UNA VIDA SIN UN PERRO, ES UN ERROR

"LA GRANDEZA DE UNA NACIÓN Y SU PROGRESO MORAL PUEDE SER JUZGADO POR LA FORMA EN QUE SUS ANIMALES SON TRATADOS."
Mahatma Gandhi

NO USES PIROTECNIA

NO USES PIROTECNIA
Por favor, no usen pirotecnia. Los "cuetes" nos asustan, nos hacen mucho mal a nuestros oídos, nos desorientan y son la causa de que muchos perros y gatos se pierdan entre diciembre y febrero. Lo mismo les ocurre a otros animales, como las aves. Pensá en nosotros y en los múltiples problemas que pueden causar los fuegos artificiales. NO USES PIROTECNIA. Gracias. PD: Ah... Ponele chapita con número de teléfono a tu perro. Para esta época hay muchos perros perdidos a causa de la pirotecnia, por favor, si ves alguno no sigas de largo, ayudalo a encontrar a su familia.

miércoles, 31 de marzo de 2010

¿Seré una persona?


Hola, diario. Estoy cada vez más cerca de la teoría de que soy una persona con traje de perro. Tengo varios motivos para pensarlo. Por empezar, tengo casa: un departamento de tres ambientes con patio para mi solo. Pablo se fue de viaje, así que puedo considerar que, por ahora, es mío. Vivo aquí y cuando viene gente a cuidarme se quedan durante el día y se regresan a sus casas para dormir, a la noche. Es decir, segunda confirmación: están a mi disposición. Te tiro otra. Ayer vinieron Fina y Raúl y me invitaron a sentarme a la mesa con ellos. Además, ella me convidó café. "Te va a despejar un poco", me volvió a señalar. ¿Dónde viste un perro que tome café? Por lo tanto, no soy perro. Con esa teoría en mi cabeza salí a la calle con ellos, suelto, muy dueño de la vereda. Estuvimos un buen rato en la plaza. Ignoré a cuanto perro se me cruzó por el camino. Un cochino se me acercó para olerme el culo y lo saqué cagando. Pri-mi-ti-vos... Tsss...
Me pasé toda la tarde así, solo, haciendo de cuenta que cualquiera de esos perros podía ser mi mascota. ¿Soberbio? Y bueno... sí. Creo que he evolucionado en persona.
Estuve un buen rato parado frente al espejo de la habitación observándome. Ensayé sonrisas, pero no me salieron. Y cuando escuché que el portero tocó el timbre del departamento, comencé a dar ladridos de advertencia.
Me frustré. Ladro y no puedo sonreír. Ahí entré en dudas.

domingo, 28 de marzo de 2010

Viajero

Hola, diario. ¿Podés creer que Pablo volvió a irse? Yo no sé qué se piensa... A veces tengo miedo de que se esté convirtiendo en nómade. No sería vida para mí... aunque obviamente, lo seguiría adonde sea... Pero yo prefiero estar acá calentito, con morfi* asegurado y caricias al por mayor. Anoche otra vez tomó la valija y comenzó a llenarla de ropa. Hasta el cepillo de dientes se guardó. Quise meterme en ella, pero no me dejó. Hoy a la mañana se despidió con muchas caricias, besitos en la frente y promesas de que "enseguida" vuelve. Ya sé que por lo menos se tomará entre cinco días y una semana. Tal vez mi vida sea así siempre... que, de tanto en tanto, él se vaya de viaje y me deje al cuidado de algún otro integrante de la familia. Mientras no me deje al cuidado de Zsá Zsá no tengo problemas.
Cuando me hizo mimitos en la cara, no me aguanté y me puse a llorar. Ahí me abrazó. Como me di cuenta de que funcionó, comencé a llorar más fuerte, para ver si se arrepentía y se quedaba. Pero no fue así. Nos quedamos los dos mirándonos con mucha tristeza, me dio una golosina y cerró la puerta.
Ahora estoy observando un almohadón y un peluche de Bob Esponja. A ver qué agarro primero en señal de protesta.

* Comida.

sábado, 27 de marzo de 2010

Manos




Las manos de las personas son bendiciones para los perros. No puedo evitar arrimarme a la gente y, de prepo*, ponerle mi frente en sus manos quietas. De pronto, cuando empiezan a moverse, bajo mi presión sutil, encuentro uno de los mayores placeres de la vida. Que te acaricien o te rasquen la cabeza... ¡Qué maravilla! Siento un escalofrío tan estremecedor. Cierro un poco los ojos, luego los vuelvo a abrir, observo de reojo que la persona no se canse de acariciarme, y si eso sucede, arremeto de nuevo, con mi frente en la palma de su mano. El que te acaricia la cara es porque, realmente, es un tierno total. Lo hacen varios en la familia. Raúl es uno de ellos. Me acaricia la mejilla, luego la zona de mis bigotes y, a veces, en el mentón. Cuando hace eso, de a poco, me voy derrumbando, siento como que me desarmo. Muy lentamente, me voy deshaciendo en el piso hasta quedar echado totalmente. Cuando ocurre eso, Raúl deja de acariciarme porque no puede agacharse más. Pero si ocurre lo mismo con otros, es como estar en el paraíso. Podría pasar horas dejando que me rasquen la panza y el pecho. Pero los seres humanos no resisten mucho estar agachados, a la altura de los animales. Entonces tengo que erguirme nuevamente y comenzar con lo mismo... mi frente en sus manos. Muchos son expansivos e, inmediatamente, comienzan a acariciarme el lomo. Uy... siento como que me corre una gota de agua fría desde la cruz hasta la cola. Me encanta que me peinen con sus manos. Y lo mejor, es en el cuarto trasero. Me encanta que me rasquen el cuarto trasero. Me quedo quieto, quieto, quieto... tieso, enjuto, sin otra sensación que el placer. No me muevo por miedo a perder esa dicha.
Lo que los seres humanos no toman en cuenta es el cariño y el amor que permanentemente ofrecen con sus manos. Yo les pido afecto por placer, lo reconozco. Pero también para ayudarlos a que, por lo menos un momento en el día, estén descargando cariño casi sin darse cuenta. Me siento más útil.
Creo que si muchas personas supieran que eso es así, habría menos perros y gatos sin hogar, y un gran porcentaje de la humanidad sería más buena. Brindo por las manos.
*obligar

martes, 23 de marzo de 2010

Labios


Hola, diario. ¿Viste que a alguna gente le da un poco de asco cuando los perros besamos? No entiendo por qué. Yo los he visto también haciendo cosas con sus lenguas. Y cuando hacen eso van mucho más allá del afecto. Cuando llega alguien a casa, siempre pego un salto para darles un beso. No tengo trompa como ellos como para saludarlos igual. Pero confieso que tengo una obsesión: los labios.
No sé porqué, desde cachorro, siempre me gustó darles besitos a las personas en sus bocas. Cuando sos cachorro es fácil porque te alzan, te arriman a sus rostros y ahí les das besos. Pero de adulto es más complicado. Yo adquirí una técnica. Hay que hacerlo rapidísimo. Apenas se acercan, pego un salto, como si fuera un delfín amaestrado, y les doy un lengüetazo en los labios. Algunos ponen cara de asquete, pero a otros les resulta simpático y hasta adorable.
Es que los labios de las personas son húmedos, como nuestras lenguas, o nuestras narices. Y es a través de sus labios como grafican el amor. Como yo creo que me estoy convirtiendo en una persona, estoy convencido de que es así cómo debo besar. Les doy amor con cada salto y cada beso en esos contornos carnosos que dibujan lo que a mí nunca me sale: la sonrisa. Es lo más lindo de las personas. Cuando sonríen, todo se ilumina y yo siento que unen la alegría con el cariño. Precioso. Estuve practicando pero no me sale. El día que pueda sonreír, se caen de culo.

lunes, 22 de marzo de 2010

Comadrejas

Foto de Adriana de Palermo. Flickr.com

Hola, diario. Este nuevo barrio es muy curioso. Te conté de ese jardín inmenso al que no dejan pasar perros, pero que está lleno de plantas y árboles de todo tipo con una partitura de olores que te fascina. Allí está lleno de gatos. Algunos son amigables y otros te hacen “fsss”. Pero con Zsá Zsá ya me acostumbré a ellos. Anoche estábamos paseando por la plaza y Pablo se sorprendió tanto como yo por un perro extrañísimo que había ahí dentro. Bah... yo no sabía si era un perro o un gato de una marca rara. Tenía un olor espantoso y caminaba muy lento. Estaba así como despeinado, con pocos pelos, con distintas tonalidades de grises en el lomo y un antifaz blanco. Lo más impresionante era su cola. Larga y pelada... un asco. Se la habrán mordido o tendría un problema dermatológico. Primero nos ignoró, pero después nos observó con unos rosados ojos diabólicos. Nos quedamos observándolo un buen rato, pero viste que a mí la curiosidad me mata... Vi que algo raro tenía en el lomo. Eran como verrugas peludas que se movían. No lograba darme cuenta de qué era... ¡Hasta que me avivé de que eran sus hijos! Tan extraños como él, pero mucho más chiquitos. Quise acercarme para olfatearlos, pero se enojó mucho. Se le pararon todos los pelos, irguió su cola pelada y me mostró los dientes. Pensé que nos iba a atacar, pero no... Muy pancho (o pancha)* se dio media vuelta y se alejó caminando despacio, con esas patas cortas y extrañas.

Pablo también quedó fascinado con ese inesperado encuentro y se lo contó a todos. Escuché que esos perros se llaman comadrejas* y que en ese lugar hay muchas.

Por precaución, creo que no deberíamos acercarnos nuevamente a ellos. Sobre todo cuando tienen familia numerosa.

