UNA VIDA SIN UN PERRO, ES UN ERROR

"LA GRANDEZA DE UNA NACIÓN Y SU PROGRESO MORAL PUEDE SER JUZGADO POR LA FORMA EN QUE SUS ANIMALES SON TRATADOS."
Mahatma Gandhi

NO USES PIROTECNIA

NO USES PIROTECNIA
Por favor, no usen pirotecnia. Los "cuetes" nos asustan, nos hacen mucho mal a nuestros oídos, nos desorientan y son la causa de que muchos perros y gatos se pierdan entre diciembre y febrero. Lo mismo les ocurre a otros animales, como las aves. Pensá en nosotros y en los múltiples problemas que pueden causar los fuegos artificiales. NO USES PIROTECNIA. Gracias. PD: Ah... Ponele chapita con número de teléfono a tu perro. Para esta época hay muchos perros perdidos a causa de la pirotecnia, por favor, si ves alguno no sigas de largo, ayudalo a encontrar a su familia.

jueves, 18 de febrero de 2010

Confirmación



Y sí... parece que estoy gordo nomás. Había que ser necio para no admitirlo. Todo el mundo me lo decía. Menos Pablo, que insiste con que soy musculoso. Es evidente que la comida que me dio Fina y la vida sedentaria hicieron que mi cuerpo se ensanche notablemente. Pablo me llevó al veterinario, a ese odioso bigotudo que se piensa que me va a conformar con una golosina. Se hace el cancherito*, como que me juega y me recibe con los brazos abiertos. Y yo que no puedo evitar esconder la cola entre las patas cuando llego. ¿Te imaginás lo primero que dijo cuando entré? Sí, exacto: "¡Estás gordo, Francisco!". Viste que del idioma humano puedo pescar bastantes palabras que, unidas a miradas, gestos y tonos de voz, me indican qué está pasando. Bueno, me di cuenta de que el tordo* ese le decía a Pablo que una de las causas de mi gordura es que me operaron las bolitas. Parece que tengo que comer muuuuuucho menos y hacer más ejercicio. Pablo se lo tomó en serio y volvimos a casa corriendo. No lo podía creer. No estoy en forma como para correr seis cuadras sin parar.
Es que la estadía de 15 días con Fina y Raúl fue un vicio del que no creo poder volver a salir. No hacer nada todo el día más que comer y comer. Creo que me hice adicto a las criollitas* con queso, al paté, a las alitas de pollo y a la carne picada cocida. Ahora estoy desesperado porque Pablo no me da nada de eso. Me van a tener que atar la boca porque, ante el menor descuido suyo, en la calle, voy a comerme lo que encuentre.
¿La dieta? Total, así gordo como estoy, me quiere. ¿Está mal?

*Que alardea, conocedor de todo.
*Doctor.
*Galletas.

martes, 16 de febrero de 2010

Musculoso


Son músculos, diario. El portero del edificio, cada vez que me ve, dice: “Qué gordo que está Francisco”. Y Pablo responde: “No es gordo, es musculoso”. Ayer vino a visitarlo nuestra vecina Margarita y también preguntó, con suavidad y casi disimulo: “¿No está más gordo Francisco?”. Pablo respondió lo mismo: “No, es musculoso”. Y lo mismo responde cada vez que algún desubicado dice que estoy gordo. ¡Ya está, no me preocupo más! Sigo con los postres y las criollitas* en el desayuno. Parece que es tanta la actividad física que hago que me saca músculos.
Hoy, por la mañana, me crucé con el pittbull de enfrente, un pobre infeliz al que pasean con correa y bozal y le operaron las orejas y la cola. Lo miré de reojo y, dentro mío, le dije: “No te hagás el malo que soy musculoso y te puedo cagar a golpes”. No sé si me entendió ese forajido, pero por lo menos, no me desafió.
Puede ser que esté musculoso. No sé... noté que hay un par de perritas del barrio que me miran un poco más. No seré como Julio, el doberman de la lavandería, que cuando salta la verja de la plaza se le marcan todos los músculos, pero parece que tengo lo mío.
"Francisco no está gordo", repite Pablo. Sí él lo dice tendrá razón.
Soy musculoso… Faaaaa…. Un perro patovica*.

* Galletitas.
* Fisiculturista

¿Gordo yo?


Hola, diario. ¿Vos me ves gordo? La verdad que no me doy cuenta. Pero desde que volvió de viaje, Pablo se queja de que estoy gordo. Puede ser… qué se yo… Fina me dio mucha comida cuando él no estaba. Comida que él no me da ahora. Además de mi alimento habitual, ella me daba carne picadita, algún que otro churrasquito y compraba especialmente alitas de pollo, que cortaba minuciosamente, sacándole los huesos y la piel, para que me las devore. Pablo es un poco más mezquino en ese aspecto. Me da sólo mi alimento y alguna otra cosa que compartimos cuando él come.
El problema es que mi estómago se acostumbró a aquellos manjares, entonces vivo muerto de hambre. Ahora Pablo me dice: “Mi gordito”. No sé si me gusta mucho ese calificativo. De todas formas, creo que puede tener algo de razón. Me cuesta un poco más pegar saltos a lo delfín y, cuando me siento en dos patas, veo que una panza un poco más grande asoma. Disimulo sacando pecho.
¿Tendré que hacer dieta?

miércoles, 10 de febrero de 2010

Vejez


Hola, diario. Ayer supuse que Pablo tardaría en regresar porque Raúl vino temprano a hacerme compañía. Lo quiero mucho a Raúl. Tenemos una relación muy especial. No es de hablar mucho, pero cuando abre la boca, además de bostezar como un hipopótamo, charla. Porque una cosa es hablar y otra cosa es conversar. Raúl conversa conmigo. Te confieso que más de la mitad de lo que me dice no lo entiendo. Pero yo lo observo fijo e inclino un poco mi cabeza para poder escuchar atentamente con mi oído izquierdo. Eso le hace creer que entiendo absolutamente todo. Es interesante su reacción porque no me considera un perro, sino una persona. Y ya te comenté que cada vez me lo creo más eso. Raúl es especial. Ayer me dediqué mucho a observarlo y a pensar en él, a imaginar cómo fue su vida. Debe tener unos 18 años más o menos porque se le cayeron los pelos y los que conserva, son blancos. Me llama mucho la atención de que todavía tenga la boca llena de dientes, algo raro ahí debe haber. Me puse a pensar en cuando yo sea viejo como él y me abrumaron todas las imágenes.
Siempre invito a Raúl a que nos tiremos al piso a luchar, como hacemos con Pablo. Pero nunca quiso. Él sólo te acaricia la cabeza. Me di cuenta de que no se tira al piso porque apenas se puede agachar. Creo que le duelen un poco los huesos. Ayer le señalé con el hocico mi alimento balanceado, para que coma un poco. Sé que eso hace bien a los huesos y supongo que también debe ayudarte a que no te quedes pelado. Pero no quiso. Prefiere comer pan.
Cuando salimos a pasear, también lo invito a correr un poco, pero no puede. Me dice: "¡Dejate de joder, Francisco!". Creo que significa que no puede. Es que tiene un andar pesado. Ya me acostumbré a su ritmo.
Pero te digo una cosa, diario: Raúl es más debilucho porque tiene mucha vida encima. Yo me quedaría muchas horas al día charlando con él porque han pasado demasiados episodios por sus narices. Es mucho lo que puede contar. Es muchísimo lo que debe haber aprendido y supongo que habrá cumplido incontables sueños. Tiempo tuvo.
A veces miramos televisión con Raúl. Pero me doy cuenta de que no presta atención. E imagino que, tal vez, esté viajando en el tiempo y barajando edades con la habilidad del que cree haber aprendido todas las jugadas. Ojalá Raúl viva, por lo menos, hasta los 25. No quisiera que se vaya de este mundo. Voy a insistir con mi idea de que coma alimento balanceado conmigo.
En el reino animal, como en el humano, no se suele respetar a los viejos. En nuestras jaurías, manadas, bandadas... el viejo queda rezagado, a merced del peligro. Es el que se sacrifica, es la presa. ¡Qué injusticia! Si todos vivimos gracias a ellos. Si son ellos los que nos forman y nos hacen. Qué soberbios somos los más jóvenes, a veces. Y no sabemos que en nuestro apuro permanente, en algún momento nos hace una zancadilla la edad.
La vejez es fea porque te quita fuerzas y resquebraja tu salud, pero debe ser tan lindo tener tantas respuestas... Creo que se necesitan años para responder a todas las preguntas que uno se hace sin cesar. Sólo por tener esas respuestas, me reconforta pensarme viejo. Sólo que no quisiera quedarme pelado como Raúl.
En MAPA tuve un amigo viejo, al que siempre recuerdo. Se llamaba Rocky. Era un perro alto, flaco y rubio, con el pelo muy corto. Tenía un problema en su cadera y arrastraba su cuarto trasero. Lo había atropellado un colectivo y quedó así. Siempre conversábamos y, cuando él se sentía la pelusa del piso, me acercaba a lamerle la cabeza y esa herida enorme en su cadera. A veces lo recuerdo y lo extraño un poco. Fue uno de mis pocos amigos perros.
Siempre voy a venerar a los viejos. Te quiero, Raúl.

martes, 9 de febrero de 2010

Zsá Zsá enferma


Hola, diario. No noto bien a Zsá-Zsá. Cuando voy a lo de Fina y Raúl ya no me pelea. En un principio pensé que había empezado a caerle bien, pero cuando me arrimé para comprobarlo me tiró un manotazo que me raspó la nariz. Ahí me di cuenta de que su olor no era el mismo. Ni siquiera pude enojarme por su actitud poco amable. Comprobé que no estaba bien. Zsá Zsá está débil. A los pocos días vi que Fina no le daba la misma comida de siempre sino algo blandito que Zsá Zsá vomitó. Advertí que lo había hecho varias veces porque percibí el olor en distintas partes de la casa. La miman y acarician más que de costumbre y uno se da cuenta cuándo esos actos de cariño vienen cargados de tristeza. Dejé los celos de lado, por comprensión. Algo está pasando y no es bueno.
Lo confieso, tuve un segundo de egoísmo y sentí el deseo de ser el único cuadrúpedo de la familia. Pero no, no puedo pensar así de alguien del grupo. Quiero que Zsá Zsá se mejore. Por ella y porque no soportaría que Fina, Raúl, Pablo, María Elena y el resto de la familia estén todos tristes al unísono. Cierro los ojos y pido muy fuerte que se mejore.

