UNA VIDA SIN UN PERRO, ES UN ERROR

"LA GRANDEZA DE UNA NACIÓN Y SU PROGRESO MORAL PUEDE SER JUZGADO POR LA FORMA EN QUE SUS ANIMALES SON TRATADOS."
Mahatma Gandhi

NO USES PIROTECNIA

NO USES PIROTECNIA
Por favor, no usen pirotecnia. Los "cuetes" nos asustan, nos hacen mucho mal a nuestros oídos, nos desorientan y son la causa de que muchos perros y gatos se pierdan entre diciembre y febrero. Lo mismo les ocurre a otros animales, como las aves. Pensá en nosotros y en los múltiples problemas que pueden causar los fuegos artificiales. NO USES PIROTECNIA. Gracias. PD: Ah... Ponele chapita con número de teléfono a tu perro. Para esta época hay muchos perros perdidos a causa de la pirotecnia, por favor, si ves alguno no sigas de largo, ayudalo a encontrar a su familia.

viernes, 30 de julio de 2010

Un tropezón puede ser caída


Hola, diario. A veces admito que soy muy bruto. Cuando suena el timbre, me encanta salir corriendo a toda velocidad por ese pasillo largo que conduce a la puerta de entrada y pegarle un salto de bienvenida a quien llega. Tengo dos tipos de saludo. Primero pego el salto bien alto y te doy un beso en tu hocico. Luego, a medida que vamos avanzando, vuelvo sobre mi eje corriendo y pego un salto más chico, pero más potente, empujándote con mis patas delanteras. Me encanta. Pablo dice que parezco un rugbier. No sé qué tipo de animal es ése, pero si Pablo me dice así, debe ser precioso.
Ayer vino a cuidarme Raúl. Viste que yo tengo la convicción de que ya debe tener unos 16 o 18 años. Pero como es tan simpático, me olvido de su vejez y me encanta invitarlo al patio a jugar. Estuvimos jugando al "te agarro, te agarro" y luego le presté a Osito 4, para hacer que peleamos por él. Tanto tironeamos que el pobre Raúl se cayó. ¡Qué disgusto, diario! No se podía levantar. Estaba vivo porque me miraba y hablaba. Me quedé lamiéndole la cara para que se ponga de pie, pero no podía. ¡Ay, qué miedo! Por un momento pensé que habría que sacrificarlo. Sería terrible. ¿Cómo se lo explicamos a Fina?
Por suerte, nos vio la vecina de arriba, que llamó al portero. Abrió la puerta y lo ayudó a levantarse. Raúl puede caminar lo más bien, pero creo que le duele todo.
Prometo no ser tan bruto con la gente mayor.

jueves, 22 de julio de 2010

Enfermo



Hola, diario. Llegué a la conclusión de que los seres humanos no se mueren de moquillo. Anoche Pablo tosió y estornudó bastante, pero cada uno de esos sonidos desagradables me alegraban porque me daban una señal de que estaba vivo. Durmió sentado como una paloma pobrecito. De todas formas, no me quedé despierto toda la noche, como ayer. Pero mi sueño fue intermitente y traté de estar cerquita suyo por si me necesitaba.
Si le vieras la cara... pobre pibe. A la mañana sonó el timbre y llegó el veterinario. Obviamente le ladré cuando llegó (detesto a los veterinarios). No me gustó nada cómo toqueteó a Pablo. Le hizo sacar la remera y le puso en el pecho un coso frío que tenía colgado con unas cuerdas, desde las orejas. Un espanto. Le gruñí. Pablo me retó. Luego vino lo peor. Abrió una valijita pedorra que traía y sacó una aguja enorme, como la que usan cuando me vacunan. No quise permitirlo y me interpuse, pero Pablo me echó de la habitación. Inentendible. Yo estaría orgulloso si me defienden. Desde afuera pensé: "Ma sí... si querés que te pinchen, jodete".
El veterinario se fue y, cuando lo despedimos, aproveché para hacer una meadita en el árbol más cercano.
Parece que la vacuna le hizo bien a Pablo porque ahora tose menos. O le sacaron el moquillo o, definitivamente, en las personas no es una enfermedad que los mate.

miércoles, 21 de julio de 2010

Moquillo


Hola, diario. No sabés qué disgusto estoy pasando. La lluvia de los otros días enfermó a Pablo. Se la pasa haciendo ruidos raros y estornuda sin parar. Tengo miedo de que se haya pescado moquillo. ¡Tiene una cara! Parece llovida su cara. Anoche creo que deliró un poco. Me acerqué a olfatearlo y estaba hirviendo. Me quedé bien pegadito a su lado para ayudarlo con mi energía. Creo que le hizo bien porque, en un momento, volvió a su temperatura normal, aunque no dejó de moquear. Me pasé toda la noche despierto. Ay, no podría soportar otra muerte en la familia. Si sigue así, mañana llamo al veterinario.

martes, 20 de julio de 2010

Feliz Día del Amigo


Hola, diario. ¡Feliz Día del Amigo! Con esa frase se despertó hoy Pablo y me dio un abrazo más fuerte que de costumbre. Hicimos la rutina de siempre, pero con mejor humor. Fuimos a la cocina, tomamos unos mates y no sólo me convidó de sus galletitas con queso untable, sino que me hizo dos para mí. Lo mejor vino después. Me agarró del cuello con fuerza, me apretó, me dio muchos besos y, de un armario, sacó un hueso enorme para mí. ¡Qué lindo festejar así el Día del Amigo!
Lástima no haberlo sabido, así le regalaba algo. Me sentí en deuda. Comencé a dar vueltas por todos lados, pero no sabía qué darle... Encontré a Osito 4, lo miré con cariño a los ojos, lo tomé con los dientes y se lo regalé a Pablo. Creo que se puso contento. Le di el mejor de mis juguetes. Está un poco babeado, lo sé, pero le dediqué muchas horas de juego y amor.
Está bueno esto de tener un "mejor amigo". Mientras saboreaba el hueso, me puse a mirarlo a los ojos y a observar todo lo que hacía. Quise decirle que podía contar conmigo para lo que quisiera, que yo nunca me voy a mover de su lado. Cuando es la hora de cagarnos de risa, nos cagamos de risa. Cuando es tiempo de tristeza, le daré mi patita y lameré sus lágrimas para que no se sienta solo. Pero siempre, siempre, siempre, caminaré a su lado. Me puse a pensar otra vez en eso del acantilado. Qué pasa si un día le agarra moquillo, enloquece, y se tira por un acantilado... y bueno, tendré que ir detrás de él.
Lo quiero tanto.

lunes, 19 de julio de 2010

Charcos


Hola, diario. Estos días de frío y con tormenta no colaboran para que uno esté contento. Sé que a Pablo le cuesta sacarme a pasear cuando el clima está así. Él se llena de abrigos, pero a mí me gusta andar en bolas, aunque haga frío. No me importa mucho mojarme. Y contento o de malhumor encuentro un placer especial en mojar mis patas en los charcos que se hacen en las veredas*. Mojarte las patas ahí es sentirte libre, sentir que tenés medias* frescas, vestir tus patas de tierra. Dentro de un edificio te ves como un ser humano. Los charcos de lluvia te devuelven un poco a la naturaleza y te ensucian con partículas de salvajismo. Entonces caminás como un señor, con toda la libertad a cuestas, chorreando ese regalo del cielo.
Pablo detesta eso porque, cuando entramos a casa, me tiene que secar con una toalla. Con las patas es más estricto. Me las limpia con papeles y, si están muy embarradas, directamente me las lava. Internamente le pido disculpas, pero quién me quita ese placer de que la lluvia y yo seamos uno solo, por un ratito.

*Aceras.
*Calcetines.

viernes, 16 de julio de 2010

Se murió Zsá Zsá


Hola, diario. Estamos tristes. Zsá Zsá, finalmente, atravesó el umbral que te lleva a ese otro lugar. Estaba muy enferma y la familia prefirió que todo ocurra naturalmente.
Ayer a la mañana, muy tempranito, sonó el teléfono. Pablo atendió y el diálogo fue muy corto, duró segundos. Cortó la comunicación, se mojó el pelo y se vistió rápidamente. Me puso la correa y salimos a la calle rapidísimo. Apenas me dio tiempo para hacer pis. Dentro del taxi intui que había algo que no estaba bien. No hablamos en todo el camino. Ni siquiera saqué la cabeza por la ventanilla, como me gusta. Me limité a sentarme a su lado y a observarlo de reojo. Y sin que se diera cuenta, apoyé parte de mi lomo sobre su cuerpo, para compartir un poco de mi energía.
Cuando llegamos, Fina era un mar de lágrimas. Y Raúl estaba sentadito en un sillón, cabizbajo. Cuando me vieron, pude robarles una sonrisa a cada uno. Me sentí útil.
En la habitación, en la cama, estaba Zsá Zsá, sin moverse. A su lado, María Elena la acariciaba. "¿Estás segura de que está viva?", preguntó Pablo. Yo sabía muy bien que sí. Pablo comenzó a quebrarse y le empezó a decir cosas muy lindas a Zsá Zsá. Ella estaba tiesa, dura, con su pelaje prácticamente pegado al cuerpo, muy flaca y con la boca semiabierta. Creo que será la imagen más triste y fuerte que haya visto en mi vida.
Estoy seguro de que ella no se dio cuenta de que estaba yo. Pero sabía muy bien que estaba Pablo. De pronto, entró Fina a la habitación y le dijo a Pablo, entre sollozos: "Te está esperando". Él la miró incrédulo, pero yo supe muy bien que ella decía la verdad. A los pocos minutos, mientras Pablo le hablaba y la acariciaba, Zsá Zsá esbozó un maullido rasgado, estiró una de sus patas delanteras y la apoyó en el brazo de Pablo. Con sus manitos, apenas sacando sus uñas, se aferró a él. A los pocos segundos, se hizo pis y su cuerpo se vació de Zsá Zsá. Supe muy bien que ella seguía allí, pero en el aire. Me eché al piso y traté de cerrar los ojos y verla. No pude, pero sabía perfectamente que nos estaba observando y que, ahora, estaba bien. Por fin, Zsá Zsá podía volver a correr y a pelear a los demás animales por sus celos.
Todos lloraban. Menos yo. Pablo la envolvió en una manta, se la dio a Fina y la meció un buen rato, mientras le hablaba. Pero Zsá Zsá ya no estaba ahí. Eso fue Zsá Zsá. Al rato Pablo y Raúl se la llevaron envuelta, pero yo me quedé con Fina y María Elena.
Traté de consolarlas, como pude. Mi mente estaba muy ocupada tratando de analizar qué había pasado. ¿Adónde se fue Zsá Zsá? Se murió, sí. Pero adónde estaba ahora. Mariela dijo que "en el cielo de los gatos". Yo sabía muy bien que no era tan así. Estaba en un lugar mejor. Por siempre, Zsá Zsá estará acompañando a Fina y a Raúl. Y algún día se encontrarán, cuando ellos también pasen ese umbral y puedan moverse como cuando eran jóvenes. El pensamiento me originó ganas de sonreír.
Zsá Zsá no fue muy buena conmigo, pero le dio amor a aquellos que la querían. Esperó a mi Pablo hasta que pudo, se despidió y luchó por su vida. Ella está en el cielo de los buenos.
Quisiera poder decirle a Fina y a Raúl que pueden visitar a Zsá Zsá cuando quieran. Con sólo recordarla desde lo más profundo, podrán estar con ella, acariciarla y consentirla como siempre. Sé que será así y ellos lo harán. Sólo con el olvido se muere.
Estoy orgulloso de mi familia.

