
jueves, 18 de febrero de 2010
Confirmación

martes, 16 de febrero de 2010
Musculoso

Hoy, por la mañana, me crucé con el pittbull de enfrente, un pobre infeliz al que pasean con correa y bozal y le operaron las orejas y la cola. Lo miré de reojo y, dentro mío, le dije: “No te hagás el malo que soy musculoso y te puedo cagar a golpes”. No sé si me entendió ese forajido, pero por lo menos, no me desafió.
Soy musculoso… Faaaaa…. Un perro patovica*.
* Galletitas.
* Fisiculturista
¿Gordo yo?

El problema es que mi estómago se acostumbró a aquellos manjares, entonces vivo muerto de hambre. Ahora Pablo me dice: “Mi gordito”. No sé si me gusta mucho ese calificativo. De todas formas, creo que puede tener algo de razón. Me cuesta un poco más pegar saltos a lo delfín y, cuando me siento en dos patas, veo que una panza un poco más grande asoma. Disimulo sacando pecho.
miércoles, 10 de febrero de 2010
Vejez

martes, 9 de febrero de 2010
Zsá Zsá enferma

Lo confieso, tuve un segundo de egoísmo y sentí el deseo de ser el único cuadrúpedo de la familia. Pero no, no puedo pensar así de alguien del grupo. Quiero que Zsá Zsá se mejore. Por ella y porque no soportaría que Fina, Raúl, Pablo, María Elena y el resto de la familia estén todos tristes al unísono. Cierro los ojos y pido muy fuerte que se mejore.
lunes, 8 de febrero de 2010
Materialismo
domingo, 7 de febrero de 2010
Beagle alcahuete
Por suerte no siempre me lo cruzo. Pero cada vez que paso por su casa, esté o no esté en el porche de entrada, me encanta emprender carrera y ladrarle sin parar. Lo imagino adentro, desesperado por contestarme. A veces, cuando está en el porche, nos puteamos casi cara a cara, pero como hay una reja de por medio, no nos podemos hacer nada. A esta altura, creo que ya es es un juego que hacemos. Es hasta divertido. ¿Será que en el fondo nos estaremos haciendo amigos?
*Sabiondo que alardea.
*Pijo.
sábado, 6 de febrero de 2010
Moscas

Foto: Sonia Furtado http://www.flickr.com/photos/sonia_furtado/3914234508/
Te las cazo al vuelo. Es una de mis mayores diversiones. Adoro las moscas. Y si son moscones, mejor aún. Sin verlas, percibo su vuelo cuando aparecen. Ahí me pongo atento, paro las orejas y observo hacia todos lados. Es fantástico porque empleo los cinco sentidos casi al mismo tiempo: oído, vista y olfato.... sobre el final, tacto... y zas: gusto. Es que tienen un sabor a caca riquísimo. Supongo que será lo mismo que significa comer un caramelo para las personas. Siento a las moscas como una golosina exquisita. Además, te brindan ese plus físico y de astucia que significa buscarlas, correrlas de un lado a otro, medir su vuelo, imaginar su rumbo y ver cómo las idiotas siempre se llevan un vidrio por delante, donde las podés atrapar más fácilmente. Para qué tienen tantos ojos si no les sirven.
Al principio, a Pablo le repugnaba un poco que me coma a las moscas. Ahora se divierte viendo cómo intento atraparlas. También se convirtió en un vigía de moscas. A menudo estoy distraído y escucho que él dice: "¡Mosca!". Entonces doy un salto y empiezo la cacería.
Los otros días me ensarté. Me pareció que entró una mosca medio boluda, mucho más gorda y musculosa, que volaba más despacio. La atrapé enseguida, sin demasiado trabajo. ¡¡¡¡Puajjj!!!! La tuve que escupir. Era una asquerosa polilla. ¡Qué horribles que son las polillas! Tienen como polvo encima, es como comerte una bola de pelusas. Además, te queda un sabor espantoso en la boca.
A mí me encantan las moscas. Aunque no creo que yo les encante a ellas.
jueves, 4 de febrero de 2010
Paseadores buenos y paseadores malos