*Tranquilo

* En Argentina se llama comadrejas a las zarigüeyas u opossum.

jueves, 18 de marzo de 2010

Un chistoso


La alegría de ser un perro de raza me duró un día. ¿Vos podés creer que era un chiste de Pablo? ¡Me tocó un chistoso como compañero de departamento! Ayer le volvieron a preguntar de qué raza era y volvió a responder lo mismo: "Lanus Sheperd". Pero esta vez la inquisidora era más curiosa y le preguntó qué quería decir. "Pastor de Lanús", respondió. Y ella se echó a reír y me abrazó. Luego dijo: "Holando-Argentino". Mirá, diario, no te sigo contando porque me da bronca. No le hablé en todo el día. Raza pelotudo es él.
Preguntame de qué raza soy... dale... COMÚN Y CORRIENTE... y con mucha honra.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Lanús Sheperd


Viví engañado estos tres años de mi vida. Siempre creí que era un perro cualunque, común y corriente, un atorrante. Soy de raza, diario. Escuché claramente cuando una señora, en la calle, le preguntó a Pablo de qué raza era y él respondió: “Lanus Sheperd”. No sabés la emoción que me dio. No porque me hubiera sentido menos ya que siempre miré con cierta sorna a los perros de raza, ya que todos se parecen entre sí. Pero supongo que para los humanos debe ser como siempre mirar de reojo a los ricos por sentirlos frívolos o egocéntricos; y de repente, tener un golpe de suerte y ser ricos como aquellos a los que se miró de soslayo antes. ¿Está mal querer “pertenecer”? Tal vez, para que la vida se nos haga un poco más fácil. Es más sencillo para un “Lanus Sheperd” que para un perro común, supongo. Lo único que no me gusta de esto es que, seguramente, me voy a topar con muchos “Lanus Sheperd” como yo. Me gustaba ser casi único. Todo no se puede en la vida.

lunes, 15 de marzo de 2010

Adioses

Hola, diario. Si te tengo que definir mi fin de semana, es con la palabra “adiós”.

Ya estamos instalados en la nueva casa. Te cuento que me llevo por delante todos los muebles y paredes. La costumbre hace que quiera tomar el mismo camino que en el otro departamento para ir de la habitación a la cocina, o del living a la habitación. Pero la distribución es distinta, así que me he golpeado la nariz un par de veces.

El sábado nos despertamos como siempre, fuimos a desayunar y los dos nos “tragamos” la columna que hay en la entrada de la cocina. Luego, paseamos un poco en la plaza y me sorprendí un poco al regresar. A los dos minutos, Pablo tomó un bolso enorme y me volvió a decir: “Vamos”. Obviamente, pegué un salto a lo delfín amaestrado y me acomodé el collar para salir.

Nos tomamos un taxi. Ya te conté el placer que es viajar en taxi con la cabeza afuera, tragando viento.

Para sorpresa mía, llegamos a nuestro viejo hogar. Me desconcerté. Saludamos a algunos vecinos y entramos a nuestro (¿antiguo?) departamento. Estaba vacío, el pobrecito... me dio una lástima. Sólo pelusas y polvo. Habían quedado nada menos que las cacerolas donde cocinamos y algunas cositas más que Pablo guardó en el bolso. Luego, nos quedamos sentados en el piso, esperando nosequé. Y nosequé llegó de inmediato. Lancé un ladrido cuando escuché que se abría la puerta. Era una señora. La había visto una vez ya. Observó el departamento por todos lados, con detenimiento, y conversó amablemente con Pablo. Me cayó bien. De pronto, vi como Pablo le entregó las llaves. Ahí me cerró todo. Vinimos a decirle adiós a ese hogar donde pasamos tantos momentos lindos. Fiestas con los amigos, banquetes con Fina y Raúl, despertares casi melódicos y metódicamente iguales, reencuentros con la vida. Porque ahí es donde yo volví a reinsertarme en este mundo privilegiado.

Como hizo esa señora, yo también lo recorrí por cada rincón una vez más. Y, sin que ella se diera cuenta, hice pis en el balcón, por si llegase a ir a vivir ahí otro perro, para que se entere de que esa fue la casa de Francisco. Antes de salir, lo miré y le agradecí. Las casas tienen entidad. Lo sé.

Nos despedimos de la señora y también de los vecinos de la inmobiliaria de abajo. Me caían bárbaro. Le dijeron a Pablo que prometa que me iba a llevar de vez en cuando. Él asintió, pero ambos sabíamos que eso nunca iba a ocurrir. También les dije adiós. Cuando íbamos caminando rumbo a lo de Fina y Raúl, para visitarlos, me quedé paralizado. Ahí la vi, esbelta como al principio, con sus pelos marrones tan enmarañados como bellos, y esa mirada entre pícara y dulce. Nos miramos fijamente y corrimos desesperados el uno hacia el otro. No paramos de dar saltos, revolcarnos en el piso y hacer esas carreras repentinas, cortas, en círculo y de hasta diez metros, para convertirnos en ráfagas de felicidad. Pablo es inteligente y me dejó un largo rato. Sabía muy bien que, probablemente, nunca más pueda ver a Morena. Nos olfateamos mucho. Supe que sus cachorros ya no estaban más con ella y, vaya a saber hasta cuándo, seguiría siendo la misma Morena de siempre, la que yo adoraba. En un momento nos cansamos de tanto correr y nos sentamos, bajo el sol, extenuados, una pata contra la otra. Nos miramos, con alegría, amor y tristeza. Todos esos sentimientos juntos que, seguramente, los humanos ni se imaginan que podemos sentir los perros.

No quise que Morena supiera que yo me iba del barrio. No le dije nada. El adiós lo dejé en mi interior y, simplemente, puse mi frente sobre la suya. Nos dimos muchos lengüetazos, como siempre, y nos despedimos. Ella salió a los saltos, con su amiga persona, ingenua y feliz. Yo me quedé observándola, y lo seguí a Pablo. Con el adiós atragantado y pensando en esas cosas que uno tiene que resignar para obtener otras. Aunque la reflexión me duró sólo unos metros. Demasiado dilema para un perro. Pero me quedé triste. Probablemente nunca más vea a Morena.

viernes, 12 de marzo de 2010

Botánico

Foto de Steven Miller - Flickr.com

Hola, diario. ¡Qué agotamiento! Estuvimos todo el día desembalando cajas y bolsas hasta dejar todo más o menos en orden. Bah... en realidad, fue Pablo, con la ayuda de su hermana y sus padres. Pero yo los seguí a todos de cerca. Quería controlar que todo esté en orden, así que corría hacia uno y, luego, hacia otro. Les quise cebar mate, pero creo que nunca voy a aprender.
Quedó todo más o menos bien. Estoy contento. Hoy a la mañana salimos a explorar el barrio. Casi me desmayo de la alegría cuando descubrí que en la esquina tenemos una plaza. Una maravillosa plaza con un olor a verde y a plantas que no te podés imaginar. Hay un árbol enorme que se llama jacarandá. Se le caen las flores y quedan todas como una alfombra violeta sobre el césped. Me entretuve olfateando cada árbol y descubrí que la mayoría de los perros que hay por ahí son de raza. A mí no me importa. Enseguida me hice dos amigos. Una pequinesa recién bañada que me vio y empezó a dar saltitos de un lado para el otro. Cuando la olí me di cuenta de que era una criatura. Tendría no más de un año. La miré y le dije: "Piba, puedo ser tu papá". Quedamos amigos. También me cayó bárbaro Pechín. Es un perro flaco, blanco, con manchas grises. No lo benefició mucho la naturaleza. Es el perro de un tipo que vive ahí en la plaza. O sea... es un perro linyera. Pero me cayó bien. Tal vez podamos compartir las pulgas.
Pero lo más fascinante fue cuando salimos de la plaza y avanzamos unos metros. ¡¡¡Con razón había tanto olor a naturaleza!!! La plaza está pegada a un lugar gigantesco, lleno de plantas, árboles y muchísimos gatos. Pero una lástima... no te dejan entrar. Está enrejado. Bah... las personas sí, pueden pasar... y los gatos. Pero no los perros. De todos modos, me encantó poder observar y oler todo eso. Es una sinfonía de olores. Uno más agradable que el otro. Noté que Pablo también parecía hacer uso del poco olfato que tienen los humanos.
Es evidente que hay una vida mejor, pero es un poco más cara.

jueves, 11 de marzo de 2010

Nos mudamos

Hola, diario. No te das una idea de las situaciones movilizadoras que viví durante las últimas 48 horas. Obviamente no pude escribir antes porque estaba todo guardado por “el guardador”. Después de esa situación traumática e inentendible en la que Pablo se puso a guardar todo, absolutamente todo, compulsivamente en cajas y bolsas, ocurrió lo más desconcertante. El timbre sonó muy temprano y nos habíamos quedado dormidos. Bajamos rápidamente y no sabés lo que había en la puerta... Un camión con dos forzudos que nos miraban amenazantes. Me preparé por si fuese necesario utilizar mis dientes, pero en un segundo me olvidé de mi intención defensiva y les salté para darles un beso a cada uno (no lo puedo evitar). Fueron amables, no nos pegaron. Me acariciaron la cabeza y le estrecharon la mano a Pablo. Pensé: “amigos nuevos”. Subimos con ellos y... ¡horror! Como si hubieran estado viviendo ahí con nosotros, comenzaron a tomar las cajas y bolsas y se las fueron llevando, de a una, al camión. Mientras, Pablo metió lo poco que quedaba en una bolsa: las sábanas, las almohadas, el cepillo de dientes y otras cositas sueltas. ¡¡Se llevaron hasta la cama!! ¿Adónde pensaba esta gente que íbamos a dormir a partir de ahora? ¡Qué situación desconcertante! ¡Y Pablo tranquilo, como si nada estuviera ocurriendo! En lo único que pensaba era en tener listos sus rulitos para no parecer un caniche cuando saliéramos a la calle. Yo no gano para sustos...

Diario, la casa quedó vacía. Va-cí-a. Sólo nosotros dos y montones y montones de pelusas, y bolas de pelos míos. Habrán tardado unos cuarenta minutos. Cuando se llevaron la última caja, me asusté. Pensé: “Ahora nos llevan a nosotros”. Yo no estaba dispuesto a que ninguno de esos patovicas* me cargara sobre sus hombros como hacen a veces con esos lechones muertos. Bueno, no nos cargaron a nosotros pero nos invitaron a seguirlos. Amablemente.

No lo pensé ni un segundo. Solo ahí, en medio de la nada no iba a quedarme. Creo que Pablo tampoco. Así que los seguimos.

Tenían un poco de olor. Creo que las cajas eran muy pesadas. Le lamí el brazo a uno de ellos y tenía gusto salado. Hubiera seguido, pero Pablo me retó.

Ya en la calle, subimos al camión. E-mo-cio-nan-te. Me costó subir, lo confieso. Pero dejé que me ayuden. Luego, puse mis patas sobre la guantera y miré al mundo desde ahí arriba. Autos, personas, perros y todo lo que habitualmente se mueve por la calle, fue observado por mí desde ahí, con mis dos patas traseras sobre la falda de Pablo y las otras sobre la guantera. Les caí simpático a los forzudos porque me dieron galletitas. Sentí el impulso de aprender a manejar. Me gustaría comandar uno de esos camiones enormes y sentir de a ratos, ahí arriba, que uno es fuerte y poderoso y no corre el riesgo de que le pisen la cola porque no lo ven o que lo pateen porque no les agradás. Pero no tengo manos como para aprender a manejar, ni tampoco camión, así que aborté la idea inmediatamente.