lunes, 8 de febrero de 2010

Materialismo


Hola, diario. Pablo es muy materialista, che. Ayer encontré un librito con un olor precioso. Creo que era muy antiguo porque apenas lo quise hojear, con los dientes, se empezó a deshacer. En tres palabras: quedó hecho polvo. Se enojó muchísimo. Yo no quise hacer daño, sólo quise mirarlo. No me habló por el resto del día. No se puede ser tan materialista.

domingo, 7 de febrero de 2010

Beagle alcahuete

Hola, diario. Te voy a hablar de un vecinito de acá a la vuelta que me tiene bastante podrido. Es un cancherito* repugnante. Es un beagle, raza que no siempre me cae del todo bien. Ladran como si tuvieran una papa en la boca y son como petisos que fueron al gimnasio. Cada vez que nos cruzamos me ladra así con esa voz de gangoso: "ou, ou, ou, ou". ¡Dejate de hinchar! ¿Qué te pensás, que cazaste un pato? ¡No hay patos en esta ciudad! Además se hace el bravo porque está con correa. Te juro que cuando hace eso, yo ni le contesto. Sigo de largo, lo miro de reojo y meo en el primer árbol que encuentro. Para que sepa muy bien quién soy. No me gusta que me puteen sin motivo. El se cree que porque le compran el alimento balanceado más caro y porque tiene una correa de Pluto es más que uno... Psss... Concheto*...
Por suerte no siempre me lo cruzo. Pero cada vez que paso por su casa, esté o no esté en el porche de entrada, me encanta emprender carrera y ladrarle sin parar. Lo imagino adentro, desesperado por contestarme. A veces, cuando está en el porche, nos puteamos casi cara a cara, pero como hay una reja de por medio, no nos podemos hacer nada. A esta altura, creo que ya es es un juego que hacemos. Es hasta divertido. ¿Será que en el fondo nos estaremos haciendo amigos?

*Sabiondo que alardea.
*Pijo.

sábado, 6 de febrero de 2010

Moscas


Foto: Sonia Furtado http://www.flickr.com/photos/sonia_furtado/3914234508/

Te las cazo al vuelo. Es una de mis mayores diversiones. Adoro las moscas. Y si son moscones, mejor aún. Sin verlas, percibo su vuelo cuando aparecen. Ahí me pongo atento, paro las orejas y observo hacia todos lados. Es fantástico porque empleo los cinco sentidos casi al mismo tiempo: oído, vista y olfato.... sobre el final, tacto... y zas: gusto. Es que tienen un sabor a caca riquísimo. Supongo que será lo mismo que significa comer un caramelo para las personas. Siento a las moscas como una golosina exquisita. Además, te brindan ese plus físico y de astucia que significa buscarlas, correrlas de un lado a otro, medir su vuelo, imaginar su rumbo y ver cómo las idiotas siempre se llevan un vidrio por delante, donde las podés atrapar más fácilmente. Para qué tienen tantos ojos si no les sirven.
Al principio, a Pablo le repugnaba un poco que me coma a las moscas. Ahora se divierte viendo cómo intento atraparlas. También se convirtió en un vigía de moscas. A menudo estoy distraído y escucho que él dice: "¡Mosca!". Entonces doy un salto y empiezo la cacería.
Los otros días me ensarté. Me pareció que entró una mosca medio boluda, mucho más gorda y musculosa, que volaba más despacio. La atrapé enseguida, sin demasiado trabajo. ¡¡¡¡Puajjj!!!! La tuve que escupir. Era una asquerosa polilla. ¡Qué horribles que son las polillas! Tienen como polvo encima, es como comerte una bola de pelusas. Además, te queda un sabor espantoso en la boca.
A mí me encantan las moscas. Aunque no creo que yo les encante a ellas.

jueves, 4 de febrero de 2010

Paseadores buenos y paseadores malos


Foto: Carlos Adampol http://www.flickr.com/photos/cadampol/2333408347/

Ayer vi a Pablo muy enojado. Fue con un muchacho que paseaba perros. Tenía más gorra que cabeza; con una mano llevaba las correa, y con la otra, hablaba por su telefonito. Aparentemente, o no le funcionaba bien el negocio o ya había repartido a casi todos sus "clientes", porque sólo llevaba a tres: un ovejero alemán muerto de calor, uno sin raza que por su pelaje parecía haber ido a la misma modista que yo, y una pequinesa desorientada. El que era parecido a mí había quedado enredado en las otras correas y tironeaba un poco para olfatear un arbolito meado por tres perras en celo. El idiota con más gorra que cerebro estaba más ocupado en su conversación y lo pateó para que se apure. Mi congénere no se afectó y siguió interesado en los olores del arbolito. Claramente, si el de la gorra no podía pensar, menos podría olfatear, así que no se dio cuenta del “vital” interés de mi compañero. Por eso, lo volvió a patear. Esta vez mucho más fuerte, ya que el pobre se cayó y lanzó un chillido. A mí me dolieron las costillas por sólo verlo.

Ahí mismo vi como Pablo se puso de otro color, su energía fue como un trueno y se abalanzó sobre el idiota de gorra. Me asusté. Pensé que iba a morderlo por la furia que tenía, pero se contuvo. El otro también se asustó, apagó el telefonito y también cambió de color, pero se puso pálido. No sé qué le dijo Pablo, pero su voz se había vuelto tan fuerte que me pareció una ráfaga de ladridos. El de gorra también ladró un poco. Pero antes de que Pablo pueda morderlo, cruzó la calle. Antes de cruzar, el perro golpeado me miró y me confesó que no era la primera vez que eso ocurría.

Yo me sentí orgulloso de mi amigo humano. Pero sé muy bien que hay paseadores y paseadores. Me entero en la plaza porque es una conversación recurrente entre nosotros. La mayoría de ellos son gentiles, amables, te hacen recorrer lugares lindos y te dan tiempo para que te tires panza arriba en el césped. Pero hay otros que sólo quieren que pase el tiempo para devolverte a tu casa cansado sólo por haberte hecho caminar sin parar, en el medio de otros 15 perros, sin ver nada del paisaje, para terminar la jornada atado en una plaza bajo el sol.

Hubo una época en la que tuve miedo de que Pablo me haga pasear con un desconocido. Pero cuando él no puede hacerlo, vienen Fina o Raúl a caminar conmigo. No corro ese riesgo. Aunque si tuviera una cámara de fotos, me encantaría establecer un ránking de paseadores. Habría que hacerle publicidad a los buenos y “escrachar” a aquellos que tienen más gorra que cerebro para que no vuelvan a tocar nunca a más a un congénere mío.


martes, 2 de febrero de 2010

Colchón


Hola, diario. Ayer fuimos a comprar un nuevo colchón. Me sentí culpable. Pablo no pagó con esos papelitos que entrega siempre, sino con una tarjeta de plástico duro. Eso me hace intuir que mi travesura salió cara. La cosa es que fuimos con su amigo Christian (el rubiecito simpático que me rasca la panza) a buscarlo. Me encantó la caminata. Iban ellos dos cargando el colchón, sudados, y yo controlando todo a su lado. Estuvo buenísimo porque todo el mundo nos miraba. Y me encanta que me miren... para qué negarlo.
El colchón es más duro que el otro y está hecho con distintos materiales. No creo que sea fácil de romper. Igual, ni pensarlo. Pablo me dejó probarlo.
A la noche, dormimos tan plácidamente sobre la cama nueva y con el soplido de ese monstruo extraño al que le llaman ventilador.
Moraleja: no hay que romper el lugar donde se reposa, por más bronca que tengas.

lunes, 1 de febrero de 2010

Cuatro ojos


Hola, diario. Parece que soy especial, che. Me lo confirmó ayer un señor, en la calle. Ayer me vino a buscar Fina -que siempre me hace sentir especial-, y salimos a pasear. Fuimos a la plaza y, cuando estábamos regresando, un hombre se detuvo a hablar sobre mí. Nada me gusta más en la vida que hablen sobre mí. Me siento importante. Hasta me siento menos perro.
Es raro porque casi siempre las personas se detienen a elogiar a los perros de raza. No lo entiendo muy bien porque son todos iguales. ¿Qué tiene de particular un labrador? Es igual a cualquier otro labrador. ¿Qué tiene de particular un chihuahua? Es igual a todos los chihuahuas. En cambio, los mestizos, los callejeros, somos todos distintos. Cada uno tiene su particularidad y su personalidad.
Bueno, es lo que advirtió este señor que se detuvo para hablar con Fina. Era bajito, de espaldas anchas, ojos claros y piel percudida y amarronada por el sol excesivo. Me acarició la cabeza y me empezó a tocar por todos lados. Por unos segundos me puse un poco nervioso. Le dijo que si estuviéramos en el campo, él me "compraría". "Es pastor", dijo. Fina no entendía nada. Ahí nomás, me agarró la pata trasera y le mostró mi dedo-espolón. Los pulgares de mis patas traseras no sirven para nada y tienen una uña molesta que se enrosca y siempre me tienen que cortar para que no se encarne. Siempre me molestó tener esos dedos inútiles, son como tener dos verrugas en la garganta. Pero ahora parece que te hacen "pastor". "Los perros que tienen espolón son buenos para el campo", dijo. Pero eso no fue todo. Le dijo que yo era un "cuatro ojos". Nosotros no entendíamos nada porque, que yo sepa, tengo sólo dos ojos y creo que son suficientes. Me tomó el hocico y le mostró a Fina las dos manchitas marrones que tengo sobre los ojos. "Esto hace a un cuatro ojos. No hay muchos. Los cuatro ojos son especiales. Son únicos. Señora, tiene un gran perro".
Yo te digo algo, diario. No sé si este señor era cuerdo o de dónde saca sus teorías sobre los perros. Pero Fina dijo que era sabiduría campera, quedó orgullosa y se lo contó a Pablo, que sonrió. Me gustó el comentario y me lo guardé en un bolsillo de mi mente, porque no creo que en mi vida vuelvan a elogiarme así. Cuatro ojos... Faaaaaaa...

