miércoles, 31 de marzo de 2010
¿Seré una persona?
domingo, 28 de marzo de 2010
Viajero
Cuando me hizo mimitos en la cara, no me aguanté y me puse a llorar. Ahí me abrazó. Como me di cuenta de que funcionó, comencé a llorar más fuerte, para ver si se arrepentía y se quedaba. Pero no fue así. Nos quedamos los dos mirándonos con mucha tristeza, me dio una golosina y cerró la puerta.
Ahora estoy observando un almohadón y un peluche de Bob Esponja. A ver qué agarro primero en señal de protesta.
* Comida.
sábado, 27 de marzo de 2010
Manos

Lo que los seres humanos no toman en cuenta es el cariño y el amor que permanentemente ofrecen con sus manos. Yo les pido afecto por placer, lo reconozco. Pero también para ayudarlos a que, por lo menos un momento en el día, estén descargando cariño casi sin darse cuenta. Me siento más útil.
Creo que si muchas personas supieran que eso es así, habría menos perros y gatos sin hogar, y un gran porcentaje de la humanidad sería más buena. Brindo por las manos.
*obligar
martes, 23 de marzo de 2010
Labios

No sé porqué, desde cachorro, siempre me gustó darles besitos a las personas en sus bocas. Cuando sos cachorro es fácil porque te alzan, te arriman a sus rostros y ahí les das besos. Pero de adulto es más complicado. Yo adquirí una técnica. Hay que hacerlo rapidísimo. Apenas se acercan, pego un salto, como si fuera un delfín amaestrado, y les doy un lengüetazo en los labios. Algunos ponen cara de asquete, pero a otros les resulta simpático y hasta adorable.
Es que los labios de las personas son húmedos, como nuestras lenguas, o nuestras narices. Y es a través de sus labios como grafican el amor. Como yo creo que me estoy convirtiendo en una persona, estoy convencido de que es así cómo debo besar. Les doy amor con cada salto y cada beso en esos contornos carnosos que dibujan lo que a mí nunca me sale: la sonrisa. Es lo más lindo de las personas. Cuando sonríen, todo se ilumina y yo siento que unen la alegría con el cariño. Precioso. Estuve practicando pero no me sale. El día que pueda sonreír, se caen de culo.
lunes, 22 de marzo de 2010
Comadrejas
Foto de Adriana de Palermo. Flickr.comHola, diario. Este nuevo barrio es muy curioso. Te conté de
ese jardín inmenso al que no dejan pasar perros, pero que está lleno de plantas
y árboles de todo tipo con una partitura de olores que te fascina. Allí está
lleno de gatos. Algunos son amigables y otros te hacen “fsss”. Pero con Zsá Zsá
ya me acostumbré a ellos. Anoche estábamos paseando por la plaza y Pablo se
sorprendió tanto como yo por un perro extrañísimo que había ahí dentro. Bah... yo
no sabía si era un perro o un gato de una marca rara. Tenía un olor espantoso y
caminaba muy lento. Estaba así como despeinado, con pocos pelos, con distintas
tonalidades de grises en el lomo y un antifaz blanco. Lo más impresionante era
su cola. Larga y pelada... un asco. Se la habrán mordido o tendría un problema
dermatológico. Primero nos ignoró, pero después nos observó con unos rosados
ojos diabólicos. Nos quedamos observándolo un buen rato, pero viste que a mí la
curiosidad me mata... Vi que algo raro tenía en el lomo. Eran como verrugas
peludas que se movían. No lograba darme cuenta de qué era... ¡Hasta que me
avivé de que eran sus hijos! Tan extraños como él, pero mucho más chiquitos.
Quise acercarme para olfatearlos, pero se enojó mucho. Se le pararon todos los
pelos, irguió su cola pelada y me mostró los dientes. Pensé que nos iba a
atacar, pero no... Muy pancho (o pancha)* se dio media vuelta y se alejó
caminando despacio, con esas patas cortas y extrañas.
Pablo también quedó fascinado con ese inesperado encuentro
y se lo contó a todos. Escuché que esos perros se llaman comadrejas* y que en
ese lugar hay muchas.
Por precaución, creo que no deberíamos acercarnos
nuevamente a ellos. Sobre todo cuando tienen familia numerosa.
*Tranquilo
* En Argentina se llama comadrejas a las zarigüeyas u
opossum.
jueves, 18 de marzo de 2010
Un chistoso
miércoles, 17 de marzo de 2010
Lanús Sheperd
Viví engañado estos tres años de mi vida. Siempre creí que
era un perro cualunque, común y corriente, un atorrante. Soy de raza, diario.
Escuché claramente cuando una señora, en la calle, le preguntó a Pablo de qué
raza era y él respondió: “Lanus Sheperd”. No sabés la emoción que me dio. No
porque me hubiera sentido menos ya que siempre miré con cierta sorna a los perros
de raza, ya que todos se parecen entre sí. Pero supongo que para los humanos
debe ser como siempre mirar de reojo a los ricos por sentirlos frívolos o
egocéntricos; y de repente, tener un golpe de suerte y ser ricos como aquellos
a los que se miró de soslayo antes. ¿Está mal querer “pertenecer”? Tal vez,
para que la vida se nos haga un poco más fácil. Es más sencillo para un “Lanus
Sheperd” que para un perro común, supongo. Lo único que no me gusta de esto es
que, seguramente, me voy a topar con muchos “Lanus Sheperd” como yo. Me gustaba
ser casi único. Todo no se puede en la vida.
lunes, 15 de marzo de 2010
Adioses
Hola, diario. Si te tengo que definir mi fin de semana, es
con la palabra “adiós”.
Ya estamos instalados en la nueva casa. Te cuento que me
llevo por delante todos los muebles y paredes. La costumbre hace que quiera
tomar el mismo camino que en el otro departamento para ir de la habitación a la
cocina, o del living a la habitación. Pero la distribución es distinta, así que
me he golpeado la nariz un par de veces.
El sábado nos despertamos como siempre, fuimos a desayunar
y los dos nos “tragamos” la columna que hay en la entrada de la cocina. Luego,
paseamos un poco en la plaza y me sorprendí un poco al regresar. A los dos
minutos, Pablo tomó un bolso enorme y me volvió a decir: “Vamos”. Obviamente,
pegué un salto a lo delfín amaestrado y me acomodé el collar para salir.
Nos tomamos un taxi. Ya te conté el placer que es viajar en
taxi con la cabeza afuera, tragando viento.
Para sorpresa mía, llegamos a nuestro viejo hogar. Me
desconcerté. Saludamos a algunos vecinos y entramos a nuestro (¿antiguo?)
departamento. Estaba vacío, el pobrecito... me dio una lástima. Sólo pelusas y
polvo. Habían quedado nada menos que las cacerolas donde cocinamos y algunas
cositas más que Pablo guardó en el bolso. Luego, nos quedamos sentados en el
piso, esperando nosequé. Y nosequé llegó de inmediato. Lancé un ladrido cuando
escuché que se abría la puerta. Era una señora. La había visto una vez ya.
Observó el departamento por todos lados, con detenimiento, y conversó
amablemente con Pablo. Me cayó bien. De pronto, vi como Pablo le entregó las
llaves. Ahí me cerró todo. Vinimos a decirle adiós a ese hogar donde pasamos
tantos momentos lindos. Fiestas con los amigos, banquetes con Fina y Raúl,
despertares casi melódicos y metódicamente iguales, reencuentros con la vida.
Porque ahí es donde yo volví a reinsertarme en este mundo privilegiado.
Como hizo esa señora, yo también lo recorrí por cada rincón
una vez más. Y, sin que ella se diera cuenta, hice pis en el balcón, por si
llegase a ir a vivir ahí otro perro, para que se entere de que esa fue la casa
de Francisco. Antes de salir, lo miré y le agradecí. Las casas tienen entidad.
Lo sé.
Nos despedimos de la señora y también de los vecinos de la
inmobiliaria de abajo. Me caían bárbaro. Le dijeron a Pablo que prometa que me
iba a llevar de vez en cuando. Él asintió, pero ambos sabíamos que eso nunca
iba a ocurrir. También les dije adiós. Cuando íbamos caminando rumbo a lo de
Fina y Raúl, para visitarlos, me quedé paralizado. Ahí la vi, esbelta como al
principio, con sus pelos marrones tan enmarañados como bellos, y esa mirada
entre pícara y dulce. Nos miramos fijamente y corrimos desesperados el uno
hacia el otro. No paramos de dar saltos, revolcarnos en el piso y hacer esas
carreras repentinas, cortas, en círculo y de hasta diez metros, para
convertirnos en ráfagas de felicidad. Pablo es inteligente y me dejó un largo
rato. Sabía muy bien que, probablemente, nunca más pueda ver a Morena. Nos
olfateamos mucho. Supe que sus cachorros ya no estaban más con ella y, vaya a
saber hasta cuándo, seguiría siendo la misma Morena de siempre, la que yo
adoraba. En un momento nos cansamos de tanto correr y nos sentamos, bajo el
sol, extenuados, una pata contra la otra. Nos miramos, con alegría, amor y
tristeza. Todos esos sentimientos juntos que, seguramente, los humanos ni se
imaginan que podemos sentir los perros.
No quise que Morena supiera que yo me iba del barrio. No le
dije nada. El adiós lo dejé en mi interior y, simplemente, puse mi frente sobre
