
viernes, 31 de diciembre de 2010
Feliz Año

Néstor

sábado, 25 de diciembre de 2010
Hermano

viernes, 24 de diciembre de 2010
Monumento a la comida
martes, 21 de diciembre de 2010
Regresos festivos
Sí, ya sé, soy un capo.
No habían pasado más de diez horas de haber comenzado a tener esa sensación cuando escucho su silbido característico, a lo lejos. Luego, sus pasos, suficientes como para que me tire panza arriba cerca de la puerta. Y, finalmente, las llaves... y él, cuerpo presente. Volvió Pablo.
No sé cómo explicártelo, diario. Es una fiesta. Cada regreso de él ser me hará inolvidable. Y creo que para él también. Yo le hago toda una escena de cariño extremo, como esas películas melancólicas con perritos que ve a veces por la televisión. Lo cago a besos. No paro de darle besos, pero entre lamida y lamida, no puedo dejar de prestarle atención a su valija. Allí sé muy bien que guarda mi regalo. No puedo contener la ansiedad y quiero abrir ese puto cierre dificilísimo de romper. Cuando lo abre, meto el hocico adentro hasta que encuentro mi regalo. ¿Sabés qué me trajo esta vez? ¡¡¡A Pingüino!!! Parece un osito, pero no lo es. Es Pingüino. Tiene pico y es precioso. Estoy tan feliz de que haya vuelto. Lástima que por un tiempo me voy a sacar ese placer dulce y melancólico de extrañar. Todo no se puede.
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Extrañar
Llegó el momento y, muy impune, con su valija en mano, se agachó para abrazarme. Ahí me quebré, diario, me quebré. No puedo superar este tipo de situaciones que se repiten más de una vez al año. Pensé en hablar con él al respecto a su regreso. Al principio le gruñí y le dije: "No, no me toques". Pero enseguida, empecé a lloriquear (juro que no me pude contener) y dejé que me abrace fuerte y me diga: "Ya vuelvo", como si no supiera que va a tardar unos días.
Lloré un buen rato cuando se fue.
Ahora me ocupo de extrañarlo. Es una sensación tan triste como hermosa. Tu espera tiene una respuesta, que es el regreso. Y no importa cuánto se demore ese regreso, tu espera será un aquelarre de sensaciones. Vas a sentir una cosquilla permanente en el alma que te recordará tu rol de "esperador". También vas a sentir bocanadas de suspiros que, sin saber cómo, se escurrirán de tu corazón con intensidad, decisión y desparpajo. Sentirás que no tenés ganas de ocuparte demasiado en jugar o andar saltando por la casa porque tu trabajo es esperar. Y eso hace que en tu mente esté un solo rostro: el del ser humano que te tocó en esta vida. Y creo que si me hubieran dado la opción de elegir, entre muchísimas muchísimas personas, seguramente habría elegido a Pablo. Pero con soberbia de perro te voy a decir algo, diario: Pablo me escogió a mí entre muchísimos perros. Y creo que está feliz. Y que también me extraña. Aunque intuyo que no es un "esperador" como yo, sé que es un gran extrañador. Prontito llegará, abrirá sus brazos, me abrazará, me rascará la panza y sacará de su valija una pelota o un Osito 8. Y yo volveré a ser feliz plenamente.
* Maleta.
jueves, 2 de diciembre de 2010
Intuición

viernes, 26 de noviembre de 2010
Pasillos
Hola, diario. No te das una idea de cuánto me gustan los pasillos. Qué gran invento los pasillos. Cuando vivíamos en la casa anterior teníamos un pasillo corto que nos conducía desde la calle hasta el ascensor. Pero ahora no necesitamos ascensor porque estamos abajo de todo. En la tierra, como deben estar los seres con patas. Y desde nuestra casa hasta la calle hay un pasillo muy largo. Me fascina correr a toda velocidad por él. Claro, tiene sus riesgos. Los escuetos escaloncitos que hay por la mitad no son problema porque ya los tengo junados* y pego un salto antes de que aparezcan. El problema surge cuando el turro del portero ese que me cae muy mal, el tal Alejandro, lustra el piso. Ahí sí, cuando ocurre eso, me pego unas patinadas impresionantes. Las otras noches pasó algo de lo que me avergoncé muchísimo. El piso estaba muy patinoso y la velocidad me jugó una mala treta. Seguí de largo y me "tragué" la puerta de entrada. ¿Podés creer que en lugar de asustarse, Pablo y el vigilante se mataron de risa? Bueno, reconozco que debe haber sido gracioso. Yo pegué un pequeño chillido, pero después me incorporé y puse cara de "acá no ha pasado nada".
No me amedrentó eso. Cada vez que entro a algún lugar con un pasillo, tomo carrera y lo invado velozmente. Para eso están los pasillos.
*conocidos.
domingo, 21 de noviembre de 2010
Matanza de pulgas