viernes, 29 de enero de 2010

Pastor


Hola, diario. Creo que soy pastor. Sí, como lo oíste. Te explico cómo me di cuenta. Ayer vinieron a visitarnos varios amigos de Pablo. Vino Margarita, una vecina que vive dos pisos más abajo, de una dulzura total; Christian, un rubiecito macanudo que se tira al piso conmigo para jugar; Laura, algo así como mi madrina, porque estuvo el día que me fueron a buscar a MAPA; y cinco más.
Tomamos unos mates en casa, charlamos, escuchamos música y, como nos estábamos muriendo de calor, salimos a la calle a pasear. En las primeras cuadras de caminata me di cuenta de que algunos seres humanos no son organizados. Caminan en grupitos. De los nueve (contando a Pablo), dos se paraban a mirar una vidriera, uno compraba una botella de agua en el camino, tres caminaban fumando (que espantoso es el olor a cigarrillo), otros tres se detenían esperando a algún otro… y así todo el tiempo. Me empecé a poner de malhumor. “No pueden ser tan desorganizados”, pensé. Entonces me puse a trabajar. Corrí hacia los dos que caminaban primero y, con el hocico, hice que se dieran cuenta de que los demás quedaron rezagados. Ahí corrí raudamente hacia los últimos, así los del medio se daban cuenta de mi trabajo. Eran Pablo, Laura y Margarita. “Chicos, apuren, así no vamos a llegar nunca”, les dije con la mirada, obviamente. Se dieron cuenta y se apuraron. Y, de ese modo, los del medio también se unieron. Caminando en círculos alrededor del grupo logré que, por unos minutos, estén reunidos. Pero cuando pasamos por un parque, ahí se me volvió a dispersar el rebaño. ¡Lo que me costó reunirlos! Me agarró una desesperación… no quería que quede ninguno solo, desprotegido, para que no le pase nada. ¡Mirá si se nos perdía Laurita, por ejemplo! Corrí hacia uno y hacia otro. Descubrí que puedo emprender carreras cortas, de dos metros, frenar y, de una vuelta rápida, volver al mismo sitio. Y luego de juntarlos a los hocicazos, tenía que dar vueltas a su alrededor. Los muy egoístas no me dejaron disfrutar del parque porque me tuvieron laburando* todo el tiempo.
Luego de caminar como dos horas, decidieron sentarse en un bar con mesitas afuera, en la vereda. Un acto de generosidad conmigo, para que pueda quedarme con ellos. Ahí juntaron tres mesas y se sentaron, casi en círculo. Yo me ubiqué en la punta, cerca de Pablo, observando el orden y orgulloso de que el rebaño por fin esté quieto y nutriéndose. Soy re-pastor, che.
No sé bien cuál es la explicación de esta nueva obsesión que descubrí en mí. Tal vez algún ancestro mío haya vivido en el campo en medio de animales artiodáctilos cornudos o lanudos. O a lo mejor se reencarnó en mí un pastor... o se reencarnaron varias ovejas en los amigos de Pablo.
*Trabajando.

lunes, 25 de enero de 2010

La alegría de ser un buen recuerdo


Hola, diario. Ayer estuve muy confundido. Estábamos con Pablo en el balcón, disfrutando del solcito de la media tarde y sonó el timbre. Pude reconocer un olor familiar. Cuando bajamos a abrir no podía creer lo que estaba viendo. Afuera, con una sonrisa gigantesca, esperaba Andrés... ¿Recordás a Andrés?
Empecé a chillar, a lloriquear de la emoción y a dar saltos como un canguro. Andrés es una de las personas más buenas que conocí en mi vida.
Cuando mi primera adoptante no pudo tenerme más, al año y medio, él me llevó a su casa. Allí viví hasta cumplir los dos años y lo amé con toda mi alma. Vivíamos también con su esposa y sus suegros, en una casa muy cómoda, con un patio precioso para poder jugar con la pelotita de tenis y correr en círculos. Pero había un problema. Cuando Andrés y su esposa se iban a trabajar, me quedaba solo con sus suegros. Ella era indiferente conmigo, pero él se irritaba cada vez que le pedía ir a jugar o salir a hacer pis. Varias veces me pegó un par de escobazos. No sufrí mucho porque aprendí a esquivar esos escobazos. Pero todavía me queda un pequeño reflejo cuando alguien levanta un palo o algo parecido. Me quedó un pequeño susto... un traumita...
Cuando Andrés se enteró de eso se peleó a los gritos con su suegro. Esa noche supe que pasaría algo. Siempre me dejaba dormir a un costadito suyo, sobre la cama. Ahí aprendí a dormir entre los humanos. Al día siguiente, Andrés me llevó a MAPA y me dejó ahí, con lágrimas en los ojos y múltiples abrazos. Pensé que nunca más lo vería, pero venía todos los días y se quedaba a mi lado toda la noche. Aceptó ser voluntario nocturno sólo para estar conmigo hasta que me adopten. Allí estuve con él durante casi tres meses, hasta el día en que llegó Pablo.
En aquél momento supe que nunca más volvería a ver a Andrés. Por eso me sorprendió tanto su visita. Por algunas frases sueltas que interpreté en la conversación de ambos, me parece que llamó a Pablo para preguntarle cómo estaba yo, y lo invitó a casa.
Estuvimos jugando un buen rato y me di cuenta de que toda la charla giraba sobre mí porque todo el tiempo me observaban con cariño o me palmeaban la cabeza. Me generó una confusión enorme. Los miraba mirarme y no podía discernir entre el amor que sentía por ambos. Un solo amor, gigante como el universo, para dos personas. Entonces me inundaron la cabeza una cantidad considerable de interrogantes. ¿Para qué vino Andrés? ¿Sólo para visitarme o para llevarme otra vez con él? ¿Si fuera para llevarme, qué hago? Lo quiero muchísimo, pero ahora vivo con Pablo. ¡Qué confusión!
Las dudas se disiparon al cabo de unas dos horas. Andrés se levantó de su silla, avanzó hacia mí y me habló con una ternura que nunca voy a olvidar. De pronto, Pablo dijo: "¿Vamos?". Por reflejo, di dos largos saltos. Andrés se sorprendió. En las épocas que vivía con él, no hacía esa morisqueta. Los tiempos habían cambiado un poco.
Bajamos hasta la calle y caminamos los tres hasta la esquina. Allí, Pablo y Andrés se despidieron y me miraron. ¡Qué confusión! ¿Qué tenía que hacer? ¿Volver con Andrés o quedarme con Pablo? Hasta ese momento, estaba seguro de que Pablo era ya mi referente y Andrés formaba parte de uno de los mejores recuerdos de mi pasado. Pero en ese momento, me encontraba confundido. Andrés se agachó, me acarició muy fuerte y se despidió de mí. Avanzó hacia la derecha, y Pablo hacia la izquierda, hacia nuestra casa. No supe a quién seguir. Me quedé en el medio observándolos a ambos. Lo miré a Pablo unos segundos y emprendí una carrera rápida hacia Andrés. Pegué un salto hasta poder lamerle la cara, le dije adiós con la mirada y volví en rauda carrera hacia Pablo. El pobre estaba pálido. Creo que pensó que me iría con Andrés, porque me dio un abrazo fuerte y un beso enorme en la cabecita.
En esos segundos de discernimiento me di cuenta de que los quería a ambos, pero que había decidido qué vida quería para mí y con quién. Y no tengo dudas.
Estoy feliz por la visita de Andrés. Es fantástico saber que no te olvidan y que te siguen queriendo. ¡Qué invento fundamental la memoria!

sábado, 23 de enero de 2010

Hijos


Hola, diario. Anoche salimos a pasear con Pablo y me encontré con Morena. Hace mucho que no nos veíamos, aunque cuando pasaba por la puerta de su casa, sabía más o menos qué estaba haciendo y cómo estaba debido a su olor. La vi, ahí paradita, con su amiga humana y me quedé atónito. Aunque sólo por la presencia de su olfato hubiera sabido de lo avanzado de su embarazo, fue un shock emocional haberla visto. Ahí quietita, con su panza enorme que debía tener por lo menos ocho cachorros dentro. Corrí hacia ella pero me detuve a un metro. Con mi cola que no podía parar de moverse de un lado a otro, mi cabeza erguida y mis orejas atentas. Nos miramos serios. No supe bien qué hacer. Tenía ganas de volver a invitarla a correr sin parar a lo largo de la cuadra, de saltar y revolcarnos en la vereda hasta descomponernos de risa. Aunque supe muy bien que no se podía. Entonces me acerqué, sólo con la intención de darle un beso. Pero me gruñó.
El pecho se me sacudió. No podía ser un cambio tan abrupto en su personalidad. ¿Cómo se puede pasar de un "te quiero" pasional a un "mantenete alejado"?
Tanto Pablo como Marcela, su amiga humana, le hablaron. Creo que la hicieron recapacitar. Pablo, como buen hermano, me abrazó fuerte. Pero de pronto, Morena se acercó a mí. Lentamente, cansada y resignada. Y me dio un besito tenue, pero sincero y melancólico, en mi hocico. Me volvió el alma al cuerpo. Le devolví el cariño y dejó que la huela por todos lados. Tenía curiosidad por saber cuántos chicos tenía dentro y de qué sexo eran. Me di cuenta de que sólo faltaban días... horas... para que nazcan.
Nos quedamos un rato largo hablando con nuestra mirada y le ofrecí todo mi corazón para lo que necesitase. Es una madre soltera (porque el muy turro que hizo eso nunca más apareció) y no podrá con todos esos críos. Creo que está resignada. No me dijo ni que sí, ni que no. Nos despedimos con mucho cariño. Con un amor transformado. Y me quedé pensando y meditando toda la noche en eso de engendrar. Nunca podré hacerlo. Ya lo sé. ¿Será justo? ¿Por qué habrá tenido que ser así? Me abracé a Osito y a Chanchito y me dormí. Soñé cómo serían mis cachorritos. Seguramente parecidos a los que tendrá Morena.

miércoles, 20 de enero de 2010

Los regresos son hermosos


Hola, diario. Estoy contentísimo y no puedo evitar dejar de dar saltos de alegría. Quiero llegar alto hasta poder volar como esas palomas pelotudas. ¡Ayer llegó Pablo! Iupiiiiiiiiii... Por un momento pensé que no volvería más.
Hoy vinieron Fina y Raúl más temprano que nunca, me dieron de comer, dimos un paseo rápido y volvimos a tratar de disimular el colchón roto con las sábanas. Algo extraño estaba ocurriendo. Supe que algo pasaría. De pronto, estaba echado a los pies de Raúl, mientras veía televisión y olfateé algo. Enseguida me di cuenta de que la felicidad ya estaba en la esquina. "Si no me equivoco, Pablo está cerca", pensé. Corrí sin dudar hacia la puerta y me quedé ahí parado, atento, con la mirada clavada en esa madera pintada. Calculé más o menos los pasos que él daría entre la esquina y la puerta del edificio. Su aroma estaba más cerca. Ahora estaba seguro. Comencé a chillar. No lo pude evitar. Y con mis patitas hice gestos como de zapatear. "Ay... cuándo viene... cuándo viene...", pensaba impacientemente (la paciencia es una virtud que tardo en adquirir). Escuché el ascensor y la atmósfera "amigo del alma" se acercaba cada vez más. Llegó el momento y no pude contener el llanto y un par de ladridos. Él estaba en la puerta intentando entrar. Cuando la abrió me abalancé sobre él y lo hice perder el equilibrio y fue a parar de culo en el piso, pero muerto de risa. No dejé que se incorpore y creo que le di como mil lengüetazos. Le dejé la cara empapada. Le daba un beso, pegaba media vueltita y daba un medio salto con mis patas. No podía parar. Me sentí poseído por un caniche toy porque no podía quedarme quieto.
De pronto, advertí que traía una valija* enorme y una mochila. Me dio curiosidad y quise ver qué había ahí dentro. Abrió la valija, sacó una bolsa y me la dio. Cuando la abrí con los dientes, descubrí un osito rosado con una pelota adentro. ¡Era precioso! Me dijo que no se llamaba Osito, sino Chanchito. Adoro a Chanchito. Corrí por todos lados con él entre los dientes, y dejé que lo arroje lejos para ir a buscarlo. ¡Cómo nos cagamos de risa!
Bueno... hasta que descubrió el colchón roto. Ahí se puso serio. Muy serio. Me retó un poco, pero sin elevar la voz. Yo me hice el boludo y miré para otro lado varias veces, como quien ve pasar a una mosca. Creo que el hecho del regreso hizo que mi berrinche pase más desapercibido. Creo que se resignó a tener que dormir un tiempo con un pedazo de colchón menos.
Me di cuenta de que, en mi vida, los viajes siempre serán sinónimo de espera; pero los regresos volverán a ser deseo, sueño. Me voy a jugar con Chanchito.

