
sábado, 28 de mayo de 2011
Escondidas

martes, 24 de mayo de 2011
Regalitos
viernes, 29 de abril de 2011
Feliz Día del Animal
Hola, diario. Ayer estuve tratando de descifrar un poco una conversación que tenían unos amigos de Pablo y eso me llevó a pensamientos filosóficos. Parece que hablaban de alguien que no era buena persona, porque la nombraban y arrugaban la nariz y el ceño. Luego noté que uno de ellos exclamó: "¡Es una perra!". Miré para todos lados y no había ninguna por ahí... Luego los demás repitieron cosas como: "¡Sí, es una terrible perra!". Y me di cuenta de que no hablaban de ningún animal, sino de una persona a la que le decían perra a modo de insulto. Me sentí muy ofendido. Me pegué media vuelta y me fui a descansar y a recapacitar en mi sillón favorito.
sábado, 23 de abril de 2011
Restos
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jueves, 31 de marzo de 2011
Travesuras gatunas
Hoy Néstor amaneció colgado de la persiana. Parecía uno de
esos muñecos que se pegan en los vidrios y no se salen más. Todo estirado, como
crucificado, pero moviendo la cabeza para atrás viendo cómo bajar. Pablo se
despertó por los maullidos y no entendía nada. No sabía si asustarse o largar
una carcajada. La verdad es que era graciosa la posición, con los brazos en
alto y las piernas colgando. Cuando lo bajó, salió corriendo del susto a
esconderse. Yo te cuento cómo fue porque lo venía vigilando desde antes de que
Pablo se despierte. Madrugó y estaba aburrido, entonces se puso a recorrer la
casa, así haciéndose el sigiloso, como siempre. En un momento se paró frente a
la persiana, que estaba baja hasta el piso porque a Pablo le molesta la luz del
día cuando duerme. La observó y no vas a creer lo que empezó a hacer: puso sus
patitas delanteras en cada una de las tablas de la persiana y comenzó a trepar.
Como si fuera una escalera. No sé qué le pasa a este chico... se cree cucaracha
que puede caminar por las paredes. Claro... llegó arriba de todo y ya no supo
bajar, así que clavó sus uñas y se quedó ahí colgado.
Néstor es muy travieso. Hace cosas que yo no haría (como
colgarme de la persiana, por ejemplo). Como tiene esa habilidad envidiable de
saltar muy alto y treparse por todos lados, se cree que tiene derecho a la
investigación en las alturas. Todo quiere oler. Todo quiere recorrer. Camina
entre los libros de Pablo con habilidad de equilibrista. También lo hace entre
unas estatuas de adorno, que están sobre un aparador. Deambula en zigzag entre
ellas sin moverlas... hasta que llega a un chino de madera. No lo quiere. Lo
empuja con la patita y el chino queda dando vueltas sobre su base redonda.
Escuché a Pablo un día, cuando regresó del trabajo, que dijo: “Este chino está
vivo”.
Pablo le compra unas ratitas de juguete. Puede pasarse toda
la tarde corriéndolas, revoléandolas por el aire. A veces me da bronca que se
divierta tanto y se las destrozo con los dientes (odio que no me presten
atención a mí). Sino, Pablo le hace pelotitas de papel y puede pasar horas
jugando con ellas. No se cansa nunca. Tiene una energía envidiable.
Pero es tan inquieto que tengo miedo de que sus travesuras
lleguen más lejos y me echen la culpa a mí.
miércoles, 23 de marzo de 2011
Pequeño manual para que no te pisen
martes, 15 de marzo de 2011
Pichín
martes, 8 de marzo de 2011
Niñez