sábado, 20 de noviembre de 2010
Estoy habitado

jueves, 11 de noviembre de 2010
Pequeño manual instructivo para recibir caricias
Hola, diario. Yo sé que cuando me pongo panza arriba
intimido. Es que no me puedo contener. Seguramente vos tomás agua y te
alimentás para sobrevivir. Bueno... yo también lo hago. Pero, además, yo
necesito que me mimen. Creo que si no me muero de tristeza. Tengo dos tácticas
para recibir caricias constantes. La primera es acosarte con mi hocico. Busco
tu mano y le doy un sacudón brusco para arriba con mi hocico de manera tal que
caiga de canto sobre mi cabeza. Así, sin que te des cuenta, te obligo a que me
rasques la cabeza. Uy qué placer... Vi que los humanos se acarician en la cara.
Cuando me acarician la cara me siento persona y me encanta. Puedo quedarme
horas así. Y si se te ocurre deslizar un poco tus dedos y rascarme la base de
la oreja o detrás de ella, puedo quedarme inmóvil durante horas. Algunos se
ríen porque ese comienzo de caricias, a veces, hace que me vaya derritiendo de
a poco. Me flaquean las patas y termino en el piso. Claro que eso puede generar
el final de las caricias porque algunos vagos no se quieren agachar. Ese
sistema da resultado la mayoría de las veces. Pero siempre hay alguno al que le
parece prepotente mi pedido de cariño. Cuando eso ocurre, recurro a la táctica
número dos: me tiro al piso panza arriba. Imposible no sacarle una sonrisa al
más amargo. Hasta aquellos que tienen entre diez y quince años y ya no se
pueden agachar por el dolor de cintura, lo hacen para rascarme la panza. Qué
placer. Eso sí que es vida. Pablo dice que parezco un pollo muerto cuando me
tiro así. ¡Qué delicia cuando me rascan la panza y el pechito! A veces hago el
truco de tirarme panza arriba cuando hay más de uno. ¡Te rascan a cuatro manos!
¡Mejor que el Shiatzu ese que hace Pablo! Eso sí, no me rasques en la base de
mis costillas porque empiezo a hacer guitarrita. Me da unas cosquillas
impresionantes.
O sea, diario... si te dan ganas de que te acaricien sin
parar, tirate panza arriba en el piso y siempre aparecerá alguien para
hacerlo.... o por lo menos, para preguntar qué te pasó.
jueves, 4 de noviembre de 2010
Molina ahora es Morgan
Alejandro nos mostró algunas fotos de Molina con sus hijos. Ahora no se llama más Molina. Le pusieron Morgan. Confieso que tiene un nombre con más personalidad.
lunes, 1 de noviembre de 2010
En las buenas y en las malas
jueves, 21 de octubre de 2010
Ojos
sábado, 2 de octubre de 2010
Cruzar
Hola, diario. Ayer una señora me felicitó en la calle. Le resultó simpático que espere a que pasen los coches para cruzar la calle. La miré con autosuficiencia. Pero lo cierto es que no nací sabiendo que si un coche te pasa por encima cruzás el umbral ese que te convierte en angelito.
Cuando llegué a la casa de Pablo y comenzamos a salir a pasear, no sabía de ese peligro y, cada vez que llegábamos a la esquina, me lanzaba a lo lo loco para cruzar corriendo. Pero quedaba ahorcado porque Pablo se plantaba en la esquina y enroscaba la correa para que me quede con él. Yo no comprendía porqué hacía eso de quedarse parado en lugar de correr y ganarle a esos monstruos con ruedas. Yo estaba seguro que, por velocidad, les podía ganar. Pero no, no me dejaba. Un día, quise hacer lo mismo y tiré de la correa... y me solté. No llegué a cruzar. De pronto, vi cómo una camioneta enorme venía hacia mí y el miedo me paralizó. Me planté en medio de la calle, hecho un ovillo. En ese segundo escuché cómo gritaba Pablo. En ese instante pensé que no lo vería nunca más. Pensé que podría encontrarme con Zsá Zsá y con el linyera que estuvo un día asilado en casa. Todo en un segundo del mayor pánico que sentí en mi vida. La camioneta frenó a sólo centrímetros de mí. Sentí el calor que irradiaba ese monstruo gigante que me había tapado con su sombra. Largué unas gotas de pis. Giré un poco la vista y vi que Pablo estaba pálido y cruzaba la calle desesperado, sin mirar, como yo. El tipo de la camioneta lo insultó, pero él ni siquiera lo miró. Me tomó del collar y me llevó casi arrastrando hacia la otra vereda. Creo que sentía más pánico que yo. Me retó muchísimo y hasta me pegó un chirlo en la cabeza. Podía sentir cómo su energía estaba desbordada. Sentía mi cuerpo como de cera, derritiéndose ante ese fuego de bronca, miedo e indignación que tenía mi mejor amigo. No pude escuchar todo lo que me decía, pero me asusté. Luego, en unos segundos, se calmó y me abrazó muy fuerte. Me apretó. Ahí me tranquilicé y sentí que estaba en la tierra otra vez, con la seguridad de todos los días.
Bueno, te cuento esta "casi tragedia" para explicarte porqué aprendí a cruzar la calle. A partir de ese momento, Pablo también entendió que yo era un "sacado", así que decidió enseñarme la regla fundamental de tránsito urbano: parar en la esquina cuando pasan los coches.
Cuando estamos por llegar a la esquina comienza a enroscar la correa, para que me quede bien cerquita a él. Se detiene medio metro del cordón y me dice: "Vení". Lo observo de reojo y me quedo paradito junto a él, hasta que ese aparato que cambia luces nos indique que tenemos permitido avanzar. Cuando eso ocurre, Pablo dice: "Vamos", y afloja la correa. Es una fórmula perfecta. Vos podés cruzar muy orondo la calle y ver cómo esos monstruos con ruedas se quedan detenidos observándote, con sus narices calientes y reprimiendo ese deseo de pasarte por encima y dejarte hecho jirones.
A partir de ahí, el "vení" y el "vamos" se convirtieron en ley para mí en la calle.
Así que te lo recomiendo, diario. Si tu mejor amigo enrosca tu correa y te dice "vení" en la esquina, confiá en él. Nadie te va a pasar por encima.
martes, 21 de septiembre de 2010
Comemos raro
Pablo se ríe de la forma en que como. Es que me recuesto en el piso para comer. No entiendo por qué le causa gracia. Si podés comer acostado o sentado, por qué comer parado. Entonces, yo como semiacostado, con la panza en el suelo. Además, no tolero comer solo. Siempre lo llamo y lo obligo a que vaya a la cocina y espere un poquito a que termine. Mientras mastico, lo observo de reojo porque me siento seguro de ese modo. El problema está en que, a veces, Pablo tiene cosas que hacer y va y viene permanentemente de la cocina a la computadora. Sobre todo cuando se le da por tomar mate. Qué ceremonia tan cansadora: ir y venir llenando un recipiente de agua caliente. Cuando hace esas cosas, aprovecho para comer un bocado y luego, lo sigo adonde vaya, masticando lo que me queda en la boca. Así, voy y vengo, comiendo pequeñas porciones. Es que, en realidad, no me quiero perder nada. Entonces quisiera estar en todos lados al mismo tiempo. Acompañarlo a él en su escritura, pero sin moverme de mi plato de comida. Es más o menos lo que hace él. Muchas veces lo vi comiendo una milanesa o un sándwich, mientras va de un lado a otro. Se corta un pedazo enorme de milanesa, se lo mete en la boca y sigue haciendo sus cosas, ahí de aquí para allá. Mientras, yo lo sigo por todos lados, babeando. Porque el muy egoísta, me da un bocado recién cuando está a punto de terminar.
Y bueno… comemos raro. Qué va’cé.
lunes, 13 de septiembre de 2010
Ausencia