* Maleta.

lunes, 18 de enero de 2010

Bronca


Hola, diario. ¡Hice un quilombo*! Te tiro el titular: "Rompí el colchón". Y sí... dejame de hinchar... ¡Hace como quince días que Pablo se fue! Yo lo estoy pasando bien, Fina y Raúl me dan todo lo que necesito y más, pero los perros no nacimos para vivir solos en un departamento de dos ambientes. Ayer extrañé a Pablo más que nunca. Pensé en sus olores, en el sonido de su voz, en el cronograma de actividades que diariamente teníamos... Y no resistí. Como no puedo gritar, ni dar puñetazos en la pared, se me ocurrió hacer pomada el colchón. Me subí a la cama y, con toda la furia, le saqué las sábanas y comencé a hacer trizas toda una de las esquinas del colchón. Después me arrepentí, pero ya era tarde. Toda la habitación estaba alfombrada de los restos del lugar donde dormíamos todas las noches.
Cuando llegaron Fina y Raúl para hacerme compañía se armó la podrida*. Nunca me habían gritado los abuelos. Me retaron muchísimo. Tanto que me asusté y me quedé en un rincón observando cómo limpiaban toda la habitación y trataban de disimular con las sábanas el pedazo de colchón que faltaba. Luego, me quedé escondido un buen rato en el baño, hasta que se les pasara el enojo.
Pero bueno... ¡tanto espamento! Si todavía sirve... Yo dormí en el medio de la cama y no notás que le falta una parte.
Yo también tengo derecho a expresarme. Y si el otro se va quince días a estar tirado panza arriba bajo el sol y me deja a merced del verano porteño, se lo tengo que hacer notar. Así no lo vuelve a hacer. He dicho.

* Lío.

viernes, 15 de enero de 2010

Mi hermana gata


Hola, diario. Ya le agarré la onda a Zsá Zsá. Directamente no nos damos bola*. Ahora se acostumbró a verme y me observa a la distancia. O desde arriba de un mueble o escondida debajo de otro. Eso sí, cuando ella pasa del living a la cocina, me tengo que hacer a un lado porque, si no, me hace: “fsssssss”. Uy… cómo la odio cuando hace eso. Decí que soy educado. Yo ni siquiera le ladro. Bueno, en realidad, me intimida un poco, para qué negarlo. Así que, cuando pasa, me hago a un lado, como un señorito, y la dejo que haga su vida.
Ya no me cae tan mal. Simplemente es una cabrona, una antipática. Pero en la familia la quieren. Sé que algunos no quieren a los gatos. Pero, ¿sabés por qué? Porque no los conocen y porque los ven muy parecidos a las personas. Son independientes, arrogantes, individualistas, te ofrecen cariño sólo cuando ellos quieren, son avaros y se creen libres pero, en el fondo, siempre van a depender de otro.
Por eso, lo pienso bien, y los gatos no me disgustan.

* Nos ignoramos.

jueves, 14 de enero de 2010

Un cafecito


Hola, diario. Ayer estuve intranquilo. Tuve ganas de destrozar algo. Me indigna que ya hayan pasado dos semanas y Pablo no regrese. ¿Qué se piensa? ¿Que uno puede abandonar a un ser querido así nomás... por ir a tomar sol? Me contuve, pero no rompí nada, aunque ya le di un ultimatum al colchón. Si no vuelve en un par de días, lo sacrifico.
Fina y Raúl me malcrian bastante. Me parece que, cuando regrese, Pablo se va a asustar cuando me vea. Estoy gordo. Me dan de comer muchas cosas ricas y, aunque estoy bien alimentado, tengo hambre todo el tiempo.
Creo que, de a poco, dejo de ser perro. Es que, sobre todo, Fina me sumerge en lujos que sólo los seres humanos se pueden dar. Por ejemplo: el café. Luego de comer, siempre ella y Raúl se toman un cafecito. Los otros días, estuvo María Elena, la hermana de Pablo, de visita. Cuando vio que Fina, al finalizar el café, me puso un poquitito en el platito para que yo lo tome, preguntó por qué lo hacía. "Le va a hacer mal", dijo. Fina le respondió: "Noooo... Lo despeja un poco". Y me siguió dando café, lo más pancha*. Así que el café despeja. No sé cómo se prepara, sino, en estas últimas noches de insomnio que tengo, por extrañar a Pablo, me tomaría unas cuantas tacitas de café, para que me despejen un poco la mente.

* Tranquila.

martes, 12 de enero de 2010

Palomas

Foto: http://www.flickr.com/photos/mat_oasis/

Hola, diario. Ayer me cagó una paloma. No me enojé. Es una justa venganza. Sólo que el pobre Raúl estuvo un buen rato fregándome el lomo con agua para sacarme de encima esa asquerosidad que me daba una nueva mancha al lomo.
Te cuento: cada vez que salimos a dar una vuelta, en el mismo lugar -al lado de un barcito- hay una bandada de unas veinte palomas que se juntan a comer restos de comida. Casi siempre están en la vereda picoteando. Yo las veo desde la esquina y, sin preparativos, emprendo una carrera veloz sobre ellas, seguida de cuatro ladridos secos. No las quiero cazar, ni hacerles daño. Sólo me gusta muchísimo cómo levantan vuelo vertical por el susto. Me causa mucha gracia porque a las más gordas les cuesta tener ese reflejo rápido. Cuando queda alguna rezagada, doy una media vuelta y les vuelvo a ladrar hasta que no queda ninguna en tierra. Luego se quedan puteándome en el árbol o en el cable del teléfono. Y yo las miro con picardía, me paro derechito y me voy caminando como si nada hubiera pasado.
Sé que lo mío es de bravucón... o también de cancherito barato. Pero es un juego diario que me divierte mucho. Y, en el fondo, creo que a ellas también les pongo un momento de aventura en su monótona vida.
Esta situación ocurre desde que vivo con Pablo, casi todos los días. Últimamente, las guachas ya me tienen junado* y vuelan apenas llego a la esquina. Cuando paso les hago: "Pfffff". ¿Y sabés lo que hicieron un par de veces? Llegué al lugar y estaban todas formaditas sobre el cable, mirando hacia abajo como burlándose de mí. La primera vez las miré fijo como insultándolas y sentí como me decían: "Subí, si podés". Ayer pasó lo peor. Me paré debajo del cable, observándolas por unos segundos y una de ellas hizo sus necesidades, desde las alturas, sobre mí. Rompí mi relación con esas palomas. Aunque acepto que es una buena venganza a tantos sustos que les di.
De todos modos, diario, envidio esas alas que tienen. Debe ser divertido volar sobre toda la ciudad y echar un vistazo de todo lo que ocurre. Ellas no tienen nariz. ¡Sabés qué bueno sería poder olfatear todo desde ahí arriba! Sería como leer el resumen de las noticias. Como saber los titulares. Pero bueno, me tocó tener las patas siempre sobre la tierra... pero la cabeza, muchas veces, en las alturas.

*Ya me conocen.

sábado, 9 de enero de 2010

Ego herido


Hola, diario. Me duelen las costillas. Hoy me cagué a piñas* con un soberbio en la plaza.
Fina y Raúl me están llevando casi todos los días a la plaza y eso me encanta. Hay olores de todo tipo y te podés enterar de todo lo que aconteció en el barrio si sos detallista con cada aroma. Descubrís humores, sucesos, estados físicos, edades... El olfato es una maravilla que nos dio la naturaleza. A su vez, me divierto espantando a las palomas o jugueteando con algún que otro perro. Ya te conté que cada vez me vuelvo un poco más arisco al contacto con mis congéneres. Sobre todo con los machos. Yo soy muy abierto y estoy de acuerdo con eso de que cada uno ame a quien quiera, diario, pero definitivamente no me gustan los machos. Y viste que algunos se te acercan sin siquiera invitarte a hacer pis en un árbol y, en dos segundos, se te quieren montar porque no encontraron a ninguna hembrita a mano. Uy... cómo me enoja eso. Los saco cagando. Lo mismo esas hembras regalonas que, sin darte tiempo a que las cortejes y les digas lo lindas que están, se te tiran panza arriba delante tuyo con sus partes al viento. No sé, diario, seré un poco conservador todavía y tendré que adecuarme a estos tiempos, pero por ahora prefiero estar así.
La cosa es que me puse a jugar con una petisa hermosa... rubia, delicada y de pelos muy largos. Estaba recién bañada y olía a flores. Le hablé un poquito, corrimos dando círculos hasta caernos sobre el césped y nos reímos muchísimo. Pero de pronto, apareció el bravucón de la película. Un estúpido alto y peludo. Avanzó hacia nosotros erguido, con su cola hacia arriba meciéndose como un péndulo, y se interpuso entre ambos. La petisa metió su rabo entre las patas. Era obvio que no le gustaba. Y yo le hice saber que estaba de más. ¿Podés creer que ni se movió? Me clavó la mirada varios segundos y comenzó a elevar la comisura de sus labios para mostrarme sus dientes llenos de sarro. Y de inmediato, sin darme tiempo, se me tiró encima. Nos mordimos un poco y rodamos en el césped, pero no como con la petisa. Como un pequeño ciclón de pulgas y pelos. Fina y Raúl estaban desesperados y el acompañante del grandote pelotudo también. La cosa es que estaba claramente en inferioridad de condiciones y... me rendí. Me puse panza arriba, quieto, con mis patas delanteras en mi esternón. Él se dio cuenta, resopló y se fue. Para ese entonces, la petisa ya estaba en brazos de su amiga y me miraba triste mientras se alejaba. ¿Pero qué iba a hacer? Ese idiota analfabeto podía haberme quebrado la garganta. Sólo me lastimó una pata, me hizo un pequeño corte en el hocico y me dejó un golpe en mi costado derecho. Fue un golpe al ego. La primera vez que me rendía en mi vida. Definitivamente, no soy un macho alfa. Sino me la hubiera bancado. ¿O sí? ¿Será que tendré muchos golpes en la vida para darme cuenta? ¿Más victorias y rendiciones? Ay, no... yo soy un perro civilizado, che. De ahora en más, mi relación con este tipo de gentuza será limitada. ¡Volvé, Pablo!