sábado, 3 de julio de 2010

Mundial


Hola, diario. Hoy jugó nuestro equipo. Pablo quiso que lo veamos juntos por la tele. Nosotros dos. No invitamos a nadie. Viste que mucho no me puedo concentrar... pero lo vi de a pedacitos. No nos fue nada bien. De a poco, vi cómo Pablo se iba enojando cada vez más. Gritaba mucho y su ceño se fruncía tanto que temí que se convierta en perro. Con un tono muy feo decía cosas como "lora", "parió", "pelotudo"... y tantas otras. Por momentos me quedé observándolo porque, frente al televisor, él también se convertía en un espectáculo.
Nuestro equipo perdió. Y a juzgar por el enojo de Pablo, nos humillaron. Estamos chinchudos*. Tengo ganas de ir a mear todo el territorio de esos que nos ganaron. Pero no sé si vale la pena. Es sólo una pelota. Un juego.

*Enojados

viernes, 2 de julio de 2010

Umbral


Hola, diario. ¿Recordás que te conté que no notaba bien a Zsá Zsá? Bueno, ahora te lo puedo asegurar. Fuimos a la casa de Fina y Raúl (en taxi, obvio) y definitivamente, Zsá Zsá ya no es la misma. Además de estar muy flaca y desgreñada, olfatee la enfermedad en el aire. Estuvimos allí toda la tarde y viví una atmósfera de tristeza inmensa. Tina y Saúl no pueden con su dolor. Pablo la alzó y la tuvo en su falda durante un largo tiempo. Hice esfuerzos por no ponerme celoso y me arrimé en algunos momentos para olerlos. Fijate qué mal estaría Zsá Zsá que no me hizo "fsss" ni intentó sacarme un ojo con sus uñas. Luego de almorzar, envolvieron a Zsá Zsá en una manta y la acariciaron mucho, mientras sollozaban. Me quedé con Raúl, mientras Fina y Pablo se la llevaban. Me quedé angustiado. Tenía la sensación de que volverían solos, sin ella.
Al cabo de un rato me tranquilicé, me eché a los pies de Raúl para que encuentre un pequeño refugio en mí, y esperé. Se abrió la puerta y volvieron... pero los tres. Fina y Pablo tenían los ojos muy colorados. Olfatee a Zsá Zsá y descubrí que la había tocado mi antiguo veterinario. No sé por qué, pero intuí que fueron a hacer algo que no llevaron a cabo.
Me empecé a preguntar: ¿A dónde se estaría yendo Zsá Zsá? Su alma de gata consentida estaba fluctuando entre su cuerpo y otro lado. Me lo pregunté una y mil veces porque pensé en que tal vez todos, alguna vez, lleguemos a estar en ese estado fluctuante, indeciso. Qué hay detrás de ese umbral no me interesa saberlo ahora. Pero hay otro lado. Creo que Zsá Zsá irá pronto hacia allí... y tengo mucha pena.

domingo, 27 de junio de 2010

Perro sociable


Hola, diario. Anoche estuvimos de joda*. Pablo organizó en casa una de sus típicas reuniones con su jauría de amigos. Desde el comienzo lo pasé bien. Viste que a mí me encanta recibir gente en casa. Estuvo mi amigo Christian, que me dice Pancho y me da pedacitos de lo que come; Gabriel, que siempre me abraza; Laurita, que me habla cosas de filosofía y se pone feliz porque cree que la entiendo; Margarita, nuestra ex vecina de la otra casa que ahora es nuestra amiga; Marcelita, la chica con la que Pablo vino por primera vez a MAPA a verme, que está de novia con un muchacho altísimo que habla en otro idioma; y muchos otros a los que nunca había visto, pero saludé correctamente, con un salto y un lengüetazo sorpresivo y certero en sus labios.
¡Cómo nos divertimos! Viste que yo en las fiestas participo activamente. Nos cagamos de risa, escuchamos música, cantamos y, por primera vez, bailé con otra gente. Ligué algunos comestibles que si Pablo se hubiese enterado se habría enojado mucho. También comí algunas cosas que él me prohibe, como papas fritas, chizitos y pizza (de todos modos hoy se dio cuenta cuando, por la mañana, salimos a pasear e hice mis cosas).
También intenté beber algo de lo que ellos bebían. A mí siempre me dejan un tacho con agua y ellos toman bebidas de todos los aromas y sabores. Ya me di cuenta de que en las fiestas dejan vasos en el piso. ¿Recordás que te conté que en otra fiesta encontré uno con un líquido rojo que me encantó, pero me hacía pensar que algunos tenían hermanos gemelos? Nunca me olvidé del sabor exquisito de eso. Pablo a veces lo toma también. Pero lamentablemente, no encontré ninguno.
Vinieron como treinta personas y no paramos de charlar con cada uno de ellos. Aunque uno no quería que me acerque. Me miraba feo y me espantaba con la mano. Intenté acercarme varias veces y me rechazó. Diario, yo te digo algo: No me banco* el rechazo. Me dije a mí mismo: "hagamos un último intento". Fui a buscar a Osito 3 y se lo alcancé entre mis dientes con mis pupilas hacia arriba y la orejas erguidas. ¿Sabés, diario? Estoy convencido de mi carisma. El tipo esbozó una sonrisa, me acarició la cabeza, tomó a Osito 3 y lo arrojó para que lo vaya a buscar. Así estuvimos unos minutos. ¡Esa es una conquista!
Todos en esta jauría sin líder eran macanudos*. Bah... excepto una chica de anteojos y vestido verde. Hubo un momento en que no paraba de llegar gente. Y uno tampoco puede recibir a todos. Soy perro, no soy liebre. Entonces, mientras unos entraban y yo les hacía fiesta, otros tocaban el timbre. Así que Pablo fue solo a abrir la puerta. Entró con dos chicas y yo los intercepté en el pasillo. Una de ellas entró en pánico. "¡No!.. ¡Le tengo miedo a los perros!", exclamó. Yo la miré sin comprender y me acerqué para decirle: "Tranquila, piba, no te hago nada, soy macanudo". Pero siguió diciendo: "¡Le tengo miedo a los perros!.. ¡Encerralo, por favor!". Me di cuenta de que Pablo no la conocía, venía acompañando a su amiga. Lógicamente, mi mejor amigo le dijo: "No, no puedo encerrarlo. Esta es su casa". Ella se tomó la cabeza desesperada y amagó irse. Su amiga no sabía qué hacer y Pablo las miró con decisión. "Me voy a tener que ir", dijo ella. Pablo le respondió con un gesto cordial, pero determinante. Luego le dijo: "Francisco es buenísimo y no le hace daño a nadie. No te va a molestar. Si querés, probá". Nosotros entramos y la chica se quedó con su amiga pensando en el pasillo. Finalmente entraron. Traté de no prestarle atención en toda la noche y ni siquiera rozarla. Pero ella no paraba de observarme con atención y curiosidad. Estaba más atenta a todo lo que yo hacía que a sus congéneres. Entonces me dije: "este es mi segundo acto". Salté, bailé, me tiré panza arriba, traté de morderme la cola, jugué con Osito 3... le arranqué varias sonrisas y, finalmente... Me llamó con la mano y se quedó acariciándome la cabeza un buen rato. Diario, te cuento esto y me emociono. ¿Sabés lo que le dijo a Pablo? "Te agradezco. Es la primera vez en mi vida que toco a un perro". ¡¡¡¡Iupiiiii!!!!! ¡Debutó conmigo! Me sentí galán de televisión solidario. Cómo estuvo tantos años de su vida (creo que tendría por lo menos ocho) sin tocar a un animal, no lo entiendo. Pero la traba que haya tenido, ya no existía más.
No hay dudas. Mi naturaleza es sociable.