Foto: Carlos Adampol http://www.flickr.com/photos/cadampol/2333408347/
Ayer vi a Pablo muy enojado. Fue con un muchacho que
paseaba perros. Tenía más gorra que cabeza; con una mano llevaba las correa, y
con la otra, hablaba por su telefonito. Aparentemente, o no le funcionaba bien
el negocio o ya había repartido a casi todos sus "clientes", porque
sólo llevaba a tres: un ovejero alemán muerto de calor, uno sin raza que por su
pelaje parecía haber ido a la misma modista que yo, y una pequinesa
desorientada. El que era parecido a mí había quedado enredado en las otras
correas y tironeaba un poco para olfatear un arbolito meado por tres perras en
celo. El idiota con más gorra que cerebro estaba más ocupado en su conversación
y lo pateó para que se apure. Mi congénere no se afectó y siguió interesado en
los olores del arbolito. Claramente, si el de la gorra no podía pensar, menos
podría olfatear, así que no se dio cuenta del “vital” interés de mi compañero.
Por eso, lo volvió a patear. Esta vez mucho más fuerte, ya que el pobre se cayó
y lanzó un chillido. A mí me dolieron las costillas por sólo verlo.
Ahí mismo vi como Pablo se puso de otro color, su energía
fue como un trueno y se abalanzó sobre el idiota de gorra. Me asusté. Pensé que
iba a morderlo por la furia que tenía, pero se contuvo. El otro también se
asustó, apagó el telefonito y también cambió de color, pero se puso pálido. No
sé qué le dijo Pablo, pero su voz se había vuelto tan fuerte que me pareció una
ráfaga de ladridos. El de gorra también ladró un poco. Pero antes de que Pablo
pueda morderlo, cruzó la calle. Antes de cruzar, el perro golpeado me miró y me
confesó que no era la primera vez que eso ocurría.
Yo me sentí orgulloso de mi amigo humano. Pero sé muy bien
que hay paseadores y paseadores. Me entero en la plaza porque es una
conversación recurrente entre nosotros. La mayoría de ellos son gentiles,
amables, te hacen recorrer lugares lindos y te dan tiempo para que te tires
panza arriba en el césped. Pero hay otros que sólo quieren que pase el tiempo
para devolverte a tu casa cansado sólo por haberte hecho caminar sin parar, en
el medio de otros 15 perros, sin ver nada del paisaje, para terminar la jornada
atado en una plaza bajo el sol.
Hubo una época en la que tuve miedo de que Pablo me haga
pasear con un desconocido. Pero cuando él no puede hacerlo, vienen Fina o Raúl
a caminar conmigo. No corro ese riesgo. Aunque si tuviera una cámara de fotos,
me encantaría establecer un ránking de paseadores. Habría que hacerle
publicidad a los buenos y “escrachar” a aquellos que tienen más gorra que
cerebro para que no vuelvan a tocar nunca a más a un congénere mío.
martes, 2 de febrero de 2010
Colchón
lunes, 1 de febrero de 2010
Cuatro ojos
Es raro porque casi siempre las personas se detienen a elogiar a los perros de raza. No lo entiendo muy bien porque son todos iguales. ¿Qué tiene de particular un labrador? Es igual a cualquier otro labrador. ¿Qué tiene de particular un chihuahua? Es igual a todos los chihuahuas. En cambio, los mestizos, los callejeros, somos todos distintos. Cada uno tiene su particularidad y su personalidad.
Bueno, es lo que advirtió este señor que se detuvo para hablar con Fina. Era bajito, de espaldas anchas, ojos claros y piel percudida y amarronada por el sol excesivo. Me acarició la cabeza y me empezó a tocar por todos lados. Por unos segundos me puse un poco nervioso. Le dijo que si estuviéramos en el campo, él me "compraría". "Es pastor", dijo. Fina no entendía nada. Ahí nomás, me agarró la pata trasera y le mostró mi dedo-espolón. Los pulgares de mis patas traseras no sirven para nada y tienen una uña molesta que se enrosca y siempre me tienen que cortar para que no se encarne. Siempre me molestó tener esos dedos inútiles, son como tener dos verrugas en la garganta. Pero ahora parece que te hacen "pastor". "Los perros que tienen espolón son buenos para el campo", dijo. Pero eso no fue todo. Le dijo que yo era un "cuatro ojos". Nosotros no entendíamos nada porque, que yo sepa, tengo sólo dos ojos y creo que son suficientes. Me tomó el hocico y le mostró a Fina las dos manchitas marrones que tengo sobre los ojos. "Esto hace a un cuatro ojos. No hay muchos. Los cuatro ojos son especiales. Son únicos. Señora, tiene un gran perro".
Yo te digo algo, diario. No sé si este señor era cuerdo o de dónde saca sus teorías sobre los perros. Pero Fina dijo que era sabiduría campera, quedó orgullosa y se lo contó a Pablo, que sonrió. Me gustó el comentario y me lo guardé en un bolsillo de mi mente, porque no creo que en mi vida vuelvan a elogiarme así. Cuatro ojos... Faaaaaaa...
viernes, 29 de enero de 2010
Pastor
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Tomamos unos mates en casa, charlamos, escuchamos música y, como nos estábamos muriendo de calor, salimos a la calle a pasear. En las primeras cuadras de caminata me di cuenta de que algunos seres humanos no son organizados. Caminan en grupitos. De los nueve (contando a Pablo), dos se paraban a mirar una vidriera, uno compraba una botella de agua en el camino, tres caminaban fumando (que espantoso es el olor a cigarrillo), otros tres se detenían esperando a algún otro… y así todo el tiempo. Me empecé a poner de malhumor. “No pueden ser tan desorganizados”, pensé. Entonces me puse a trabajar. Corrí hacia los dos que caminaban primero y, con el hocico, hice que se dieran cuenta de que los demás quedaron rezagados. Ahí corrí raudamente hacia los últimos, así los del medio se daban cuenta de mi trabajo. Eran Pablo, Laura y Margarita. “Chicos, apuren, así no vamos a llegar nunca”, les dije con la mirada, obviamente. Se dieron cuenta y se apuraron. Y, de ese modo, los del medio también se unieron. Caminando en círculos alrededor del grupo logré que, por unos minutos, estén reunidos. Pero cuando pasamos por un parque, ahí se me volvió a dispersar el rebaño. ¡Lo que me costó reunirlos! Me agarró una desesperación… no quería que quede ninguno solo, desprotegido, para que no le pase nada. ¡Mirá si se nos perdía Laurita, por ejemplo! Corrí hacia uno y hacia otro. Descubrí que puedo emprender carreras cortas, de dos metros, frenar y, de una vuelta rápida, volver al mismo sitio. Y luego de juntarlos a los hocicazos, tenía que dar vueltas a su alrededor. Los muy egoístas no me dejaron disfrutar del parque porque me tuvieron laburando* todo el tiempo.
Luego de caminar como dos horas, decidieron sentarse en un bar con mesitas afuera, en la vereda. Un acto de generosidad conmigo, para que pueda quedarme con ellos. Ahí juntaron tres mesas y se sentaron, casi en círculo. Yo me ubiqué en la punta, cerca de Pablo, observando el orden y orgulloso de que el rebaño por fin esté quieto y nutriéndose. Soy re-pastor, che.
lunes, 25 de enero de 2010
La alegría de ser un buen recuerdo
Empecé a chillar, a lloriquear de la emoción y a dar saltos como un canguro. Andrés es una de las personas más buenas que conocí en mi vida.
Cuando mi primera adoptante no pudo tenerme más, al año y medio, él me llevó a su casa. Allí viví hasta cumplir los dos años y lo amé con toda mi alma. Vivíamos también con su esposa y sus suegros, en una casa muy cómoda, con un patio precioso para poder jugar con la pelotita de tenis y correr en círculos. Pero había un problema. Cuando Andrés y su esposa se iban a trabajar, me quedaba solo con sus suegros. Ella era indiferente conmigo, pero él se irritaba cada vez que le pedía ir a jugar o salir a hacer pis. Varias veces me pegó un par de escobazos. No sufrí mucho porque aprendí a esquivar esos escobazos. Pero todavía me queda un pequeño reflejo cuando alguien levanta un palo o algo parecido. Me quedó un pequeño susto... un traumita...
Cuando Andrés se enteró de eso se peleó a los gritos con su suegro. Esa noche supe que pasaría algo. Siempre me dejaba dormir a un costadito suyo, sobre la cama. Ahí aprendí a dormir entre los humanos. Al día siguiente, Andrés me llevó a MAPA y me dejó ahí, con lágrimas en los ojos y múltiples abrazos. Pensé que nunca más lo vería, pero venía todos los días y se quedaba a mi lado toda la noche. Aceptó ser voluntario nocturno sólo para estar conmigo hasta que me adopten. Allí estuve con él durante casi tres meses, hasta el día en que llegó Pablo.
En aquél momento supe que nunca más volvería a ver a Andrés. Por eso me sorprendió tanto su visita. Por algunas frases sueltas que interpreté en la conversación de ambos, me parece que llamó a Pablo para preguntarle cómo estaba yo, y lo invitó a casa.
Estuvimos jugando un buen rato y me di cuenta de que toda la charla giraba sobre mí porque todo el tiempo me observaban con cariño o me palmeaban la cabeza. Me generó una confusión enorme. Los miraba mirarme y no podía discernir entre el amor que sentía por ambos. Un solo amor, gigante como el universo, para dos personas. Entonces me inundaron la cabeza una cantidad considerable de interrogantes. ¿Para qué vino Andrés? ¿Sólo para visitarme o para llevarme otra vez con él? ¿Si fuera para llevarme, qué hago? Lo quiero muchísimo, pero ahora vivo con Pablo. ¡Qué confusión!
Las dudas se disiparon al cabo de unas dos horas. Andrés se levantó de su silla, avanzó hacia mí y me habló con una ternura que nunca voy a olvidar. De pronto, Pablo dijo: "¿Vamos?". Por reflejo, di dos largos saltos. Andrés se sorprendió. En las épocas que vivía con él, no hacía esa morisqueta. Los tiempos habían cambiado un poco.
Bajamos hasta la calle y caminamos los tres hasta la esquina. Allí, Pablo y Andrés se despidieron y me miraron. ¡Qué confusión! ¿Qué tenía que hacer? ¿Volver con Andrés o quedarme con Pablo? Hasta ese momento, estaba seguro de que Pablo era ya mi referente y Andrés formaba parte de uno de los mejores recuerdos de mi pasado. Pero en ese momento, me encontraba confundido. Andrés se agachó, me acarició muy fuerte y se despidió de mí. Avanzó hacia la derecha, y Pablo hacia la izquierda, hacia nuestra casa. No supe a quién seguir. Me quedé en el medio observándolos a ambos. Lo miré a Pablo unos segundos y emprendí una carrera rápida hacia Andrés. Pegué un salto hasta poder lamerle la cara, le dije adiós con la mirada y volví en rauda carrera hacia Pablo. El pobre estaba pálido. Creo que pensó que me iría con Andrés, porque me dio un abrazo fuerte y un beso enorme en la cabecita.
En esos segundos de discernimiento me di cuenta de que los quería a ambos, pero que había decidido qué vida quería para mí y con quién. Y no tengo dudas.
Estoy feliz por la visita de Andrés. Es fantástico saber que no te olvidan y que te siguen queriendo. ¡Qué invento fundamental la memoria!
sábado, 23 de enero de 2010
Hijos