* Me peleé.

viernes, 8 de enero de 2010

Guardián


¡Me puse como loco! ¡Me puse como loco! ¡No sabés lo que me pasó ayer, diario! Íbamos caminando por la calle con Raúl (yo te conté que camina despacito) y, desde lejos, olí a un mechudo que no me gustaba nada. Con exactitud podría decirte que, por lo menos, hacía una semana que no se bañaba. Llevaba la camisa toda desvencijada y los pantalones raídos. Vi que lo observaba a Raúl, así que me puse alerta. Cuando estuvimos muy cerca, lo miró fijo y le dijo algo. ¡Me puse como loco! ¡Lo empecé a putear* en mi idioma sin parar! No amagué morderlo porque tenía miedo de pescarme una infección. Raúl me calmó, me acarició y escuché que le dijo al tipo: "Las tres y veinte". Luego, el roñoso siguió su camino.
Y bueno... me equivoqué. Pero guay... descubrí que soy re-guardián. Mirá si ese atorrante le hacía algo a Raulito, que es tan frágil. No lo hubiera permitido. Tomé una decisión de por vida: Nadie, ni humano o perro, le hará daño a ninguno de mi familia.
Los gatos no sé... lo voy a pensar. Les tengo algo de miedo.


*Insultar

miércoles, 6 de enero de 2010

Abuelos


Hola, diario. Estoy haciendo vida de soltero. Como era de suponer, Pablo no volvió. Se fue de viaje. Ahora vivo solo en un dos ambientes con balcón a la calle. Te cuento cuál es mi nueva rutina: Muy temprano, viene Raúl, se toma unos mates conmigo y salimos a pasear. Luego de dar unas cuantas vueltas, nos vamos a su casa, con Fina y la diplomada en relaciones públicas Zsá Zsá. Allí nos pasamos to-do el día. Ellos no se revuelcan en el piso para jugar, como hacen Pablo y sus amigos, pero me dan de comer mucho. Y cosas riquísimas. Fina cocina todo tipo de carnes y pollo y yo siempre ligo un buen plato de lo que ellos comen. A su vez, me dejan hacer algo que me encanta: asomar la cabeza en la mesa y lamer lo que queda en los platos de las personas. Un placer... una partitura de sabores.
También descubrí el café. Ambos toman un cafecito al finalizar el almuerzo y, como me dio curiosidad su aroma, Fina me hizo probar un poquito. ¡Me encantó! Ahora nos tomamos un cafecito, cada tanto, y charlamos de la vida. Porque entre nosotros tenemos una comunicación impresionante. Ella dice que tengo unos ojos preciosos. Qué se yo... Si lo dice. Sé que soy un poco fachero*.
Cuando cae la tarde, caminamos las ocho cuadras que nos separan de nuestras casa, y me quedo solo y libre de actos en el departamento. No está tan mal lo del viaje.
Pero... ¿cuándo volverá?

*Guapo.

martes, 5 de enero de 2010

Viaje


Hola, diario. Ayer no te escribí porque pasé todo el día medio bajoneado*. La noche anterior estuve con la intuición a pleno. Sabía que algo iba a pasar y tenía algo así como un sentimiento de tristeza. Me pasé mucho tiempo con mi hocico sobre los pies de Pablo y no me cansé de observarlo. Luego, pasó algo que me inquietó muchísimo. Tomó una valija* enorme y comenzó a guardar allí muchas de sus pertenencias. Sabía que no se iría al gimnasio porque siempre lleva menos cosas. ¡Hasta guardó zapatos y dos libros! No pude contenerme y chillé un poco. Él se dio cuenta de que intuía algo tremendo.
Dormimos como siempre, pero más juntitos. Yo deseaba sentir su calorcito más que nunca. No me quería dormir. Tenía la necesidad de sentir su respiración, de ver sus ojos cerrados e imaginar qué estaría soñando. Así me quedé observándolo durante varias horas, hasta que me atrapó el sueño.
El reloj despertador sonó muy temprano. Mucho más que de costumbre. Él se despertó de un salto, se dio una ducha y me hizo jugar un poco. Ya todo estaba confirmadísimo. Había guardado su cepillo de dientes y sus ojotas.
Lloré un poco y él supo que yo ya me había dado cuenta de que se iría de viaje.
Me sacó a pasear y, cuando volvimos, me abrazó y me dio muchos besitos. Lloré y yo también lo abracé. No sabía dónde poner mi cabeza y puse mi frente sobre la suya. Estaba viviendo una nueva sensación. Por un momento, tuve el impulso de meterme en su valija, pero estaba tan llena que no entraba.
Sonó el timbre. Eran Fina y Raúl. Por un lado me quedé más tranquilo porque no estaría solo vaya a saber cuántos días. Bajamos a despedir a Pablo, a quien lo esperaba un coche en la puerta, donde guardó su valija y una pequeña mochila. Nos abrazamos por última vez y lloré mucho. No quise que se suba al auto y, pobre Raúl, tenía que tirar fuerte de mi correa porque yo estaba desesperado. Cuando el auto arrancó, vi a Pablo en la ventanilla, saludándome y con algunas lágrimas en los ojos. No aguanté más, junté fuerzas de donde pude, y me solté. Corrí, corrí y corrí detrás del auto hasta que las fuerzas no me dieron más. Creo que Pablo nunca me vio. Quedé observándolo mientras se alejaba y tuve un sentimiento de abandono muy grande. En ese momento es cuando confirmé cuánto lo quería. Estaba dispuesto a seguirlo adonde sea.
Despacito, emprendí la vuelta y, a lo lejos, sentí la voz desesperada de Fina y de Raúl. Me di cuenta de lo que había hecho y corrí muy rápido nuevamente, pero hacia ellos. Pobre Fina, estaba llorando. Ahora me ajustaron un poco más el collar, para que no se me suelte.
Estuve todo el día con ellos, pero un poco triste. Lo extraño. Qué lindo sentimiento de amor es extrañar y saber que el otro va a volver.
*Apesadumbrado.
*Maleta.

domingo, 3 de enero de 2010

Ego


Hola, diario. Estoy orgulloso porque mucha gente nos está siguiendo. Anoche dejé que Fina y Pablo lo lean desde la computadora. Quedó registrado.

sábado, 2 de enero de 2010

Piscina


Hola, diario. Ayer viví uno de los días más divertidos de mi vida. Anteanoche estuvimos en casa charlando hasta tarde con dos amigos de Pablo: Fernando y Mirita. Nos divertimos mucho. Sobre todo Fernando, me hace divertir bastante. Tiene la habilidad de comer o beber y, al mismo tiempo, arrojarme la pelota para que la busque. Llegado el momento, Pablo empezó a llenar su mochila con un poco de ropa suya y vi que también guardó mi correa y una pelota. Zas. "Nos vamos de viaje", pensé. Casi.
Los cuatro nos subimos al coche de Fernando y viajamos durante casi una hora. Nunca viajé tanto tiempo en auto y fue fantástico sacar la cabeza por la ventanilla y sentir el aire en la cara. Hasta jugué a atraparlo... la macana es que después me llené de peditos.
Bueno, parece que este chico Fernando vive lejos, así que llegamos a su casa, finalmente. Pre-cio-sa. Me encantaría vivir en una casa así. No tiene ascensor. Es sólo para él. Con un parque enorme, plantas, árboles y un pozo enorme, rectangular, lleno de agua, al que le llaman piscina.
Recorrí un poco el lugar y, por las dudas, dejé mi marca en varios sectores del parque. Del otro lado de la valla que separa la casa de Fernando con otra, advertí que había dos rottwailers. Los odio. No les tengo confianza. Suelen ser unos bravucones peligrosos. Uno de ellos se acercó, me vio y empezó a gruñirme detrás de la verja. ¡Me dio una bronca! El colmo de la malaeducación. ¿Sabés qué hice? Lo meé. El urso no lo podía creer y yo me fui moviendo la cola, contento y muerto de risa.
Enseguida vi los preparativos para irnos a dormir. Me intranquilicé. De inmediato advertí que había una sola cama. ¿Adónde iba a dormir yo? No me gustó lo que idearon. Mirita y Fernando dormirían en la cama grande y Pablo y yo en un colchón, en el suelo, al lado suyo. Pablo estuvo de acuerdo, pero yo no y se los hice saber. Quise subirme a la cama varias veces, pero no me dejaron. En un momento, Pablo me abrazó y se quedó dormido. Yo pensé: "Si querés dormir en el suelo, dormí vos, yo no". Así que, despacito, me subí a la cama sin que se den cuenta, y me escurrí entre Mirita y Fernando. Me quedé dormido como ellos y sé que les provocaba calor, porque me creció el pelo y estoy peludo nuevamente. Como se movían bastante pensé que éramos muchos en una cama. Así que puse mis cuatro patas sobre la espalda de Fernando e hice palanca sobre el cuerpo de Mirita, para sacarla de la cama. Pero no me salió bien. Cuando ya estaba a punto de caerse, pegó un grito: "¡¡¡Francisco!!!". Bueno, conclusión: me echaron de la cama y volví al piso, con Pablo. Pero creo que les causó gracia mi treta porque se rieron bastante. De todos modos, estuve como dos horas durmiendo con ellos y no se dieron cuenta.
Por la mañana, Pablo se despertó temprano. Los otros dos seguían apoliyando*. Se levantó y, como es debido, lo seguí. Fue directo al parque y me encantó la idea, pero, de pronto, noté que comenzó a tomar carrera hacia la piscina. ¡Dios! ¡No podía permitir que se suicide! ¡Tenía que ir detrás suyo a salvarlo! ¡Qué desesperación! Fue casi al mismo tiempo. Se zambulló en el agua y yo me tiré unos segundos después. Me asusté porque él llegó hasta el fondo de la piscina y yo quedé pataleando sobre la superficie. Pero no se murió. En pocos segundos, salió a la superficie conmigo y se descostilló de risa cuando me vio. Ahí me di cuenta de que no era peligroso ese lugar. Por el contrario, era super divertido. Nos quedamos chapoteando en el agua y cagándonos de risa. Creo que pensó que Fernando se iba a enojar, entonces salimos de la piscina y nos tiramos panza arriba, bajo el sol, a secarnos.
Pero cuando nuestros amigos se despertaron y me vieron todo empapado, me invitaron nuevamente a tirarme al agua. Diario, no sabés cómo me divertí. Adoro el agua. Me encanta. Por momentos, dudé y pensé si no sería una foca. Pero creo que no, el pescado no me gusta mucho. No quería salir del agua. Nadé de una punta a la otra de la piscina, una y mil veces. Ellos se cansaban y salían a tomar sol, pero yo me volvía a zambullir. Y, cada tanto, me sacudía el agua del cuerpo, cerca de la valla, para salpicar a los rottwailers, que me miraban fastidiados y envidiosos.
Luego llegó más gente y, por suerte, a todos les caí simpático y jugaron conmigo. Así estuvimos todo el día, hasta que nos llevaron en el coche, de vuelta a nuestro departamento.
¡Cómo adoré la casa de Fernando! Creo que cada vez que lo vea, se reflejará en mi mente la palabra "piscina". En mi vida habrá un antes y un después de la piscina. Bueno, sí, soy un exagerado.
*Durmiendo.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Feliz Año Nuevo