la suya. Nos dimos muchos lengüetazos, como siempre, y nos despedimos. Ella
salió a los saltos, con su amiga persona, ingenua y feliz. Yo me quedé
observándola, y lo seguí a Pablo. Con el adiós atragantado y pensando en esas
cosas que uno tiene que resignar para obtener otras. Aunque la reflexión me
duró sólo unos metros. Demasiado dilema para un perro. Pero me quedé triste.
Probablemente nunca más vea a Morena.
viernes, 12 de marzo de 2010
Botánico
Foto de Steven Miller - Flickr.comHola, diario. ¡Qué agotamiento! Estuvimos todo el día desembalando cajas y bolsas hasta dejar todo más o menos en orden. Bah... en realidad, fue Pablo, con la ayuda de su hermana y sus padres. Pero yo los seguí a todos de cerca. Quería controlar que todo esté en orden, así que corría hacia uno y, luego, hacia otro. Les quise cebar mate, pero creo que nunca voy a aprender.
Quedó todo más o menos bien. Estoy contento. Hoy a la mañana salimos a explorar el barrio. Casi me desmayo de la alegría cuando descubrí que en la esquina tenemos una plaza. Una maravillosa plaza con un olor a verde y a plantas que no te podés imaginar. Hay un árbol enorme que se llama jacarandá. Se le caen las flores y quedan todas como una alfombra violeta sobre el césped. Me entretuve olfateando cada árbol y descubrí que la mayoría de los perros que hay por ahí son de raza. A mí no me importa. Enseguida me hice dos amigos. Una pequinesa recién bañada que me vio y empezó a dar saltitos de un lado para el otro. Cuando la olí me di cuenta de que era una criatura. Tendría no más de un año. La miré y le dije: "Piba, puedo ser tu papá". Quedamos amigos. También me cayó bárbaro Pechín. Es un perro flaco, blanco, con manchas grises. No lo benefició mucho la naturaleza. Es el perro de un tipo que vive ahí en la plaza. O sea... es un perro linyera. Pero me cayó bien. Tal vez podamos compartir las pulgas.
Pero lo más fascinante fue cuando salimos de la plaza y avanzamos unos metros. ¡¡¡Con razón había tanto olor a naturaleza!!! La plaza está pegada a un lugar gigantesco, lleno de plantas, árboles y muchísimos gatos. Pero una lástima... no te dejan entrar. Está enrejado. Bah... las personas sí, pueden pasar... y los gatos. Pero no los perros. De todos modos, me encantó poder observar y oler todo eso. Es una sinfonía de olores. Uno más agradable que el otro. Noté que Pablo también parecía hacer uso del poco olfato que tienen los humanos.
Es evidente que hay una vida mejor, pero es un poco más cara.
jueves, 11 de marzo de 2010
Nos mudamos
Hola, diario. No te das una idea de las situaciones
movilizadoras que viví durante las últimas 48 horas. Obviamente no pude
escribir antes porque estaba todo guardado por “el guardador”. Después de esa
situación traumática e inentendible en la que Pablo se puso a guardar todo,
absolutamente todo, compulsivamente en cajas y bolsas, ocurrió lo más
desconcertante. El timbre sonó muy temprano y nos habíamos quedado dormidos.
Bajamos rápidamente y no sabés lo que había en la puerta... Un camión con dos
forzudos que nos miraban amenazantes. Me preparé por si fuese necesario
utilizar mis dientes, pero en un segundo me olvidé de mi intención defensiva y
les salté para darles un beso a cada uno (no lo puedo evitar). Fueron amables,
no nos pegaron. Me acariciaron la cabeza y le estrecharon la mano a Pablo.
Pensé: “amigos nuevos”. Subimos con ellos y... ¡horror! Como si hubieran estado
viviendo ahí con nosotros, comenzaron a tomar las cajas y bolsas y se las
fueron llevando, de a una, al camión. Mientras, Pablo metió lo poco que quedaba
en una bolsa: las sábanas, las almohadas, el cepillo de dientes y otras cositas
sueltas. ¡¡Se llevaron hasta la cama!! ¿Adónde pensaba esta gente que íbamos a
dormir a partir de ahora? ¡Qué situación desconcertante! ¡Y Pablo tranquilo,
como si nada estuviera ocurriendo! En lo único que pensaba era en tener listos
sus rulitos para no parecer un caniche cuando saliéramos a la calle. Yo no gano
para sustos...
Diario, la casa quedó vacía. Va-cí-a. Sólo nosotros dos y
montones y montones de pelusas, y bolas de pelos míos. Habrán tardado unos
cuarenta minutos. Cuando se llevaron la última caja, me asusté. Pensé: “Ahora
nos llevan a nosotros”. Yo no estaba dispuesto a que ninguno de esos patovicas*
me cargara sobre sus hombros como hacen a veces con esos lechones muertos.
Bueno, no nos cargaron a nosotros pero nos invitaron a seguirlos. Amablemente.
No lo pensé ni un segundo. Solo ahí, en medio de la nada no
iba a quedarme. Creo que Pablo tampoco. Así que los seguimos.
Tenían un poco de olor. Creo que las cajas eran muy
pesadas. Le lamí el brazo a uno de ellos y tenía gusto salado. Hubiera seguido,
pero Pablo me retó.
Ya en la calle, subimos al camión. E-mo-cio-nan-te. Me
costó subir, lo confieso. Pero dejé que me ayuden. Luego, puse mis patas sobre
la guantera y miré al mundo desde ahí arriba. Autos, personas, perros y todo lo
que habitualmente se mueve por la calle, fue observado por mí desde ahí, con
mis dos patas traseras sobre la falda de Pablo y las otras sobre la guantera.
Les caí simpático a los forzudos porque me dieron galletitas. Sentí el impulso
de aprender a manejar. Me gustaría comandar uno de esos camiones enormes y
sentir de a ratos, ahí arriba, que uno es fuerte y poderoso y no corre el
riesgo de que le pisen la cola porque no lo ven o que lo pateen porque no les
agradás. Pero no tengo manos como para aprender a manejar, ni tampoco camión,
así que aborté la idea inmediatamente.
No viajamos demasiado... Bah... tampoco fue nada. Llegamos
a unos 4 kilómetros, en otro sector de la ciudad. Un sector paquetísimo. Era
temprano, así que mucha gente en la calle no había. Pero te puedo asegurar de
que las veredas estaban mucho más limpias y el movimiento era mayor. Advertí
que muchas de las personas que por ahí caminaban tenían algo de perro. Te
preguntarás cómo me di cuenta... Porque caminaban erguidos y como oliendo para
arriba. Sin dudas, eso indica que tienen un muy buen olfato. Me gustó.
Estacionamos en una avenida bastante ancha, como donde
vivíamos, pero con menos negocios y más edificios. Me quisieron ayudar a bajar
del camión, pero yo supuse que podría hacerlo solo. Me equivoqué. Me di un
tremendo porrazo. Pero como soy valiente, me lo aguanté estoicamente. De
pronto, me di cuenta de que Pablo sacó unas llaves y abrió la puerta de un
edificio. Un señor lo saludó, dejaron la entrada abierta y los forzudos
comenzaron a bajar nuestras cosas del camión.
¡Pero qué tonto había sido! ¡Ahí me di cuenta de lo que
pasaba! Nos estábamos mudando a otra casa. En un breve instante metí la cola
entre las piernas porque me enojé. ¿Cómo Pablo tomó esa resolución sin
consultarme? Si vivimos juntos. Somos compañeros… Y no me dejó despedirme de
Morena, ni de nuestros vecinos, ni de nuestra propia casa. Pero bueno, viste
cómo soy, se me pasó enseguida.
Me paré frente a la puerta del ascensor, pero Pablo siguió de
largo, por un extenso pasillo, hasta el fondo. Me gustó eso y corrí a toda
velocidad, pero el piso estaba tan lustroso que resbalé.
No hubo que subir por ningún ascensor. Nuestro hogar estaba
en la planta baja. Abrió la puerta y quise entrar primero yo. “¡Guauuu!”, dije.
Era un sitio mucho mayor que el anterior. Con una habitación más, un baño
enorme y un patio que tenía entradas al living y a la habitación. Te imaginarás
que, mientras los grandotes dejaban nuestras cosas amontonadas, yo no dejé un
solo rincón sin olfatear. Lo supe enseguida. Ahí vivió una pareja joven, pero
mucho antes, una señora mayor que se murió en ese mismísimo lugar. De todos
modos, no había peligro de fantasmas, ni malas ondas. El sitio se veía
espléndido. Pablo me hablaba, pero yo no lo escuchaba. Estaba fascinado
descubriendo esos nuevos olores que se mezclarían con los nuestros.
Cuando los tipos terminaron, Pablo cerró la puerta y corrió
hacia el patio. Allí lo seguí. Tenía en su mano una de las pelotas con las que
jugamos siempre. La arrojó de una punta a la otra y corrí a toda velocidad. Así
estuvimos un buen rato hasta que quedamos extenuados, cagándonos de risa, en el
piso, todos sucios. Creo que un nuevo capítulo comienza en nuestras vidas.
martes, 9 de marzo de 2010
El guardador
domingo, 7 de marzo de 2010
Simulacros
Hace poco se nos rompió la computadora. Cuando llegó el muchacho que las arregla, le contó todo lo que no funcionaba. Pero el chico se sentó a la máquina, se puso a revisarla y no hacía nada de lo que Pablo había dicho. "¡Es como mi perro!", exclamó.
Compararme con una máquina, che...
Televisión