No viajamos demasiado... Bah... tampoco fue nada. Llegamos a unos 4 kilómetros, en otro sector de la ciudad. Un sector paquetísimo. Era temprano, así que mucha gente en la calle no había. Pero te puedo asegurar de que las veredas estaban mucho más limpias y el movimiento era mayor. Advertí que muchas de las personas que por ahí caminaban tenían algo de perro. Te preguntarás cómo me di cuenta... Porque caminaban erguidos y como oliendo para arriba. Sin dudas, eso indica que tienen un muy buen olfato. Me gustó.

Estacionamos en una avenida bastante ancha, como donde vivíamos, pero con menos negocios y más edificios. Me quisieron ayudar a bajar del camión, pero yo supuse que podría hacerlo solo. Me equivoqué. Me di un tremendo porrazo. Pero como soy valiente, me lo aguanté estoicamente. De pronto, me di cuenta de que Pablo sacó unas llaves y abrió la puerta de un edificio. Un señor lo saludó, dejaron la entrada abierta y los forzudos comenzaron a bajar nuestras cosas del camión.

¡Pero qué tonto había sido! ¡Ahí me di cuenta de lo que pasaba! Nos estábamos mudando a otra casa. En un breve instante metí la cola entre las piernas porque me enojé. ¿Cómo Pablo tomó esa resolución sin consultarme? Si vivimos juntos. Somos compañeros… Y no me dejó despedirme de Morena, ni de nuestros vecinos, ni de nuestra propia casa. Pero bueno, viste cómo soy, se me pasó enseguida.

Me paré frente a la puerta del ascensor, pero Pablo siguió de largo, por un extenso pasillo, hasta el fondo. Me gustó eso y corrí a toda velocidad, pero el piso estaba tan lustroso que resbalé.

No hubo que subir por ningún ascensor. Nuestro hogar estaba en la planta baja. Abrió la puerta y quise entrar primero yo. “¡Guauuu!”, dije. Era un sitio mucho mayor que el anterior. Con una habitación más, un baño enorme y un patio que tenía entradas al living y a la habitación. Te imaginarás que, mientras los grandotes dejaban nuestras cosas amontonadas, yo no dejé un solo rincón sin olfatear. Lo supe enseguida. Ahí vivió una pareja joven, pero mucho antes, una señora mayor que se murió en ese mismísimo lugar. De todos modos, no había peligro de fantasmas, ni malas ondas. El sitio se veía espléndido. Pablo me hablaba, pero yo no lo escuchaba. Estaba fascinado descubriendo esos nuevos olores que se mezclarían con los nuestros.

Cuando los tipos terminaron, Pablo cerró la puerta y corrió hacia el patio. Allí lo seguí. Tenía en su mano una de las pelotas con las que jugamos siempre. La arrojó de una punta a la otra y corrí a toda velocidad. Así estuvimos un buen rato hasta que quedamos extenuados, cagándonos de risa, en el piso, todos sucios. Creo que un nuevo capítulo comienza en nuestras vidas.

*Musculosos.

martes, 9 de marzo de 2010

El guardador

Hola, diario. Algo raro está pasando. Creo que Pablo enloqueció. Se levantó tempranísimo y nuestra ceremonia matutina fue fugaz. Apenas desayunamos. Estábamos muertos de calor y ni siquiera se bañó para salir. Se puso esas ojotas que a mí tanto me gusta morder y comenzó a guardar toda la ropa en bolsos y valijas*. Ahí lancé un suspiro. “Otra vez se va de viaje”, pensé. Lo observé resignado. Pero de inmediato me di cuenta de que la energía no era la misma. No, no se iba de viaje. Estaba enloqueciendo. ¡No sólo guardaba la ropa, también todo lo que estaba sobre el escritorio… y las cosas de la cocina… y hasta las del baño! Armó unas cajas de cartón en las que comenzó a guardar todo. En una caja más chiquita guardó a Osito 2, a Chanchito, y los demás chiches míos. Me preocupa. No entiendo qué pretende. Después de hacer todo eso, que llevó unas cuantas horas, se dignó a ponerse una remera, a tomar la correa y a salir a pasear conmigo. Fue un alivio porque todo ese juego de guardar cosas es cansador. Estábamos extenuados. Es agotador mirar durante varias horas cómo tu mejor amigo enloquece y le agarra el síndrome “guardador”. El suceso tuvo una ventaja. No fue a trabajar. Se quedó todo el día en casa. Jugamos un ratito. Pero continuó acumulando pequeñas cosas que todavía quedaban en algunos rincones o cajones. Como no había música, porque guardó los equipos, se puso a cantar las canciones que nos gustan y bailamos un poco. Eso me dejó más tranquilo. Era un dejo de normalidad. Pero de todos modos, traté de no molestar mucho y no le quité la vista de encima. A ver si se le ocurría guardarme a mí en alguna de esas cajas. Yo lo quiero mucho así que tendría que resignarme y dejar que me guarde. No sé cómo va a seguir esto, no sé cómo va a seguir esto… * Maletas

domingo, 7 de marzo de 2010

Simulacros

Hola, diario. A veces reconozco que soy un jodido. Cuando no estoy de muy buen humor desbarato todos los planes de Pablo. Tiene una cámara de fotos nueva. Y se vuelve tonto con ella. Se le da por sacarme fotos todo el tiempo. A veces poso y me pongo así en seductor como para que quede un buen recuerdo mío (vi que puso varias fotos mías en unos cuadritos). Pero otras tantas le arruino los planes. Sobre todo cuando quiere filmar algo. Se lo hago a propósito. Él tiene que darse cuenta de que nuestros códigos son sólo nuestros, no para la posteridad. Resulta que quiere que haga todas mis muecas habituales para la cámara. Yo, a propósito, pongo mi mejor cara de idiota y no le doy bola. "¿Vamos, Francisco?" Y se queda parado esperando que salte de alegría. ¿No se da cuenta de que ya me avivé que es sólo para la cámara, no para ir a pasear en serio? O me dice: "A ver, la patita". ¡Mongo, la patita! Siempre me dieron mucha lástima todos esos perritos amaestrados, a los que les ponen pollerita o los visten de murciélago. No, no, no, no... Igual, a veces me da lástima, y le hago la muequita, luego de hacerme el indiferente. Después de todo, creo que ya se resignó.
Hace poco se nos rompió la computadora. Cuando llegó el muchacho que las arregla, le contó todo lo que no funcionaba. Pero el chico se sentó a la máquina, se puso a revisarla y no hacía nada de lo que Pablo había dicho. "¡Es como mi perro!", exclamó.
Compararme con una máquina, che...

Televisión


Hola, diario. Descubrí un aparato interesantísimo que se llama televisión. En casa hay dos. Nunca le presté demasiada atención porque Pablo no lo enciende muy seguido y, cuando funciona, se planta frente a él y no repara en nada más que eso. Le tengo unos celos increíbles. ¿Cómo puede ser que prefiera observar ese aparato que habla solo a morir de risa jugando con la pelotita? Últimamente se sienta siempre en su sillón, a la misma hora y el mismo día, a ver un programa que adora. Cuando eso ocurre, trato de llamar su atención de distintas formas. Me subo al sillón y le jadeo al lado de su oreja. Sé que odia eso. Sino me hago el romántico y le doy la patita y apoyo mi cabeza en su hombro. Cuando ve ese programa, no hay truco que valga, siempre me pide que no lo moleste. Llegué a saltarle encima, para que lo deje, pero tampoco. Estuve a punto de robarle ese aparatito que tiene siempre en la mano para hacer que el televisor hable más bajo o más fuerte. Pero no me animé. Temí represalias.
Pensé: "si no puedes ganarle, únete a él". Me senté a su lado para ver qué tan interesante era eso como para preferirlo antes que a su amigo fiel. Observé. Me costó focalizar. La pantalla tiene como unos puntitos que te dificultan un poco la visión. Pero hice foco al cabo de un rato. Creo que fue porque me llamó mucho la atención un ladrido. ¡¡¡Adentro del televisor había un perro!!! ¡Lo vi perfectamente! ¿Cómo hizo para entrar ahí? Intenté olfatearlo, pero no sentí nada. ¡Fue abducido!
No había forma de averiguarlo, así que me dediqué a observarlo. Era un labrador. Medio tonto. Su mejor amigo era un negrito muy simpático. Estaban en una playa, con otra gente que se veía un poco sucia. Escuché que el negrito lo llamó: "¡Vincent!". Un extranjero, obvio. Te puedo asegurar que me gustó eso de la televisión durante un rato. Pero viste que yo tengo la capacidad de concentración de un bambi, así que de inmediato, cuando el perro salió de escena, seguí molestando a Pablo.
Ahora, cada vez que Raúl viene a casa, se pasa todo el tiempo viendo la televisión. Aunque no entiendo qué pasa y no logro darme cuenta cómo entra toda esa gente ahí adentro, me siento a su lado y observo. Sólo para hacerle compañía. Es mi laburo.

jueves, 18 de febrero de 2010

Confirmación



Y sí... parece que estoy gordo nomás. Había que ser necio para no admitirlo. Todo el mundo me lo decía. Menos Pablo, que insiste con que soy musculoso. Es evidente que la comida que me dio Fina y la vida sedentaria hicieron que mi cuerpo se ensanche notablemente. Pablo me llevó al veterinario, a ese odioso bigotudo que se piensa que me va a conformar con una golosina. Se hace el cancherito*, como que me juega y me recibe con los brazos abiertos. Y yo que no puedo evitar esconder la cola entre las patas cuando llego. ¿Te imaginás lo primero que dijo cuando entré? Sí, exacto: "¡Estás gordo, Francisco!". Viste que del idioma humano puedo pescar bastantes palabras que, unidas a miradas, gestos y tonos de voz, me indican qué está pasando. Bueno, me di cuenta de que el tordo* ese le decía a Pablo que una de las causas de mi gordura es que me operaron las bolitas. Parece que tengo que comer muuuuuucho menos y hacer más ejercicio. Pablo se lo tomó en serio y volvimos a casa corriendo. No lo podía creer. No estoy en forma como para correr seis cuadras sin parar.
Es que la estadía de 15 días con Fina y Raúl fue un vicio del que no creo poder volver a salir. No hacer nada todo el día más que comer y comer. Creo que me hice adicto a las criollitas* con queso, al paté, a las alitas de pollo y a la carne picada cocida. Ahora estoy desesperado porque Pablo no me da nada de eso. Me van a tener que atar la boca porque, ante el menor descuido suyo, en la calle, voy a comerme lo que encuentre.
¿La dieta? Total, así gordo como estoy, me quiere. ¿Está mal?