*Fiesta.
*Soporto.
*Simpáticos.

martes, 22 de junio de 2010

Protección

Hola, diario. Anoche tuve que defender a Pablo. Resulta que el muy atorrante se fue de joda* y regresó bastante tarde. Tenía aromas varios, pero omitamos esa parte de la historia. Lo miré con fastidio, pero viste que me desarmo fácil y, de inmediato, lo besuquié todo. Salimos a caminar y no había nadie en la calle, sólo nosotros. No fuimos a la plaza, dimos la vuelta manzana. Casi siempre camino adelante de Pablo y me doy vuelta cada 30 segundos para cerciorarme de que esté allí. Tuve una mala sensación, un presentimiento extraño y, como los perros actuamos por instinto, me quedé en la retaguardia en lugar de ir adelante suyo. De pronto, veo que, desde la otra cuadra, un tipo cruza caminando despacio. Tenía la estatura de Pablo, usaba gorrita, una campera* de jean y las manos en los bolsillos. Observaba fijamente a Pablo. Él no se dio cuenta de lo que ocurría y seguía caminando. Pero yo me quedé parado, muy quieto, observando también fijamente al tipo. No le tenía confianza y estaba resuelto a no dejarlo pasar. Seguí mirándolo fijamente, con mis dientes apretados y mi cola sacudiéndose rápidamente. De pronto, supe que Pablo se dio cuenta de que yo no seguía caminando con él y giró. Eso lo supe, pero no lo vi, porque no quise dejar de mirar fijamente a ese tipo. Estaba seguro de que no tenía buenas intenciones. Pablo me llamó, pero yo me quedé en la misma posición. Luego no me llamó más, creo que se quedó tieso. El tipo se detuvo, se quedó mirándome unos segundos, esbozó una media sonrisa tan falsa como su vida, dio mediavuelta y volvió hacia el lugar de donde venía. Una vez que se alejó y cruzó la calle, yo dejé mi postura y seguí caminando tranquilo, esta vez, adelante de Pablo. Creo que él no lo podía creer. Me acarició la cabeza, pero cuando llegamos a casa me abrazó y me dio las gracias.

No sé qué hubiera pasado. Tal vez el tipo nos hubiera hecho daño a ambos. Pero si de algo estoy seguro es que, así como Pablo me protege a mí, yo nunca permitiría que alguien le haga daño a él.

*Juerga.
*Chaqueta.

miércoles, 16 de junio de 2010

Vecinos


Hola, diario. A mí no me gusta hablar mal de los vecinos, pero con algunos no me puedo contener. El barrio es fantástico, pero la gente que habita en el edificio es rara. No te habla. Cuando salís, esperan que les abras la puerta, y si vos venís atrás, te la sueltan en las narices. Me da la sensación de que vivir en un cruce de avenidas donde todo está limpito y cuidado, a sólo un metro de ese pozo por donde se mueve un tren subterráneo, tiene sus costos sociales. La gente está mejor vestida y recién bañada, pero es un poco más soberbia y hasta maleducada. Bueno, ya te conté lo de los Yankilevich.
Un detalle es que en el edificio hay cinco perros más, pero yo soy el único que no es de marca. Por eso creo que miran raro. Sólo el señor de seguridad y uno de los porteros me hacen mimos. Alejandro, el portero más alto -un tipo que me da mucha desconfianza y no logro ni acercarme- me detesta porque dice que largo pelos cada vez que paso. Como si él no se fuera a quedar pelado cuando tenga unos 18 o 20 años, como Raúl.
El perro del piso 13 es un cocker muy bien peinado que ni me mira al pasar; en cambio el labrador del quinto es simpatiquísimo. Del Yorkshire no puedo decirte nada porque siempre sale en brazos de alguna persona y luce un moño ridiculísimo en la cabeza. ¡Hasta tiene pelos en las plantas de los pies! O no camina nunca o en la casa le ponen pantuflas. La que me tiene loco de amor es la golden retriever del séptimo piso. Es una rubia preciosa, pero definitivamente no le gusto. Nos olfateamos el culo un segundo, y luego se va, ella, muy diva, a pasear con su joven amiga.
Pero el que me llama muchísimo la atención es el hippie del tercero. Es un galgo afgano: un perro hippie, con todos los pelos colgando, andar cansino, pantalones raídos, cara de bohemio y ojos de drogón. No logro sacarle la ficha. De todos modos, hay algo suyo que me cae bien. Trasladado en humanos, lo siento como el hijo rockero o artista de un matrimonio de abogados millonarios.
A veces lo quiero oler, pero no le encuentro el culo... Por eso me intriga. De todos modos, como es muy grandote, no me animo acercarme demasiado, puede ser esquizofrénico o algo así. Igual me cae bastante bien. Un día me voy a animar a conversar con él.
Todos ellos salen con paseadores. En medio de muchos otros perros, se van a los bosques de Palermo o a algún otro parque. ¿Una ventaja? Naaaaa... Yo prefiero salir a pasear con mi Pablo, cagándonos de risa, dando vueltas sin parar por el pasto, quedar tapado por las flores del jacarandá y sentir que soy el perro más libre y querido del mundo.

sábado, 12 de junio de 2010

¡Vamos, Argentina!

Hola, diario. Ayer descubrí adónde se va Pablo a veces los domingos. A un lugar que se llama cancha, adonde un montón de tipos se divierten corriendo una pelota. Yo no sé porqué se toma todo ese trabajo de ir hasta la cancha si yo también sé jugar con la pelota y corro muchísimo detrás de ella. Es facilísimo. ¿Vos te preguntarás cómo sé todo esto? Lo vi por la televisión. Vinieron a casa Madelaine y Gabriel, dos amigos de Pablo, y vieron el partido con nosotros. Fue divertidísimo porque nos pusimos gorros, banderas e hicimos sonar cornetas. Nuestro equipo es Argentina. Estuvimos gritando: ¡Argentina, Argentina, Argentina!... Bueno, a mi me sale, pero con ladridos. Lo pasé tan bien que me di cuenta de que está bueno compartir una pasión con mi mejor amigo. De todos modos, es tal el fanatismo que les agarra que tenía mucho miedo de que pierdan y empiecen a morderse de bronca. Por suerte, Argentina ganó.

El juego con la pelota no me interesa tanto. Lo que realmente me divierte, creo, es eso de andar saltando, gritando y festejando. Que siga la fiesta.

miércoles, 9 de junio de 2010

Ups...


Hola, diario. Se armó quilombo*. Ayer, cuando salíamos de casa, sin querer, me crucé con el señor Yankilevich y casi lo hago caer. Me quiso patear y Pablo le gritó. También le pidió disculpas, pero lo miró tan fuerte que creí que lo mordería. Y sí, soy un torpe. Caminé un rato con la cola entre las patas, pero después me olvidé del mal episodio... Hasta que, a la tarde, llegó una nota a casa. Pablo me la leyó. Era algo así como una denuncia que Yankilevich hizo al consorcio. Pedía que me saquen con correa y bozal. ¡¿Qué soy: Hannibal Lecter?! Prometí andar con mayor cuidado, pero no quiero que me pongan esa jaula de dientes espantosa. Pablo fue a hablar con los Yankilevich y me llevó con él. Sólo tocó el timbre, le dio la nota y le dijo: "Vamos a usar la correa. Pero bozal deberían usar ustedes, porque son mucho más peligrosos que mi perro". ¡Tomá! Me puse contento y tranquilo de que no se hubieran mordido.
Digo yo: Estos tipos como Yankilevich... ¿no tendrán otra cosa que hacer, además de molestar a los demás? Para mí que toda su vida deben haber tratado mal a todos los que se les cruzaron por el camino. Y lamento por los que hayan estado bajo su mando, que deben haber sido muchos porque es muy rico. Es la historia de siempre.
Bueno, los perros no podemos hablar mucho de eso porque siempre en los grupos hay un mandocito que se hace llamar Alfa y tiene a todo el resto cagando. Igual... Yankilevich, lo que menos tiene es de Alfa. Pablo dice otra cosa: "Garca".

* Lío

martes, 8 de junio de 2010

Final feliz



Hola, diario. Ayer se fue Mariana. La verdad es que estoy bastante triste. Me había encariñado un poco con ella. Ya estaba cómoda y se le estaba yendo el miedo. De todos modos, Pablo no se enteraba, pero cuando él se iba a trabajar, ella se quedaba llorando un buen rato. Yo le daba un par de besitos y, cuando se daba cuenta de que no estaba sola en la calle otra vez, se calmaba.
Aunque nunca me gustó que se siente en mi sillón o se suba a la cama, jugábamos mucho en el patio y debo reconocer que era un poco torpe. Me pegó unos mordiscos que todavía recuerdo. Pero bueno, es cachorra. Los chicos son así.
Ayer llegó una pareja que no había visto antes pero que, aparentemente, conocían a Pablo. Me acariciaron apenas y fueron directo a ver a Mariana. Enseguida supe que se la llevarían. Él tenía la sonrisa pegada en su rostro, ya estaba resuelto a llevársela. Pero ahí mismo lo consultó con ella, quien se puso a mimarla apenas entró . Estuvieron hablando un rato, tomaron un café con nosotros y, luego de un ratito, salimos los cinco a la calle. A Mariana la llevaban ellos, en los brazos. Dimos la vuelta, se metieron en un auto y nos quedamos mirando a Mariana, detrás de la ventanilla. Se puso a llorar con esos chillidos que ya le conocía. Pero el auto arrancó y se fue.
Nos quedamos tristes, quietos, observando el espacio por el que se había ido el auto que se llevó a Mariana. Me di cuenta de que a Pablo se le escapó agua de los ojos y, seguramente, si yo hubiera podido también. Nos volvimos a casa despacito, nos hicimos unos mates y nos quedamos así, solitos, sin hablar demasiado. Seguramente pensando en Mariana. Con tristeza porque ya era una ausencia y con alegría porque el final de sus penurias ya era un hecho. Tenía un hogar donde la amarían para siempre. Como yo.

miércoles, 2 de junio de 2010

Mariana


Hola, diario. Finalmente me encariñé con Mariana. Hace dos días que está en casa y es una dulce. De todos modos, podría decirte que me molesta un poco que quiera ser el centro de atención permanentemente. ¡Y el centro de atención soy yo!