Hola, diario. No sé cómo hacer para explicarle a este chico Néstor que mi abrigo de invierno no es su mamá. Desde que llegó está obsesionado con transformar en su mamá a todo lo que tiene pelos. Demás está decirte que lo quiso hacer conmigo, pero lo saqué cagando. Le tengo cariño y me provoca ternura, pero de ahí a dormir con un gato... a sufrir ese bochorno, de ninguna manera. Un día estaba yo acostado pensando en la nada, y se me acerca Néstor con rostro entre voraz y dulce. ¡Podés creer que, con sus patitas delanteras, empezó a rascarme la panza, así como si estuviera haciendo un paso de hiphop! ¡Me pinchó! ¡Tiene las uñas muy afiladas!
Luego hizo lo mismo con Osito 8, hasta que se acostó encima y comenzó a mamar la leche que Osito no tenía. Ahí me di cuenta de lo que le pasaba. Extraña la teta de su mamá. Pobre pibe. Otro huérfano más en este mundo. Y bueno... bienvenido al club. Ahora Pablo, que es medio huerfanito, Néstor y yo.
Como Osito 8 le resulta un poco incómodo, ahora tomó a mi abrigo de lana como su madre. Hace la misma ceremonia. Apoya sus manitos, y comienza a amasar la lana, hasta que se acuesta sobre ella y comienza a chupar. Pobre pibe. Me da una ternura... Me paro a su lado y trato de explicarle con la mirada que eso es inútil, que no es su mamá y que no va a sacar nada más que pelusas, pero bueno, no entiende.
Yo no recuerdo cuándo dejé de tener mamá. Ni tampoco cuándo dejé de ser chico. Trato de hacer memoria y recordar, pero es inútil. Algún día, mi mamá no estuvo más. Ahora que lo veo así a Néstor me dan ganas de volver a verla. Y también me dan ganas de recordar cuándo fue que crecí. No sé si fue un día que me desperté y ya estaba así de grandote o fue la sobrealimentación que me dio Fina. Creo que fue sin querer que crecí. Así sin darme cuenta.
Uno no debería perder la memoria de estas cosas. Uno debería prestar atención al crecimiento, para poder conservar un poco de inocencia, de frescura. Voy a tratar de que Néstor crezca muy de a poco. Ya está. Lo voy a educar yo. Quiero que, dentro de unos años, sea un gato de pelo en pecho, pero que conserve esa capacidad de sorpresa permanente que tiene. Espero no olvidarme.
miércoles, 16 de febrero de 2011
Un chau no es un adiós
Hola, diario. Hoy es un día triste. Tal vez más triste que
el día que se murió Zsá Zsá o que aquel día en que Pablo volvió a casa y tuve
que consolarlo durante unas cuantas horas.
Hace tiempo que Raúl no estaba bien. Ya no me venía a sacar
a pasear como siempre. Quien venía a casa a mimarme cuando Pablo no estaba eran
sus sobrinos o Fina.
Un día, fui a la casa de Fina y Raúl y lo encontré a él en
la cama. No se movía mucho, pero me dejaron acostarme con él y darle muchos
besitos en la pelada. Supe que no estaba bien, por eso, me molestaba mucho cada
vez que alguien se le quería acercar a él.
Eso pasó durante varias semanas. Un día, vino el
veterinario a querer tocarlo y le gruñí. Tanto que tuvieron que sacarme de la
habitación. Nadie iba a meterse con mi abuelo humano. Raúl no tenía moquillo,
sólo tenía mucha edad. Tal vez 18 años… o 20… ¿o hasta 25? Eran muchos años y
creo que le cayeron todos encima y lo estaban aplastando. Entonces, ¿para qué
un veterinario? En cada visita me ponía muy nervioso porque tenía mucho miedo
de que quisieran sacrificarlo.
Cada vez que nos íbamos de la casa de Fina y Raúl, Pablo me
decía: “Saludá a Raúl”. Y yo pegaba un salto sobre la cama y le lamía la
pelada. Eso se convirtió en un ritual. Y él me devolvía el saludo con esa
sonrisa enorme que te acariciaba el alma.
Pero con el tiempo noté que Pablo ya no me llevaba a la
casa de sus padres con frecuencia y, cada domingo (viste que yo sé identificar
los domingos), él regresaba invadido por la tristeza.
Ayer ocurrió algo extraño. Inolvidable para mí. Tuve un presentimiento.
Algo que me envolvió el cuerpo en una especie de capa helada. Pablo estuvo
ausente todo el día y tuve que aguantarme las ganas de hacer pis durante largas
horas. Pero supe que algo muy malo estaba pasando para que ocurriera eso. Pablo
regresó a la madrugada. Me abrazo y comenzó a sacar agua de sus ojos casi sin
parar. Le lamí las lágrimas, pero éstas parecían no tener fin. Imaginé lo que
había ocurrido. Salimos a pasear en silencio. Sigilosos. Con el alma acorralada
por nuestro corazón.
Luego se bañó y, al poco tiempo, volvió a salir. Triste.
Pasaron las horas, la preocupación, las teorías... hasta
que sentí las llaves en la puerta. Era Carolina, una de las mejores amigas de
Pablo. Me saludó muy afectuosamente, tomó la correa y me sacó a pasear. Pero
luego de pasear, me hizo subir a su auto. No tenía los colores del taxi. Era un
auto propio. Tenía el olor a dos perras de distintos tamaños y prácticamente la
misma edad. Viajamos unos 30 minutos y llegamos a un lugar. Un lugar especial.
Supe qué sitio era. Sentí los olores, las presencias, las energías… sentí el
umbral de la vida.
Subimos las escaleras y allí estaba reunida toda la gente
que conocí durante mi convivencia con Pablo. Si no fuera porque una pulga hacía
un orificio asesino en una de mis nalgas, hubiera pensado que estaba en una
especie de limbo donde todos vinieron a saludarme. Pero no, no era yo el
protagonista. Avancé sigilosamente entre todos ellos, saludé a los que pude,
hasta que vi a Pablo. Lo abracé, como siempre, y estuvimos un largo rato así. A
él le brotaba el agua por los ojos. Igual que a algunos de los demás. Mi olfato