*Que alardea, conocedor de todo.
*Doctor.
*Galletas.

martes, 16 de febrero de 2010

Musculoso


Son músculos, diario. El portero del edificio, cada vez que me ve, dice: “Qué gordo que está Francisco”. Y Pablo responde: “No es gordo, es musculoso”. Ayer vino a visitarlo nuestra vecina Margarita y también preguntó, con suavidad y casi disimulo: “¿No está más gordo Francisco?”. Pablo respondió lo mismo: “No, es musculoso”. Y lo mismo responde cada vez que algún desubicado dice que estoy gordo. ¡Ya está, no me preocupo más! Sigo con los postres y las criollitas* en el desayuno. Parece que es tanta la actividad física que hago que me saca músculos.
Hoy, por la mañana, me crucé con el pittbull de enfrente, un pobre infeliz al que pasean con correa y bozal y le operaron las orejas y la cola. Lo miré de reojo y, dentro mío, le dije: “No te hagás el malo que soy musculoso y te puedo cagar a golpes”. No sé si me entendió ese forajido, pero por lo menos, no me desafió.
Puede ser que esté musculoso. No sé... noté que hay un par de perritas del barrio que me miran un poco más. No seré como Julio, el doberman de la lavandería, que cuando salta la verja de la plaza se le marcan todos los músculos, pero parece que tengo lo mío.
"Francisco no está gordo", repite Pablo. Sí él lo dice tendrá razón.
Soy musculoso… Faaaaa…. Un perro patovica*.

* Galletitas.
* Fisiculturista

¿Gordo yo?


Hola, diario. ¿Vos me ves gordo? La verdad que no me doy cuenta. Pero desde que volvió de viaje, Pablo se queja de que estoy gordo. Puede ser… qué se yo… Fina me dio mucha comida cuando él no estaba. Comida que él no me da ahora. Además de mi alimento habitual, ella me daba carne picadita, algún que otro churrasquito y compraba especialmente alitas de pollo, que cortaba minuciosamente, sacándole los huesos y la piel, para que me las devore. Pablo es un poco más mezquino en ese aspecto. Me da sólo mi alimento y alguna otra cosa que compartimos cuando él come.
El problema es que mi estómago se acostumbró a aquellos manjares, entonces vivo muerto de hambre. Ahora Pablo me dice: “Mi gordito”. No sé si me gusta mucho ese calificativo. De todas formas, creo que puede tener algo de razón. Me cuesta un poco más pegar saltos a lo delfín y, cuando me siento en dos patas, veo que una panza un poco más grande asoma. Disimulo sacando pecho.
¿Tendré que hacer dieta?

miércoles, 10 de febrero de 2010

Vejez


Hola, diario. Ayer supuse que Pablo tardaría en regresar porque Raúl vino temprano a hacerme compañía. Lo quiero mucho a Raúl. Tenemos una relación muy especial. No es de hablar mucho, pero cuando abre la boca, además de bostezar como un hipopótamo, charla. Porque una cosa es hablar y otra cosa es conversar. Raúl conversa conmigo. Te confieso que más de la mitad de lo que me dice no lo entiendo. Pero yo lo observo fijo e inclino un poco mi cabeza para poder escuchar atentamente con mi oído izquierdo. Eso le hace creer que entiendo absolutamente todo. Es interesante su reacción porque no me considera un perro, sino una persona. Y ya te comenté que cada vez me lo creo más eso. Raúl es especial. Ayer me dediqué mucho a observarlo y a pensar en él, a imaginar cómo fue su vida. Debe tener unos 18 años más o menos porque se le cayeron los pelos y los que conserva, son blancos. Me llama mucho la atención de que todavía tenga la boca llena de dientes, algo raro ahí debe haber. Me puse a pensar en cuando yo sea viejo como él y me abrumaron todas las imágenes.
Siempre invito a Raúl a que nos tiremos al piso a luchar, como hacemos con Pablo. Pero nunca quiso. Él sólo te acaricia la cabeza. Me di cuenta de que no se tira al piso porque apenas se puede agachar. Creo que le duelen un poco los huesos. Ayer le señalé con el hocico mi alimento balanceado, para que coma un poco. Sé que eso hace bien a los huesos y supongo que también debe ayudarte a que no te quedes pelado. Pero no quiso. Prefiere comer pan.
Cuando salimos a pasear, también lo invito a correr un poco, pero no puede. Me dice: "¡Dejate de joder, Francisco!". Creo que significa que no puede. Es que tiene un andar pesado. Ya me acostumbré a su ritmo.
Pero te digo una cosa, diario: Raúl es más debilucho porque tiene mucha vida encima. Yo me quedaría muchas horas al día charlando con él porque han pasado demasiados episodios por sus narices. Es mucho lo que puede contar. Es muchísimo lo que debe haber aprendido y supongo que habrá cumplido incontables sueños. Tiempo tuvo.
A veces miramos televisión con Raúl. Pero me doy cuenta de que no presta atención. E imagino que, tal vez, esté viajando en el tiempo y barajando edades con la habilidad del que cree haber aprendido todas las jugadas. Ojalá Raúl viva, por lo menos, hasta los 25. No quisiera que se vaya de este mundo. Voy a insistir con mi idea de que coma alimento balanceado conmigo.
En el reino animal, como en el humano, no se suele respetar a los viejos. En nuestras jaurías, manadas, bandadas... el viejo queda rezagado, a merced del peligro. Es el que se sacrifica, es la presa. ¡Qué injusticia! Si todos vivimos gracias a ellos. Si son ellos los que nos forman y nos hacen. Qué soberbios somos los más jóvenes, a veces. Y no sabemos que en nuestro apuro permanente, en algún momento nos hace una zancadilla la edad.
La vejez es fea porque te quita fuerzas y resquebraja tu salud, pero debe ser tan lindo tener tantas respuestas... Creo que se necesitan años para responder a todas las preguntas que uno se hace sin cesar. Sólo por tener esas respuestas, me reconforta pensarme viejo. Sólo que no quisiera quedarme pelado como Raúl.
En MAPA tuve un amigo viejo, al que siempre recuerdo. Se llamaba Rocky. Era un perro alto, flaco y rubio, con el pelo muy corto. Tenía un problema en su cadera y arrastraba su cuarto trasero. Lo había atropellado un colectivo y quedó así. Siempre conversábamos y, cuando él se sentía la pelusa del piso, me acercaba a lamerle la cabeza y esa herida enorme en su cadera. A veces lo recuerdo y lo extraño un poco. Fue uno de mis pocos amigos perros.
Siempre voy a venerar a los viejos. Te quiero, Raúl.

martes, 9 de febrero de 2010

Zsá Zsá enferma


Hola, diario. No noto bien a Zsá-Zsá. Cuando voy a lo de Fina y Raúl ya no me pelea. En un principio pensé que había empezado a caerle bien, pero cuando me arrimé para comprobarlo me tiró un manotazo que me raspó la nariz. Ahí me di cuenta de que su olor no era el mismo. Ni siquiera pude enojarme por su actitud poco amable. Comprobé que no estaba bien. Zsá Zsá está débil. A los pocos días vi que Fina no le daba la misma comida de siempre sino algo blandito que Zsá Zsá vomitó. Advertí que lo había hecho varias veces porque percibí el olor en distintas partes de la casa. La miman y acarician más que de costumbre y uno se da cuenta cuándo esos actos de cariño vienen cargados de tristeza. Dejé los celos de lado, por comprensión. Algo está pasando y no es bueno.
Lo confieso, tuve un segundo de egoísmo y sentí el deseo de ser el único cuadrúpedo de la familia. Pero no, no puedo pensar así de alguien del grupo. Quiero que Zsá Zsá se mejore. Por ella y porque no soportaría que Fina, Raúl, Pablo, María Elena y el resto de la familia estén todos tristes al unísono. Cierro los ojos y pido muy fuerte que se mejore.

lunes, 8 de febrero de 2010

Materialismo


Hola, diario. Pablo es muy materialista, che. Ayer encontré un librito con un olor precioso. Creo que era muy antiguo porque apenas lo quise hojear, con los dientes, se empezó a deshacer. En tres palabras: quedó hecho polvo. Se enojó muchísimo. Yo no quise hacer daño, sólo quise mirarlo. No me habló por el resto del día. No se puede ser tan materialista.

domingo, 7 de febrero de 2010

Beagle alcahuete

Hola, diario. Te voy a hablar de un vecinito de acá a la vuelta que me tiene bastante podrido. Es un cancherito* repugnante. Es un beagle, raza que no siempre me cae del todo bien. Ladran como si tuvieran una papa en la boca y son como petisos que fueron al gimnasio. Cada vez que nos cruzamos me ladra así con esa voz de gangoso: "ou, ou, ou, ou". ¡Dejate de hinchar! ¿Qué te pensás, que cazaste un pato? ¡No hay patos en esta ciudad! Además se hace el bravo porque está con correa. Te juro que cuando hace eso, yo ni le contesto. Sigo de largo, lo miro de reojo y meo en el primer árbol que encuentro. Para que sepa muy bien quién soy. No me gusta que me puteen sin motivo. El se cree que porque le compran el alimento balanceado más caro y porque tiene una correa de Pluto es más que uno... Psss... Concheto*...
Por suerte no siempre me lo cruzo. Pero cada vez que paso por su casa, esté o no esté en el porche de entrada, me encanta emprender carrera y ladrarle sin parar. Lo imagino adentro, desesperado por contestarme. A veces, cuando está en el porche, nos puteamos casi cara a cara, pero como hay una reja de por medio, no nos podemos hacer nada. A esta altura, creo que ya es es un juego que hacemos. Es hasta divertido. ¿Será que en el fondo nos estaremos haciendo amigos?