El pecho se me sacudió. No podía ser un cambio tan abrupto en su personalidad. ¿Cómo se puede pasar de un "te quiero" pasional a un "mantenete alejado"?
Tanto Pablo como Marcela, su amiga humana, le hablaron. Creo que la hicieron recapacitar. Pablo, como buen hermano, me abrazó fuerte. Pero de pronto, Morena se acercó a mí. Lentamente, cansada y resignada. Y me dio un besito tenue, pero sincero y melancólico, en mi hocico. Me volvió el alma al cuerpo. Le devolví el cariño y dejó que la huela por todos lados. Tenía curiosidad por saber cuántos chicos tenía dentro y de qué sexo eran. Me di cuenta de que sólo faltaban días... horas... para que nazcan.
Nos quedamos un rato largo hablando con nuestra mirada y le ofrecí todo mi corazón para lo que necesitase. Es una madre soltera (porque el muy turro que hizo eso nunca más apareció) y no podrá con todos esos críos. Creo que está resignada. No me dijo ni que sí, ni que no. Nos despedimos con mucho cariño. Con un amor transformado. Y me quedé pensando y meditando toda la noche en eso de engendrar. Nunca podré hacerlo. Ya lo sé. ¿Será justo? ¿Por qué habrá tenido que ser así? Me abracé a Osito y a Chanchito y me dormí. Soñé cómo serían mis cachorritos. Seguramente parecidos a los que tendrá Morena.
miércoles, 20 de enero de 2010
Los regresos son hermosos