sabía que Fina estaba por allí. La encontré y me abalancé sobre ella. También
lloraba mucho. Giré sobre mí mismo en el piso para permitirle que me rasque la panza,
algo que a ambos nos fascina. Es nuestro código. Luego la seguí hacia donde
iba. Allí un aroma me resultó conocido. Era familiar, pero extraño. Un olor que
fue cotidiano pero que había mutado y aún podía reconocerlo. Hasta que lo
descubrí. En una especie de caja larga, enorme, estaba descansando el cuerpo de
Raúl. Pude olerlo. Me erguí en mis dos patas traseras, apoyé mis patas
delanteras en la caja y vi que allí estaba, tieso, inerte, sin vida. Era la
carne donde había habitado Raúl, que ya no estaba ahí.
Me visitó la tristeza. Me dio un gran escalofrío y una
mezcla de alivio de saber que su agonía había terminado. Por eso me quedé,
vigilante, tieso, cumpliendo mi labor de “amigo para siempre”, debajo de esa
caja alargada. Allí estuve un largo rato, en silencio, percibiendo, recordando,
intercambiando mi energía con esa que rondaba, que se alejaba y no terminaba de
hacerlo.
Pasé largas horas en ese lugar, recibiendo con cordura a la
gente que llegaba y sin despegarme de Fina, de Pablo y de lo que había sido mi
viejo Raúl.
Cuando sentí el agotamiento, me volví a recostar debajo de
la caja larga y me puse a pensar en él, en su sonrisa eterna, en sus
palmadas (siempre que me acariciaba me palmeaba el lomo), en sus silbidos… Raúl
cantaba o silbaba cada vez que me sacaba a pasear. La gente lo miraba, pero a
él no le importaba. Cantaba en voz alta, orgulloso, divertido. También me
hablaba mucho. Cosas muy rápidas, en una jerga de humano adulto que no lograba
entender del todo pero que veneraba. Sus confidencias me hacían sentir
importante. Me sentía su amigo íntimo. Luego, cuando se cansaba, encendía el
televisor, se quedaba dormido y yo hacía lo mismo, tendido a su lado. Así
podíamos pasar horas.
Con Raúl compartíamos una intimidad tan alegre, tan simple,
que me hizo entender que la vida puede ser placentera y feliz incluso cuando la
persona que más amás no está a tu lado.
Físicamente sé que mi abuelo humano se fue para siempre y
me da muchísima pena. Pero sé muy bien que puedo visitarlo cuando quiera. Como
lo estuve haciendo todo ese rato. Sólo cerrando los ojos y dejando que mi
corazón lo piense tal como había sido. Así lo hice y me encontré con su sonrisa
enorme, su mano bruta para darme palmadas, y comencé a correr, de felicidad, a
su alrededor. Lo visité con el alma. Nos despedimos y, con esos ojitos llenos
de años, me aseguró que podría visitarlo de ese modo, cada vez que quisiera.
Estoy triste, sí. Pero Raúl vive adentro mío. Chau, diario,
no puedo escribir más.
jueves, 3 de febrero de 2011
Remedio
lunes, 24 de enero de 2011
El sillón y los celos
Y el sillón se volvió a mover... Como te lo adelanté. Lo
odio. A gatito nuevo hay que sumarle sillón nuevo. ¡Basta de cosas nuevas en
esta casa! Pablo y yo éramos suficientes y teníamos todo lo que necesitábamos.
Ahora tenemos un piojo peludo que anda por toda la casa a los saltitos diciendo
“mau, mau, mau” y un sillón que ocupa toda mi pared favorita y obligó a que
moviéramos todos los muebles. Esperé dos días como para volver a hacer una
maniobra poltergeist. Luego, con
todas mis fuerzas, volví a correr el sillón hasta la mitad del living. Y Néstor
me ayudó un poco en mi maniobra de destrucción. Se afiló las uñas en él por lo
menos tres veces. Pablo se enfureció. Me gritó y me dijo de todo. “Pelotudo”
fue lo más suave que le escuché. Nunca me había insultado así. Como castigo, me
dejó un rato afuera, en el patio. Ya tengo dominado ese castigo. Pongo cara de
compungido, me voy a un rincón y lo miro de reojo. No lloro, ni nada. Me las
aguanto estoico. Es la conciencia de Pablo la que me rescata siempre. Le
carcome el cerebro tanto que, al cabo de un ratito, me abre la puerta y me deja
entrar.
Al día siguiente volví a repetir mi piquete, pero con un agregado.
Con los dientes pude agarrar uno de los almohadones enormes que tiene el sillón
y lo revoleé bien lejos. Lástima que le quedaron los agujeritos de mis dientes
(no puedo controlar mi fuerza brutal). Néstor miraba asombrado pero, como todo
chico, aprovechó el lío y se puso a saltar en los almohadones y a afilarse las
uñas en la parte trasera del sillón.
No medí las consecuencias. Para Pablo fue una catástrofe.
Edilicia y moral. En primer lugar, se tomaba la cabeza y no podía creer la
semidestrucción de su sillón nuevo. En segundo lugar, creo que estaba
decepcionado de mí. Se enfureció. Tomó el diario del domingo (que es
pesadísimo) y me pegó con él en la cola. Luego me echó al patio y, como no se
le iba el enojo, me ató. Confieso que me asusté un poco. ¿Sabés qué pasó
después? Vino Néstor hacia mí y comenzó a darme besitos en la cabeza. Pablo lo
llamó para acariciarlo y darme celos, pero él se quedó firme con el desvalido.
O sea, yo. Fue el fin de mis celos de Néstor. Creo que, definitivamente, le caché
cariño.
La actitud de amor de este chico gato hacia mí hizo que
Pablo se ablande más rápido de lo previsto. Luego, como siempre. No me habló
hasta que nos fuimos a dormir y, al día siguiente: “¿Olvidado? Olvidadooooo”.
En consecuencia, no volveré a tomar represalias con el
sillón... y la paz volverá a nuestro hogar.
miércoles, 19 de enero de 2011
Sillón nuevo
jueves, 13 de enero de 2011
Compañero de juegos