*Sabiondo que alardea.
*Pijo.

sábado, 6 de febrero de 2010

Moscas


Foto: Sonia Furtado http://www.flickr.com/photos/sonia_furtado/3914234508/

Te las cazo al vuelo. Es una de mis mayores diversiones. Adoro las moscas. Y si son moscones, mejor aún. Sin verlas, percibo su vuelo cuando aparecen. Ahí me pongo atento, paro las orejas y observo hacia todos lados. Es fantástico porque empleo los cinco sentidos casi al mismo tiempo: oído, vista y olfato.... sobre el final, tacto... y zas: gusto. Es que tienen un sabor a caca riquísimo. Supongo que será lo mismo que significa comer un caramelo para las personas. Siento a las moscas como una golosina exquisita. Además, te brindan ese plus físico y de astucia que significa buscarlas, correrlas de un lado a otro, medir su vuelo, imaginar su rumbo y ver cómo las idiotas siempre se llevan un vidrio por delante, donde las podés atrapar más fácilmente. Para qué tienen tantos ojos si no les sirven.
Al principio, a Pablo le repugnaba un poco que me coma a las moscas. Ahora se divierte viendo cómo intento atraparlas. También se convirtió en un vigía de moscas. A menudo estoy distraído y escucho que él dice: "¡Mosca!". Entonces doy un salto y empiezo la cacería.
Los otros días me ensarté. Me pareció que entró una mosca medio boluda, mucho más gorda y musculosa, que volaba más despacio. La atrapé enseguida, sin demasiado trabajo. ¡¡¡¡Puajjj!!!! La tuve que escupir. Era una asquerosa polilla. ¡Qué horribles que son las polillas! Tienen como polvo encima, es como comerte una bola de pelusas. Además, te queda un sabor espantoso en la boca.
A mí me encantan las moscas. Aunque no creo que yo les encante a ellas.

jueves, 4 de febrero de 2010

Paseadores buenos y paseadores malos


Foto: Carlos Adampol http://www.flickr.com/photos/cadampol/2333408347/

Ayer vi a Pablo muy enojado. Fue con un muchacho que paseaba perros. Tenía más gorra que cabeza; con una mano llevaba las correa, y con la otra, hablaba por su telefonito. Aparentemente, o no le funcionaba bien el negocio o ya había repartido a casi todos sus "clientes", porque sólo llevaba a tres: un ovejero alemán muerto de calor, uno sin raza que por su pelaje parecía haber ido a la misma modista que yo, y una pequinesa desorientada. El que era parecido a mí había quedado enredado en las otras correas y tironeaba un poco para olfatear un arbolito meado por tres perras en celo. El idiota con más gorra que cerebro estaba más ocupado en su conversación y lo pateó para que se apure. Mi congénere no se afectó y siguió interesado en los olores del arbolito. Claramente, si el de la gorra no podía pensar, menos podría olfatear, así que no se dio cuenta del “vital” interés de mi compañero. Por eso, lo volvió a patear. Esta vez mucho más fuerte, ya que el pobre se cayó y lanzó un chillido. A mí me dolieron las costillas por sólo verlo.

Ahí mismo vi como Pablo se puso de otro color, su energía fue como un trueno y se abalanzó sobre el idiota de gorra. Me asusté. Pensé que iba a morderlo por la furia que tenía, pero se contuvo. El otro también se asustó, apagó el telefonito y también cambió de color, pero se puso pálido. No sé qué le dijo Pablo, pero su voz se había vuelto tan fuerte que me pareció una ráfaga de ladridos. El de gorra también ladró un poco. Pero antes de que Pablo pueda morderlo, cruzó la calle. Antes de cruzar, el perro golpeado me miró y me confesó que no era la primera vez que eso ocurría.

Yo me sentí orgulloso de mi amigo humano. Pero sé muy bien que hay paseadores y paseadores. Me entero en la plaza porque es una conversación recurrente entre nosotros. La mayoría de ellos son gentiles, amables, te hacen recorrer lugares lindos y te dan tiempo para que te tires panza arriba en el césped. Pero hay otros que sólo quieren que pase el tiempo para devolverte a tu casa cansado sólo por haberte hecho caminar sin parar, en el medio de otros 15 perros, sin ver nada del paisaje, para terminar la jornada atado en una plaza bajo el sol.

Hubo una época en la que tuve miedo de que Pablo me haga pasear con un desconocido. Pero cuando él no puede hacerlo, vienen Fina o Raúl a caminar conmigo. No corro ese riesgo. Aunque si tuviera una cámara de fotos, me encantaría establecer un ránking de paseadores. Habría que hacerle publicidad a los buenos y “escrachar” a aquellos que tienen más gorra que cerebro para que no vuelvan a tocar nunca a más a un congénere mío.


martes, 2 de febrero de 2010

Colchón


Hola, diario. Ayer fuimos a comprar un nuevo colchón. Me sentí culpable. Pablo no pagó con esos papelitos que entrega siempre, sino con una tarjeta de plástico duro. Eso me hace intuir que mi travesura salió cara. La cosa es que fuimos con su amigo Christian (el rubiecito simpático que me rasca la panza) a buscarlo. Me encantó la caminata. Iban ellos dos cargando el colchón, sudados, y yo controlando todo a su lado. Estuvo buenísimo porque todo el mundo nos miraba. Y me encanta que me miren... para qué negarlo.
El colchón es más duro que el otro y está hecho con distintos materiales. No creo que sea fácil de romper. Igual, ni pensarlo. Pablo me dejó probarlo.
A la noche, dormimos tan plácidamente sobre la cama nueva y con el soplido de ese monstruo extraño al que le llaman ventilador.
Moraleja: no hay que romper el lugar donde se reposa, por más bronca que tengas.

lunes, 1 de febrero de 2010

Cuatro ojos


Hola, diario. Parece que soy especial, che. Me lo confirmó ayer un señor, en la calle. Ayer me vino a buscar Fina -que siempre me hace sentir especial-, y salimos a pasear. Fuimos a la plaza y, cuando estábamos regresando, un hombre se detuvo a hablar sobre mí. Nada me gusta más en la vida que hablen sobre mí. Me siento importante. Hasta me siento menos perro.
Es raro porque casi siempre las personas se detienen a elogiar a los perros de raza. No lo entiendo muy bien porque son todos iguales. ¿Qué tiene de particular un labrador? Es igual a cualquier otro labrador. ¿Qué tiene de particular un chihuahua? Es igual a todos los chihuahuas. En cambio, los mestizos, los callejeros, somos todos distintos. Cada uno tiene su particularidad y su personalidad.
Bueno, es lo que advirtió este señor que se detuvo para hablar con Fina. Era bajito, de espaldas anchas, ojos claros y piel percudida y amarronada por el sol excesivo. Me acarició la cabeza y me empezó a tocar por todos lados. Por unos segundos me puse un poco nervioso. Le dijo que si estuviéramos en el campo, él me "compraría". "Es pastor", dijo. Fina no entendía nada. Ahí nomás, me agarró la pata trasera y le mostró mi dedo-espolón. Los pulgares de mis patas traseras no sirven para nada y tienen una uña molesta que se enrosca y siempre me tienen que cortar para que no se encarne. Siempre me molestó tener esos dedos inútiles, son como tener dos verrugas en la garganta. Pero ahora parece que te hacen "pastor". "Los perros que tienen espolón son buenos para el campo", dijo. Pero eso no fue todo. Le dijo que yo era un "cuatro ojos". Nosotros no entendíamos nada porque, que yo sepa, tengo sólo dos ojos y creo que son suficientes. Me tomó el hocico y le mostró a Fina las dos manchitas marrones que tengo sobre los ojos. "Esto hace a un cuatro ojos. No hay muchos. Los cuatro ojos son especiales. Son únicos. Señora, tiene un gran perro".
Yo te digo algo, diario. No sé si este señor era cuerdo o de dónde saca sus teorías sobre los perros. Pero Fina dijo que era sabiduría campera, quedó orgullosa y se lo contó a Pablo, que sonrió. Me gustó el comentario y me lo guardé en un bolsillo de mi mente, porque no creo que en mi vida vuelvan a elogiarme así. Cuatro ojos... Faaaaaaa...

viernes, 29 de enero de 2010

Pastor


Hola, diario. Creo que soy pastor. Sí, como lo oíste. Te explico cómo me di cuenta. Ayer vinieron a visitarnos varios amigos de Pablo. Vino Margarita, una vecina que vive dos pisos más abajo, de una dulzura total; Christian, un rubiecito macanudo que se tira al piso conmigo para jugar; Laura, algo así como mi madrina, porque estuvo el día que me fueron a buscar a MAPA; y cinco más.
Tomamos unos mates en casa, charlamos, escuchamos música y, como nos estábamos muriendo de calor, salimos a la calle a pasear. En las primeras cuadras de caminata me di cuenta de que algunos seres humanos no son organizados. Caminan en grupitos. De los nueve (contando a Pablo), dos se paraban a mirar una vidriera, uno compraba una botella de agua en el camino, tres caminaban fumando (que espantoso es el olor a cigarrillo), otros tres se detenían esperando a algún otro… y así todo el tiempo. Me empecé a poner de malhumor. “No pueden ser tan desorganizados”, pensé. Entonces me puse a trabajar. Corrí hacia los dos que caminaban primero y, con el hocico, hice que se dieran cuenta de que los demás quedaron rezagados. Ahí corrí raudamente hacia los últimos, así los del medio se daban cuenta de mi trabajo. Eran Pablo, Laura y Margarita. “Chicos, apuren, así no vamos a llegar nunca”, les dije con la mirada, obviamente. Se dieron cuenta y se apuraron. Y, de ese modo, los del medio también se unieron. Caminando en círculos alrededor del grupo logré que, por unos minutos, estén reunidos. Pero cuando pasamos por un parque, ahí se me volvió a dispersar el rebaño. ¡Lo que me costó reunirlos! Me agarró una desesperación… no quería que quede ninguno solo, desprotegido, para que no le pase nada. ¡Mirá si se nos perdía Laurita, por ejemplo! Corrí hacia uno y hacia otro. Descubrí que puedo emprender carreras cortas, de dos metros, frenar y, de una vuelta rápida, volver al mismo sitio. Y luego de juntarlos a los hocicazos, tenía que dar vueltas a su alrededor. Los muy egoístas no me dejaron disfrutar del parque porque me tuvieron laburando* todo el tiempo.
Luego de caminar como dos horas, decidieron sentarse en un bar con mesitas afuera, en la vereda. Un acto de generosidad conmigo, para que pueda quedarme con ellos. Ahí juntaron tres mesas y se sentaron, casi en círculo. Yo me ubiqué en la punta, cerca de Pablo, observando el orden y orgulloso de que el rebaño por fin esté quieto y nutriéndose. Soy re-pastor, che.
No sé bien cuál es la explicación de esta nueva obsesión que descubrí en mí. Tal vez algún ancestro mío haya vivido en el campo en medio de animales artiodáctilos cornudos o lanudos. O a lo mejor se reencarnó en mí un pastor... o se reencarnaron varias ovejas en los amigos de Pablo.
*Trabajando.