¡¡¡Hola, diario!!!
Perdón por mi ausencia de varios días. ¿Podés creer que Pablo se volvió a ir de viaje? Esta vez me asusté más que nunca. Cuando comenzó a armar la valija* y a guardar toda su ropa favorita, me empecé a deprimir. Y cuando vi que se cepilló los dientes y también guardó esos utensilios, ahí comencé a inquietarme. No sé porqué se me puso en la cabeza que se iba de casa para irse a vivir con el tal Molina. No podía tolerar esa imagen, de él, paseando con el enano ese engreído, con su correa nueva. Antes de irse hice escándalo. Le actué una película de llorar. Ya con su camperita*, impune, con su valijita en la mano, me acerqué, con las orejas caídas y mis ojos más tristes y comencé a lloriquear. Logré que sobre su enorme campera, se ponga un traje de culpa inmenso. Por unos minutos, pensé que se quedaría. Pero no. Me dio una golosina, unos cuantos besos y se fue.
Todos estos días, te confieso que no lo pasé mal. Estuve con Verito, la sobrina de Pablo, que se quedó a vivir conmigo. Todo el tiempo acompañado. Se iba a lo de su madre María Elena, o a lo de Fina y Raúl, o a lo de alguna amiga, y me llevaba. Compartimos todo. Por momentos pensé que lo mejor sería que Pablo se quede con el enano Molina. Que mi vida sería mejor con Verito.
Pero a medida que los días pasaban, me empecé a poner un poco triste. Estaba fantástico, pero me faltaba algo muy importante en mi vida. ¡Qué contradicción! Extrañaba a Pablo y no quería tener ese sentimiento de amor con ese supuesto traidor.
Por eso mi ausencia en la escritura. No tenía ánimos, diario.
Ayer sentía que algo iba a pasar. Me agarró ese sentimiento indescriptible de saber a Pablo cerca. Tenemos una conexión casi telepática. Finalmente llegó, con su valijita más pesada y sin su culpa encima. Lo olfatee y no... no tenía rastros de haber estado con Molina. Es más, no pude reconocer bien los olores que tenía. Creo que estuvo muy lejos. Cuando corroboré eso, me tiré encima suyo y le di tantos besos que le gasté la cara. "¡Basta, no soy un helado!", me decía mientras se cagaba de risa. Nos tiramos al piso de la alegría.
Luego, me zambullí en su valija y, efectivamente, tenía un regalo para mí. Un perrito de juguete. Un perrito hediondo. No me gustó. Y se lo hice saber. Lo mordés y hace ruido. Ladra. No, no no, a mí dejame con Osito 4.
Ahora extraño mucho a Verito. Su compañía permanente, sus juegos, sus paseos... Ay, ya sé. Soy un ciclotímico inconformista.
* Maleta.
* Chaqueta.
lunes, 30 de agosto de 2010
Papelón escatológico

Hola, diario. Soy un inmaduro. Pablo me retó y tiene razón. Ayer vino a casa alguien. Alguien especial parece. Podía percibirlo. Pablo estaba con la adrenalina por las nubes, iba de un lado a otro acomodando cosas y hasta preparó una rica comida. Y vos sabés que soy un poco celoso. No pude soportar que le preste tanta atención a otro ser que no sea yo. Estaba como embobado. Sus ojos se perdían en otros ojos y ni siquiera tuvo la gentileza de darme un pedacito de lo que estaba comiendo. Durante toda la cena hice todo tipo de cosas como para llamar la atención. Traje a Osito 4, la pelota, la pelota con soga, un almohadón de la habitación (de esos prohibidos) y hasta me robé un calzoncillos de un cajón y entré en el comedor sacudiéndolo con mis dientes. Me tuvieron que perseguir para que lo suelte. Pablo estaba irritadísimo. Conseguí que me dieran un poco de lo que estaban comiendo y me calmé un poco. Riquísimo. Una carne muy condimentada, con papitas y queso fundido. Un manjar. A mí no me cocina nunca eso.
Claro, mi estómago no está acostumbrado a ese tipo de condimento, así que, en pocos minutos, algunas bombas empezaron a estallar dentro de mí. Pablo se puso como loco. Encendió un sahumerio y creo que hasta tuvo ganas de echar matamosquitos como para apaciguar ese aroma tan horrible que salía de mi ser. Juro que no lo pude controlar. Bueno... hubiera podido controlarlo un poquito, pero me divirtió el asunto.
Creo que le arruiné los planes. Sí, soy un egoísta.
Pero dormí solito, a sus pies sin nadie que estorbe.
viernes, 20 de agosto de 2010
Adoptado
Hola, diario. El tal Molina se fue. No lo aguantaba más. Ese afán gratuito de agradar y esa energía permanente me sacaba de quicio. Todo el tiempo quería jugar. ¿Sabés lo que es estar acostado descansando y que un chico esté todo el tiempo saltando a tu alrededor? Por favor, no estoy para eso. Además, se hacía el guardiancito. Alguien se arrimaba a la puerta y se ponía a ladrar como loco. ¡No te pagan como vigilancia, pibe! Además, se adueñó de un osito de goma que hace ruido al que siempre odié. Pablo me lo regaló un día para jugar al "andá a buscarlo" y nunca le di pelota. A él le encantaba. Obviamente se lo regalé. Lo peor de todo es que Pablo se había empezado a encariñar. Yo me daba cuenta que lo alzaba y le daba besitos. Lo hacía cuando yo no lo veía. El martes estuve todo el día sin hablarle por eso. Además, a la hora de desayunar, cortaba un pedacito de medialuna y me lo daba a mí, y después le daba otro a él. Psss...
El sábado hicimos casting de dueños. Vinieron muchos amigos nuestros a casa. Molina hizo bien su papel y fue carismático con algunos. Hubo dos o tres que casi se quebraron, pero finalmente no se decidieron. El muy tonto hizo papelones de chico. ¿Podés creer que se prendió de la pierna de varios? Inmaduro.
Pero llegó el día. Ayer, cuando se lo llevaron, vi que a Pablo le salía mucha agua de los ojos. Lo alzó y le dio muchos besitos y el pobre enano, cuando se iba, giraba la cabeza para mirarnos. Yo le decía: "Andá, andá que vas a ser feliz". Y creo que tengo razón. Se fue con una familia hermosa. Un amigo de Pablo, que tiene una compañera de vida, tres hijos y un gato. Si le agarran ganas de jugar, va a tener seis opciones para hacerlo.
Aquí quedó su olor. Y hoy cuando lo sentía, me puse a pensar en cómo la vida te puede sorprender. De pronto, estás con el hocico metido en la basura y la providencia te coloca, por arte del corazón, con el hocico en un manjar. Es un golpe de suerte, sí. A algunos les llega y a otros no. Él estaba relajado, inocente, caminando la vida, distraído. Y la suerte lo atrapó. A mí me pasó algo similar. Tal vez haya que relajarse. Ya sé, ya sé... No es fácil
viernes, 13 de agosto de 2010
Molina
Y seguimos con el perrito huérfano en casa. Por suerte, Pablo le pone límites a este chico. Por ejemplo, no lo deja subir a la cama. Y está muy bien. Ahora se le está yendo la vergüenza. ¿Podés creer que lo adora a Pablo? Hasta lo abrazó. Lo vi y no lo podía creer. Yo no le hablo. A ninguno de los dos. ¿Sabés por qué? Pablo le puso nombre. Estamos en problemas. Resulta que el enano este se llama Molina. No sé por qué le puso un nombre tan extraño. Yo lo estuve oliendo y vino fallado. Tiene un solo huevo y hace pis sentado. Por eso debe ser que es tan menudito y chiquito. Salimos a caminar a la calle y tiembla de frío. Cuando entramos a casa, queda sumido en un éxtasis del que no puede parar. Corre por todos lados y salta como un canguro. Pobre pibe... Tiene una felicidad impresionante. Y no tiene idea de que ESTE NO ES SU HOGAR. Es un inquilino. De todos modos, te cuento esto y me enternece verlo ahí sentadito en mi puf favorito, abrazado a Osito 2, que ya no tiene cabeza. Anda por todos lados con Osito 2 entre los dientes. Es una criatura. Lo que me sacó de quicio es que en plena noche, el Molina este, sigilosamente, se subió a la cama. Yo no sabía qué hacer. Si gruñía o ladraba, Pablo se iba a despertar. El muy pillo, me miró de reojo y se acostó hecho un bollito, en las piernas de Pablo. Él duerme como un tronco y nunca se enteró. Así estuvo horas. Después, se estiró todo y quedó con la panza pegada en las patas de Pablo. Yo no pegué un ojo. Me quedé en vigilia porque no podía creer la desfachatez de este pibe. A la mañana, apenas sonó el despertador, levantó la cabeza con cara de "yo no fui" y se bajó de la cama con la cola entre las patas. Aunque lo odio, hay algo en él que me provoca ternura. Cuando lo acarician o le hablan, cierra los ojos. Un romántico. Creo que cuando lo adopten, voy a regalarle a Osito 2 para que se lleve un buen recuerdo. Pero espero que lo adopten pronto. ¿Escuchaste, diario?
miércoles, 11 de agosto de 2010
¡Adopción, adopción, adopción, adopción!