jueves, 6 de enero de 2011
TOC
miércoles, 5 de enero de 2011
Como perro y gato

viernes, 31 de diciembre de 2010
Feliz Año

Néstor

sábado, 25 de diciembre de 2010
Hermano

viernes, 24 de diciembre de 2010
Monumento a la comida
martes, 21 de diciembre de 2010
Regresos festivos
Sí, ya sé, soy un capo.
No habían pasado más de diez horas de haber comenzado a tener esa sensación cuando escucho su silbido característico, a lo lejos. Luego, sus pasos, suficientes como para que me tire panza arriba cerca de la puerta. Y, finalmente, las llaves... y él, cuerpo presente. Volvió Pablo.
No sé cómo explicártelo, diario. Es una fiesta. Cada regreso de él ser me hará inolvidable. Y creo que para él también. Yo le hago toda una escena de cariño extremo, como esas películas melancólicas con perritos que ve a veces por la televisión. Lo cago a besos. No paro de darle besos, pero entre lamida y lamida, no puedo dejar de prestarle atención a su valija. Allí sé muy bien que guarda mi regalo. No puedo contener la ansiedad y quiero abrir ese puto cierre dificilísimo de romper. Cuando lo abre, meto el hocico adentro hasta que encuentro mi regalo. ¿Sabés qué me trajo esta vez? ¡¡¡A Pingüino!!! Parece un osito, pero no lo es. Es Pingüino. Tiene pico y es precioso. Estoy tan feliz de que haya vuelto. Lástima que por un tiempo me voy a sacar ese placer dulce y melancólico de extrañar. Todo no se puede.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Extrañar
Llegó el momento y, muy impune, con su valija en mano, se agachó para abrazarme. Ahí me quebré, diario, me quebré. No puedo superar este tipo de situaciones que se repiten más de una vez al año. Pensé en hablar con él al respecto a su regreso. Al principio le gruñí y le dije: "No, no me toques". Pero enseguida, empecé a lloriquear (juro que no me pude contener) y dejé que me abrace fuerte y me diga: "Ya vuelvo", como si no supiera que va a tardar unos días.
Lloré un buen rato cuando se fue.
Ahora me ocupo de extrañarlo. Es una sensación tan triste como hermosa. Tu espera tiene una respuesta, que es el regreso. Y no importa cuánto se demore ese regreso, tu espera será un aquelarre de sensaciones. Vas a sentir una cosquilla permanente en el alma que te recordará tu rol de "esperador". También vas a sentir bocanadas de suspiros que, sin saber cómo, se escurrirán de tu corazón con intensidad, decisión y desparpajo. Sentirás que no tenés ganas de ocuparte demasiado en jugar o andar saltando por la casa porque tu trabajo es esperar. Y eso hace que en tu mente esté un solo rostro: el del ser humano que te tocó en esta vida. Y creo que si me hubieran dado la opción de elegir, entre muchísimas muchísimas personas, seguramente habría elegido a Pablo. Pero con soberbia de perro te voy a decir algo, diario: Pablo me escogió a mí entre muchísimos perros. Y creo que está feliz. Y que también me extraña. Aunque intuyo que no es un "esperador" como yo, sé que es un gran extrañador. Prontito llegará, abrirá sus brazos, me abrazará, me rascará la panza y sacará de su valija una pelota o un Osito 8. Y yo volveré a ser feliz plenamente.
* Maleta.
jueves, 2 de diciembre de 2010
Intuición

viernes, 26 de noviembre de 2010
Pasillos
Hola, diario. No te das una idea de cuánto me gustan los pasillos. Qué gran invento los pasillos. Cuando vivíamos en la casa anterior teníamos un pasillo corto que nos conducía desde la calle hasta el ascensor. Pero ahora no necesitamos ascensor porque estamos abajo de todo. En la tierra, como deben estar los seres con patas. Y desde nuestra casa hasta la calle hay un pasillo muy largo. Me fascina correr a toda velocidad por él. Claro, tiene sus riesgos. Los escuetos escaloncitos que hay por la mitad no son problema porque ya los tengo junados* y pego un salto antes de que aparezcan. El problema surge cuando el turro del portero ese que me cae muy mal, el tal Alejandro, lustra el piso. Ahí sí, cuando ocurre eso, me pego unas patinadas impresionantes. Las otras noches pasó algo de lo que me avergoncé muchísimo. El piso estaba muy patinoso y la velocidad me jugó una mala treta. Seguí de largo y me "tragué" la puerta de entrada. ¿Podés creer que en lugar de asustarse, Pablo y el vigilante se mataron de risa? Bueno, reconozco que debe haber sido gracioso. Yo pegué un pequeño chillido, pero después me incorporé y puse cara de "acá no ha pasado nada".
No me amedrentó eso. Cada vez que entro a algún lugar con un pasillo, tomo carrera y lo invado velozmente. Para eso están los pasillos.
*conocidos.
domingo, 21 de noviembre de 2010
Matanza de pulgas