lunes, 18 de enero de 2010
Bronca

Cuando llegaron Fina y Raúl para hacerme compañía se armó la podrida*. Nunca me habían gritado los abuelos. Me retaron muchísimo. Tanto que me asusté y me quedé en un rincón observando cómo limpiaban toda la habitación y trataban de disimular con las sábanas el pedazo de colchón que faltaba. Luego, me quedé escondido un buen rato en el baño, hasta que se les pasara el enojo.
Pero bueno... ¡tanto espamento! Si todavía sirve... Yo dormí en el medio de la cama y no notás que le falta una parte.
Yo también tengo derecho a expresarme. Y si el otro se va quince días a estar tirado panza arriba bajo el sol y me deja a merced del verano porteño, se lo tengo que hacer notar. Así no lo vuelve a hacer. He dicho.
* Lío.
viernes, 15 de enero de 2010
Mi hermana gata

Ya no me cae tan mal. Simplemente es una cabrona, una antipática. Pero en la familia la quieren. Sé que algunos no quieren a los gatos. Pero, ¿sabés por qué? Porque no los conocen y porque los ven muy parecidos a las personas. Son independientes, arrogantes, individualistas, te ofrecen cariño sólo cuando ellos quieren, son avaros y se creen libres pero, en el fondo, siempre van a depender de otro.
Por eso, lo pienso bien, y los gatos no me disgustan.
jueves, 14 de enero de 2010
Un cafecito
Fina y Raúl me malcrian bastante. Me parece que, cuando regrese, Pablo se va a asustar cuando me vea. Estoy gordo. Me dan de comer muchas cosas ricas y, aunque estoy bien alimentado, tengo hambre todo el tiempo.
Creo que, de a poco, dejo de ser perro. Es que, sobre todo, Fina me sumerge en lujos que sólo los seres humanos se pueden dar. Por ejemplo: el café. Luego de comer, siempre ella y Raúl se toman un cafecito. Los otros días, estuvo María Elena, la hermana de Pablo, de visita. Cuando vio que Fina, al finalizar el café, me puso un poquitito en el platito para que yo lo tome, preguntó por qué lo hacía. "Le va a hacer mal", dijo. Fina le respondió: "Noooo... Lo despeja un poco". Y me siguió dando café, lo más pancha*. Así que el café despeja. No sé cómo se prepara, sino, en estas últimas noches de insomnio que tengo, por extrañar a Pablo, me tomaría unas cuantas tacitas de café, para que me despejen un poco la mente.
* Tranquila.
martes, 12 de enero de 2010
Palomas
Foto: http://www.flickr.com/photos/mat_oasis/Hola, diario. Ayer me cagó una paloma. No me enojé. Es una justa venganza. Sólo que el pobre Raúl estuvo un buen rato fregándome el lomo con agua para sacarme de encima esa asquerosidad que me daba una nueva mancha al lomo.
Te cuento: cada vez que salimos a dar una vuelta, en el mismo lugar -al lado de un barcito- hay una bandada de unas veinte palomas que se juntan a comer restos de comida. Casi siempre están en la vereda picoteando. Yo las veo desde la esquina y, sin preparativos, emprendo una carrera veloz sobre ellas, seguida de cuatro ladridos secos. No las quiero cazar, ni hacerles daño. Sólo me gusta muchísimo cómo levantan vuelo vertical por el susto. Me causa mucha gracia porque a las más gordas les cuesta tener ese reflejo rápido. Cuando queda alguna rezagada, doy una media vuelta y les vuelvo a ladrar hasta que no queda ninguna en tierra. Luego se quedan puteándome en el árbol o en el cable del teléfono. Y yo las miro con picardía, me paro derechito y me voy caminando como si nada hubiera pasado.
Sé que lo mío es de bravucón... o también de cancherito barato. Pero es un juego diario que me divierte mucho. Y, en el fondo, creo que a ellas también les pongo un momento de aventura en su monótona vida.
Esta situación ocurre desde que vivo con Pablo, casi todos los días. Últimamente, las guachas ya me tienen junado* y vuelan apenas llego a la esquina. Cuando paso les hago: "Pfffff". ¿Y sabés lo que hicieron un par de veces? Llegué al lugar y estaban todas formaditas sobre el cable, mirando hacia abajo como burlándose de mí. La primera vez las miré fijo como insultándolas y sentí como me decían: "Subí, si podés". Ayer pasó lo peor. Me paré debajo del cable, observándolas por unos segundos y una de ellas hizo sus necesidades, desde las alturas, sobre mí. Rompí mi relación con esas palomas. Aunque acepto que es una buena venganza a tantos sustos que les di.
De todos modos, diario, envidio esas alas que tienen. Debe ser divertido volar sobre toda la ciudad y echar un vistazo de todo lo que ocurre. Ellas no tienen nariz. ¡Sabés qué bueno sería poder olfatear todo desde ahí arriba! Sería como leer el resumen de las noticias. Como saber los titulares. Pero bueno, me tocó tener las patas siempre sobre la tierra... pero la cabeza, muchas veces, en las alturas.
*Ya me conocen.
sábado, 9 de enero de 2010
Ego herido