Hola, diario. En realidad, el enano es buenísimo. No jode, se porta bien y no es invasivo. Bah... Sí, le encanta sentarse un rato en cada sillón de la casa.
El pibe no lo puede creer... Hace dos días andaba revolviendo las bolsas de basura y esquivando colectivos* y ahora tiene sillones, canastas, alimento balanceado, juguetes y sobras de comida riquísima.
Anoche Pablo probó dejarnos solos un buen rato. No rompimos nada, pero hicimos competencia de meadas. Yo marqué la porción más grande del living para mí.
Es que hay demasiada testosterona en esta casa. No podemos convivir todos. Uno se tiene que ir.
Ah... te recuerdo: ESTÁ EN ADOPCIÓN.
* Autobuses.
martes, 10 de agosto de 2010
¡Adopción, adopción!

Estoy podrido, diario. Esto no es vida. ¿Vos podés creer que anoche Pablo volvió a casa con un perro? ¡¡Y lo traía en los brazos!! Es un bajón. Es el tercer perro que trae a casa. Digo yo: ¿no podemos vivir tranquilos nosotros dos? Es un petiso hediondo... un pibe*. Tendrá un año como mucho. Como siempre, primero se hizo el sumisito, pero hoy el enano insolente se quiso hacer el lider. Encima es un ordinario. ¿Podés creer que meó en medio del living?
A mí Pablo me tiene podrido con este tipo de actitudes. ¡San Francisco de Asís se murió, Pabloooo!
A través tuyo, diario, quiero hacer un pedido a la comunidad: Por favor, que alguien tenga la bondad de adoptar a este enano. Los dos no podemos vivir en el mismo lugar.
*Chico.
miércoles, 4 de agosto de 2010
Comida cara
Hola, diario. Estoy un poco indignado. Me cambiaron la comida. ¿Vos podés creer que Pablo me quiere engañar con ese tema? ¡¿A mí, a su mejor amigo?! Anteanoche, tardó en llegar un poco más de lo acostumbrado, o sea, me estaba meando y muriendo de hambre. Cuando me paré frente a mi platito esperando que lo llene, como siempre, sacó un puñado de la enorme bolsa a rayas y me dio de comer. Sin demostrar demasiada desesperación, para que no se preocupe, empecé a devorar todo y sentí un sabor distinto en algunos bocados. Bueno, lo dejé pasar porque el hambre pudo más.
Ayer, cuando llenó mi plato a media mañana, para desayunar juntos, observé todo mucho mejor. La bolsa a rayas estaba casi vacía y sacó los últimos puñados, del fondo. Pero luego, tomó otro puñado de otra bolsa distinta, que tenía una enorme foto de un perro feliz. Cuando la probé, me di cuenta inmediatamente. ¡Me estaba cambiando la comida y me la mezclaba! Lo miré indignado. Fijamente. Le dije: "¿Vos te creés que yo soy boludo, que no me doy cuenta?". Creo que me entendió. Pero no había vuelta atrás. Traté de frenar mi disgusto y comencé a saborearla. Te confieso algo, diario, está riquísima también. Sólo que me molestó un poco que trate de engañarme. Soy perro, no soy paloma.
viernes, 30 de julio de 2010
Un tropezón puede ser caída