sábado, 20 de noviembre de 2010
Estoy habitado

jueves, 11 de noviembre de 2010
Pequeño manual instructivo para recibir caricias
Hola, diario. Yo sé que cuando me pongo panza arriba
intimido. Es que no me puedo contener. Seguramente vos tomás agua y te
alimentás para sobrevivir. Bueno... yo también lo hago. Pero, además, yo
necesito que me mimen. Creo que si no me muero de tristeza. Tengo dos tácticas
para recibir caricias constantes. La primera es acosarte con mi hocico. Busco
tu mano y le doy un sacudón brusco para arriba con mi hocico de manera tal que
caiga de canto sobre mi cabeza. Así, sin que te des cuenta, te obligo a que me
rasques la cabeza. Uy qué placer... Vi que los humanos se acarician en la cara.
Cuando me acarician la cara me siento persona y me encanta. Puedo quedarme
horas así. Y si se te ocurre deslizar un poco tus dedos y rascarme la base de
la oreja o detrás de ella, puedo quedarme inmóvil durante horas. Algunos se
ríen porque ese comienzo de caricias, a veces, hace que me vaya derritiendo de
a poco. Me flaquean las patas y termino en el piso. Claro que eso puede generar
el final de las caricias porque algunos vagos no se quieren agachar. Ese
sistema da resultado la mayoría de las veces. Pero siempre hay alguno al que le
parece prepotente mi pedido de cariño. Cuando eso ocurre, recurro a la táctica
número dos: me tiro al piso panza arriba. Imposible no sacarle una sonrisa al
más amargo. Hasta aquellos que tienen entre diez y quince años y ya no se
pueden agachar por el dolor de cintura, lo hacen para rascarme la panza. Qué
placer. Eso sí que es vida. Pablo dice que parezco un pollo muerto cuando me
tiro así. ¡Qué delicia cuando me rascan la panza y el pechito! A veces hago el
truco de tirarme panza arriba cuando hay más de uno. ¡Te rascan a cuatro manos!
¡Mejor que el Shiatzu ese que hace Pablo! Eso sí, no me rasques en la base de
mis costillas porque empiezo a hacer guitarrita. Me da unas cosquillas
impresionantes.
O sea, diario... si te dan ganas de que te acaricien sin
parar, tirate panza arriba en el piso y siempre aparecerá alguien para
hacerlo.... o por lo menos, para preguntar qué te pasó.
jueves, 4 de noviembre de 2010
Molina ahora es Morgan
Alejandro nos mostró algunas fotos de Molina con sus hijos. Ahora no se llama más Molina. Le pusieron Morgan. Confieso que tiene un nombre con más personalidad.
lunes, 1 de noviembre de 2010
En las buenas y en las malas
jueves, 21 de octubre de 2010
Ojos
sábado, 2 de octubre de 2010
Cruzar
Hola, diario. Ayer una señora me felicitó en la calle. Le resultó simpático que espere a que pasen los coches para cruzar la calle. La miré con autosuficiencia. Pero lo cierto es que no nací sabiendo que si un coche te pasa por encima cruzás el umbral ese que te convierte en angelito.
Cuando llegué a la casa de Pablo y comenzamos a salir a pasear, no sabía de ese peligro y, cada vez que llegábamos a la esquina, me lanzaba a lo lo loco para cruzar corriendo. Pero quedaba ahorcado porque Pablo se plantaba en la esquina y enroscaba la correa para que me quede con él. Yo no comprendía porqué hacía eso de quedarse parado en lugar de correr y ganarle a esos monstruos con ruedas. Yo estaba seguro que, por velocidad, les podía ganar. Pero no, no me dejaba. Un día, quise hacer lo mismo y tiré de la correa... y me solté. No llegué a cruzar. De pronto, vi cómo una camioneta enorme venía hacia mí y el miedo me paralizó. Me planté en medio de la calle, hecho un ovillo. En ese segundo escuché cómo gritaba Pablo. En ese instante pensé que no lo vería nunca más. Pensé que podría encontrarme con Zsá Zsá y con el linyera que estuvo un día asilado en casa. Todo en un segundo del mayor pánico que sentí en mi vida. La camioneta frenó a sólo centrímetros de mí. Sentí el calor que irradiaba ese monstruo gigante que me había tapado con su sombra. Largué unas gotas de pis. Giré un poco la vista y vi que Pablo estaba pálido y cruzaba la calle desesperado, sin mirar, como yo. El tipo de la camioneta lo insultó, pero él ni siquiera lo miró. Me tomó del collar y me llevó casi arrastrando hacia la otra vereda. Creo que sentía más pánico que yo. Me retó muchísimo y hasta me pegó un chirlo en la cabeza. Podía sentir cómo su energía estaba desbordada. Sentía mi cuerpo como de cera, derritiéndose ante ese fuego de bronca, miedo e indignación que tenía mi mejor amigo. No pude escuchar todo lo que me decía, pero me asusté. Luego, en unos segundos, se calmó y me abrazó muy fuerte. Me apretó. Ahí me tranquilicé y sentí que estaba en la tierra otra vez, con la seguridad de todos los días.
Bueno, te cuento esta "casi tragedia" para explicarte porqué aprendí a cruzar la calle. A partir de ese momento, Pablo también entendió que yo era un "sacado", así que decidió enseñarme la regla fundamental de tránsito urbano: parar en la esquina cuando pasan los coches.
Cuando estamos por llegar a la esquina comienza a enroscar la correa, para que me quede bien cerquita a él. Se detiene medio metro del cordón y me dice: "Vení". Lo observo de reojo y me quedo paradito junto a él, hasta que ese aparato que cambia luces nos indique que tenemos permitido avanzar. Cuando eso ocurre, Pablo dice: "Vamos", y afloja la correa. Es una fórmula perfecta. Vos podés cruzar muy orondo la calle y ver cómo esos monstruos con ruedas se quedan detenidos observándote, con sus narices calientes y reprimiendo ese deseo de pasarte por encima y dejarte hecho jirones.
A partir de ahí, el "vení" y el "vamos" se convirtieron en ley para mí en la calle.
Así que te lo recomiendo, diario. Si tu mejor amigo enrosca tu correa y te dice "vení" en la esquina, confiá en él. Nadie te va a pasar por encima.
martes, 21 de septiembre de 2010
Comemos raro
Pablo se ríe de la forma en que como. Es que me recuesto en el piso para comer. No entiendo por qué le causa gracia. Si podés comer acostado o sentado, por qué comer parado. Entonces, yo como semiacostado, con la panza en el suelo. Además, no tolero comer solo. Siempre lo llamo y lo obligo a que vaya a la cocina y espere un poquito a que termine. Mientras mastico, lo observo de reojo porque me siento seguro de ese modo. El problema está en que, a veces, Pablo tiene cosas que hacer y va y viene permanentemente de la cocina a la computadora. Sobre todo cuando se le da por tomar mate. Qué ceremonia tan cansadora: ir y venir llenando un recipiente de agua caliente. Cuando hace esas cosas, aprovecho para comer un bocado y luego, lo sigo adonde vaya, masticando lo que me queda en la boca. Así, voy y vengo, comiendo pequeñas porciones. Es que, en realidad, no me quiero perder nada. Entonces quisiera estar en todos lados al mismo tiempo. Acompañarlo a él en su escritura, pero sin moverme de mi plato de comida. Es más o menos lo que hace él. Muchas veces lo vi comiendo una milanesa o un sándwich, mientras va de un lado a otro. Se corta un pedazo enorme de milanesa, se lo mete en la boca y sigue haciendo sus cosas, ahí de aquí para allá. Mientras, yo lo sigo por todos lados, babeando. Porque el muy egoísta, me da un bocado recién cuando está a punto de terminar.
Y bueno… comemos raro. Qué va’cé.
lunes, 13 de septiembre de 2010
Ausencia