lunes, 25 de enero de 2010

La alegría de ser un buen recuerdo


Hola, diario. Ayer estuve muy confundido. Estábamos con Pablo en el balcón, disfrutando del solcito de la media tarde y sonó el timbre. Pude reconocer un olor familiar. Cuando bajamos a abrir no podía creer lo que estaba viendo. Afuera, con una sonrisa gigantesca, esperaba Andrés... ¿Recordás a Andrés?
Empecé a chillar, a lloriquear de la emoción y a dar saltos como un canguro. Andrés es una de las personas más buenas que conocí en mi vida.
Cuando mi primera adoptante no pudo tenerme más, al año y medio, él me llevó a su casa. Allí viví hasta cumplir los dos años y lo amé con toda mi alma. Vivíamos también con su esposa y sus suegros, en una casa muy cómoda, con un patio precioso para poder jugar con la pelotita de tenis y correr en círculos. Pero había un problema. Cuando Andrés y su esposa se iban a trabajar, me quedaba solo con sus suegros. Ella era indiferente conmigo, pero él se irritaba cada vez que le pedía ir a jugar o salir a hacer pis. Varias veces me pegó un par de escobazos. No sufrí mucho porque aprendí a esquivar esos escobazos. Pero todavía me queda un pequeño reflejo cuando alguien levanta un palo o algo parecido. Me quedó un pequeño susto... un traumita...
Cuando Andrés se enteró de eso se peleó a los gritos con su suegro. Esa noche supe que pasaría algo. Siempre me dejaba dormir a un costadito suyo, sobre la cama. Ahí aprendí a dormir entre los humanos. Al día siguiente, Andrés me llevó a MAPA y me dejó ahí, con lágrimas en los ojos y múltiples abrazos. Pensé que nunca más lo vería, pero venía todos los días y se quedaba a mi lado toda la noche. Aceptó ser voluntario nocturno sólo para estar conmigo hasta que me adopten. Allí estuve con él durante casi tres meses, hasta el día en que llegó Pablo.
En aquél momento supe que nunca más volvería a ver a Andrés. Por eso me sorprendió tanto su visita. Por algunas frases sueltas que interpreté en la conversación de ambos, me parece que llamó a Pablo para preguntarle cómo estaba yo, y lo invitó a casa.
Estuvimos jugando un buen rato y me di cuenta de que toda la charla giraba sobre mí porque todo el tiempo me observaban con cariño o me palmeaban la cabeza. Me generó una confusión enorme. Los miraba mirarme y no podía discernir entre el amor que sentía por ambos. Un solo amor, gigante como el universo, para dos personas. Entonces me inundaron la cabeza una cantidad considerable de interrogantes. ¿Para qué vino Andrés? ¿Sólo para visitarme o para llevarme otra vez con él? ¿Si fuera para llevarme, qué hago? Lo quiero muchísimo, pero ahora vivo con Pablo. ¡Qué confusión!
Las dudas se disiparon al cabo de unas dos horas. Andrés se levantó de su silla, avanzó hacia mí y me habló con una ternura que nunca voy a olvidar. De pronto, Pablo dijo: "¿Vamos?". Por reflejo, di dos largos saltos. Andrés se sorprendió. En las épocas que vivía con él, no hacía esa morisqueta. Los tiempos habían cambiado un poco.
Bajamos hasta la calle y caminamos los tres hasta la esquina. Allí, Pablo y Andrés se despidieron y me miraron. ¡Qué confusión! ¿Qué tenía que hacer? ¿Volver con Andrés o quedarme con Pablo? Hasta ese momento, estaba seguro de que Pablo era ya mi referente y Andrés formaba parte de uno de los mejores recuerdos de mi pasado. Pero en ese momento, me encontraba confundido. Andrés se agachó, me acarició muy fuerte y se despidió de mí. Avanzó hacia la derecha, y Pablo hacia la izquierda, hacia nuestra casa. No supe a quién seguir. Me quedé en el medio observándolos a ambos. Lo miré a Pablo unos segundos y emprendí una carrera rápida hacia Andrés. Pegué un salto hasta poder lamerle la cara, le dije adiós con la mirada y volví en rauda carrera hacia Pablo. El pobre estaba pálido. Creo que pensó que me iría con Andrés, porque me dio un abrazo fuerte y un beso enorme en la cabecita.
En esos segundos de discernimiento me di cuenta de que los quería a ambos, pero que había decidido qué vida quería para mí y con quién. Y no tengo dudas.
Estoy feliz por la visita de Andrés. Es fantástico saber que no te olvidan y que te siguen queriendo. ¡Qué invento fundamental la memoria!

sábado, 23 de enero de 2010

Hijos


Hola, diario. Anoche salimos a pasear con Pablo y me encontré con Morena. Hace mucho que no nos veíamos, aunque cuando pasaba por la puerta de su casa, sabía más o menos qué estaba haciendo y cómo estaba debido a su olor. La vi, ahí paradita, con su amiga humana y me quedé atónito. Aunque sólo por la presencia de su olfato hubiera sabido de lo avanzado de su embarazo, fue un shock emocional haberla visto. Ahí quietita, con su panza enorme que debía tener por lo menos ocho cachorros dentro. Corrí hacia ella pero me detuve a un metro. Con mi cola que no podía parar de moverse de un lado a otro, mi cabeza erguida y mis orejas atentas. Nos miramos serios. No supe bien qué hacer. Tenía ganas de volver a invitarla a correr sin parar a lo largo de la cuadra, de saltar y revolcarnos en la vereda hasta descomponernos de risa. Aunque supe muy bien que no se podía. Entonces me acerqué, sólo con la intención de darle un beso. Pero me gruñó.
El pecho se me sacudió. No podía ser un cambio tan abrupto en su personalidad. ¿Cómo se puede pasar de un "te quiero" pasional a un "mantenete alejado"?
Tanto Pablo como Marcela, su amiga humana, le hablaron. Creo que la hicieron recapacitar. Pablo, como buen hermano, me abrazó fuerte. Pero de pronto, Morena se acercó a mí. Lentamente, cansada y resignada. Y me dio un besito tenue, pero sincero y melancólico, en mi hocico. Me volvió el alma al cuerpo. Le devolví el cariño y dejó que la huela por todos lados. Tenía curiosidad por saber cuántos chicos tenía dentro y de qué sexo eran. Me di cuenta de que sólo faltaban días... horas... para que nazcan.
Nos quedamos un rato largo hablando con nuestra mirada y le ofrecí todo mi corazón para lo que necesitase. Es una madre soltera (porque el muy turro que hizo eso nunca más apareció) y no podrá con todos esos críos. Creo que está resignada. No me dijo ni que sí, ni que no. Nos despedimos con mucho cariño. Con un amor transformado. Y me quedé pensando y meditando toda la noche en eso de engendrar. Nunca podré hacerlo. Ya lo sé. ¿Será justo? ¿Por qué habrá tenido que ser así? Me abracé a Osito y a Chanchito y me dormí. Soñé cómo serían mis cachorritos. Seguramente parecidos a los que tendrá Morena.

miércoles, 20 de enero de 2010

Los regresos son hermosos


Hola, diario. Estoy contentísimo y no puedo evitar dejar de dar saltos de alegría. Quiero llegar alto hasta poder volar como esas palomas pelotudas. ¡Ayer llegó Pablo! Iupiiiiiiiiii... Por un momento pensé que no volvería más.
Hoy vinieron Fina y Raúl más temprano que nunca, me dieron de comer, dimos un paseo rápido y volvimos a tratar de disimular el colchón roto con las sábanas. Algo extraño estaba ocurriendo. Supe que algo pasaría. De pronto, estaba echado a los pies de Raúl, mientras veía televisión y olfateé algo. Enseguida me di cuenta de que la felicidad ya estaba en la esquina. "Si no me equivoco, Pablo está cerca", pensé. Corrí sin dudar hacia la puerta y me quedé ahí parado, atento, con la mirada clavada en esa madera pintada. Calculé más o menos los pasos que él daría entre la esquina y la puerta del edificio. Su aroma estaba más cerca. Ahora estaba seguro. Comencé a chillar. No lo pude evitar. Y con mis patitas hice gestos como de zapatear. "Ay... cuándo viene... cuándo viene...", pensaba impacientemente (la paciencia es una virtud que tardo en adquirir). Escuché el ascensor y la atmósfera "amigo del alma" se acercaba cada vez más. Llegó el momento y no pude contener el llanto y un par de ladridos. Él estaba en la puerta intentando entrar. Cuando la abrió me abalancé sobre él y lo hice perder el equilibrio y fue a parar de culo en el piso, pero muerto de risa. No dejé que se incorpore y creo que le di como mil lengüetazos. Le dejé la cara empapada. Le daba un beso, pegaba media vueltita y daba un medio salto con mis patas. No podía parar. Me sentí poseído por un caniche toy porque no podía quedarme quieto.
De pronto, advertí que traía una valija* enorme y una mochila. Me dio curiosidad y quise ver qué había ahí dentro. Abrió la valija, sacó una bolsa y me la dio. Cuando la abrí con los dientes, descubrí un osito rosado con una pelota adentro. ¡Era precioso! Me dijo que no se llamaba Osito, sino Chanchito. Adoro a Chanchito. Corrí por todos lados con él entre los dientes, y dejé que lo arroje lejos para ir a buscarlo. ¡Cómo nos cagamos de risa!
Bueno... hasta que descubrió el colchón roto. Ahí se puso serio. Muy serio. Me retó un poco, pero sin elevar la voz. Yo me hice el boludo y miré para otro lado varias veces, como quien ve pasar a una mosca. Creo que el hecho del regreso hizo que mi berrinche pase más desapercibido. Creo que se resignó a tener que dormir un tiempo con un pedazo de colchón menos.
Me di cuenta de que, en mi vida, los viajes siempre serán sinónimo de espera; pero los regresos volverán a ser deseo, sueño. Me voy a jugar con Chanchito.