Pensé: "si no puedes ganarle, únete a él". Me senté a su lado para ver qué tan interesante era eso como para preferirlo antes que a su amigo fiel. Observé. Me costó focalizar. La pantalla tiene como unos puntitos que te dificultan un poco la visión. Pero hice foco al cabo de un rato. Creo que fue porque me llamó mucho la atención un ladrido. ¡¡¡Adentro del televisor había un perro!!! ¡Lo vi perfectamente! ¿Cómo hizo para entrar ahí? Intenté olfatearlo, pero no sentí nada. ¡Fue abducido!
No había forma de averiguarlo, así que me dediqué a observarlo. Era un labrador. Medio tonto. Su mejor amigo era un negrito muy simpático. Estaban en una playa, con otra gente que se veía un poco sucia. Escuché que el negrito lo llamó: "¡Vincent!". Un extranjero, obvio. Te puedo asegurar que me gustó eso de la televisión durante un rato. Pero viste que yo tengo la capacidad de concentración de un bambi, así que de inmediato, cuando el perro salió de escena, seguí molestando a Pablo.
Ahora, cada vez que Raúl viene a casa, se pasa todo el tiempo viendo la televisión. Aunque no entiendo qué pasa y no logro darme cuenta cómo entra toda esa gente ahí adentro, me siento a su lado y observo. Sólo para hacerle compañía. Es mi laburo.
jueves, 18 de febrero de 2010
Confirmación