Hola, diario. A veces admito que soy muy bruto. Cuando suena el timbre, me encanta salir corriendo a toda velocidad por ese pasillo largo que conduce a la puerta de entrada y pegarle un salto de bienvenida a quien llega. Tengo dos tipos de saludo. Primero pego el salto bien alto y te doy un beso en tu hocico. Luego, a medida que vamos avanzando, vuelvo sobre mi eje corriendo y pego un salto más chico, pero más potente, empujándote con mis patas delanteras. Me encanta. Pablo dice que parezco un rugbier. No sé qué tipo de animal es ése, pero si Pablo me dice así, debe ser precioso.
Ayer vino a cuidarme Raúl. Viste que yo tengo la convicción de que ya debe tener unos 16 o 18 años. Pero como es tan simpático, me olvido de su vejez y me encanta invitarlo al patio a jugar. Estuvimos jugando al "te agarro, te agarro" y luego le presté a Osito 4, para hacer que peleamos por él. Tanto tironeamos que el pobre Raúl se cayó. ¡Qué disgusto, diario! No se podía levantar. Estaba vivo porque me miraba y hablaba. Me quedé lamiéndole la cara para que se ponga de pie, pero no podía. ¡Ay, qué miedo! Por un momento pensé que habría que sacrificarlo. Sería terrible. ¿Cómo se lo explicamos a Fina?
Por suerte, nos vio la vecina de arriba, que llamó al portero. Abrió la puerta y lo ayudó a levantarse. Raúl puede caminar lo más bien, pero creo que le duele todo.
Prometo no ser tan bruto con la gente mayor.
jueves, 22 de julio de 2010
Enfermo
Hola, diario. Llegué a la conclusión de que los seres humanos no se mueren de moquillo. Anoche Pablo tosió y estornudó bastante, pero cada uno de esos sonidos desagradables me alegraban porque me daban una señal de que estaba vivo. Durmió sentado como una paloma pobrecito. De todas formas, no me quedé despierto toda la noche, como ayer. Pero mi sueño fue intermitente y traté de estar cerquita suyo por si me necesitaba.
Si le vieras la cara... pobre pibe. A la mañana sonó el timbre y llegó el veterinario. Obviamente le ladré cuando llegó (detesto a los veterinarios). No me gustó nada cómo toqueteó a Pablo. Le hizo sacar la remera y le puso en el pecho un coso frío que tenía colgado con unas cuerdas, desde las orejas. Un espanto. Le gruñí. Pablo me retó. Luego vino lo peor. Abrió una valijita pedorra que traía y sacó una aguja enorme, como la que usan cuando me vacunan. No quise permitirlo y me interpuse, pero Pablo me echó de la habitación. Inentendible. Yo estaría orgulloso si me defienden. Desde afuera pensé: "Ma sí... si querés que te pinchen, jodete".
El veterinario se fue y, cuando lo despedimos, aproveché para hacer una meadita en el árbol más cercano.
Parece que la vacuna le hizo bien a Pablo porque ahora tose menos. O le sacaron el moquillo o, definitivamente, en las personas no es una enfermedad que los mate.
miércoles, 21 de julio de 2010
Moquillo

Hola, diario. No sabés qué disgusto estoy pasando. La lluvia de los otros días enfermó a Pablo. Se la pasa haciendo ruidos raros y estornuda sin parar. Tengo miedo de que se haya pescado moquillo. ¡Tiene una cara! Parece llovida su cara. Anoche creo que deliró un poco. Me acerqué a olfatearlo y estaba hirviendo. Me quedé bien pegadito a su lado para ayudarlo con mi energía. Creo que le hizo bien porque, en un momento, volvió a su temperatura normal, aunque no dejó de moquear. Me pasé toda la noche despierto. Ay, no podría soportar otra muerte en la familia. Si sigue así, mañana llamo al veterinario.
martes, 20 de julio de 2010
Feliz Día del Amigo

Hola, diario. ¡Feliz Día del Amigo! Con esa frase se despertó hoy Pablo y me dio un abrazo más fuerte que de costumbre. Hicimos la rutina de siempre, pero con mejor humor. Fuimos a la cocina, tomamos unos mates y no sólo me convidó de sus galletitas con queso untable, sino que me hizo dos para mí. Lo mejor vino después. Me agarró del cuello con fuerza, me apretó, me dio muchos besos y, de un armario, sacó un hueso enorme para mí. ¡Qué lindo festejar así el Día del Amigo!
Lástima no haberlo sabido, así le regalaba algo. Me sentí en deuda. Comencé a dar vueltas por todos lados, pero no sabía qué darle... Encontré a Osito 4, lo miré con cariño a los ojos, lo tomé con los dientes y se lo regalé a Pablo. Creo que se puso contento. Le di el mejor de mis juguetes. Está un poco babeado, lo sé, pero le dediqué muchas horas de juego y amor.
Está bueno esto de tener un "mejor amigo". Mientras saboreaba el hueso, me puse a mirarlo a los ojos y a observar todo lo que hacía. Quise decirle que podía contar conmigo para lo que quisiera, que yo nunca me voy a mover de su lado. Cuando es la hora de cagarnos de risa, nos cagamos de risa. Cuando es tiempo de tristeza, le daré mi patita y lameré sus lágrimas para que no se sienta solo. Pero siempre, siempre, siempre, caminaré a su lado. Me puse a pensar otra vez en eso del acantilado. Qué pasa si un día le agarra moquillo, enloquece, y se tira por un acantilado... y bueno, tendré que ir detrás de él.
Lo quiero tanto.
lunes, 19 de julio de 2010
Charcos
Hola, diario. Estos días de frío y con tormenta no colaboran para que uno esté contento. Sé que a Pablo le cuesta sacarme a pasear cuando el clima está así. Él se llena de abrigos, pero a mí me gusta andar en bolas, aunque haga frío. No me importa mucho mojarme. Y contento o de malhumor encuentro un placer especial en mojar mis patas en los charcos que se hacen en las veredas*. Mojarte las patas ahí es sentirte libre, sentir que tenés medias* frescas, vestir tus patas de tierra. Dentro de un edificio te ves como un ser humano. Los charcos de lluvia te devuelven un poco a la naturaleza y te ensucian con partículas de salvajismo. Entonces caminás como un señor, con toda la libertad a cuestas, chorreando ese regalo del cielo.
Pablo detesta eso porque, cuando entramos a casa, me tiene que secar con una toalla. Con las patas es más estricto. Me las limpia con papeles y, si están muy embarradas, directamente me las lava. Internamente le pido disculpas, pero quién me quita ese placer de que la lluvia y yo seamos uno solo, por un ratito.
*Aceras.
*Calcetines.
viernes, 16 de julio de 2010
Se murió Zsá Zsá