¡¡¡Hola, diario!!!
Perdón por mi ausencia de varios días. ¿Podés creer que Pablo se volvió a ir de viaje? Esta vez me asusté más que nunca. Cuando comenzó a armar la valija* y a guardar toda su ropa favorita, me empecé a deprimir. Y cuando vi que se cepilló los dientes y también guardó esos utensilios, ahí comencé a inquietarme. No sé porqué se me puso en la cabeza que se iba de casa para irse a vivir con el tal Molina. No podía tolerar esa imagen, de él, paseando con el enano ese engreído, con su correa nueva. Antes de irse hice escándalo. Le actué una película de llorar. Ya con su camperita*, impune, con su valijita en la mano, me acerqué, con las orejas caídas y mis ojos más tristes y comencé a lloriquear. Logré que sobre su enorme campera, se ponga un traje de culpa inmenso. Por unos minutos, pensé que se quedaría. Pero no. Me dio una golosina, unos cuantos besos y se fue.
Todos estos días, te confieso que no lo pasé mal. Estuve con Verito, la sobrina de Pablo, que se quedó a vivir conmigo. Todo el tiempo acompañado. Se iba a lo de su madre María Elena, o a lo de Fina y Raúl, o a lo de alguna amiga, y me llevaba. Compartimos todo. Por momentos pensé que lo mejor sería que Pablo se quede con el enano Molina. Que mi vida sería mejor con Verito.
Pero a medida que los días pasaban, me empecé a poner un poco triste. Estaba fantástico, pero me faltaba algo muy importante en mi vida. ¡Qué contradicción! Extrañaba a Pablo y no quería tener ese sentimiento de amor con ese supuesto traidor.
Por eso mi ausencia en la escritura. No tenía ánimos, diario.
Ayer sentía que algo iba a pasar. Me agarró ese sentimiento indescriptible de saber a Pablo cerca. Tenemos una conexión casi telepática. Finalmente llegó, con su valijita más pesada y sin su culpa encima. Lo olfatee y no... no tenía rastros de haber estado con Molina. Es más, no pude reconocer bien los olores que tenía. Creo que estuvo muy lejos. Cuando corroboré eso, me tiré encima suyo y le di tantos besos que le gasté la cara. "¡Basta, no soy un helado!", me decía mientras se cagaba de risa. Nos tiramos al piso de la alegría.
Luego, me zambullí en su valija y, efectivamente, tenía un regalo para mí. Un perrito de juguete. Un perrito hediondo. No me gustó. Y se lo hice saber. Lo mordés y hace ruido. Ladra. No, no no, a mí dejame con Osito 4.
Ahora extraño mucho a Verito. Su compañía permanente, sus juegos, sus paseos... Ay, ya sé. Soy un ciclotímico inconformista.
* Maleta.
* Chaqueta.
lunes, 30 de agosto de 2010
Papelón escatológico