martes, 16 de febrero de 2010
Musculoso

Hoy, por la mañana, me crucé con el pittbull de enfrente, un pobre infeliz al que pasean con correa y bozal y le operaron las orejas y la cola. Lo miré de reojo y, dentro mío, le dije: “No te hagás el malo que soy musculoso y te puedo cagar a golpes”. No sé si me entendió ese forajido, pero por lo menos, no me desafió.
Soy musculoso… Faaaaa…. Un perro patovica*.
* Galletitas.
* Fisiculturista
¿Gordo yo?

El problema es que mi estómago se acostumbró a aquellos manjares, entonces vivo muerto de hambre. Ahora Pablo me dice: “Mi gordito”. No sé si me gusta mucho ese calificativo. De todas formas, creo que puede tener algo de razón. Me cuesta un poco más pegar saltos a lo delfín y, cuando me siento en dos patas, veo que una panza un poco más grande asoma. Disimulo sacando pecho.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Vejez

martes, 9 de febrero de 2010
Zsá Zsá enferma

Lo confieso, tuve un segundo de egoísmo y sentí el deseo de ser el único cuadrúpedo de la familia. Pero no, no puedo pensar así de alguien del grupo. Quiero que Zsá Zsá se mejore. Por ella y porque no soportaría que Fina, Raúl, Pablo, María Elena y el resto de la familia estén todos tristes al unísono. Cierro los ojos y pido muy fuerte que se mejore.
lunes, 8 de febrero de 2010
Materialismo
domingo, 7 de febrero de 2010
Beagle alcahuete
Por suerte no siempre me lo cruzo. Pero cada vez que paso por su casa, esté o no esté en el porche de entrada, me encanta emprender carrera y ladrarle sin parar. Lo imagino adentro, desesperado por contestarme. A veces, cuando está en el porche, nos puteamos casi cara a cara, pero como hay una reja de por medio, no nos podemos hacer nada. A esta altura, creo que ya es es un juego que hacemos. Es hasta divertido. ¿Será que en el fondo nos estaremos haciendo amigos?
*Sabiondo que alardea.
*Pijo.
sábado, 6 de febrero de 2010
Moscas

Foto: Sonia Furtado http://www.flickr.com/photos/sonia_furtado/3914234508/
Te las cazo al vuelo. Es una de mis mayores diversiones. Adoro las moscas. Y si son moscones, mejor aún. Sin verlas, percibo su vuelo cuando aparecen. Ahí me pongo atento, paro las orejas y observo hacia todos lados. Es fantástico porque empleo los cinco sentidos casi al mismo tiempo: oído, vista y olfato.... sobre el final, tacto... y zas: gusto. Es que tienen un sabor a caca riquísimo. Supongo que será lo mismo que significa comer un caramelo para las personas. Siento a las moscas como una golosina exquisita. Además, te brindan ese plus físico y de astucia que significa buscarlas, correrlas de un lado a otro, medir su vuelo, imaginar su rumbo y ver cómo las idiotas siempre se llevan un vidrio por delante, donde las podés atrapar más fácilmente. Para qué tienen tantos ojos si no les sirven.
Al principio, a Pablo le repugnaba un poco que me coma a las moscas. Ahora se divierte viendo cómo intento atraparlas. También se convirtió en un vigía de moscas. A menudo estoy distraído y escucho que él dice: "¡Mosca!". Entonces doy un salto y empiezo la cacería.
Los otros días me ensarté. Me pareció que entró una mosca medio boluda, mucho más gorda y musculosa, que volaba más despacio. La atrapé enseguida, sin demasiado trabajo. ¡¡¡¡Puajjj!!!! La tuve que escupir. Era una asquerosa polilla. ¡Qué horribles que son las polillas! Tienen como polvo encima, es como comerte una bola de pelusas. Además, te queda un sabor espantoso en la boca.
A mí me encantan las moscas. Aunque no creo que yo les encante a ellas.
jueves, 4 de febrero de 2010
Paseadores buenos y paseadores malos