Cuando estoy con Pablo, así conversando con nuestros ojos, como solemos hacer, se viene a meter entre nosotros. Pero lo que es más atrevido es que, como es más chica, se sube a la falda de Pablo, se hace un rollito y se queda allí con mirada de: “a mí me abandonaron”.

De todas formas, por momentos lo pasamos muy lindo jugando a las luchas en el patio.

Sabés, diario... La convivencia es difícil. Nosotros siempre queremos convivir con un humano... pero con otro perro... hummm... Supongo que para Pablo la convivencia tampoco será fácil porque a todo el que entra le hace un par de mimos y, luego, adiós. ¿Seremos unos solterones ermitaños? La cosa es que, con Mariana, me di cuenta de que soy capaz de convivir con una perra. Con un perro no. Son competitivos.

Mariana tiene el peso de haber vivido cosas horribles en la calle, pero todo el amor acumulado para dar. Creo que por eso nos “compró” a Pablo y a mí. Tiene tanta inocencia que, en dos días, transformó su dolor en agradecimiento. Hasta accedí a compartir mi plato de comida con ella.

Creo que se quedará con nosotros. Si no me quita la cama -cosa que hasta ahora no hizo-, la acepto.

domingo, 30 de mayo de 2010

Inquilina


Hola, diario. ¿Podés creer que tenemos una perra en casa? Ayer me quise morir cuando Pablo regresó de su trabajo con una perra negra en los brazos. Me quedé perplejo y ni lo saludé. La olfatee y tuve el impulso de gruñirle, pero me contuve cuando me di cuenta de que estaba muy asustada. Es cachorra y seguramente se hará bastante más grande que yo. Estaba hecha un ovillo en los brazos de Pablo, medio dormidita y todavía temblando un poco.
Pablo me contó que la encontró al salir de su trabajo y que un ángel la salvó de haber sido aplastada por los camiones que circulan por una calle enorme. Del susto, parece que se quedó refugiada en la puerta de un bar, llorando sin parar. Pablo le compró una salchicha y los del bar le dieron un plato con agua, pero no quiso ni comer ni beber, sólo seguir llorando, sin consuelo. Sus patas, con las uñas totalmente gastadas indicaban que caminó mucho y una de sus enormes orejas tenía unos agujeros muy grandes. Vaya a saber cuántos peligros y situaciones horribles habrá tenido que transitar siendo tan chiquita.
La moral de Pablo le impidió seguir de largo, la alzó y se la llevó en un taxi directo a la veterinaria. Parece que la revisaron, le dieron algo para sacarle las lombrices de su panza y... como verás, aquí me la trajeron.
¿Qué es este? ¿Un hotel? ¿Un hospital?
De todos modos, me aguanté los celos y los deseos de ser el único porque es evidente que esta belleza sufrió mucho. Porque, además, debo confesarte que me gustó un poco. Aunque es muy joven para mí, reconozco que es una morocha esbelta y preciosa. Por eso Pablo la bautizó Mariana, el nombre de una modelo humana muy conocida.
Cuando entró le di un par de besos y ella se quedó tranquila y segura de que no la atacaría. Se acomodó en uno de nuestros sillones (por suerte no fue el mío) y se quedó profundamente dormida. Ojalá esté bien... Y ojalá que se vaya pronto.

martes, 25 de mayo de 2010

Territorio


Hola, diario. Yo me la paso meando por toda la cuadra para delinear mi territorio y resulta que me vengo a enterar de que me corresponde un territorio mucho más grande, imposible de mear completamente. Mis fronteras se marcan con pis, pero parece que los límites de las personas se marcan de otro modo. Ayer Pablo me llevó a un festejo multitudinario. No podría decirte la cantidad de personas que había porque eran millones. Para mí eran miles y miles de pies porque siempre tengo que estar abajo. Pero como soy astuto me di cuenta de que todo era de dos colores. Como Pablo sabe que le entiendo casi todo, me explicó que se trata del cumpleaños de la Argentina, nuestro territorio. Por lo que vi en la pantalla que había sobre la avenida, ese territorio tiene enormes bosques, hielos y hasta cataratas. Impresionante. ¿Cómo hago para mear todo eso?
Parece que nuestro territorio enorme hoy cumple 200 años. Anoche brindamos con Pablo y los seres más cercanos a nosotros. Pedimos deseos. Yo pedí el mío, con la mirada bien hacia arriba: Justicia para todos los seres de dos y cuatro patas que viven en este enorme territorio que no podré nunca terminar de piyar. ¡Justicia por cien años más!

viernes, 14 de mayo de 2010

Una tarde en el parque


Hola, diario. Ayer fue un día maravilloso. Ya nos amigamos con Pablo y ahora nos volvemos a hablar. Se levantó de buen humor y, no sé por qué, no fue a trabajar. Me dijo: “Hoy vas a conocer Disneylandia”. No sé a qué se refería, pero era un día precioso como para conocer Disneylandia. Tomó la mochila, guardó una botella de agua para él, otra para mí y tomamos la calle.

Lo único horroroso del camino es que pasamos por esa horrible cárcel de animales y me puso los pelos de punta el olor a esos monstruos que rugen.

De pronto, llegamos a una avenida enorme, enorme, enorme y, cuando la cruzamos, vi algo impresionante, por primera vez en mi vida. Un lugar donde todo era verde, con mucho pasto y lleno de árboles para mear hasta cansarte. Pablo me dijo: “Esto para vos será Disneylandia”. Bueno, no sé si Disneylandia será algo así como el Edén o algo donde el placer y la diversión son una sola cosa, porque este parque era eso. ¡Qué felicidad, diario! Corrí dando círculos, desesperado de la emoción. Luego busqué el palo más grueso y fuerte y se lo di a Pablo para que lo arroje lejos para ir a buscarlo. Estuvimos jugando así un buen rato. De pronto, luego de caminar por ese lugar maravilloso, sin calles ni edificios, vi algo grandioso: un lago.

¡Cuánta belleza junta! No aguanté y salí disparado corriendo a toda velocidad hacia él. Pablo se desesperó porque escuché que me gritaba. No me importó y continué la carrera evitando frenar y... ¡Plaf! ¡Qué placer! Ahí estaba yo nadando y disfrutando de esa agua en medio de la naturaleza. Hasta era mejor que la piscina de Fernando. El lago es enorme y sentís cómo unos pececitos muy pequeños te hacen cosquillas en los pies. Creo que Pablo se quedó tranquilo cuando vio que me podía mantener a flote y que estaba rebosante de felicidad. Por momentos, tragué un poco de agua y me dieron arcadas, pero supe cómo dominar la situación. Lo mejor de todo eso es que la gente que había por los alrededores se agrupó para mirarme. Y vos sabés lo que me encanta que me miren. Así que hice todas las monerías que pude en el agua. De pronto, se me ocurrió salir y sacudirme, mojándolos a todos. ¡Qué divertido! Quise saltarle a Pablo y el muy cobarde salió corriendo para que no lo moje. Lo perseguí hasta que lo atrapé y lo dejé todo empapado. Luego... ¡al agua otra vez!

Después de un buen rato, me tuve que quedar tirado al sol para secarme y descansar de tanta exitación.

Así pasamos toda la tarde, caminando entre lagos, mucho césped y árboles que ya empiezan a quedar desnudos por el otoño.

Cuando volvimos, obviamente, el obsesivo de Pablo me metió de cabeza en la bañera para sacarme el barro y la mugre acumulada.

Me eché un rato a sus pies y me puse a reflexionar. Los perros deberíamos vivir todos en un lugar así, donde poder correr hasta cansarnos y disfrutar de la naturaleza. No entiendo por qué a las personas les gusta vivir en el cemento.

Miré a Pablo a los ojos y le pedí que, por favor, volvamos muchas veces a Disneylandia, desde ahora, mi lugar favorito de placer y diversión.

martes, 11 de mayo de 2010

Enojados


Hola, diario. Me peleé con Pablo. Sí, no nos hablamos desde hace casi dos días. Se enojó mucho conmigo porque las otras noches, cuando salimos a pasear, encontré un hermoso y sabroso hueso de pollo quebrado, en una bolsa de basura rota. Lo agarré enseguida con los dientes y Pablo se puso como loco. Tiene la teoría de que los huesos de pollo me pueden matar. El insolente quiso abrirme la boca con todas sus fuerzas, pero no lo dejé. A obstinado, obstinado doble. Finalmente se salió con la suya. Me alzó del collar y me obligó a soltarlo. Ahí nomás, me dio dos chirlos* en el hocico. “¡¡¡No lo hagas nunca más!!!”, me gruñó. Como si fuera fácil. A ver si él se puede contener si le ponen una torta de crema con frutillas adelante suyo.

Odio que me quieran sacar la comida de la boca. Además, me la encontré yo. Le mostré los dientes y le tiré un tarascón. Fue advertencia... no iba a hacerle nada. Pero no lo tomó así. Se enojó mucho. Me dijo de todo. Me paseó por la plaza con la correa, volvimos a casa sin hablarnos y no me dejó dormir en la habitación. Me puse a reflexionar sobre si me había pasado de la raya. A lo mejor sí... Si el jefe no quiere que coma de la basura, habría que hacerle caso. Pero no puedo contenerme.

Ayer no me habló en todo el día. Ni siquiera me dio la golosina de siempre antes de irse al trabajo. Cuando regresó, ni me acarició. Tomó la correa, me la puso y me sacó a dar una vuelta que alcanzó lo suficiente como para que haga pis y caca. Me hizo el vacío.

Hoy nos levantamos y, por lo menos, me tocó la cabeza y me dio un pedacito de una medialuna que comía.