Hola, diario. Estamos tristes. Zsá Zsá, finalmente, atravesó el umbral que te lleva a ese otro lugar. Estaba muy enferma y la familia prefirió que todo ocurra naturalmente.
Ayer a la mañana, muy tempranito, sonó el teléfono. Pablo atendió y el diálogo fue muy corto, duró segundos. Cortó la comunicación, se mojó el pelo y se vistió rápidamente. Me puso la correa y salimos a la calle rapidísimo. Apenas me dio tiempo para hacer pis. Dentro del taxi intui que había algo que no estaba bien. No hablamos en todo el camino. Ni siquiera saqué la cabeza por la ventanilla, como me gusta. Me limité a sentarme a su lado y a observarlo de reojo. Y sin que se diera cuenta, apoyé parte de mi lomo sobre su cuerpo, para compartir un poco de mi energía.
Cuando llegamos, Fina era un mar de lágrimas. Y Raúl estaba sentadito en un sillón, cabizbajo. Cuando me vieron, pude robarles una sonrisa a cada uno. Me sentí útil.
En la habitación, en la cama, estaba Zsá Zsá, sin moverse. A su lado, María Elena la acariciaba. "¿Estás segura de que está viva?", preguntó Pablo. Yo sabía muy bien que sí. Pablo comenzó a quebrarse y le empezó a decir cosas muy lindas a Zsá Zsá. Ella estaba tiesa, dura, con su pelaje prácticamente pegado al cuerpo, muy flaca y con la boca semiabierta. Creo que será la imagen más triste y fuerte que haya visto en mi vida.
Estoy seguro de que ella no se dio cuenta de que estaba yo. Pero sabía muy bien que estaba Pablo. De pronto, entró Fina a la habitación y le dijo a Pablo, entre sollozos: "Te está esperando". Él la miró incrédulo, pero yo supe muy bien que ella decía la verdad. A los pocos minutos, mientras Pablo le hablaba y la acariciaba, Zsá Zsá esbozó un maullido rasgado, estiró una de sus patas delanteras y la apoyó en el brazo de Pablo. Con sus manitos, apenas sacando sus uñas, se aferró a él. A los pocos segundos, se hizo pis y su cuerpo se vació de Zsá Zsá. Supe muy bien que ella seguía allí, pero en el aire. Me eché al piso y traté de cerrar los ojos y verla. No pude, pero sabía perfectamente que nos estaba observando y que, ahora, estaba bien. Por fin, Zsá Zsá podía volver a correr y a pelear a los demás animales por sus celos.
Todos lloraban. Menos yo. Pablo la envolvió en una manta, se la dio a Fina y la meció un buen rato, mientras le hablaba. Pero Zsá Zsá ya no estaba ahí. Eso fue Zsá Zsá. Al rato Pablo y Raúl se la llevaron envuelta, pero yo me quedé con Fina y María Elena.
Traté de consolarlas, como pude. Mi mente estaba muy ocupada tratando de analizar qué había pasado. ¿Adónde se fue Zsá Zsá? Se murió, sí. Pero adónde estaba ahora. Mariela dijo que "en el cielo de los gatos". Yo sabía muy bien que no era tan así. Estaba en un lugar mejor. Por siempre, Zsá Zsá estará acompañando a Fina y a Raúl. Y algún día se encontrarán, cuando ellos también pasen ese umbral y puedan moverse como cuando eran jóvenes. El pensamiento me originó ganas de sonreír.
Zsá Zsá no fue muy buena conmigo, pero le dio amor a aquellos que la querían. Esperó a mi Pablo hasta que pudo, se despidió y luchó por su vida. Ella está en el cielo de los buenos.
Quisiera poder decirle a Fina y a Raúl que pueden visitar a Zsá Zsá cuando quieran. Con sólo recordarla desde lo más profundo, podrán estar con ella, acariciarla y consentirla como siempre. Sé que será así y ellos lo harán. Sólo con el olvido se muere.
Estoy orgulloso de mi familia.
sábado, 3 de julio de 2010
Mundial
Hola, diario. Hoy jugó nuestro equipo. Pablo quiso que lo veamos juntos por la tele. Nosotros dos. No invitamos a nadie. Viste que mucho no me puedo concentrar... pero lo vi de a pedacitos. No nos fue nada bien. De a poco, vi cómo Pablo se iba enojando cada vez más. Gritaba mucho y su ceño se fruncía tanto que temí que se convierta en perro. Con un tono muy feo decía cosas como "lora", "parió", "pelotudo"... y tantas otras. Por momentos me quedé observándolo porque, frente al televisor, él también se convertía en un espectáculo.
Nuestro equipo perdió. Y a juzgar por el enojo de Pablo, nos humillaron. Estamos chinchudos*. Tengo ganas de ir a mear todo el territorio de esos que nos ganaron. Pero no sé si vale la pena. Es sólo una pelota. Un juego.
*Enojados
viernes, 2 de julio de 2010
Umbral

Hola, diario. ¿Recordás que te conté que no notaba bien a Zsá Zsá? Bueno, ahora te lo puedo asegurar. Fuimos a la casa de Fina y Raúl (en taxi, obvio) y definitivamente, Zsá Zsá ya no es la misma. Además de estar muy flaca y desgreñada, olfatee la enfermedad en el aire. Estuvimos allí toda la tarde y viví una atmósfera de tristeza inmensa. Tina y Saúl no pueden con su dolor. Pablo la alzó y la tuvo en su falda durante un largo tiempo. Hice esfuerzos por no ponerme celoso y me arrimé en algunos momentos para olerlos. Fijate qué mal estaría Zsá Zsá que no me hizo "fsss" ni intentó sacarme un ojo con sus uñas. Luego de almorzar, envolvieron a Zsá Zsá en una manta y la acariciaron mucho, mientras sollozaban. Me quedé con Raúl, mientras Fina y Pablo se la llevaban. Me quedé angustiado. Tenía la sensación de que volverían solos, sin ella.
Al cabo de un rato me tranquilicé, me eché a los pies de Raúl para que encuentre un pequeño refugio en mí, y esperé. Se abrió la puerta y volvieron... pero los tres. Fina y Pablo tenían los ojos muy colorados. Olfatee a Zsá Zsá y descubrí que la había tocado mi antiguo veterinario. No sé por qué, pero intuí que fueron a hacer algo que no llevaron a cabo.
Me empecé a preguntar: ¿A dónde se estaría yendo Zsá Zsá? Su alma de gata consentida estaba fluctuando entre su cuerpo y otro lado. Me lo pregunté una y mil veces porque pensé en que tal vez todos, alguna vez, lleguemos a estar en ese estado fluctuante, indeciso. Qué hay detrás de ese umbral no me interesa saberlo ahora. Pero hay otro lado. Creo que Zsá Zsá irá pronto hacia allí... y tengo mucha pena.
domingo, 27 de junio de 2010
Perro sociable