Foto: Carlos Adampol http://www.flickr.com/photos/cadampol/2333408347/
Ayer vi a Pablo muy enojado. Fue con un muchacho que
paseaba perros. Tenía más gorra que cabeza; con una mano llevaba las correa, y
con la otra, hablaba por su telefonito. Aparentemente, o no le funcionaba bien
el negocio o ya había repartido a casi todos sus "clientes", porque
sólo llevaba a tres: un ovejero alemán muerto de calor, uno sin raza que por su
pelaje parecía haber ido a la misma modista que yo, y una pequinesa
desorientada. El que era parecido a mí había quedado enredado en las otras
correas y tironeaba un poco para olfatear un arbolito meado por tres perras en
celo. El idiota con más gorra que cerebro estaba más ocupado en su conversación
y lo pateó para que se apure. Mi congénere no se afectó y siguió interesado en
los olores del arbolito. Claramente, si el de la gorra no podía pensar, menos
podría olfatear, así que no se dio cuenta del “vital” interés de mi compañero.
Por eso, lo volvió a patear. Esta vez mucho más fuerte, ya que el pobre se cayó
y lanzó un chillido. A mí me dolieron las costillas por sólo verlo.
Ahí mismo vi como Pablo se puso de otro color, su energía
fue como un trueno y se abalanzó sobre el idiota de gorra. Me asusté. Pensé que
iba a morderlo por la furia que tenía, pero se contuvo. El otro también se
asustó, apagó el telefonito y también cambió de color, pero se puso pálido. No
sé qué le dijo Pablo, pero su voz se había vuelto tan fuerte que me pareció una
ráfaga de ladridos. El de gorra también ladró un poco. Pero antes de que Pablo
pueda morderlo, cruzó la calle. Antes de cruzar, el perro golpeado me miró y me
confesó que no era la primera vez que eso ocurría.
Yo me sentí orgulloso de mi amigo humano. Pero sé muy bien
que hay paseadores y paseadores. Me entero en la plaza porque es una
conversación recurrente entre nosotros. La mayoría de ellos son gentiles,
amables, te hacen recorrer lugares lindos y te dan tiempo para que te tires
panza arriba en el césped. Pero hay otros que sólo quieren que pase el tiempo
para devolverte a tu casa cansado sólo por haberte hecho caminar sin parar, en
el medio de otros 15 perros, sin ver nada del paisaje, para terminar la jornada
atado en una plaza bajo el sol.
Hubo una época en la que tuve miedo de que Pablo me haga
pasear con un desconocido. Pero cuando él no puede hacerlo, vienen Fina o Raúl
a caminar conmigo. No corro ese riesgo. Aunque si tuviera una cámara de fotos,
me encantaría establecer un ránking de paseadores. Habría que hacerle
publicidad a los buenos y “escrachar” a aquellos que tienen más gorra que
cerebro para que no vuelvan a tocar nunca a más a un congénere mío.
martes, 2 de febrero de 2010
Colchón
lunes, 1 de febrero de 2010
Cuatro ojos
Es raro porque casi siempre las personas se detienen a elogiar a los perros de raza. No lo entiendo muy bien porque son todos iguales. ¿Qué tiene de particular un labrador? Es igual a cualquier otro labrador. ¿Qué tiene de particular un chihuahua? Es igual a todos los chihuahuas. En cambio, los mestizos, los callejeros, somos todos distintos. Cada uno tiene su particularidad y su personalidad.
Bueno, es lo que advirtió este señor que se detuvo para hablar con Fina. Era bajito, de espaldas anchas, ojos claros y piel percudida y amarronada por el sol excesivo. Me acarició la cabeza y me empezó a tocar por todos lados. Por unos segundos me puse un poco nervioso. Le dijo que si estuviéramos en el campo, él me "compraría". "Es pastor", dijo. Fina no entendía nada. Ahí nomás, me agarró la pata trasera y le mostró mi dedo-espolón. Los pulgares de mis patas traseras no sirven para nada y tienen una uña molesta que se enrosca y siempre me tienen que cortar para que no se encarne. Siempre me molestó tener esos dedos inútiles, son como tener dos verrugas en la garganta. Pero ahora parece que te hacen "pastor". "Los perros que tienen espolón son buenos para el campo", dijo. Pero eso no fue todo. Le dijo que yo era un "cuatro ojos". Nosotros no entendíamos nada porque, que yo sepa, tengo sólo dos ojos y creo que son suficientes. Me tomó el hocico y le mostró a Fina las dos manchitas marrones que tengo sobre los ojos. "Esto hace a un cuatro ojos. No hay muchos. Los cuatro ojos son especiales. Son únicos. Señora, tiene un gran perro".
Yo te digo algo, diario. No sé si este señor era cuerdo o de dónde saca sus teorías sobre los perros. Pero Fina dijo que era sabiduría campera, quedó orgullosa y se lo contó a Pablo, que sonrió. Me gustó el comentario y me lo guardé en un bolsillo de mi mente, porque no creo que en mi vida vuelvan a elogiarme así. Cuatro ojos... Faaaaaaa...
viernes, 29 de enero de 2010
Pastor
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Tomamos unos mates en casa, charlamos, escuchamos música y, como nos estábamos muriendo de calor, salimos a la calle a pasear. En las primeras cuadras de caminata me di cuenta de que algunos seres humanos no son organizados. Caminan en grupitos. De los nueve (contando a Pablo), dos se paraban a mirar una vidriera, uno compraba una botella de agua en el camino, tres caminaban fumando (que espantoso es el olor a cigarrillo), otros tres se detenían esperando a algún otro… y así todo el tiempo. Me empecé a poner de malhumor. “No pueden ser tan desorganizados”, pensé. Entonces me puse a trabajar. Corrí hacia los dos que caminaban primero y, con el hocico, hice que se dieran cuenta de que los demás quedaron rezagados. Ahí corrí raudamente hacia los últimos, así los del medio se daban cuenta de mi trabajo. Eran Pablo, Laura y Margarita. “Chicos, apuren, así no vamos a llegar nunca”, les dije con la mirada, obviamente. Se dieron cuenta y se apuraron. Y, de ese modo, los del medio también se unieron. Caminando en círculos alrededor del grupo logré que, por unos minutos, estén reunidos. Pero cuando pasamos por un parque, ahí se me volvió a dispersar el rebaño. ¡Lo que me costó reunirlos! Me agarró una desesperación… no quería que quede ninguno solo, desprotegido, para que no le pase nada. ¡Mirá si se nos perdía Laurita, por ejemplo! Corrí hacia uno y hacia otro. Descubrí que puedo emprender carreras cortas, de dos metros, frenar y, de una vuelta rápida, volver al mismo sitio. Y luego de juntarlos a los hocicazos, tenía que dar vueltas a su alrededor. Los muy egoístas no me dejaron disfrutar del parque porque me tuvieron laburando* todo el tiempo.
Luego de caminar como dos horas, decidieron sentarse en un bar con mesitas afuera, en la vereda. Un acto de generosidad conmigo, para que pueda quedarme con ellos. Ahí juntaron tres mesas y se sentaron, casi en círculo. Yo me ubiqué en la punta, cerca de Pablo, observando el orden y orgulloso de que el rebaño por fin esté quieto y nutriéndose. Soy re-pastor, che.
lunes, 25 de enero de 2010
La alegría de ser un buen recuerdo
Empecé a chillar, a lloriquear de la emoción y a dar saltos como un canguro. Andrés es una de las personas más buenas que conocí en mi vida.
Cuando mi primera adoptante no pudo tenerme más, al año y medio, él me llevó a su casa. Allí viví hasta cumplir los dos años y lo amé con toda mi alma. Vivíamos también con su esposa y sus suegros, en una casa muy cómoda, con un patio precioso para poder jugar con la pelotita de tenis y correr en círculos. Pero había un problema. Cuando Andrés y su esposa se iban a trabajar, me quedaba solo con sus suegros. Ella era indiferente conmigo, pero él se irritaba cada vez que le pedía ir a jugar o salir a hacer pis. Varias veces me pegó un par de escobazos. No sufrí mucho porque aprendí a esquivar esos escobazos. Pero todavía me queda un pequeño reflejo cuando alguien levanta un palo o algo parecido. Me quedó un pequeño susto... un traumita...
Cuando Andrés se enteró de eso se peleó a los gritos con su suegro. Esa noche supe que pasaría algo. Siempre me dejaba dormir a un costadito suyo, sobre la cama. Ahí aprendí a dormir entre los humanos. Al día siguiente, Andrés me llevó a MAPA y me dejó ahí, con lágrimas en los ojos y múltiples abrazos. Pensé que nunca más lo vería, pero venía todos los días y se quedaba a mi lado toda la noche. Aceptó ser voluntario nocturno sólo para estar conmigo hasta que me adopten. Allí estuve con él durante casi tres meses, hasta el día en que llegó Pablo.
En aquél momento supe que nunca más volvería a ver a Andrés. Por eso me sorprendió tanto su visita. Por algunas frases sueltas que interpreté en la conversación de ambos, me parece que llamó a Pablo para preguntarle cómo estaba yo, y lo invitó a casa.
Estuvimos jugando un buen rato y me di cuenta de que toda la charla giraba sobre mí porque todo el tiempo me observaban con cariño o me palmeaban la cabeza. Me generó una confusión enorme. Los miraba mirarme y no podía discernir entre el amor que sentía por ambos. Un solo amor, gigante como el universo, para dos personas. Entonces me inundaron la cabeza una cantidad considerable de interrogantes. ¿Para qué vino Andrés? ¿Sólo para visitarme o para llevarme otra vez con él? ¿Si fuera para llevarme, qué hago? Lo quiero muchísimo, pero ahora vivo con Pablo. ¡Qué confusión!
Las dudas se disiparon al cabo de unas dos horas. Andrés se levantó de su silla, avanzó hacia mí y me habló con una ternura que nunca voy a olvidar. De pronto, Pablo dijo: "¿Vamos?". Por reflejo, di dos largos saltos. Andrés se sorprendió. En las épocas que vivía con él, no hacía esa morisqueta. Los tiempos habían cambiado un poco.
Bajamos hasta la calle y caminamos los tres hasta la esquina. Allí, Pablo y Andrés se despidieron y me miraron. ¡Qué confusión! ¿Qué tenía que hacer? ¿Volver con Andrés o quedarme con Pablo? Hasta ese momento, estaba seguro de que Pablo era ya mi referente y Andrés formaba parte de uno de los mejores recuerdos de mi pasado. Pero en ese momento, me encontraba confundido. Andrés se agachó, me acarició muy fuerte y se despidió de mí. Avanzó hacia la derecha, y Pablo hacia la izquierda, hacia nuestra casa. No supe a quién seguir. Me quedé en el medio observándolos a ambos. Lo miré a Pablo unos segundos y emprendí una carrera rápida hacia Andrés. Pegué un salto hasta poder lamerle la cara, le dije adiós con la mirada y volví en rauda carrera hacia Pablo. El pobre estaba pálido. Creo que pensó que me iría con Andrés, porque me dio un abrazo fuerte y un beso enorme en la cabecita.
En esos segundos de discernimiento me di cuenta de que los quería a ambos, pero que había decidido qué vida quería para mí y con quién. Y no tengo dudas.
Estoy feliz por la visita de Andrés. Es fantástico saber que no te olvidan y que te siguen queriendo. ¡Qué invento fundamental la memoria!
sábado, 23 de enero de 2010
Hijos