¡Qué chinchudo*! Ya le dije (con los ojos, lógicamente) que estaba arrepentido. ¿Qué quiere? ¿Que saque una solicitada en el diario?

 

 

*Palmada.

*Malhumorado.

domingo, 9 de mayo de 2010

Pelos


Hola, diario. Tengo un problema. Alopecia. Creo que es eso. ¿Quedaré como Raúl, con la frente pelada? Pablo se queja todo el tiempo de que dejo pelos por todos lados. Hay épocas del año en que, reconozco, los pelos se me caen a millares y dejan madejas rodando por toda la casa. Es un problema. Es una porquería que te pase eso, ¿sabés? Yo me doy cuenta de que Pablo me abraza menos cuando me pasan esas cosas. Lo he visto pasando ese monstruo ruidoso que le llaman aspiradora por la colcha* de la cama. Por allí donde voy dejo pelos. Me detuve a pensar si hay ventajas en torno a eso. Pensé en las pulgas que se quedarían sin hogar y saltarían desesperadas por la casa buscando que el felpudo cobre vida. Pero no, no había ventajas aparentes... Hasta que mi nueva veterinaria le dio una explicación valedera a Pablo. No se me cae el pelo para nunca más volver... lo estoy renovando. Uff... respiramos tranquilos. Creo que cuando termine de renovarlo todo, voy a quedar precioso. Mientras tanto, Pablo me baña cada diez o quince días y cepilla día por medio.

Eso de que te cepillen el lomo es muy raro. Me provoca unos escalofríos tremendos y una mezcla importante de molestia y de placer. En cada cepillada, Pablo parece sacar un perro nuevo del cepillo. Entonces, yo empiezo a correr dando círculos, exitadísimo. Jugamos al “te atrapo, te atrapo”.

Él también se queja de que le dejo pelos pegados por toda la ropa. Es verdad, ayer mismo tenía un pantalón negro que quedó como una cebra. En uno de sus viajes compró unos rodillos muy prácticos, con papeles adhesivos, que te limpian la ropa de pelos inmediatamente. Me lo quiso pasar a mí. No se lo permití. Mirá si me deja sin un solo pelo. Ni quiero imaginarme verme como aquella vez en la que me peló.

Se caerán, se renovarán, pero mis pelos son sagrados. Me cubren del frío y sus colores me hacen único, especial. A mí me gusta andar en bolas, entonces qué mejor que tener el cuerpo peludo y que la gente diga cuan lindo lo tenés. ¿Me equivoco?

*Cobertor.

sábado, 8 de mayo de 2010

Acusaciones falsas


Hola, diario. Estoy decepcionado de la sociedad. Te cuento porqué. En el edificio donde vivimos ahora hay gente muy paqueta, pero bastante maleducada porque no saludan o te sueltan la puerta en la cara. Siempre lo comentamos con Pablo y el señor de seguridad de la entrada, que me cae simpatiquísimo. En el edificio hay pocos perros. Sólo yo, un golden y un cocker hiperquinético. Hay un viejo choto que odia a los perros. Cuando me vio por primera vez empezó a quejarse. Se llama Don Yankilevich. La esposa es otra vieja con cara de mala mala mala. Cuando me ve en el patio, desde su balcón, siempre me tira algo. Casi siempre son puñados de tierra de sus macetas. Yo me divierto esquivándolos. Nunca la emboca. Ni siquiera le ladro, porque esa gente no merece ni que le ladren. Un día, tocaron el timbre y el portero le dijo a Pablo: “El señor Yankilevich pide que tu perro salga con bozal y correa”. Diario, no puedo reproducir lo que dijo Pablo. Por suerte no me pusieron bozal y vivo con un rebelde. Un día, la esposa del viejo, que se llama Doña Sara, lo miró mal a Pablo y le dijo: “¡Usted tiene que ponerle bozal a su perro porque es peligroso y ladra todo el día!”. ¡Mentirosa! No soy ni peligroso ni ladro nunca. Pablo le dijo: “Los peligrosos son ustedes. Pónganse bozal ustedes”.

Pero el viejo malvado insistió. Otro día, vino el portero (un chupamedias que se llama Alejandro) a tocar el timbre. Cuando Pablo abrió la puerta escuché que el tipo le dijo: “Don Yankilevich insiste que tu perro no para de ladrar”. Efectivamente, se escuchaba ladrar al cocker del quinto piso. Pablo abrió la puerta de par en par para que el chupamedias me vea que estaba calladito, como un señor perro. “Como verás, no es él quien ladra”, dijo Pablo. “A menos que sea ventrílocuo”. Yo me moría de risa. Ahí el chupamedias se convenció de que los viejos malos mentían y nunca más nos molestó. Aunque Sara me sigue tirando cosas. Tendré que seguir conviviendo con estos vecinos molestos y rabiosos. Digo yo: ¿no tendrán otra cosa en qué ocuparse algunas personas en lugar de difamar a otros?

domingo, 2 de mayo de 2010

Los humanos pueden ser muy malos


Hola, diario. Estoy un poco desconcertado. Anoche me enteré de que así como hay seres humanos buenísimos, existen otros cuya maldad no tiene límites.

Pablo me llevó al cumpleaños de un amigo suyo, Antonio, que no sé si vive en un teatro, pero es ahí donde lo festejó. Me sorprendió porque Pablo no suele llevarme a sus juergas. Pero entramos a ese lugar inmenso, lleno de gente macanuda*. Muchos me abrazaron y me dieron palmadas en la cabeza. Había dos perras. Una era una gordita de mi estatura que mucha bola no me dio. Su mamá, la atendía con cuidado porque era una perra entrada en años. La otra me ladró de entrada. Era una petisita, con camiseta y saquito. Me enteré de que se llamaba Castaña y no hacía falta que me cuenten que era dueña de casa porque su olor estaba por todos lados.

Luego de ladrarme en forma poco amigable, entablamos una pequeña comunicación a través de nuestro olfato. Agradable, aunque de pocas palabras. Traté siempre de estar cerca de Pablo y de donde se cayera una papafrita o algo comestible. Cuando Pablo se puso a acariciar a Castaña no me gustó nada. La muy atrevida se puso panza arriba para que la acaricie. Pero se me fue la bronca cuando escuché su historia.

Castaña es una perrita que, hace algunos años, fue encontrada en la puerta de ese teatro. Alguien les dijo que había una perra muerta ahí. Salieron y se encontraron con Castaña, lastimada con heridas punzantes de cuchillo y su rabo hecho pedazos, envuelto en cinta adhesiva. Como todavía respiraba, pudieron llevarla al hospital veterinario. Antonio se hizo cargo de su recuperación y hoy es su compañera inseparable y está vivita y coleando. Castaña vive en ese teatro y, sigilosamente, cuando comienza cada función se desplaza hasta la primera fila y se queda en una butaca. “Cuando estuvo el Ballet Folklórico Nacional, no se perdió una sola función, pero odia las obras infantiles. Cuando hay alguna, se va a su cucha y se esconde”, contó Antonio, un gordito simpático que sopló las velitas al cantarle el “cumpleaños feliz”. Contó que cuando él está sobre el escenario tienen que dejarla en la oficina, porque si lo escucha llorar se quiere subir al escenario.

Aunque perdió su cola, Castaña vive feliz y, en las funciones de los distintos espectáculos que allá se ofrecen, se desliza sigilosamente por los laterales de la sala y se queda quietita, al pie del escenario mirando cada función sin ladrar, ni emitir sonido alguno. Me generó una admiración tremenda. Quise hacerme amigo suyo y estuvimos juntos un buen rato. Qué puedo decirte de ella... Tiene olor a amor. Y está vacía de rencor. Porque es más el amor que siente que el odio que pudiera recordar. Me puse a pensar cuando llegamos a casa y pensé en que, aunque suene soberbio, nosotros los perros somos mejores que los humanos.

No tenemos capacidad de odio. Nunca podríamos hacer nada tan dañino como eso que te conté.

Pablo y todos los seres humanos que conozco son incapaces de hacerle daño a un animal. Pero ayer descubrí que puede haber gente peligrosa. Hay que cuidarse del ser humano. Hasta los seres humanos deben cuidarse de los seres humanos.

Brindo por la perra teatrera y porque siempre haya algún Antonio que nos libre del infierno.

*Agradable.

jueves, 29 de abril de 2010

FELIZ DÍA DEL ANIMAL


¡Hola, diario! Hoy, apenas nos despertamos, Pablo me llevó a la cocina, abrió un armario y me dio tres regalos. ¡Sí, tres regalos! Dos de ellos estaban en unos paquetitos que rompí inmediatamente. Uno era una golosina riquísima en forma de "canelón" enorme. Todavía no lo terminé de comer. El otro era una pelota con dos manijas a cada lado, para que podamos luchar por ella. Divertidísima. El tercer regalo fue uno de los abrazos con besos más lindos que me dio Pablo. Me apretó tanto que me hizo pensar que me iba a sacar las tripas. Me "cachó" cariño. Me dijo: "Feliz día del animal". Y pensé enseguida en todos esos animales extraños que vi (y olí) el domingo en la cárcel; y en todos esos perros y gatos que no tienen lugar donde vivir; en aquellos que son abandonados, en los cientos de caballos maltratados por el trabajo en centros urbanos, y aquellos pobres que están encerraditos en una perrera o en un centro "asistencial" de animales. Es el día para pedir fuerte por todos ellos. ¡Feliz día a todos mis congéneres, y a todos aquellos que tengan plumas, pelos o escamas!
Me voy a jugar con la pelota.

miércoles, 28 de abril de 2010

Cárcel

Foto: Ibarak. Flickr.com

Hola, diario. El domingo viví una de las experiencias más fuertes de mi vida. Nos vino a visitar Mimí, una amiga nuestra que habla muchísimo y me hace mucha gracia. Es muy linda, pero no es como Morena, ella tiene sólo dos tetas, pero enormes. Luego de tomarnos unos mates y morirnos de risa los tres, salimos a caminar por el barrio. Nunca había salido a caminar con Mimí, entonces ella se divirtió mucho conmigo. Como a mí me encanta que me festejen todo, también le hice muchas monerías como para entretenerla. Zapateé en el piso luego de hacer caca, luché con una botella de plástico y perseguí a las palomas, entre otras cosas. A ella le fascinó eso.