Hola, diario. Sé que hoy termina una etapa y mañana comienza otra. En años perro es lo mismo. Además, me doy cuenta. Pablo preparó la mesa en casa. Creo que lo pasamos juntos. Hace unos meses no hacía más que desear estar en un hogar con un ser humano que me quiera y a quien yo pueda amar incondicionalmente. Se me cumplió. Y viví meses intensos en los que aprendí muchísimas cosas. Vivo cada día como una aventura, como un descubrimiento distinto... y me siento más sabio. No sé muy bien quién está arriba, pero parece que alguien escucha. Hoy voy a mirar hacia arriba y voy a pedir con todas mis fuerzas que esta felicidad que tengo no se termine nunca y que se propague y contagie a muchos otros. Y que cada abrazo que nos damos con Pablo sea interminable.
Estoy feliz, diario. Gracias por acompañarme. Brindo por vos también.

Pelado

Hola, diario. Vos dirás por qué no escribí en estos días. Estuve debajo de la cama avergonzado.
Es verano. No sabés cómo sufro el calor. Me la paso jadeando todo el tiempo. Por suerte, no soy un Pastor Inglés que se anda babeando por todos lados. Pero algún hilito de saliva se me escurre por la boca. Sé que a la gente le da un poco de asco, pero no saben que los perros transpiramos así. Pero la verdad es que el calor me mata. Encima, pobre Pablo, no se da cuenta y me saca a pasear por la vereda del sol. Él se cree que soy ágil y que estoy con mucha energía permanentemente. Pero corro y camino a los saltitos porque me quemo las patas. Como las personas no caminan descalzos por la calle se creen que uno también anda en zapatillas. Además, viste que los humanos son casi pelados. Su pelaje está en la cabeza y en pequeñas porciones del cuerpo, pero tiene poco pelo, en general. En cambio yo voy por la vida con un tapado de piel a cuestas.
Pablo se dio cuenta de que el calor no es mi amigo y tuvo una idea horrenda. Me llevó a un peluquero de perros. Cuando el tipo se me acercó con esa maquina espantosa y ruidosa, me quise morir. Me agarraron del collar y comenzaron a quitarme todos los pelos de mi cuerpo. Sólo me dejaron la cabeza peluda. ¡¿Pero qué se creen, qué soy un ser humano?! ¿¡No ven que tengo cuatro patas y que ladro?! Ay, diario, no sabés lo horrible que quedé. En bolas. Cuando salí de ese lugar, Pablo me decía: "Qué lindo que estás". Tenía ganas de decirle: "¿Y por qué no salís vos desnudo por la calle?". No pude sacar mi rabo de entre las patas hasta que llegamos a casa. Apenas entramos, me escondí debajo de la cama y no salí por un buen rato. ¡Estaba desnudísimo! Me daba mucha vergüenza... hasta me podía ver las tetillas. Por dos o tres días, sólo salí a comer y a hacer mis necesidades. Creo que Pablo ya se dio cuenta de que nunca más me tiene que hacer eso.
Prefiero bancarme* el verano, pero con mi orgullosa pelambre encima. Nunca más voy a renegar de ella. Soy un orgulloso perro de pelo en pecho.
PD: ¿Querías ver una foto mía pelado? ¡Jamás!

*soportar.

martes, 29 de diciembre de 2009

Caniches


Hola, diario. ¡Cómo detesto a los caniches! Me caen tan mal... Te arrimás a tres metros de ellos y comienzan a ladrar; pasás debajo de sus balcones y ladran a los saltos desesperadamente; y si te animás a olerlos, te tiran un tarascón con esos dientitos de ratita que tienen... ¿Y cuando se hacen los cancheros? Se paran en dos patitas y empiezan a dar saltitos, como si fueran canguros enrulados. ¡Con ese peso pluma cualquiera puede saltar en dos patitas! ¡Payasos! Ay, les tengo bronca. Esos ladriditos agudos, que no asustan ni a un gorrión traumado, me sacan de quicio. En la manzana, es decir en un diámetro de 400 metros, hay veinticuatro caniches. ¡Sí, vein-ti-cua-tro! Algunos medianos, pero la mayoría pigmeos. Bueno, sí, ya sé... está feo discriminar. No hay que generalizar. De todos esos, hay un par que me caen bien y nos movemos un poco la cola cuando nos cruzamos. Sobre todo Dorotea. Ella es una caniche sucia, con todos los pelos pegoteados. La dueña es parecida a ella. Muy parecida. Se adoran. Corren juntas y se abrazan. A veces me las imagino revolcándose en el barro juntas. Hasta tanto no llegó nuestro amor con Pablo. A mí el barro me da asco y él es un obsesivo que se baña todos los días. ¡Todos los días! Un horror. Dorotea es macanuda. No tiene carácter de caniche. Hay otro, creo que se llama Toby. Es de la almacenera. No somos amigos, pero nos saludamos y amagamos correr un poquito. Es un caniche proletario. Con esos me llevo bien. A los demás, no los soporto.
¿Los seres humanos serán así, que se discriminan y detestan por grupos sociales o de raza? No creo, ¿no?

sábado, 26 de diciembre de 2009

Amigas de plástico


Son maravillosas. Atractivas, perfumadas, crujientes, ruidosas, prácticas, escurridizas, entretenidas, alborotadoras, llamativas, irritables, ágiles, dóciles, queridas, dulces, recreativas… Me refiero a las botellas de plástico. Un auténtico placer.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Nochebuena


¡Feliz Navidad, diario! ¡Ese era el motivo de tanto alboroto y tanto regalo comprado! Me encantó el festejo. A la noche, Pablo me colocó en el collar unas pelotitas doradas con un moñito. Al principio pensé que se trataba de un chiste de mal gusto relacionado con mi historia... pero me di cuenta de que no era por eso. Aunque a mí me gusta andar en bolas, no me importó que me haya "vestido" así, medio ridículo. Luego cargó todas sus bolsas y cajas, me puso la correa y salimos a caminar rumbo a lo de María Elena, su hermana. En el camino nos topamos con mucho idiota que se entretiene tirando cuetes* y petardos. No le encuentro la diversión a eso. ¿Qué tiene de divertido hacer ese ruido horrible, arriesgarse a quemarse las manos o la cara y, encima, asustar a los demás? La verdad, es que a mí no me asustan los ruidos de los cuetes. A muchos perros y gatos los enloquece. Creo que me haré un militante anti-cuetes.
Llegamos a lo de María Elena y Pablo sacó un gorro enorme de su bolso y me lo puso en la cabeza. Te juro que no quise mirarme en el espejo por miedo a ver un monstruo. Si los muchachos de MAPA me hubieran visto todavía estarían panza arriba riéndose.
De todos modos, algo de atractivo debo haber tenido porque apenas entré a la casa, todos empezaron a exclamar: "Ah....". Lo pasé genial. Estaba toda la familia. Fina y Raúl, María Elena, su esposo Luis, y sus tres hijos: Juan Salvador, Verónica y Gabriel. Me adoran. También estaba Panchita, una gata medio desagradable que vive con ellos y que no me quiere nada. Y eso que fuimos al mismo modisto porque tenemos el mismo pelaje.
Comí de todo, cantamos, bailamos, intercambiamos regalos y descubrí que la vida social es fantástica cuando hay amor sincero. Además tuve una sensación maravillosa, al comprobar que yo ya soy parte de esa familia. ¡Feliz Navidad!.. sin cuetes, claro.
* Pirotecnia, cohetes.

jueves, 24 de diciembre de 2009

Generosidad


Hola, diario. Hoy es un día raro. Salimos temprano a caminar, pero con un rumbo distinto. Llegamos a un barrio, lleno de tiendas, negocios y una plaga de personas cargadas de bolsas y cajas. Me gustó el paseo, aunque resultó estresante. Imaginate a mí, un poco petiso, en medio de una muchedumbre... el mayor paisaje que tengo son decenas y decenas de piernas (no sabés los detalles que te podría contar), y siempre algún pelotudo que te pisa la patita.
Llegó un momento en el que me aburrí un poco, entonces me dejé llevar por una de mis debilidades: las medias*. En el suelo, había una señora gordita, morena y muy abrigada como para la época del año. Frente a ella, había una especie de alfombra sobre la que desplegaba medias, corpiños, bombachas, calzoncillos y todas esas cosas que la gente esconde debajo de ropa más vistosa. No puede evitarlo: le afané* un par de medias y comencé a correr y a sacudirlos con la cabeza para que la señora me alcance. Pero no quiso jugar. Por el contrario, me gritó barbaridades y me quiso pegar. Pablo se empezó a cagar de risa (él sí entiende mis juegos), me atrapó, me sacó las medias, las guardó en una bolsa y se las pagó a la señora.
Volvimos a casa como todos los demás, cargados de bolsas y paquetes. Me di cuenta de que no eran para nosotros sino para otras personas. Porque me quedé esperando a abrirlos juntos, en casa, pero quedaron así, envueltos, con sus moños. Regalos. ¿Cuál sería el mío? Me puse a olfatear y lo descubrí. Tenía olor a tienda de mascotas. No podía ser ni para Fina, ni para Raúl, ni para ninguno de la familia... Y era de un tamaño grande, así que tampoco sería para Zsá-Zsá. Ay, diario, soy muy ansioso, lo reconozco. No puedo esperar ni dos segundos. Cuando la ansiedad empieza a acariciarme el lomo, no puedo evitar empezar a dar pasitos cortos en el lugar y a bufar. No me aguanté. Cuando Pablo se descuidó, arremetí contra ese "regalo" y le destrocé el papel que lo cubría. ¡Era una pelota preciosa, con una cuerda como para tirar de ella! Pablo me retó un poco pero es tan generoso que no me la quitó. La dejaba colgada de su mano, a lo alto, y decía: "¡Es mía!". Entonces yo empecé a los saltos para tratar de atraparla. Jugamos un buen rato a eso. ¡Qué vida!
Me quedó esa palabra: generosidad. No pude comprarle nada a Pablo. Los perros no tenemos esos papelitos que tienen las personas, que les permiten comprar cosas. Tampoco tengo bolsillos como los marsupiales. Mi generosidad será de otro tipo, creo que tiene más que ver con el alma. Sé que suena soberbio, pero tengo una capacidad de amar inmensa. Mi generosidad está ahí. No sé... pensé esto mientras masticaba un hueso de cuero crudo sobre el pie de Pablo.