El pecho se me sacudió. No podía ser un cambio tan abrupto en su personalidad. ¿Cómo se puede pasar de un "te quiero" pasional a un "mantenete alejado"?
Tanto Pablo como Marcela, su amiga humana, le hablaron. Creo que la hicieron recapacitar. Pablo, como buen hermano, me abrazó fuerte. Pero de pronto, Morena se acercó a mí. Lentamente, cansada y resignada. Y me dio un besito tenue, pero sincero y melancólico, en mi hocico. Me volvió el alma al cuerpo. Le devolví el cariño y dejó que la huela por todos lados. Tenía curiosidad por saber cuántos chicos tenía dentro y de qué sexo eran. Me di cuenta de que sólo faltaban días... horas... para que nazcan.
Nos quedamos un rato largo hablando con nuestra mirada y le ofrecí todo mi corazón para lo que necesitase. Es una madre soltera (porque el muy turro que hizo eso nunca más apareció) y no podrá con todos esos críos. Creo que está resignada. No me dijo ni que sí, ni que no. Nos despedimos con mucho cariño. Con un amor transformado. Y me quedé pensando y meditando toda la noche en eso de engendrar. Nunca podré hacerlo. Ya lo sé. ¿Será justo? ¿Por qué habrá tenido que ser así? Me abracé a Osito y a Chanchito y me dormí. Soñé cómo serían mis cachorritos. Seguramente parecidos a los que tendrá Morena.
miércoles, 20 de enero de 2010
Los regresos son hermosos

lunes, 18 de enero de 2010
Bronca

Cuando llegaron Fina y Raúl para hacerme compañía se armó la podrida*. Nunca me habían gritado los abuelos. Me retaron muchísimo. Tanto que me asusté y me quedé en un rincón observando cómo limpiaban toda la habitación y trataban de disimular con las sábanas el pedazo de colchón que faltaba. Luego, me quedé escondido un buen rato en el baño, hasta que se les pasara el enojo.
Pero bueno... ¡tanto espamento! Si todavía sirve... Yo dormí en el medio de la cama y no notás que le falta una parte.
Yo también tengo derecho a expresarme. Y si el otro se va quince días a estar tirado panza arriba bajo el sol y me deja a merced del verano porteño, se lo tengo que hacer notar. Así no lo vuelve a hacer. He dicho.
* Lío.
viernes, 15 de enero de 2010
Mi hermana gata