Pero nuestro paseo no se limitó a la plaza del jardín enorme y enrejado, fuimos más allá. Atravesamos la avenida grande y llegamos a otro parque con más rejas. Algo me hizo desconfiar. Empecé a caminar más despacio con la cola entre las patas, no pude evitarlo. En un principio, el huracán de olores que provenía de allí me produjo esa sensación, tal vez por presentimiento; luego, fue temor. Descubrí qué era. ¡¡¡Una cárcel, diario, una cárcel!!! ¡¡Una cárcel de animales!! En un principio, por el olor a plumas descubrí que había muchas aves, pero también olfateé unos bichos que no vi en mi vida, pero que me imaginé enormes. Cuando avanzamos unos 200 metros, me surcó el cuerpo un gran escalofrío y una sensación de pánico. Quise irme. Pablo se dio cuenta de mi miedo porque, enseguida, me puso la correa y me sujetó fuerte. Sentí el impulso de cruzar. Sé que no hay que hacerlo, pero observé a Pablo y se lo pedí con los ojos. Tenía mucho miedo. Ya estaba seguro de lo que mi nariz había descubierto. Ahí adentro, presos, había unos gatos enormes, gigantes, con dientes asesinos y un aliento que te tumbaría. Durante unos segundos, hasta escuché cómo rugían. Si esos gatos enormes me encontraban me podrían descuartizar. Pero Pablo y Mimí son muy valientes porque no se les movió un pelo. Es más, hasta creo que les causó gracia mi temor. Me resigné y seguí caminando junto a ellos, muy pegadito a Pablo, con mucho miedo, pero con la seguridad de que esos gatos convictos estaban encerrados y no podían salir. También me dio un poco de pena pensar eso.

Seguimos caminando y el olor a esos monstruos se fue alejando, aunque comenzó otro aroma. Y desde la calle, pude ver de qué se trataba. Eran unos bichos como cinco veces más altos que yo, pero con unos cuernos enormes. Eran pacíficos y comían pasto sin parar. También había otros que parecían comer chicle muy animadamente. Tenían unos pelajes con rulos, muy abrigados para la época.

Dimos la vuelta por otro lado y, así, seguí descubriendo distintos animales. El lugar era tan grande que los tres nos cansamos en un momento y nos sentamos a comer unos panchos*. Luego de haberme devorado uno y haber intentado robarles un trozo a los de Mimí y Pablo, puse atención en un nuevo aroma. No sentí que fuera una amenaza. Me acerqué a la reja y me paré en dos patas en ella. Adentro había un puñado de gente viendo con atención algo. De pronto, divisé unas patas muy largas, con lunares enormes. Algo así como un dálmata muy alto... Comencé a seguir con la vista las patas, hacia arriba, y divisé el cuerpo, y luego un cuello larguísimo y una cabeza diminuta con dos cuernos. También mascaba chicle. ¡¡¡Guauuu!!!! Comencé a ladrar de la emoción. ¡Era un perro altísimo! En mi vida vi uno igual. Tal vez por eso estaría ahí preso. Miraba a todos desde ahí arriba, con sus pestañas enormes. La gente que estaba afuera con nosotros, comenzó a rodearme, fascinada por mis ladridos. Mimí estaba descompuesta de la risa. Me encantó eso. Pero en realidad yo no podía dejar de ladrar por mi descubrimiento.

Cuando volvimos a casa me quedé todo el día pensando en ese perro enorme, altísimo, con cuernos. Cómo se podría vivir mirando la vida desde ahí. ¿No le da vértigo? También pensé en porqué lo habrán puesto en cana*. ¿Qué habrá hecho para merecer estar encerrado? ¿No se cansará de que todo el día lo estén observando? ¿O tendrá tanto ego? Sólo creo que si lo encerraron por ser diferente, habría que ir a rescatarlo. Bueno, que se ocupe otro, en realidad. Yo no voy a arriesgarme a que me agarren los gatos gigantes.

sábado, 24 de abril de 2010

Atención


Hola, diario. No soporto que no me presten atención. Pablo está un poco enojado conmigo. Es que ayer tuvo día libre y vinieron a visitarlo sus padres y, luego, una amiga. Según él, me porté mal. Y sí... Es que no soporto no ser integrado en las conversaciones. Me encanta recibir visitas, festejarlos e intentar jugar con ellos, pero me parece espantoso ese momento en el que todos se sientan y se ponen a charlar. ¿Y yo? ¿Adónde queda mi participación? Si yo no sé hablar en castellano. Y encima, si ladro, me retan*. Entonces, todo el tiempo, trato de llamar la atención de los presentes. O con mi hocico les pido que me acaricien... O me paro en dos patas y pongo las delanteras sobre sus faldas... o trato de acomodarme en el sillón, al lado de alguno... o, cuando están muy serios, aparezco a los saltos con Osito entre los dientes... o les traigo la pelota y se las dejo a los pies, para que la arrojen. Nada de esto resulta. Todo el tiempo, Pablo me dice: "Pará, Francisco". Y sí... me pongo un poco insoportable. Es que me aburro. Por momentos me quedo quieto, observándolos y prestando atención. Pero entiendo sólo una parte, entonces vuelvo a distraerme con alguna mosca y, luego, otra vez a reclamar atención.
Es más fuerte que yo: necesito ser protagonista. No soporto que, aunque sea de a ratos, haya más protagonistas en la vida de Pablo. Sino... ¿Para qué estoy?

* Regañan.

jueves, 22 de abril de 2010

La pelirroja me odia

Foto: Flickr.com. Pwcowgigirl

Hola, diario. Te juro que Pablo es un obsesivo y me baña cada 15 días. Pero algún olor medio raro debo tener como para que la pelirroja de la vuelta me odie de esta manera. Cada vez que estamos en la plaza y me ve, aunque sea de lejos, comienza a avanzar amenazadoramente, con la panza casi a ras del piso, a paso lento, hasta que, de repente, emprende carrera veloz y se tira sobre mí para morderme. Ya se quedó con un mechón de pelos míos en la boca y, los otros días, alcanzó a morderme la cola. No me importó gritar. ¿Sabés lo que pasa, diario? Si vos tenés una discusión, o te llevás mal con alguien o hay algún motivo para las piñas, estás preparado, te ponés en guardia, sabés qué decir. Pero cuando te toman por sorpresa, sin un motivo aparente para pelearte, quedás en desventaja, desprevenido. Yo no soy belicoso. Entonces esta turra de mierda siempre me agarra sin capacidad de reacción y quedo como un cobarde.
No sé por qué me odia. No se pelea con ningún perro, sólo conmigo. Me huele a la distancia y ya me quiere agarrar del cogote. Pablo discutió con la mujer que la lleva. "¡Póngale collar, no la lleve suelta!", le dijo. Y ella, como si nada. "Es a su perro al que odia", le dijo, muy pancha*. Me gustaría sentarme a charlar con la pelirroja y preguntarle qué le hice y por qué me odia. Pero no me da tiempo. Decí que no se puede morder a las mujeres, porque sino, le arrancaba una oreja.

*Muy tranquila.

domingo, 18 de abril de 2010

Vocabulario


Hola, diario. Me estoy dando cuenta del vocabulario que estoy acumulando. Según los hechos y mi teoría de que soy casi humano, creo que me largo a hablar en cualquier momento. Ya entenderás que con Pablo podemos mantener largas conversaciones a través de la mirada. Bah... él a veces habla como un loro, pero yo le contesto con los ojos. A veces le observo los labios, para ver si yo puedo articularlos así. Pero no, no me sale. Tengo muchos dientes, creo. De lo que me cuenta, entiendo un 50 por ciento. Pero más que las palabras tiene que ver con la intención y esa conexión energética que, te conté, tenemos.
Hay palabras y frases que identifico mucho más que otras. Sobre todo las órdenes... o indicaciones, como él prefiere llamarlo. Hay que tenerlas bien claras como para evitar problemas. A la que más le temo es a la palabra "no". Cuando manda un "no" enérgico y grave. Sé que todo se vuelve prohibido. Otra frase intimidante es: "¿Qué hiciste?" o "¿hiciste lío?". Ahí sé que me descubrió, meto la cola entre las patas y me escondo debajo de la mesa. La palabra que más adoro es "vamos". Cuando la pronuncia, enseguida paro las orejas y doy unos saltos increíbles. Significa que vamos a la calle. Pero hay una diferencia cuando dice "¿vamos a pasear?". Cuando dice eso, ya sé que no será sólo ir a la plaza, a hacer compras o a dar la vuelta manzana. Es mucho más que eso. Un paseo es algo más duradero.
Cuando dice "vení acá" puede significar dos cosas: o que te va a hacer muchos mimos o te vas a ligar un buen reto. Así que siempre avanzo con cautela. Pero el "vamos" y el "vení" tienen significados distintos cuando estamos por cruzar la calle. Medio metro antes de llegar a la esquina, Pablo dice: "vení". Entonces yo me tengo que parar a su lado y quedarme quieto, con él, hasta que pasen los coches, que son peligrosísimos. Cuando el peligro pasó, él dice: "vamos". Y ahí podemos cruzar lo más tranquilos. También el vamos se usa para cosas concretas. El "¿vamos a lo de Fina?" o el "¿vamos a lo de María Elena?" me ponen feliz y me entusiasman. Me encanta ir a lo de mis abuelos humanos y a lo de mi tía humana.
Cuando pregunta: "¿tenés hambre?" ya sé que voy a comer enseguida. Lo mismo cuando dice: "¿querés?". Son frases fantásticas. También distingo entre "agua", "pollo", "palito", "bombón", "banana" y "zanahoria".
La frase que me amedrenta es: "¡A bañarse!". Me tiro panza arriba y Pablo me arrastra del collar hasta la bañera. Ahí me resigno y me encanta cuando me dice "te mojo".
Una palabra que me resulta molesta es cuando dice "quietito". Significa que le estoy rompiendo las pelotas*. Porque el "quieto" es más normal. Pero el "quietito" me molesta. Del mismo modo, odio cuando me dice "boludo". A veces, cuando me porto mal, o meto la pata él me grita: "¡¿Vos sos boludo?!". Horrible. Prefiero cuando dice: "¡A jugar!".
Otras palabras que reconozco son: "gato" (ahí me pongo alerta y tengo cuidado); "mosca" (no paro hasta atraparla); "perro" (algún congénere cerca); "llueve" (nos mojaremos); "besito" (tengo que darle lengüetazos); "amigo" (sé que es alguien en quien confiar) y "a dormir" (de un salto, estoy en la cama). Además, Pablo finalmente logró que distinga entre "Osito" y "pelota". Ahora sé perfectamente qué es cada cosa y se la traigo cuando me lo pide.
Una vez, Pablo me dijo "estoy triste, Francisco". Y me quedé a su lado mucho rato. Me di cuenta de que la palabra "triste" es espantosa. Prefiero a todas las demás.