Fina y Raúl me están llevando casi todos los días a la plaza y eso me encanta. Hay olores de todo tipo y te podés enterar de todo lo que aconteció en el barrio si sos detallista con cada aroma. Descubrís humores, sucesos, estados físicos, edades... El olfato es una maravilla que nos dio la naturaleza. A su vez, me divierto espantando a las palomas o jugueteando con algún que otro perro. Ya te conté que cada vez me vuelvo un poco más arisco al contacto con mis congéneres. Sobre todo con los machos. Yo soy muy abierto y estoy de acuerdo con eso de que cada uno ame a quien quiera, diario, pero definitivamente no me gustan los machos. Y viste que algunos se te acercan sin siquiera invitarte a hacer pis en un árbol y, en dos segundos, se te quieren montar porque no encontraron a ninguna hembrita a mano. Uy... cómo me enoja eso. Los saco cagando. Lo mismo esas hembras regalonas que, sin darte tiempo a que las cortejes y les digas lo lindas que están, se te tiran panza arriba delante tuyo con sus partes al viento. No sé, diario, seré un poco conservador todavía y tendré que adecuarme a estos tiempos, pero por ahora prefiero estar así.
La cosa es que me puse a jugar con una petisa hermosa... rubia, delicada y de pelos muy largos. Estaba recién bañada y olía a flores. Le hablé un poquito, corrimos dando círculos hasta caernos sobre el césped y nos reímos muchísimo. Pero de pronto, apareció el bravucón de la película. Un estúpido alto y peludo. Avanzó hacia nosotros erguido, con su cola hacia arriba meciéndose como un péndulo, y se interpuso entre ambos. La petisa metió su rabo entre las patas. Era obvio que no le gustaba. Y yo le hice saber que estaba de más. ¿Podés creer que ni se movió? Me clavó la mirada varios segundos y comenzó a elevar la comisura de sus labios para mostrarme sus dientes llenos de sarro. Y de inmediato, sin darme tiempo, se me tiró encima. Nos mordimos un poco y rodamos en el césped, pero no como con la petisa. Como un pequeño ciclón de pulgas y pelos. Fina y Raúl estaban desesperados y el acompañante del grandote pelotudo también. La cosa es que estaba claramente en inferioridad de condiciones y... me rendí. Me puse panza arriba, quieto, con mis patas delanteras en mi esternón. Él se dio cuenta, resopló y se fue. Para ese entonces, la petisa ya estaba en brazos de su amiga y me miraba triste mientras se alejaba. ¿Pero qué iba a hacer? Ese idiota analfabeto podía haberme quebrado la garganta. Sólo me lastimó una pata, me hizo un pequeño corte en el hocico y me dejó un golpe en mi costado derecho. Fue un golpe al ego. La primera vez que me rendía en mi vida. Definitivamente, no soy un macho alfa. Sino me la hubiera bancado. ¿O sí? ¿Será que tendré muchos golpes en la vida para darme cuenta? ¿Más victorias y rendiciones? Ay, no... yo soy un perro civilizado, che. De ahora en más, mi relación con este tipo de gentuza será limitada. ¡Volvé, Pablo!
* Me peleé.
viernes, 8 de enero de 2010
Guardián

Y bueno... me equivoqué. Pero guay... descubrí que soy re-guardián. Mirá si ese atorrante le hacía algo a Raulito, que es tan frágil. No lo hubiera permitido. Tomé una decisión de por vida: Nadie, ni humano o perro, le hará daño a ninguno de mi familia.
Los gatos no sé... lo voy a pensar. Les tengo algo de miedo.
*Insultar
miércoles, 6 de enero de 2010
Abuelos

Cuando cae la tarde, caminamos las ocho cuadras que nos separan de nuestras casa, y me quedo solo y libre de actos en el departamento. No está tan mal lo del viaje.
Pero... ¿cuándo volverá?
*Guapo.
martes, 5 de enero de 2010
Viaje