* Calcetines.
* Robar.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

Reflejo condicionado


Hola, diario. Ayer te hablé de Raúl. Hoy te voy a hablar de Fina. Ella a veces viene a cuidarme con él y también es muy cariñosa. Pero debo reconocer que Fina también es, para mí, un estímulo condicionado. Cuando Pablo la nombra, instantáneamente, empiezo a relamerme el hocico. ¿Sabés por qué? Fina siempre tiene cosas ricas. Cuando viene a casa trae un "tupper" lleno de pollito cortado en trozos o de carnecita cocida, picada en pedacitos pequeños. Y cuando voy a su casa también. Siempre tiene preparado para mí un plato con comida riquísima.
A Pablo no le gusta mucho que me de esas cosas porque dice que mi nutrición es suficiente con el alimento balanceado. No es justo. Yo soy muy observador y él todos los días come cosas distintas. ¿Entonces por qué debería comer siempre lo mismo?
Admito que estuve en un dilema. No sabía si quería más a Fina o a la comida que viene con ella. Creo que la quiero más a Fina, sí. Bah... a Fina con su comida. Con las manos vacías es algo menos atractiva.
También me habla mucho y me dice piropos todo el tiempo. Por Fina es que me di cuenta de mi mirada seductora. Todo el tiempo dice: "¡Qué lindos esos ojazos negros!". Entonces le hago una caída de ojos y la observo de reojo. Es una de mis formas de seducir. Con ella resulta. Sé que le encanto.
Además, ella rasca mi cabeza como nadie. Puede quedarse muchos minutos haciendo eso y yo me quedo petrificado de placer.
Es otra de las virtudes de mi nueva vida. Ahora tengo abuelos. Abuelos humanos. Pero los abuelos son un invento maravilloso de la vida.

martes, 22 de diciembre de 2009

Compañero mayor


Hola, diario. Pablo hizo que aparezcan en mi vida dos personas fundamentales para mí. Son sus padres. Los adoro y cada vez que los veo me enloquezco. Una vez hasta me piyé* de la emoción. Es que hay días en los que Pablo tarda mucho en volver del trabajo, por eso Raúl viene a casa varias veces a la semana. Él llega a casa, con la tranquilidad de siempre, me hace unos mimos y salimos a caminar. Me habla y me cuenta cosas que no entiendo bien, pero se queda varias horas conmigo. Parece que lo pasa bien porque hay días en los que no se quiere ir. Empieza a caer el día, me da una última vueltita y recién entonces se va. Y creo que no sabe que lo hace sólo unos minutos antes de que Pablo regrese.
Por otra parte, tuve que acostumbrarme a su ritmo. No es como nosotros, que vamos de un lado a otro apurados. Pablo siempre tiene cosas que hacer. Raúl se mueve mucho más lento, más calmo y aparenta no tener ningún problema, sólo un pequeño dolor en un brazo (me di cuenta). Tampoco puedo contar con él para tirarme al piso a luchar, pero igual nos divertimos mucho. Yo le hago siempre el gesto de "agarrame", con las patas delanteras y el pecho apoyados a ras del suelo, el cuarto trasero levantado y el rabo moviéndose acompasadamente. Luego empiezo a dar vueltas como loco como para que me atrape. El pobre santo no puede... ¡Y encima me lo explica! Un amor. Pero se muere de risa cuando hago eso.
Luego, mientras lee el diario, me acaricia suavemente con sus manos huesudas, pero repletas de un amor acumulado con los años. Siento que, con cada una de esas caricias y esas palabras sencillas que me dice y que trato de comprender, Raúl me regala un poco de vida. Su mirada y su sonrisa son tesoros que siempre voy a guardar en mi memoria (que es mucha).

* Hacer pis.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Osito


Ayer estuve muy triste: se murió Osito. Creo que lo tironeé tanto que, primero le saqué los ojos, y luego, terminó todo reventado. Reconozco que me entretuve sacándole todo el relleno y dejé la casa hecha un desastre, con el pobre Osito abierto y convertido en un trapo. Estuve unas horas triste y lo extrañé mucho. Hoy por la mañana, Pablo me trajo a Osito 2. Volví a ser feliz. Algunos afectos se olvidan fácilmente.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Comodidad vs alboroto


Hola, diario. No sé por qué, pero en esta época del año toda la gente anda apurada, como queriendo hacer todo lo que no pudo hacer antes en su vida. Nosotros, los animales, no. Todavía no descubrí bien cuál es el motivo del alboroto, pero me incomoda ir por algunas calles. Por momentos tengo miedo de que me pisen. Algunos andan caminando con paquetes enormes con moños y llevan bolsas colgadas por donde sus cuerpos se lo permitan. También hay muchos chicos y son problemáticos. Si no te conocen te estrujan todo y si te acercás a ellos y te quieren tocar con cariño, sus padres le dicen: “¡¡¡¡No, te puede morder!!!!”. ¡Y los autos! Ni hablar. A los bocinazos limpios, que te dejan los oídos aturdidos.
Igual te darás cuenta de que todo esto lo conozco porque Pablo me lleva con él a pasear a todos lados. El único lugar donde parece que no dejan ir con perros es a su trabajo. Pero vamos a comprar cosas, lo acompaño a un lugar que se llama banco, a que le corten el pelo y a visitar a otras personas. Y como soy muy observador, me di cuenta de que se acercan días especiales. Parece que la cosa es así. Vos comprás algo lindo para otro y ese otro te compra algo para vos.
Ayer Pablo llegó con algo que le regalaron. Me asusté porque era enorme. Quise saludarlo, pero al ver una cosa redonda, grande, que no podía pasar por la puerta, retrocedí. Y, por las dudas, le ladré. Pero no tuvo miedo, pasó por la puerta. Era como un gran bola blanca. Yo ni me acerqué, pero vi que Pablo se desplomó sobre ella y, automáticamente, se convirtió en un sillón. Esa cosa se hunde en el medio y quedás cómodo, cómodo, cómodo. Me animé. Me en-can-tó. Nadie me mueve nunca más de ese lugar. Ahora decidí que ese también será mi sillón. Creo que Pablo no se opuso porque, apenas me subí a él, me sacó una foto. Me gusta esto de los regalos.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Veterinario


Hola, diario. Tengo que hacerte una confesión: ¡Có-mo o-dio al ve-te-ri-na-rio! Hoy fuimos a verlo. Queda en un shopping. Entramos y el imbécil que estaba en la puerta le dijo a Pablo que no estaba permitida la entrada a los perros. Pablo le preguntó, con muy buen tino: "¿Entonces, cómo hacemos para entrar a la veterinaria?". El tipo dijo: "Ah... no sé... en el shopping no se permite el acceso a los animales". ¿Pero en la veterinaria sí?, le preguntó otra vez Pablo. El infradotado le respondió afirmativamente. ¡¿Y cómo quería que entremos?! ¿Con un teletransportador?
Pablo, que es un retovado como yo, entró igual.
En el negocio, además de muchas cosas ricas, había muchos olores: a remedios, a aserrín, a ratas de laboratorio, a sofás para gatos... Me quedé mirando una pecera con unos hámsters que entraron en pánico cuando yo asomé mi cabeza sólo para observarlos. Tontos. Tienen poco cerebro.
Lo peor fue cuando me agarró el tipo con trajecito celeste. Es el veterinario. Usa anteojos y unos bigotes inmensos. Pablo le preguntó si era normal que a mí me doliera la panza. ¿Podés creer que el tipo se puso unos guantes y me metió un dedo en el culo? Lo quería matar. Un guarango. Sin siquiera invitarme a tomar un café. Me hizo tirar panza arriba y me toqueteó todo el abdomen, la zona del hígado y los riñones. Puso cara de que algo no estaba bien y Pablo se llevó una cajita con medicamentos. Escuché que me los tenían que dar cada seis meses.
Cuando llegamos a casa, sin que casi me diera cuenta, me abrió la boca y me metió una pastilla enorme, con el dedo, hasta la garganta. Me la tuve que tragar. Parece que tengo bichitos en la panza. Me dijeron que con esa pastilla se mueren todos. También me pincharon con algo a lo que le llaman "vacuna".
Aunque a Pablo lo curaron una vez, no me importa. Yo a los veterinarios les tengo fastidio. Sé que te pueden curar, pero también te estropean. A mí me agarraron desprevenido, me durmieron y me afanaron* los huevitos. También me usaron para transfusiones de sangre y hasta me han metido un termómetro o un dedo en el culito. ¡Cómo para no odiarlos!
De todos modos, esto lo aprendí por olores: tenemos que ir periódicamente a visitarlos. Te cuidan, te observan y tratan de que no te enfermes de nada.
Cada vez que llego al veterinario, me agarra pánico y no quiero entrar. Se me mete la cola entre las patas y siento que mis pies se entierran. No me muevo. Pablo me tiene que arrastrar hasta ahí. Decidí que no voy a enfermarme seguido. Trataré de cuidarme, sólo para no visitar al veterinario.