* Maleta.

lunes, 18 de enero de 2010

Bronca


Hola, diario. ¡Hice un quilombo*! Te tiro el titular: "Rompí el colchón". Y sí... dejame de hinchar... ¡Hace como quince días que Pablo se fue! Yo lo estoy pasando bien, Fina y Raúl me dan todo lo que necesito y más, pero los perros no nacimos para vivir solos en un departamento de dos ambientes. Ayer extrañé a Pablo más que nunca. Pensé en sus olores, en el sonido de su voz, en el cronograma de actividades que diariamente teníamos... Y no resistí. Como no puedo gritar, ni dar puñetazos en la pared, se me ocurrió hacer pomada el colchón. Me subí a la cama y, con toda la furia, le saqué las sábanas y comencé a hacer trizas toda una de las esquinas del colchón. Después me arrepentí, pero ya era tarde. Toda la habitación estaba alfombrada de los restos del lugar donde dormíamos todas las noches.
Cuando llegaron Fina y Raúl para hacerme compañía se armó la podrida*. Nunca me habían gritado los abuelos. Me retaron muchísimo. Tanto que me asusté y me quedé en un rincón observando cómo limpiaban toda la habitación y trataban de disimular con las sábanas el pedazo de colchón que faltaba. Luego, me quedé escondido un buen rato en el baño, hasta que se les pasara el enojo.
Pero bueno... ¡tanto espamento! Si todavía sirve... Yo dormí en el medio de la cama y no notás que le falta una parte.
Yo también tengo derecho a expresarme. Y si el otro se va quince días a estar tirado panza arriba bajo el sol y me deja a merced del verano porteño, se lo tengo que hacer notar. Así no lo vuelve a hacer. He dicho.

* Lío.

viernes, 15 de enero de 2010

Mi hermana gata


Hola, diario. Ya le agarré la onda a Zsá Zsá. Directamente no nos damos bola*. Ahora se acostumbró a verme y me observa a la distancia. O desde arriba de un mueble o escondida debajo de otro. Eso sí, cuando ella pasa del living a la cocina, me tengo que hacer a un lado porque, si no, me hace: “fsssssss”. Uy… cómo la odio cuando hace eso. Decí que soy educado. Yo ni siquiera le ladro. Bueno, en realidad, me intimida un poco, para qué negarlo. Así que, cuando pasa, me hago a un lado, como un señorito, y la dejo que haga su vida.
Ya no me cae tan mal. Simplemente es una cabrona, una antipática. Pero en la familia la quieren. Sé que algunos no quieren a los gatos. Pero, ¿sabés por qué? Porque no los conocen y porque los ven muy parecidos a las personas. Son independientes, arrogantes, individualistas, te ofrecen cariño sólo cuando ellos quieren, son avaros y se creen libres pero, en el fondo, siempre van a depender de otro.
Por eso, lo pienso bien, y los gatos no me disgustan.

* Nos ignoramos.

jueves, 14 de enero de 2010

Un cafecito


Hola, diario. Ayer estuve intranquilo. Tuve ganas de destrozar algo. Me indigna que ya hayan pasado dos semanas y Pablo no regrese. ¿Qué se piensa? ¿Que uno puede abandonar a un ser querido así nomás... por ir a tomar sol? Me contuve, pero no rompí nada, aunque ya le di un ultimatum al colchón. Si no vuelve en un par de días, lo sacrifico.
Fina y Raúl me malcrian bastante. Me parece que, cuando regrese, Pablo se va a asustar cuando me vea. Estoy gordo. Me dan de comer muchas cosas ricas y, aunque estoy bien alimentado, tengo hambre todo el tiempo.
Creo que, de a poco, dejo de ser perro. Es que, sobre todo, Fina me sumerge en lujos que sólo los seres humanos se pueden dar. Por ejemplo: el café. Luego de comer, siempre ella y Raúl se toman un cafecito. Los otros días, estuvo María Elena, la hermana de Pablo, de visita. Cuando vio que Fina, al finalizar el café, me puso un poquitito en el platito para que yo lo tome, preguntó por qué lo hacía. "Le va a hacer mal", dijo. Fina le respondió: "Noooo... Lo despeja un poco". Y me siguió dando café, lo más pancha*. Así que el café despeja. No sé cómo se prepara, sino, en estas últimas noches de insomnio que tengo, por extrañar a Pablo, me tomaría unas cuantas tacitas de café, para que me despejen un poco la mente.

* Tranquila.

martes, 12 de enero de 2010

Palomas

Foto: http://www.flickr.com/photos/mat_oasis/

Hola, diario. Ayer me cagó una paloma. No me enojé. Es una justa venganza. Sólo que el pobre Raúl estuvo un buen rato fregándome el lomo con agua para sacarme de encima esa asquerosidad que me daba una nueva mancha al lomo.
Te cuento: cada vez que salimos a dar una vuelta, en el mismo lugar -al lado de un barcito- hay una bandada de unas veinte palomas que se juntan a comer restos de comida. Casi siempre están en la vereda picoteando. Yo las veo desde la esquina y, sin preparativos, emprendo una carrera veloz sobre ellas, seguida de cuatro ladridos secos. No las quiero cazar, ni hacerles daño. Sólo me gusta muchísimo cómo levantan vuelo vertical por el susto. Me causa mucha gracia porque a las más gordas les cuesta tener ese reflejo rápido. Cuando queda alguna rezagada, doy una media vuelta y les vuelvo a ladrar hasta que no queda ninguna en tierra. Luego se quedan puteándome en el árbol o en el cable del teléfono. Y yo las miro con picardía, me paro derechito y me voy caminando como si nada hubiera pasado.
Sé que lo mío es de bravucón... o también de cancherito barato. Pero es un juego diario que me divierte mucho. Y, en el fondo, creo que a ellas también les pongo un momento de aventura en su monótona vida.
Esta situación ocurre desde que vivo con Pablo, casi todos los días. Últimamente, las guachas ya me tienen junado* y vuelan apenas llego a la esquina. Cuando paso les hago: "Pfffff". ¿Y sabés lo que hicieron un par de veces? Llegué al lugar y estaban todas formaditas sobre el cable, mirando hacia abajo como burlándose de mí. La primera vez las miré fijo como insultándolas y sentí como me decían: "Subí, si podés". Ayer pasó lo peor. Me paré debajo del cable, observándolas por unos segundos y una de ellas hizo sus necesidades, desde las alturas, sobre mí. Rompí mi relación con esas palomas. Aunque acepto que es una buena venganza a tantos sustos que les di.
De todos modos, diario, envidio esas alas que tienen. Debe ser divertido volar sobre toda la ciudad y echar un vistazo de todo lo que ocurre. Ellas no tienen nariz. ¡Sabés qué bueno sería poder olfatear todo desde ahí arriba! Sería como leer el resumen de las noticias. Como saber los titulares. Pero bueno, me tocó tener las patas siempre sobre la tierra... pero la cabeza, muchas veces, en las alturas.

*Ya me conocen.

sábado, 9 de enero de 2010

Ego herido


Hola, diario. Me duelen las costillas. Hoy me cagué a piñas* con un soberbio en la plaza.
Fina y Raúl me están llevando casi todos los días a la plaza y eso me encanta. Hay olores de todo tipo y te podés enterar de todo lo que aconteció en el barrio si sos detallista con cada aroma. Descubrís humores, sucesos, estados físicos, edades... El olfato es una maravilla que nos dio la naturaleza. A su vez, me divierto espantando a las palomas o jugueteando con algún que otro perro. Ya te conté que cada vez me vuelvo un poco más arisco al contacto con mis congéneres. Sobre todo con los machos. Yo soy muy abierto y estoy de acuerdo con eso de que cada uno ame a quien quiera, diario, pero definitivamente no me gustan los machos. Y viste que algunos se te acercan sin siquiera invitarte a hacer pis en un árbol y, en dos segundos, se te quieren montar porque no encontraron a ninguna hembrita a mano. Uy... cómo me enoja eso. Los saco cagando. Lo mismo esas hembras regalonas que, sin darte tiempo a que las cortejes y les digas lo lindas que están, se te tiran panza arriba delante tuyo con sus partes al viento. No sé, diario, seré un poco conservador todavía y tendré que adecuarme a estos tiempos, pero por ahora prefiero estar así.
La cosa es que me puse a jugar con una petisa hermosa... rubia, delicada y de pelos muy largos. Estaba recién bañada y olía a flores. Le hablé un poquito, corrimos dando círculos hasta caernos sobre el césped y nos reímos muchísimo. Pero de pronto, apareció el bravucón de la película. Un estúpido alto y peludo. Avanzó hacia nosotros erguido, con su cola hacia arriba meciéndose como un péndulo, y se interpuso entre ambos. La petisa metió su rabo entre las patas. Era obvio que no le gustaba. Y yo le hice saber que estaba de más. ¿Podés creer que ni se movió? Me clavó la mirada varios segundos y comenzó a elevar la comisura de sus labios para mostrarme sus dientes llenos de sarro. Y de inmediato, sin darme tiempo, se me tiró encima. Nos mordimos un poco y rodamos en el césped, pero no como con la petisa. Como un pequeño ciclón de pulgas y pelos. Fina y Raúl estaban desesperados y el acompañante del grandote pelotudo también. La cosa es que estaba claramente en inferioridad de condiciones y... me rendí. Me puse panza arriba, quieto, con mis patas delanteras en mi esternón. Él se dio cuenta, resopló y se fue. Para ese entonces, la petisa ya estaba en brazos de su amiga y me miraba triste mientras se alejaba. ¿Pero qué iba a hacer? Ese idiota analfabeto podía haberme quebrado la garganta. Sólo me lastimó una pata, me hizo un pequeño corte en el hocico y me dejó un golpe en mi costado derecho. Fue un golpe al ego. La primera vez que me rendía en mi vida. Definitivamente, no soy un macho alfa. Sino me la hubiera bancado. ¿O sí? ¿Será que tendré muchos golpes en la vida para darme cuenta? ¿Más victorias y rendiciones? Ay, no... yo soy un perro civilizado, che. De ahora en más, mi relación con este tipo de gentuza será limitada. ¡Volvé, Pablo!



* Me peleé.

viernes, 8 de enero de 2010

Guardián


¡Me puse como loco! ¡Me puse como loco! ¡No sabés lo que me pasó ayer, diario! Íbamos caminando por la calle con Raúl (yo te conté que camina despacito) y, desde lejos, olí a un mechudo que no me gustaba nada. Con exactitud podría decirte que, por lo menos, hacía una semana que no se bañaba. Llevaba la camisa toda desvencijada y los pantalones raídos. Vi que lo observaba a Raúl, así que me puse alerta. Cuando estuvimos muy cerca, lo miró fijo y le dijo algo. ¡Me puse como loco! ¡Lo empecé a putear* en mi idioma sin parar! No amagué morderlo porque tenía miedo de pescarme una infección. Raúl me calmó, me acarició y escuché que le dijo al tipo: "Las tres y veinte". Luego, el roñoso siguió su camino.
Y bueno... me equivoqué. Pero guay... descubrí que soy re-guardián. Mirá si ese atorrante le hacía algo a Raulito, que es tan frágil. No lo hubiera permitido. Tomé una decisión de por vida: Nadie, ni humano o perro, le hará daño a ninguno de mi familia.
Los gatos no sé... lo voy a pensar. Les tengo algo de miedo.