martes, 22 de junio de 2010
Protección

Hola, diario. Anoche tuve que defender a Pablo. Resulta que
el muy atorrante se fue de joda* y regresó bastante tarde. Tenía aromas varios,
pero omitamos esa parte de la historia. Lo miré con fastidio, pero viste que me
desarmo fácil y, de inmediato, lo besuquié todo. Salimos a caminar y no había nadie
en la calle, sólo nosotros. No fuimos a la plaza, dimos la vuelta manzana. Casi
siempre camino adelante de Pablo y me doy vuelta cada 30 segundos para
cerciorarme de que esté allí. Tuve una mala sensación, un presentimiento
extraño y, como los perros actuamos por instinto, me quedé en la retaguardia en
lugar de ir adelante suyo. De pronto, veo que, desde la otra cuadra, un tipo
cruza caminando despacio. Tenía la estatura de Pablo, usaba gorrita, una
campera* de jean y las manos en los bolsillos. Observaba fijamente a Pablo. Él
no se dio cuenta de lo que ocurría y seguía caminando. Pero yo me quedé parado,
muy quieto, observando también fijamente al tipo. No le tenía confianza y
estaba resuelto a no dejarlo pasar. Seguí mirándolo fijamente, con mis dientes
apretados y mi cola sacudiéndose rápidamente. De pronto, supe que Pablo se dio
cuenta de que yo no seguía caminando con él y giró. Eso lo supe, pero no lo vi,
porque no quise dejar de mirar fijamente a ese tipo. Estaba seguro de que no
tenía buenas intenciones. Pablo me llamó, pero yo me quedé en la misma
posición. Luego no me llamó más, creo que se quedó tieso. El tipo se detuvo, se
quedó mirándome unos segundos, esbozó una media sonrisa tan falsa como su vida,
dio mediavuelta y volvió hacia el lugar de donde venía. Una vez que se alejó y
cruzó la calle, yo dejé mi postura y seguí caminando tranquilo, esta vez,
adelante de Pablo. Creo que él no lo podía creer. Me acarició la cabeza, pero
cuando llegamos a casa me abrazó y me dio las gracias.
No sé qué hubiera pasado. Tal vez el tipo nos hubiera hecho
daño a ambos. Pero si de algo estoy seguro es que, así como Pablo me protege a
mí, yo nunca permitiría que alguien le haga daño a él.
miércoles, 16 de junio de 2010
Vecinos


sábado, 12 de junio de 2010
¡Vamos, Argentina!
Hola, diario. Ayer descubrí adónde se va Pablo a veces los domingos. A un lugar que se llama cancha, adonde un montón de tipos se divierten corriendo una pelota. Yo no sé porqué se toma todo ese trabajo de ir hasta la cancha si yo también sé jugar con la pelota y corro muchísimo detrás de ella. Es facilísimo. ¿Vos te preguntarás cómo sé todo esto? Lo vi por la televisión. Vinieron a casa Madelaine y Gabriel, dos amigos de Pablo, y vieron el partido con nosotros. Fue divertidísimo porque nos pusimos gorros, banderas e hicimos sonar cornetas. Nuestro equipo es Argentina. Estuvimos gritando: ¡Argentina, Argentina, Argentina!... Bueno, a mi me sale, pero con ladridos. Lo pasé tan bien que me di cuenta de que está bueno compartir una pasión con mi mejor amigo. De todos modos, es tal el fanatismo que les agarra que tenía mucho miedo de que pierdan y empiecen a morderse de bronca. Por suerte, Argentina ganó.
El juego con la pelota no me interesa tanto. Lo que realmente me divierte, creo, es eso de andar saltando, gritando y festejando. Que siga la fiesta.
miércoles, 9 de junio de 2010
Ups...

martes, 8 de junio de 2010
Final feliz

Hola, diario. Ayer se fue Mariana. La verdad es que estoy bastante triste. Me había encariñado un poco con ella. Ya estaba cómoda y se le estaba yendo el miedo. De todos modos, Pablo no se enteraba, pero cuando él se iba a trabajar, ella se quedaba llorando un buen rato. Yo le daba un par de besitos y, cuando se daba cuenta de que no estaba sola en la calle otra vez, se calmaba.
Aunque nunca me gustó que se siente en mi sillón o se suba a la cama, jugábamos mucho en el patio y debo reconocer que era un poco torpe. Me pegó unos mordiscos que todavía recuerdo. Pero bueno, es cachorra. Los chicos son así.
Ayer llegó una pareja que no había visto antes pero que, aparentemente, conocían a Pablo. Me acariciaron apenas y fueron directo a ver a Mariana. Enseguida supe que se la llevarían. Él tenía la sonrisa pegada en su rostro, ya estaba resuelto a llevársela. Pero ahí mismo lo consultó con ella, quien se puso a mimarla apenas entró . Estuvieron hablando un rato, tomaron un café con nosotros y, luego de un ratito, salimos los cinco a la calle. A Mariana la llevaban ellos, en los brazos. Dimos la vuelta, se metieron en un auto y nos quedamos mirando a Mariana, detrás de la ventanilla. Se puso a llorar con esos chillidos que ya le conocía. Pero el auto arrancó y se fue.
Nos quedamos tristes, quietos, observando el espacio por el que se había ido el auto que se llevó a Mariana. Me di cuenta de que a Pablo se le escapó agua de los ojos y, seguramente, si yo hubiera podido también. Nos volvimos a casa despacito, nos hicimos unos mates y nos quedamos así, solitos, sin hablar demasiado. Seguramente pensando en Mariana. Con tristeza porque ya era una ausencia y con alegría porque el final de sus penurias ya era un hecho. Tenía un hogar donde la amarían para siempre. Como yo.
miércoles, 2 de junio de 2010
Mariana

