. Sólo por tener esas respuestas, me reconforta pensarme viejo. Sólo que no quisiera quedarme pelado como Raúl.
En MAPA tuve un amigo viejo, al que siempre recuerdo. Se llamaba Rocky. Era un perro alto, flaco y rubio, con el pelo muy corto. Tenía un problema en su cadera y arrastraba su cuarto trasero. Lo había atropellado un colectivo y quedó así. Siempre conversábamos y, cuando él se sentía la pelusa del piso, me acercaba a lamerle la cabeza y esa herida enorme en su cadera. A veces lo recuerdo y lo extraño un poco. Fue uno de mis pocos amigos perros.
Siempre voy a venerar a los viejos. Te quiero, Raúl.

martes, 9 de febrero de 2010

Zsá Zsá enferma


Hola, diario. No noto bien a Zsá-Zsá. Cuando voy a lo de Fina y Raúl ya no me pelea. En un principio pensé que había empezado a caerle bien, pero cuando me arrimé para comprobarlo me tiró un manotazo que me raspó la nariz. Ahí me di cuenta de que su olor no era el mismo. Ni siquiera pude enojarme por su actitud poco amable. Comprobé que no estaba bien. Zsá Zsá está débil. A los pocos días vi que Fina no le daba la misma comida de siempre sino algo blandito que Zsá Zsá vomitó. Advertí que lo había hecho varias veces porque percibí el olor en distintas partes de la casa. La miman y acarician más que de costumbre y uno se da cuenta cuándo esos actos de cariño vienen cargados de tristeza. Dejé los celos de lado, por comprensión. Algo está pasando y no es bueno.
Lo confieso, tuve un segundo de egoísmo y sentí el deseo de ser el único cuadrúpedo de la familia. Pero no, no puedo pensar así de alguien del grupo. Quiero que Zsá Zsá se mejore. Por ella y porque no soportaría que Fina, Raúl, Pablo, María Elena y el resto de la familia estén todos tristes al unísono. Cierro los ojos y pido muy fuerte que se mejore.

lunes, 8 de febrero de 2010

Materialismo


Hola, diario. Pablo es muy materialista, che. Ayer encontré un librito con un olor precioso. Creo que era muy antiguo porque apenas lo quise hojear, con los dientes, se empezó a deshacer. En tres palabras: quedó hecho polvo. Se enojó muchísimo. Yo no quise hacer daño, sólo quise mirarlo. No me habló por el resto del día. No se puede ser tan materialista.

domingo, 7 de febrero de 2010

Beagle alcahuete

Hola, diario. Te voy a hablar de un vecinito de acá a la vuelta que me tiene bastante podrido. Es un cancherito* repugnante. Es un beagle, raza que no siempre me cae del todo bien. Ladran como si tuvieran una papa en la boca y son como petisos que fueron al gimnasio. Cada vez que nos cruzamos me ladra así con esa voz de gangoso: "ou, ou, ou, ou". ¡Dejate de hinchar! ¿Qué te pensás, que cazaste un pato? ¡No hay patos en esta ciudad! Además se hace el bravo porque está con correa. Te juro que cuando hace eso, yo ni le contesto. Sigo de largo, lo miro de reojo y meo en el primer árbol que encuentro. Para que sepa muy bien quién soy. No me gusta que me puteen sin motivo. El se cree que porque le compran el alimento balanceado más caro y porque tiene una correa de Pluto es más que uno... Psss... Concheto*...
Por suerte no siempre me lo cruzo. Pero cada vez que paso por su casa, esté o no esté en el porche de entrada, me encanta emprender carrera y ladrarle sin parar. Lo imagino adentro, desesperado por contestarme. A veces, cuando está en el porche, nos puteamos casi cara a cara, pero como hay una reja de por medio, no nos podemos hacer nada. A esta altura, creo que ya es es un juego que hacemos. Es hasta divertido. ¿Será que en el fondo nos estaremos haciendo amigos?

*Sabiondo que alardea.
*Pijo.

sábado, 6 de febrero de 2010

Moscas


Foto: Sonia Furtado http://www.flickr.com/photos/sonia_furtado/3914234508/

Te las cazo al vuelo. Es una de mis mayores diversiones. Adoro las moscas. Y si son moscones, mejor aún. Sin verlas, percibo su vuelo cuando aparecen. Ahí me pongo atento, paro las orejas y observo hacia todos lados. Es fantástico porque empleo los cinco sentidos casi al mismo tiempo: oído, vista y olfato.... sobre el final, tacto... y zas: gusto. Es que tienen un sabor a caca riquísimo. Supongo que será lo mismo que significa comer un caramelo para las personas. Siento a las moscas como una golosina exquisita. Además, te brindan ese plus físico y de astucia que significa buscarlas, correrlas de un lado a otro, medir su vuelo, imaginar su rumbo y ver cómo las idiotas siempre se llevan un vidrio por delante, donde las podés atrapar más fácilmente. Para qué tienen tantos ojos si no les sirven.
Al principio, a Pablo le repugnaba un poco que me coma a las moscas. Ahora se divierte viendo cómo intento atraparlas. También se convirtió en un vigía de moscas. A menudo estoy distraído y escucho que él dice: "¡Mosca!". Entonces doy un salto y empiezo la cacería.
Los otros días me ensarté. Me pareció que entró una mosca medio boluda, mucho más gorda y musculosa, que volaba más despacio. La atrapé enseguida, sin demasiado trabajo. ¡¡¡¡Puajjj!!!! La tuve que escupir. Era una asquerosa polilla. ¡Qué horribles que son las polillas! Tienen como polvo encima, es como comerte una bola de pelusas. Además, te queda un sabor espantoso en la boca.
A mí me encantan las moscas. Aunque no creo que yo les encante a ellas.