Hola, diario. Soy un inmaduro. Pablo me retó y tiene razón. Ayer vino a casa alguien. Alguien especial parece. Podía percibirlo. Pablo estaba con la adrenalina por las nubes, iba de un lado a otro acomodando cosas y hasta preparó una rica comida. Y vos sabés que soy un poco celoso. No pude soportar que le preste tanta atención a otro ser que no sea yo. Estaba como embobado. Sus ojos se perdían en otros ojos y ni siquiera tuvo la gentileza de darme un pedacito de lo que estaba comiendo. Durante toda la cena hice todo tipo de cosas como para llamar la atención. Traje a Osito 4, la pelota, la pelota con soga, un almohadón de la habitación (de esos prohibidos) y hasta me robé un calzoncillos de un cajón y entré en el comedor sacudiéndolo con mis dientes. Me tuvieron que perseguir para que lo suelte. Pablo estaba irritadísimo. Conseguí que me dieran un poco de lo que estaban comiendo y me calmé un poco. Riquísimo. Una carne muy condimentada, con papitas y queso fundido. Un manjar. A mí no me cocina nunca eso.
Claro, mi estómago no está acostumbrado a ese tipo de condimento, así que, en pocos minutos, algunas bombas empezaron a estallar dentro de mí. Pablo se puso como loco. Encendió un sahumerio y creo que hasta tuvo ganas de echar matamosquitos como para apaciguar ese aroma tan horrible que salía de mi ser. Juro que no lo pude controlar. Bueno... hubiera podido controlarlo un poquito, pero me divirtió el asunto.
Creo que le arruiné los planes. Sí, soy un egoísta.
Pero dormí solito, a sus pies sin nadie que estorbe.
viernes, 20 de agosto de 2010
Adoptado
Hola, diario. El tal Molina se fue. No lo aguantaba más. Ese afán gratuito de agradar y esa energía permanente me sacaba de quicio. Todo el tiempo quería jugar. ¿Sabés lo que es estar acostado descansando y que un chico esté todo el tiempo saltando a tu alrededor? Por favor, no estoy para eso. Además, se hacía el guardiancito. Alguien se arrimaba a la puerta y se ponía a ladrar como loco. ¡No te pagan como vigilancia, pibe! Además, se adueñó de un osito de goma que hace ruido al que siempre odié. Pablo me lo regaló un día para jugar al "andá a buscarlo" y nunca le di pelota. A él le encantaba. Obviamente se lo regalé. Lo peor de todo es que Pablo se había empezado a encariñar. Yo me daba cuenta que lo alzaba y le daba besitos. Lo hacía cuando yo no lo veía. El martes estuve todo el día sin hablarle por eso. Además, a la hora de desayunar, cortaba un pedacito de medialuna y me lo daba a mí, y después le daba otro a él. Psss...
El sábado hicimos casting de dueños. Vinieron muchos amigos nuestros a casa. Molina hizo bien su papel y fue carismático con algunos. Hubo dos o tres que casi se quebraron, pero finalmente no se decidieron. El muy tonto hizo papelones de chico. ¿Podés creer que se prendió de la pierna de varios? Inmaduro.
Pero llegó el día. Ayer, cuando se lo llevaron, vi que a Pablo le salía mucha agua de los ojos. Lo alzó y le dio muchos besitos y el pobre enano, cuando se iba, giraba la cabeza para mirarnos. Yo le decía: "Andá, andá que vas a ser feliz". Y creo que tengo razón. Se fue con una familia hermosa. Un amigo de Pablo, que tiene una compañera de vida, tres hijos y un gato. Si le agarran ganas de jugar, va a tener seis opciones para hacerlo.
Aquí quedó su olor. Y hoy cuando lo sentía, me puse a pensar en cómo la vida te puede sorprender. De pronto, estás con el hocico metido en la basura y la providencia te coloca, por arte del corazón, con el hocico en un manjar. Es un golpe de suerte, sí. A algunos les llega y a otros no. Él estaba relajado, inocente, caminando la vida, distraído. Y la suerte lo atrapó. A mí me pasó algo similar. Tal vez haya que relajarse. Ya sé, ya sé... No es fácil
viernes, 13 de agosto de 2010
Molina
Y seguimos con el perrito huérfano en casa. Por suerte, Pablo le pone límites a este chico. Por ejemplo, no lo deja subir a la cama. Y está muy bien. Ahora se le está yendo la vergüenza. ¿Podés creer que lo adora a Pablo? Hasta lo abrazó. Lo vi y no lo podía creer. Yo no le hablo. A ninguno de los dos. ¿Sabés por qué? Pablo le puso nombre. Estamos en problemas. Resulta que el enano este se llama Molina. No sé por qué le puso un nombre tan extraño. Yo lo estuve oliendo y vino fallado. Tiene un solo huevo y hace pis sentado. Por eso debe ser que es tan menudito y chiquito. Salimos a caminar a la calle y tiembla de frío. Cuando entramos a casa, queda sumido en un éxtasis del que no puede parar. Corre por todos lados y salta como un canguro. Pobre pibe... Tiene una felicidad impresionante. Y no tiene idea de que ESTE NO ES SU HOGAR. Es un inquilino. De todos modos, te cuento esto y me enternece verlo ahí sentadito en mi puf favorito, abrazado a Osito 2, que ya no tiene cabeza. Anda por todos lados con Osito 2 entre los dientes. Es una criatura. Lo que me sacó de quicio es que en plena noche, el Molina este, sigilosamente, se subió a la cama. Yo no sabía qué hacer. Si gruñía o ladraba, Pablo se iba a despertar. El muy pillo, me miró de reojo y se acostó hecho un bollito, en las piernas de Pablo. Él duerme como un tronco y nunca se enteró. Así estuvo horas. Después, se estiró todo y quedó con la panza pegada en las patas de Pablo. Yo no pegué un ojo. Me quedé en vigilia porque no podía creer la desfachatez de este pibe. A la mañana, apenas sonó el despertador, levantó la cabeza con cara de "yo no fui" y se bajó de la cama con la cola entre las patas. Aunque lo odio, hay algo en él que me provoca ternura. Cuando lo acarician o le hablan, cierra los ojos. Un romántico. Creo que cuando lo adopten, voy a regalarle a Osito 2 para que se lleve un buen recuerdo. Pero espero que lo adopten pronto. ¿Escuchaste, diario?
miércoles, 11 de agosto de 2010
¡Adopción, adopción, adopción, adopción!

Hola, diario. En realidad, el enano es buenísimo. No jode, se porta bien y no es invasivo. Bah... Sí, le encanta sentarse un rato en cada sillón de la casa.
El pibe no lo puede creer... Hace dos días andaba revolviendo las bolsas de basura y esquivando colectivos* y ahora tiene sillones, canastas, alimento balanceado, juguetes y sobras de comida riquísima.
Anoche Pablo probó dejarnos solos un buen rato. No rompimos nada, pero hicimos competencia de meadas. Yo marqué la porción más grande del living para mí.
Es que hay demasiada testosterona en esta casa. No podemos convivir todos. Uno se tiene que ir.
Ah... te recuerdo: ESTÁ EN ADOPCIÓN.
* Autobuses.
martes, 10 de agosto de 2010
¡Adopción, adopción!