Dormimos como siempre, pero más juntitos. Yo deseaba sentir su calorcito más que nunca. No me quería dormir. Tenía la necesidad de sentir su respiración, de ver sus ojos cerrados e imaginar qué estaría soñando. Así me quedé observándolo durante varias horas, hasta que me atrapó el sueño.
El reloj despertador sonó muy temprano. Mucho más que de costumbre. Él se despertó de un salto, se dio una ducha y me hizo jugar un poco. Ya todo estaba confirmadísimo. Había guardado su cepillo de dientes y sus ojotas.
Lloré un poco y él supo que yo ya me había dado cuenta de que se iría de viaje.
Me sacó a pasear y, cuando volvimos, me abrazó y me dio muchos besitos. Lloré y yo también lo abracé. No sabía dónde poner mi cabeza y puse mi frente sobre la suya. Estaba viviendo una nueva sensación. Por un momento, tuve el impulso de meterme en su valija, pero estaba tan llena que no entraba.
Sonó el timbre. Eran Fina y Raúl. Por un lado me quedé más tranquilo porque no estaría solo vaya a saber cuántos días. Bajamos a despedir a Pablo, a quien lo esperaba un coche en la puerta, donde guardó su valija y una pequeña mochila. Nos abrazamos por última vez y lloré mucho. No quise que se suba al auto y, pobre Raúl, tenía que tirar fuerte de mi correa porque yo estaba desesperado. Cuando el auto arrancó, vi a Pablo en la ventanilla, saludándome y con algunas lágrimas en los ojos. No aguanté más, junté fuerzas de donde pude, y me solté. Corrí, corrí y corrí detrás del auto hasta que las fuerzas no me dieron más. Creo que Pablo nunca me vio. Quedé observándolo mientras se alejaba y tuve un sentimiento de abandono muy grande. En ese momento es cuando confirmé cuánto lo quería. Estaba dispuesto a seguirlo adonde sea.
Despacito, emprendí la vuelta y, a lo lejos, sentí la voz desesperada de Fina y de Raúl. Me di cuenta de lo que había hecho y corrí muy rápido nuevamente, pero hacia ellos. Pobre Fina, estaba llorando. Ahora me ajustaron un poco más el collar, para que no se me suelte.
Estuve todo el día con ellos, pero un poco triste. Lo extraño. Qué lindo sentimiento de amor es extrañar y saber que el otro va a volver.
*Apesadumbrado.
*Maleta.
domingo, 3 de enero de 2010
Ego
sábado, 2 de enero de 2010
Piscina
Los cuatro nos subimos al coche de Fernando y viajamos durante casi una hora. Nunca viajé tanto tiempo en auto y fue fantástico sacar la cabeza por la ventanilla y sentir el aire en la cara. Hasta jugué a atraparlo... la macana es que después me llené de peditos.
Recorrí un poco el lugar y, por las dudas, dejé mi marca en varios sectores del parque. Del otro lado de la valla que separa la casa de Fernando con otra, advertí que había dos rottwailers. Los odio. No les tengo confianza. Suelen ser unos bravucones peligrosos. Uno de ellos se acercó, me vio y empezó a gruñirme detrás de la verja. ¡Me dio una bronca! El colmo de la malaeducación. ¿Sabés qué hice? Lo meé. El urso no lo podía creer y yo me fui moviendo la cola, contento y muerto de risa.
Enseguida vi los preparativos para irnos a dormir. Me intranquilicé. De inmediato advertí que había una sola cama. ¿Adónde iba a dormir yo? No me gustó lo que idearon. Mirita y Fernando dormirían en la cama grande y Pablo y yo en un colchón, en el suelo, al lado suyo. Pablo estuvo de acuerdo, pero yo no y se los hice saber. Quise subirme a la cama varias veces, pero no me dejaron. En un momento, Pablo me abrazó y se quedó dormido. Yo pensé: "Si querés dormir en el suelo, dormí vos, yo no". Así que, despacito, me subí a la cama sin que se den cuenta, y me escurrí entre Mirita y Fernando. Me quedé dormido como ellos y sé que les provocaba calor, porque me creció el pelo y estoy peludo nuevamente. Como se movían bastante pensé que éramos muchos en una cama. Así que puse mis cuatro patas sobre la espalda de Fernando e hice palanca sobre el cuerpo de Mirita, para sacarla de la cama. Pero no me salió bien. Cuando ya estaba a punto de caerse, pegó un grito: "¡¡¡Francisco!!!". Bueno, conclusión: me echaron de la cama y volví al piso, con Pablo. Pero creo que les causó gracia mi treta porque se rieron bastante. De todos modos, estuve como dos horas durmiendo con ellos y no se dieron cuenta.
Por la mañana, Pablo se despertó temprano. Los otros dos seguían apoliyando*. Se levantó y, como es debido, lo seguí. Fue directo al parque y me encantó la idea, pero, de pronto, noté que comenzó a tomar carrera hacia la piscina. ¡Dios! ¡No podía permitir que se suicide! ¡Tenía que ir detrás suyo a salvarlo! ¡Qué desesperación! Fue casi al mismo tiempo. Se zambulló en el agua y yo me tiré unos segundos después. Me asusté porque él llegó hasta el fondo de la piscina y yo quedé pataleando sobre la superficie. Pero no se murió. En pocos segundos, salió a la superficie conmigo y se descostilló de risa cuando me vio. Ahí me di cuenta de que no era peligroso ese lugar. Por el contrario, era super divertido. Nos quedamos chapoteando en el agua y cagándonos de risa. Creo que pensó que Fernando se iba a enojar, entonces salimos de la piscina y nos tiramos panza arriba, bajo el sol, a secarnos.
Pero cuando nuestros amigos se despertaron y me vieron todo empapado, me invitaron nuevamente a tirarme al agua. Diario, no sabés cómo me divertí. Adoro el agua. Me encanta. Por momentos, dudé y pensé si no sería una foca. Pero creo que no, el pescado no me gusta mucho. No quería salir del agua. Nadé de una punta a la otra de la piscina, una y mil veces. Ellos se cansaban y salían a tomar sol, pero yo me volvía a zambullir. Y, cada tanto, me sacudía el agua del cuerpo, cerca de la valla, para salpicar a los rottwailers, que me miraban fastidiados y envidiosos.
Luego llegó más gente y, por suerte, a todos les caí simpático y jugaron conmigo. Así estuvimos todo el día, hasta que nos llevaron en el coche, de vuelta a nuestro departamento.
¡Cómo adoré la casa de Fernando! Creo que cada vez que lo vea, se reflejará en mi mente la palabra "piscina". En mi vida habrá un antes y un después de la piscina. Bueno, sí, soy un exagerado.
jueves, 31 de diciembre de 2009
Feliz Año Nuevo