*Robaron

Todos los perros van al cielo


Hoy tuve un acercamiento profundo con la tristeza. Pero con la tristeza ajena. Estuvimos pocas horas con el perro linyera en casa. Creo que Pablo tenía miedo de que me contagie de algo porque no me dejaba olfatearlo. Es que tenía muchos bichos habitando en él. Me di cuenta de que ese petiso no estaba nada bien. Me lo dijo con sus ojos todos lagañosos. Me porté bien y dejé que lo atiendan. Pablo lo envolvió en una toalla, me acarició la cabeza, y se lo llevó. Tardó muchas horas en volver y llegó muy triste. A la noche casi ni nos hablamos. Nos fuimos a dormir, se levantó muy temprano, dimos un paseo rápido y volvió a salir.
Luego de unas horas volvió destrozado. Con los ojos rojos y unas ojeras como para corpiño. Todavía pude percibir el olor del perro petiso en su ropa. Traté de contener un poco la euforia al recibirlo, pero cuando puse mis patas delanteras en sus hombros, a modo de abrazo, se puso a llorar. No quiero ser melodramático, pero la angustia de un hombre es un golpe duro para un perro. Supe de inmediato que no me había equivocado. El pobre petiso llegó grave a casa y, probablemente, ya esté en el cielo de los perros. Pobre Pablo. Siente que no pudo hacer nada por él. Y me angustié yo. Pero por no poder explicarle que había hecho mucho por ese petiso medio linyera. En su último día durmió calentito, con alguien muy preocupado por él. Y dejó en esta vida a una persona que lo está llorando desconsoladamente. Creo que ese sentimiento tan profundo reivindica las desgracias que el pobre vivió en los últimos tiempos. Ojalá Pablo pudiese cambiar su frustración. Hizo que ese pobre perro no se haya ido solo, se fue con una luz en su alma. Y claro, él no sabe de mitología perruna, pero se ganó un ángel que lo protegerá siempre. No sigo. Siempre hay nuevos amaneceres.

Nota: Gracias, Sociedad Protectora de Animales Sarmiento

jueves, 17 de diciembre de 2009

Tengo un linyera en casa


Hola, diario. Hoy estoy chinchudo. ¿Podés creer que te estoy contando esto con otro perro en la casa? Sí, aunque no lo creas. Yo también pensé que la idea era ser siempre el único. Anoche, bajo la lluvia, nos encontramos un perro petiso acurrucado en la calle... un linyera*. La verdad que me dio mucha lástima porque no parecía estar bien. Estaba lleno de bichos, de garrapatas y pulgas. Por eso no me acerqué a él. De todos modos, tengo puesta la "pipeta" contra las pulgas.
Pablo se quedó un buen rato acariciándolo y, finalmente, lo envolvió en su remera y lo llevamos con nosotros. No quiero que haya otro en casa. Pero este me da un poco de pena. Es evidente que no tiene dueño. Y parece macanudo, aunque está tan mal que ni siquiera me habla.
Tengo una contradicción: quiero que se mejore y se cure, pero de ningún modo quisiera que se quede en casa. ¿Compartir? Jamás.

* Vagabundo.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Sueños y pesadillas


Hola, diario. Creo que necesito terapia. Estoy teniendo unas pesadillas de perro. No estoy seguro del todo, pero tengo la sensación de que, cuando estoy dormido, debo patalear y aullar bastante. Porque viste que en el primer segundo que te despertás del sueño te diste cuenta de que cabeceaste o pegaste una patada. Bueno, eso me pasa. Y siempre abro los ojos y está Pablo mirándome, acariciándome y diciéndome: “¿Qué te pasa, Francis? Bueno, no fue nada, bebé…”. Y ahí tomo conciencia de que estuve soñando cosas terribles. ¿Tendrán que ver algunos episodios horribles de mi pasado? Tengo casi dos años, pero siento que viví diez. Es que el viejo que me amenazaba con la escoba y que más de una vez dio en el blanco; ese pavor que me causaba, durante mi asilo, que los veterinarios me suban a esa camilla de metal, fría, para hacerme tranfusiones o cortarme los huevitos; sumados a los dos abandonos que sufrí, supongo que no son intrascendentes. Cualquier ser humano que haya vivido sólo esos cuatro hechos traumáticos requeriría una década de atención psicológica.
Bueno, yo me la banco solito, pero lo admito, tengo pesadillas. No recuerdo bien los sueños, pero las otras noches soñé que vagaba solo por las calles, corriendo, sin rumbo, como un pobre diablo que no tiene adonde ir pero siempre está apurado por llegar a la nada. Y tenía mucho frío. Y de pronto, me daba cuenta de que caminaba en el aire, en el vacío, tratando de hacer equilibrio para no caerme o no deshacerme. Pero no era el único, había otros perros… y cachorros de persona… y personas con rostros tristes… Pero ninguno podíamos tocarnos o hablarnos. Sólo sabíamos que el otro existía y que estaba ahí, solitario y sin rumbo, como uno. Buscaba desesperadamente a Pablo y no lo encontraba… entonces pensé en Andrés y traté de recordar su olor para hallarlo a él… pero era imposible. Tuve ganas de aullar y chillar. Y de pronto, abrí los ojos y me encontré con Pablo que estaba asustado al lado mío, calmándome.
Y eso que no tomo nada raro. De todos modos, ese sueño me hizo reflexionar. Soy muy reflexivo, no sé si sabés. Pensé en que aquella pesadilla no era tan ficticia. Hay una realidad en la que muchos seres humanos, perros y gatos no tienen dónde ir y, siempre, irremediablemente, transitan la ruta del riesgo, que a menudo conduce al maltrato, al derrumbe. Están fuera de juego. Qué desesperación pensar que te pueda pasar eso. Pensé en quién habrá creado este mundo… Pero ya era mucho, no soy chimpancé, no me da para tanto la cabeza. A quien haya sido, le agradezco tanto tener casa.
De todos modos no todos mis sueños son pesadillas. He tenido sueños tan lindos que no me dan ganas de despertarme. Pero bueno o malo, tengo un sueño liviano. El menor ruidito me despierta, así que todos duran poco.
¿Tendré que ir a algún especialista?

lunes, 14 de diciembre de 2009

Chiches


Hola, diario. Hoy Pablo fue a trabajar, como siempre, pero tardó más de la cuenta. Creo que se piensa que yo no sé calcular el tiempo. Me tiene podrido. Igual, como te dije, cuando llega, no puedo evitar derretirme a sus pies. Es un error genético. Algún cromosoma fallado.
Hoy se apareció con una pelota nueva. Con una cuerda. Fingí no darle importancia, pero a los dos minutos, estaba tironeando de la pelota con él. Ya tengo varios juguetes. Un Osito (al que adoro), una pelota de tenis, esta pelota con cuerda, un hueso gigante que no logro terminarme, y una cuerda con nudos. Me siento rico. En MAPA nadie tenía juguetes. También me tomé prestado un almohadón. Consejo: si dejás a tu perro solo varias horas, por lo menos aportá un chiche para que se entretenga en tu ausencia. Osito, aunque ya no tenga ojos, es parte de mí. Hasta mañana.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Domingo al aire libre


¡Qué domingo, mi Dios! ¡Esto sí que es vida! ¿Viste qué lindo día ayer? El cielo era puro sol y cuando los días se presentan así, uno se predispone mejor para encarar al mundo. Con Pablo pensamos muy parecido y tenemos casi los mismos gustos. Por eso, decidió que tomemos un domingo como se debe: al aire libre. Se puso unos pantalones cortos, una camiseta sin mangas y guardó unas frutas en nuestra mochilita. Salimos y caminamos recto por una avenida, unas veinte cuadras. No me cansé, me gustó mucho sentir nuevos olores y pasar por tres barrios distintos. Incluso, cruzamos una avenida gigantesca, donde pasaban autos por todos lados. Pero Pablo la tiene clara, enroscó bien mi correa contra sí mismo y caminamos bien pegaditos y seguros. Al cabo de un rato llegamos a un lugar con menos autos y más aire puro. Había mucha agua y un puentecito. Yo me volví loco. Me encantó y quise tirarme al agua. Pablo se asustó mucho. Después me di cuenta porqué. Hubiera sido difícil rescatarme porque había muchas lanchas y botes alrededor... y a lo lejos, hasta vi un enorme barco. Luego llegamos a una zona donde todo era verde y había una calle por la que todos caminaban felices. Los perros como yo iban contentos, corriendo o jugando con alguna botella; algunas personas tenían rueditas en sus pies y se desplazaban rapidísimo; otros andaban en unos vehículos que se llaman bicicletas; y casi todos vestían poca ropa, dejando que el sol los vuelva rojos. A mí me encanta andar en bolas*, sólo que tengo tanto pelo que no me puedo broncear.
Caminamos mucho, jugamos a ese juego tan divertido de tirar un palito e ir a buscarlo, y hasta estuvimos un buen rato tirados sobre el pasto, panza arriba. Pablo se quedó dormido y yo aproveché para revolcarme sobre un sector del césped donde, por el olor que percibí, hubo un gato muerto durante mucho tiempo. Hacía tanto calor que era una buena oportunidad como para perfumarme. Así que me revolqué bien, para que todo mi lomo quede cubierto de ese perfume notorio y riquísimo. Bueno... Pablo no pensó lo mismo. Apenas me acerqué a él, comenzó a dar arcadas y me retó muchísimo. Tiene actitudes que nunca comprenderé.
Confieso que, cada día, me siento más persona. No soporto a esos perros machos que vienen a olerte el culo y, cuando se dan cuenta de que sos varón, te gruñen o se hacen los malevos. Opté por sacar cagando a cada uno de los perros que se me acerquen y no me caigan bien. Otra cosa que a Pablo le fastidia. "Antisociable", me dice. Igual se queda tranquilo porque sabe que no los muerdo.
Emprendimos el regreso por otro camino. Y me sentí en un paraíso de diversión. Apenas salimos de la zona verde, pasamos por un sector... como una plaza sin plantas, que tenía una fuente que salía directamente del suelo. Lanzaba unos chorros como acompasados. De repente, desaparecían... y de pronto, salían despedidos formando círculos. Ni siquiera miré a Pablo para consultarle. Salí corriendo y jugué entre los chorros de agua sin cansarme. También ladré de felicidad. La gente comenzó a detenerse frente a las fuentes sólo para ver cómo yo saltaba y me revolcaba en el agua. Me gustó la situación y les hice un show exclusivo. Jugué a que atrapaba el agua y, cuando desaparecía, la buscaba, hasta que salía y.... ¡¡¡Plafff!!! ¡¡Perro empapado!! ¡¡¡Qué placer!!! Pablo también se divirtió mucho, así que fue un doble regocijo. Así estuve un buen rato, hasta que me cansé y se me metió un poco de agua en las orejas. Me entretuve sacudiéndome el agua entre la gente. ¡Los mojé a todos!
Los 3 kilómetros de caminata sirvieron para que me seque bajo el sol. Llegamos, Pablo se sirvió unas bebidas, sentado en su sillón, yo me tiré a su lado y nos quedamos dormidos.
Nuestro mejor amigo no es sólo el hombre, también la naturaleza.
* Desnudo