* Molestando.

martes, 13 de abril de 2010

Domingos


Hola, diario. Desde que nos mudamos a este barrio mis viajes en taxi son cada vez más frecuentes. Casi todos los domingos vamos a la casa de Fina y Raúl, para almorzar con ellos y, luego, tomar mate. Apenas nos despertamos me empieza a agarrar una ansiedad incontrolable. En los domingos, mis mañanas no son tranquilas y a paso lento como las demás. Voy de un lado a otro, quiero que Pablo desayune rápido, que hagamos un paseo corto y rajemos* de una vez. Todo el tiempo él me grita: "¡Pará, Francisco!". Pero no puedo controlarme. Es como si tuviera adentro mío a un demonio movedizo.
Cuando empieza a llenar la mochila con cosas para llevarles a sus padres, empiezo a los saltos. De a una, le voy señalando las prendas de vestir para que se las ponga rápido. Un día que daba muchas vueltas, hasta le tuve que llevar la remera* con el hocico. Apenas salimos del departamento, emprendo carrera veloz por el pasillo que conduce a la calle. El señor de seguridad del edificio me saluda siempre y me abre la puerta porque sabe que no me escapo. Ahí me quedo sentadito en la vereda, cerca del cordón, esperando que llegue el taxi. Me confundí muchas veces. Algunos se detienen para otras personas y yo corro desesperado para subirme. Pablo, todo colorado, me saca de prepo, tomándome del collar. Una vez que llega el taxi, empieza la fiesta. Pablo pone unas sábanas viejas, yo me paro ahí y saco la cabeza por la ventanilla para tragar mucho aire que, después, convierto en peditos para martirizar a la gente.
El domingo pasado, cuando llegamos a lo de Fina y Raúl escuché que él dijo: "Yo no sé cómo Francisco sabe cuándo es domingo". A veces los seres humanos me sorprenden. ¿Y si él sabe porqué no voy a saber yo? ¿¡Cómo no voy a saber cuándo es domingo?!.. Tsss... En realidad, me puse a pensar y no sé cómo sé que es domingo. Creo que es intuición. Siempre hay seis días antes, de los cuales Pablo trabaja cinco. Pero el domingo tiene una energía especial. Más allá de que nos levantamos de la cama un poco más tarde de lo habitual, es un día con una vibración distinta. Yo no sé exactamente cómo me doy cuenta. Pero sé perfectamente que el domingo es domingo, que tenemos que levantarnos más tarde y, luego, tomar un taxi para ir a lo de Fina y Raúl. Insisto: ¿Me estaré volviendo persona?

* Salir apurados.
* Camiseta.

sábado, 10 de abril de 2010

Telepatía



Al final, mi presentimiento no era irreal. Llegó justo cuando me disponía a destripar a Bob Esponja. Como siempre, pensaba recibirlo con indiferencia, como lo haría Zsá Zsá, pero soy un idiota, no pude. No me puedo contener. Lo siento cerca de la puerta y ya mi cola se vuelve incontrolable. Apenas escucho el ruidito de las llaves, me yergo y mis orejas se convierten en radares. Y ni te cuento cuando entra a casa. Primero avanzo sumiso, con la cola entre las patas, poniéndole la mirada más lastimosa que me sale, para golpearle el corazón. Pero de inmediato, me convierto en canguro y no paro de saltar y darle besitos. Después lo huelo exhaustivamente para asegurarme de que no haya intentado cambiarme por otro perro. Y luego, me vuelvo obsesivo e interesado. Siempre me trae regalos cuando regresa, así que no puedo contenerme y, por todos los medios, trato de abrir esa enorme valija* que trae. Es complicado y tengo que esperar a que él decida cuándo la abrirá. Cuando eso sucede, meto mi hocico hasta el fondo, hasta poder encontrar “mi” regalo. Esta vez me trajo un pingüino. Me encantó. No sé adónde habrá ido que me trajo un animal tan extraño. Me vino bien porque Chanchito ya está muerto (lo rompimos jugando) y Osito 2 está medio cachuzo. Jugamos un rato y, cuando estuve exhausto, me quedé contemplando a Pablo, con mi pingüino abrazado.

También pensé en esa sensación fuerte que tengo cuando está por venir. Nunca me equivoco. Creo que con mi mejor amigo ya logramos telepatía. Puedo sentir su energía cuando está por venir. Y su presencia se hace cada vez más fuerte en mi alma y mi cabeza cuando está cerca. Y te aseguro, diario, que no es mi superolfato. No logro oler tan lejos. Sino, los perros no nos perderíamos tan fácilmente. Es energía, magnetismo, telepatía... No sé cómo llamarle. Voy a investigar sobre el tema. Me apasiona saber cómo he logrado una conexión tan fuerte con un ser tan primitivo y adorable a la vez, como el ser humano. Nunca los perros podremos emanciparnos de ellos. Inevitable amarlos. Es nuestra naturaleza.


* Maleta.

jueves, 8 de abril de 2010

Dueños


Hola, diario. Es duro cuando el ser que más querés no está por un tiempo a tu lado. Tengo que confesarte que estoy más tiempo acompañado que cuando está él. Fina y Raúl pasan casi todo el día conmigo, me hablan, me hacen jugar, me dan cosas ricas y me sacan a pasear varias veces. A menudo me hago como el que me estoy meando, como para que se apuren en llevarme a la plaza otra vez. Es una mentirita piadosa. Cuando veo que Raúl está cansado lo miro y comienzo a caminar solito hacia la dirección de nuestra casa, para volver.
Pero de todos modos, extraño mucho a Pablo. Hay días en que se pasa trabajando... pero me encanta saber que lo estoy esperando y que regresará. Y que, aunque esté cansado de su jornada de trabajo, apenas entre a casa me hará unos mimos y me sacará a pasear sin chistar. "Es tu derecho adquirido", me dijo una vez. Y lo respeta siempre. Otras veces se lo pasa sentado a la computadora escribiendo. Pero aunque no me preste demasiada atención, me gusta echarme a sus pies y acompañarlo. Sé que se siente bien si yo estoy ahí, con mi hocico o mis patas delanteras sobre alguno de sus pies. Nos acompañamos mutuamente. Por eso lo extraño tanto. Me acostumbré a ser parte suya y a que él sea parte mía. Él dice: "Mi perro". Yo digo: "Mi amigo". El "mi" es posesión. Pero no me importa. Y sí... soy de él. Será mi dueño. Pero él también es mío, aunque tenga que compartirlo a veces con Zsá Zsá o, más adelante, con algún otro cuadrúpedo.
Hoy tengo un presentimiento fuerte. Creo que falta poco para que llegue. Lo siento más próximo que ayer. Pero cuando uno extraña, el mañana se hace eterno.

jueves, 1 de abril de 2010

Sábanas


Hola, diario. Todavía sigo mirando con cariño al peluche de Bob Esponja. Pero me contengo. Aún no le he hecho nada. Pablo no vuelve y los días están tan lindos como para ir a pasear por el barrio. Como sigo con esta teoría de que soy casi persona (salvo por esa minucia de que no puedo hablar ni sonreír) decidí dormir como Dios manda. Cuando Fina y Raúl se van, me voy a la cama y, en lugar de dormir a los pies, como hago siempre, levanto las sábanas con los dientes y me acuesto adentro. Lógicamente no me tapo porque hace calor. Pero dormir sobre las sábanas tiene otro sabor. Algo me hace pensar que a Pablo no le va a gustar la idea. Pero a mí me encanta.

miércoles, 31 de marzo de 2010

¿Seré una persona?