Ya no me cae tan mal. Simplemente es una cabrona, una antipática. Pero en la familia la quieren. Sé que algunos no quieren a los gatos. Pero, ¿sabés por qué? Porque no los conocen y porque los ven muy parecidos a las personas. Son independientes, arrogantes, individualistas, te ofrecen cariño sólo cuando ellos quieren, son avaros y se creen libres pero, en el fondo, siempre van a depender de otro.
Por eso, lo pienso bien, y los gatos no me disgustan.
jueves, 14 de enero de 2010
Un cafecito
Fina y Raúl me malcrian bastante. Me parece que, cuando regrese, Pablo se va a asustar cuando me vea. Estoy gordo. Me dan de comer muchas cosas ricas y, aunque estoy bien alimentado, tengo hambre todo el tiempo.
Creo que, de a poco, dejo de ser perro. Es que, sobre todo, Fina me sumerge en lujos que sólo los seres humanos se pueden dar. Por ejemplo: el café. Luego de comer, siempre ella y Raúl se toman un cafecito. Los otros días, estuvo María Elena, la hermana de Pablo, de visita. Cuando vio que Fina, al finalizar el café, me puso un poquitito en el platito para que yo lo tome, preguntó por qué lo hacía. "Le va a hacer mal", dijo. Fina le respondió: "Noooo... Lo despeja un poco". Y me siguió dando café, lo más pancha*. Así que el café despeja. No sé cómo se prepara, sino, en estas últimas noches de insomnio que tengo, por extrañar a Pablo, me tomaría unas cuantas tacitas de café, para que me despejen un poco la mente.
* Tranquila.
martes, 12 de enero de 2010
Palomas
Foto: http://www.flickr.com/photos/mat_oasis/Hola, diario. Ayer me cagó una paloma. No me enojé. Es una justa venganza. Sólo que el pobre Raúl estuvo un buen rato fregándome el lomo con agua para sacarme de encima esa asquerosidad que me daba una nueva mancha al lomo.
Te cuento: cada vez que salimos a dar una vuelta, en el mismo lugar -al lado de un barcito- hay una bandada de unas veinte palomas que se juntan a comer restos de comida. Casi siempre están en la vereda picoteando. Yo las veo desde la esquina y, sin preparativos, emprendo una carrera veloz sobre ellas, seguida de cuatro ladridos secos. No las quiero cazar, ni hacerles daño. Sólo me gusta muchísimo cómo levantan vuelo vertical por el susto. Me causa mucha gracia porque a las más gordas les cuesta tener ese reflejo rápido. Cuando queda alguna rezagada, doy una media vuelta y les vuelvo a ladrar hasta que no queda ninguna en tierra. Luego se quedan puteándome en el árbol o en el cable del teléfono. Y yo las miro con picardía, me paro derechito y me voy caminando como si nada hubiera pasado.
Sé que lo mío es de bravucón... o también de cancherito barato. Pero es un juego diario que me divierte mucho. Y, en el fondo, creo que a ellas también les pongo un momento de aventura en su monótona vida.
Esta situación ocurre desde que vivo con Pablo, casi todos los días. Últimamente, las guachas ya me tienen junado* y vuelan apenas llego a la esquina. Cuando paso les hago: "Pfffff". ¿Y sabés lo que hicieron un par de veces? Llegué al lugar y estaban todas formaditas sobre el cable, mirando hacia abajo como burlándose de mí. La primera vez las miré fijo como insultándolas y sentí como me decían: "Subí, si podés". Ayer pasó lo peor. Me paré debajo del cable, observándolas por unos segundos y una de ellas hizo sus necesidades, desde las alturas, sobre mí. Rompí mi relación con esas palomas. Aunque acepto que es una buena venganza a tantos sustos que les di.
De todos modos, diario, envidio esas alas que tienen. Debe ser divertido volar sobre toda la ciudad y echar un vistazo de todo lo que ocurre. Ellas no tienen nariz. ¡Sabés qué bueno sería poder olfatear todo desde ahí arriba! Sería como leer el resumen de las noticias. Como saber los titulares. Pero bueno, me tocó tener las patas siempre sobre la tierra... pero la cabeza, muchas veces, en las alturas.
*Ya me conocen.
sábado, 9 de enero de 2010
Ego herido

Fina y Raúl me están llevando casi todos los días a la plaza y eso me encanta. Hay olores de todo tipo y te podés enterar de todo lo que aconteció en el barrio si sos detallista con cada aroma. Descubrís humores, sucesos, estados físicos, edades... El olfato es una maravilla que nos dio la naturaleza. A su vez, me divierto espantando a las palomas o jugueteando con algún que otro perro. Ya te conté que cada vez me vuelvo un poco más arisco al contacto con mis congéneres. Sobre todo con los machos. Yo soy muy abierto y estoy de acuerdo con eso de que cada uno ame a quien quiera, diario, pero definitivamente no me gustan los machos. Y viste que algunos se te acercan sin siquiera invitarte a hacer pis en un árbol y, en dos segundos, se te quieren montar porque no encontraron a ninguna hembrita a mano. Uy... cómo me enoja eso. Los saco cagando. Lo mismo esas hembras regalonas que, sin darte tiempo a que las cortejes y les digas lo lindas que están, se te tiran panza arriba delante tuyo con sus partes al viento. No sé, diario, seré un poco conservador todavía y tendré que adecuarme a estos tiempos, pero por ahora prefiero estar así.
La cosa es que me puse a jugar con una petisa hermosa... rubia, delicada y de pelos muy largos. Estaba recién bañada y olía a flores. Le hablé un poquito, corrimos dando círculos hasta caernos sobre el césped y nos reímos muchísimo. Pero de pronto, apareció el bravucón de la película. Un estúpido alto y peludo. Avanzó hacia nosotros erguido, con su cola hacia arriba meciéndose como un péndulo, y se interpuso entre ambos. La petisa metió su rabo entre las patas. Era obvio que no le gustaba. Y yo le hice saber que estaba de más. ¿Podés creer que ni se movió? Me clavó la mirada varios segundos y comenzó a elevar la comisura de sus labios para mostrarme sus dientes llenos de sarro. Y de inmediato, sin darme tiempo, se me tiró encima. Nos mordimos un poco y rodamos en el césped, pero no como con la petisa. Como un pequeño ciclón de pulgas y pelos. Fina y Raúl estaban desesperados y el acompañante del grandote pelotudo también. La cosa es que estaba claramente en inferioridad de condiciones y... me rendí. Me puse panza arriba, quieto, con mis patas delanteras en mi esternón. Él se dio cuenta, resopló y se fue. Para ese entonces, la petisa ya estaba en brazos de su amiga y me miraba triste mientras se alejaba. ¿Pero qué iba a hacer? Ese idiota analfabeto podía haberme quebrado la garganta. Sólo me lastimó una pata, me hizo un pequeño corte en el hocico y me dejó un golpe en mi costado derecho. Fue un golpe al ego. La primera vez que me rendía en mi vida. Definitivamente, no soy un macho alfa. Sino me la hubiera bancado. ¿O sí? ¿Será que tendré muchos golpes en la vida para darme cuenta? ¿Más victorias y rendiciones? Ay, no... yo soy un perro civilizado, che. De ahora en más, mi relación con este tipo de gentuza será limitada. ¡Volvé, Pablo!
* Me peleé.
viernes, 8 de enero de 2010
Guardián

Y bueno... me equivoqué. Pero guay... descubrí que soy re-guardián. Mirá si ese atorrante le hacía algo a Raulito, que es tan frágil. No lo hubiera permitido. Tomé una decisión de por vida: Nadie, ni humano o perro, le hará daño a ninguno de mi familia.
Los gatos no sé... lo voy a pensar. Les tengo algo de miedo.
*Insultar
miércoles, 6 de enero de 2010
Abuelos

Cuando cae la tarde, caminamos las ocho cuadras que nos separan de nuestras casa, y me quedo solo y libre de actos en el departamento. No está tan mal lo del viaje.
Pero... ¿cuándo volverá?
*Guapo.
martes, 5 de enero de 2010
Viaje