Pelado
Es verano. No sabés cómo sufro el calor. Me la paso jadeando todo el tiempo. Por suerte, no soy un Pastor Inglés que se anda babeando por todos lados. Pero algún hilito de saliva se me escurre por la boca. Sé que a la gente le da un poco de asco, pero no saben que los perros transpiramos así. Pero la verdad es que el calor me mata. Encima, pobre Pablo, no se da cuenta y me saca a pasear por la vereda del sol. Él se cree que soy ágil y que estoy con mucha energía permanentemente. Pero corro y camino a los saltitos porque me quemo las patas. Como las personas no caminan descalzos por la calle se creen que uno también anda en zapatillas. Además, viste que los humanos son casi pelados. Su pelaje está en la cabeza y en pequeñas porciones del cuerpo, pero tiene poco pelo, en general. En cambio yo voy por la vida con un tapado de piel a cuestas.
Pablo se dio cuenta de que el calor no es mi amigo y tuvo una idea horrenda. Me llevó a un peluquero de perros. Cuando el tipo se me acercó con esa maquina espantosa y ruidosa, me quise morir. Me agarraron del collar y comenzaron a quitarme todos los pelos de mi cuerpo. Sólo me dejaron la cabeza peluda. ¡¿Pero qué se creen, qué soy un ser humano?! ¿¡No ven que tengo cuatro patas y que ladro?! Ay, diario, no sabés lo horrible que quedé. En bolas. Cuando salí de ese lugar, Pablo me decía: "Qué lindo que estás". Tenía ganas de decirle: "¿Y por qué no salís vos desnudo por la calle?". No pude sacar mi rabo de entre las patas hasta que llegamos a casa. Apenas entramos, me escondí debajo de la cama y no salí por un buen rato. ¡Estaba desnudísimo! Me daba mucha vergüenza... hasta me podía ver las tetillas. Por dos o tres días, sólo salí a comer y a hacer mis necesidades. Creo que Pablo ya se dio cuenta de que nunca más me tiene que hacer eso.
Prefiero bancarme* el verano, pero con mi orgullosa pelambre encima. Nunca más voy a renegar de ella. Soy un orgulloso perro de pelo en pecho.
PD: ¿Querías ver una foto mía pelado? ¡Jamás!
*soportar.
martes, 29 de diciembre de 2009
Caniches

sábado, 26 de diciembre de 2009
Amigas de plástico

viernes, 25 de diciembre de 2009
Nochebuena

jueves, 24 de diciembre de 2009
Generosidad

miércoles, 23 de diciembre de 2009
Reflejo condicionado
martes, 22 de diciembre de 2009
Compañero mayor

domingo, 20 de diciembre de 2009
Osito

sábado, 19 de diciembre de 2009
Comodidad vs alboroto

Igual te darás cuenta de que todo esto lo conozco porque Pablo me lleva con él a pasear a todos lados. El único lugar donde parece que no dejan ir con perros es a su trabajo. Pero vamos a comprar cosas, lo acompaño a un lugar que se llama banco, a que le corten el pelo y a visitar a otras personas. Y como soy muy observador, me di cuenta de que se acercan días especiales. Parece que la cosa es así. Vos comprás algo lindo para otro y ese otro te compra algo para vos.
Ayer Pablo llegó con algo que le regalaron. Me asusté porque era enorme. Quise saludarlo, pero al ver una cosa redonda, grande, que no podía pasar por la puerta, retrocedí. Y, por las dudas, le ladré. Pero no tuvo miedo, pasó por la puerta. Era como un gran bola blanca. Yo ni me acerqué, pero vi que Pablo se desplomó sobre ella y, automáticamente, se convirtió en un sillón. Esa cosa se hunde en el medio y quedás cómodo, cómodo, cómodo. Me animé. Me en-can-tó. Nadie me mueve nunca más de ese lugar. Ahora decidí que ese también será mi sillón. Creo que Pablo no se opuso porque, apenas me subí a él, me sacó una foto. Me gusta esto de los regalos.
viernes, 18 de diciembre de 2009
Veterinario

*Robaron
Todos los perros van al cielo
Luego de unas horas volvió destrozado. Con los ojos rojos y unas ojeras como para corpiño. Todavía pude percibir el olor del perro petiso en su ropa. Traté de contener un poco la euforia al recibirlo, pero cuando puse mis patas delanteras en sus hombros, a modo de abrazo, se puso a llorar. No quiero ser melodramático, pero la angustia de un hombre es un golpe duro para un perro. Supe de inmediato que no me había equivocado. El pobre petiso llegó grave a casa y, probablemente, ya esté en el cielo de los perros. Pobre Pablo. Siente que no pudo hacer nada por él. Y me angustié yo. Pero por no poder explicarle que había hecho mucho por ese petiso medio linyera. En su último día durmió calentito, con alguien muy preocupado por él. Y dejó en esta vida a una persona que lo está llorando desconsoladamente. Creo que ese sentimiento tan profundo reivindica las desgracias que el pobre vivió en los últimos tiempos. Ojalá Pablo pudiese cambiar su frustración. Hizo que ese pobre perro no se haya ido solo, se fue con una luz en su alma. Y claro, él no sabe de mitología perruna, pero se ganó un ángel que lo protegerá siempre. No sigo. Siempre hay nuevos amaneceres.
jueves, 17 de diciembre de 2009
Tengo un linyera en casa
Pablo se quedó un buen rato acariciándolo y, finalmente, lo envolvió en su remera y lo llevamos con nosotros. No quiero que haya otro en casa. Pero este me da un poco de pena. Es evidente que no tiene dueño. Y parece macanudo, aunque está tan mal que ni siquiera me habla.
Tengo una contradicción: quiero que se mejore y se cure, pero de ningún modo quisiera que se quede en casa. ¿Compartir? Jamás.
* Vagabundo.
miércoles, 16 de diciembre de 2009
Sueños y pesadillas