Estoy podrido, diario. Esto no es vida. ¿Vos podés creer que anoche Pablo volvió a casa con un perro? ¡¡Y lo traía en los brazos!! Es un bajón. Es el tercer perro que trae a casa. Digo yo: ¿no podemos vivir tranquilos nosotros dos? Es un petiso hediondo... un pibe*. Tendrá un año como mucho. Como siempre, primero se hizo el sumisito, pero hoy el enano insolente se quiso hacer el lider. Encima es un ordinario. ¿Podés creer que meó en medio del living?
A mí Pablo me tiene podrido con este tipo de actitudes. ¡San Francisco de Asís se murió, Pabloooo!
A través tuyo, diario, quiero hacer un pedido a la comunidad: Por favor, que alguien tenga la bondad de adoptar a este enano. Los dos no podemos vivir en el mismo lugar.
*Chico.
miércoles, 4 de agosto de 2010
Comida cara
Hola, diario. Estoy un poco indignado. Me cambiaron la comida. ¿Vos podés creer que Pablo me quiere engañar con ese tema? ¡¿A mí, a su mejor amigo?! Anteanoche, tardó en llegar un poco más de lo acostumbrado, o sea, me estaba meando y muriendo de hambre. Cuando me paré frente a mi platito esperando que lo llene, como siempre, sacó un puñado de la enorme bolsa a rayas y me dio de comer. Sin demostrar demasiada desesperación, para que no se preocupe, empecé a devorar todo y sentí un sabor distinto en algunos bocados. Bueno, lo dejé pasar porque el hambre pudo más.
Ayer, cuando llenó mi plato a media mañana, para desayunar juntos, observé todo mucho mejor. La bolsa a rayas estaba casi vacía y sacó los últimos puñados, del fondo. Pero luego, tomó otro puñado de otra bolsa distinta, que tenía una enorme foto de un perro feliz. Cuando la probé, me di cuenta inmediatamente. ¡Me estaba cambiando la comida y me la mezclaba! Lo miré indignado. Fijamente. Le dije: "¿Vos te creés que yo soy boludo, que no me doy cuenta?". Creo que me entendió. Pero no había vuelta atrás. Traté de frenar mi disgusto y comencé a saborearla. Te confieso algo, diario, está riquísima también. Sólo que me molestó un poco que trate de engañarme. Soy perro, no soy paloma.
viernes, 30 de julio de 2010
Un tropezón puede ser caída

Hola, diario. A veces admito que soy muy bruto. Cuando suena el timbre, me encanta salir corriendo a toda velocidad por ese pasillo largo que conduce a la puerta de entrada y pegarle un salto de bienvenida a quien llega. Tengo dos tipos de saludo. Primero pego el salto bien alto y te doy un beso en tu hocico. Luego, a medida que vamos avanzando, vuelvo sobre mi eje corriendo y pego un salto más chico, pero más potente, empujándote con mis patas delanteras. Me encanta. Pablo dice que parezco un rugbier. No sé qué tipo de animal es ése, pero si Pablo me dice así, debe ser precioso.
Ayer vino a cuidarme Raúl. Viste que yo tengo la convicción de que ya debe tener unos 16 o 18 años. Pero como es tan simpático, me olvido de su vejez y me encanta invitarlo al patio a jugar. Estuvimos jugando al "te agarro, te agarro" y luego le presté a Osito 4, para hacer que peleamos por él. Tanto tironeamos que el pobre Raúl se cayó. ¡Qué disgusto, diario! No se podía levantar. Estaba vivo porque me miraba y hablaba. Me quedé lamiéndole la cara para que se ponga de pie, pero no podía. ¡Ay, qué miedo! Por un momento pensé que habría que sacrificarlo. Sería terrible. ¿Cómo se lo explicamos a Fina?
Por suerte, nos vio la vecina de arriba, que llamó al portero. Abrió la puerta y lo ayudó a levantarse. Raúl puede caminar lo más bien, pero creo que le duele todo.
Prometo no ser tan bruto con la gente mayor.
jueves, 22 de julio de 2010
Enfermo
Hola, diario. Llegué a la conclusión de que los seres humanos no se mueren de moquillo. Anoche Pablo tosió y estornudó bastante, pero cada uno de esos sonidos desagradables me alegraban porque me daban una señal de que estaba vivo. Durmió sentado como una paloma pobrecito. De todas formas, no me quedé despierto toda la noche, como ayer. Pero mi sueño fue intermitente y traté de estar cerquita suyo por si me necesitaba.
Si le vieras la cara... pobre pibe. A la mañana sonó el timbre y llegó el veterinario. Obviamente le ladré cuando llegó (detesto a los veterinarios). No me gustó nada cómo toqueteó a Pablo. Le hizo sacar la remera y le puso en el pecho un coso frío que tenía colgado con unas cuerdas, desde las orejas. Un espanto. Le gruñí. Pablo me retó. Luego vino lo peor. Abrió una valijita pedorra que traía y sacó una aguja enorme, como la que usan cuando me vacunan. No quise permitirlo y me interpuse, pero Pablo me echó de la habitación. Inentendible. Yo estaría orgulloso si me defienden. Desde afuera pensé: "Ma sí... si querés que te pinchen, jodete".
El veterinario se fue y, cuando lo despedimos, aproveché para hacer una meadita en el árbol más cercano.
Parece que la vacuna le hizo bien a Pablo porque ahora tose menos. O le sacaron el moquillo o, definitivamente, en las personas no es una enfermedad que los mate.