Dormimos como siempre, pero más juntitos. Yo deseaba sentir su calorcito más que nunca. No me quería dormir. Tenía la necesidad de sentir su respiración, de ver sus ojos cerrados e imaginar qué estaría soñando. Así me quedé observándolo durante varias horas, hasta que me atrapó el sueño.
El reloj despertador sonó muy temprano. Mucho más que de costumbre. Él se despertó de un salto, se dio una ducha y me hizo jugar un poco. Ya todo estaba confirmadísimo. Había guardado su cepillo de dientes y sus ojotas.
Lloré un poco y él supo que yo ya me había dado cuenta de que se iría de viaje.
Me sacó a pasear y, cuando volvimos, me abrazó y me dio muchos besitos. Lloré y yo también lo abracé. No sabía dónde poner mi cabeza y puse mi frente sobre la suya. Estaba viviendo una nueva sensación. Por un momento, tuve el impulso de meterme en su valija, pero estaba tan llena que no entraba.
Sonó el timbre. Eran Fina y Raúl. Por un lado me quedé más tranquilo porque no estaría solo vaya a saber cuántos días. Bajamos a despedir a Pablo, a quien lo esperaba un coche en la puerta, donde guardó su valija y una pequeña mochila. Nos abrazamos por última vez y lloré mucho. No quise que se suba al auto y, pobre Raúl, tenía que tirar fuerte de mi correa porque yo estaba desesperado. Cuando el auto arrancó, vi a Pablo en la ventanilla, saludándome y con algunas lágrimas en los ojos. No aguanté más, junté fuerzas de donde pude, y me solté. Corrí, corrí y corrí detrás del auto hasta que las fuerzas no me dieron más. Creo que Pablo nunca me vio. Quedé observándolo mientras se alejaba y tuve un sentimiento de abandono muy grande. En ese momento es cuando confirmé cuánto lo quería. Estaba dispuesto a seguirlo adonde sea.
Despacito, emprendí la vuelta y, a lo lejos, sentí la voz desesperada de Fina y de Raúl. Me di cuenta de lo que había hecho y corrí muy rápido nuevamente, pero hacia ellos. Pobre Fina, estaba llorando. Ahora me ajustaron un poco más el collar, para que no se me suelte.
Estuve todo el día con ellos, pero un poco triste. Lo extraño. Qué lindo sentimiento de amor es extrañar y saber que el otro va a volver.
*Apesadumbrado.
*Maleta.
domingo, 3 de enero de 2010
Ego
sábado, 2 de enero de 2010
Piscina
Los cuatro nos subimos al coche de Fernando y viajamos durante casi una hora. Nunca viajé tanto tiempo en auto y fue fantástico sacar la cabeza por la ventanilla y sentir el aire en la cara. Hasta jugué a atraparlo... la macana es que después me llené de peditos.
Recorrí un poco el lugar y, por las dudas, dejé mi marca en varios sectores del parque. Del otro lado de la valla que separa la casa de Fernando con otra, advertí que había dos rottwailers. Los odio. No les tengo confianza. Suelen ser unos bravucones peligrosos. Uno de ellos se acercó, me vio y empezó a gruñirme detrás de la verja. ¡Me dio una bronca! El colmo de la malaeducación. ¿Sabés qué hice? Lo meé. El urso no lo podía creer y yo me fui moviendo la cola, contento y muerto de risa.
Enseguida vi los preparativos para irnos a dormir. Me intranquilicé. De inmediato advertí que había una sola cama. ¿Adónde iba a dormir yo? No me gustó lo que idearon. Mirita y Fernando dormirían en la cama grande y Pablo y yo en un colchón, en el suelo, al lado suyo. Pablo estuvo de acuerdo, pero yo no y se los hice saber. Quise subirme a la cama varias veces, pero no me dejaron. En un momento, Pablo me abrazó y se quedó dormido. Yo pensé: "Si querés dormir en el suelo, dormí vos, yo no". Así que, despacito, me subí a la cama sin que se den cuenta, y me escurrí entre Mirita y Fernando. Me quedé dormido como ellos y sé que les provocaba calor, porque me creció el pelo y estoy peludo nuevamente. Como se movían bastante pensé que éramos muchos en una cama. Así que puse mis cuatro patas sobre la espalda de Fernando e hice palanca sobre el cuerpo de Mirita, para sacarla de la cama. Pero no me salió bien. Cuando ya estaba a punto de caerse, pegó un grito: "¡¡¡Francisco!!!". Bueno, conclusión: me echaron de la cama y volví al piso, con Pablo. Pero creo que les causó gracia mi treta porque se rieron bastante. De todos modos, estuve como dos horas durmiendo con ellos y no se dieron cuenta.
Por la mañana, Pablo se despertó temprano. Los otros dos seguían apoliyando*. Se levantó y, como es debido, lo seguí. Fue directo al parque y me encantó la idea, pero, de pronto, noté que comenzó a tomar carrera hacia la piscina. ¡Dios! ¡No podía permitir que se suicide! ¡Tenía que ir detrás suyo a salvarlo! ¡Qué desesperación! Fue casi al mismo tiempo. Se zambulló en el agua y yo me tiré unos segundos después. Me asusté porque él llegó hasta el fondo de la piscina y yo quedé pataleando sobre la superficie. Pero no se murió. En pocos segundos, salió a la superficie conmigo y se descostilló de risa cuando me vio. Ahí me di cuenta de que no era peligroso ese lugar. Por el contrario, era super divertido. Nos quedamos chapoteando en el agua y cagándonos de risa. Creo que pensó que Fernando se iba a enojar, entonces salimos de la piscina y nos tiramos panza arriba, bajo el sol, a secarnos.
Pero cuando nuestros amigos se despertaron y me vieron todo empapado, me invitaron nuevamente a tirarme al agua. Diario, no sabés cómo me divertí. Adoro el agua. Me encanta. Por momentos, dudé y pensé si no sería una foca. Pero creo que no, el pescado no me gusta mucho. No quería salir del agua. Nadé de una punta a la otra de la piscina, una y mil veces. Ellos se cansaban y salían a tomar sol, pero yo me volvía a zambullir. Y, cada tanto, me sacudía el agua del cuerpo, cerca de la valla, para salpicar a los rottwailers, que me miraban fastidiados y envidiosos.
Luego llegó más gente y, por suerte, a todos les caí simpático y jugaron conmigo. Así estuvimos todo el día, hasta que nos llevaron en el coche, de vuelta a nuestro departamento.
¡Cómo adoré la casa de Fernando! Creo que cada vez que lo vea, se reflejará en mi mente la palabra "piscina". En mi vida habrá un antes y un después de la piscina. Bueno, sí, soy un exagerado.