Hola, diario. Finalmente me encariñé con Mariana. Hace dos
días que está en casa y es una dulce. De todos modos, podría decirte que me
molesta un poco que quiera ser el centro de atención permanentemente. ¡Y el
centro de atención soy yo!
Cuando estoy con Pablo, así conversando con nuestros ojos,
como solemos hacer, se viene a meter entre nosotros. Pero lo que es más
atrevido es que, como es más chica, se sube a la falda de Pablo, se hace un
rollito y se queda allí con mirada de: “a mí me abandonaron”.
De todas formas, por momentos lo pasamos muy lindo jugando
a las luchas en el patio.
Sabés, diario... La convivencia es difícil. Nosotros
siempre queremos convivir con un humano... pero con otro perro... hummm...
Supongo que para Pablo la convivencia tampoco será fácil porque a todo el que
entra le hace un par de mimos y, luego, adiós. ¿Seremos unos solterones
ermitaños? La cosa es que, con Mariana, me di cuenta de que soy capaz de
convivir con una perra. Con un perro no. Son competitivos.
Mariana tiene el peso de haber vivido cosas horribles en la
calle, pero todo el amor acumulado para dar. Creo que por eso nos “compró” a
Pablo y a mí. Tiene tanta inocencia que, en dos días, transformó su dolor en
agradecimiento. Hasta accedí a compartir mi plato de comida con ella.
Creo que se quedará con nosotros. Si no me quita la cama
-cosa que hasta ahora no hizo-, la acepto.
domingo, 30 de mayo de 2010
Inquilina

martes, 25 de mayo de 2010
Territorio
viernes, 14 de mayo de 2010
Una tarde en el parque
Hola, diario. Ayer fue un día maravilloso. Ya nos amigamos
con Pablo y ahora nos volvemos a hablar. Se levantó de buen humor y, no sé por
qué, no fue a trabajar. Me dijo: “Hoy vas a conocer Disneylandia”. No sé a qué
se refería, pero era un día precioso como para conocer Disneylandia. Tomó la
mochila, guardó una botella de agua para él, otra para mí y tomamos la calle.
Lo único horroroso del camino es que pasamos por esa
horrible cárcel de animales y me puso los pelos de punta el olor a esos
monstruos que rugen.
De pronto, llegamos a una avenida enorme, enorme, enorme y,
cuando la cruzamos, vi algo impresionante, por primera vez en mi vida. Un lugar
donde todo era verde, con mucho pasto y lleno de árboles para mear hasta
cansarte. Pablo me dijo: “Esto para vos será Disneylandia”. Bueno, no sé si
Disneylandia será algo así como el Edén o algo donde el placer y la diversión
son una sola cosa, porque este parque era eso. ¡Qué felicidad, diario! Corrí
dando círculos, desesperado de la emoción. Luego busqué el palo más grueso y
fuerte y se lo di a Pablo para que lo arroje lejos para ir a buscarlo.
Estuvimos jugando así un buen rato. De pronto, luego de caminar por ese lugar
maravilloso, sin calles ni edificios, vi algo grandioso: un lago.
¡Cuánta belleza junta! No aguanté y salí disparado
corriendo a toda velocidad hacia él. Pablo se desesperó porque escuché que me
gritaba. No me importó y continué la carrera evitando frenar y... ¡Plaf! ¡Qué
placer! Ahí estaba yo nadando y disfrutando de esa agua en medio de la
naturaleza. Hasta era mejor que la piscina de Fernando. El lago es enorme y
sentís cómo unos pececitos muy pequeños te hacen cosquillas en los pies. Creo
que Pablo se quedó tranquilo cuando vio que me podía mantener a flote y que
estaba rebosante de felicidad. Por momentos, tragué un poco de agua y me dieron
arcadas, pero supe cómo dominar la situación. Lo mejor de todo eso es que la
gente que había por los alrededores se agrupó para mirarme. Y vos sabés lo que
me encanta que me miren. Así que hice todas las monerías que pude en el agua.
De pronto, se me ocurrió salir y sacudirme, mojándolos a todos. ¡Qué divertido!
Quise saltarle a Pablo y el muy cobarde salió corriendo para que no lo moje. Lo
perseguí hasta que lo atrapé y lo dejé todo empapado. Luego... ¡al agua otra
vez!
Después de un buen rato, me tuve que quedar tirado al sol
para secarme y descansar de tanta exitación.
Así pasamos toda la tarde, caminando entre lagos, mucho
césped y árboles que ya empiezan a quedar desnudos por el otoño.
Cuando volvimos, obviamente, el obsesivo de Pablo me metió
de cabeza en la bañera para sacarme el barro y la mugre acumulada.
Me eché un rato a sus pies y me puse a reflexionar. Los
perros deberíamos vivir todos en un lugar así, donde poder correr hasta
cansarnos y disfrutar de la naturaleza. No entiendo por qué a las personas les
gusta vivir en el cemento.
Miré a Pablo a los ojos y le pedí que, por favor, volvamos
muchas veces a Disneylandia, desde ahora, mi lugar favorito de placer y
diversión.
martes, 11 de mayo de 2010
Enojados

Hola, diario. Me peleé con Pablo. Sí, no nos hablamos desde
hace casi dos días. Se enojó mucho conmigo porque las otras noches, cuando
salimos a pasear, encontré un hermoso y sabroso hueso de pollo quebrado, en una
bolsa de basura rota. Lo agarré enseguida con los dientes y Pablo se puso como
loco. Tiene la teoría de que los huesos de pollo me pueden matar. El insolente
quiso abrirme la boca con todas sus fuerzas, pero no lo dejé. A obstinado,
obstinado doble. Finalmente se salió con la suya. Me alzó del collar y me
obligó a soltarlo. Ahí nomás, me dio dos chirlos* en el hocico. “¡¡¡No lo hagas
nunca más!!!”, me gruñó. Como si fuera fácil. A ver si él se puede contener si
le ponen una torta de crema con frutillas adelante suyo.
Odio que me quieran sacar la comida de la boca. Además, me
la encontré yo. Le mostré los dientes y le tiré un tarascón. Fue advertencia...
no iba a hacerle nada. Pero no lo tomó así. Se enojó mucho. Me dijo de todo. Me
paseó por la plaza con la correa, volvimos a casa sin hablarnos y no me dejó
dormir en la habitación. Me puse a reflexionar sobre si me había pasado de la
raya. A lo mejor sí... Si el jefe no quiere que coma de la basura, habría que
hacerle caso. Pero no puedo contenerme.
Ayer no me habló en todo el día. Ni siquiera me dio la
golosina de siempre antes de irse al trabajo. Cuando regresó, ni me acarició.
Tomó la correa, me la puso y me sacó a dar una vuelta que alcanzó lo suficiente
como para que haga pis y caca. Me hizo el vacío.
Hoy nos levantamos y, por lo menos, me tocó la cabeza y me
dio un pedacito de una medialuna que comía.
¡Qué chinchudo*! Ya le dije (con los ojos, lógicamente) que
estaba arrepentido. ¿Qué quiere? ¿Que saque una solicitada en el diario?
*Palmada.
*Malhumorado.