*Insultar

miércoles, 6 de enero de 2010

Abuelos


Hola, diario. Estoy haciendo vida de soltero. Como era de suponer, Pablo no volvió. Se fue de viaje. Ahora vivo solo en un dos ambientes con balcón a la calle. Te cuento cuál es mi nueva rutina: Muy temprano, viene Raúl, se toma unos mates conmigo y salimos a pasear. Luego de dar unas cuantas vueltas, nos vamos a su casa, con Fina y la diplomada en relaciones públicas Zsá Zsá. Allí nos pasamos to-do el día. Ellos no se revuelcan en el piso para jugar, como hacen Pablo y sus amigos, pero me dan de comer mucho. Y cosas riquísimas. Fina cocina todo tipo de carnes y pollo y yo siempre ligo un buen plato de lo que ellos comen. A su vez, me dejan hacer algo que me encanta: asomar la cabeza en la mesa y lamer lo que queda en los platos de las personas. Un placer... una partitura de sabores.
También descubrí el café. Ambos toman un cafecito al finalizar el almuerzo y, como me dio curiosidad su aroma, Fina me hizo probar un poquito. ¡Me encantó! Ahora nos tomamos un cafecito, cada tanto, y charlamos de la vida. Porque entre nosotros tenemos una comunicación impresionante. Ella dice que tengo unos ojos preciosos. Qué se yo... Si lo dice. Sé que soy un poco fachero*.
Cuando cae la tarde, caminamos las ocho cuadras que nos separan de nuestras casa, y me quedo solo y libre de actos en el departamento. No está tan mal lo del viaje.
Pero... ¿cuándo volverá?

*Guapo.

martes, 5 de enero de 2010

Viaje


Hola, diario. Ayer no te escribí porque pasé todo el día medio bajoneado*. La noche anterior estuve con la intuición a pleno. Sabía que algo iba a pasar y tenía algo así como un sentimiento de tristeza. Me pasé mucho tiempo con mi hocico sobre los pies de Pablo y no me cansé de observarlo. Luego, pasó algo que me inquietó muchísimo. Tomó una valija* enorme y comenzó a guardar allí muchas de sus pertenencias. Sabía que no se iría al gimnasio porque siempre lleva menos cosas. ¡Hasta guardó zapatos y dos libros! No pude contenerme y chillé un poco. Él se dio cuenta de que intuía algo tremendo.
Dormimos como siempre, pero más juntitos. Yo deseaba sentir su calorcito más que nunca. No me quería dormir. Tenía la necesidad de sentir su respiración, de ver sus ojos cerrados e imaginar qué estaría soñando. Así me quedé observándolo durante varias horas, hasta que me atrapó el sueño.
El reloj despertador sonó muy temprano. Mucho más que de costumbre. Él se despertó de un salto, se dio una ducha y me hizo jugar un poco. Ya todo estaba confirmadísimo. Había guardado su cepillo de dientes y sus ojotas.
Lloré un poco y él supo que yo ya me había dado cuenta de que se iría de viaje.
Me sacó a pasear y, cuando volvimos, me abrazó y me dio muchos besitos. Lloré y yo también lo abracé. No sabía dónde poner mi cabeza y puse mi frente sobre la suya. Estaba viviendo una nueva sensación. Por un momento, tuve el impulso de meterme en su valija, pero estaba tan llena que no entraba.
Sonó el timbre. Eran Fina y Raúl. Por un lado me quedé más tranquilo porque no estaría solo vaya a saber cuántos días. Bajamos a despedir a Pablo, a quien lo esperaba un coche en la puerta, donde guardó su valija y una pequeña mochila. Nos abrazamos por última vez y lloré mucho. No quise que se suba al auto y, pobre Raúl, tenía que tirar fuerte de mi correa porque yo estaba desesperado. Cuando el auto arrancó, vi a Pablo en la ventanilla, saludándome y con algunas lágrimas en los ojos. No aguanté más, junté fuerzas de donde pude, y me solté. Corrí, corrí y corrí detrás del auto hasta que las fuerzas no me dieron más. Creo que Pablo nunca me vio. Quedé observándolo mientras se alejaba y tuve un sentimiento de abandono muy grande. En ese momento es cuando confirmé cuánto lo quería. Estaba dispuesto a seguirlo adonde sea.
Despacito, emprendí la vuelta y, a lo lejos, sentí la voz desesperada de Fina y de Raúl. Me di cuenta de lo que había hecho y corrí muy rápido nuevamente, pero hacia ellos. Pobre Fina, estaba llorando. Ahora me ajustaron un poco más el collar, para que no se me suelte.
Estuve todo el día con ellos, pero un poco triste. Lo extraño. Qué lindo sentimiento de amor es extrañar y saber que el otro va a volver.
*Apesadumbrado.
*Maleta.

domingo, 3 de enero de 2010

Ego


Hola, diario. Estoy orgulloso porque mucha gente nos está siguiendo. Anoche dejé que Fina y Pablo lo lean desde la computadora. Quedó registrado.

sábado, 2 de enero de 2010

Piscina


Hola, diario. Ayer viví uno de los días más divertidos de mi vida. Anteanoche estuvimos en casa charlando hasta tarde con dos amigos de Pablo: Fernando y Mirita. Nos divertimos mucho. Sobre todo Fernando, me hace divertir bastante. Tiene la habilidad de comer o beber y, al mismo tiempo, arrojarme la pelota para que la busque. Llegado el momento, Pablo empezó a llenar su mochila con un poco de ropa suya y vi que también guardó mi correa y una pelota. Zas. "Nos vamos de viaje", pensé. Casi.
Los cuatro nos subimos al coche de Fernando y viajamos durante casi una hora. Nunca viajé tanto tiempo en auto y fue fantástico sacar la cabeza por la ventanilla y sentir el aire en la cara. Hasta jugué a atraparlo... la macana es que después me llené de peditos.
Bueno, parece que este chico Fernando vive lejos, así que llegamos a su casa, finalmente. Pre-cio-sa. Me encantaría vivir en una casa así. No tiene ascensor. Es sólo para él. Con un parque enorme, plantas, árboles y un pozo enorme, rectangular, lleno de agua, al que le llaman piscina.
Recorrí un poco el lugar y, por las dudas, dejé mi marca en varios sectores del parque. Del otro lado de la valla que separa la casa de Fernando con otra, advertí que había dos rottwailers. Los odio. No les tengo confianza. Suelen ser unos bravucones peligrosos. Uno de ellos se acercó, me vio y empezó a gruñirme detrás de la verja. ¡Me dio una bronca! El colmo de la malaeducación. ¿Sabés qué hice? Lo meé. El urso no lo podía creer y yo me fui moviendo la cola, contento y muerto de risa.
Enseguida vi los preparativos para irnos a dormir. Me intranquilicé. De inmediato advertí que había una sola cama. ¿Adónde iba a dormir yo? No me gustó lo que idearon. Mirita y Fernando dormirían en la cama grande y Pablo y yo en un colchón, en el suelo, al lado suyo. Pablo estuvo de acuerdo, pero yo no y se los hice saber. Quise subirme a la cama varias veces, pero no me dejaron. En un momento, Pablo me abrazó y se quedó dormido. Yo pensé: "Si querés dormir en el suelo, dormí vos, yo no". Así que, despacito, me subí a la cama sin que se den cuenta, y me escurrí entre Mirita y Fernando. Me quedé dormido como ellos y sé que les provocaba calor, porque me creció el pelo y estoy peludo nuevamente. Como se movían bastante pensé que éramos muchos en una cama. Así que puse mis cuatro patas sobre la espalda de Fernando e hice palanca sobre el cuerpo de Mirita, para sacarla de la cama. Pero no me salió bien. Cuando ya estaba a punto de caerse, pegó un grito: "¡¡¡Francisco!!!". Bueno, conclusión: me echaron de la cama y volví al piso, con Pablo. Pero creo que les causó gracia mi treta porque se rieron bastante. De todos modos, estuve como dos horas durmiendo con ellos y no se dieron cuenta.
Por la mañana, Pablo se despertó temprano. Los otros dos seguían apoliyando*. Se levantó y, como es debido, lo seguí. Fue directo al parque y me encantó la idea, pero, de pronto, noté que comenzó a tomar carrera hacia la piscina. ¡Dios! ¡No podía permitir que se suicide! ¡Tenía que ir detrás suyo a salvarlo! ¡Qué desesperación! Fue casi al mismo tiempo. Se zambulló en el agua y yo me tiré unos segundos después. Me asusté porque él llegó hasta el fondo de la piscina y yo quedé pataleando sobre la superficie. Pero no se murió. En pocos segundos, salió a la superficie conmigo y se descostilló de risa cuando me vio. Ahí me di cuenta de que no era peligroso ese lugar. Por el contrario, era super divertido. Nos quedamos chapoteando en el agua y cagándonos de risa. Creo que pensó que Fernando se iba a enojar, entonces salimos de la piscina y nos tiramos panza arriba, bajo el sol, a secarnos.
Pero cuando nuestros amigos se despertaron y me vieron todo empapado, me invitaron nuevamente a tirarme al agua. Diario, no sabés cómo me divertí. Adoro el agua. Me encanta. Por momentos, dudé y pensé si no sería una foca. Pero creo que no, el pescado no me gusta mucho. No quería salir del agua. Nadé de una punta a la otra de la piscina, una y mil veces. Ellos se cansaban y salían a tomar sol, pero yo me volvía a zambullir. Y, cada tanto, me sacudía el agua del cuerpo, cerca de la valla, para salpicar a los rottwailers, que me miraban fastidiados y envidiosos.
Luego llegó más gente y, por suerte, a todos les caí simpático y jugaron conmigo. Así estuvimos todo el día, hasta que nos llevaron en el coche, de vuelta a nuestro departamento.
¡Cómo adoré la casa de Fernando! Creo que cada vez que lo vea, se reflejará en mi mente la palabra "piscina". En mi vida habrá un antes y un después de la piscina. Bueno, sí, soy un exagerado.
*Durmiendo.