Bueno, yo me la banco solito, pero lo admito, tengo pesadillas. No recuerdo bien los sueños, pero las otras noches soñé que vagaba solo por las calles, corriendo, sin rumbo, como un pobre diablo que no tiene adonde ir pero siempre está apurado por llegar a la nada. Y tenía mucho frío. Y de pronto, me daba cuenta de que caminaba en el aire, en el vacío, tratando de hacer equilibrio para no caerme o no deshacerme. Pero no era el único, había otros perros… y cachorros de persona… y personas con rostros tristes… Pero ninguno podíamos tocarnos o hablarnos. Sólo sabíamos que el otro existía y que estaba ahí, solitario y sin rumbo, como uno. Buscaba desesperadamente a Pablo y no lo encontraba… entonces pensé en Andrés y traté de recordar su olor para hallarlo a él… pero era imposible. Tuve ganas de aullar y chillar. Y de pronto, abrí los ojos y me encontré con Pablo que estaba asustado al lado mío, calmándome.
Y eso que no tomo nada raro. De todos modos, ese sueño me hizo reflexionar. Soy muy reflexivo, no sé si sabés. Pensé en que aquella pesadilla no era tan ficticia. Hay una realidad en la que muchos seres humanos, perros y gatos no tienen dónde ir y, siempre, irremediablemente, transitan la ruta del riesgo, que a menudo conduce al maltrato, al derrumbe. Están fuera de juego. Qué desesperación pensar que te pueda pasar eso. Pensé en quién habrá creado este mundo… Pero ya era mucho, no soy chimpancé, no me da para tanto la cabeza. A quien haya sido, le agradezco tanto tener casa.
De todos modos no todos mis sueños son pesadillas. He tenido sueños tan lindos que no me dan ganas de despertarme. Pero bueno o malo, tengo un sueño liviano. El menor ruidito me despierta, así que todos duran poco.
¿Tendré que ir a algún especialista?
lunes, 14 de diciembre de 2009
Chiches

domingo, 13 de diciembre de 2009
Domingo al aire libre
Caminamos mucho, jugamos a ese juego tan divertido de tirar un palito e ir a buscarlo, y hasta estuvimos un buen rato tirados sobre el pasto, panza arriba. Pablo se quedó dormido y yo aproveché para revolcarme sobre un sector del césped donde, por el olor que percibí, hubo un gato muerto durante mucho tiempo. Hacía tanto calor que era una buena oportunidad como para perfumarme. Así que me revolqué bien, para que todo mi lomo quede cubierto de ese perfume notorio y riquísimo. Bueno... Pablo no pensó lo mismo. Apenas me acerqué a él, comenzó a dar arcadas y me retó muchísimo. Tiene actitudes que nunca comprenderé.
Confieso que, cada día, me siento más persona. No soporto a esos perros machos que vienen a olerte el culo y, cuando se dan cuenta de que sos varón, te gruñen o se hacen los malevos. Opté por sacar cagando a cada uno de los perros que se me acerquen y no me caigan bien. Otra cosa que a Pablo le fastidia. "Antisociable", me dice. Igual se queda tranquilo porque sabe que no los muerdo.
Emprendimos el regreso por otro camino. Y me sentí en un paraíso de diversión. Apenas salimos de la zona verde, pasamos por un sector... como una plaza sin plantas, que tenía una fuente que salía directamente del suelo. Lanzaba unos chorros como acompasados. De repente, desaparecían... y de pronto, salían despedidos formando círculos. Ni siquiera miré a Pablo para consultarle. Salí corriendo y jugué entre los chorros de agua sin cansarme. También ladré de felicidad. La gente comenzó a detenerse frente a las fuentes sólo para ver cómo yo saltaba y me revolcaba en el agua. Me gustó la situación y les hice un show exclusivo. Jugué a que atrapaba el agua y, cuando desaparecía, la buscaba, hasta que salía y.... ¡¡¡Plafff!!! ¡¡Perro empapado!! ¡¡¡Qué placer!!! Pablo también se divirtió mucho, así que fue un doble regocijo. Así estuve un buen rato, hasta que me cansé y se me metió un poco de agua en las orejas. Me entretuve sacudiéndome el agua entre la gente. ¡Los mojé a todos!
Los 3 kilómetros de caminata sirvieron para que me seque bajo el sol. Llegamos, Pablo se sirvió unas bebidas, sentado en su sillón, yo me tiré a su lado y nos quedamos dormidos.
Nuestro mejor amigo no es sólo el hombre, también la naturaleza.