Hola, diario. Estoy cada vez más cerca de la teoría de que soy una persona con traje de perro. Tengo varios motivos para pensarlo. Por empezar, tengo casa: un departamento de tres ambientes con patio para mi solo. Pablo se fue de viaje, así que puedo considerar que, por ahora, es mío. Vivo aquí y cuando viene gente a cuidarme se quedan durante el día y se regresan a sus casas para dormir, a la noche. Es decir, segunda confirmación: están a mi disposición. Te tiro otra. Ayer vinieron Fina y Raúl y me invitaron a sentarme a la mesa con ellos. Además, ella me convidó café. "Te va a despejar un poco", me volvió a señalar. ¿Dónde viste un perro que tome café? Por lo tanto, no soy perro. Con esa teoría en mi cabeza salí a la calle con ellos, suelto, muy dueño de la vereda. Estuvimos un buen rato en la plaza. Ignoré a cuanto perro se me cruzó por el camino. Un cochino se me acercó para olerme el culo y lo saqué cagando. Pri-mi-ti-vos... Tsss...
Me pasé toda la tarde así, solo, haciendo de cuenta que cualquiera de esos perros podía ser mi mascota. ¿Soberbio? Y bueno... sí. Creo que he evolucionado en persona.
Estuve un buen rato parado frente al espejo de la habitación observándome. Ensayé sonrisas, pero no me salieron. Y cuando escuché que el portero tocó el timbre del departamento, comencé a dar ladridos de advertencia.
Me frustré. Ladro y no puedo sonreír. Ahí entré en dudas.

domingo, 28 de marzo de 2010

Viajero

Hola, diario. ¿Podés creer que Pablo volvió a irse? Yo no sé qué se piensa... A veces tengo miedo de que se esté convirtiendo en nómade. No sería vida para mí... aunque obviamente, lo seguiría adonde sea... Pero yo prefiero estar acá calentito, con morfi* asegurado y caricias al por mayor. Anoche otra vez tomó la valija y comenzó a llenarla de ropa. Hasta el cepillo de dientes se guardó. Quise meterme en ella, pero no me dejó. Hoy a la mañana se despidió con muchas caricias, besitos en la frente y promesas de que "enseguida" vuelve. Ya sé que por lo menos se tomará entre cinco días y una semana. Tal vez mi vida sea así siempre... que, de tanto en tanto, él se vaya de viaje y me deje al cuidado de algún otro integrante de la familia. Mientras no me deje al cuidado de Zsá Zsá no tengo problemas.
Cuando me hizo mimitos en la cara, no me aguanté y me puse a llorar. Ahí me abrazó. Como me di cuenta de que funcionó, comencé a llorar más fuerte, para ver si se arrepentía y se quedaba. Pero no fue así. Nos quedamos los dos mirándonos con mucha tristeza, me dio una golosina y cerró la puerta.
Ahora estoy observando un almohadón y un peluche de Bob Esponja. A ver qué agarro primero en señal de protesta.

* Comida.

sábado, 27 de marzo de 2010

Manos




Las manos de las personas son bendiciones para los perros. No puedo evitar arrimarme a la gente y, de prepo*, ponerle mi frente en sus manos quietas. De pronto, cuando empiezan a moverse, bajo mi presión sutil, encuentro uno de los mayores placeres de la vida. Que te acaricien o te rasquen la cabeza... ¡Qué maravilla! Siento un escalofrío tan estremecedor. Cierro un poco los ojos, luego los vuelvo a abrir, observo de reojo que la persona no se canse de acariciarme, y si eso sucede, arremeto de nuevo, con mi frente en la palma de su mano. El que te acaricia la cara es porque, realmente, es un tierno total. Lo hacen varios en la familia. Raúl es uno de ellos. Me acaricia la mejilla, luego la zona de mis bigotes y, a veces, en el mentón. Cuando hace eso, de a poco, me voy derrumbando, siento como que me desarmo. Muy lentamente, me voy deshaciendo en el piso hasta quedar echado totalmente. Cuando ocurre eso, Raúl deja de acariciarme porque no puede agacharse más. Pero si ocurre lo mismo con otros, es como estar en el paraíso. Podría pasar horas dejando que me rasquen la panza y el pecho. Pero los seres humanos no resisten mucho estar agachados, a la altura de los animales. Entonces tengo que erguirme nuevamente y comenzar con lo mismo... mi frente en sus manos. Muchos son expansivos e, inmediatamente, comienzan a acariciarme el lomo. Uy... siento como que me corre una gota de agua fría desde la cruz hasta la cola. Me encanta que me peinen con sus manos. Y lo mejor, es en el cuarto trasero. Me encanta que me rasquen el cuarto trasero. Me quedo quieto, quieto, quieto... tieso, enjuto, sin otra sensación que el placer. No me muevo por miedo a perder esa dicha.
Lo que los seres humanos no toman en cuenta es el cariño y el amor que permanentemente ofrecen con sus manos. Yo les pido afecto por placer, lo reconozco. Pero también para ayudarlos a que, por lo menos un momento en el día, estén descargando cariño casi sin darse cuenta. Me siento más útil.
Creo que si muchas personas supieran que eso es así, habría menos perros y gatos sin hogar, y un gran porcentaje de la humanidad sería más buena. Brindo por las manos.
*obligar

martes, 23 de marzo de 2010

Labios


Hola, diario. ¿Viste que a alguna gente le da un poco de asco cuando los perros besamos? No entiendo por qué. Yo los he visto también haciendo cosas con sus lenguas. Y cuando hacen eso van mucho más allá del afecto. Cuando llega alguien a casa, siempre pego un salto para darles un beso. No tengo trompa como ellos como para saludarlos igual. Pero confieso que tengo una obsesión: los labios.
No sé porqué, desde cachorro, siempre me gustó darles besitos a las personas en sus bocas. Cuando sos cachorro es fácil porque te alzan, te arriman a sus rostros y ahí les das besos. Pero de adulto es más complicado. Yo adquirí una técnica. Hay que hacerlo rapidísimo. Apenas se acercan, pego un salto, como si fuera un delfín amaestrado, y les doy un lengüetazo en los labios. Algunos ponen cara de asquete, pero a otros les resulta simpático y hasta adorable.
Es que los labios de las personas son húmedos, como nuestras lenguas, o nuestras narices. Y es a través de sus labios como grafican el amor. Como yo creo que me estoy convirtiendo en una persona, estoy convencido de que es así cómo debo besar. Les doy amor con cada salto y cada beso en esos contornos carnosos que dibujan lo que a mí nunca me sale: la sonrisa. Es lo más lindo de las personas. Cuando sonríen, todo se ilumina y yo siento que unen la alegría con el cariño. Precioso. Estuve practicando pero no me sale. El día que pueda sonreír, se caen de culo.

lunes, 22 de marzo de 2010

Comadrejas

Foto de Adriana de Palermo. Flickr.com

Hola, diario. Este nuevo barrio es muy curioso. Te conté de ese jardín inmenso al que no dejan pasar perros, pero que está lleno de plantas y árboles de todo tipo con una partitura de olores que te fascina. Allí está lleno de gatos. Algunos son amigables y otros te hacen “fsss”. Pero con Zsá Zsá ya me acostumbré a ellos. Anoche estábamos paseando por la plaza y Pablo se sorprendió tanto como yo por un perro extrañísimo que había ahí dentro. Bah... yo no sabía si era un perro o un gato de una marca rara. Tenía un olor espantoso y caminaba muy lento. Estaba así como despeinado, con pocos pelos, con distintas tonalidades de grises en el lomo y un antifaz blanco. Lo más impresionante era su cola. Larga y pelada... un asco. Se la habrán mordido o tendría un problema dermatológico. Primero nos ignoró, pero después nos observó con unos rosados ojos diabólicos. Nos quedamos observándolo un buen rato, pero viste que a mí la curiosidad me mata... Vi que algo raro tenía en el lomo. Eran como verrugas peludas que se movían. No lograba darme cuenta de qué era... ¡Hasta que me avivé de que eran sus hijos! Tan extraños como él, pero mucho más chiquitos. Quise acercarme para olfatearlos, pero se enojó mucho. Se le pararon todos los pelos, irguió su cola pelada y me mostró los dientes. Pensé que nos iba a atacar, pero no... Muy pancho (o pancha)* se dio media vuelta y se alejó caminando despacio, con esas patas cortas y extrañas.

Pablo también quedó fascinado con ese inesperado encuentro y se lo contó a todos. Escuché que esos perros se llaman comadrejas* y que en ese lugar hay muchas.

Por precaución, creo que no deberíamos acercarnos nuevamente a ellos. Sobre todo cuando tienen familia numerosa.

*Tranquilo

* En Argentina se llama comadrejas a las zarigüeyas u opossum.

jueves, 18 de marzo de 2010

Un chistoso


La alegría de ser un perro de raza me duró un día. ¿Vos podés creer que era un chiste de Pablo? ¡Me tocó un chistoso como compañero de departamento! Ayer le volvieron a preguntar de qué raza era y volvió a responder lo mismo: "Lanus Sheperd". Pero esta vez la inquisidora era más curiosa y le preguntó qué quería decir. "Pastor de Lanús", respondió. Y ella se echó a reír y me abrazó. Luego dijo: "Holando-Argentino". Mirá, diario, no te sigo contando porque me da bronca. No le hablé en todo el día. Raza pelotudo es él.
Preguntame de qué raza soy... dale... COMÚN Y CORRIENTE... y con mucha honra.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Lanús Sheperd


Viví engañado estos tres años de mi vida. Siempre creí que era un perro cualunque, común y corriente, un atorrante. Soy de raza, diario. Escuché claramente cuando una señora, en la calle, le preguntó a Pablo de qué raza era y él respondió: “Lanus Sheperd”. No sabés la emoción que me dio. No porque me hubiera sentido menos ya que siempre miré con cierta sorna a los perros de raza, ya que todos se parecen entre sí. Pero supongo que para los humanos debe ser como siempre mirar de reojo a los ricos por sentirlos frívolos o egocéntricos; y de repente, tener un golpe de suerte y ser ricos como aquellos a los que se miró de soslayo antes. ¿Está mal querer “pertenecer”? Tal vez, para que la vida se nos haga un poco más fácil. Es más sencillo para un “Lanus Sheperd” que para un perro común, supongo. Lo único que no me gusta de esto es que, seguramente, me voy a topar con muchos “Lanus Sheperd” como yo. Me gustaba ser casi único. Todo no se puede en la vida.